Sobrenatural

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4 La bendición de los centros de energía

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4 La bendición de los centros de energía

Hemos hablado largo y tendido sobre luz e información o sobre energía y consciencia. Ha llegado el momento de profundizar un poco más en esos conceptos para explicarte cómo funciona la siguiente meditación. Como ya hemos aprendido, todo lo que forma parte del universo tal como lo conocemos emite o está compuesto de luz e información o energía y consciencia, que es otro modo de describir la energía electromagnética. De hecho, esos elementos están tan profundamente entrelazados que es imposible separarlos. Mira a tu alrededor. Por más que sólo veas materia —objetos, cosas, personas o lugares—, hay también un mar de infinitas frecuencias invisibles que transportan información codificada. Eso implica no sólo que tu cuerpo está compuesto de luz e información, de energía y consciencia, sino también que tú, en cuanto que ser consciente dotado de un cuerpo de luz organizada de manera gravitacional y que a su vez transporta información, envías y recibes constantemente frecuencias diversas, cada una de las cuales contiene señales distintas, igual que una radio o un teléfono móvil.

Toda frecuencia, como ya sabemos, transporta información. Párate a pensar un momento en las ondas de radio. Hay ondas de radio cruzando la habitación en la que estás sentado ahora mismo. Si encendieras un receptor, podrías sintonizarlo en una longitud de onda o señal específica, y luego un pequeño transductor recogería esa señal y la traduciría en sonidos audibles y comprensibles, como por ejemplo tu canción favorita, las noticias o un anuncio de radio. El hecho de que no puedas ver las ondas de radio en el aire no significa que no estén ahí, transportando información nítida en una frecuencia específica todo el tiempo. Si cambias de frecuencia, por poco que sea, y sintonizas otra emisora, llegará un mensaje distinto por esa longitud de onda.

Echa un vistazo a la figura 4.1A, que muestra el espectro luminoso al completo, con todas las frecuencias electromagnéticas de las que tenemos conocimiento. El espectro de luz visible —que muestra el abanico de colores que somos capaces de percibir— constituye menos del uno por ciento de todas las frecuencias de luz existentes, lo que implica que la mayoría de las frecuencias escapan a nuestra percepción y, en consecuencia, nuestros sentidos son incapaces de experimentar buena parte de la realidad de este universo tal como lo conocemos. Así pues, aparte de nuestra capacidad para percibir la luz que los objetos absorben o reflejan, la verdad es que tan sólo alcanzamos a ver un pequeño espectro de la realidad. Hay mucha información a nuestro alcance, al margen de la que podemos percibir con los ojos físicos. Recuerda que cuando me refiero a la luz estoy hablando de cualquier tipo de luz, lo que incluye la totalidad del espectro de frecuencias electromagnéticas —visibles e invisibles— y no la luz visible únicamente.

La figura representa el espectro de frecuencias electromagnéticas al completo, desde el campo del punto cero hasta la materia, según se reduce la frecuencia. A medida que la energía se incrementa (o la frecuencia se acelera), la longitud de onda decrece. A medida que decrece la energía (o la frecuencia se reduce), la longitud de onda aumenta. En el centro, etiquetado como luz visible, aparece el único espectro de realidad que percibimos.

Por ejemplo, los rayos X existen aunque no los veamos. Lo sabemos porque poseemos la habilidad de crear rayos X y también de registrarlos. De hecho, el espectro de luz de los rayos X abarca un número infinito de frecuencias. Los rayos X vibran a una frecuencia más rápida que la luz visible y, en consecuencia, poseen más energía (porque, una vez más, cuanto más rápida es una frecuencia, mayor es su energía). La materia, por su parte, es la más densa de las frecuencias porque es la forma de luz e información más lenta y condensada.

Aquí vemos la relación entre la frecuencia y la longitud de onda. El número de ciclos de una onda completa (representado entre las letras a y b, b y c, y así sucesivamente) es una longitud de onda. El espacio entre las dos flechas verticales que apuntan hacia abajo representa el intervalo de un segundo. En ese caso, como hay cinco ondas completas en el transcurso de un segundo, diríamos que la frecuencia es de cinco ciclos por segundo o 5 Hz.

Echa un vistazo a la figura 4.1B. Desplaza la vista por la línea horizontal que discurre por los picos y los valles, empezando por la letra A y siguiendo por la B y por la C. Cada vez que llegas a la siguiente letra has completado tan sólo un ciclo, que corresponde a una longitud de onda. Así pues, la distancia entre las letras A y B es una longitud de onda. La frecuencia de onda se refiere al número de ondas completas o ciclos que se dan en un segundo y se mide en hercios (Hz). En consecuencia, cuanto más rápida es la frecuencia de una onda, más corta su longitud. La ecuación también funciona a la inversa: cuando más lenta es la frecuencia, más larga la longitud de onda (figura 4.1C). Por ejemplo, la luz del espectro de los infrarrojos posee una frecuencia más lenta que la luz ultravioleta, así que la longitud de onda de los infrarrojos es más larga y la longitud de onda de la luz ultravioleta es más corta. He aquí otro ejemplo, ahora extraído del espectro visible: el color rojo posee una frecuencia más lenta (450 ciclos por segundo) que el color azul (unos 650 ciclos por segundo). Así pues, la longitud de onda del rojo es más larga que la del azul.

Cuando la frecuencia se incrementa, la longitud de onda se acorta.

Cuando la frecuencia disminuye, la longitud de onda se alarga.

A lo largo de la historia, los investigadores han intentado en numerosas ocasiones fotografiar y medir los campos lumínicos. Un ejemplo que destacar sería la fotografía Kirlian, una técnica descubierta en 1939 por el ruso Semyon Davidovitch Kirlian, electricista e inventor aficionado. Con esa técnica, Kirlian logró captar imágenes del campo electromagnético que rodea objetos vivos e inertes. Descubrió que, colocando una hoja de película fotográfica sobre una placa de metal, depositando un objeto sobre la película y aplicando una corriente de alto voltaje a la placa metálica, la película mostraba la descarga eléctrica que se producía entre el objeto y la placa. El resultado reveló una especie de aura resplandeciente alrededor del objeto fotografiado.

En uno de sus numerosos experimentos, Kirlian fotografió supuestamente dos hojas en apariencia idénticas, una procedente de una planta sana y otra de una planta enferma. La fotografía de la hoja sana mostraba un potente campo de luz en torno al objeto, mientras que la otra exhibía un resplandor mucho más tenue. La experiencia llevó a Kirlian a concluir que su técnica fotográfica podía emplearse para evaluar la salud. Si bien los científicos actuales cuestionan la utilidad de la fotografía Kirlian como herramienta de diagnóstico, la técnica se sigue investigando.

Un trabajo más reciente en esa misma línea procede del biofísico alemán Fritz-Albert Popp, que ha dedicado más de tres décadas a investigar los biofotones, minúsculas partículas lumínicas de baja intensidad que albergan y emiten todos los seres vivos. En 1996, Popp fundó el Instituto Internacional de Biofísica (IIB), una red de investigación dedicada al estudio de los biofotones que abarca laboratorios de más de doce países en todo el mundo. Popp y sus colegas del IIB piensan que la información contenida en esas partículas de luz, que se encuentran en el ADN, se comunican de manera particularmente eficaz con las células del organismo y, en consecuencia, ejercen un papel crucial en la regulación de las funciones orgánicas.15 Dichos biofotones pueden ser detectados mediante una cámara sumamente sensible, diseñada para medir sus emisiones: cuanto más fuertes son las emisiones, así como más intenso y coherente el campo de luz, mayor es la comunicación entre las células y más sano está el organismo.

Nuestras células se comunican entre sí con el fin de mantener la vida y la salud. Lo hacen intercambiando información crucial que transmiten en distintas frecuencias lumínicas. Popp descubrió que lo mismo sucede a la inversa: cuando una célula no emite suficiente energía organizada y coherente, pierde la salud; no es capaz de compartir información con otras células de manera eficaz y, privada de ese intercambio, presenta carencias. Así que la descripción mecanicista de los mecanismos internos de las células que nos enseñaron en el instituto ha quedado anticuada. Las moléculas cargadas que se atraen y se repelen no son las responsables del funcionamiento celular. La fuerza vital que rige esas moléculas es la energía electromagnética que la célula emite y recibe. Esta teoría aporta un enfoque vitalista que demuestra lo que somos en realidad.

Así pues, todo esto viene a significar que, literalmente, somos seres de luz, cada uno de los cuales irradia fuerza vital y emite un campo de luz a su alrededor. Y cada célula, a su vez, emite y contribuye a crear un campo de luz vital que transporta un mensaje. No es arriesgado decir, pues, que cuanto más definamos la realidad a partir de los sentidos, cuanto más vivamos a partir de principios materialistas, centrados en el aspecto físico (y, en consecuencia, más activemos las respuestas de estrés), más podríamos estar obviando una valiosa información. Sucede así porque si limitamos el foco de atención a la materia, los objetos, las cosas, las personas y los lugares del mundo exterior no somos capaces de percibir esas otras frecuencias que son invisibles a los ojos. Y si no cobramos consciencia de que están ahí, no existen para nosotros.

Como ya has leído y, espero, comenzado a experimentar a través de la meditación del capítulo anterior, tú eres capaz de sintonizar con ciertas frecuencias de tu entorno igual que puedes captar una emisora de radio en el 107,3. Si cierras los ojos y te sientas en silencio, ajeno al entorno (esas interferencias que, por lo general, te impiden percibir otras frecuencias), puedes llegar a percibir una señal nítida y a descifrar la información que contiene. Y si lo haces una y otra vez conectas con un nivel de luz e información distinto, que puedes emplear para influir o modificar la materia. Y cuando lo haces, tu cuerpo experimenta sintropía (orden) en lugar de entropía (desorden, deterioro físico y caos). En el momento en que acallas la mente pensante y analítica para sintonizar con esta información más ordenada y coherente, tu cuerpo, de manera automática, reacciona procesando un nuevo flujo de consciencia y energía, deviniendo así más eficiente, coherente y sano.

Foco convergente y divergente

Al principio de la meditación del capítulo anterior, te sugerí que prestaras atención a las distintas partes de tu cuerpo, así como al espacio que rodea cada una de esas partes. Ahora quiero ahondar en las razones que me llevan a pedirte eso mismo en casi todas las meditaciones. Cuando practicas este ejercicio, mejoras la capacidad de tu cerebro para centrar la atención de dos maneras distintas: mediante el foco convergente y el divergente.

El foco convergente es aquel que empleamos cuando centramos la atención en un punto concreto: en la materia. Cuando diriges la atención a una zona específica de tu cuerpo, estás recurriendo a este tipo de foco. Es el mismo que usas cuando atiendes a los objetos del entorno. Por ejemplo, cuando coges un vaso, llamas a alguien o le envías un mensaje de texto o te atas el zapato, estás empleando el foco convergente. Operar con este tipo de atención implica enfocar la mente en objetos y cosas (materia) y en personas y lugares del mundo exterior, principalmente tridimensionales.

¿Recuerdas lo que decíamos antes sobre vivir en modo de supervivencia, inundados de hormonas del estrés que nos ponen a punto para luchar o escapar? Cuando nos encontramos en ese estado, el foco de atención se estrecha aún más, porque, en situaciones de peligro, poner los cinco sentidos en el mundo físico y externo es crucial para la supervivencia. De hecho, nos volvemos materialistas en cuanto que definimos la realidad a través de los sentidos. Las distintas secciones del cerebro que normalmente cooperan entre sí empiezan a subdividirse y ya no se comunican de manera eficaz; dejan de funcionar como una unidad coherente (de manera metódica). Entran en un estado de incoherencia y envían mensajes incoherentes por la médula espinal a las diversas partes del cuerpo. Lo hemos visto una y otra vez en los escáneres que efectuamos para registrar las ondas cerebrales.

Y, tal como he explicado anteriormente, cuando el cerebro entra en un estado incoherente, tú te sumes en la incoherencia. Si tu cerebro no funciona bien, tú no funcionas bien. Es como si, en lugar de interpretar una bella sinfonía, tu cerebro y tu cuerpo creasen una cacofonía. Y, a causa de ese estado desequilibrado e incoherente, intentas una y otra vez controlar los acontecimientos de tu vida o provocarlos. Tratas de predecir un futuro basado en el pasado, y lo haces en parte prestando más atención a los objetos del mundo exterior que a los pensamientos y los sentimientos del mundo interior. Dicho de otro modo, te aferras a una atención convergente según das vueltas a lo mismo, obsesivamente. Así actúa el estrés. Te induce a obsesionarte con los problemas con el fin de prepararte para el peor de los escenarios posibles a partir de recuerdos del pasado. Prepararse para lo peor aumenta las posibilidades de supervivencia en un mundo poblado de peligros, porque, pase lo que pase, uno ya lo ha previsto.

Sin embargo, cuando abandonas este foco de atención limitado para adoptar otro más amplio y abarcador, como harás en la próxima meditación, adquieres consciencia del espacio, de la luz y de la energía que rodea tu cuerpo. Este tipo de atención se denomina «de foco divergente». Pasas de concentrarte en algo a concentrarte en nada; centras la atención en la onda (energía) en lugar de hacerlo en la partícula (materia). La realidad es onda y partícula; es energía y materia al mismo tiempo. Así pues, cuando practicas la atención convergente para poner el foco en distintas partes del cuerpo —reconociendo así la partícula— y luego abres el foco para percibir el espacio que rodea esas partes de tu cuerpo —reconociendo así la onda—, tu cerebro entra en un estado más coherente y equilibrado.

El acceso a la mente subconsciente

En la década de 1970, el doctor Les Fehmi, director del centro Biofeedback de Princeton, Nueva Jersey, descubrió cómo cambian las ondas cerebrales cuando el foco de atención muda de convergente a divergente. Fehmi, pionero en el campo de la atención y el biofeedback, buscaba un método para enseñar a las personas a transformar las ondas cerebrales beta (pensamiento consciente) en ondas alfa (estado relajado y creativo). La manera más eficaz de lograrlo, según descubrió, era ayudar a los sujetos a ser conscientes del espacio o la nada. Para ello, debían adoptar lo que él llamó un «foco de atención abierto».16 La tradición budista lleva miles de años empleando este mismo método de meditación. Cuando abres el foco de atención y percibes información en lugar de materia, las ondas cerebrales pasan de beta a alfa. Es lógico que sea así, por cuanto, si estás centrado en sentir y percibir, dejas de pensar.

Según el cerebro pensante —la neocorteza— se retira, eres más capaz de cruzar la barrera de la mente analítica (también llamada «la mente crítica»), que separa la mente consciente de la subconsciente (ver figura 4.2). Cuando eso sucede, puedes acceder al sistema operativo del organismo (el sistema nervioso autónomo del que hablábamos en el capítulo anterior) al mismo tiempo que tu cerebro trabaja de manera más holística.

Uno de los principales propósitos de la meditación es cruzar la barrera de la mente analítica. Lo que separa la mente consciente del subconsciente es la mente analítica. Cuando las ondas cerebrales se ralentizan, dejas atrás la mente consciente y el cerebro pensante y, cruzando la barrera de la mente analítica, entras en el sistema operativo de la mente subconsciente, sede de los programas automáticos y los hábitos inconscientes.

Cuando pongas en práctica la meditación denominada «bendición de los centros de energía» que te enseñaré al final de este capítulo, te concentrarás en cada uno de tus centros de energía (también denominados chakras —que significa «ruedas»— en los antiguos textos védicos de la India) y luego abrirás el foco de atención. Y como la energía acude allí donde enfocas la atención, según desplaces la atención a cada centro y con ésta la energía, cada uno de los centros se irá activando.

A nadie se le escapa que las fantasías sexuales, por ejemplo, estimulan una zona muy concreta del cuerpo conforme la energía se desplaza hacia ese centro. En el proceso, los órganos, los tejidos, los compuestos químicos, las hormonas y las terminaciones nerviosas reaccionan. Si tienes hambre y piensas en comida, no es casual que tus jugos digestivos se pongan en funcionamiento, salives y tu cuerpo se prepare para la experiencia que le espera, porque la energía ha estimulado esa zona. Y si piensas en que vas a discutir con tu jefe o a regañar a tu hija, segregas adrenalina antes de que se produzca la confrontación real. En cada uno de esos casos, eso que estás pensando se transforma en experiencia. Ahondaré en el funcionamiento de este mecanismo en la siguiente sección, cuando abordemos los centros de energía uno por uno. De momento, me conformo con que sepas que el fenómeno se produce porque cada centro de energía genera su propia expresión hormonal, que a su vez activa los órganos, los tejidos y las células de la zona.

Así que imagina lo que pasaría si fueras capaz de apaciguar tus ondas cerebrales a través de la meditación y entrar en el sistema operativo de cada uno de estos centros de energía fijándote en el espacio que los rodea con un foco abierto. Cada uno de esos centros se tornaría más ordenado y coherente. Indicarían a las neuronas que creasen un nuevo nivel mental al mismo tiempo que activarían los órganos, los tejidos y las células de la zona a través de las hormonas y los mensajeros químicos de cada centro. Y si lo hicieras con regularidad, con el paso del tiempo empezarías a experimentar un cambio palpable y real en el plano físico.

Entre la comunidad de estudiantes que llevan a cabo este trabajo, las personas se han curado de infecciones crónicas de vejiga, problemas de próstata, diverticulitis, enfermedad de Crohn, alergias y sensibilidades alimentarias como la enfermedad celiaca, tumores de ovario, niveles elevados de enzimas hepáticas, reflujo ácido, palpitaciones, arritmias, asma, enfermedades pulmonares, problemas de espalda, trastornos de la tiroides, cáncer de garganta, dolor de cervicales, migrañas crónicas, dolores de cabeza, tumores cerebrales… y más. Hemos presenciado todo tipo de mejoras relacionadas con esta meditación en particular, en ocasiones después de una sola práctica. Esas sanaciones tan espectaculares se deben a que los alumnos consiguen transformar epigenéticamente la expresión de su ADN. Al conectar ciertos genes y desconectar otros, los genes expresan proteínas distintas en sus cuerpos físicos (tal como te explicaba en el segundo capítulo).

Cómo funcionan los centros de energía del cuerpo

Estamos a punto de observar de cerca cada uno de los centros de energía corporales, pero antes me gustaría ahondar un poco más en su funcionamiento. Considéralos centros de información aislados. Cada cual posee una energía específica que transporta un nivel de consciencia determinado, su propia emisión de luz que expresa una información muy específica o su propia frecuencia que acarrea cierto mensaje. Cada uno cuenta también con sus propias glándulas, hormonas y compuestos químicos y su propio plexo de neuronas. Considera esos racimos aislados de redes neurológicas una especie de minicerebros. Y si cada centro posee su propio cerebro, en ese caso tiene también una mente individual. (Echa un vistazo a la figura 4.3, que detalla la ubicación de cada centro así como la anatomía y la fisiología asociadas con éstos.)

Como has aprendido en el segundo capítulo, cuando la consciencia activa el tejido neurológico, crea mente. La mente es el cerebro en acción, de manera que, si cada uno de los centros de energía cuenta con un plexo de neuronas, en ese caso todos tienen una mente individual, o, más exactamente, cada centro posee una mente propia. La mente se activa a través de la energía dotada de dirección e intención; mediante un propósito consciente. Cuando cada uno de esos centros entra en funcionamiento, moviliza a su vez las hormonas, los tejidos, los compuestos químicos y las funciones celulares; y también emite energía.

Por ejemplo, cuando la energía activa tu primer centro (sede de las glándulas reproductoras), su mente funciona en una dirección y con una intención muy determinada. Y cuando tú, como ser consciente, albergas un pensamiento o una fantasía —que, por cierto, es consciencia aplicada al tejido neurológico—, antes de que te hayas dado cuenta tu cuerpo está cambiando en el plano fisiológico, lo que transforma también tu energía. Tu cuerpo segrega compuestos químicos y hormonas de las correspondientes glándulas con el fin de prepararte para el coito. La energía se concentra en ese centro, que libera su propia frecuencia específica con un mensaje intencional.

Cada centro de energía de tu cuerpo posee un reflejo biológico. Todos cuentan con sus propias glándulas, hormonas, mensajeros químicos e incluso minicerebros (un plexo de neuronas) y, en consecuencia, su propia mente.

Esa energía, cargada con la intención consciente, estimula el centro reproductor, y la mente del cerebro influye en la del cuerpo a través del plexo nervioso individual. La mente del cuerpo, desplazada a esa zona específica por mediación del minicerebro correspondiente, opera a nivel subconsciente a través del sistema nervioso autónomo. No la puedes controlar conscientemente. Podríamos decir que obedece al minicerebro que, en ese centro de energía, estimula las glándulas oportunas, las cuales a su vez estimulan las hormonas que suscitarán las reacciones químicas necesarias para cambiar el estado emocional y fisiológico del cuerpo. En esos casos, emanas una energía muy clara que emite una directriz muy específica desde ese centro. Todos hemos notado la energía que desprenden las personas muy sexuales. Una vez que la energía se desplaza por el tejido nervioso o plexo neuronal, crea una mente en ese nivel, de modo que cuando se activa, el centro posee su propia inteligencia.

El segundo centro también cuenta con una mente propia. Y cuando activamos su minicerebro y, en consecuencia, su mente, confiamos en lo que nos dicen las entrañas. En este centro tiene lugar la misma secuencia de acontecimientos que veíamos en el primero, sólo que los circuitos nerviosos, las hormonas, las reacciones químicas, las emociones, la energía y la información son distintas. De hecho, esta zona se conoce como el segundo cerebro a causa de los cientos de millones de neuronas y conexiones neurológicas que existen en ese nivel (más incluso que en la médula espinal o en el sistema nervioso periférico). De hecho, el 95 por ciento de la serotonina, la hormona del bienestar, no se aloja en el cerebro sino en los intestinos.17 De manera que hacer caso de lo que te dicen las entrañas significa, literalmente, confiar en el instinto. Podría decirse que el cuerpo y el cerebro de ese centro son más de fiar que el cerebro y la mente analíticos, racionales y pensantes.

¿Y qué decir del centro del corazón? ¿Qué sucede cuando te guías por ese órgano? Igual que los dos primeros, el cuarto centro, ubicado en mitad del pecho, posee su propia frecuencia, sus propias hormonas, sus propios compuestos químicos y sus propias emociones, así como su propio minicerebro que se alimenta del campo de energía e información que lo rodea. Y cuando piensas con el corazón tiendes a ser más cariñoso, amable, inspirado, generoso, compasivo, altruista, agradecido, confiado y paciente.

En el instante en que el minicerebro de ese centro recibe información parecida, envía instrucciones y mensajes a los órganos y los tejidos que se ubican en esa zona del cuerpo y tú irradias energía amorosa desde ese centro específico.

Ahora vamos a observar cada uno de esos centros con mayor detalle. Las funciones de algunos se solapan una pizca, pero en general, por poco que sepas del cuerpo humano, prácticamente se definen a sí mismos. Puedes revisar la figura 4.3 si lo juzgas necesario.

Secretos de los centros de energía

El primer centro energético gobierna la zona de los órganos sexuales, incluido el perineo, el suelo pélvico, las glándulas que están conectadas con la vagina o el pene, la próstata si eres un hombre, la vejiga, el intestino grueso y el ano. Este centro de energía está relacionado con la reproducción y la procreación, la evacuación, la sexualidad y la identidad sexual. Las hormonas estrógeno y progesterona en las mujeres y testosterona en los hombres guardan relación con el primer centro, que también está asociado con el plexo nervioso mesentérico inferior.

En él se concentra una cantidad tremenda de energía creativa. Piensa en la cantidad de energía que utilizas para crear un niño. Cuando este centro se encuentra en equilibrio, tu fuerza creativa fluye con facilidad y te sientes seguro de tu identidad sexual.

El segundo centro de energía se encuentra detrás del ombligo, un poco por debajo. Gobierna los ovarios, el útero, el colon, el páncreas y la parte baja de la espalda. Está relacionado con el consumo, la digestión, la eliminación y la transformación de los alimentos en energía (incluidas las enzimas y los jugos digestivos, así como las hormonas que equilibran los niveles de azúcar). Este centro también está conectado con el plexo nervioso mesentérico superior.

Tiene que ver con las redes y la estructuras sociales, las relaciones, los sistemas de apoyo, la familia, las culturas y las relaciones interpersonales. Considéralo el centro encargado de tomar y soltar; consumir o eliminar. Cuando este centro se encuentra en equilibrio, te sientes a salvo y seguro tanto en tu entorno como en el mundo.

El tercer centro energético se ubica en la boca del estómago. Rige el estómago, el intestino delgado, el bazo, el hígado, la vesícula biliar, las glándulas adrenales y los riñones. Las hormonas asociadas a este centro abarcan la adrenalina y el cortisol, las hormonas del riñón y compuestos químicos como la renina y la angiotensina, la eritropoyetina y todas las enzimas del hígado, al igual que las del estómago, como pepsina, tripsina, quimotripsina y ácido hidroclórico. Este centro de energía está relacionado con el plexo solar, también conocido como plexo celiaco.

Tiene mucho que ver con la voluntad, el poder, la arrogancia, el control, el impulso, la agresividad y el dominio. Es el centro de la competitividad y el poder personal, el amor propio y la intención encauzada. Cuando este tercer centro goza de equilibrio, eres capaz de emplear la voluntad y el impulso para imponerte al entorno y a las circunstancias de tu vida. A diferencia del segundo centro, éste se activa de forma natural cuando percibes que el entorno es inseguro o impredecible, por lo que debes salvaguardar a tu tribu y a ti mismo. El tercer centro también cobra impulso cuando quieres algo y tienes que usar tu cuerpo para conseguirlo.

El cuarto centro de energía se ubica detrás del esternón. Gobierna el corazón, los pulmones y la glándula timo (la glándula inmunológica más importante del cuerpo, conocida como «la fuente de la juventud»). Las hormonas asociadas con este centro incluyen la del crecimiento y la oxitocina, así como una cascada compuesta por 1.400 compuestos químicos distintos que estimulan la salud del sistema inmunitario a través de la glándula timo (responsable del crecimiento, la reparación y la regeneración del cuerpo). El plexo nervioso que gobierna este centro es el cardiaco.18

Los primeros tres centros se encargan de aspectos relacionados con la supervivencia y reflejan nuestra naturaleza animal o nuestra humanidad. A través de este cuarto centro de energía, sin embargo, pasamos del egoísmo al altruismo. Se asocia con emociones como el amor y los cuidados, la crianza, la compasión, la gratitud, el reconocimiento, la bondad, la inspiración, la generosidad, la integridad y la confianza. Este centro alberga nuestra divinidad; es la sede del alma. Cuando el cuarto centro está equilibrado, nos preocupamos por los demás y estamos dispuestos a cooperar por el bien común. Experimentamos un genuino amor por la vida. Nos sentimos plenos y satisfechos de ser quienes somos.

El quinto centro energético está ubicado en el centro de la garganta. Gobierna las glándulas tiroideas y paratiroideas, las salivares y los tejidos del cuello. Asociadas con este centro encontramos las hormonas tiroideas T3 y T4 (tiroxina), las paratiroideas que rigen el metabolismo corporal y los niveles de calcio en circulación. El plexo nervioso asociado con este centro es el tiroideo.

Está relacionado con la manifestación del amor que albergamos en el cuarto centro, y también con la capacidad de expresar tu verdad y autorizar tu realidad a través del lenguaje y el sonido. Cuando el quinto centro disfruta de equilibrio, tu voz es el reflejo de tu verdad, lo que incluye la expresión del amor. Te sientes tan a gusto contigo mismo y con la vida que no puedes sino expresar tus pensamientos y sentimientos.

El sexto centro de energía se ubica en el espacio que discurre de la nuca a la coronilla (si te resulta complicado visualizarlo, imagina que se encuentra en el centro del cerebro, un poco desplazado hacia atrás). Gobierna la glándula pineal, considerada la glándula sagrada. Algunas personas se refieren a ella como «el tercer ojo», pero yo la considero el primer ojo. Se asocia con el umbral de acceso a dimensiones más elevadas y puede alterar tu percepción de un modo que te permite atisbar el otro lado del velo o ver la realidad de manera no lineal.

Cuando este centro se abre, funciona como una antena de radio capaz de sintonizar frecuencias superiores, situadas más allá de los cinco sentidos. A través de este centro, el alquimista que hay en ti logra despertar. Encontrarás un capítulo entero dedicado a la glándula pineal más adelante, pero, por ahora, me conformo con que sepas que la glándula pineal segrega hormonas como la serotonina y la melatonina (al igual que otros maravillosos metabolitos), responsables de los ritmos circadianos que te inducen a despabilarte ante la luz diurna y a sentir sueño en la oscuridad de la noche. De hecho, la glándula pineal es sensible a cualquier frecuencia electromagnética además de a la luz solar, y puede fabricar derivados químicos de la melatonina que cambian tu visión de la realidad. Cuando esta glándula disfruta de armonía, tu cerebro funciona con claridad. Te sientes lúcido, más consciente tanto del mundo interior como del exterior. Tu percepción aumenta día a día.

El séptimo centro de energía está situado en el centro de la cabeza e incluye la glándula pituitaria. Esta glándula recibe también el nombre de glándula maestra, por cuanto gobierna y genera armonía en las demás, como una cascada que bajara desde el centro del cerebro hasta la glándula pineal, la tiroidea, la glándula timo, las adrenales y la pancreática hasta llegar a las glándulas sexuales. A través de este centro accedes a la máxima expresión de la divinidad. En ella se origina tu ser divino, tu nivel de consciencia más alto. Cuando esta glándula está equilibrada, la armonía se extiende a todo lo demás.

El octavo centro energético está ubicado por encima de la cabeza, a unos cuarenta centímetros, de modo que constituye el único que no guarda relación directa con el cuerpo físico. Los antiguos egipcios lo llamaban Ka. Representa la conexión con el cosmos, con el universo, con el todo. Cuando este centro se activa, te sabes merecedor de tus dones, y eso te permite experimentar revelaciones, epifanías e inspiración cuya frecuencia e información no procede de recuerdos almacenados en el cerebro y el cuerpo físico, sino directamente del universo, el campo unificado o como sea que quieras llamar al poder superior que trasciende nuestro ser individual. A través de este centro accedemos al banco de datos y a la memoria del campo cuántico.

La alquimia de la energía

Ahora que te he descrito al detalle cada uno de los centros energéticos, observaremos su funcionamiento desde un punto de vista más dinámico. Como es natural, nuestros cuerpos están diseñados para emplear la energía de cada uno de ellos. Pero ¿qué pasaría si usáramos esa energía para algo más que para sobrevivir? ¿Qué pasaría si, en lugar de darle salida (para procrear, digerir los alimentos, escapar de un peligro…), tomáramos una parte de esa energía para desplazarla deliberadamente hacia arriba, de un centro al siguiente, incrementando su frecuencia según asciende?

He aquí una imagen de lo que sucedería: empezamos por canalizar la energía del primer centro. Cuando nos sentimos seguros de nuestra capacidad creativa, esa energía se depura y asciende hacia el segundo centro. En el momento en que nos enfrentamos a alguna limitación o circunstancia adversa del entorno, recurrimos a esa energía creativa, que ahora asciende al tercer centro: la sede de la voluntad y el poder.

Si logramos trascender la adversidad, un gesto que implica superación y crecimiento, nos sentimos más plenos y más satisfechos y, por tanto, somos más capaces de sentir amor genuino por nosotros mismos y por los demás, según la energía asciende y activa el cuarto centro. Cuando ese gesto se produce, queremos expresar nuestra verdad actual —bien la que hemos descubierto, bien el amor y la sensación de plenitud que experimentamos—, lo que permite que la energía siga fluyendo y active el quinto centro. Tras eso, cuando la energía transformada activa el sexto centro, áreas dormidas del cerebro se despabilan y el velo de la ilusión cae. Ahora percibimos un espectro de realidad más amplio, distinto a todo cuanto habíamos experimentado hasta el momento. Nos sentimos iluminados, el cuerpo adquiere equilibrio y armonía, y el entorno exterior (incluido el mundo natural que nos rodea) también se equilibra y se armoniza según la energía asciende y activa el séptimo centro. Una vez que sentimos esa energía pura y luminosa, empezamos a creernos dignos de nuestros dones y la energía puede ascender al fin para activar el octavo centro, que nos aporta los frutos de nuestro trabajo: visiones, sueños, percepciones, manifestaciones que no proceden de recuerdos almacenados en la mente y el cuerpo, sino de un poder superior que mora dentro y alrededor de nosotros. Este flujo continuo de energía evolucionada que asciende desde el primer centro al octavo aparece ilustrado en la figura 4.4A.

Según transformamos nuestra energía creativa, podemos canalizarla desde el primer centro hasta el cerebro y más allá. Cada centro de energía posee su propia frecuencia, que acarrea un propósito particular.

Ése es el tipo de evolución personal que surge cuando la energía fluye de manera regular: el ideal. Sin embargo, a menudo sucede que los acontecimientos y nuestra forma de afrontarlos provocan atascos de energía, que ya no fluye según la maravillosa pauta que acabo de describir. Las zonas de tu cuerpo en las que la energía se atasca son los centros asociados con los problemas que tienes por resolver. La figura 4.4B describe lo que pasa cuando la energía se detiene y no puede seguir ascendiendo.

Cuando la energía se atasca en el cuerpo, no puede fluir hacia los centros superiores. Puesto que las emociones son energía, esas emociones se atascan en distintos centros y no evolucionan.

Si, por ejemplo, una persona ha sido víctima de un abuso sexual o ha sido inducida desde la infancia a considerar el sexo como algo negativo, su energía podría quedar atascada en el primer centro, relacionado con la sexualidad, y experimentaría problemas para acceder a su creatividad. Si, por otro lado, un individuo tiene acceso a su energía creativa pero no se siente suficientemente seguro como para emplearla en el mundo (y, en vez de eso, se siente utilizado por sus relaciones sociales e interpersonales) o si lo han traumatizado o traicionado, la energía podría estancarse en el segundo centro. En esas circunstancias, la persona tendería a albergar un sentimiento excesivo de culpa, vergüenza, sufrimiento, baja autoestima o miedo. Ahora bien, si uno logra que su energía ascienda hasta el tercer centro pero tiene problemas de ego y se valora en exceso, está pendiente de sí mismo, controla a los demás, es dominante, se deja llevar por la ira o es excesivamente competitivo y amargado, su energía se atascará en esa zona y podría sufrir problemas de autocontrol o de falta de motivación. Si una persona no puede abrir el corazón y sentir amor y confianza, o si teme expresar amor o confesar sus verdaderos sentimientos, la energía podría estancarse en el cuarto centro y en el quinto, respectivamente.

Si bien la energía se puede detener en cualquiera de los centros energéticos, los tres primeros suelen ser los más problemáticos. Y cuando la energía se atasca, no puede evolucionar y fluir con la corriente constante descrita antes para alcanzar los centros superiores, que nos permiten enamorarnos de la vida y despiertan nuestro deseo de entregarnos a los demás. El objeto de la bendición de los centros de energía es conseguir que el circuito funcione como debería. En esta meditación, bendecimos cada uno de los centros para que la energía estancada vuelva a fluir.

Cómo restamos energía a nuestro campo energético

Como decíamos antes, el cuerpo está rodeado de un campo de energía electromagnética que transporta una intención consciente o directiva. Cuando ponemos en movimiento cada uno de los siete centros energéticos del cuerpo estamos, por así decirlo, expresando la energía que corresponde a esos centros. En otras palabras, cuando, en cuanto que seres conscientes, activamos la energía específica de cada centro individual, estimulamos los plexos neurológicos asociados a ellos para suscitar un estado mental que active a su vez las glándulas, los tejidos, las hormonas y los compuestos químicos de cada centro. En el momento en que un centro energético se pone en funcionamiento, el cuerpo emite una energía que transporta la información específica o intención asociada con cada uno.

Sin embargo, si nos limitamos a sobrevivir y nos instalamos en los tres primeros, abusando del sexo, consumiendo demasiado o estresándonos en exceso, extraemos energía sin cesar de ese campo invisible de energía cargado de información que envuelve el cuerpo y lo transformamos en compuestos químicos una y otra vez. La reiteración de este proceso, a la larga, acaba por mermar el campo invisible. (Ver figura 4.5.) Al final del proceso, nuestra luz se amortigua y ya no nos queda energía cargada de intención consciente que fluya por los centros energéticos para crear las mentes correspondientes. Básicamente, hemos agotado el recurso de nuestro propio campo energético. Si se da el caso, la exigua mente de cada centro, con su reducida carga energética, enviará una señal limitada a las células, los tejidos, los órganos y los sistemas de su alrededor. La consecuencia podría ser el debilitamiento de la señal y el descenso de la frecuencia en la energía que transporta información vital al cuerpo, dos aspectos que favorecen la enfermedad. Podría decirse que, desde un punto de vista energético, toda enfermedad se debe al descenso de la frecuencia del campo de luz y a un mensaje incoherente.

Los tres primeros centros consumen nuestra energía. Cuando nos instalamos en ellos, absorbemos constantemente energía del campo invisible y la transformamos en compuestos químicos. El campo que rodea el cuerpo empieza a menguar.

¿Recuerdas que antes decía que los tres primeros centros energéticos están relacionados con la supervivencia, por lo que representan nuestra naturaleza egoísta? Se expresan a través del poder, la agresividad, la fuerza y la competición con el fin de que podamos sobrevivir a las condiciones del entorno el tiempo suficiente para alimentarnos, procrear y asegurar la supervivencia de la especie (a diferencia de los cinco centros superiores, que representan nuestra naturaleza altruista y se expresan a través de pensamientos y emociones generosos). La naturaleza se encargó de que estos tres primeros centros procuraran un gran placer para que no dejáramos de enzarzarnos en las acciones relacionadas con ellos y lo que representan. Practicar el sexo (primer centro) y comer (segundo centro) son actividades divertidas, al igual que conectar y comunicarse con los demás (también segundo centro). El poder personal (tercer centro) puede resultar adictivo, incluida la capacidad de vencer obstáculos, de conseguir lo que uno quiere, de competir y ganar, de sobrevivir en circunstancias adversas o incluso de ir de acá para allá.

Ahora entiendes por qué algunas personas tienden a abusar de uno o más de sus tres primeros centros, aunque, al hacerlo, están consumiendo el campo de energía vital e información que rodea su cuerpo. Por ejemplo, una persona excesivamente sexual extrae demasiada energía del campo que rodea el primer centro. Otra atrapada en la vergüenza o el sentimiento de culpa, que se compadece de sí misma, que se aferra a las emociones del pasado y que sufre constantemente consume excesiva energía del campo energético que rodea el segundo centro y, al hacerlo, retiene allí la energía. Alguien que sea excesivamente dominante o que sufra mucho estrés absorberá energía adicional del campo que rodea el tercer centro. Cuando nuestra consciencia no evoluciona, tampoco lo hace la energía.

El nivel subatómico

Todo lo que acabamos de describir comienza a nivel subatómico o cuántico, así que vamos a ver cómo sucede. Echa un vistazo a la figura 4.6. Si unes dos átomos, cada uno con su propio núcleo, para formar una molécula, ambos compartirán luz e información, representadas por un enlace o intersección. Y habida cuenta de que comparten información, participan también de una energía parecida que vibra en una frecuencia particular. Lo que mantiene unidos a esos dos átomos es un campo invisible de energía. Una vez que se hayan unido para formar una molécula e intercambiar información, ésta tendrá unas propiedades y unas características físicas distintas, como una densidad diferente, distinto punto de ebullición y otro peso atómico —por nombrar sólo unas cuantas— con respecto a las que tenían los átomos cuando cada uno iba por su lado. Es importante advertir que aquello que otorga a la molécula sus propiedades específicas y también lo que mantiene su forma y estructura (lo que la hace materia) es el campo de energía invisible que la rodea. Si los átomos no compartieran información y energía, no podrían formarse las moléculas.

Cuando los átomos crean enlaces y comparten energía e información, forman moléculas. La molécula posee un campo invisible de luz alrededor compuesto de energía e información que le otorga sus propiedades físicas y la mantiene unida. Según se van uniendo más átomos a esa molécula, ésta adquiere complejidad y se transforma en una sustancia química, también con su propio campo invisible de luz. Dicho campo, a su vez, es igualmente energía e información que otorga las propiedades físicas a la sustancia química y la mantiene unida.

A medida que se suman más átomos a este compuesto químico orgánico, éste adquiere complejidad y puede llegar a formar una célula. Un campo invisible de energía e información rodea también la célula y le da instrucciones para su funcionamiento. Un grupo de células que trabajan unidas se transforma a su vez en un tejido, con su propio campo de energía e información que permite a ese conjunto trabajar en armonía. Los tejidos se unen para formar un órgano, dotado de un campo de energía e información que le permite funcionar de manera correcta.

Varios órganos unidos conforman un sistema, que posee, una vez más, su propio campo de luz, el cual le proporciona las propiedades físicas necesarias para funcionar como un conjunto. Por fin, los sistemas se unen en un mismo organismo. El campo de luz invisible que envuelve el cuerpo contiene la energía y la información que le proporcionan las propiedades físicas necesarias para mantenerse unido, así como las instrucciones para vivir.

Si añadieras otro átomo más, crearías una molécula distinta que, de nuevo, poseería propiedades y características físicas diferentes. Y en caso de que siguieras añadiendo más y más átomos crearías una sustancia química, y existe un campo de energía invisible alrededor de esa sustancia que la mantiene unida en su forma física y le otorga vida. Dichas fuerzas atómicas son reales y constatables.

Si reúnes suficientes compuestos químicos, obtendrás una célula, y la célula posee también un campo de energía invisible a su alrededor que le da vida. La célula, de hecho, se alimenta de diversas frecuencias de luz. No son las moléculas y las cargas positivas y negativas las que dan instrucciones a la célula. Según un novedoso campo de la biología llamado «biología de la información cuántica», las órdenes proceden de los biofotones de los que hablábamos antes y de las pautas de luz y frecuencia que emite y recibe la célula. Cuanto más sana es la célula, más coherentes son los biofotones que emite. Si recuerdas lo que has aprendido hasta ahora, la coherencia es la expresión ordenada de la frecuencia. El intercambio de información (a través de frecuencias electromagnéticas de luz) entre la célula y ese campo de energía que la rodea se produce a un ritmo que supera la velocidad de la luz, y eso implica que sucede a nivel cuántico.19

Siguiendo con el razonamiento, si unes un grupo de células, creas un tejido. Éste posee a su vez un campo invisible de frecuencia coherente, que lo unifica, y una energía que induce a todas las células individuales a trabajar en armonía, cooperando como una comunidad. Si otorgas a ese tejido una función más específica, obtienes un órgano, que también cuenta con su propio campo electromagnético. El órgano, literalmente, recibe información de ese campo invisible. De hecho, el campo alberga la memoria del órgano.

Los efectos de ese proceso en los órganos trasplantados son fascinantes. Seguramente, el ejemplo más conocido al respecto sea la historia de Claire Sylvia, que escribió un libro titulado A Change of Heart [Un cambio de corazón] sobre las experiencias que vivió tras ser sometida a sendos trasplantes de corazón y pulmón en 1988.20 En aquella época, tan sólo sabía que sus nuevos órganos habían pertenecido a un donante varón de 18 años que murió en un accidente de moto. Después del trasplante, esta bailarina y coreógrafa profesional de 47 años empezó a experimentar frecuentes antojos de medallones de pollo rebozados, patatas fritas, cerveza, pimientos verdes y chocolatinas Snicker, alimentos que nunca antes habían sido de su agrado. Su personalidad también se transformó: se tornó más asertiva, desarrolló más confianza en sí misma. Su hija adolescente incluso le tomaba el pelo por haber adquirido unos andares masculinos. Cuando Sylvia se puso en contacto por fin con la familia de su donante, descubrió que esos alimentos que tanto le apetecían eran los favoritos del joven. La información había quedado almacenada en el campo luminoso del órgano.

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