Sobrenatural

Sobrenatural


1 Abriendo la puerta a lo sobrenatural

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Estaba tan presente; o debería decir, puesto que somos el mismo, estoy tan presente. Y al hablar de presencia me refiero a una supraconsciencia, como si mis sentidos se hubieran amplificado un cien por cien. Todo lo que veía, tocaba, olía, saboreaba y oía inundaba mis sentidos. Poseía una percepción tan sublime que reparaba y prestaba atención a todo cuanto me rodeaba, llevado por el deseo de experimentar el momento en toda su magnitud. Y como mi percepción se había incrementado de un modo tan drástico, también mi consciencia y, en consecuencia, mi energía. Y, al mismo tiempo, la sensación de disponer de una energía tan intensa me inducía a ser aún más consciente de todo eso que estaba experimentando simultáneamente.

Tan sólo puedo describir la sensación como una energía consistente, directa, totalmente organizada. No se parecía en nada a las emociones de origen químico que solemos experimentar en cuanto que seres humanos.

De hecho, ni siquiera era capaz de sentir las habituales emociones humanas. Las había superado. Sentía, eso sí, amor, aunque se trataba de una forma de amor que no era de origen químico sino eléctrico. Me sentía casi como si ardiera, enamorado de la vida con pasión. La dicha que me embargaba era de una pureza indescriptible.

Además, caminaba por el jardín en pleno invierno sin zapatos y sin chaqueta. Y, pese a todo, el frío se me antojaba placentero. No emitía juicio alguno sobre la intensidad del frío en mis pies, tan sólo disfrutaba del contacto de las plantas contra la hierba helada y me sentía conectado tanto con la sensación como con la hierba. Sabía que, si me paraba a pensar en las típicas ideas y juicios que normalmente albergaría en relación con el frío, provocaría en mí mismo una sensación de polaridad y dividiría la energía que estaba experimentando. Si juzgaba lo que estaba viviendo, sacrificaría el sentimiento de unidad. Las condiciones de mi entorno (el frío) palidecían ante el raudal de energía que recorría mi cuerpo. De ahí que acogiera el frío con toda mi alma. ¡Era vida, sencillamente! De hecho, la sensación resultaba tan agradable que no quería que el momento terminase. Quería que durase para siempre.

Esa versión evolucionada de mí mismo caminaba con decisión y elegancia. Me sentía poderoso y tranquilo, pero también exultante de pura dicha de existir y amor por la vida. Paseando por el jardín, pasé por encima de unas enormes columnas de basalto volcadas, que están dispuestas en forma de enormes peldaños para crear gradas en las que sentarse en torno al foso de la fogata. Me encantó la sensación de caminar descalzo por los enormes trozos de piedra. Me detuve a admirar su magnificencia. A continuación, seguí andando y me acerqué a la fuente. Sonreí al recordarnos a mí y a mi hermano construyendo tal maravilla.

Súbitamente, vi a una mujer minúscula envuelta en una prenda blanca y brillante. No mediría más de medio metro de altura, y estaba de pie detrás de la fuente con otra mujer de tamaño normal que iba vestida de manera parecida y que emanaba la misma luz. La segunda mujer permanecía algo apartada, observando, como si estuviera allí para proteger a la más pequeña.

Cuando miré a la mujer diminuta, ella se volvió hacia mí y me sostuvo la mirada. Noté una energía amorosa todavía más fuerte si cabe, igual que si ella me la estuviera enviando. Aun estando en la piel de esa versión más evolucionada de mí mismo, comprendí que jamás había sentido nada parecido. La sensación de plenitud y amor siguió creciendo de forma exponencial, y pensé: Hala… ¿De verdad hay un amor aún más grande que este que acabo de experimentar hace un momento? No se trataba de amor romántico, sino más bien de una energía vivificante, electrizante, que despertaba en mi interior. Supe que la mujer me estaba mostrando que yo llevaba dentro más amor del que podía imaginar. Y supe también que me encontraba ante un ser más evolucionado que yo. La electricidad que acababa de notar me indicó también que mirara a la ventana de la cocina, y recordé al instante por qué estaba allí.

Me di media vuelta y miré hacia la cocina, donde mi yo del presente estaba fregando los platos pocas horas antes de sentarse en el sofá a descansar. Desde el jardín trasero, sonreí. También lo amaba con todo mi corazón. Percibí su sinceridad; sus esfuerzos, su pasión y su amor. Percibí los mecanismos de su mente, cómo se esforzaba constantemente en relacionar conceptos para asignarles significado. Y, entre otras cosas, vi una parte de su porvenir. Igual que un buen padre, estaba orgulloso de él y no sentía nada salvo admiración por la persona que era en aquel momento. Y mientras lo observaba al mismo tiempo que notaba cómo esa inmensa energía crecía en mi interior, él dejó de lavar los platos un momento para mirar por la ventana y pasear la vista por el jardín.

Y si bien seguía ahí desde la consciencia de mi futuro ser, era capaz también de pensar desde mi yo presente, y recordé que realmente había dejado de fregar los platos un momento, para mirar al exterior, porque había notado un sentimiento de amor espontáneo en el pecho y había tenido la sensación de que me observaban o de que había alguien en el jardín. Más tarde recordaría que, mientras limpiaba un vaso, había llegado a inclinarme hacia delante para minimizar el reflejo de la luz de la cocina en la ventana y había contemplado un rato la oscuridad antes de devolver la atención a los platos que quedaban en la pila. Mi yo futuro obsequió a mi yo presente con el mismo regalo que la luminosa dama me había ofrecido a mí unos instantes atrás. Y entonces entendí por qué estaba ella ahí.

E, igual que al mirar al niño de la escena anterior, de nuevo el amor que mi ser futuro sentía por mi ser presente me conectó de algún modo con ese yo del porvenir. Mi futuro yo estaba ahí para guiarme hacia él, y supe que era el amor eso que hacía posible la conexión. La versión más evolucionada de mí mismo albergaba tal sensación de certeza y conocimiento. Y lo más extraño de todo es que yo habitaba todos esos seres al mismo tiempo. De hecho, habitaba un número de yoes infinito; no sólo el Joe del pasado, del presente y del futuro. Existen incontables versiones de mí mismo en el ámbito del infinito, y no hay sólo un infinito, sino múltiples infinitos. Y todo eso sucede en el eterno ahora.

Cuando volví a la realidad física tal como la conocemos, en el sofá, tan pálida en comparación con el mundo dimensional que acababa de visitar, mi primer pensamiento fue: ¡Uf! ¡Qué visión de la realidad tan pobre tengo! La rica experiencia interior que acababa de vivir me proporcionó una tremenda sensación de claridad y el convencimiento de que mis creencias —es decir, lo que yo creía saber sobre la vida, Dios, mi persona, el tiempo, el espacio e incluso lo que es posible experimentar en el reino del infinito— eran muy limitadas. Y hasta ese momento ni siquiera me había dado cuenta. Supe que yo era como un niño que apenas alcanza a comprender la magnitud de esto que llamamos «realidad». Entendí por primera vez en la vida, sin miedo ni ansiedad, el significado de la expresión «lo desconocido». Y supe que nunca volvería a ser la misma persona.

Como te puedes imaginar, cuando vives una experiencia como ésa, relatársela a tu familia o amigos implica exponerte a que piensen que sufres algún desequilibrio químico en el cerebro. Me resistía a compartir lo que me había sucedido porque carecía de las palabras para describirlo, y me daba miedo que, de hacerlo, no volviera a suceder. Me pasé meses analizando el proceso que, según creía yo, había desencadenado la experiencia. También me tenía intrigado el concepto del tiempo, y no podía dejar de pensar en ello. Además del cambio de paradigma que suponía pensar el tiempo como un momento eterno, descubrí algo más. Concluido el trascendental suceso de aquella noche, al regresar a este mundo tridimensional me di cuenta de que la totalidad de la vivencia había durado unos diez minutos. Acababa de vivir dos episodios muy largos y sin duda habrían precisado más tiempo en la vida normal. La sorprendente dilatación de los minutos avivó todavía más mi compromiso de poner todo mi empeño en averiguar qué me había pasado. Cuando entendiera mejor la experiencia, a lo mejor era capaz de repetirla.

Durante los días que siguieron a aquella noche trascendente, noté en el centro del pecho la misma sensación eléctrica que había experimentado cuando aquella mujer pequeña y hermosa había activado algo en mí. No dejaba de pensar: Si la experiencia no hubiera sido real, no seguiría notando estas sensaciones, ¿verdad? Cuando desplazaba la atención al pecho, el sentimiento se amplificaba. Como es comprensible, en esos días no me apetecía demasiado relacionarme con nadie, porque las personas y las circunstancias del mundo exterior me impedían estar pendiente de mi mundo interior, y en ese caso la sensación especial disminuía. Con el tiempo acabó por esfumarse, pero siempre me ha acompañado la idea de que hay infinito amor a nuestro alcance y de que la energía a la que tuve acceso aquel día seguía viviendo en mí. Quería volver a activarla, pero no sabía cómo hacerlo.

Durante mucho tiempo, por más que intentara reproducir la experiencia, no lograba nada. Y ahora sé que ni el deseo de obtener los mismos resultados ni la frustración de intentarlo una y otra vez en vano eran las circunstancias ideales para propiciar otra experiencia mística (ni nada, de hecho). Me perdí en mi propio ejercicio de análisis, según trataba de discurrir cómo había sucedido y qué hacer para que se repitiera. Decidí probar estrategias distintas. En lugar de tratar de recrear la experiencia por la noche, decidí levantarme temprano y meditar. Como los niveles de melatonina alcanzan sus valores más altos entre la una y las cuatro de la madrugada y los metabolitos de esta hormona son los mismísimos sustratos místicos que posibilitan los acontecimientos lúcidos, decidí llevar a cabo mi trabajo interior cada mañana a las cuatro.

Antes de contarte lo que pasó a continuación, quiero pedirte que tengas presente el hecho de que yo estaba atravesando un momento particularmente complicado. Intentaba decidir si valía la pena seguir enseñando. Después de mi aparición en el documental de 2004 ¿Y tú que sabes?, el caos se había apoderado de mi vida. Me estaba planteando si abandonar la vida pública y llevar una existencia más sencilla. Me parecía más fácil alejarme sin más.

La experiencia de una encarnación pasada en el momento presente

Una mañana, cosa de una hora y media después de haber empezado a meditar sentado, me recosté. Deslicé unas almohadas debajo de mis rodillas para no quedarme dormido enseguida y me dejé llevar a la zona crepuscular que discurre entre el sueño y la vigilia. Mientras estaba allí tumbado, me limitaba a prestar atención al espacio que ocupa la glándula pineal en mi cabeza. Pero esa vez, en lugar de buscar que sucediera algo, sencillamente me relajé y dije para mis adentros: Que sea lo que Dios quiera… Por lo visto, había pronunciado las palabras mágicas. Ahora sé lo que significan. Me entregué, aparté mi identidad a un lado, renuncié a obtener un resultado determinado y, sencillamente, me abrí a la posibilidad.

Sin saber cómo, me encontré convertido en un hombre robusto en una zona muy cálida del mundo que parecía estar en las actuales Grecia o Turquía. El terreno era rocoso, la tierra reseca, y unos edificios de piedra parecidos a los de la época grecorromana se intercalaban con pequeñas tiendas hechas de tela de brillantes colores. Vestía una sola prenda, una especie de túnica de arpillera que caía desde los hombros hasta medio muslo, y llevaba una gruesa cuerda atada a la cintura a guisa de cinturón. Calzaba sandalias atadas a las pantorrillas. Tenía el pelo rizado, un cuerpo fuerte, los hombros anchos y las piernas musculosas. Era discípulo desde hacía muchos años de algún tipo de movimiento filosófico.

Mi consciencia se encontraba repartida entre el protagonista de esa experiencia y mi ser del presente, que observaba al yo de ese espacio y ese tiempo primitivos. Una vez más, mi percepción excedía enormemente la habitual; era supraconsciente. Mis sentidos se habían agudizado, y podía percibirlo todo. Notaba el aroma almizclado de mi cuerpo y podía saborear la sal del sudor que me caía por la cara. Me sentía enraizado al plano físico y notaba la fuerza de mi cuerpo. Era consciente de un intenso dolor en el hombro derecho, que no llegaba a acaparar mi atención. Apreciaba la brillantez del cielo azul y la exuberancia de los verdes árboles y las montañas, como si viviera en tecnicolor. Oía las gaviotas a lo lejos, y supe que me hallaba cerca de una gran masa de agua.

Estaba llevando a cabo una especie de peregrinaje, una misión. Viajaba por el país enseñando la filosofía que había aprendido y vivido durante toda mi existencia. Me guiaba un gran maestro al que amaba con toda el alma por los cuidados, la paciencia y la sabiduría que me había dispensado durante tantos años. Estaba a punto de ser iniciado para llevar un mensaje que pretendía cambiar las mentes y los corazones de las gentes que formaban parte de aquella cultura. Sabía que el mensaje contradecía las creencias de la época, y que el Gobierno y las órdenes religiosas tratarían de impedirme que lo divulgara.

El mensaje central de la filosofía que yo estudiaba pretendía liberar a las personas de un dictado que no fuera el suyo propio. También se proponía inspirar a los individuos para que adoptaran unos valores y principios que les darían herramientas para llevar vidas más significativas y enriquecedoras. Me apasionaba el ideal de esa filosofía, y me esforzaba a diario por vivir de acuerdo con sus doctrinas. Por supuesto, el mensaje no incluía la necesidad de una religión ni la dependencia de un Gobierno, y pretendía liberar a la gente del dolor y del sufrimiento.

Cuando la escena cobró vida, yo acababa de dirigirme a una multitud en un pueblo relativamente poblado. La reunión llegaba a su fin cuando, de repente, varios hombres avanzaron rápidamente entre el gentío para arrestarme. Antes de que pudiera tratar de escapar siquiera, me apresaron. Yo sabía que habían planeado muy bien su estrategia. De haber iniciado su avance mientras yo todavía estaba hablando a la multitud, los habría avistado. Habían escogido el momento perfecto.

Me rendí sin oponer resistencia y me llevaron a una celda donde me dejaron solo. Encerrado en un pequeño cubículo de piedra con unas estrechas rendijas por ventanas, me senté, consciente del destino que me esperaba. Pasados dos días, me llevaron al centro de la ciudad, donde se habían reunido cientos de personas, incluidas algunas de las que habían acudido a escucharme pocos días atrás. Ahora, sin embargo, aguardaban con impaciencia la ocasión de presenciar el juicio y la tortura a la que estaban a punto de someterme.

Me desnudaron hasta dejarme cubierto tan sólo por un pequeño taparrabos y me ataron a una losa horizontal con grandes muescas en las esquinas donde fijaron unas gruesas cuerdas. Las sogas llevaban grilletes de metal en los extremos, que usaron para apresar mis muñecas y tobillos. Y entonces todo empezó. El hombre que estaba plantado a mi izquierda procedió a girar una manivela que, despacio, fue colocando la losa en posición vertical. Según el bloque de piedra se desplazaba hacia arriba, las cuerdas que ataban mis extremidades se tensaron en todas direcciones.

Cuando la losa se hubo desplazado unos 45 grados, empezó el verdadero dolor. Alguien que parecía ser un juez me preguntó a gritos si pensaba seguir divulgando mi filosofía. Yo no respondí. Ordenó seguir girando la manivela. En cierto momento, empecé a escuchar crujidos y chasquidos, señal de que mi columna vertebral se estaba dislocando por ciertas zonas. Como observador de la escena, contemplé la expresión de mi rostro a medida que el dolor aumentaba. Fue igual que si me hubiera mirado en un espejo; no me cabía duda de que era yo quien estaba en esa losa.

Los grilletes que me rodeaban las muñecas y los tobillos se me clavaban en la piel, y el duro metal se grababa en mi carne. Estaba sangrando. Se me dislocó un hombro y sufrí arcadas y gruñí de dolor. Experimentaba convulsiones, y temblaba al mismo tiempo que tensaba los músculos al máximo para impedir el desgarre de mis extremidades. Aflojar la tensión habría resultado insoportable. De súbito, el magistrado volvió a preguntarme a gritos si pensaba seguir enseñando.

Un pensamiento cruzó mi mente: Accederé a dejar de impartir mis enseñanzas, y cuando pongan fin a esta exhibición pública de tortura volveré a empezar. Colegí que ésa era la respuesta adecuada. Complacería al juez y cesaría el dolor (además de evitar mi muerte) al mismo tiempo que me permitiría proseguir con mi misión. Despacio, negué con la cabeza de lado a lado, en silencio.

El magistrado insistió en que expresara mi negativa verbalmente, pero yo no dije nada. Por gestos, indicó al guardia de mi izquierda que siguiera girando la manivela. Miré al hombre que accionaba el mecanismo con la obvia intención de hacerme daño. Vi su rostro y, según nos mirábamos a los ojos, reconocí a esa persona, que existía también en mi presente como Joe Dispenza; el mismo individuo en un cuerpo distinto. Una bombilla se encendió en mi mente mientras presenciaba la escena. Comprendí que ese mismo verdugo seguía atormentando a los demás —incluido yo— en mi actual encarnación, y comprendí el rol que esa persona representaba en mi vida. Experimenté una extraña sensación de haber aprendido algo, y todo adquirió sentido.

Según la losa ascendía, la parte inferior de mi espalda crujió con fuerza y mi cuerpo empezó a perder el control. En ese momento me rendí. Lloraba a causa del insoportable dolor, y también experimentaba una profunda tristeza que consumía todo mi ser. Cuando soltaron la pesada losa, caí de nuevo en posición horizontal. Me quedé allí tumbado, temblando de manera incontrolable, en silencio. Me arrastraron otra vez a la pequeña celda de la cárcel, donde yací acurrucado en un rincón. Durante tres días, las imágenes de mi tortura no dejaron de desfilar por mi mente.

Mi sentimiento de humillación era tal que supe que nunca volvería a hablar en público. La mera idea de reanudar mi misión provocaba tal sensación de repulsa en mi cuerpo que dejé de pensar en ello. Una noche me liberaron y, sin que nadie me viera, con la cabeza gacha de pura vergüenza, desaparecí. Nunca más sería capaz de mirar a nadie a los ojos. Sentía haber fracasado en mi misión. Pasé el resto de mi vida en una cueva junto al mar, pescando y viviendo en silencio, como un ermitaño.

Mientras presenciaba los apuros de ese pobre hombre y su decisión de vivir escondido, comprendí que estaba viendo un mensaje dirigido a mí. Supe que no podía desaparecer y esconderme del mundo otra vez, en mi vida presente, y que mi alma me estaba diciendo que debía proseguir con mi trabajo. Tenía que hacer el esfuerzo de defender un mensaje y nunca más ceder a la adversidad. También me di cuenta de que no había fracasado en absoluto; hice lo que pude. Supe que el joven filósofo seguía viviendo en el eterno presente al igual que una infinidad de yoes en potencia, y que podía cambiar mi destino, y el suyo, si tomaba la decisión de vivir para la verdad sin miedo, en lugar de morir por ella.

Cada uno de nosotros cuenta con un sinnúmero de encarnaciones posibles que habitan el presente eterno, todas esperando a ser descubiertas. Cuando el misterio del ser se desvela, aprehendemos la idea de que no somos seres lineales inmersos en una vida lineal, sino seres dimensionales que llevan vidas de muchas dimensiones. El secreto que nos depara ese desfile inacabable de probabilidades es que podemos cambiar el futuro si nos transformamos a nosotros mismos en el infinito momento presente.

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