Sobrenatural

Sobrenatural


5 Programando el cuerpo para una nueva mente

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5 Programando el cuerpo para una nueva mente

En este capítulo vamos a comentar las bases de una técnica de respiración que ponemos en práctica antes de muchas de nuestras meditaciones. Te la quiero explicar al detalle porque para adquirir la capacidad de transformar la energía y liberar el cuerpo del pasado es esencial que entiendas cómo funciona. Como verás, el uso correcto de la respiración es una de las claves que te ayudará a convertirte en un ser sobrenatural. Para que seas capaz de obtener todos los beneficios que aporta esta técnica, empezaremos por explicar qué vas a hacer y por qué lo vas a hacer. Cuando conozcas las bases, el cómo te resultará más fácil, a la vez que aumentará la efectividad del proceso. Una vez que entiendas la fisiología de esta forma de respiración, serás capaz de asignarle significado a la actividad, dotarla de mayor intención, ejecutarla correctamente y experimentar las ventajas de recurrir a la respiración para separar la mente del cuerpo y luego reprogramar el cuerpo para una nueva mente.

Antes de empezar, me gustaría repasar el círculo vicioso pensamiento-sentimiento al que nos referíamos en el segundo capítulo, porque los conceptos son fundamentales para la meditación que vamos a aprender. Como recordarás, los pensamientos provocan en el cerebro reacciones bioquímicas que dan lugar a señales químicas, y éstas a su vez inducen al cuerpo a experimentar los sentimientos que dicta el pensamiento. Dichos sentimientos generan más pensamientos que, una vez más, te provocan esas mismas emociones. A través de este proceso, el pensamiento gobierna el sentimiento y el sentimiento gobierna el pensamiento. Ese círculo vicioso acaba por programar una pauta en el cerebro, que lleva a tu cuerpo a vivir en el pasado. Y como las emociones son vestigios de experiencias pasadas, si únicamente puedes pensar en cómo te sientes, el bucle pensamiento-sentimiento te ata al pasado y genera un estado del ser constante. A través de ese proceso, el cuerpo sustituye a la mente; con el tiempo, tus pensamientos te dirigen y tus sentimientos te dominan.

Así pues, una vez que el cuerpo sustituye a la mente a través de las emociones, vives literalmente en el pasado. Y como el cuerpo es la sede de la mente inconsciente, totalmente objetiva, no conoce la diferencia entre la experiencia vital que provoca una emoción y la emoción que tú mismo generas a través de un pensamiento. En el instante en que quedas atrapado en ese círculo vicioso pensamiento-sentimiento, el cuerpo cree estar viviendo la misma experiencia 24 horas al día, siete días a la semana, 365 días al año. Y está convencido de ello porque, para él, la emoción equivale, literalmente, a la experiencia.

Pongamos que has atravesado alguna que otra situación complicada a lo largo de tu vida que te ha dejado una huella emocional, y que nunca has logrado superar el miedo, la amargura, la frustración y el resentimiento que te provocó esa experiencia. Debido a eso, cada vez que tu entorno externo te recuerda de algún modo esa experiencia traumática, sientes unas emociones idénticas a las que te embargaron la primera vez. Y si sientes lo mismo que experimentaste hace treinta años, cuando sucedió el hecho que te marcó, es muy posible que te comportes del mismo modo que entonces, porque las emociones de entonces dirigen tus pensamientos conscientes e inconscientes, así como tu conducta. Te has familiarizado hasta tal punto con las emociones del pasado que te has identificado con ellas.

Para cuando has cumplido treinta y tantos, si sigues pensando, actuando y sintiendo de igual modo sin cambiar nada de ti mismo, buena parte de tu ser se ha transformado en una serie automatizada de pensamientos, reacciones emocionales reflejas, hábitos y conductas inconscientes, convencimientos y percepciones subconscientes y actitudes rutinarias. De hecho, el 95 por ciento de la persona que somos en la edad adulta está tan programada a base de repetir lo mismo una y otra vez que el cuerpo ha suplantado a la mente y es éste, no la consciencia, el director de la escena.22 Eso implica que únicamente un cinco por ciento de tu persona vive desde la consciencia, mientras que el otro 95 por ciento obedece a un programa subconsciente, en parte corporal y en parte mental. Así pues, para dar cabida en tu vida a algo significativamente distinto debes encontrar la manera de separar la mente del cuerpo y cambiar el estado de tu ser. Ése es, exactamente, el propósito de la meditación que te enseñaré al final de este capítulo.

Cómo la energía queda almacenada en el cuerpo

Ahora vamos a observar el efecto que el bucle pensamiento-sentimiento ejerce en los centros de energía del cuerpo; sobre todo en los tres primeros, los centros de supervivencia. Nos centraremos en éstos porque suelen ser los más problemáticos, por cuanto son los que tendemos a activar a través de los pensamientos y los sentimientos. Como recordarás del capítulo anterior, cada uno de los centros de energía corporales posee energía, información, glándulas, hormonas, compuestos químicos y circuitos neuronales particulares, así como un minicerebro o mente. De hecho, cada uno posee su propia mente. Esos minicerebros, alojados en el cuerpo, se programan para operar de manera subconsciente a través del sistema nervioso autónomo. En ese sentido, cada centro tiene su propia energía y su nivel de consciencia correspondiente, y cada cual se asocia con una serie de emociones específicas.

Pongamos por caso que piensas algo parecido a Mi jefe no se porta bien conmigo. La figura 5.1 describe cómo ese pensamiento activa una red neurológica en tu cerebro. Y luego piensas: Me pagan poco, y conectas una segunda red neurológica. Y a continuación te dices: Estoy sobrecargado de trabajo, y ya no hay quien te pare. Como la mente es el cerebro en acción, si sigues rumiando en esa línea y activas suficientes redes neuronales que se conectan en cadena —siguiendo una secuencia, pauta o combinación específica— estás generando un nivel mental que, a su vez, crea una representación o imagen de ti mismo en el lóbulo frontal de tu cerebro. En ese instante, los pensamientos devienen algo más real que las circunstancias externas. A la sazón te considerarás a ti mismo una persona resentida. Si lo aceptas, lo crees y te entregas a la idea, concepto o imagen sin pararte a analizarla, los neurotransmisores —mensajeros químicos que envían información entre las neuronas— empiezan a influir en los neuropéptidos, que son otros mensajeros químicos creados por el sistema nervioso autónomo en el interior del cerebro límbico. Imagina los neuropéptidos como moléculas de la emoción. Pues bien, los neuropéptidos envían señales a los centros hormonales, en este caso, para estimular las glándulas adrenales del tercer centro de energía. Según las glándulas adrenales liberan sus hormonas, tú te mosqueas aún más. Y emites una energía específica a través del tercer centro que contiene el mensaje: «Dame otra razón para sentir lo que estoy sintiendo; dame otra razón para enfadarme». Cuando este centro se activa, genera una frecuencia específica que transporta un mensaje particular.

Este gráfico demuestra cómo almacenamos energía en forma de emociones en el tercer centro cuando quedamos atrapados en un determinado círculo vicioso de pensamiento y sentimiento.

El cerebro controla el estado químico, por lo que, en el momento en que te enfadas, genera pensamientos acordes con tu estado de ánimo. ¡Mi jefe es un cretino! Debería dejar el trabajo. ¡Qué conductor tan idiota! ¡Fulanito me ha robado una idea! Yo tengo razón y el resto del mundo está equivocado. Activa y conecta circuitos parecidos una y otra vez, y si hay suficientes funcionando, te instalas en ese nivel mental. Ese gesto te lleva a identificarte con la imagen que ha generado tu cerebro anterior. Acto seguido, el cerebro límbico fabrica aún más neuropéptidos, que envían mensajes a las mismas hormonas de tu tercer centro de energía, y empiezas a sentirte todavía más enfadado y frustrado; lo que a su vez te lleva a seguir generando más pensamientos acordes con tu emoción. El ciclo se puede prolongar durante décadas, tanto si los pensamientos están justificados como si no. Así pues, la redundancia del ciclo graba cierto patrón en el cerebro (en este caso, el patrón de la ira) y condiciona al cuerpo una y otra vez a vivir emocionalmente en el pasado.

El cuerpo se convierte así en la mente de la ira, de tal modo que la rabia ya no se ubica en la mente que alberga tu cerebro (el cinco por ciento de tu pensamiento consciente), sino que se almacena en forma de energía en el cuerpo-mente, el 95 por ciento restante que funciona a nivel subconsciente. Y como esta parte de tu mente es subconsciente, no te percatas de que tú mismo estás provocando el proceso, y lo sigues haciendo. Así que toda esa emoción, que en su origen surgió de un pensamiento (porque todo pensamiento genera una energía correspondiente), se almacena en forma de energía en el tercer centro, el plexo solar.

La energía estancada provoca un efecto biológico concreto (en este caso sería fatiga adrenal, problemas digestivos, problemas de riñón o debilitamiento del sistema inmunitario), por no hablar de las consecuencias psicológicas como mal genio, impaciencia, frustración o intolerancia. Con el paso de los años, sigues generando los mismos pensamientos que despiertan idénticos sentimientos y programando en tu cerebro este patrón tan estrecho, al mismo tiempo que induces al cuerpo, por los mismos mecanismos, a convertirse en la mente de la ira. A lo largo del proceso, una enorme cantidad de energía creativa se almacena en el tercer centro de energía en forma de rabia, amargura, frustración, intolerancia, impaciencia, necesidad de control u odio.

¿Qué pasa si, en lugar de experimentar rabia, generas pensamientos que te inducen a la autocompasión o a sentirte culpable? ¡Qué dura es la vida! Soy un mal padre. No debería ser tan brusca. ¿Habré hecho algo mal? Si echas un vistazo a la figura 5.2, verás que el mecanismo se repite. Ese tipo de pensamientos estimula una red neuronal distinta en el cerebro. Y si el número de redes que se disparan y se conectan es suficiente, el cerebro creará una imagen interna de ti mismo que reafirmará tu identidad (en este caso, la de una persona culpable). Empiezas a pensar: Dios me va a castigar. Nadie me quiere. No valgo nada. Una vez que aceptas, crees y te entregas a pensamientos relacionados con la culpa sin pararte a analizarlos, los neurotransmisores que han activado las redes neuronales del cerebro favorecen una combinación distinta de neuropéptidos (correspondientes a pensamientos relacionados con la culpa), que a su vez envían señales a otro centro hormonal; en este caso, el segundo. Y con el tiempo, según recreas el mismo bucle de pensamiento y sentimiento, sentimiento y pensamiento, la energía se atasca en el segundo centro. El proceso, también en este caso, te pasa factura biológica: como experimentas la culpa en la zona del vientre, sufres mareos o náuseas, o puede que sientas dolor en esta zona de tu cuerpo, junto con emociones tales como sufrimiento, infelicidad e incluso tristeza.

Este gráfico muestra cómo almacenamos energía en forma de emociones en el segundo centro cuando nos atascamos en un bucle de pensamiento y sentimiento distinto.

Si te sientes culpable durante mucho tiempo, generas más pensamientos relacionados con la culpa que estimulan y conectan nuevas neuronas. Éstas, a su vez, envían señales a otros neuropéptidos, que provocan la liberación de más hormonas en el segundo centro. Cuando eso sucede, sigues condicionando a tu cuerpo para que se convierta en la mente de la culpa y el sufrimiento, de tal modo que almacenas más y más energía en forma de emoción en el segundo centro. Al mismo tiempo, a través de este segundo centro emites una impronta energética específica, que contiene información concreta, al campo energético de tu cuerpo.

Ahora supongamos que empiezas a concebir un tipo de pensamientos totalmente distinto. ¿Qué pasa si te da por albergar fantasías sexuales con alguien? En este caso activas una red de neuronas distinta en el cerebro y generas un nivel mental diferente. E, igual que antes, si estimulas y conectas el número de redes suficiente obtendrás una representación interna distinta en el lóbulo frontal del cerebro. Y en el instante en que la idea o la imagen a la que prestas atención se torne más real que el mundo exterior, el pensamiento se transformará literalmente en la experiencia, que dará como resultado el sentimiento correspondiente.

En ese momento, el cuerpo se excita. Una energía específica que contiene un mensaje o intención concreto activa el primer centro. Dicho mensaje estimula el plexo de neuronas asociado para suscitar una mente específica, que a su vez envía señales a los genes de las glándulas correspondientes para que fabriquen compuestos químicos y hormonas equivalentes a esos pensamientos. A la sazón te ves a ti mismo como un semental o una viciosa. Y si aceptas, crees y te entregas a ese pensamiento o imagen sin pararte a analizarlo, los neurotransmisores del cerebro procederán a favorecer una combinación distinta de neuropéptidos en el cerebro límbico. Éstos activarán las hormonas del primer centro de energía y programarán el sistema nervioso autónomo para que estimule ese centro. Seguro que conoces de sobra los efectos biológicos del proceso.

El conjunto de reacciones biológicas que acabamos de describir te llevará a sentirte de una manera determinada, y pronto estarás generando más pensamientos acordes con ese sentimiento. En ese caso empiezas a almacenar energía en el primer centro y envías al campo energético de tu cuerpo una señal vibratoria que contiene un mensaje específico del primer centro. Tu cerebro permanece atento a tus sentimientos, de manera que vas a generar aún más pensamientos afines, y el ciclo se instala. En ese proceso, el cuerpo sigue a la mente y, a la larga, la remplaza.

Ahora entiendes cómo los pensamientos condicionan al cuerpo a devenir la mente de la que sea la emoción que estés experimentando, y cómo, cuando sucede algo así, se acumula la energía en el centro correspondiente a esa emoción. La energía tiende a atascarse en aquel centro que posea una mayor acumulación de energía asociada con las emociones que experimentas repetidamente.

Si te domina la libido, eres demasiado sexual o te preocupa demasiado inspirar deseo a los demás, tu energía se atascará en el primer centro. Si arrastras un gran sentimiento de culpa o un exceso de tristeza, miedo, depresión, vergüenza, baja autoestima, sufrimiento y dolor, tu energía se estancará en el segundo centro. Y si tienes problemas de ira, agresividad, frustración o impulsividad, tiendes a enjuiciar a los demás o eres excesivamente arrogante, tu energía se acumulará en el tercer centro. (Con un poco de suerte, a estas alturas del libro ya habrás puesto en práctica la bendición de los centros de energía y habrás empezado a experimentar cómo la energía puede fluir de un centro al siguiente, elevando su vibración según asciende.)

Con el tiempo, el cuerpo deviene la mente de la emoción y, una vez que la energía en cuanto que emoción se acumula (o, más exactamente, se atasca) en uno o más centros de energía inferiores, el cuerpo vive literalmente en el pasado. Y entonces ya no dispones de energía para cambiar tu destino. Cuando se produce esa situación, tu cuerpo deviene más materia y menos energía porque, como ya has leído, los tres primeros centros (relacionados con las emociones de supervivencia) reducen el campo de energía vital que rodea tu cuerpo.

Por dejarlo claro, no estoy sugiriendo que te abstengas de mantener relaciones, que no disfrutes de la comida o que evites el estrés a toda costa. Digo que los desequilibrios que puedas estar experimentando proceden de una sobrecarga en los tres primeros centros de energía. E imagina lo que pasaría si los tres centros de supervivencia fueran sobreestimulados al mismo tiempo: como ya habrás deducido, la energía corporal acabará mermando con el tiempo. En esos casos, apenas si disponemos de energía para la regeneración, la reparación, la curación, la creación o para recuperar el equilibrio siquiera.

De igual modo, mucha gente, al experimentar algún tipo de desequilibrio, tiende a retirarse de la circulación y reducir la cantidad de alimento que ingiere. Al tener que digerir menos, el cuerpo posee más energía para reequilibrarse. Es posible que se abstengan de mantener relaciones durante un tiempo para permitir al cuerpo que se restaure. En este tipo de retiros, se apartan también de la estimulación constante que suele brindar el entorno, incluidos los amigos, los hijos, los compañeros de trabajo, las citas y los horarios, el empleo, el ordenador, el hogar y los teléfonos móviles. De ese modo evitan que el cuerpo reaccione (consciente o inconscientemente) a todos esos elementos conocidos del mundo exterior que asocian con pensamientos y emociones del pasado.

La técnica respiratoria que estoy a punto de enseñarte te ayudará a liberar la energía atrapada en los tres primeros centros para que pueda fluir hacia el cerebro, de donde procedía de buen comienzo. Y cuando emplees la respiración para liberar esas emociones podrás disponer de esa energía para propósitos más elevados. La podrás usar para sanarte, para crear una vida distinta, para manifestar más riqueza o para protagonizar una experiencia mística, entre muchas otras posibilidades. Las emociones acumuladas en tu cuerpo en forma de energía mudarán en una energía distinta que transportará un mensaje diferente a través de emociones más elevadas tales como la inspiración, la libertad, el amor incondicional y la gratitud. La energía es la misma, sólo que, en el primer caso, está atrapada en el cuerpo. Y la respiración nos ayuda a despegar la mente del cuerpo. Utilizarás tu anatomía como instrumento de consciencia para impulsar la energía hacia arriba. De ese modo, esas emociones de supervivencia se transformarán en otras de naturaleza creativa. Y a medida que liberes tu cuerpo de las cadenas del pasado y dejes fluir esa energía, dispondrás de lo necesario para hacer lo imposible: para transformarte en un ser sobrenatural.

El cuerpo como imán

Echa un vistazo a la figura 5.3 e imagina que fuera un imán. Los imanes, como ya sabes, tienen un polo norte y un polo sur; un extremo tiene carga positiva y el otro carga negativa. La polaridad entre los dos extremos del imán le permite generar un campo electromagnético. Cuanto más fuerte es la polaridad entre los dos extremos, mayor el campo electromagnético que crea. Dicho campo es invisible, pero existe; y se puede registrar.

Los imanes proyectan a su alrededor un campo electromagnético mensurable. Cuanto más fuerte es la polaridad entre el extremo norte y el sur, más corriente recorre el imán y mayor es el campo electromagnético.

La fuerza del campo electromagnético que rodea a los imanes puede incluso influir en la materia. Si tapas un imán con una cartulina y espolvoreas unas pequeñas limaduras de hierro por encima, verás cómo las limaduras se distribuyen por el campo electromagnético del imán. Dicho campo es tan potente que afecta a la realidad material, aunque su vibración no pueda ser percibida con los sentidos. La figura 5.4 representa esta idea.

La Tierra es un imán y, como tal, cuenta con un polo norte y un polo sur, como también proyecta un campo electromagnético a su alrededor. Si bien dicho campo es invisible, todos estamos familiarizados con uno de los efectos más sorprendentes de su presencia: el campo electromagnético de la Tierra repele los fotones del Sol y, durante las erupciones solares o las eyecciones de masa coronal, desvía los miles de millones de fotones que son proyectados a la Tierra en un gesto vibrante y lleno de color que conocemos como aurora boreal.

El campo electromagnético de un imán distribuye las limaduras de metal en un patrón.

Tu cuerpo también es un imán. Las antiguas culturas (sobre todo las orientales) lo saben desde hace miles de años. El polo norte es el cerebro, y en consecuencia la mente, y el sur se encuentra en la base de la columna vertebral. Cuando vives inundado de hormonas del estrés (efecto de las emociones de supervivencia) o cuando sobrecargas los otros dos centros energéticos de supervivencia, estás absorbiendo constantemente energía de ese campo invisible. En esos casos, la energía ya no fluye por el cuerpo, porque el organismo, instalado en un estado de supervivencia, la extrae del campo para almacenarla en el cuerpo; específicamente, en los tres primeros centros energéticos. (Es lo que sucede cuando el bucle pensamiento/sentimiento del que hablábamos antes se instala.)

Si esta situación se prolonga mucho tiempo, el cuerpo pierde la carga energética que lo recorre. Privado de ésta, no puede generar el campo de energía electromagnética que lo rodea en circunstancias normales y deja de actuar como un imán. Ha mudado en un trozo de metal normal y corriente, en un imán que ha perdido su carga. Como puedes ver en la figura 5.5, el cuerpo deviene entonces más materia y menos energía (o más partícula y menos onda).

Cuando la energía fluye por el cuerpo, igual que sucede con los imanes, un campo electromagnético mensurable rodea el cuerpo. Pero si vivimos instalados en un estado de supervivencia y nos alimentamos del campo invisible de energía que nos envuelve, dicho campo se reduce. Además de eso, cuando la energía se estanca en los tres primeros centros —esos que llamamos de supervivencia— por cuanto estamos atrapados en un círculo vicioso de pensamiento y sentimiento, disminuye la corriente que recorre el cuerpo y el campo electromagnético mengua todavía más.

Como es natural, si hubiera un modo de lograr que esa energía estancada en los tres primeros centros volviera a circular, la corriente reanudaría su flujo y el cuerpo generaría de nuevo su campo electromagnético. Para eso sirve la respiración: nos proporciona una herramienta para despegar la mente del cuerpo y desplazar toda esa energía acumulada en los tres primeros centros por la columna vertebral hasta el cerebro. De ese modo podemos restaurar el campo electromagnético que envuelve el cuerpo. Cuando lo conseguimos, podemos emplear esa energía para objetivos más allá de la supervivencia. Echemos un vistazo a la disposición de nuestros cuerpos para poder entender mejor cómo funciona el proceso.

Echa un vistazo a la figura 5.6. En la base de la columna vertebral tienes un hueso llamado sacro que parece un triángulo invertido con una base plana en lo alto. Sobre esa superficie llana se asienta la columna vertebral, que asciende hasta el cráneo. En el interior de ese sistema cerrado se encuentra el sistema nervioso central, formado por el cerebro y la médula espinal, que es, de hecho, una extensión del cerebro. El cráneo y la columna vertebral protegen este sistema tan delicado.

El sacro, la columna vertebral y el cráneo son las estructuras óseas que protegen el sistema más delicado del cuerpo: el sistema nervioso central, que controla y coordina el resto de los sistemas.

El sistema nervioso central es uno de los más importantes del cuerpo porque coordina y controla todos los demás. Sin la cooperación del sistema nervioso central no podrías digerir la comida, ni vaciar la vejiga, ni mover el cuerpo, y el corazón no sería capaz de latir. Ni siquiera podrías parpadear de no ser por él. Así que te invito a que lo imagines como el cableado eléctrico que recorre la maquinaria de tu cuerpo.

En el interior de este sistema tan protegido hay líquido cefalorraquídeo que se filtra de la sangre al cerebro. Este fluido baña el cerebro y la médula espinal y es responsable del estado de flotación del sistema nervioso central. Actúa como un amortiguador que protege el cerebro y la médula espinal de los golpes y fluye por diversos ríos y caminos que transportan nutrientes y compuestos químicos a las distintas terminaciones nerviosas de todo el cuerpo.

Por su propia naturaleza, este líquido se comporta como un material conductor que favorece la circulación eléctrica por el sistema nervioso central.

Ahora regresemos al sacro. Cada vez que tomas aire, el hueso sacro se dobla hacia atrás una pizca y cada vez que lo sueltas se flexiona un poquito hacia delante. Se trata de un movimiento sumamente sutil; demasiado sutil para que lo notes siquiera, aunque lo intentes. Pero ocurre. E igualmente, las suturas del cráneo (las junturas por las que se unen las distintas placas, que se ajustan como piezas de un puzle y le otorgan cierto grado de flexibilidad) se abren mínimamente cuando inhalas y se cierran cuando exhalas.23 También en este caso el movimiento es tan sutil que resulta imperceptible.

El movimiento del sacro hacia delante y hacia atrás cuando inspiras y espiras, junto con la apertura y el cierre de las suturas del cráneo, propaga una onda por ese sistema cerrado que impulsa el líquido cefalorraquídeo hacia arriba y lo irradia a las cuatro cavidades del cerebro, conocidas como acueductos cerebrales o ventrículos. Si fueras capaz de marcar una molécula de fluido cerebroespinal y seguirla desde la base de la columna hasta el cerebro, y luego de vuelta otra vez hasta el sacro, verías que tarda doce horas en completar el circuito.24 Así que, básicamente, enjuagas el cerebro dos veces al día. Echa un vistazo a la figura 5.7 para ver cómo funciona.

Cuando inspiras, el sacro se dobla una pizca hacia atrás y las suturas del cráneo se expanden. Cuando espiras, el sacro se dobla muy ligeramente hacia delante y las suturas de cierran. Un gesto tan natural como es la respiración propaga una onda que desplaza muy lentamente el líquido cefalorraquídeo hasta lo alto de la columna, por el cerebro y luego hacia abajo otra vez.

Así pues, imagina lo que pasaría si contrajeras los músculos internos del perineo (el suelo pélvico, los mismos músculos que empleas para el coito y la evacuación) y luego, una vez cerrados, encogieras los músculos del abdomen inferior hasta cerrarlos también, y a continuación hicieras lo propio con los músculos del abdomen superior. Si apretaras y contrajeras los músculos correspondientes a los tres primeros centros de energía durante el rato suficiente, el fluido del sistema nervioso central se desplazaría hacia arriba, como muestra la figura 5.8, por la columna vertebral. Y cada vez que apretaras los músculos de esos centros, el fluido ascendería.

Ahora imagina que enfocases la atención en la cima del cráneo. Y si la energía acude allí donde depositas la atención, cuando te concentrases en la parte superior de tu cabeza estarías atrayendo la energía hacia esa zona. A continuación piensa que inspiras lenta y regularmente por la nariz al mismo tiempo que aprietas y sostienes los músculos del perineo, luego los del abdomen inferior y a continuación los del abdomen superior, y mientras tanto acompañas con la atención el camino del aliento por la columna vertebral hasta el pecho, la garganta, el cerebro y la cima de la cabeza. Imagina que, cuando la respiración llega a lo más alto, contienes el aliento y sigues apretando. Estarías empujando el líquido cefalorraquídeo hacia el cerebro.

Cuando contraes los músculos intrínsecos de la parte inferior del cuerpo, respiras sostenidamente por la nariz y centras la atención en la cima de la cabeza, aceleras el movimiento del fluido cefalorraquídeo hacia el cerebro y provocas una corriente ascendente por el eje central de la columna vertebral.

El ejercicio reviste un gran interés, porque el líquido cefalorraquídeo está compuesto de una solución de proteínas y sales, y en el instante en que las proteínas y las sales se disuelven, se cargan. Si aceleras una molécula cargada —como harías si empujaras esa molécula hacia lo alto de la espina dorsal—, creas un campo de inductancia. Un campo de inductancia es un campo invisible de energía electromagnética que se desplaza en círculo en la misma dirección que toman las moléculas. Cuanto más cargadas están las moléculas que aceleras, mayor y más potente es el campo de inductancia. Echa un vistazo a la figura 5.9 para saber qué aspecto tiene ese tipo de campo.

El líquido cefalorraquídeo está compuesto de moléculas cargadas. Cuando aceleras el movimiento ascendente de esas moléculas por la columna vertebral, generas un campo de inductancia que se desplaza en la misma dirección que las moléculas cargadas.

Si generamos un campo de inductancia acelerando el movimiento ascendente del líquido cefalorraquídeo, éste atrae la energía acumulada en los tres primeros centros hacia el cerebro. Una vez creada la corriente que fluye de la base de la espina dorsal al cerebro, el cuerpo se comporta como un imán y se crea un campo electromagnético toroide.

Imagina la médula espinal como un cable de fibra óptica que discurre en ambos sentidos: transporta información del cuerpo al cerebro y del cerebro al cuerpo. Cada segundo, un gran volumen de información circula del cerebro al organismo (como el deseo de cruzar la habitación o darte un capricho). Al instante, una enorme cantidad de información procedente del cuerpo asciende por la médula espinal hacia el cerebro (como la consciencia del lugar que ocupa tu cuerpo en el espacio o las señales que indican que estás hambriento). Una vez que aceleras esas moléculas cargadas en un movimiento ascendente por la espina dorsal, el campo de inductancia resultante revertirá la corriente de información que fluye del cerebro al cuerpo y atraerá energía de los tres centros inferiores hacia el cerebro otra vez por la misma vía. Echa un vistazo a la figura 5.10A para ver cómo sucede. El proceso descrito genera una corriente que discurre por el cuerpo y el sistema nervioso central —igual que si fuera un imán— y, a consecuencia de esa corriente, el mismo tipo de campo electromagnético que rodea un imán envuelve el cuerpo, como ves en la figura 5.10B.

El campo electromagnético que has creado es tridimensional y su energía, según se desplaza, crea un campo de torsión o toroide. Por cierto, la forma de este campo electromagnético es un patrón muy habitual en el universo; tiene la misma forma que una manzana, y también que un agujero negro de una galaxia lejana. (Ver figura 5.11.)

Así pues, ahora entiendes por qué empleando esta técnica de respiración movilizas una buena cantidad de energía acumulada. Y si la realizas correctamente y con la frecuencia suficiente, vas a despertar a un dragón dormido.

Desde las manzanas hasta los agujeros negros, la forma toroide es un patrón de creación recurrente en la naturaleza.

Transportando la energía al cerebro

Una vez que has movilizado la energía atascada, el sistema nervioso simpático (un subsistema nervioso autónomo que estimula al cerebro y al cuerpo ante las amenazas del exterior) entra en funcionamiento, y la energía empieza a desplazarse de los tres centros de energía inferiores al cerebro. Sin embargo, en este caso los estímulos no proceden del exterior, sino del sistema simpático, que has estimulado mediante tu propia respiración. Y cuando el sistema nervioso parasimpático (otro subsistema nervioso autónomo que relaja el cerebro y el cuerpo, como sucede después de una buena comida) se incorpora al sistema simpático, la energía que circula por los tres centros inferiores entra, por decirlo de algún modo, a chorro en el cerebro. En el instante en que la energía llega al bulbo raquídeo, una especie de puerta conocida como entrada talámica se abre y cede el paso a esa avalancha de energía.

Y cuando esa gran onda energética procedente del cuerpo inunda el cerebro, entramos en un estado gamma. (Hemos registrado las ondas gamma de numerosos participantes durante la práctica de esta técnica de respiración.) Las ondas gamma —que yo denomino supraconsciencia— son extraordinarias, no sólo porque producen más cantidad de energía que ninguna otra onda cerebral, sino también porque la energía procede del interior del cuerpo en lugar de ser liberada como reacción a un estímulo del entorno, del mundo exterior.

En ese último caso, el cerebro tiende a generar ondas beta altas ligadas a la presencia de hormonas del estrés, lo que te permite estar superalerta a los peligros procedentes del medio ambiente. Cuando tu cerebro genera ondas beta, el mundo exterior te parece más real que el interior. Y, si bien las ondas gamma crean un estado de alerta parecido en el cerebro —que amplifica la sensación de presencia, consciencia, atención y energía relacionada con experiencias más creativas, trascendentes o místicas—, la diferencia radica en que, en el caso de las gamma, lo que sea que está sucediendo en tu mundo interior deviene mucho más real que muchas de las experiencias que has vivido en la realidad exterior. Echa un vistazo a la figura 5.12 para comprobar el parecido entre las ondas cerebrales beta y gamma.

Gracias a la liberación de la energía almacenada en los tres primeros centros del cuerpo, el cerebro se activa y genera ondas gamma. Cuando eso sucede, es posible que pase por un estado beta de camino al grado gamma. Las ondas beta altas suelen manifestarse cuando el cerebro reacciona a un estímulo externo, lo que nos lleva a centrar la atención en el origen del estímulo.

Las ondas gamma aparecen a raíz de estímulos procedentes del ambiente interno, lo que nos induce a prestar atención a lo que sea que esté sucediendo en la mente. La comparación muestra la semejanza de patrones entre ondas beta altas y gamma, si bien las frecuencias de las gamma son más rápidas.

Numerosos alumnos, al poner en práctica esta técnica respiratoria, han generado significativas ondas beta altas de camino al grado gamma (las ondas cerebrales de más alta frecuencia). Algunos, sencillamente, se detienen al llegar al estado beta. Hemos descubierto que los niveles más altos de beta también indican, en ocasiones, que el sujeto presta más atención al mundo interno que al externo. Además de apreciarse más energía en el cerebro tras la práctica de esta técnica respiratoria, hemos observado repetidamente un aumento significativo de la coherencia cerebral.

Echa un vistazo a los gráficos 6A y 6B del encarte en color. Verás los datos correspondientes a dos alumnos que han llevado a cabo la técnica con éxito. Muestran ondas cerebrales beta de muy alta frecuencia en transición a las ondas gamma. Fíjate en la gran amplitud de sus ondas cerebrales en el estado gamma. Cuanta mayor amplitud, más cantidad de energía concentrada en sus cerebros. Los alumnos muestran desviaciones estándar de 160 y 260 por encima de las típicas ondas gamma. Para que tengas un dato de referencia, tres desviaciones estándar por encima de lo normal suele considerarse un resultado alto. En el gráfico 6A(4) puedes comprobar también el incremento de la coherencia cerebral después de la respiración. Las zonas rojas del cerebro muestran una coherencia cerebral sumamente alta en cada uno de los estados registrados.

Cuando pones en práctica esta poderosa técnica respiratoria, atraes la energía que se acumula en los tres centros inferiores —la energía que empleas para el orgasmo y crear una vida, para digerir una comida o huir de un depredador— y en lugar de transformarla en compuestos químicos la desplazas por la columna vertebral (igual que absorberías líquido con una pajita) para liberarla en el cerebro.

De hecho, por la columna vertebral discurre una columna de luz o energía conocida como el tubo prana (ver figura 5.13). Prana es un término sánscrito que significa «fuerza vital». Los yoguis tienen conocimiento de su existencia desde hace miles de años. No se trata de una estructura física, sino energética. El tubo se considera etérico debido a la información eléctrica que recorre constantemente la columna. Cuanta más energía se desplaza por la médula espinal física, más energía se crea en este tubo de luz. Y cuanta más energía se crea en el tubo, más energía se desplaza por la médula espinal y mayor es la expresión de vida. En ocasiones, cuando enseño esta meditación, los estudiantes me dicen: «No noto mi tubo prana». Bueno, en realidad tampoco notas la oreja izquierda a menos que le prestes atención, ¿verdad? Pues, cuando te pida que contraigas los músculos y empujes la energía hacia arriba, estarás proyectando la luz a lo largo de la columna vertebral y creando un tubo prana más poderoso en la médula espinal.

Es importante remarcar que no se trata de una respiración pasiva; se trata de un proceso extremadamente activo y apasionado. Desplazar toda esa energía atascada —energía que lleva ahí acumulada años y años, a veces décadas— requiere un acto de intención y voluntad. Igual que un alquimista transforma metales básicos como el plomo en oro, para sublimar las bajas emociones de supervivencia debes tomar sentimientos tan limitantes como la rabia, la frustración, la culpa, el sufrimiento y el miedo y convertirlos en emociones superiores como amor, gratitud y dicha. Otras emociones con las que puedes conectar son la inspiración, la emoción, el entusiasmo, la fascinación, el asombro, la maravilla, el agradecimiento, la bondad, la abundancia, la compasión, el empoderamiento, la nobleza, el honor, la grandeza, la voluntad inquebrantable, la fuerza y la libertad; por no mencionar la propia divinidad, la pasión ante el espíritu, la confianza en lo desconocido o en el místico o en el sanador que hay en ti.

El tubo prana es una columna de luz o energía que representa el movimiento de la fuerza vital por la médula espinal. Cuanta más energía se desplaza por la columna, más intenso es el campo del tubo prana. Cuanta menos energía circula por la columna, más débil es el prana y, en consecuencia, menos energía vital recibe el cuerpo.

Recuerda, sublimar esa energía requiere un nivel de intensidad mayor que el cuerpo en sustitución de la mente, mayor que tu adicción a cualquier emoción de supervivencia. Debes visualizar que devienes más energía que materia, usar el cuerpo como instrumento de consciencia para atraer hacia arriba la energía. Así pues, no permitas que tu cuerpo sea mente. Recuerda que estás liberando energía acumulada, transformando la culpa, el sufrimiento, la rabia o la agresividad en pura luz evolucionada, y que, según el cuerpo libere esa energía, te liberarás a ti mismo y te sentirás exultante, enamorado de la vida e inspirado por el mero hecho de estar vivo.

Según arrastras la energía por la columna vertebral al llevar a cabo esta meditación, debes acompañar tu aliento en su camino a la cima de la cabeza. Cuando llegue allí, quiero que contengas el aliento al mismo tiempo que sigues contrayendo los músculos del perineo y el abdomen. Cuando lo hagas, aumentarás la presión de la médula espinal y de la columna vertebral. Esa presión, llamada «intratecal», se produce en el interior de un sistema cerrado. Es la misma presión que ejerces cuando contienes el aliento y levantas algo pesado; estás empujando el cuerpo desde dentro. Sin embargo, en este caso, dirigirás la presión, la energía, en un sentido muy concreto para que todo ese líquido cefalorraquídeo suba por la columna y llegue al cerebro.

Cuando ese fluido presurizado llega al fondo del bulbo raquídeo, los centros del cerebro inferior, que incluyen el mismo bulbo raquídeo, el cerebelo y el cerebro límbico, acogen súbitamente la descarga energética a través de una galaxia de núcleos neuronales llamada «formación reticular». Esa energía cruza entonces la entrada talámica hasta el tálamo (la parte del cerebro que envía señales de los receptores sensoriales), que está ubicado en el cerebro medio y hace las veces de caja de empalme. Acto seguido, la corriente energética avanza hacia el centro del cerebro superior, la neocorteza. En ese momento empiezan a generarse las ondas gamma. Cuando la energía llega al tálamo, se libera también a la glándula pineal, y en ocasiones, sucede algo sorprendente. La glándula libera elixires muy poderosos, uno de los cuales anestesia la mente analítica y el cerebro pensante.

Mira la figura 5.14, que muestra el tálamo, la formación reticular, la entrada talámica y el instante en que la energía inunda los centros del cerebro superior.

Según la entrada talámica se abre, una gran cantidad de la energía creativa que se acumulaba en el cuerpo recorre el sistema activador reticular hasta cada uno de los tálamos y la glándula pineal. A continuación la energía es liberada en la neocorteza, lo que genera ondas cerebrales gamma.

Hablaremos largo y tendido de la glándula pineal más adelante. De momento, me conformo con que sepas que, cuando eso sucede, notas algo parecido a un orgasmo en el cerebro. Se trata de una energía muy poderosa que algunos llaman «el movimiento de la kundalini». Personalmente, no me gusta usar esa palabra porque podría evocar opiniones o creencias basadas en interpretaciones erróneas del concepto que podrían llevar a algunas personas a desestimar la técnica, pero quiero que entiendas que ésa es exactamente la energía que generas cuando practicas este tipo de respiración.

Si miras el gráfico 6B(4) del encarte en color, verás que la zona que rodea la glándula pineal se encuentra particularmente activa cuando el alumno entra en estado gamma. Mira las flechas azules. La zona roja representa la activación de la energía de la glándula pineal, así como la zona del cerebro límbico asociada a las emociones intensas y a la formación de nuevos recuerdos. El gráfico 6B(5) es una imagen tridimensional del cerebro del mismo estudiante. Una vez más, la zona pineal muestra una cantidad de energía significativa procedente del interior del cerebro.

Acogiendo las emociones superiores

Acabas de leer cómo el ejercicio de respiración que centra este capítulo despega la mente del cuerpo según libera energía almacenada en los tres primeros centros de energía; los centros de supervivencia. Cuando lo hagas habrá llegado el momento de reprogramar el cuerpo para una nueva mente, la segunda parte de la meditación, que involucra alcanzar estados emocionales superiores.

Quiero aclarar aquí por qué el gesto de acoger emociones superiores es tan poderoso. Como aprendiste cuando hablábamos de los genes en el segundo capítulo, sabemos que es el entorno el que activa el gen y no a la inversa. Si consideramos las emociones el resultado final de una experiencia en un entorno, será la emoción la que desencadene, o no, la expresión del gen.

Cuando alcanzas esas emociones elevadas mediante esta meditación, lo que haces en realidad es activar los genes previamente a la experiencia. El cuerpo desconoce la diferencia entre una emoción generada por una interacción con el ambiente exterior y otra creada internamente a través de una emoción inédita y superior. Así que, cuando accedes a esa emoción superior y generas pensamientos distintos a esos que te mantienen atado al pasado, más elevados, tu cuerpo empieza a prepararse químicamente para el mañana (porque piensa que el mañana ya está sucediendo). Dicho de otro modo, si llevas a cabo la meditación correctamente las veces suficientes, el cuerpo reacciona como si la regeneración física o cualquier otra circunstancia que pretendas manifestar en la realidad material ya se hubiera producido.

Esas emociones elevadas vibran en una frecuencia más alta (y más rápida) que las emociones básicas como culpa, miedo, celos o ira. Y como la vibración transporta información, cuando cambiamos de frecuencia transformamos nuestra energía. Esa nueva energía puede transportar, pues, una información distinta: una consciencia más amplia o intenciones o pensamientos distintos. Cuanto más elevada sea la emoción, más rápida la frecuencia y más te sentirás energía en lugar de materia; y dispondrás de más luz para crear un campo de energía coherente, alejado de la enfermedad e instalado en la salud (o, de hecho, para activar los genes que la favorecen). Cuando tus emociones tienden a limitarte, te sientes más materia y menos energía; y entonces requiere más tiempo generar cambios en la vida.

He aquí un ejemplo: si en algún momento del pasado sufriste una fuerte impresión, una traición o un trauma motivado por algún acontecimiento con una gran carga emocional y arrastras todavía el dolor, la tristeza o el miedo que te provocó, es muy probable que la experiencia se haya grabado en tu anatomía a muchos niveles. También es posible que los genes activados por la experiencia impidan que tu cuerpo se cure. Así pues, para suscitar en tu cuerpo una nueva expresión genética, la emoción interna que experimentes ahora deberá ser más intensa que la generada por la antigua experiencia. La magnitud de tu empoderamiento o la energía de tu inspiración debe superar tu dolor o tu tristeza. Estás cambiando el ambiente interno de tu cuerpo, que es el ambiente externo de la célula; vas a regular al alza los genes de la salud al mismo tiempo que regulas a la baja los de la enfermedad. Cuanto más profunda sea la emoción, con más fuerza estarás llamando a tu puerta genética y mayor será la señal enviada a los genes para que cambien la estructura y el funcionamiento del cuerpo. Así funciona.

Podemos demostrar la eficacia del proceso porque en uno de nuestros talleres avanzados, celebrado en Tampa en 2017, medimos la expresión genética de un total de treinta participantes elegidos al azar.25 Los resultados demostraron que nuestros alumnos eran capaces de cambiar significativamente la expresión de ocho genes en el transcurso de un taller de cuatro días de duración, sencillamente, transformando sus estados internos. Hay una posibilidad entre veinte de que los resultados se deban al azar; es el umbral de relevancia que se suele aplicar en las estadísticas. Las funciones de los genes en cuestión son de largo alcance. Están involucrados en la neurogénesis, la generación de nuevas neuronas como consecuencia de experiencias novedosas y aprendizaje; en la protección del cuerpo contra diversos factores de envejecimiento celular; en la regulación de la regeneración celular, incluida la capacidad de llevar células madre a las zonas del cuerpo que precisan reparación de daños o tejidos envejecidos; en la construcción de estructuras celulares, sobre todo del citoesqueleto (el marco de moléculas rígidas que moldean nuestras células); en la eliminación de radicales libres y, en consecuencia, en el descenso del estrés oxidativo (asociado al envejecimiento y a muchos problemas de salud importantes); y en ayudar al cuerpo a identificar y eliminar células cancerosas, lo que implica impedir el crecimiento de tumores malignos. La estimulación de los genes de la neurogénesis resultó particularmente significativa, porque nuestros estudiantes, durante buena parte del tiempo que pasaron meditando, estaban tan presentes en el mundo interior de su imaginación que sus cerebros creyeron vivir experiencias reales. Mira la figura 5.15 que aparece a continuación para saber cómo actúa cada uno de esos genes y por qué son tan importantes para nuestra salud.

CHAC1

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