Sobrenatural
14 Estudio de casos: te podría pasar a ti
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14 Estudio de casos: te podría pasar a ti
Antes de leer esta última serie de casos sobrenaturales, ten en cuenta que ninguna de las personas sobre las que vas a leer pretendía vivir nada parecido. Sencillamente, albergaban una intención y al mismo tiempo se dejaron llevar por algo más grande que ellos mismos. Cuando vivieron la experiencia —ya fuera una curación o una vivencia mística—, su personalidad no estaba creando nada. Una fuerza más elevada se manifestó y lo hizo en su lugar. Conectaron con el campo unificado y gracias a su interacción con esa inteligencia experimentaron una transformación. Como ya sabes después de toda la información que has recibido en este libro, esa inteligencia mora también en ti.
Divinidad, ¿me oyes?
En 2014, Stacy empezó a sufrir fuertes dolores de cabeza. Llevaba 25 años trabajando en el campo de la salud, como acupuntora y enfermera titulada. Siempre había practicado un estilo de vida saludable y rara vez tomaba medicamentos, así que la súbita aparición de unas migrañas tan insoportables que la dejaban al borde del desmayo la asustó. Después de pasar un año probando terapias alternativas, acudió a un doctor que decidió hacerle un TAC.
Le diagnosticaron meningioma, un tumor benigno que crece alrededor de cierto tejido de los nervios espinales. El de Stacy estaba ubicado en el octavo nervio craneal, o cerca de éste, y empezaba a obstruirle el nervio auditivo y a alterar de manera significativa sus funciones neurológicas. El nervio auditivo consta de dos partes —una para el oído y otra para el equilibrio—, así que además del dolor constante y la pérdida de oído, estaba mareada y sentía náuseas. A medida que la lesión fue creciendo, empezó a empujar también otro nervio craneal que discurre por la cara y baja hacia el hombro, de modo que le diagnosticaron también tendinitis. Pronto empezó a sufrir dolores en un ojo.
Según su médico, la única solución era una craneotomía, que básicamente consistía en abrir un gran orificio en la parte trasera de su cabeza para extraerle el tumor. Stacy no quería pasar por eso, así que siguió explorando otro tipo de terapias. Para cuando asistió a su primer taller, celebrado en Seattle en 2015, calculaba que había perdido el 70 por ciento de la audición del oído izquierdo. En la primavera de 2016, asistió a su primer taller avanzado en Cancún, donde sintió que alcanzaba un nuevo nivel. Más tarde, en el invierno de 2017, participó en otro taller avanzado en Tampa.
El jueves sufría un fuerte dolor de oído que empeoró al día siguiente. Tenía la sensación de que el oído se le estaba cerrando. Hacia el final del día, tras la bendición de los centros de energía, el dolor cesó por las buenas. A continuación, el sábado por la mañana, durante la meditación de la glándula pineal, Stacy perdió la noción del tiempo y el espacio.
—Tuve la sensación de que me iba a caer de la silla —relató—. De repente, un increíble fogonazo de luz inundó la parte izquierda de mi cabeza. Imagina que reúnes mil diamantes y proyectas una luz sobre ellos; pues eso apenas si se podría comparar a lo que yo vi. Y entonces…, ¡bum!
Stacy botó hacia arriba y una luz azulada, distinta a cualquier cosa que hubiera visto o experimentado nunca, entró en su oído.
—Fue la sensación más divina, más pura que he tenido en mi vida —cuenta—. Me sentí como si la mano de Dios me acariciara para transmitirme su gracia. Fue tan intenso y sorprendente que me cuesta expresarlo con palabras, pero todavía se me saltan las lágrimas cada vez que lo recuerdo.
Primero, sus cavidades nasales se despejaron y luego la parte izquierda de la cabeza dejó de molestarla. A continuación, su hombro izquierdo se relajó y cesó el dolor. Por último, y por primera vez en tres años, recuperó la audición del oído izquierdo.
—Estaba ahí sentada, asombrada, riendo y sollozando mientras las lágrimas corrían por mi cara —explicó—. Sonaba música y yo la oía clara como el cristal. Fue como escuchar un coro de ángeles celestiales cantando sobre la canción. Sabía que lo que estaba oyendo sobrepasaba el espectro normal de audición. La energía seguía fluyendo por la parte izquierda de mi cabeza, que llevaba años embotada como cemento.
Cuando sugerí a los participantes que se tendieran, se relajaran y dejaran que el sistema nervioso autónomo se hiciera cargo de todo, la energía siguió fluyendo por el cuerpo de Stacy, por los brazos, hasta llegar a las manos. Empezó a temblar incontrolablemente.
—Notaba como si cada sinapsis y músculo de mi cuerpo se activara: en los dedos de los pies, en la piernas, la cabeza, el cuello y el pecho. Tenía el centro del corazón totalmente abierto. Recuerdo haber pensado: Sea lo que sea esto, allá voy.
Se rindió por completo a lo desconocido y, una vez más, perdió la noción del tiempo y el espacio.
Cuando concluyó esa parte de la meditación, se encontró sentada en la silla mientras la energía se retiraba despacio. Su cerebro pensante asomó la nariz. Aunque podía oír, empezó a dudar de lo que acababa de pasar. Puede que su oído no hubiera sanado del todo o que el tumor siguiera presente. Tal vez ni siquiera merecía curarse. Tan pronto como pensó eso, la energía y la luz aparecieron ante ella. Pero esta energía era de otra índole.
—Era roja como el corazón y azul como la electricidad, y tridimensional —recordaba—. Estaba a medio metro y bailoteaba como una serpiente. Mientras todo eso sucedía, yo tenía los ojos cerrados. Era multidimensional, hermosa, loca, maravillosa, fractal, y se pegó a mi rostro, casi como si quisiera decirme: «¿Aún dudas? ¡Pues ahora verás!» Entonces entró disparada a mi corazón, mi pecho se abrió, yo me incorporé en la silla y abrí los brazos de par en par. Supe que era la energía de todo, la energía del Qì o del espíritu o de la divinidad, del universo.
»La vida es distinta ahora —me confesó—. En primer lugar, he recuperado el cien por cien de la audición. Pero hay más. Me cuesta expresarlo en palabras, pero sé que, pase lo que pase, todo irá bien. La vida nunca será la misma porque tengo el convencimiento de que, en el fondo de todo, es el espíritu el que busca ser escuchado y sanado.
Janet oye: «Eres mía»
Si bien Janet meditaba de vez en cuando, nunca lo había hecho con regularidad. Pese a todo, una tarde de hace veinticinco años, durante una meditación, vivió lo que ella llama «una experiencia espontánea». De súbito, con los ojos cerrados, se encontró en presencia de una luz increíblemente brillante y tan suave al mismo tiempo que no le dañaba los ojos. La describe como el amor más puro, más intenso y perfecto que ha experimentado jamás. Durante los veinticinco años siguientes rezó, meditó e hizo lo posible por recrear esa experiencia trascendental.
La primavera de 2015, Janet asistió a un taller avanzado en Carefree, Arizona. Estaba hundida en la depresión y el agotamiento, incapaz de hallar solución a sus problemas, aunque también decidida a curarse o a mejorar. Por encima de todo, la emocionaba la idea de reunirse con más de quinientas personas convencidas de ser algo más grande que un cuerpo físico.
Durante los días que duró el taller, Janet buscó una experiencia mística con una intensidad mayor que su depresión. Para llevar a cabo la meditación de la glándula pineal, se sentó en posición de loto y depositó su atención amorosa en el espacio que alberga la glándula. Súbitamente, la glándula pineal se activó y una brillante luz blanca que procedía del interior de su cabeza la iluminó. Se trataba de la misma luz que había visto veinticinco años atrás.
—La luz entró en mi glándula pineal e iluminó los cristales de la pequeña concavidad —explicaría más tarde—. Siguió iluminando todo mi ser hasta un nivel celular. Mi columna se irguió espontáneamente, eché la cabeza hacia atrás y la acogí sin más… Dejé que sucediera. Experimentaba éxtasis, dicha, gratitud y amor, todo al mismo tiempo.
A continuación, un triángulo invertido de luz descendió hacia ella y entró por la parte alta de su cabeza. Janet supo que el triángulo albergaba la presencia de una inteligencia amorosa. El vértice del triángulo se unió con el pico de la glándula pineal hasta formar una doble figura geométrica. La intensa vibración de esa luz coherente transportaba un mensaje para Janet. La luz repetía una y otra vez: «Eres mía. Eres mía», lo que ella interpretó como: «Te amo más que nada en el mundo».
—Por favor, entra y hazte cargo de mi vida —respondió Janet y, cuando se rindió a la luz, empezó a experimentar una descarga de información que entraba por la cúspide de su cabeza en forma de luz brillante. La luz contenía vetas que parecían perlas de un luminoso azul cobalto. Desplazándose despacio, la luz descendió por todo su cuerpo. La energía era el resultado de un campo toroide inverso (que se mueve en dirección contraria al creado durante la respiración) y procedía del campo unificado; de más allá del espectro de luz visible y de nuestros sentidos. La experiencia interna fue tan real que reconfiguró su cerebro y envió una nueva marca energética y emocional a su cuerpo. Al momento, el pasado de Janet se desvaneció. La descarga de esa frecuencia coherente y plena renovó su organismo. Para cuando abandonó el taller, la depresión y el cansancio habían desaparecido.
—Esta experiencia trascendental —insistió— me ha cambiado la vida para siempre.
Conectados por el amor más allá del espacio y el tiempo
Durante una meditación del Proyecto Coherencia celebrada en el lago de Garda, en Italia, los participantes de todo el mundo se unieron a nosotros bajo el convencimiento de que somos más que materia, cuerpos y partículas, y de que la consciencia influye en la materia y el mundo. Durante la meditación, Sasha se encontraba en Nueva Jersey, visualizando que llevaba la Tierra a su corazón.
—Cuando la deposité en el interior de mi pecho, noté un montón de brotes y hojas que salían de ese centro energético y se extendían por mi cuerpo —me contó—. Las ramas, las hojas y las flores surgían de mis brazos, de mis dedos y orejas, y tenía flores blancas en la cara. Literalmente, me habían convertido en el jardín de la Tierra.
Tan pronto como terminó la meditación, Sasha miró la pantalla del teléfono y descubrió que su mejor amiga, Heather, le había enviado una foto de Irlanda. Mientras Sasha meditaba, Heather estaba dando un paseo por un jardín. Al volver la vista hacia el suelo, vio por casualidad una roca cubierta de musgo en forma de corazón. Heather le hizo una foto con el teléfono y se la envió a Sasha con una nota que decía: «He visto esto y he tenido la abrumadora sensación de que estabas aquí. Te quiero».
Donna ayuda a las almas a cruzar al otro lado
Cuando Donna asistió a su primer taller, celebrado en Long Beach, California, en 2014, no era ni de lejos una experta en la materia. Tan sólo había meditado en unas cuantas ocasiones con anterioridad. Redactora técnica de profesión, Donna era una persona muy analítica. Sin embargo, ésa es la belleza de este trabajo: cuando no albergas expectativas, a menudo estás más abierto a vivir la experiencia tal como se presente. Donna se quedó de piedra cuando, en cierto momento durante una de las meditaciones del fin de semana, abandonó la consciencia diaria y se encontró rodeada de cientos de seres interdimensionales.
—No me pareció que albergaran malas intenciones —me relató—, pero saltaba a la vista que querían algo de mí. Algunos de ellos eran muy jóvenes…, como de doce o trece años. Supe al instante que estaba viendo a las personas que mi prometido había asesinado.
Donna estaba prometida con un antiguo miembro de los cuerpos especiales del ejército estadounidense que, durante la guerra de Irak, había sido francotirador. Cuando Donna regresó a casa al finalizar el taller y le relató a su novio la experiencia, éste le confirmó que algunas de las personas que había matado para proteger a sus compañeros eran muy jóvenes.
Si bien la coincidencia se le antojó curiosa y fascinante, Donna no supo qué hacer con la información. Tenía muy claro, eso sí, que la vivencia era real porque jamás podría haber inventado algo así.
Dos años más tarde, Donna estaba participando en un taller avanzado de Carefree, en Arizona. Al terminar su primera meditación, se volvió hacia la amiga que estaba sentada a su lado y le soltó como mareada, sin ser consciente siquiera de lo que estaba diciendo:
—Hay seres en esta habitación, y están aquí para ayudarnos.
El domingo por la mañana, Donna fue escogida para un escáner cerebral durante la meditación de la glándula pineal. Una vez más, en cierto momento de la meditación, se encontró súbitamente frente a los mismos seres interdimensionales que la habían rodeado en el primer taller, dos años antes. En esta ocasión hacían fila ante ella.
—De nuevo tuve la sensación de que querían algo de mí, pero no sabía qué —relató—. Entonces, como si mirara a través de unas gafas de realidad virtual, vi mentalmente cómo se formaba otra fila a mi izquierda. En ésta había dos clases de seres. Unos parecían humanos, pero eran muy altos y desprendían una luz dorada. Los otros parecían irradiar un fulgor azul.
Supo instintivamente que si entregaba a las personas que había asesinado su novio en la guerra, que hacían fila a la derecha, a los seres de la izquierda, los primeros tendrían lo que necesitaban. Como esas víctimas de disparos sueltos habían muerto tan repentinamente y sin previo aviso, algunas de ellas experimentaban confusión respecto a si estaban vivas o muertas. No sabían a dónde ir ni qué hacer, mientras que otras intentaban permanecer en esa dimensión porque seguían apegadas a sus seres queridos y no podían avanzar. Se habían quedado atascadas entre la materia y la luz, pero de algún modo habían reconocido en Donna el puente o facilitador que podía ayudarlas a cruzar al otro lado. Y todo eso sucedió en el transcurso de una experiencia muy lúcida, muy real.
—Decir que entregué a esas personas a los otros seres no sería del todo exacto —explicó—, pero tuve la sensación de ayudarlas a cruzar. No puedo expresarlo con palabras, pero parecieron traspasar a los otros seres para cruzar al otro lado. Y entonces los vi corriendo por un campo de niebla roja, alta por la cintura. Sentí la libertad, la dicha y la felicidad que los embargaba mientras corrían por el campo.
De nuevo, como si mirara por unas gafas de realidad virtual, Donna se volvió mentalmente a la derecha y vio una serpenteante pista de tierra por la que avanzaba gente a lo lejos. Percibió que procedían de Bosnia y Serbia, pero no entendió por qué.
—Intuí algo así como que había corrido la voz. No tuve la sensación de que ignorasen que estaban muertos, más bien de que se encontraban atascados en una especie de limbo; no sabían cómo llegar al otro lado.
Todo sucedió durante la meditación más larga del taller, que duró de dos a tres horas, pero a Donna se le antojaron diez minutos.
Asistió a otro taller avanzado en Cancún en otoño de 2016. Esta vez, cuando pedí a los estudiantes que se sumergieran en su consciencia para unirse a la del campo unificado, Donna vivió la experiencia de convertirse en el universo. Pasó de ser un cuerpo, alguien, algo, en alguna parte y en algún momento a no ser materia, nadie, nada, en ninguna parte y en el sin tiempo y, por fin, a la de ser toda la materia, todos, todo, en todas partes y en todo momento. En el instante en que su consciencia conectó con el campo unificado —el campo de información que gobierna las leyes y las fuerzas del universo— devino el propio universo. Estaba en éxtasis.
—Desde aquel día, mi vida es mágica y me siento invadida por una energía y una vitalidad que nunca antes había conocido —relataría más tarde—. No dejo de vivir experiencias poderosas, una tras otra, y mi vida no ha vuelto a ser la que era antes de que empezara a realizar estas prácticas.
Jerry regresa del umbral de la muerte
El 14 de agosto de 2015, Jerry estaba montando un mueble en la terraza trasera. Mientras leía las instrucciones notó un súbito dolor justo debajo del esternón. Pensó que debían de ser gases, así que tomó un medicamento, pero el dolor no cesó. Se tumbó y su malestar empeoró.
Cuando intentó levantarse, apenas si se aguantaba de pie y temió desmayarse. Cuando el dolor se tornó más intenso y empezó a experimentar problemas para respirar llamó a una ambulancia. Haciendo de tripas corazón, se arrastró como pudo hasta el camino de entrada, para que los paramédicos no tuvieran que derribar la puerta. Arrodillado en el exterior, se desplomó allí mismo, esperando a los servicios de emergencias médicas. A su llegada, los paramédicos dieron por supuesto que sufría un ataque al corazón e iniciaron el protocolo para esos casos.
—No lo entendéis. Me cuesta respirar —les dijo—. Tenéis que llevarme al hospital cuanto antes.
Jerry sabía lo que decía. Había trabajado durante 34 años como técnico médico en la misma sala de emergencias a la que estaban a punto de trasladarlo.
Jerry conocía a todo el personal de emergencias y, cuando llegó, los médicos, las enfermeras, los técnicos y los especialistas procedieron a someterlo a toda clase de pruebas. Cuando un médico, que también era amigo de Jerry, le dijo que los resultados de todas las analíticas eran alarmantes, Jerry supo que la cosa pintaba mal. Una analítica en particular dio un resultado alarmante: sus niveles de proteasa, amilasa y lipasa (enzimas producidas por el páncreas) eran de 4.000 a 5.000 unidades por litro, cuando los parámetros normales abarcan de 100 a 200. Ingresaron a Jerry en la unidad de cuidados intensivos.
—El dolor pronto empeoró, y ninguno de los medicamentos que me administraban me hacía efecto —relató Jerry—. Me dijeron que tenía un conducto de la vesícula biliar taponado y que eso me estaba perjudicando el páncreas. Lo que es peor, había líquido encharcado en mis pulmones. Mi capacidad respiratoria había descendido por debajo del ochenta por ciento en ambos pulmones. Cuando los médicos me pusieron un ventilador, supe que tenía pocas probabilidades de salir de ésa.
El médico pidió a su equipo que «conectaran el televisor para hablar con Boston», con el fin de mantener una videoconferencia inmediata con los médicos de un hospital más grande de la ciudad más cercana.
—En todos los años que había trabajado en el hospital, la pantalla sólo se había conectado unas cuantas veces para los traumatismos más graves o porque alguien estaba muriendo —confesó Jerry—. Significaba que no tenían ni idea de lo que me estaba pasando. Cuando un médico en el que confías desde siempre te dice que no sabe qué hacer…, bueno, en ese momento, las hormonas del estrés me inundaron de golpe.
Entretanto, el equipo médico le decía a la mujer de Jerry que, si tenían algún papeleo pendiente, era el momento de dejar las cosas en orden. Entre lágrimas, la mujer partió a buscar los papeles.
Jerry pronto comprendió que debía empezar a cuidar de sí mismo. Sabía que si las hormonas del estrés se apoderaban de él, no ganaría la partida.
—Pasé de ser un hombre que llevaba años sin caer enfermo, que practicaba yoga constantemente y se alimentaba bien, a estar ingresado en la UCI con la vida pendiente de un hilo. Me decía a mí mismo: No puedo tomar ese camino. No debo ceder al miedo… Así que no lo hice.
Como hacía poco había leído el libro El placebo eres tú, empezó a pensar: Debo cambiar estos patrones de pensamiento. No puedo permitir que las ideas negativas me llenen el cuerpo de cortisol y acaben de fastidiar lo que queda de mí.
Los médicos descubrieron por fin que una gran masa bloqueaba un conducto en el páncreas de Jerry. La masa no permitía el drenaje de la mucosidad, así que los jugos de la glándula retrocedían y se derramaban por todo el torrente sanguíneo.
—Los médicos permanecieron conmigo durante tres días enteros —explicó—. Me pusieron una máscara de oxígeno porque no podía respirar. Tenía vías en ambos brazos y, mientras tanto, no dejaba de pensar: Vigila tus pensamientos, relájate, lleva algo al campo cuántico que te ayude y no te pase nada, porque ya estás llamando a la puerta. Me voy a curar. Todo esto pasará. Me voy a curar.
Cada vez que estaba consciente, Jerry enfocaba su energía en trascenderse a sí mismo, en cambiar su estado de consciencia y crear un resultado distinto según conectaba una y otra vez con diferentes posibilidades del campo unificado. Por fortuna, contaba con una habitación privada, así que podía meditar cada vez que quería.
Jerry pasó una semana en la UCI y hacia el final de esos días, cuando lo trasladaron a una unidad de cuidados progresivos, le habían quitado la máscara de oxígeno y volvía a caminar. A pesar de ello, ni pudo comer ni beber nada durante nueve semanas. (De haber comido o bebido algo, aunque fuera agua, el páncreas habría liberado ácido en su cuerpo, lo que al final lo habría matado.) Únicamente se alimentaba a través de la vía.
Cuando Jerry ingresó en el hospital, pesaba 66 kilos. Cuando le dieron el alta, pesaba 54. Una vez en casa, todavía alimentándose de suero, continuó practicando. A finales de septiembre el tumor seguía presente. Los médicos le sugirieron que viera a un especialista de Boston para someterse a cirugía. Como Jerry era un profesional de la medicina, dos días antes de la operación pidió al equipo médico que le hiciera algunas pruebas más para contar con información actualizada.
—Conozco a todos los técnicos de radiología y, sin embargo, cuando me dijeron que la masa había desparecido, no les creí. Convoqué a todos los radiólogos y médicos. No dejaban de decir: «Jerry, estamos mirando la radiografía ahora mismo. De verdad, no hay nada ahí. Voy a llamar a los chicos de Boston para decirles que la operación se cancela».
Jerry comprendió más tarde que, al elevar su energía una y otra vez, abrigar emociones relacionadas con la salud y cambiar la convicción de que estaba enfermo por ideas y creencias de que se iba a curar, la frecuencia superior lo sanó.
—No me concedí permiso para pensar: Pobre de mí. Esto se ha acabado. Hacía los ejercicios a diario, todas las veces que podía. Llevé el mensaje, la intención y la energía adecuados al campo cuántico para sanar. Y, al final, lo conseguí.