Sobrenatural

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7 La inteligencia del corazón

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7 La inteligencia del corazón

Desde que los primeros humanos empezaron a dibujar sus relatos en las paredes de sus cuevas y en tablillas de piedra, el corazón aparece, igual que un hilo enhebrado en la aguja del tiempo, en todas las historias como símbolo de salud, sabiduría, intuición, guía e inteligencia superior. Los antiguos egipcios, que se referían al corazón como ieb, pensaban que éste, y no el cerebro, era el centro de la vida y la fuente de la sabiduría humana. Los mesopotámicos y los griegos lo consideraban la sede del alma. Los griegos, sin embargo, lo contemplaban como una fuente de calor independiente en el interior del cuerpo, mientras que los mesopotámicos lo suponían un fragmento del calor del Sol. Incluso llevaban a cabo sacrificios humanos que consistían en extraer un corazón humano todavía latiente para ofrecérselo al Dios Sol. Los romanos pensaban que el corazón era el órgano más cargado de fuerza vital de todo el cuerpo.

En el siglo xvii, durante los primeros años de la revolución científica, el filósofo francés René Descartes arguyó que la mente y el cuerpo eran dos sustancias totalmente distintas. A causa de este enfoque mecanicista del universo, la gente empezó a contemplar el corazón como una máquina extraordinaria. El funcionamiento del corazón en tanto que bomba extractora empezó a eclipsar su naturaleza de vínculo con una inteligencia innata. A través de la investigación científica, el corazón dejó de ser reconocido como la conexión del ser humano con sus sentimientos, sus emociones y su ser superior. Sólo gracias a una nueva vertiente de la ciencia, desarrollada a lo largo de las últimas décadas, hemos empezado a reconsiderar, entender y reconocer el verdadero papel del corazón como generador de campos electromagnéticos y vínculo con el campo unificado.

Sabemos que el corazón, al margen de su papel evidente para mantener la vida, no es una mera bomba muscular que envía sangre al cuerpo, sino un órgano capaz de influir en nuestros sentimientos y emociones. Se trata de un órgano sensorial que nos orienta en la toma de decisiones al mismo tiempo que contribuye a nuestra comprensión de nosotros mismos y de nuestro lugar en el mundo. Como símbolo, trasciende el tiempo, el espacio y la cultura. Pocos cuestionan la premisa de que, si conectamos con el conocimiento interno del corazón, podemos acceder a su sabiduría como fuente de amor y guía superior.

Tal vez te preguntes cómo es posible que, de todos los órganos del cuerpo (como el bazo, el hígado o los riñones), el corazón sea el único que posee inteligencia. Desde 2013, hemos avanzado enormemente en el cálculo y la cuantificación de la coherencia y la transformación, dos conceptos esenciales para comprender el papel del corazón. Casi todo el mundo reconoce que los más elevados sentimientos del corazón nos conectan con la consciencia del amor, la compasión, la gratitud, la dicha, la unidad, la aceptación y el altruismo. Todos esos sentimientos nos colman y nos hacen sentir más plenos y conectados, a diferencia de las emociones del estrés, que dividen comunidades y merman nuestra energía vital. El problema radica en que esos sentimientos superiores del corazón a menudo surgen por azar —en función de algún acontecimiento acaecido en el entorno— en lugar de ser algo que podamos evocar a voluntad.

No cabe duda de que supone un gran desafío conservar el equilibrio mental y emocional en la cultura actual, acelerada, estresante, centrada en la productividad y en el «acaba cuanto antes», y que la pérdida de ese equilibrio puede tener graves consecuencias para la salud. Por ejemplo, a comienzos del siglo xx casi nadie moría por un fallo cardiaco, mientras que hoy es la causa principal de muerte entre hombres y mujeres por igual. Cada año, tan sólo en los Estados Unidos, las enfermedades cardiacas cuestan aproximadamente doscientos siete mil millones de dólares en servicios de salud pública, medicamentos y pérdida de productividad.27 El estrés es uno de los factores que más contribuyen a las enfermedades cardiovasculares y está alcanzando niveles de epidemia. Afortunadamente, existe un antídoto. Estudiando e investigando los diversos aspectos de la coherencia cardiaca hemos descubierto que podemos, de hecho, regular nuestros estados internos con independencia de cuáles sean las circunstancias del ambiente exterior. Igual que cualquier otro aprendizaje, generar voluntariamente coherencia cardiaca requiere conocimientos, dedicación y práctica.

Para el desarrollo de nuestro saber acerca del corazón ha sido fundamental la asociación con el Instituto HeartMath (HMI), artífice de un trabajo pionero y revolucionario sobre el tema. El HMI es una organización de investigación y educación sin ánimo de lucro dedicada a comprender mejor la coherencia cerebro-corazón. Desde 1991, el HMI ha investigado y desarrollado herramientas fiables con base científica para ayudar a las personas a reforzar el vínculo entre el corazón y la mente, así como a profundizar la conexión con los corazones de los demás. Su objetivo consiste en proporcionar ayuda para armonizar los sistemas físico, mental y emocional mediante la guía intuitiva que brinda el corazón.

El fundamento de esta asociación es la creencia compartida de que, para cambiar su futuro, una persona debe combinar una intención definida (cerebro coherente) con una emoción superior (corazón coherente). Las investigaciones del HMI demuestran que, si le sumamos a una intención o pensamiento (que, como ya has leído, se comportan como una carga eléctrica) un sentimiento o emoción (que, como ya sabes, actúa como una carga magnética), podemos transformar nuestra energía biológica. Y cuando transformamos nuestra energía, transformamos nuestra vida. La unión de esos dos elementos ejerce efectos constatables en la materia, por cuanto separa nuestra biología del pasado conocido para llevarla al nuevo futuro. En los talleres que llevamos a cabo por todo el mundo, enseñamos a los alumnos a mantener y sostener esos estados internos superiores para que dejen de vivir como víctimas de las circunstancias, dando bandazos de una emoción a la siguiente, y empiecen a vivir como creadores de su realidad. A través de este proceso, creamos un nuevo estado del ser o personalidad distinta que favorece a su vez una nueva realidad personal.

Durante los últimos años, uno de los objetivos de nuestra asociación con el HMI ha sido enseñar a los estudiantes a regular y sostener voluntariamente algo llamado «coherencia cardiaca». La coherencia se refiere a la función fisiológica del corazón que le permite latir de manera consistente, rítmica y ordenada, como el latido regular de un tambor. Por el contrario, cuando el corazón no funciona de manera ordenada aparece la incoherencia. Un corazón coherente nos permite acceder a la inteligencia del corazón, que el HMI define como

el flujo de consciencia y conocimiento que experimentamos cuando la mente y las emociones entran en un estado de equilibrio y coherencia a través de un proceso autoprovocado. Esta forma de inteligencia se experimenta como un saber directo e intuitivo que se manifiesta en pensamientos y emociones para nuestro propio beneficio o el de los demás.28

Como descubrirás en este capítulo, los beneficios de la coherencia cardiaca son numerosos, incluidos un descenso de la presión sanguínea, una mejora del sistema nervioso y del equilibrio hormonal y un desarrollo de las funciones cerebrales. Cuando sostienes estados emocionales superiores con independencia de las condiciones externas, puedes acceder al tipo de intuición privilegiada que genera una mejor comprensión de uno mismo y de los demás. Un corazón coherente ayuda a prevenir patrones de estrés, incrementa la claridad mental y favorece una mejor toma de decisiones.29 Además de los resultados de las investigaciones del HMI, nuestros datos apuntan con claridad a que las emociones centradas en el corazón, cuando son sostenidas, favorecen una expresión genética más sana.30

La coherencia cardiaca empieza por el latido del corazón regular y coherente que se manifiesta cuando cultivamos, practicamos y sostenemos emociones superiores. Dichas emociones incluyen gratitud, reconocimiento, agradecimiento, inspiración, libertad, bondad, altruismo, compasión, amor y dicha. Los beneficios de un latido coherente se notan en todos los sistemas del cuerpo. Consciente o inconscientemente, muchos de nosotros practicamos la infelicidad, la rabia o el miedo a diario. Así pues, ¿por qué no practicar la creación y el mantenimiento de estados alegres, amorosos y altruistas en vez de esos otros? ¿No acabaríamos por crear un nuevo orden interno que redundase en mayor salud y bienestar general?

El puente del corazón

Como has leído en el capítulo que describía la bendición de los centros de energía, el corazón, ubicado detrás del esternón, es el cuarto centro de energía. Constituye el puente a mayores niveles de consciencia y energía, así como el primer centro de nuestra energía divina. El corazón es la intersección entre los tres centros de energía inferiores (asociados a un organismo sano) y los tres centros de energía superiores (asociados al ser superior). Nos conecta con el campo unificado y representa la unión de la dualidad o la polaridad. En este centro, la separación, la división y la energía polarizada se unifican; los opuestos —el yin y el yang, el bien y el mal, lo positivo y lo negativo, lo masculino y lo femenino, el pasado y el futuro— se funden para convertirse en uno.

Cuando el corazón se torna coherente, el sistema nervioso incrementa la energía, la creatividad y la intuición del cerebro, lo que influye positivamente en casi todos los órganos del cuerpo. En ese momento, el corazón y el cerebro trabajan en cooperación, de tal modo que te sientes más completo, conectado y satisfecho; no sólo respecto a tu propio cuerpo, sino también en relación con todos y con todo. Cuando el corazón rige tu estado, la plenitud que experimentas elimina cualquier sentimiento que puedas albergar de carestía o necesidad. Desde este creativo estado de plenitud y unidad, la magia se manifiesta en tu vida, porque ya no estás creando desde la dualidad o la separación; ya no esperas que algo externo a ti venga a poner remedio a tus sentimientos internos de falta, vacío o separación. En vez de eso, te vas familiarizando cada vez más con tu nuevo ser, con tu ser ideal, y creas inéditas experiencias de ti mismo. Si continúas activando el centro del corazón de manera correcta y las veces suficientes durante el proceso creativo, a diario, con el tiempo te sentirás más y más como si el futuro ya hubiera acaecido. ¿Cómo vas a experimentar un sentimiento de falta o necesidad si te sientes pleno?

Si los primeros tres centros reflejan nuestra naturaleza animal y se basan en la polaridad, los opuestos, la competición, la necesidad y la carencia, el cuarto centro da comienzo al viaje a la naturaleza divina. Desde el centro del corazón transformamos la mente y la energía de tal modo que dejamos de existir desde el egoísmo para pasar a existir desde el altruismo. En ese estado, la separación y la dualidad nos afectan menos y, en cambio, somos más propensos a hacer elecciones que redunden en el bien común.

Todos hemos notado la consciencia del centro del corazón alguna vez. Esta energía tiene que ver con sentirte colmado y en paz contigo mismo y con todo lo que te rodea. Cuando acogemos los sentimientos relacionados con el corazón —sentimientos que nos llevan a dar, nutrir, servir, cuidar, ayudar, perdonar, amar, confiar y tantos otros— experimentamos, lo queramos o no, plenitud, satisfacción e integración. Creo que ese estado constituye la naturaleza innata del ser humano.

Homeostasis, coherencia y resiliencia

Como ya has aprendido, el sistema nervioso autónomo, la parte involuntaria del sistema nervioso, se divide en dos subsistemas: el sistema simpático y el parasimpático. Cuando está en funcionamiento, el sistema nervioso simpático regula los actos y las reacciones inconscientes del cuerpo, como la aceleración de la respiración, la elevación de la frecuencia cardiaca, el exceso de transpiración, la dilatación de las pupilas y más. Su función principal consiste en estimular la reacción de lucha o fuga ante un peligro real o percibido. Ese sistema trabaja para protegernos del ambiente externo. El sistema nervioso parasimpático complementa al sistema nervioso simpático en cuanto que ejecuta las funciones exactamente opuestas. Se encarga de conservar la energía, relajar el cuerpo y ralentizar las funciones de alto rendimiento del sistema simpático. El sistema parasimpático se encarga de proteger nuestro sistema interno. Si el sistema nervioso autónomo fuera un coche, el sistema parasimpático sería el freno, y el simpático, el acelerador. Estas dos ramas del SNA comunican constantemente el corazón con el cerebro; de hecho, el corazón y el cerebro comparten más conexiones nerviosas que cualquier otro sistema del cuerpo.31 El sistema simpático y el parasimpático trabajan todo el tiempo para mantener un estado de homeostasis (equilibrio relativo entre todos los sistemas) en el cuerpo.

Cuando el organismo se encuentra en homeostasis, solemos sentirnos relajados y a salvo en el entorno que nos envuelve. Instalados en este estado en que los sistemas del cuerpo trabajan en armonía y el gasto de energía es mínimo, podemos influir voluntariamente en el sistema nervioso para generar coherencia. Si queremos acceder a esas emociones que producen coherencia, las conexiones neuronales entre el corazón y el cerebro deben funcionar a la perfección, de manera equilibrada y coordinada. Cuando el corazón late de manera coherente y ordenada, aporta coherencia también al SNA, que a su vez mejora las funciones cerebrales, y eso nos lleva a ser más creativos, centrados, racionales y conscientes y a estar más abiertos al aprendizaje.

Como ya sabes, lo contrario de la coherencia es la incoherencia. Cuando el corazón late de manera incoherente nos sentimos desequilibrados, ansiosos, nerviosos y desconcentrados. Como el cuerpo opera en modo de supervivencia, funcionamos desde un lugar más animal y primitivo que cuando accedemos a las emociones que surgen del corazón, más humanas y divinas. La incoherencia procede del estrés, que es la reacción del cuerpo y la mente a interferencias y molestias del ambiente externo. Si el sistema nervioso parasimpático funciona óptimamente cuando nos sentimos a salvo, el simpático tiende a activarse cuando nos invade la inseguridad. El estrés que experimentamos en esas circunstancias no depende necesariamente del estímulo exterior, sino que puede ser la consecuencia de reacciones emocionales mal gestionadas.

El cuerpo, en un estado de homeostasis, se parece a una máquina sofisticada y bien calibrada, pero cuando nos instalamos en emociones como el resentimiento, la rabia, los celos, la impaciencia y la frustración perdemos el equilibrio interno. Piensa en alguna experiencia reciente que te haya estresado; seguramente tuviste la sensación de que habías perdido el ritmo. (De hecho, es eso exactamente lo que le sucede al corazón; late de forma desacompasada.) En un estado de estrés crónico, el cuerpo se esfuerza por mantener la homeostasis, y es posible que empecemos a sufrir infinidad de síntomas relacionados con el estrés. Esta desazón constante se alimenta del campo invisible de energía que envuelve el cuerpo y merma nuestra fuerza vital, de tal modo que el tiempo y la energía para la reparación y la restauración quedan reducidos al mínimo. Como el cuerpo pasa a depender de las hormonas del estrés, nos vemos atrapados en un bucle adictivo en el que la incoherencia y el caos empiezan a constituir la normalidad, pero ¿a qué precio?

Los efectos del estrés a largo plazo pueden ser catastróficos. Según una investigación de la clínica Mayo centrada en personas con dolencias cardiacas, el estrés psicológico es el mayor predictor de futuros fallos cardiacos, incluidos muerte cardiaca, paro cardiaco y ataque al corazón.32 Muchas de las personas que padecen estrés crónico ni siquiera se dan cuenta de que viven en ese estado hasta que sufren un problema tan grave como un infarto. Es lógico pensar, pues, que si el corazón late de manera incoherente durante largos periodos de tiempo y no funciona de manera equilibrada y ordenada, fallará antes o después.

Para gestionar el estrés, es crucial una cualidad que conocemos como «resiliencia», que el HMI define como «la capacidad de prepararse, recuperarse y adaptarse frente al estrés, la adversidad, el trauma o el desafío».33 La resiliencia y la gestión de las emociones son fundamentales en numerosos procesos psicológicos implicados en la regulación de la energía, la rapidez con la que el cuerpo se repone tras una reacción de estrés y la capacidad para conservar la salud y mantener la homeostasis.

VRC: comunicación entre el corazón y el cerebro

Nos han hecho creer que el cerebro gobierna nuestra biología. Si bien esa afirmación es verdad en parte, también es cierto que el corazón es un órgano autorrítmico, lo que significa que el latido se origina en el interior del corazón y no por una orden del cerebro. Por ejemplo, es sabido que a numerosas especies se les puede extraer el corazón del cuerpo y depositarlo en una solución salina llamada «solución Ringer», donde seguirá latiendo durante largos periodos de tiempo… con independencia de cualquier conexión neurológica con el cerebro. En el caso del feto, el corazón empieza a latir antes de que el cerebro se haya formado siquiera (a las tres semanas de vida aproximadamente), mientras que la actividad eléctrica del cerebro no comienza hasta la quinta o la sexta semana de vida.34 Eso demuestra que el corazón posee la capacidad de tomar la iniciativa de la comunicación con el sistema nervioso central.

Otro factor que presta singularidad al corazón es el hecho de que contiene nervios pertenecientes a las dos ramas del SNA. Eso significa que cualquier cambio, tanto en el sistema nervioso parasimpático como en el simpático, afecta al funcionamiento del corazón entre latido y latido. El dato es importante porque, tanto si somos conscientes de ello como si no, cada emoción que experimentamos influye en el ritmo cardiaco, por cuanto el corazón recibe la información a través del sistema nervioso central. En ese sentido, el corazón, el cerebro límbico y el SNA están íntimamente relacionados, porque el equilibrio o desequilibrio de uno de ellos afecta a los demás. (Por cierto, el cerebro límbico —la sede del sistema nervioso autónomo— también se conoce como «cerebro emocional»; así pues, cuando transformas tus emociones estás modificando tus funciones autónomas.) Hoy día, mediante el análisis de la variabilidad del ritmo cardiaco, la ciencia es capaz de pronosticar cómo se encuentra una persona con una precisión del 75 por ciento. Basta echar un vistazo a la actividad de su corazón de un latido a otro.35

La VRC (variabilidad del ritmo cardiaco) es un fenómeno fisiológico que permite evaluar los desafíos ambientales y psicológicos en función de la variación del intervalo entre latido y latido del corazón (de ahí el término variabilidad). Entre las utilidades que ofrece, la VRC permite calcular la flexibilidad del corazón y el sistema nervioso (como indicador de salud y buena forma física), así como el grado de equilibrio en nuestra vida mental y emocional.36 Analizando los ritmos del corazón, los científicos detectan patrones que nos ayudan a entender mejor cómo procesan los seres humanos las emociones y los efectos de los sentimientos y las emociones en nuestro bienestar. En ese sentido, la investigación extensiva sobre la VRC nos ofrece una perspectiva privilegiada de los mecanismos de comunicación entre el corazón, el cerebro y las emociones.37

Numerosos estudios demuestran que poseer un nivel moderado de variabilidad nos hace más capaces de adaptarnos a los desafíos de la vida.38 Sin embargo, un nivel bajo de variabilidad en la frecuencia cardiaca constituye un predictor importante e independiente de futuros problemas de salud, incluidas todas las causas de mortalidad.39 Una baja VRC se asocia también con numerosas enfermedades. Cuando somos jóvenes mostramos una variabilidad mayor, pero, a medida que envejecemos, ésta se va reduciendo. Los patrones de VRC son tan consistentes que, cuando los científicos echan un vistazo a este parámetro, pueden calcular la edad del sujeto con un margen de error de apenas dos años.

Durante mucho tiempo se pensó que un ritmo cardiaco regular era signo de buena salud, pero ahora sabemos que el ritmo de nuestro corazón cambia con cada latido, incluso cuando dormimos. Con el paso de los años, los investigadores han descubierto información codificada en los intervalos. La clave radica en mirar los espacios entre latidos de los registros de VRC más que en los picos que señalan los propios latidos. Sería algo parecido al código Morse, cuya interpretación se basa en los intervalos entre transmisiones.40 En el caso del corazón, los intervalos entre latidos constituyen transmisiones complejas que albergan mensajes entre el cerebro y el cuerpo.

Durante la década de 1990, los científicos que investigaban la VRC descubrieron que, cuando las personas se concentraban en el corazón y evocaban emociones superiores como reconocimiento, dicha, gratitud y compasión, esas emociones se reflejaban en forma de patrones coherentes en el ritmo del corazón. Lo contrario se advertía también en relación con los sentimientos estresantes, que provocaban ritmos incoherentes con patrones irregulares y aserrados. Este descubrimiento permitió relacionar los estados emocionales con los patrones de la VRC (ver figura 7.1).41 Los investigadores observaron también que la frecuencia cardiaca (latidos por minuto) y el ritmo del corazón eran reacciones biológicas distintas. Por ejemplo, una persona podía mostrar una frecuencia alta y seguir reflejando un estado de coherencia; en consecuencia, se concluyó que los ritmos cardiacos pueden crear estados internos coherentes.

Gentileza del Instituto HeartMath, el gráfico superior representa un ritmo cardiaco incoherente, consecuencia de experimentar emociones como resentimiento, impaciencia y frustración. El gráfico inferior representa un ritmo cardiaco coherente, como resultado de sentir gratitud, reconocimiento, bondad y otras emociones positivas.

Cuando la VRC es coherente, esta coherencia se refleja en la sincronía y la armonía de las dos ramas del SNA, así como en la actividad que desempeñan los centros cerebrales superiores. Buena parte de lo que nos enseña la medicina occidental nos ha llevado a pensar que no podemos controlar el sistema nervioso autónomo del organismo (como la frecuencia cardiaca o la presión arterial) porque dichas funciones no pertenecen a los dominios de la mente consciente, por no mencionar la desconexión entre el sistema nervioso voluntario y el involuntario. Ahora sabemos, sin embargo, que no hace falta ser un yogui o un místico para ejercer ese tipo de control. Basta con ser sobrenatural, algo que se puede aprender. Por esa razón, entre otras, el HMI enseña la importancia de la coherencia cardiaca, no sólo a los individuos, sino también a los ejércitos, los agentes de la ley, los centros de educación, los equipos deportivos y otras personas que llevan a cabo funciones de alto rendimiento, con el fin de que puedan conservar la concentración, la capacidad de tomar decisiones y la compostura en situaciones de mucho estrés.

Las ventajas de la coherencia cardiaca

Cuando decidimos cultivar y experimentar emociones elevadas y la señal coherente que éstas transportan llega al cerebro, se liberan en el cuerpo compuestos químicos acordes con esos sentimientos y emociones, siempre y cuando dicha señal sea lo bastante alta. Llamamos a ese proceso un «sentimiento», y los sentimientos positivos nos provocan sensación de liviandad y libertad; dicho de otro modo, la energía que alienta el estado de tu ser en esas ocasiones es elevada. Si experimentas una gran sensación de bienestar en un entorno seguro, la energía provoca un efecto cascada de, cuando menos, 1.400 transformaciones bioquímicas en el cuerpo que favorecen el crecimiento y la regeneración.42 En lugar de recurrir al campo invisible de energía que rodea tu cuerpo para transformar esta energía en compuestos químicos, estás enriqueciendo y expandiendo ese campo, lo que provoca una nueva expresión química acorde con el cambio de energía. ¿Cómo? Si los primeros centros de energía del cuerpo se dedican a consumirla en situaciones de desequilibrio, el corazón, por el contrario, expande la energía, y cuando prestas atención al corazón para crear y sostener emociones elevadas, la energía coherente resultante lo hace latir como un tambor. Ese latido rítmico y coherente crea un campo magnético mensurable alrededor del corazón y, por consiguiente, del cuerpo. Igual que el latido rítmico de un tambor genera una onda de sonido registrable, cuanto más fuerte es el ritmo coherente del corazón, más se expande el campo de energía.

En cambio, cuando te sientes herido, enfadado, estresado, celoso, rabioso, comparado o frustrado, la señal que viaja del corazón al cerebro se torna incoherente y eso desencadena la liberación de unos 1.200 compuestos químicos al organismo acordes con esos sentimientos.43 Este vertido químico dura de noventa segundos a dos minutos. A corto plazo, los sentimientos de estrés no son dañinos; de hecho, si los gestionas bien, aumentarán tu resiliencia. Sin embargo, los efectos a largo plazo de las emociones de supervivencia no resueltas colocan al conjunto del organismo en estado de incoherencia, lo que te hace más vulnerable a los problemas de salud relacionados con el estrés. Esas emociones de supervivencia se alimentan del campo de energía que envuelve tu cuerpo, incrementando así tu sentimiento de separación y tu materialismo, porque estás centrando la atención en la materia, en el cuerpo, en el entorno, en el tiempo y, por supuesto, en la fuente de tus problemas.

Uno de los descubrimientos más significativos del Instituto HeartMath es el hecho de que nuestras sensaciones influyen, minuto a minuto, segundo a segundo, en el corazón, y que nuestros sentimientos y emociones ofrecen una de las claves para desentrañar la «inteligencia del corazón». Como los sentimientos y las emociones son energías que emiten poderosos campos magnéticos, cuanto más fuertes sean los sentimientos elevados, más intenso será este campo. De hecho, el corazón crea el campo magnético más intenso del cuerpo; cinco mil veces más fuerte que el producido por el cerebro.44

Coloca un dedo sobre la muñeca para notar el pulso. Ese pulso es una onda de energía conocida como «onda de la presión sanguínea» y viaja por el organismo influyendo en la totalidad de sus funciones, incluidas las del cerebro. El pulso magnético del corazón no sólo reverbera en cada célula, sino que crea un campo alrededor de tu cuerpo que se puede medir a una distancia de hasta entre dos y tres metros mediante un detector de gran sensibilidad llamado «magnetómetro».45 Cuando activas el corazón evocando emociones elevadas, no sólo envías esa energía a cada célula; también irradias los sentimientos al espacio. Es entonces cuando el corazón deja atrás la biología para internarse en la física.

Recurriendo a electroencefalogramas, los científicos del laboratorio que investigaba la VRC descubrieron que, cuando el corazón entra en un estado de coherencia, el ritmo cardiaco arrastra las ondas cerebrales a una frecuencia de 0,10 hercios. Además, la sincronización entre el corazón y el cerebro se incrementa cuando el corazón del sujeto muestra un patrón coherente. La frecuencia coherente de 0,10 hercios se ha revelado un estado óptimo de rendimiento relacionado con un mayor acceso a la intuición más profunda y a la guía interna. Una vez que la mente analítica se retira de escena, el individuo puede bajar por la escalera de la consciencia de las ondas alfa a las zeta y a las delta; el estado en que las funciones regeneradoras del cuerpo se ponen en marcha. Casualmente, nuestros alumnos a menudo revelan experiencias místicas o profundas cuando alcanzan ondas delta profundas de entre 0,09 y 0,10 hercios (0,09 representa un desvío de tan sólo una centésima parte de la considerada coherencia óptima) mientras sus corazones se encuentran en un estado muy coherente. Ahora bien, la amplitud de la energía producida por el corazón incrementa la del cerebro, en algunos casos de 50 a 300 veces o más por encima de lo normal.

El doctor Gary Schwartz y sus colegas de la Universidad de Arizona llevaron a cabo una serie de experimentos que aportaron renovadas pruebas acerca de la coherencia corazón-cerebro. En sus experimentos descubrieron que existía una comunicación inexplicable entre ambos órganos, imposible de atribuir a la vía neurológica o a otros caminos de información establecidos. Su descubrimiento demostró el hecho de que las interacciones energéticas entre el corazón y el cerebro se producen a través de campos electromagnéticos.46 Ambos ejemplos apuntan al hecho de que, cuando ponemos el foco de atención en el corazón y las emociones, el latido cardiaco actúa como un amplificador, lo que incrementa la sincronización entre el corazón y el cerebro al mismo tiempo que genera coherencia no sólo entre los órganos físicos, sino también en el campo electromagnético que envuelve el cuerpo.

También es interesante señalar el hecho de que, justo detrás del esternón, tenemos una pequeña glándula llamada «timo», que se encuentra íntimamente ligada al centro del corazón. El timo, uno de los órganos más importantes del sistema inmunitario, posee un papel primordial en la generación de las células T, que defienden el organismo de patógenos como virus y bacterias. El funcionamiento de la glándula timo es óptimo al comienzo de la pubertad, pero empieza a mermar según envejecemos, por una disminución natural en la producción de la hormona del crecimiento.

Como tantos órganos vitales, el timo es propenso a sufrir los efectos negativos del estrés a largo plazo. Cuando vivimos en modo de emergencia durante largos periodos de tiempo y nuestro campo vital disminuye, la totalidad de la energía se dirige hacia el exterior para protegernos de las amenazas externas, de tal modo que disponemos de poca energía para afrontar las amenazas internas. Al final, esta situación lleva a una disfunción del sistema inmunitario. Resulta lógico, pues, concluir que, si movilizamos el sistema nervioso parasimpático, encargado del crecimiento y la regeneración, la glándula timo se activará también, por cuanto le estamos insuflando energía. En consecuencia, la glándula timo se beneficiará de cualquier práctica que implique incrementar y sostener la coherencia del organismo, lo que redundará en una mayor vitalidad del sistema inmunitario y en la salud a largo plazo.

Tal como he explicado en capítulos anteriores, a partir de mis estudios independientes, cuando nuestros alumnos eran capaces de experimentar y sostener gratitud y otras emociones elevadas durante un total de entre quince a veinte minutos diarios a lo largo de cuatro días, la energía de las emociones incitaba a los genes de las células inmunitarias a que fabricaran una proteína llamada inmunoglobulina A. El incremento significativo de la IgA ofrece el ejemplo perfecto de uno de los muchos efectos cascada de la coherencia cardiaca.

De todo ello se deduce que la calidad del ritmo cardiaco tiene consecuencias en la salud general. Si el corazón late con un ritmo armonioso, su eficiencia reduce el estrés en otros sistemas del organismo, maximiza nuestra energía y crea estados que nos permiten mejorar mental, emocional y físicamente. Si el ritmo cardiaco refleja falta de armonía, sucede todo lo contrario. La incoherencia nos resta energía, necesaria para la curación, para conservar la salud y para la regeneración a largo plazo, a la vez que interfiere en el bienestar interno y aumenta el estrés en el corazón y otros órganos.47 Los ataques al corazón y las dolencias cardiacas, por ejemplo, se producen cuando el cuerpo lleva largos periodos de tiempo sometido a estrés. Cuando decidimos albergar emociones superiores, en cambio, y nos concentramos menos en las disonancias y más en la gratitud, el organismo reacciona positivamente y nuestra salud mejora.

La próxima vez que recurras a una emoción elevada para sintonizar con tu futuro y experimentar sentimientos acordes con éste antes de que se materialice —y experimentes gratitud cuando se hayan manifestado—, ten en cuenta que lo peor que te puede pasar es que empieces a sanar.

Los efectos del estrés crónico

Cuando vivimos en un estado de estrés constante, el centro del corazón entra en incoherencia y ahoga nuestra capacidad de crear. Como reacción al desorden en el ritmo cardiaco, el cerebro sufre des-integración e incoherencia, y esa incoherencia se refleja en las dos vertientes del SNA. Si el sistema parasimpático es el freno y el simpático es el acelerador, cuando funcionan en discrepancia tu cuerpo recibe un mensaje parecido a dar gas al mismo tiempo que pisas el freno. No hace falta ser un experto en automoción para entender las repercusiones de la oposición de esas dos fuerzas: desgastamos los frenos y forzamos la transmisión. Al mismo tiempo, la resistencia malgasta energía y reduce la eficiencia del combustible. Al final, el estrés prolongado desgasta el organismo hasta tal punto que suprime nuestra capacidad de reparar el cuerpo y conservar la salud, y acabamos privados de vitalidad y resiliencia.

Si la resiliencia se basa en la gestión eficiente de la energía, es muy posible que, mientras te encuentres bajo los efectos del estrés crónico te sientas agotado de mal humor, enfermo tal vez. Cuanto más adictos seamos a estos estados de estrés, más nos costará abrir el corazón, entrar en él y crear coherencia cardiaca de manera consciente.

Viví una experiencia en una zona rural del estado de Washington que nos podría servir de ejemplo. Una noche de noviembre llegué a casa del trabajo, aparqué el coche como hacía siempre y eché a andar el camino de cuarenta metros que lleva a mi casa. La oscuridad era total. A unos treinta metros de la puerta, a la derecha, oí un siniestro gruñido procedente de detrás de unos peñascos. De inmediato, centré el foco de atención en la materia y me sorprendí a mí mismo pensando: ¿Qué puede haber acechando en la oscuridad? Empecé a revisar mi banco de memoria en busca de algún hecho conocido que me ayudara a predecir el futuro. ¿Será uno de mis perros?, me pregunté. Procedí a gritar sus nombres, pero nada me respondió. Avancé unos pasos más y el gruñido se tornó más intenso.

Sin pensar ni por un momento en movilizar la energía de mi cuerpo, se me erizó el vello de la nuca y se me aceleraron tanto el pulso como la respiración según todos mis sentidos se aguzaban. Estaba listo para luchar o huir. Busqué el teléfono móvil y encendí la linterna para alumbrar la posible amenaza, pero seguía sin ver el origen del ruido. Procedente de la oscuridad, el gruñido continuaba. Retrocedí despacio y por fin corrí hacia el establo, donde estaban los trabajadores del rancho resguardando a los caballos para la noche. Echamos mano de armas y linternas y regresamos al lugar justo a tiempo de ver a un puma escapando entre las matas con sus crías.

Seguramente habrás colegido de esta historia que una situación tan estresante como ésa no ofrece la oportunidad ideal para abrir el corazón y confiar en lo desconocido. No es el momento de retirar la atención del mundo material para concentrarte en las nuevas posibilidades que te ofrece la mente. En instantes como ése sólo cabe escapar, esconderse o luchar. Sin embargo, si estás perpetuamente instalado en el estado de huida o lucha —aun si no hubiera puma entre los arbustos—, hay menos probabilidades de que estés dispuesto a cerrar los ojos y entrar en tu interior, porque debes mantener la atención centrada en la supuesta amenaza que procede de fuera. Ninguna información nueva puede acceder a tu sistema nervioso que no sea equivalente a las emociones que estás experimentando o relevante en relación con éstas, así que no puedes programar tu cuerpo para un flamante destino. Así pues, cabe pensar que cuanto más adicto seas a las hormonas del estrés en la vida cotidiana, menos probabilidades hay de que estés dispuesto a crear, meditar o abrir el corazón y ser vulnerable.

El cerebro del corazón

En 1991, el revolucionario trabajo del doctor en medicina J. Andrew Armour demostró que el corazón posee, literalmente, una mente propia. Dotado nada menos que de 40.000 neuronas, el corazón posee un sistema nervioso que funciona con independencia del cerebro. El término técnico acuñado para este sistema es «sistema nervioso intrínseco cardiaco», más conocido como «el corazón del cerebro».48 El descubrimiento fue tan importante que supuso el nacimiento de un nuevo campo científico llamado neurocardiología.

El corazón y el cerebro están conectados a través de vías eferentes (descendentes) y aferentes (ascendentes); sin embargo, el 90 por ciento de las fibras nerviosas que los conectan ascienden del corazón al cerebro.49 Armour descubrió que estas vías neurales directas y aferentes envían continuamente señales e información que interactúa y modifica la actividad en los centros cognitivos y emocionales superiores del cerebro.50 Esas señales que van del corazón al cerebro recorren el nervio vago, continúan directamente hasta el tálamo (que sincroniza la actividad cortical como pensar, percibir y entender el lenguaje), siguen a los lóbulos frontales (responsables de las funciones motoras y de la resolución de problemas) y llegan al centro de supervivencia del cerebro, la amígdala (encargada de la memoria emocional). Los núcleos neuronales de la amígdala están sincronizados incluso con el latido del corazón.51 (Ver figura 7.2.) Eso implica que si el centro energético de tu corazón está abierto, los centros de supervivencia de tu cerebro no pueden tomar el mando. Es posible pues que cuanto más te centres en el corazón, menos probabilidades tengas de reaccionar a los factores de estrés. Lo mismo sucede a la inversa: cuanta menos energía inviertas en el centro energético de tu corazón, más probabilidades tienes de vivir en modo de supervivencia.

De lo anterior podemos deducir que los sentimientos y los ritmos cardiacos influyen en la memoria emocional y en las reacciones que transpiran en nosotros, así que el estrés y la ansiedad pueden desencadenar ondas cerebrales acordes con el hábito de ansiedad que arrastramos. Por el contrario, igual que un ordenador que empareja patrones similares, las emociones superiores del corazón pueden suscitar coherencia en los patrones de las ondas cerebrales, así que si apelas a los sentimientos del futuro creando estados elevados, tu cerebro empezará a construir redes neuronales para esas emociones futuras o para ese nuevo destino. El descubrimiento de Armour acerca de los caminos neuronales aferentes del corazón al cerebro demuestra que el corazón procesa emociones de manera independiente, reacciona directamente al entorno y regula sus propios ritmos… sin recibir información del cerebro. Sucede así porque el corazón y el SNA siempre funcionan unidos. Cabe destacar también que los nervios que facilitan esta comunicación permiten al corazón sentir, recordar, autorregularse y tomar decisiones sobre el control cardiaco con independencia del sistema nervioso.52

Cuando el corazón entra en un estado de coherencia, se comporta como un amplificador que envía información coherente a través de caminos nerviosos aferentes al tálamo, sincronizando así la neocorteza y los centros de supervivencia del cerebro.

Simplificando, las emociones y los sentimientos que se originan en el corazón ejercen una gran influencia en nuestra manera de pensar, procesar información, sentir y comprender el mundo y el lugar que ocupamos en él.53 Una vez que el centro de este órgano se activa, se comporta como un amplificador que arrastra al cerebro, mejora su actividad y crea equilibrio, orden y coherencia en todo el cuerpo.

Vivir centrado en el corazón

Como decía antes, cada pensamiento que albergas genera unas reacciones químicas equivalentes a ese pensamiento, lo que a su vez da lugar a una emoción. En consecuencia, únicamente te afectan los pensamientos correspondientes a tu estado emocional. Tras muchas experiencias, sabemos que, si nuestros alumnos se centran en el corazón y se sienten más satisfechos e integrados, están menos separados de sus sueños. Cuando experimentan gratitud, abundancia, libertad o amor, todas esas emociones atraen pensamientos afines. Esas emociones asociadas al centro del corazón abren la puerta a la mente inconsciente con el fin de que puedas programar el sistema nervioso autónomo en consonancia con los pensamientos de tu nuevo futuro. También sabemos que, si viven inmersos en un sentimiento de miedo o carencia pero intentan generar pensamientos de riqueza, no consiguen resultados significativos, porque el cambio sólo se produce cuando los pensamientos y el estado emocional del cuerpo están en consonancia. Pueden pensar en positivo todo lo que quieran, pero sin el correspondiente sentimiento o emoción, el resto del cuerpo no va a sentir ni captar el mensaje.

Así pues, podrías repetir la afirmación No tengo miedo hasta quedarte afónico, pero si lo que estás sintiendo es miedo, tu pensamiento no pasará del bulbo raquídeo, y eso implica que no estás enviando al cuerpo y al SNA las indicaciones que necesitan para crear un destino inédito y concreto. Es el sentimiento el que emite la carga emocional (energía) capaz de estimular tu SNA para que trabaje en la nueva dirección. En ausencia del sentimiento, existe desconexión entre el cerebro y el cuerpo —entre la idea de salud y el sentimiento de salud— y no puedes incorporar ese nuevo estado del ser.

Sólo cuando transformas tu energía eres capaz de conseguir resultados consistentes. Si sostienes emociones elevadas a diario, antes o después tu cuerpo, con su inteligencia innata, empezará a efectuar cambios en tu genética del modo que he descrito anteriormente. Sucede así porque el cuerpo da por supuesto que la emoción que estás sintiendo procede de una experiencia física. Así pues, cuando abres el centro del corazón, abrigas una emoción previamente a la experiencia y la combinas con una intención concreta, el cuerpo reacciona igual que si los hechos ya hubieran acaecido. Esa coherencia entre el corazón y la mente influye en las reacciones químicas y en la energía de tu cuerpo de muchas maneras distintas.

Si la coherencia entre el corazón y el cerebro puede originarse en el primero y la sincronización de ambos da lugar a un rendimiento y una salud óptimos, deberías concederte un rato cada día para concentrarte en activar el centro de tu corazón. Eligiendo voluntariamente experimentar las emociones elevadas de este centro, en lugar de esperar a que algo exterior a ti suscite esas emociones, te convertirás en la persona que estás destinada a ser: un individuo empoderado desde el corazón. Cuando vives de corazón, escoges el amor por instinto y lo demuestras espontáneamente a través de la compasión y el cuidado de ti mismo, de los demás y del planeta Tierra. Gracias a nuestra asociación con HMI, nuestros alumnos han demostrado que, con la práctica, podemos generar, regular y sostener sentimientos y emociones elevados… sean cuales sean las circunstancias del mundo exterior.

En los talleres que llevamos a cabo por todo lo largo y ancho del mundo, enseñamos a nuestros alumnos a generar coherencia en el cerebro y en el corazón mediante la práctica de la regulación del ritmo cardiaco para sostener emociones superiores. A continuación observamos el resultado empleando monitores de VRC. En el transcurso de las meditaciones guiadas, pedimos a los estudiantes que se sumerjan en sentimientos de gratitud, alegría y amor, y les animamos a practicar a diario por su cuenta, porque cuando uno decide ejercitar la coherencia a través de la meditación, ésta se convierte en un hábito. Espero que, con la práctica suficiente, nuestros alumnos sean capaces de reemplazar antiguos guiones mentales de miedo, baja autoestima o inseguridad por estados del ser más elevados y por un profundo amor a la vida. Muchos de ellos nos han demostrado una y otra vez que es posible conseguir resultados positivos, tangibles y constatables, sencillamente, transformando el paradigma de los pensamientos y sentimientos. Esos entregados individuos regresan a sus casas, y entonces los cambios que han logrado en sus vidas resuenan positivamente en sus familias y comunidades, expandiendo así esa influencia vibratoria de armonía y coherencia por todo el mundo.

Practicando una y otra vez la regulación de los estados emocionales amplificados, conseguimos que, con el tiempo, la sensación constante de vivir inmersos en emociones elevadas cree una nueva base emocional. Este estado por defecto suscitará constantemente pensamientos acordes con esos sentimientos elevados. La suma de todos los nuevos pensamientos creará un nuevo nivel mental, que a su vez va a generar las emociones correspondientes a esos pensamientos fortificando así esa base emocional. Cuando se instala este tipo de retroalimentación entre el corazón (el cuerpo) y la mente (el cerebro), la expresión de tu ser —la consciencia de la mente ilimitada y la energía de un amor y una gratitud intensos— cambia por completo. La repetición de este proceso es el camino por el cual lograrás recondicionar tu cuerpo, reprogramar el cerebro y reconfigurar la biología para ajustarlo todo a la nueva expresión de tu ser. A partir de ese momento, emites al campo, natural, automática y regularmente, una impronta electromagnética inédita. Esa señal define quién eres o la persona en la que te has convertido.

A través de la lente de las emociones incoherentes podrían escribirse incontables libros de historia. Tanto si dan lugar a una tragedia digna de Shakespeare como a un genocidio o a una guerra mundial, las emociones de supervivencia como el sentimiento de culpa, el odio, la rabia, la competitividad y la venganza han dejado a su paso un rastro innecesario de dolor, sufrimiento, opresión y muerte. Por culpa de estas emociones, los humanos han vivido en desacuerdo y conflicto en lugar de hacerlo en paz y armonía. En este preciso momento de la historia de la humanidad, podemos romper el ciclo. Estamos asistiendo a un instante crucial en que la antigua sabiduría y la ciencia moderna han entrado en intersección con el fin de aportar la tecnología y el enfoque científico que necesitamos para aprender no sólo una manera más sana y eficaz de gestionar nuestras emociones, sino también lo que ese gesto implica para nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro niveles de energía y nuestra evolución personal y colectiva. No hace falta mover montañas; tan sólo cambiar el estado interno del ser. Dicha transformación nos permite modificar nuestra manera de relacionarnos y remplazar las situaciones estresantes por experiencias positivas que nos proporcionen energía, eleven nuestro espíritu y nos aporten sensación de plenitud, conexión y unidad. Es posible que el cerebro piense, pero el corazón, cuando lo conviertes en un instrumento de percepción, sabe.

Ejemplos extraídos de nuestros talleres

Para ver un ejemplo de cómo la coherencia del corazón genera coherencia cerebral, echa un vistazo a los gráficos 8A y 8B en el encarte en color. La primera imagen muestra patrones de ondas cerebrales beta normales tirando a bajas, registradas antes de que la persona empiece a generar coherencia cardiaca. La segunda imagen muestra un cambio significativo una vez que la persona se desplaza hacia una coherencia cardiaca sostenida sólo unos segundos más tarde. Sucede así porque el corazón se comporta como un amplificador que influye en el cerebro para crear ondas cerebrales alfa coherentes y sincronizadas.

En las figuras 7.3A y 7.3B verás un análisis de la VRC de una de nuestras alumnas, llevado a cabo en un taller avanzado. La estudiante tiene un día genial. El primer cuadro de la figura 7.3A representa dos meditaciones, una llevada a cabo por la mañana y la segunda efectuada justo después de comer. Cada uno de los cuadros muestra los registros de cinco minutos. La primera flecha gris, en la zona superior del gráfico, que señala a la derecha indica el momento en que la alumna entra (y sostiene) un estado de coherencia cardiaca. Durante nuestra meditación llevada a cabo a las siete de la mañana, mantuvo ese estado durante más de 50 minutos, hasta la segunda flecha que apunta a la izquierda. Al fondo del gráfico, donde aparece la segunda flecha gris que señala a la derecha, se aprecia el momento en que vuelve a entrar en coherencia cardiaca durante 38 minutos en la meditación que realizamos antes de comer. La coherencia termina allí donde ves la segunda flecha gris que señala hacia la izquierda. Como ves, cada vez le resulta más fácil.

Ahora mira la figura 7.3B. Si echas un vistazo a las dos flechas grises que aparecen en lo alto del cuadro verás que en la siguiente meditación, celebrada esa misma tarde, entró en coherencia cardiaca otra vez durante un mínimo de 45 minutos. Lo más fascinante de este registro, sin embargo, es lo que sucede hacia las ocho de la noche (ver el segundo juego de flechas que señalan hacia dentro). Puesto que en ese momento no estábamos llevando a cabo ninguna meditación, le preguntamos más tarde qué había experimentado. Su corazón entró en «supracoherencia» durante más de una hora mientras la alumna se encontraba en un estado de vigilia normal.

Figura 7.3A

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