Sospechosos
57. Calma tensa
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57Calma tensa
57. Calma tensa
Regresé a casa y Teresa me estaba esperando. Le conté todo y se quedó más tranquila. Cuando oyó que nos íbamos, sonrió y eso le pareció la prueba decisiva de que lo dejaba de verdad.
—No entiendo cómo no os dais cuenta. ¿Sabes a quién deberíais investigar a fondo?
—Dímelo.
—A la familia Echevarría, ahí está el asesino. No tengo ninguna duda.
—A veces lo pienso, pero no tiene mucho sentido. Puestos a apostar, veo con más papeletas al cónsul. Guarda el dinero de Willy, y o se lo ha gastado o no quiere devolverlo.
—No me convence. El asunto es muy grave, tiene una dimensión que se le escapa a un mero testaferro —contestó convencida Teresa.
—Al final, no será ni uno ni otro. Saldrá un tercero agazapado, que nos sorprenderá a todos.
—¿Has pensado a dónde ir? —Teresa cambió de conversación.
—Eso te toca a ti, pero que sea un país civilizado. Voy a tener que seguir curándome la herida.
Me miró como si tuviera un marido tonto, pero se rio y me dijo:
—Admito sugerencias, ya estoy mirando cosas.
Sara y Fabretti recapitulaban con el resto de la brigada la declaración de Garrincha. Todos la habían visto y algunos más de una vez.
Los inspectores tenían presente que el día veinte salían para O Grove de vacaciones y por nada del mundo querían tener que suspender el viaje. Su idea era ponerse en marcha ya y luego continuar a la vuelta.
Centrando el tema, y a modo de resumen, Sara expuso:
—Los crímenes fueron realizados por profesionales. Los de los Echevarría están ya en prisión y el caso cerrado. Nos faltan los del inglés, pero podemos descartar que sean Pierre y Bernard. Los que iban a por Garrincha eran de la mafia marsellesa y ya están en el otro barrio. Pero todos los asesinatos tienen un formato parecido. Un contrato ejecutado por unos secuaces del hampa y encargado por personas que, probablemente, son ciudadanos respetables que ni se pringan ni se despeinan en estas acciones.
—Además, aparecen intermediarios que ponen otra muralla para proteger a los capos criminales. —Fabretti interrumpió la exposición de Sara.
—Correcto. A Pierre y Bernard los contrató la mafia de Marsella y ahí se corta la cadena. Por cierto, los que fueron a por Garrincha en el parque venían de allí también.
—Eso puede significar que quien hace el encargo es el mismo a través de un único intermediario marsellés —apuntó Gabarrita.
—Bien traído. Puede ser lo más probable. Garrincha se estaba acercando mucho a la verdad y esta sería demoledora para gente que tiene mucho que perder —dijo la inspectora.
Todos mostraron la conformidad con dicha conclusión.
—Pero who´s done it? —preguntó Ongi Etorri.
—Bienvenida, cómo te gustan las novelas policiacas —espetó Sara, que la seguía llamando por su nombre a pesar de sus protestas—. Pero tienes razón, ¿quién lo ha hecho?
—La familia Echevarría, el cónsul… o un tercero —apuntó Gabarrita.
—Me inclino por un tercero del que no tenemos sospechas, con unos intereses que desconocemos: el petróleo, el cemento… Y al que seguro conocen la familia y el cónsul —apuntó Fabretti.
—Como línea de trabajo, tenemos que interrogar con dureza y sin ninguna contemplación a Ramón y a Carlos, a Joaquín Avilés y a Fátima. La advertencia inicial tiene que ser clara: nos han mentido y esto se ha acabado. Si no colaboran y largan todo, los acusaremos de complicidad y cooperación necesaria en los asesinatos —dijo Sara—. Y estoy dispuesta a llegar hasta el final. Los empaqueto en el atestado y se lo mando al juez, ya decidirá él qué hacer. Si no, no avanzaremos.
—Sara, el problema es que no disponemos de pruebas para sustentar una acusación —apuntó con criterio Fabretti.
—Ya lo sé, pero que se acojonen. Sus caras y sus respetabilísimos nombres aparecerán en todos los medios de comunicación. A mí no me toman el pelo. Va a ser su ruina. Después de su dinero, lo que más valoran es su reputación. Y el cónsul, a las puertas de una excelente jubilación, puede quedarse sin pensión —concluyó Sara.
—En todo caso, nos enteraremos de cuál ha sido su participación. Si se callan, es que están entrampados hasta las cachas; y si largan, conoceremos lo que saben —completó Fabretti.
—A la menor contradicción podemos hacer un careo entre el cónsul y Ramón o Carlos como forma de presión. No es muy ortodoxo, pero puede salir mucha mierda —comentó Gabarrita.
—¿Cuándo los citamos? Estas fechas son un desastre. Ramón está en Miami, y Carlos y el cónsul vete tú a saber —apuntó la inspectora.
—Empezaría por traer de inmediato a Ramón y, en cuanto sepamos que lo tenemos, a por Carlos, el cónsul y Fátima —dijo el inspector.