Sobrenatural
2 El instante presente
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2 El instante presente
Si quieres protagonizar una experiencia sobrenatural —regenerar tu propio cuerpo, crear insólitas oportunidades que nunca antes habías imaginado y vivir experiencias místicas y trascendentes— tendrás que empezar por familiarizarte con la idea del «instante presente»: el eterno ahora. Se oye hablar mucho últimamente de la «presencia» y del «aquí y ahora». Si bien casi todo el mundo entiende a grandes rasgos lo que significan estos conceptos (no pensar en el futuro ni vivir en el pasado), me propongo ofrecerte un enfoque completamente distinto. Requiere que trasciendas el mundo físico —incluido tu cuerpo, tu identidad y tu entorno— e incluso el tiempo mismo. Es allí, al otro lado, donde la posibilidad se torna realidad.
Al fin y al cabo, si no te proyectas más allá de tu propia personalidad tal como la concibes y de los mecanismos del mundo tal como te han condicionado a imaginarlos, no podrás crear una vida inédita ni un nuevo destino. De modo que, en un sentido muy real, debes renunciar a tu mentalidad, trascender esa imagen de ti mismo que te presta identidad y ceder las riendas a algo más grande, a algo místico. En este capítulo te explicaré cómo hacerlo.
En primer lugar, vamos a repasar cómo funciona el cerebro. Cada vez que un tejido neurológico se activa en el cerebro o en el cuerpo se crea mente. En consecuencia, desde una perspectiva científica, la mente es el cerebro en funcionamiento. Por ejemplo, usas una mente específica para conducir un coche. Utilizas otra mente para ducharte. Y otra distinta para cantar o escuchar música. Empleas un aspecto determinado de la mente para ejecutar cada una de estas funciones complejas porque seguramente las has llevado a cabo cientos de veces, de modo que tu cerebro recurre a una zona muy específica cada vez que las realizas.
Cuando conduces, por ejemplo, recurres de hecho a una secuencia, un patrón y una combinación específicos de redes neuronales. Esas redes no son sino grupos de neuronas que trabajan en comunidad —igual que un programa automático de software o una macro— porque has ejecutado esa misma acción en numerosas ocasiones anteriores. En otras palabras, los recorridos neuronales que se encargan de llevar a cabo la tarea se definen y especializan aún más.4 Podría decirse que, cuando escoges conscientemente ejecutar la tarea de conducir un vehículo, indicas a ciertas neuronas de tu cerebro que se activen para crear cierto nivel mental.
En su mayor parte, el cerebro es un producto del pasado. Está diseñado y moldeado para convertirse en un documento viviente de todo lo que has aprendido y experimentado hasta este momento de tu vida. El aprendizaje, desde un punto de vista científico, se produce cuando las neuronas del cerebro se organizan en miles de conexiones sinápticas, y esas conexiones se disponen a su vez en redes neurológicas complejas y tridimensionales. Considera el aprendizaje como una actualización de tu cerebro. Cuando prestas atención al conocimiento o a la información y le asignas significado, esta interacción con el entorno deja improntas biológicas en tu cerebro. Cuando experimentas algo nuevo, tus sentidos escriben neurológicamente el relato en tu cerebro y todavía más neuronas se reúnen para crear conexiones aún más ricas, lo que enriquece tu cerebro aún más.
Las experiencias no sólo desarrollan los circuitos cerebrales, sino que también suscitan emociones. Considera las emociones como el vestigio químico de experiencias pasadas; o como una reacción química. Cuanto más alto es el cociente emocional de un acontecimiento acaecido en tu vida, más profunda es la impronta que deja esa experiencia en tu cerebro; así se forma la memoria a largo plazo. Así pues, si aprender significa crear nuevas conexiones en el cerebro, los recuerdos surgen de mantener esas conexiones. Cuantas más veces repites un pensamiento, una decisión, una conducta, una experiencia o una emoción, más neuronas se activan y se conectan y más tiempo prolongarán sus relaciones a largo plazo.
En la historia de Anna relatada en el capítulo anterior, has aprendido que casi todas tus experiencias proceden de interacciones con el ambiente externo. Como los sentidos te conectan con el exterior y registran neurológicamente el relato en tu cerebro, cuando experimentas un acontecimiento de gran carga emocional —tanto positiva como negativa— ese momento queda grabado neurológicamente en tu cerebro en forma de recuerdo. De ahí que, si una experiencia transforma químicamente tu estado habitual y dirige tu atención a eso que ha provocado el cambio, asocies una persona u objeto específicos con el lugar y el tiempo que ocupa tu cuerpo en ese momento determinado. Así pues, los recuerdos se generan a partir de la interacción con el mundo exterior. Cabe concluir, pues, que el único lugar en el que existe el pasado realmente es en el cerebro… y en el cuerpo.
Cómo el pasado se convierte en futuro
Vamos a observar más detenidamente lo que sucede bioquímicamente en el cuerpo cuando generas un pensamiento y sientes una emoción. En el instante en que piensas (o recuerdas) algo, se origina una reacción bioquímica en tu cerebro que lo lleva a liberar ciertas señales químicas. De ese modo, los pensamientos, que son inmateriales, devienen materia; se convierten en mensajeros químicos. Esas señales químicas se reflejan en tu cuerpo en forma de sensaciones. Y cuando percibes que te estás sintiendo de un modo determinado generas más pensamientos que a su vez expresan esas sensaciones, lo que induce a tu cerebro a liberar otra vez compuestos químicos que te producen sentimientos acordes con los pensamientos.
Por ejemplo, si piensas en algo que te asusta, empiezas a experimentar temor. En el instante en que sientes miedo, la misma emoción te lleva a albergar más pensamientos oscuros, y esos pensamientos desencadenan la liberación de compuestos químicos en el cerebro y en el cuerpo que te asustan más y más. Antes de que te des cuenta, estás inmerso en un círculo vicioso en el que tu pensamiento crea sentimiento y tu sentimiento genera pensamiento. Si los pensamientos son el lenguaje del cerebro y las emociones son el lenguaje del cuerpo, y si el ciclo formado por pensamiento y sentimiento se convierte en el estado de tu ser, entonces tu forma de ser pertenece al pasado.
Cuando activas y conectas los mismos circuitos neuronales una y otra vez porque acudes a los mismos pensamientos, estás programando tu cerebro para que reproduzca siempre idénticos patrones. Al final tu cerebro se convierte en una reliquia hecha de antiguos pensamientos y, con el tiempo, se acostumbra a pensar de manera automática en todas las ocasiones. Al mismo tiempo, si experimentas las mismas emociones una y otra vez —por cuanto, como decía antes, las emociones son el vocabulario del cuerpo y el vestigio químico de experiencias pasadas— estás condicionando a tu cuerpo a vivir en el pasado.
Examinemos ahora lo que implican esos procesos en tu vida diaria. Habida cuenta de que, como acabas de aprender, los sentimientos y las emociones son los vestigios químicos de experiencias pasadas, en cuanto te despiertas por la mañana y buscas esa sensación tan familiar llamada tú, comienzas a vivir en el pasado. Así pues, en el instante en que te pones a rumiar en tus problemas, éstos —conectados a recuerdos de experiencias pasadas que involucran a ciertas personas u objetos en determinados tiempos y espacios— recrean antiguos sentimientos de infelicidad, futilidad, tristeza, dolor, pena, ansiedad, preocupación, frustración, baja autoestima y sensación de culpa. Si esas emociones controlan tus pensamientos y no eres capaz de trascenderlas, en ese caso también estás conjugando tus pensamientos en pasado. Y si esas antiguas emociones influyen en las decisiones que tomas a lo largo del día, las conductas que exhibes o las experiencias que vas a crear, el resultado es predecible: tu vida seguirá siendo la misma.
Pongamos por caso que, en cuanto despiertas, apagas la alarma del reloj y, tumbado en la cama, echas un vistazo a Facebook, Instagram, WhatsApp, Twitter, mensajes de texto, correos electrónicos y noticias. (Ahora sí que recuerdas de verdad quién eres, por cuanto has reafirmado tu personalidad y has conectado tu presente-pasado a tu realidad personal.) Vas al cuarto de baño. Usas el retrete, te lavas los dientes, te duchas, te vistes y te diriges a la cocina. Tomas un café y desayunas. Puede que mires las noticias y compruebes tu correo electrónico nuevamente. Es tu rutina diaria.
A continuación te encaminas al trabajo por la ruta de siempre y cuando llegas allí te relacionas con los mismos colegas del día anterior. Dedicas el día a llevar a cabo más o menos las mismas tareas que ayer. Al salir del trabajo, regresas a casa. Es posible que pases un momento por el supermercado para comprar los alimentos de siempre que tanto te gusta comer. Preparas la cena de costumbre y miras el mismo programa de televisión a la misma hora sentado en el mismo sofá del salón. Luego te preparas para acostarte tal como haces cada noche: te lavas los dientes (con la mano derecha, empezando por los dientes superiores), te acurrucas en el mismo lado de la cama, lees un poco tal vez y te duermes.
Si repites esas mismas rutinas una y otra vez, se convertirán en un hábito. Un hábito es una serie redundante de pensamientos, conductas y emociones inconscientes que se adquiere a base de repetición. Básicamente, implica que tu cuerpo ha puesto el piloto automático y se limita a repetir una serie de programas preestablecidos. Con el tiempo, el cuerpo remplaza la mente. Has repetido una misma rutina tantas veces que el cuerpo, de manera automática, sabe hacer ciertas cosas mejor que el cerebro o la mente consciente. Sencillamente, conectas el piloto automático y entras en modo inconsciente, lo que significa que te despertarás al día siguiente y volverás a hacer más o menos lo mismo. En un sentido muy real, tu cuerpo te arrastra al mismo mañana predecible, basado en lo que has hecho a diario en el pasado. Generarás los mismos pensamientos, y luego tomarás las mismas decisiones que te empujarán a conductas idénticas y crearán experiencias recurrentes que, a su vez, producirán las mismas emociones. Con el paso del tiempo, esa rutina deviene un conjunto de redes neurológicas programadas en el cerebro que condicionan emocionalmente a tu cuerpo a vivir en un tiempo que quedó atrás; y ese pasado se convierte en tu mañana.
Si confeccionaras el cronograma de un día determinado, desde el momento de despertar hasta el instante de meterte en la cama, podrías colocar el esquema de ayer o de hoy (tu pasado) sobre el espacio reservado para mañana (tu futuro) y coincidirían a la perfección, porque en esencia las acciones que has llevado a cabo hoy van a ser las mismas que emprendas mañana… y pasado mañana, y al otro, y al otro. Afrontémoslo: si sigues la misma rutina que ayer, no es arriesgado decir que tu futuro se parecerá mucho a ese ayer. Tu porvenir no es más que una repetición de tu historia. Por eso el ayer está siempre creando el mañana.
Echa un vistazo a la figura 2.1. Cada una de las líneas verticales representan el mismo pensamiento que conduce a la misma decisión, que a su vez desencadena una conducta automática y crea una experiencia conocida que, de nuevo, da lugar a un antiguo sentimiento o emoción. Si sigues reproduciendo la misma secuencia, todos esos pasos individuales se funden con el tiempo en un mismo programa automático. Y al hacerlo estás cediendo tu libre albedrío a un programa. La flecha representa una experiencia sorpresa que acaece en algún momento del viaje de casa al trabajo, sabiendo que llegarás tarde otra vez, e intentas pasar por la tintorería de camino al despacho.
Podríamos decir que tu mente y tu cuerpo se encuentran en territorio conocido —el mismo futuro predecible basado en las experiencias del pasado—, y en ese mañana predecible y seguro no hay espacio para lo imprevisible. De hecho, si sucediera algo insólito, si un acontecimiento inesperado irrumpiera en tu vida en ese instante para cambiar la cronología prevista, es muy probable que el cambio de rutina te pusiera de mal humor. Seguramente lo considerarías un total y absoluto fastidio. Le dirías tal vez: «¿Podrías volver mañana? Hoy no me viene bien.»

Los hábitos son series redundantes de pensamientos, conductas y emociones inconscientes y automáticos que se instalan a través de la repetición. Aparecen cuando repites algo tantas veces que acabas por programar el cuerpo para sustituir a la mente. Con el tiempo, el cuerpo te arrastra a un futuro previsible basado en las experiencias del pasado. En consecuencia, si no vives en el momento presente, es probable que estés instalado en el programa.
De hecho, en una vida previsible no cabe lo desconocido. Sin embargo, lo desconocido es cualquier cosa menos predecible. Pertenece a un terreno incierto, inseguro…, pero también es emocionante porque sucede cuando menos lo esperas, de un modo que no puedes prever ni controlar. Así pues, permite que te haga una pregunta: ¿cuánto espacio hay en tu vida previsible y rutinaria para lo desconocido?
Si te instalas en lo que ya conoces —aferrado a la misma secuencia día tras día que te lleva a generar los mismos pensamientos, a hacer idénticas elecciones, a repetir los mismos hábitos programados, a recrear experiencias muy parecidas que activan las mismas redes de neuronas organizadas en patrones iguales para reafirmar ese tranquilizador sentimiento llamado tú— estás recreando el mismo nivel mental una y otra vez. Con el tiempo, tu cerebro queda programado para ejecutar automáticamente esas mismas secuencias, de manera más fluida y veloz en cada ocasión.
A medida que esos pasos aislados se funden en un solo gesto, generar un pensamiento conocido a partir de una experiencia (persona u objeto) en un espacio y un tiempo determinados te llevará a crear automáticamente la sensación de la experiencia. Si eres capaz de adivinar la sensación que te va a producir determinada experiencia, sigues en terreno conocido. Por ejemplo, la idea de reunirte con el mismo equipo de gente con el que llevas años trabajando te inducirá automáticamente a evocar la emoción que vas a sentir. Cuando eres capaz de predecir lo que vas a sentir en el futuro —porque has pasado tantas veces por la experiencia como para saberlo—, seguramente vas a crear más de lo mismo. Y, qué duda cabe, es probable que tus predicciones sean acertadas. Pero sucederá porque tú sigues siendo la misma persona. Y eso significa que estás instalado en el programa automático, y en caso de que no seas capaz de presagiar el sentimiento que te producirá una vivencia es muy probable que tiendas a evitarla.
Hay otro aspecto del pensamiento y el sentimiento que debemos considerar para obtener la imagen completa de lo que sucede cuando vives instalado en un estado del ser. El círculo vicioso que forman pensamiento y sentimiento genera también un campo electromagnético mensurable que rodea el cuerpo físico. De hecho, el cuerpo humano emite constantemente luz, energía o frecuencias que transportan un mensaje, una información o una intención específicos. (Por cierto, cuando hablo de «luz» no me refiero únicamente a la luz que vemos, sino a todos los espectros, incluidos rayos X, ondas de teléfonos móviles y microondas.) De igual modo, recibimos continuamente información vital que nos llega a través de distintas frecuencias. Así que estamos siempre enviando y recibiendo energía electromagnética.
Te explicaré cómo funciona. Cuando generamos un pensamiento, las redes neuronales, al activarse, crean cargas eléctricas en el cerebro. Y cuando esos pensamientos provocan a su vez reacciones químicas que dan lugar a sentimientos o emociones, al igual que cuando antiguos sentimientos o emociones dirigen nuestros pensamientos, esos sentimientos crean cargas magnéticas. Se funden con los pensamientos que generaron cargas eléctricas para producir un campo electromagnético específico equivalente a tu estado del ser.5
Considera las emociones energía en movimiento. Cuando alguien inmerso en una fuerte emoción entra en una habitación, su energía (al margen de su lenguaje corporal) a menudo resulta palpable. Todos hemos percibido la energía y la intención de otra persona cuando está muy enfadada o muy frustrada. La notamos porque emite una fuerte señal energética que transporta información. Lo mismo sucede con las personas intensamente sexuales, con los que sufren o con aquellos que irradian una energía tranquila y amorosa: todas esas formas de energía se pueden sentir y percibir. Como puedes suponer, las distintas emociones vibran en frecuencias distintas. Las frecuencias de emociones creativas y elevadas como el amor, la dicha y la gratitud son mucho más altas que las de emociones relacionadas con el estrés, como el miedo y la rabia, porque transportan distintos niveles de intención consciente y energía. (Ver la figura 2.2, que detalla algunas de las frecuencias asociadas a diversos estados emocionales.) Podrás leer más en relación con este concepto más adelante.

Las emociones son energía en movimiento. Toda energía es una frecuencia, y toda frecuencia transporta información. En función de nuestros pensamientos y sentimientos, siempre estamos enviando y recibiendo información.
Así pues, si recreamos el pasado día tras día, generando iguales pensamientos y experimentando las mismas emociones, emitimos el mismo campo electromagnético una y otra vez: enviamos la misma energía con idéntico mensaje. Desde una perspectiva centrada en la energía y en la información, eso significa que la energía del pasado transporta constantemente el mismo tipo de información, lo que no deja espacio para el cambio en el futuro. Nuestra energía, pues, equivale a nuestro pasado. Si queremos transformar la vida, tenemos que cambiar la energía; modificar el campo electromagnético que emitimos sin cesar. En otras palabras, para cambiar el estado del ser debemos transformar nuestra forma de pensar y de sentir.

Si la energía fluye allí donde enfocas la atención, en el instante en que prestas atención a los sentimientos y los recuerdos de siempre estás insuflando energía al pasado y restándola al momento presente. Del mismo modo, si pones la atención constantemente en las personas que vas a ver, los lugares que debes visitar y las cosas que tienes por hacer en ciertos momentos de tu realidad conocida, estás restando energía al momento presente para insuflársela al mañana predecible.
Si la energía se concentra allí donde enfocas la atención (un concepto clave que desarrollaré más adelante), entonces, en el instante en que depositas tu atención en una emoción con la que estás familiarizado, tu atención y tu energía viajan al pasado. Si esas emociones primitivas se encuentran conectadas con algún suceso antiguo que involucra a una persona u objeto en un tiempo y espacio determinados, tu atención y tu energía están en el pasado también. En ese caso, estás restando energía al momento presente para insuflársela al pasado. Del mismo modo, si empiezas a pensar en tus compromisos, en las tareas pendientes y en los lugares a los que debes acudir en ciertos momentos de tu rutina diaria, estás invirtiendo tu atención y tu energía en un futuro predecible. Echa un vistazo a la figura 2.3, que ilustra este punto.
En ambos casos, toda tu energía se encuentra plenamente incorporada a las experiencias conocidas de esa cronología determinada. Tu energía crea más de lo mismo, y tu cuerpo seguirá a tu mente a los mismos acontecimientos de una realidad idéntica. Tu energía abandona el momento presente para acudir al pasado y al futuro. En consecuencia, te resta muy poca energía para crear una experiencia inesperada en una nueva línea de tiempo.
La figura 2.3 muestra también cómo la energía electromagnética que emanas es el reflejo vibratorio de todo lo que conoces. Así pues, cuando te levantas y piensas que tienes que hacer tus necesidades, antes de darte cuenta ya vas camino del baño. Luego piensas en la ducha y un instante después estás ajustando la temperatura del agua. A continuación te viene a la mente la imagen de la cafetera y proyectas tu atención y tu energía en el café. Según te diriges automáticamente a preparar tu primer expreso, tu cuerpo sigue a tu mente una vez más. Y si lo llevas haciendo los últimos 22 años, tu cuerpo te llevará hasta allí sin que te des ni cuenta. El cuerpo siempre obedece a la mente; pero, en este caso, lleva toda la vida siguiendo a la mente a lo conocido. Sucede así porque es ahí donde pones tu atención y, en consecuencia, tu energía.
Así que te haré una pregunta: ¿sería posible que tu cuerpo empezara a seguir a la mente a lo desconocido? Porque, si consideras la posibilidad, ya habrás deducido que tendrías que enfocar la atención en otra parte, y eso implicaría un cambio de energía, lo que involucraría cambiar tu manera de pensar y de sentir el tiempo suficiente como para dar cabida a algo distinto. Tal vez te parezca increíble, pero es posible. Es lógico pensar que, igual que tu cuerpo ha seguido a tu mente a todas las experiencias conocidas de tu vida (como el café de las mañanas), si empiezas a depositar tu atención y tu energía en lo desconocido, tu cuerpo será capaz de seguir a tu mente a ese nuevo espacio: una nueva experiencia de futuro.
Cómo preparar el cuerpo y la mente para un nuevo futuro
Si estás familiarizado con mi obra, ya sabrás que estoy enamorado del concepto de ensayo mental. Me fascina nuestra capacidad para transformar el cerebro, al igual que el cuerpo, a través del pensamiento. Párate a considerarlo un momento. Si centras la atención en una imaginería concreta de tu mente e impones tu presencia repitiendo una secuencia de pensamientos y sentimientos, tu cerebro y tu cuerpo no notarán la diferencia entre lo que está sucediendo en tu mundo exterior y lo que ocurre en tu mundo interior. Así pues, si logras un compromiso y una concentración intensos, el mundo interno de la imaginación tendrá el mismo peso que una experiencia en el mundo externo; y tu biología se transformará en consecuencia. Eso significa que puedes inducir a tu cerebro y a tu cuerpo a creer que una experiencia física se ha producido sin llegar a vivirla en la realidad. Aquello en lo que enfocas la atención y ensayas mentalmente una y otra vez no sólo se convierte en tu realidad biológica, sino que también determina tu porvenir.
He aquí un buen ejemplo. Un equipo de investigadores de Harvard reunió a un grupo de voluntarios que no sabían tocar el piano y lo dividieron en dos. La mitad de los voluntarios estuvo practicando ejercicios sencillos de digitación durante dos horas a lo largo de un periodo de cinco días. La otra mitad hizo lo propio, pero éstos se limitaron a imaginar que estaban sentados al piano, sin mover los dedos en absoluto. Los escáneres cerebrales efectuados antes y después del experimento mostraron que las conexiones neuronales y la programación neurológica en la zona del cerebro que controla el movimiento de los dedos habían aumentado de manera espectacular en todos los individuos, aunque la mitad de ellos tan sólo había practicado mentalmente.6
Piénsalo. Los cerebros de los tipos que habían practicado mentalmente reflejaban los mismos cambios que si hubieran vivido la experiencia en la realidad…, aunque no movieron ni un dedo. Si los hubieran colocado delante de un piano tras cinco días de práctica mental, muchos de ellos habrían sido capaces de ejecutar el ejercicio a la perfección, a pesar de que nunca llegaron a pulsar las teclas. Al imaginar la actividad a diario, instalaron el hardware mental con anterioridad a la vivencia. Mediante la atención y la intención, activaron y programaron una y otra vez las redes neuronales y, con el tiempo, el hardware se convirtió en un programa de software automático en sus cerebros que les facilitaría la tarea en el futuro. Así pues, si hubieran empezado a tocar tras cinco días de práctica mental, sus conductas se habrían alineado fácilmente con sus intenciones conscientes, porque sus cerebros estaban preparados para la experiencia de antemano. Así de poderosa es la mente cuando la entrenamos.
Estudios parecidos muestran el mismo tipo de resultados en relación con el entrenamiento muscular. En un revolucionario estudio llevado a cabo en la clínica Cleveland, diez sujetos de edades comprendidas entre los 20 y los 35 años imaginaron que flexionaban los bíceps con todas sus fuerzas durante cinco sesiones a la semana a lo largo de doce semanas. Según pasaban los días, los investigadores observaron la actividad eléctrica cerebral de los sujetos durante las sesiones y midieron su fuerza muscular.
Al final del estudio, la fuerza de los sujetos se había incrementado un 13,5 por ciento, aunque no habían usado los músculos en absoluto. La mejora se prolongó tres meses tras la conclusión del experimento.7
Más recientemente, un equipo de investigación formado por científicos de la Universidad de Texas, San Antonio, la clínica Cleveland y el centro de investigación de la fundación Kessler de West Orange, Nueva Jersey, pidió a varios sujetos que se visualizaran contrayendo los músculos flexores del codo. Mientras lo hacían, les sugirieron que suplicaran a sus músculos que se contrajeran con toda la fuerza y la energía posible —sumando así una intención firme a una potente energía mental—, en sesiones de quince minutos, cinco días a la semana, durante doce semanas. A un grupo se le sugirió que empleara lo que se conoce como imaginería externa o en tercera persona, es decir, que se imaginaran a sí mismos realizando el ejercicio como si se vieran desde fuera (igual que si miraran una película). Al segundo grupo le pidieron que emplearan imaginería interna o en primera persona, a saber, que imaginaran el ejercicio como una experiencia subjetiva, para que fuera más inmediata y realista. Un tercer grupo, el de control, no hizo nada. El grupo que había empleado la imaginería externa (así como el de control) no mostró cambios significativos, pero el que recurrió a la imaginería interna incrementó su fuerza en un 10,8 por ciento.8
Otro grupo de investigadores de la Universidad de Ohio llegó al extremo de escayolar el brazo a 29 voluntarios durante un mes. Se aseguraron de que no pudieran mover la muñeca ni siquiera involuntariamente. La mitad del grupo practicó ejercicios de imaginería mental durante once minutos al día, cinco días a la semana, que consistían en imaginar que doblaban los músculos inmovilizados, si bien no podían moverlos en absoluto. La otra mitad, el grupo de control, no hizo nada. Al cabo de un mes, cuando les retiraron el yeso, los músculos del grupo que había entrenado mentalmente doblaban en fuerza a los del grupo de control.9
Estos tres estudios centrados en la musculatura demuestran que el entrenamiento mental no sólo transforma el cerebro, sino que también puede cambiar el cuerpo mediante el poder del pensamiento. En otras palabras, ensayando mentalmente cierta conducta y repitiendo la actividad con regularidad, los cuerpos de los sujetos mostraban los mismos cambios que si se hubieran ejercitado físicamente; y todo ello sin mover ni un dedo. Aquellos individuos que imaginaron que se ejercitaban con todas sus fuerzas, añadiendo así un componente emocional a la intensidad de la imaginería mental, aportaron aún más realidad a la experiencia y lograron resultados más destacados.
En el estudio de los ejercicios de piano, los cerebros de los sujetos mostraban cambios idénticos a los que habría generado una experiencia real. Y sucedió así porque habían programado su cerebro para ese futuro. Igualmente, los sujetos del estudio de entrenamiento muscular provocaron transformaciones en su anatomía similares a los que habrían experimentado si hubieran vivido esa realidad. Y lo hicieron únicamente practicando la actividad con el pensamiento. Así pues, es fácil concluir por qué, cuando te levantas por la mañana y empiezas a pensar en las personas que vas a ver, en los lugares a los que debes ir y en las tareas que te aguardan a lo largo de tu ajetreada jornada (es decir, cuando empiezas a ensayar mentalmente), y luego le añades al proceso una emoción intensa como el sufrimiento, la infelicidad o la frustración, condicionas a tu cerebro y a tu cuerpo a comportarse como si todo eso ya hubiera tenido lugar, igual que los voluntarios del experimento animaban a sus músculos a tensarse sin moverlos en absoluto. Puesto que la experiencia modifica el cerebro y crea una emoción que se transmite al cuerpo, cuando generas una y otra vez una experiencia mental cuya realidad es comparable a la física, con el tiempo acabas por modificar el cerebro y el cuerpo… igual que lo haría una experiencia real.
De hecho, cuando despiertas por la mañana y empiezas a pensar en la jornada que tienes por delante, podríamos decir que neurológica, biológica, química e incluso genéticamente (algo que explicaré en la sección siguiente) la jornada ya ha concluido. Y, de hecho, así es. Una vez que das comienzo a las actividades diarias, igual que en el experimento anteriormente descrito, tu cuerpo va a plasmar, de manera automática y natural, tus intenciones conscientes e inconscientes. Si llevas haciendo lo mismo años y años, esos circuitos —como el resto de tu biología— se activan con más rapidez y facilidad. Y sucede así no sólo porque programas tu anatomía a diario a través de la mente, sino también porque recreas las mismas conductas físicas con el fin de grabar esas experiencias en tu cerebro y en tu cuerpo aún más profundamente. Y cada vez te resulta más fácil funcionar de manera inconsciente, porque mental y físicamente refuerzas las mismas costumbres una y otra vez: creas el hábito de recurrir a la rutina.
Cambiando la genética
Solíamos pensar que los genes provocan enfermedades y que estábamos a merced del ADN. Así pues, si muchas personas de una misma familia fallecían a causa de una dolencia cardiaca, dábamos por supuesto que los demás miembros tenían muchas probabilidades de sufrir una enfermedad del corazón. Ahora, sin embargo, gracias a la ciencia de la epigenética, sabemos que no son los genes los que provocan la enfermedad sino el ambiente, que activa nuestros genes en sentidos que dan lugar a esas dolencias; y no nos referimos únicamente al ambiente externo (como el humo de los cigarrillos o los pesticidas, por ejemplo), sino también al ambiente interno de nuestro cuerpo: el entorno de nuestras células.
¿A qué me refiero al hablar del ambiente interno? Como decía anteriormente, las emociones son reacciones químicas, vestigios de experiencias que se producen en el ambiente externo. Cuando una situación en dicho ambiente nos genera una reacción en forma de emoción, la química interna resultante envía una señal a los genes, bien para que se activen (dando lugar a una regulación al alza o una expresión incrementada del gen), bien para que se desactiven (dando lugar a una regulación a la baja o produciendo una expresión mermada del gen). El gen, en sí mismo, no cambia físicamente; únicamente lo hace la expresión del gen, y esa expresión es fundamental por cuanto de ella dependen nuestra salud y nuestras vidas. De ahí que, por más que alguien sufra una predisposición genética a una enfermedad determinada, si sus genes expresan salud de manera sostenida en lugar de esa dolencia, la persona no desarrollará la enfermedad y seguirá sana.
Considera el cuerpo un instrumento sumamente sensible que fabrica proteínas. Todas las células del cuerpo (excepto los glóbulos rojos) fabrican proteínas, que son las responsables de la estructura física y de las funciones fisiológicas. Por ejemplo, las células musculares fabrican unas proteínas específicas, la actina y la miosina, y las células de la piel crean las proteínas del colágeno y la elastina. Las células inmunológicas fabrican anticuerpos, las tiroideas producen tiroxina y las células de la médula ósea son las encargadas de fabricar hemoglobina. Algunas de las células de los ojos crean queratina, mientras que las células pancreáticas producen enzimas como la proteasa, la lipasa y la amilasa. No hay ni un solo órgano en todo el cuerpo que no dependa de las proteínas o las fabrique. Constituyen una parte fundamental del sistema inmunitario, de la digestión, de la reparación celular, de la estructura de los músculos y los huesos…, y la lista continúa. En un sentido muy real, la expresión de las proteínas es la expresión de la vida y equivale a la salud del cuerpo.
Para que una célula fabrique proteínas, un gen debe expresarse. Ésa es la función de los genes: facilitar la producción de proteínas. Cuando una señal procedente del entorno externo de la célula llega a la membrana, un receptor acepta la reacción química y se abre paso hasta el ADN, situado en el interior de la misma. En ese momento, el gen crea una nueva proteína que equivale a esa señal. Así pues, si la información que recibe la célula del exterior no cambia, el gen sigue fabricando la misma proteína y el cuerpo continúa igual. Con el tiempo, el gen empieza a regularse a la baja; o bien corta la expresión sana de proteínas, o bien se deteriora, como cuando haces una copia de una copia de una copia, lo que lleva al cuerpo a expresar una cualidad distinta de proteínas.
Distintas clases de estímulos regulan los genes al alza o a la baja. Activamos genes dependientes de la experiencia, por ejemplo, cuando hacemos cosas nuevas o aprendemos nueva información. Esos genes son responsables de que las células madre reciban instrucciones de diferenciarse y transformarse en la clase de célula que el cuerpo necesita en cada momento para remplazar las dañadas. Activamos genes dependientes de la conducta cuando sufrimos altos niveles de estrés o excitación, o en estados alterados de conciencia, como cuando soñamos. Podrías considerar esos genes el eje de la conexión mente-cuerpo porque vinculan el pensamiento con el organismo y nos permiten influir en la salud física mediante distintas actividades (meditación, oración o rituales sociales, por ejemplo). Cuando alteramos los genes a través de ese tipo de actividades, a veces en pocos minutos, esos genes alterados pueden pasar a la siguiente generación.
Así pues, transformando tus emociones puedes modificar la expresión de tus genes (activando unos y desactivando otros) porque estás enviando un mensaje químico inédito a tu ADN, que a su vez indicará a los genes que creen proteínas distintas. De ese modo, regulándose al alza o a la baja, los genes fabrican nuevas piezas de construcción, de todas clases, que transforman la estructura y las funciones de tu cuerpo. Por ejemplo, si tu sistema inmunitario lleva demasiado tiempo sometido a emociones de estrés y determinados genes están favoreciendo la inflamación y la enfermedad, puedes activar otros genes de regeneración y reparación a la vez que desactivas los antiguos, responsables de la enfermedad. Al mismo tiempo, esos genes epigenéticamente alterados empezarán a seguir nuevas instrucciones, a crear proteínas distintas y a programar el cuerpo para que se regenere y sane. Ése es el modo de acondicionar el cuerpo a una nueva mente.
De modo que, como leías al principio de este capítulo, si experimentas las mismas emociones un día sí y otro también, tu cuerpo cree hallarse en las mismas condiciones ambientales. Y esos sentimientos, a su vez, te inducen a tomar las mismas decisiones, lo que te lleva a sostener unos hábitos que crean a su vez las mismas experiencias y dan lugar a emociones idénticas una y otra vez. Gracias a estos hábitos automáticos y programados tus células se encuentran constantemente expuestas a los mismos entornos químicos (en relación con el ambiente exterior de tu cuerpo, pero también con el ambiente exterior de las células, dentro tu cuerpo). Dichos compuestos químicos no dejan de enviar mensajes a los mismos genes, del mismo modo…, y tú acabas atascado porque, cuando eres el mismo, tu expresión genética no varía. Y como no llega información inédita procedente del entorno, tu suerte genética está echada.
Ahora bien, ¿y si las circunstancias de tu vida cambian a mejor? ¿No se transformará también el entorno químico de tus células? Sí, es posible, pero no siempre. Si llevas años condicionando a tu cuerpo para que reproduzca un mismo ciclo de pensamiento y sentimiento, y viceversa, has desarrollado sin darte cuenta una adicción a esas emociones. De modo que una mejora en el entorno externo, como podría ser un nuevo trabajo, no necesariamente romperá la adicción, igual que un adicto a las drogas no dejará de serlo por el mero hecho de ganar la lotería o mudarse a Hawái. A causa del bucle pensamiento-sentimiento que hemos descrito, antes o después —en cuanto la experiencia pierde la novedad— la mayoría de la gente vuelve a su estado emocional habitual, y el cuerpo cree hallarse otra vez inmerso en la misma experiencia de siempre que creó las emociones primitivas.
Así pues, si tu antiguo trabajo te hacía desgraciado y has encontrado uno nuevo, puede que seas feliz durante unas semanas o unos meses. Pero si llevas años condicionando a tu cuerpo para que sea adicto a la desgracia, acabarás volviendo al antiguo patrón, porque tu organismo ansía su dosis química. Tal vez el entorno exterior haya cambiado, pero el cuerpo tiende a hacer más caso de su química interna que de sus circunstancias externas, así que permanece emocionalmente atascado en el antiguo estado del ser, incapaz de superar la adicción a esas viejas emociones. Lo que equivale a decir que sigues viviendo en el pasado. Y como la química interna no ha cambiado, tampoco se transforma la expresión de los genes, ni éstos fabrican diferentes proteínas que podrían mejorar la estructura o el funcionamiento de tu cuerpo. En resumen, nada cambia en tu salud ni en tu vida. Por eso digo siempre que para favorecer cambios reales y duraderos tenemos que ser capaces de trascender nuestros sentimientos.
En verano de 2016, en uno de nuestros talleres avanzados de Tacoma, Washington, mi equipo y yo llevamos a cabo un estudio centrado en el efecto de las emociones elevadas en la función inmunológica. Para ello tomamos muestras de saliva de 117 sujetos de prueba al comienzo del taller y volvimos a tomarlas cuatro días después, a la conclusión del retiro. Medimos los niveles de inmunoglobulina A (IgA), un marcador proteico que indica la salud del sistema inmunitario.
La IgA es una sustancia química increíblemente poderosa, una de las proteínas responsables de una función inmunológica sana y de las defensas internas. Rechaza constantemente el torrente de bacterias, virus, hongos y otros organismos que invaden el cuerpo o que habitan ya en el ambiente interno. Es más poderosa incluso que una vacuna antigripal o que cualquier refuerzo para el sistema inmunitario que puedas tomar. Cuando se activa, constituye la principal defensa del cuerpo humano. Si aumentan los niveles de estrés (y, en consecuencia, los niveles de hormonas del estrés, como el cortisol), los de IgA descienden, lo que pone en peligro y regula a la baja la expresión del gen que fabrica esta proteína.
Durante el taller de cuatro días, pedimos a los sujetos del experimento que buscaran un estado emocional elevado mediante sentimientos de amor, alegría, inspiración o gratitud durante nueve o diez minutos tres veces al día. Si elevamos nuestras emociones, nos preguntamos, ¿mejorará nuestro sistema inmunitario? En otras palabras, ¿podrían nuestros estudiantes regular al alza los genes responsables de la IgA transformando su estado emocional?
Los resultados nos sorprendieron. Los niveles medios de IgA aumentaron un 49,5 por ciento. Los parámetros normales de IgA oscilan entre 37 y 87 miligramos por decilitro (mg/dL), pero al final del taller algunas personas mostraban niveles de más de 100 mg/dL.10 Nuestros sujetos de prueba mostraban cambios epigenéticos significativos y constatables sin que hubieran variado las condiciones externas. Al abrigar emociones elevadas durante unos pocos días, sus cuerpos empezaron a creer que se encontraban en un nuevo entorno y fueron capaces de activar otros genes y de cambiar su expresión genética (en este caso, la expresión proteica del sistema inmunitario). (Ver figura 2.4.)
Todo ello implica que, en el mejor de los casos, no necesitas medicamentos ni sustancias exógenas para curarte; albergas en tu interior el poder necesario para regular al alza los genes que fabrican IgA en pocos días. Algo tan sencillo como entrar en un estado superior de alegría, amor, inspiración o gratitud durante un periodo de entre cinco y diez minutos diarios puede provocar cambios epigenéticos significativos en tu salud y en tu cuerpo.

Si sostenemos emociones superiores y transformamos la energía, podemos literalmente regular al alza nuevos genes que fabrican proteínas sanas para fortalecer nuestras defensas internas. Según reducimos las emociones de supervivencia y minimizamos la necesidad del sistema de protección externo, regulamos a la baja los genes responsables de la producción de hormonas del estrés. (En la figura, SIgA se refiere a la inmunoglobulina A salival; cortisol se refiere a las hormonas del estrés. Ambas se midieron en la saliva.)
Allí donde posas la atención, fluye la energía
Por cuanto la energía acude allí donde enfocas la atención, cuando despiertas por la mañana y al momento empiezas a depositar atención y energía en las personas que tendrás que ver ese día, los lugares a los que debes ir, tus posesiones y las tareas que tienes pendientes en este mundo tridimensional, tu energía se fragmenta. Tal como muestra la figura 2.5, toda tu energía creativa se concentra en las cosas del mundo exterior que compiten por tu atención: el móvil, el portátil, la cuenta bancaria, la casa, el trabajo, los colegas, tu pareja, tus hijos, tus enemigos, tus mascotas, tus problemas de salud y tantas cosas más. Echa un vistazo a la figura 2.5. Es evidente que la mayor parte de la atención y la energía de las personas se centra en el mundo material del exterior. Este hecho suscita una pregunta: ¿cuánta energía resta en tu mundo interior de pensamientos y sentimientos para crear una nueva realidad?

Cada persona, objeto, cosa, lugar o situación de nuestra realidad física cotidiana posee su propia red neurológica en el cerebro y un componente emocional vinculado, por cuanto forman parte de nuestra experiencia pasada. En ese proceso, nuestra energía queda enlazada a la realidad pasada-presente. De ahí que, si depositas la atención en todos esos elementos, la energía fluirá al exterior y apenas si contarás con energía en el mundo interior de pensamientos y sentimientos para crear algo novedoso en tu vida.
Mira las partes destacadas de la figura en las que dos óvalos crean una intersección. Representan cómo usamos distintos elementos de nuestro mundo exterior para reafirmar nuestra adicción emocional. Puede que recurras a tus amigos para reafirmar tu adicción al sufrimiento, o a tus enemigos para reafirmar tu adicción al odio. La figura plantea una pregunta: ¿por qué no usar toda esa energía creativa para crear un nuevo destino?
Considera un momento el hecho de que cada una de esas personas y cosas a las que prestas tanta atención son importantes en tu vida porque ya forman parte de tu experiencia. Como mencionaba antes, tu cerebro ha creado una red neurológica para cada uno de esos objetos. Puesto que están inscritas en tu cerebro, las percibes y las experimentas desde el pasado. Y cuanto más reproduces las experiencias, más automáticos y ricos se tornan los circuitos neuronales relacionados con ellos, por cuanto la redundancia fija y define los circuitos. Para eso sirve la experiencia: para enriquecer el cerebro. Así pues, cuentas con una red neuronal relacionada con tu jefe, una red neuronal para el dinero, una red neuronal para tu pareja, una red neuronal para tus hijos, una red neuronal para tu situación financiera, una red neuronal para tu casa, y redes neuronales para todas tus posesiones del mundo físico, porque has compartido experiencias con todas esas personas y cosas en distintos momentos y lugares.
Cuando divides la atención y, en consecuencia, la energía entre todos esos objetos, personas, problemas y temas del mundo exterior, no te queda energía para tu mundo interior de pensamientos y sentimientos. Así pues, no dispones de energía para la novedad. ¿Por qué? Porque lo que piensas y cómo te sientes crea, literalmente, tu realidad personal. De ahí que, si tus pensamientos y sentimientos están prefigurados por lo que ya conoces (lo conocido), seguirás creando la misma vida una y otra vez. De hecho, podríamos decir que tu personalidad ya no define tu realidad personal, sino que tu realidad personal define tu personalidad. El ambiente externo controla tus pensamientos y sentimientos. Y tu mundo interior de pensamientos y sentimientos es un calco biológico de tu realidad pasada-presente exterior, conformada por personas y objetos en determinados tiempos y lugares. Reproduces la misma vida constantemente porque llevas tu atención (pensamientos) y tu energía (sentimientos) al mismo sitio una y otra vez.
Además, si aquello que piensas y sientes emite una marca electromagnética que influye en todos los ámbitos de tu vida, estás proyectando siempre la misma energía electromagnética, por lo que tu vida nunca cambia. Podríamos decir que tu energía equivale a todo lo que conforma tu realidad presente-pasada; y estás recreando el pasado. Pero hay más. Cuando depositas toda la atención y energía en el mundo exterior y reproduces las mismas condiciones del mismo modo —en modo de estrés crónico, que suscita en el cerebro un estado de excitación constante—, tu mundo interior se desequilibra y tu cerebro empieza a experimentar dificultades para funcionar de manera eficaz. Y entonces ya no eres capaz de crear nada. En resumen, te conviertes en una víctima de tu vida en lugar de ser el creador.
Vivir bajo el efecto de las hormonas del estrés
Examinemos ahora en más detalle cómo acabamos siendo adictos a las emociones negativas; o, más exactamente, a lo que llamamos «hormonas del estrés». En el instante en que reaccionamos a una circunstancia del mundo exterior que nos parece amenazadora, tanto si la amenaza es real como imaginaria, nuestro cuerpo libera hormonas del estrés para movilizar enormes cantidades de energía que nos permitan hacer frente a dicha amenaza. En esos casos, el organismo se desequilibra; eso, precisamente, es el estrés. Se trata de una reacción sana y natural, porque en el pasado liberábamos un cóctel químico de adrenalina, cortisol y otras hormonas parecidas cuando nos topábamos con un peligro del mundo exterior. Tal vez nos persiguiera un depredador, por ejemplo, y tuviéramos que decidir a toda prisa si luchar, huir o escondernos.
Cuando entramos en modo de supervivencia, automáticamente nos convertimos en seres materialistas, que definen la realidad a partir de los sentidos; a partir de lo que vemos, oímos, olemos, palpamos y saboreamos. También nos concentramos al máximo en la materia; en nuestros cuerpos ubicados en un espacio y un tiempo determinados. Las hormonas del estrés nos inducen a enfocar toda la atención en el mundo exterior, porque ahí acecha el peligro. En tiempos prehistóricos, por supuesto, esta reacción suponía una ventaja. Era una respuesta adaptativa. Nos ayudaba a seguir con vida. Y una vez sorteado el peligro, cuando éste había pasado, los niveles de hormonas del estrés volvían a la normalidad.
En los tiempos modernos, en cambio, las circunstancias son muy distintas. Tras una llamada o un email del jefe o de un miembro de la familia que nos suscita una fuerte reacción emocional, como rabia, frustración, miedo, ansiedad, tristeza, sentimiento de culpa, sufrimiento o vergüenza, los primitivos mecanismos de huida o lucha se activan y reaccionamos igual que si nos persiguiera un depredador. Y esas reacciones químicas se prolongan en el tiempo de manera automática, porque la amenaza externa no desaparece. La verdad es que muchos de nosotros pasamos buena parte del tiempo en un estado de excitación constante. Sufrimos estrés crónico, como si el depredador, en lugar de vivir en la selva y enseñar los dientes de vez en cuando, viviera en la misma cueva que nosotros: un compañero de trabajo tóxico cuyo escritorio se encuentra junto al nuestro, por ejemplo.
Esa situación de estrés crónico no es adaptativa, sino de inadaptación. Cuando vivimos en modo de supervivencia y las hormonas del estrés como la adrenalina y el cortisol fluyen constantemente por nuestro cuerpo, permanecemos en estado de alerta en lugar de volver a la normalidad. Tal como demuestra la experiencia de Anna, relatada en el primer capítulo, cuando el desequilibrio se prolonga en el tiempo hay muchas probabilidades de que acabemos enfermos, porque el estrés a largo plazo regula a la baja la expresión sana de los genes. De hecho, nuestros cuerpos se acostumbran a la descarga química hasta tal punto de que se vuelven adictos a ella. El organismo la ansía.