Sobrenatural
6 Estudio de casos: vivos ejemplos de la verdad
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6 Estudio de casos: vivos ejemplos de la verdad
Con el paso de los años, he descubierto que los relatos sirven para algo muy importante: para reforzar los contenidos a través de ejemplos prácticos. Conocer la experiencia de otras personas torna la información más real. Cuando nos identificamos con los desafíos y las victorias que una persona ha vivido a lo largo del viaje de una consciencia a otra, empezamos a creer que podemos protagonizar algo parecido. Las historias consiguen también que las ideas expresadas en las enseñanzas se tornen menos filosóficas y más personales.
El estudio de casos que estás a punto de conocer concierne a personas reales que han puesto en práctica la información sobre la que has estado leyendo en capítulos anteriores. Al principio comprendieron los conceptos en un plano intelectual, luego los aplicaron y experimentaron con el cuerpo y, por fin, los transformaron en sabiduría del alma. Para poder protagonizar cambios tan sobrenaturales, esos alumnos, en último término, tuvieron que superar algún aspecto de sí mismos que los condicionaba o limitaba; y si ellos pudieron hacerlo, tú puedes.
Ginny se cura de su dolor crónico de espalda y pierna
El 9 de diciembre de 2013, Ginny conducía por la autopista de Las Vegas cuando su coche recibió un golpe por detrás. Aunque clavó los frenos, el impacto catapultó su coche hacia el coche que tenía delante, lo que provocó un doble impacto. Al momento notó una sensación ardiente en la parte inferior de la espalda al mismo tiempo que un dolor le atravesaba la pierna derecha. Cuando llegaron los paramédicos, describió el dolor como de una intensidad moderada, pero a lo largo de los días siguientes el dolor se había incrementado hasta tornarse agudo. Casi todo el malestar se concentraba en la parte inferior de la columna lumbar, provocado por dos discos herniados (L4 y L5). También experimentaba un dolor que irradiaba por toda la pierna hasta el pie.
Ginny acudía a un quiropráctico tres veces a la semana, pero el dolor empeoró. Entonces visitó a un médico especializado en gestión del dolor, que le recetó relajantes musculares, Neurotin (un medicamento para el dolor causado por daños en los nervios) y Mobic (un antiinflamatorio no esteroide). Al cabo de nueve meses el dolor seguía siendo intenso, así que le pusieron inyecciones en la espalda. No le sirvieron de mucho.
A causa de sus problemas, a Ginny le costaba caminar y apenas si podía conducir. También tenía problemas para conciliar el sueño y nunca lograba dormir más de cuatro o cinco horas cada noche. El dolor constante en la parte inferior de la espalda empeoraba cuando estaba sentada, levantaba peso o permanecía de pie durante mucho rato. A veces no aguantaba más de veinte minutos sentada. Por culpa de todo eso pasaba buena parte del tiempo en la cama, donde lograba cierto alivio si se tendía sobre el lado derecho con las piernas dobladas.
Ginny no podía cuidar de sus dos hijos, de tres y cinco años, y también era incapaz de trabajar tanto como antes. Dependía de su marido para desplazarse a cualquier parte, por cuanto ya no podía conducir. La combinación de todos esos factores empezó a provocar graves problemas financieros y un considerable estrés emocional a la familia. Ginny se deprimió y se enfadó con la vida. Aunque había asistido a uno de mis talleres por primera vez antes del accidente y había empezado a meditar, después del suceso dejó de hacerlo con regularidad porque el dolor era demasiado intenso y no podía sentarse ni concentrarse.
Al cabo de dos años, el doctor le sugirió cirugía lumbar para reparar los discos herniados. Si eso no funcionaba, le dijo, Ginny debería plantearse una intervención más delicada, incluida la fusión espinal. Decidió someterse a la primera operación.
Mientras tanto, el marido de Ginny la convenció para que asistiera a otro de mis seminarios avanzados en Seattle, que comenzó a una semana de la fecha prevista para la operación. Lo pasó muy mal teniendo que volar sentada, pero lo consiguió. Y si bien Ginny se alegró de ver a sus viejas amigas y de conocer a otras nuevas en el taller, también experimentó tristeza y frustración al no poder compartir el entusiasmo de los demás. Lo único que le apetecía era tomar unos cuantos analgésicos y meterse en la cama. La primera noche cuando se disponía a abandonar la reunión, su buena amiga Jill, llena de compasión y de esperanza, le dijo muy convencida:
—Ginny, mañana estarás aquí sentada completamente curada.
Al día siguiente comenzamos la jornada a las seis de la madrugada. Ginny decidió no tomar medicamentos fuertes para poder estar presente en sus meditaciones y disfrutar de la experiencia. Por desgracia, el dolor le impidió concentrarse durante la primera sesión y empezó a preguntarse si no se habría equivocado al apuntarse al seminario.
Durante la segunda sesión, que llevamos a cabo después del desayuno, las cosas empezaron a cambiar. Ginny decidió entregarse a la experiencia y renunciar a juzgarla. La meditación comenzó, como de costumbre, con el ejercicio de respiración para despegar la mente del cuerpo. En el transcurso de éste les pedí a los participantes que se concentraran en dos o tres emociones negativas o aspectos limitadores de su personalidad. Les sugerí que desplazaran toda esa energía acumulada en los primeros tres centros de energía, situados en la base de la columna, hacia el cerebro, y que por fin la liberaran por la cúspide de la cabeza.
En primer lugar, Ginny decidió trabajar su enfado, que, según creía ella, había contribuido a instalar el intenso dolor en su cuerpo. Durante la meditación, notó cómo la energía ascendía por su columna y luego abandonaba su cuerpo por la parte trasera de la cabeza. En segundo lugar, escogió trabajar con su dolor. Mientras trabajaba con la respiración para desplazar buena parte de la energía relacionada con su dolor del cuerpo al cerebro, notó la misma luz que había advertido cuando movilizaba la ira, sólo que esta vez vio que la luz adquiría un brillante tono violáceo. De repente, notó que la energía menguaba y se tornaba menos intensa. La música cambió y empezó la parte principal de la meditación. Ginny se sentía totalmente relajada. Había proyectado toda esa energía fuera de su cuerpo.
Como de costumbre, fui indicando al grupo que se concentrara en las distintas partes de su anatomía y en el espacio que las rodeaba. A continuación los acompañé hasta la oscuridad infinita que es el campo cuántico. Les pedí que se transformaran en un ser sin cuerpo, sin identidad y sin materia, fuera del tiempo y del espacio para mudar en pura consciencia: conscientes de estar presentes en ese espacio infinito. Al principio, mientras les daba instrucciones, Ginny tuvo la clara sensación de estar flotando. Una intensa sensación de paz y amor incondicional se apoderó de ella y perdió la noción de dónde se encontraba. No notaba su cuerpo físico ni tampoco sentía dolor alguno. Sin embargo, estaba totalmente presente y podía oír y seguir las instrucciones que yo le daba.
—Nunca había experimentado nada parecido —me dijo más tarde—. Fue tan profundo que me cuesta expresarlo con palabras. Mis sentidos estaban amplificados y me sentía conectada con todo el mundo, con todo y con todas las cosas, con todos los lugares y los tiempos. Yo era parte del todo y el todo formaba parte de mí. No había separación.
Ginny viajó más allá de su cuerpo, de su entorno y de su tiempo. Su consciencia había conectado con la consciencia del campo unificado (ese lugar en el que, según su descripción, reina únicamente la unidad y no la separación). Había encontrado el punto cero del presente generoso, y su sistema nervioso autónomo había intervenido para regenerar su organismo.
En nuestros talleres avanzados, los estudiantes se tumban después de meditar y ceden el control para que el sistema nervioso autónomo coja el volante y programe sus cuerpos. Al finalizar esta meditación, cuando les pedí a todos que regresaran a sus nuevos cuerpos, Ginny se quedó de una pieza cuando descubrió, al levantarse del suelo, que no sentía absolutamente ningún dolor; un proceso para el cual habría precisado ayuda en circunstancias normales. Echó a andar sin cojear y con la espalda recta.
Hicimos una pausa para comer, pero Ginny no tenía mucha hambre ni le apetecía demasiado hablar. Seguía todavía abrumada por su experiencia meditativa. Tras dos años acarreando un dolor casi constante, sentirse libre de él le parecía increíblemente liberador. Rompió a llorar de alegría y confusión al mismo tiempo. Compartió la buena noticia con dos de sus amigas, incluida Jill (la misma que la noche anterior se había mostrado tan segura de que Ginny se curaría). Éstas animaron a Ginny a probar a hacer movimientos que normalmente no habría podido llevar a cabo a causa del dolor; y los ejecutó sin problema y sin molestias. Según el día proseguía, el dolor de Ginny continuaba sin manifestarse. Ella aún se sentía conectada con el campo unificado.
Por la noche llamó a su marido, quien le dijo que, de algún modo, había presentido que Ginny se iba a librar de su dolor en el taller. La mujer compartió una magnífica cena con sus amigas y, cuando se acostó, no tomó ningún analgésico ni relajantes musculares. Durmió de un tirón por primera vez en años y despertó llena de energía. Al día siguiente, guie al grupo por una meditación en movimiento (de la que hablaré, y que tendrás oportunidad de poner en práctica más tarde). Ginny pudo caminar erguida, sin dolor ni dificultades. No hace falta añadir que canceló la operación y hasta hoy sigue libre de dolor.
Daniel supera su hipersensibilidad electromagnética
Hace unos cinco años, Daniel era (en sus propias palabras) «un emprendedor israelí loco y estresado de veintitantos años» que se obligaba a trabajar diariamente «a todo gas» para crear una empresa de éxito. Las semanas de sesenta horas laborables constituían para él la normalidad. Un día, mientras le chillaba y gritaba a un cliente por teléfono a todo pulmón, notó una especie de estallido en el lado derecho de la cabeza y se desmayó. Cuando despertó, no sabía lo que había pasado ni cuánto tiempo llevaba inconsciente, pero sufría la peor migraña de su vida. Albergaba la esperanza de que el descanso lo ayudara a superarla, pero no fue así.
Para su extrañeza, el dolor aumentaba exponencialmente cada vez que se encontraba cerca de algún objeto que emitía frecuencias electromagnéticas, incluidos teléfonos móviles, ordenadores portátiles, pantallas de vídeo, micrófonos, cámaras, redes de wifi y torres de antenas telefónicas. Si alguien contestaba a un teléfono en sus inmediaciones, Daniel lo notaba. Nunca antes había experimentado nada parecido. De hecho, anteriormente había trabajado en el campo de la informática y jamás había notado nada desagradable por estar cerca de equipos electrónicos de ninguna clase.
Daniel visitó a varios médicos y especialistas distintos, pero ninguno de ellos pudo encontrar la causa. Se sometió a una serie exhaustiva de análisis de sangre, escáneres cerebrales y revisiones físicas, pero todas las pruebas daban resultados negativos. Algunos médicos no daban crédito a sus síntomas e incluso lo trataban con condescendencia; ponían los ojos en blanco cuando Daniel relataba sus problemas. Algunos intentaron recetarle antidepresivos, pero él no los tomó. Le dijeron que su dolor era de índole mental (y, por supuesto, lo era, pero no en el sentido que apuntaban los médicos).
A continuación, Daniel empezó a acudir a médicos de orientación holística y éstos sospecharon de la presencia de un síndrome raro llamado «hipersensibilidad electromagnética» (HSE). Si bien la existencia de la HSE sigue siendo objeto de controversia entre la comunidad médica, la Organización Mundial de la Salud reconoce el síndrome.26 Todavía no conocemos los mecanismos de la HSE, pero si consideras que el cerebro está formado de agua en un 78 por ciento y que el agua, si contiene minerales (como los que alberga el organismo normalmente, incluidos calcio y magnesio), conduce la electricidad, entenderás que para las personas hipersensibles esa carga electromagnética natural se amplifica de algún modo en presencia de cosas que emiten ese tipo de radiaciones.
Igual que muchas personas que padecen ese síndrome, Daniel experimentaba dolores crónicos y fatiga además de las migrañas. Podía dormir doce horas y, pese a todo, levantarse agotado. Un médico de orientación holística le sugirió que tomara cuarenta suplementos nutricionales al día para combatir los síntomas, pero nada cambió. Seguía en un estado próximo a la agonía. Poco tiempo después, Daniel tuvo que cerrar el negocio. Se endeudó y perdió aquello que tanto esfuerzo le había costado. Por último se declaró en bancarrota y tuvo que mudarse a vivir con su madre.
—Básicamente, me retiré de la vida —me confesó—. Era una especie de zombi, porque no podía pensar, ni concentrarme, ni hacer nada. Ningún remedio me ayudaba, y cada vez que me acercaba al mundo real me asaltaba un terrible dolor de cabeza.
De hecho, Daniel me dijo que si se encontraba en las inmediaciones de cualquier objeto que emitiera una señal, sus dolores de cabeza eran mil veces peores. Su situación era tan crítica que se hundió emocionalmente. Daniel pasaba buena parte del tiempo acurrucado en la cama de su minúscula habitación, en casa de su madre, llorando de dolor.
—Estaba tirando mi vida por la ventana —me relató—. Mis amigos se casaban, tenían hijos, ascendían en su profesión, compraban casas, todo.
Cuando empezó a pensar en el suicidio, sus amigos y su familia lo empujaron a buscar cualquier tipo de ayuda.
A causa de la fatiga crónica, la depresión y el dolor agudo, Daniel tan sólo disponía de media hora de energía al día, así que empezó a emplear ese tiempo en buscar algo que pudiera ayudarlo. Tres años después de que comenzaran sus síntomas, leyó mi libro El placebo eres tú.
—Se me encendió una bombilla —me dijo el día que lo conocí, durante uno de mis talleres más recientes—. Supe que acababa de encontrar la solución.
Así que empezó a poner en práctica la meditación para cambiar convicciones y percepciones de la que hablo en ese libro. Muy despacio, con el tiempo, el dolor de Daniel empezó a remitir, así que siguió meditando. Al cabo de unos meses descubrió la meditación para bendecir los centros de energía y empezó a practicarla.
—La primera vez que la puse en práctica —me reveló Daniel— sucedió algo que no supe cómo explicar.
Al llegar al sexto centro de energía tuvo la sensación de que se desplegaba un espectáculo de luces en su cabeza. Vio cómo distintas zonas del cerebro que parecían apagadas se iluminaban súbitamente y se comunicaban entre sí. Entonces un enorme haz de «luz amorosa», según sus propias palabras, salió disparado de la parte superior de su cabeza. La experiencia interna se le antojó más real que el recuerdo de su vivencia pasada, aquella que había provocado el dolor de buen comienzo.
A partir de ese momento, Daniel notó un cambio significativo. Después de meditar disponía de diez minutos libres de dolor. Los periodos se fueron alargando hasta que, unos meses más tarde, el dolor desapareció por completo. Entonces se le ocurrió usar las meditaciones para cambiar su estado interno mientras se exponía a los mismos campos electromagnéticos que lo enfermaban. Así que empezó a meditar delante del móvil y del portátil. Al principio le resultó doloroso, pero, igual que la vez anterior, el dolor lo abandonaba al principio justo después de meditar, y luego, con el paso del tiempo, los periodos de calma se fueron alargando.
Por fin Daniel se sintió preparado para otro gran paso. Alquiló un escritorio en un espacio de trabajo compartido y decidió sentarse allí a meditar, rodeado de redes wifi, ordenadores, microondas y todo tipo de frecuencias electromagnéticas. Si bien las primeras semanas lo pasó mal, la cosa fue mejorando. Al cabo de un tiempo, era capaz de meditar cinco horas diarias en aquel entorno sin experimentar molestias. Por fin las migrañas de Daniel desaparecieron, como también el dolor crónico y la fatiga.
Hoy día, Daniel se considera curado al cien por cien. Volvió a trabajar y pagó las deudas. Y he aquí el giro inesperado: Daniel trabaja únicamente una hora y media al día, pero gana más que cuando vivía estresado para conseguir que su vida fuera tal y como él quería. Ahora disfruta a tope de la vida.
Jennifer, en la enfermedad y en la salud
Hace cinco años, los médicos le diagnosticaron a Jennifer varias enfermedades que se sumaron a los numerosos problemas de salud que ya sufría. En total, los diagnósticos incluían unos cuantos trastornos autoinmunes (lupus eritematoso y síndrome de Sjögren con complejo sicca), problemas gastrointestinales (enfermedad celiaca, intolerancia a salicilatos e intolerancia a la lactosa), asma crónico, afección renal, artritis y un vértigo tan agudo que a menudo acababa vomitando.
Cada día era un suplicio. El mero gesto de cepillarse los dientes le suponía un calvario porque carecía de fuerza suficiente para mantener el brazo en alto mucho rato. Su pareja, Jim, a menudo tenía que cepillarle el pelo. Cuando Jim estaba de viaje por negocios, lo que sucedía a menudo, Jennifer tenía que echarse una siesta después del trabajo si quería reunir fuerzas suficientes para preparar la cena.
—Lo peor de todo era la sensación de ser una pésima madre, porque no podía hacer nada con mis hijos… y eso me partía el corazón —me confesó—. Me pasaba durmiendo casi todo el fin de semana porque, de no hacerlo así, el lunes no podía levantarme para ir al trabajo. Todas las fotos alegres del fin de semana que colgaba en Facebook habían sido tomadas en el transcurso de una hora.
En esa época Jennifer sólo pesaba 48 kilos y tenía problemas para andar a causa de la artritis y de la hinchazón que sufría en tobillos y rodillas. El dolor y la artritis le impedían usar la mano derecha para abrir envases o cortar verduras. En ocasiones se tumbaba en la cama y se golpeaba los brazos contra la mesilla de noche para detener el dolor. Su cuerpo se encontraba en un estado constante de inflamación aguda. Ni siquiera los especialistas que visitaba la podían ayudar; le decían que tendría que aprender a vivir con sus dolencias lo mejor que pudiera. Aunque nunca lo reconoció ante nadie, Jennifer temía que le quedaran pocos años de vida. Tal vez ella estuviera a punto de tirar la toalla, pero su pareja, Jim, no.
Cada noche, Jim leía un libro tras otro en busca de alguna solución alternativa. Mientras tanto, animaba a Jennifer a que no dejara de luchar. Un día, Jim se topó con El placebo eres tú y leyó la historia de una mujer con problemas similares a los de su pareja que había logrado curarse a sí misma. Decidieron que Jennifer asistiera a un taller.
Dos meses más tarde, en junio de 2014, Jennifer se inscribió en un retiro de fin de semana que celebramos en Sídney, Australia. Empezó a encontrarse un poco mejor y se apuntó a uno avanzado que tuvo lugar en México. Por desgracia, en la época en que estaba programado el taller, desarrolló una piedra en el riñón de 8,5 milímetros y el médico se negó a dejarla subir a un avión. Así que se lo perdió, pero siguió meditando (levantándose a las cinco menos diez de la mañana cada día), y cuando celebré el siguiente taller avanzado en Australia al año siguiente, tanto ella como Jim asistieron.
—Recuerdo que la primera noche apenas si pude subir las escaleras que llevaban a la habitación, lo que era normal en mi caso —me contó—. Pero, al finalizar el taller, iba de acá para allá como cualquier persona sana y no tuve que usar el medicamento para el asma. El día antes de nuestra partida, Jim dijo que tenía tan buen aspecto que debía probar a comer con normalidad. Nerviosa, probé unos cuantos bocados… ¡y no sufrí efectos adversos! Ni molestias, ni asma, ni calambres, ni dolor de cabeza; ¡nada! Fue la mejor pizza que he comido en mi vida.
Cuando meditaba, Jennifer lo daba todo. Conectaba una y otra vez con la salud en potencia y notaba chorros de energía recorriendo su cuerpo que la acompañaban a lo largo del día. Durante la meditación, cuando les pedí a los estudiantes que vivieran desde el nuevo estado de su ser, ella imaginó los golpes de sus pies contra el suelo y se oyó jadear mientras corría contenta. Al final de la meditación, Jennifer lloraba de alegría. Con el tiempo indujo a su cuerpo a olvidar las sensaciones, los sonidos y los sabores de la enfermedad. Elevó su energía, cambió su frecuencia, programó su cuerpo para una nueva mente y activó genes que regeneraron su organismo.
—Ahora me alimento con normalidad —comenta— y no he vuelto a necesitar el medicamento para el asma desde junio de 2015. Puedo caminar dieciséis kilómetros al día y levantar veinte kilos. Hago ejercicio y me he propuesto el objetivo de correr media maratón, algo que haré muy pronto.
Felicia supera un eccema
Felicia padecía eccema e infecciones de piel intermitentes desde los tres meses de edad. El alivio a corto plazo que le procuraba una dieta estricta y una combinación de medicamentos (cremas, esteroides, antihistamínicos, antifúngicos, antibióticos y otros parecidos) nunca mantenía el problema a raya durante mucho tiempo.
En 2016, Felicia, médico británica de 34 años, estaba cada vez más frustrada con los límites que planteaba su profesión. Tras una década de práctica clínica, en el transcurso de la cual había visitado a más de 70.000 enfermos, empezaba a notar una sensación de impaciencia y desconexión parecida en sus pacientes. Buscando soluciones con base científica más satisfactorias, llegó a mi trabajo. Intrigada ante la posibilidad y ávida de ideas y soluciones alternativas pero empíricamente demostradas, Felicia se apuntó a un taller de fin de semana.
—El seminario me cambió la vida —afirma—. Me proporcionó herramientas para revisar convicciones acerca de mí misma que me limitaban, y cambió mi visión de lo que son capaces nuestros organismos. —La técnica de la respiración la intrigó particularmente—. Debo reconocer —dice— que era algo escéptica y me refrené. No me concedí permiso para rendirme del todo al proceso.
Felicia siguió meditando a diario a lo largo de los meses siguientes. Su piel mejoró y materializó con éxito nuevas relaciones en su vida. Inspirada, buscó maneras de dar un giro a su práctica clínica para adoptar un enfoque más holístico. Sin embargo, para su decepción, ninguna de las mutuas de salud del Reino Unido aceptaba incluir en sus seguros enfoques no convencionales. Felicia se sintió atrapada y, en diciembre de 2016, el eccema y las infecciones de piel reaparecieron.
A pesar de todo, ella siguió meditando e incluso se apuntó a un taller avanzado en el que creó su propia «película mental» previa (una poderosa herramienta para materializar deseos diversos que te explicaré en un capítulo posterior). Concibió unas intenciones muy claras de cara a su futuro, que incluían imágenes de piel sana así como una imagen de un micrófono en un escenario con la afirmación: «Inspiro a los demás compartiendo la verdad sin temor».
El primer día del taller avanzado, pusimos en práctica la técnica de la respiración para estimular la glándula pineal y, en esta ocasión, Felicia decidió no contenerse y entregarse por completo al proceso.
—Advertí que mi respiración empezaba a acelerarse —recuerda—. Una energía arrolladora se estaba acumulando en mi garganta. La sensación se intensificó hasta tal punto que temí no ser capaz de respirar. Asustada, cambié de posición y retorné al antiguo estado de mi ser durante el resto de la meditación.
Al día siguiente, el cerebro de Felicia contaba con todo el equipo necesario para la última meditación. Consideró que se le brindaba una oportunidad increíble de experimentar ese nuevo nivel de información. Atrapada en una profesión que predica la limitación, pensó: ¿Y si pudiera demostrar a los escépticos, así como a los creyentes, hasta qué punto somos ilimitados en realidad? Con este pensamiento en la mente, decidió usar la respiración para conectar con el campo unificado —a través de una emoción superior de pura libertad y liberación— pasara lo que pasase.
Cuando comenzó la meditación, se abrió a la posibilidad y a lo desconocido. Enseguida se percató de que su respiración empezaba a cambiar y la misma energía arrolladora se concentraba en su garganta. Cada vez que la sensación se intensificaba, en lugar de dejarse vencer por el miedo, como hiciera el día anterior, permaneció en el proceso. Devolvió el cuerpo al momento presente, hizo caso omiso de la distracción y dedicó toda su energía y consciencia a conectar con el campo, con la verdad y el amor. Su cuerpo opuso resistencia, pero después, de vencer una y otra vez las luchas internas, se rindió por fin.
—Al otro lado me esperaba una maravillosa explosión de energía y una conexión instantánea con una consciencia amorosa que se encontraba dentro de mí y alrededor —relata—. Fue una sensación de conocimiento absoluto, de puro amor y reconocimiento, acompañada de la dicha más abrumadora que he experimentado en toda mi vida. Fue igual que volver a casa. Eso fue lo que sentí, una profunda unidad. Mientras tanto, era consciente de lo que percibían mis sentidos. Oía a los científicos decir algo de un «ataque» a mi espalda.
Contábamos con nuevos miembros en el equipo de neurocientíficos, y nunca habían presenciado ese tipo de energía en el cerebro.
Siendo doctora en medicina, esa afirmación un tanto alarmante habría preocupado a Felicia en otras circunstancias, pero comprendió que, en esos instantes, estaba experimentando la verdad y la libertad absolutas por primera vez. Durante las horas siguientes a la meditación, se sintió ligeramente mareada, pero más liviana que antes en el plano físico.
Si echas un vistazo a los escáneres cerebrales de los gráficos 7A-7C, comprobarás que el cerebro de Felicia exhibe los cambios que solemos presenciar cuando una gran cantidad de energía inunda el cerebro. Al principio muestra las habituales ondas beta, que transitan hacia las beta altas antes de entrar en el estado gamma de alta energía. La desviación estándar de las ondas cerebrales gamma es 190 veces por encima de lo normal. La zona que rodea la glándula pineal, así como la parte del cerebro que procesa las emociones intensas, se encuentra enormemente activada.
Durante los días siguientes, Felicia empezó a experimentar una sensación de intrepidez e hilaridad que emergía desde su interior. También protagonizó una serie de sincronicidades; incluida la materialización de la escena de su «película mental», en la que aparecía hablando por un micrófono en un escenario. De hecho, sin saber que la escena formaba parte de su película, la invité a subir a escena para compartir su experiencia. Ya estaba en casa cuando se percató de que el eccema había dejado de molestarla.
—Me miré la piel y todas las erupciones que la surcaban hacía sólo unos días habían desaparecido —informó. (Mira el gráfico 7D del encarte en color. Tomamos las primeras fotos antes del taller. El segundo juego de fotografías están tomadas al día siguiente, después del evento. El eccema ya no está.)
Hoy en día, Felicia no toma medicación y su piel sigue limpia de marcas. Su vida continúa tomando derroteros inesperados, emocionantes y sorprendentes.
—Me siento tan agradecida de haber descubierto que no hay límites para ninguno de nosotros —me dijo—. Fíjate bien en lo que te digo, si una doctora antes desencantada y profundamente cerebral puede hacerlo, cualquiera puede.