Sobrenatural

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11 Espacio-tiempo y tiempo-espacio

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11 Espacio-tiempo y tiempo-espacio

Vivimos en un universo tridimensional (uni entendido como «uno») compuesto de personas, objetos, lugares y tiempo. En su mayor parte, se trata de una dimensión de partículas y materia. A través de los sentidos experimentamos ambas como formas, estructuras, masa y densidad. Si coloco un cubito de hielo, tu teléfono móvil o un pastel de manzana delante de ti, por ejemplo, no podrás percibir ninguno de los tres objetos a no ser a través de los sentidos; son los sentidos los que producen la experiencia de realidad física.

Si bien el cubito de hielo, el móvil y el pastel de manzana poseen longitud, anchura y profundidad, únicamente existen porque puedes verlos, oírlos, saborearlos, olfatearlos y tocarlos. Si perdieras los cinco sentidos, serías incapaz de percibir estos objetos físicos porque no tendrías conciencia de ellos; literalmente, dejarían de existir para ti, por cuanto en esta realidad tridimensional es imposible percibir nada sin recurrir a los sentidos. ¿O no?

Según la astrofísica, en esta región tridimensional —el universo conocido (llamémoslo «realidad espacio-temporal»)— existe una cantidad de espacio infinito. Párate un momento a considerar esta idea. Desde la pequeña cornisa en la que nos sentamos a mirar el universo cuando alzamos la vista hacia la noche estrellada, apenas si vemos una rendija de la totalidad. Nos parece infinito, y sin embargo el infinito es todavía más inmenso. En otras palabras, en el ámbito del espacio-tiempo, el espacio es eterno; no tiene fin y se extiende sin límite. Pero ¿qué pasa con el tiempo?

Nuestra manera más habitual de experimentar el tiempo es desplazando el cuerpo por el espacio. Por ejemplo, si quisieras beber un vaso de agua, precisarías unos minutos para dejar el libro, acercarte a la cocina, servirte un vaso de agua y volver. Sucede así porque, una vez que un pensamiento genera una visión (en este caso, ir a buscar un vaso de agua), ejecutas el pensamiento y, en consecuencia, experimentas el tiempo desplazándote de un punto a otro a través del espacio.

Antes de que te encaminaras a la cocina, mientras estabas sentado en la silla, cuando has cobrado consciencia de la cocina en relación con tu asiento, has percibido una separación entre dos puntos de consciencia: la ubicación del asiento por un lado y la cocina por otro. Para cerrar la brecha entre estos dos puntos de consciencia, has desplazado el cuerpo por el espacio, y eso te ha llevado un tiempo. Es lógico, pues, concluir que cuanto mayor sea el espacio o la distancia entre dos puntos, más tiempo requerirá desplazarse de uno a otro. Igualmente, cuanto más deprisa viajes entre esos dos puntos, menor cantidad de tiempo exigirá el desplazamiento.

Esta forma de medir el tiempo a partir de un objeto que se desplaza por el espacio constituye la base de la física newtoniana (o mecánica clásica). En el mundo newtoniano, si conocemos ciertas propiedades de un objeto, tales como fuerza, aceleración, dirección, velocidad y distancia que recorre, podemos hacer predicciones basadas en el tiempo. De ahí que la física newtoniana se base en resultados preestablecidos y previsibles. Podríamos decir, pues, que cuando existe una separación entre dos puntos de consciencia, si tú te mueves de un punto de consciencia a otro, estás colapsando el espacio. Y cuando colapsas el espacio, percibes el tiempo. Echa un vistazo a la figura 11.1 para entender mejor la relación entre espacio y tiempo en nuestro mundo tridimensional.

He aquí otro ejemplo: si estoy escribiendo este libro y quiero terminar el capítulo, voy a necesitar tiempo. Puede que no tenga que desplazar el cuerpo a través del espacio, pero de todos modos experimentaré el tiempo. ¿Por qué? Porque el lugar en el que estoy ahora mismo en el proceso de escribir este capítulo representa un punto de consciencia y su finalización representa otro. La conclusión del capítulo constituye un momento futuro separado del momento presente. El espacio intermedio —el cierre de la brecha entre estos dos puntos de consciencia— encierra la experiencia del tiempo. Si miras nuevamente la figura 11.1, entenderás más claramente la noción de tiempo.

Para alcanzar el objetivo deseado de concluir el capítulo, tendré que hacer «algo» repetidamente. Eso me obliga a usar los sentidos para interactuar con el entorno y a moverme por ese entorno mediante una serie de acciones coordinadas; y eso, de nuevo, requiere tiempo. Si dejo de escribir y hago otra cosa, como mirar una película, tardaré más tiempo en alcanzar el resultado que busco; en consecuencia, para conseguir mi objetivo de terminar este capítulo, debo sintonizar mis actos con mis intenciones de manera sostenida.

Según nos desplazamos por el espacio de un punto de consciencia a otro, percibimos el tiempo. Cuando borramos el espacio en nuestro mundo tridimensional, se crea tiempo.

En este mundo material de tres dimensiones en el que usamos los sentidos para navegar por el espacio, colocamos buena parte de la atención en los aspectos físicos, como personas, objetos y lugares. Están compuestos de materia y se encuentran ubicados (es decir, ocupan una posición en el espacio y el tiempo). Todos ellos representan puntos de consciencia a partir de los cuales experimentamos la separación. Por ejemplo, cuando ves a tu mejor amigo sentado al otro lado de la mesa o miras tu coche aparcado en la calle, percibes el espacio que existe entre tu amigo o tu coche y tú. En consecuencia, te sientes separado de ellos. Tú estás aquí mientras que tu amigo o tu coche están allí. Igualmente, si albergas sueños y objetivos, la distancia entre el lugar que ocupas tú en el presente y el lugar en el que tus sueños existen como realidad futura crea una experiencia de separación. De todo ello podemos concluir que:

Para movernos por esta realidad tridimensional necesitamos los sentidos.

Cuanto más usamos los sentidos para definir la realidad, más percibimos la separación.

Como buena parte de esta realidad tridimensional es de tipo sensorial, el espacio y el tiempo crean experiencia de separación de todos los seres, de todas las cosas, de todos los lugares y personas en todo momento.

Todos los objetos materiales ocupan una posición en el espacio y el tiempo. En física, ese concepto se conoce como «el principio de localidad».

En este capítulo vamos a explorar y comparar dos modelos de realidad: el espacio-tiempo y el tiempo-espacio. El espacio-tiempo se refiere al mundo físico newtoniano basado en resultados conocidos y previsibles, materia y el mundo en tres dimensiones que habitamos (que está compuesto de espacio infinito). El tiempo-espacio se refiere al mundo cuántico, no físico: una realidad inversa basada en lo desconocido, en las posibilidades infinitas, en la energía y en el multiverso multidimensional que también habitamos (compuesto de tiempo infinito).

Estoy a punto de desafiar tu noción y percepción de la realidad, porque si vas a experimentar el misterio del yo como ser dimensional, vas a necesitar un mapa para llegar al destino.

El estrés y las consecuencias de vivir en un perpetuo estado de supervivencia

Habida cuenta de que usamos los sentidos para observar y determinar la realidad física, nos identificamos con un cuerpo que vive en un espacio y un tiempo, si bien separado de todo aquello que forma parte de nuestro entorno. Con el paso de los años, dicha interacción crea la sensación de identidad. A lo largo de la vida, gracias a las distintas interacciones que mantenemos en ciertos momentos y lugares con personas, objetos y materia, la identidad evoluciona hasta devenir personalidad. La calidad de esas relaciones con el entorno externo da lugar a recuerdos duraderos, que a su vez moldean a la persona que llegamos a ser. Como ya sabes, la personalidad, en casi todos los casos, se basa en experiencias pasadas.

Como aprendimos en el capítulo 8, el cerebro percibe la materia, los objetos, las personas y los lugares con los que convive a partir de patrones; llamamos «memoria» al reconocimiento de esos patrones. Si el ser se crea a partir de recuerdos de experiencias pasadas, los recuerdos están basados en datos ya conocidos; en consecuencia, buena parte de nuestro mundo tridimensional se basa en datos conocidos. Y ahora llegamos al meollo de la cuestión. Cuando relacionas los objetos materiales de tu mundo externo con recuerdos de experiencias pasadas, todo te resulta conocido. Estás asociando la realidad física con un grupo de redes neurológicas ya establecidas en tu cerebro. Eso se conoce como «reconocimiento de patrones» y es el proceso por el cual casi todos nosotros percibimos la realidad: a través de la lente del pasado.

Podríamos decir, pues, que somos seres plenamente materialistas. No sólo habitamos esta dimensión, sino que también estamos atados y limitados por ella, por cuanto nos definimos como cuerpos que viven en un entorno, en un momento determinado, y ponemos el foco de atención más en la materia que en la energía. Desde una perspectiva cuántica, estamos pendientes de la partícula física (materia) en lugar de centrarnos en la onda inmaterial de posibilidades (energía). A través de ese proceso acabamos inmersos en esta realidad tridimensional.

Cuando el estrés asoma a la ecuación, nuestro cuerpo empieza a absorber energía del campo invisible electromagnético que nos envuelve para producir compuestos químicos. Cuanto mayor sea la frecuencia, la intensidad y la duración del estrés, más energía consumirá el organismo. La misma naturaleza de estos compuestos potencia los sentidos, lo que nos lleva a prestar atención, de nuevo, a la materia y a lo conocido. Según este campo de energía vital que rodea el cuerpo se reduce, nos sentimos más materia y menos energía. De hecho, según nuestra vibración baja, nuestros cuerpos se densifican, al mismo tiempo que perdemos energía.

Como ya hemos comentado, el proceso es adecuado a corto plazo, cuando un peligro, una crisis o un depredador acecha a la vuelta de la esquina; de hecho, el instinto de lucha o huida ha sido un factor fundamental de nuestra evolución. En ese estado, los compuestos químicos relacionados con el estrés aguzan los sentidos, reducen el foco de atención a lo que sea que representa un peligro en potencia. En esos casos, la neocorteza —la parte del cerebro implicada en la percepción sensorial, toma de decisiones, razonamiento espacial y lenguaje— se despabila y funciona a pleno rendimiento. A fin de asegurar la supervivencia, la atención se cierra sobre el propio cuerpo y la amenaza externa, lo que nos lleva a estar plenamente concentrados en el tiempo que discurre entre el momento en que percibimos la amenaza y el instante en que nos ponemos físicamente a salvo; dos puntos de consciencia. Cuanto más estrés experimentamos, mayor es también la sensación de separación.

Como has leído en el capítulo 2, los efectos a largo plazo de vivir en modo de supervivencia son la dependencia —y la adicción— a esas sustancias químicas relacionadas con el estrés. Cuanto más adictos somos a ellas, más local consideramos el cuerpo; es decir, mayor es nuestro convencimiento de vivir en un lugar y un espacio determinados y de ocupar una posición particular en el tiempo lineal. Y eso nos lleva a un estado frenético y maníaco, en el que desplazamos la atención constantemente de una persona a un problema y de éste a un objeto o un lugar del entorno. El rasgo evolutivo que un día nos protegió se ha vuelto contra nosotros y nos sume en una alerta constante. Puesto que consideramos peligroso el entorno externo, ponemos toda la atención en él.

Como el mundo exterior nos parece ahora más real que el mundo interno, somos adictos a alguien o a algo del entorno, y cuanto más vivimos en ese estado, más generamos ondas beta de alta frecuencia. Y, como ya sabes, las ondas beta altas, durante periodos prolongados, nos llevan a sentir dolor, ansiedad, preocupación, miedo, rabia, frustración, reprobación, impaciencia, agresividad y deseos de competir. En esos casos las ondas cerebrales se tornan incoherentes…, y nosotros también.

Cuando las emociones de supervivencia nos atrapan, necesitamos circunstancias externas (problemas con otras personas, dificultades económicas, miedo al terrorismo, desdén hacia el trabajo) para afianzar la adicción a esas emociones. Las adicciones emocionales nos llevan a estar pendientes de lo que sea que pueda estar desequilibrando el entorno —tanto si se trata de «alguien» como de «algo»—, lo que acaba por activar los genes de supervivencia. Y a partir de ese momento, empezamos a vivir una profecía autocumplida.

Si aceptas que la energía se concentra allí donde pones la atención, ya sabrás que cuanto más fuerte sea la reacción emocional asociada con un conflicto, más pendiente estarás de la persona, el objeto o el problema que lo ha generado. Y si lo haces estás cediendo buena parte de tu poder a otro. Toda tu atención y energía se atan a este mundo tridimensional de lo material, y tu estado emocional te lleva a confirmar una y otra vez la realidad presente. Es muy fácil apegarse emocionalmente a la misma realidad que uno desea cambiar. Y esa mala gestión de la energía te esclaviza al mundo de lo conocido, según tratas de predecir el futuro a partir del pasado; y todavía peor, cuando estás instalado en un estado de supervivencia, lo imprevisible da miedo. Así que, si de verdad quieres que tu vida cambie, tal vez tengas que dar un paso hacia lo desconocido. Porque, si no lo haces, nada cambiará nunca.

La realidad newtoniana en el espacio-tiempo tridimensional: la vida cuando eres un cuerpo con una identidad en algún lugar y en cierto tiempo

Si los sentimientos y las emociones son registros del pasado y esos sentimientos gobiernan tus pensamientos y tu conducta, seguirás reproduciendo el pasado una y otra vez; en consecuencia, te tornarás predecible. Lo que equivale a decir que estarás plenamente instalado en el mundo newtoniano, porque la física de Newton se basa en los resultados que podemos predecir. Cuanto más tiempo pases en estado de estrés, más devendrás materia que intenta influir en la materia, esto es, en materia que intenta luchar, forzar, manipular, predecir, controlar y competir por un resultado concreto. De ahí que transformar, manifestar o crear cualquier cosa te requiera mucho tiempo, porque en este espacio-tiempo tienes que desplazar el cuerpo en el espacio para lograr los resultados deseados.

Cuanto más vives en modo de supervivencia y más empleas los sentidos para definir la realidad, mayor es tu sensación de separación del futuro. Entre el lugar que ocupas en la actualidad, entendido como un punto de consciencia, y el lugar al que deseas llegar, otro punto de consciencia, media una larga distancia, por no mencionar que tu obsesión constante por definir cómo se va a materializar ese cambio se basa en opiniones y predicciones. Y cuando predices tu pensamiento recurre a lo que ya conoces, de modo que no hay espacio en tu vida para lo imprevisto o la novedad.

Si te propones comprar una casa, por ejemplo, tendrás que ahorrar para la paga y señal, buscar la casa, pedir una hipoteca, hacer una oferta, superar a los otros compradores y luego pasar treinta años deslomándote a trabajar (a través del espacio) para pagarla. Esos dos puntos de consciencia —la idea de comprar la casa y llegar a poseerla con la hipoteca pagada— tardarán mucho tiempo en coincidir. De manera parecida, si deseas iniciar una nueva relación, puede que te apuntes a una página de Internet, crees un perfil, eches un vistazo a un montón de perfiles, redactes una lista de personas con las que contactar, te pongas en contacto con cada una de ellas y, por fin, quedes con unas cuantas con la esperanza de encontrar a alguien interesante. Si quieres cambiar de trabajo, dedicarás el tiempo a redactar el currículum, buscarás ofertas y acudirás a las entrevistas.

Estos tres procesos tienen algo en común: requieren tiempo, que tú percibes como algo lineal. Puede que consigas lo que quieres, pero cuanto más vivas en modo de supervivencia más tiempo te va a costar conseguirlo, porque eres materia que trata de influir en la materia, y media una gran distancia espacial y temporal entre el lugar que ocupas ahora y ese al que deseas llegar.

Estarás de acuerdo, pues, en que, en esta realidad tridimensional, eso que tú experimentas como tiempo consta de un pasado, un presente y un futuro. Como vives en una realidad lineal, también experimentas el tiempo como algo separado, por cuanto el pasado, el presente y el futuro se encuentran distanciados entre sí; tú estás aquí mientras que tu futuro está allí. La figura 11.2 representa gráficamente la existencia del pasado, el presente y el futuro como momentos aislados y discontinuos entre sí.

En nuestra realidad tridimensional, consideramos el pasado, el presente y el futuro como momentos separados, aislados y lineales en el tiempo.

Como decía antes, gracias a la física newtoniana hemos podido desentrañar las leyes naturales de la fuerza, la aceleración y la materia, lo que nos permite predecir resultados. Si conocemos la dirección, la velocidad y la rotación de un objeto que viaja por el espacio podemos anticipar a dónde irá a parar y cuánto tiempo tardará en llegar. De ahí que podamos viajar de Nueva York a Los Ángeles en avión, calcular cuánto tiempo durará el viaje y saber dónde aterrizaremos.

Conforme a la mentalidad de la física newtoniana y a este mundo tridimensional que habitamos, muchos de nosotros pasamos buena parte de la vida enfocados hacia el exterior, tratando de crear una identidad, tener a alguien al lado, poseer ciertas cosas, ir a alguna parte y experimentar algo en algún momento. Cuando no conseguimos lo que queremos, experimentamos carencia y separación, lo que nos lleva a vivir en un estado de dualidad y polaridad. Es natural desear lo que no se tiene. De hecho, es necesario para crear, porque cuando te sientes separado de tus deseos, piensas y sueñas en tu visión y, a continuación, llevas a cabo una serie de actos en el tiempo lineal para plasmarla.

Si nos encontramos en un estado permanente de estrés financiero, por ejemplo, queremos dinero; si estamos enfermos, deseamos salud; si nos sentimos solos, ansiamos una relación o compañía. A consecuencia de esa experiencia de dualidad y separación, sentimos el impulso de crear y, a través de ese gesto, evolucionamos de manera natural y crecemos en función de esos sueños. Pero si somos materia centrada en materia que intenta influir en la materia, para conseguir dinero, salud, amor o cualquier otra cosa vamos a necesitar, como ya sabemos, buena cantidad de tiempo y energía.

Cuando por fin nuestro anhelo se hace realidad, la emoción que nos produce la fruición de la creación (o la intersección entre esos dos puntos de consciencia) sacia la sensación de carencia anterior. Cuando cambiamos de trabajo por fin, nos sentimos seguros; cuando aparece la nueva relación, experimentamos amor y alegría; cuando nos curamos, nos sentimos plenos. En todos esos casos estamos convencidos de que sólo «alguna cosa» o «alguna persona», algo externo a nosotros, podrá transformar nuestro estado interno. Y cuando nos invade el alivio porque la sensación de carencia ha desaparecido, como estamos centrados en una emoción asociada con la materialización de algo externo, prestamos atención al objeto o la persona que ha generado ese alivio. Esta relación de causa y efecto da lugar a un nuevo recuerdo y, hasta cierto punto, nos ayuda a evolucionar.

Ahora bien, cuando el mundo exterior no nos da lo que queremos, o transcurre demasiado tiempo, experimentamos una sensación de falta todavía más intensa si cabe, porque nos sentimos aún más separados de eso que intentamos crear. En ese caso, ese mismo estado emocional de carencia, frustración, impaciencia y separación mantiene a raya nuestros sueños, de tal modo que el tiempo necesario para que el resultado deseado se materialice se incrementa todavía más.

De ser un cuerpo a la ausencia de cuerpo, de ser alguien a no ser nadie, de tener algo a no tener nada, de estar en alguna parte a estar en ninguna parte, de vivir en un tiempo a estar en el sin tiempo

Si las leyes newtonianas son la expresión externa de las leyes físicas y materiales del espacio-tiempo —una región donde hay más espacio que tiempo—, podríamos decir que, en cierto sentido, las leyes cuánticas funcionan a la inversa. El cuanto es la expresión interna de las leyes de la naturaleza: un campo indivisible de información y energía que unifica toda materia. Este campo inmaterial organiza, conecta y gobierna las leyes de la naturaleza. En ese plano hay más tiempo que espacio; dicho de otro modo, hablamos de una región en la que el tiempo es eterno.

Como te explicaba en los capítulos 2 y 3, cuando retiramos la atención de las personas y las cosas que ocupan ciertos lugares en el mundo externo —cuando dejamos de concentrarnos en el propio cuerpo y de pensar en tiempo y horarios— devenimos nadie, ninguno, nada, sin espacio y sin tiempo. Eso se logra mediante un proceso de desconexión con el cuerpo, la identidad, el género, la enfermedad, el nombre, los problemas, las relaciones personales, el dolor, el pasado y todo lo demás. A eso me refiero cuando hablo de trascender el ser: pasar de la consciencia de tener un cuerpo a no tenerlo, de ser alguien a no ser nadie, de la consciencia de tener algo a no tener nada, de estar en alguna parte a no estar en ninguna y de la consciencia del tiempo al sin tiempo (ver figura 11.3).

Cuando desviamos la atención del cuerpo, el entorno y el tiempo, trascendemos el «ser» —que habita un cuerpo físico, con una identidad, en posesión de objetos, en alguna parte y en algún momento— y nos convertimos en un ser sin cuerpo, sin materia, sin posesión alguna, en ninguna parte y fuera del tiempo. Con ese gesto desplazamos la consciencia y la presencia del mundo material de la física newtoniana al mundo inmaterial del campo unificado.

Ahora echa un vistazo a la figura 11.4.

Diferencias entre un mundo constituido de materia y otro constituido de energía.

Según abrimos el foco de atención y aceptamos los múltiples aspectos del ser, dejamos atrás el mundo externo de las personas, las cosas, los lugares, los horarios y las listas de tareas pendientes para cobrar consciencia del mundo interior de energía, vibración, frecuencia y presencia. Nuestras investigaciones demuestran que cuando retiramos la atención de los objetos y la materia para abrir el foco hacia la energía y la información, distintas zonas del cerebro cooperan en armonía. A consecuencia de esta cooperación nos sentimos más integrados y plenos.

Si lo hacemos correctamente, el corazón se abre, late más rítmicamente y se torna más coherente. Cuando el corazón funciona con coherencia, el cerebro también lo hace, y como la identidad se ha retirado de la escena —es decir, hemos trascendido el cuerpo, un lugar concreto en el entorno y el tiempo conocidos— entramos en estados alfa y zeta y conectamos con el sistema nervioso autónomo. Cuando el SNA se activa, procede de inmediato a restaurar el orden y el equilibro, lo que genera coherencia y armonía en el corazón, el cerebro, el cuerpo y el campo de energía. Dicha coherencia se reflejará en todos y cada uno de los aspectos de nuestra anatomía.

A través de ese gesto, empezamos a conectar con el campo cuántico (o unificado).

De la ilusión de la separación a la realidad de la unidad

Si la física newtoniana explica las leyes de la naturaleza y el universo a gran escala (la fuerza gravitacional del Sol sobre los planetas, la velocidad a la que una manzana cae de un árbol…), el mundo cuántico se refiere a la naturaleza fundamental de las cosas a la escala más ínfima, como las partículas atómicas y subatómicas. Las leyes de Newton son constantes físicas de la naturaleza, así que el mundo newtoniano se basa en resultados mensurables y predecibles.

Las leyes cuánticas, en cambio, se refieren a lo invisible e impredecible: el mundo de la energía, las ondas, la frecuencia, la información, la consciencia y todos los espectros de la luz. Está gobernado por una constante invisible: un único campo de información que conocemos como «el campo unificado». Podría decirse que el mundo newtoniano es de naturaleza objetiva —por cuanto la mente y la materia son entes separados—, mientras que el mundo cuántico es de naturaleza subjetiva: en éste, la energía unifica la mente y la materia o, todavía mejor, la mente y la materia están tan unidas que es imposible discernirlas.

En el campo cuántico o unificado no existe separación entre dos puntos de consciencia. Es el reino de la unidad o de la consciencia unificada.

Si bien en nuestra realidad tridimensional el espacio es infinito, en el mundo cuántico el tiempo es infinito. Y si el tiempo es infinito y eterno, deja de ser lineal; por tanto, no hay separación entre el pasado y el futuro. Y como el pasado y el futuro no existen como tales, todo está sucediendo ahora mismo, en este presente eterno. Así pues, si el tiempo es infinito en la realidad del tiempo-espacio, experimentaremos el espacio (o los espacios) según nos desplacemos por el tiempo.

En el mundo material, cuando nos desplazamos por el espacio percibimos el tiempo. En cambio, en el mundo inmaterial de la energía y la frecuencia —en el mundo cuántico— sucede a la inversa:

En el ámbito del espacio-tiempo, el tiempo que tardamos en ir del punto A al punto B varía en función de la velocidad a la que nos desplazamos.

En el mundo del tiempo-espacio, podemos desplazarnos de un espacio a otro o de una dimensión a otra en función de la frecuencia o vibración de la energía.

Cuando el espacio colapsa, experimentamos el tiempo en su realidad material. Cuando el tiempo colapsa, experimentamos los espacios o las dimensiones en su realidad inmaterial. Cada una de esas frecuencias individuales transporta una información, o un nivel de consciencia, que nosotros experimentamos como distintas realidades según accedemos a ellas. En la figura 11.5 apreciarás cómo, cuando te desplazas por el tiempo, experimentas distintas dimensiones en la eternidad del instante presente.

En el espacio-tiempo percibes el entorno con el cuerpo, con los sentidos y a través del tiempo. En esa realidad la constante temporal parece lineal porque te percibes a ti mismo como algo separado de los objetos, las cosas, las personas y los lugares…, así como del pasado y el futuro. En el tiempo-espacio, en cambio, experimentas la realidad a través de la presencia, en cuanto que consciencia y no como un cuerpo dotado de sentidos. Se trata de un ámbito de la realidad que existe más allá del plano sensorial. Accedes a él cuando te encuentras totalmente inmerso en el presente, de tal modo que no existe pasado ni futuro, tan sólo un largo ahora. Como tu consciencia ha dejado atrás el reino de la materia —porque ya no le prestas atención—, puedes reparar en la existencia de distintas frecuencias, todas cargadas de información, que te brindan acceso a dimensiones desconocidas.

De manera que, si accedes a una región que trasciende los sentidos y te despliegas como pura consciencia en el campo de la energía unificada, podrás percibir numerosas realidades posibles. (Ya sé que cuesta digerirlo todo de una vez, así que quédate con eso de momento. Si ahora mismo te sientes desorientado, significa que estás a punto de aprender algo nuevo.)

En el mundo del cuanto, donde el tiempo es eterno, todo está sucediendo en la eternidad del momento presente. Según te desplazas por el tiempo, experimentas otro(s) espacio(s), otras dimensiones, otros planos, otras realidades y posibilidades infinitas. Igual que cuando te sitúas entre dos espejos y te ves en infinitas dimensiones que se extienden a ambos lados, las cajas representan un número infinito de yoes posibles, todos viviendo en el momento presente.

Cuando afirmo que según te desplazas por el tiempo percibes el espacio o los espacios, me refiero a todas las dimensiones posibles y las realidades posibles. Podríamos decir, pues, que en el tiempo-espacio la totalidad de espacios o dimensiones existe en el tiempo infinito. Eso, precisamente, es el campo unificado: el reino de la posibilidad, lo desconocido y de las realidades en potencia, todo lo cual habita un instante interminable que abarca todos los tiempos.

Vamos a plantearlo de otro modo. Todas las personas que conozco se quejan siempre de tener muchas cosas que hacer y muy poco tiempo. Seguramente también es tu caso. Si tuvieras más tiempo, podrías disfrutar de más experiencias, hacer más cosas y conseguir más resultados, lo que equivale a decir que disfrutarías de más oportunidades y sacarías más partido a la vida.

Ahora imagina que existe un volumen de tiempo infinito (porque el pasado y el futuro han desaparecido, de manera que el tiempo ha dejado de correr) y tú puedes disponer de todo el que necesites. ¿Verdad que en ese caso tendrías a tu alcance incontables experiencias, lo que equivaldría a vivir muchas vidas? Podríamos decir, pues, que dispondrías de un número infinito de vivencias, equivalentes a tu capacidad de imaginación. Dicho de otro modo:

Si el tiempo es eterno, esa eternidad puede albergar un sinfín de espacios.

Si lo alargamos aún más o creamos más tiempo, tendrá capacidad para más espacios todavía.

Si el tiempo es infinito, entonces puede dar cabida a un número inagotable de espacios, lo que equivale a decir infinitas posibilidades, realidades, dimensiones y experiencias.

En el campo cuántico no hay diferencia entre pasado y futuro, porque todo lo que es existe en la eternidad del momento presente. Y si todo lo que es se encuentra unificado o conectado en el campo cuántico, en ese caso las infinitas frecuencias albergan información sobre todas las personas, toda la materia, todos los objetos, todos los espacios y tiempos. Así pues, a medida que tu consciencia se funde con la energía del campo unificado, pasas de ser un cuerpo a no serlo, y de ahí a ser todos; de la consciencia de ser alguien pasas a la de ser nadie, y de ahí a la de ser todo el mundo; de la consciencia de tener algo pasas a la de no tener nada, y de ahí a la de tenerlo todo; de la consciencia de estar en alguna parte pasas a la de no estar en ninguna, y de ahí a la de estar en todas partes; y de la consciencia de estar en cierto tiempo pasas al sin tiempo, y de ahí a la de experimentar todos los tiempos. (Ver figura 11.6.)

Cuando tu consciencia se une a la del campo unificado y te sumerges todavía más en él, te conviertes en la consciencia de toda materia, toda identidad, todo, en todas partes y en todo momento. En este reino no existe separación entre dos puntos de consciencia, tan sólo unidad.

El átomo: realidad y ficción

Para ayudarte a entender cómo está constituido el campo cuántico, primero tenemos que revisar las características del átomo. El átomo es materia reducida a su mínima unidad y vibra en una frecuencia muy alta. Si pudiéramos pelar el átomo como si fuera una naranja, encontraríamos un núcleo y esas partículas subatómicas que conocemos como protones, neutrones y electrones, pero lo que hallaríamos sobre todo sería un 99,999999999999 por ciento de espacio vacío o energía, como ya hemos comentado anteriormente.

Echa un vistazo a la figura 11.7. A la izquierda vemos el modelo clásico de átomo tal como nos lo enseñaban en el instituto, aunque ese modelo ha quedado desfasado. En realidad, los electrones no se desplazan en órbitas fijas alrededor del núcleo como planetas que orbitasen alrededor del Sol. En vez de eso, como puedes ver a la derecha, el espacio que rodea el núcleo es más bien un campo invisible o una nube de información. Y, como ya sabemos, toda información consta de luz, frecuencia y energía. Para que te hagas una idea de hasta qué punto son pequeñas esas partículas subatómicas, imagina que ampliásemos un átomo al tamaño de un Volkswagen Escarabajo. Pues el electrón equivaldría a un guisante que tendría a su disposición un espacio de unos ciento cuarenta mil kilómetros cuadrados: dos veces el tamaño de Cuba. Eso es mucho vacío para un electrón, ¿verdad?

El modelo clásico del átomo, que muestra a los electrones girando en órbita alrededor del núcleo central, ha quedado desfasado. Los electrones existen en cuanto que ondas de probabilidad en una nuble invisible de energía que rodea el núcleo. En consecuencia, el átomo es ante todo energía inmaterial y muy poca materia.

Según el principio de la incertidumbre de Heisenberg, nunca sabemos en qué lugar de la nube aparecerá el electrón, pero aparece, y surge de la nada. Por eso, seguramente, la física cuántica resulta tan emocionante e imprevisible. El electrón no siempre es materia física; más bien existe en cuanto que energía o probabilidad de una onda. Sólo aparece si un observador lleva a cabo un acto de observación. Una vez que el observador (la mente) lo busca, el acto de observación (la energía dirigida) provoca que toda esa energía en potencia se exprese en forma de electrón (materia); es decir, de un reino de posibilidades infinitas (lo desconocido) surge algo cognoscible. Se convierte en un cuerpo localizado en el espacio y en el tiempo. Y cuando el observador ya no está observando, el electrón se transforma de nuevo en posibilidad; ésa es la función de la onda. Dicho de otro modo, vuelve a ser energía y retorna al ámbito de lo desconocido, donde se rige por otras leyes. Cuando el electrón se transforma otra vez en energía y posibilidad, pierde la capacidad de localizarse. En el reino del cuanto, mente y materia son indivisibles. En consecuencia, si las leyes newtonianas definen el mundo de lo predecible, el cuanto es el mundo de lo imprevisible.

Cuando cerramos los ojos para meditar y abrimos el foco de atención hacia el espacio infinito, eso es exactamente lo que estamos haciendo: nos convertimos en el observador. Desplazamos la atención hacia la energía, el espacio, la información y la posibilidad en detrimento de la materia. Somos menos conscientes del ámbito material y más del inmaterial. Invertimos la energía en lo impredecible y lo desconocido desviándola de lo predecible y lo conocido. Y cada vez que lo hacemos nos orientamos un poco mejor por el campo unificado.

Antes de continuar, vamos a repasar brevemente lo que acabamos de aprender. Vuelve a mirar un momento la figura 11.8. El mundo tridimensional newtoniano está formado de objetos, personas, lugares, materia, partículas y tiempo (básicamente, todo aquello que conocemos del mundo externo), y en este universo hay más espacio que tiempo. Como cuerpos que somos, usamos los sentidos para definir este infinito que habitamos, un universo de formas, estructuras, dimensiones y densidad. Es el ámbito de lo conocido y previsible.

Como percibimos el universo material a través de los sentidos, la información se registra en forma de patrones que asociamos con estructuras preestablecidas. A través de este proceso, el entorno exterior deviene conocido. También a través de este proceso nos identificamos con un cuerpo y una identidad que posee objetos en algún lugar y en cierto tiempo. Para concluir, puesto que percibimos el universo a través de los sentidos, nos percibimos como algo separado de éste; en consecuencia, habitamos un mundo de dualidad y polaridad.

Resumen del espacio-tiempo en el mundo newtoniano tridimensional y del puente que nos permite acceder al ámbito del tiempo-espacio del mundo cuántico pentadimensional.

Resumen del tiempo-espacio en la realidad pentadimensional del mundo cuántico.

Ahora vuelve a mirar la figura 11.9. Si el mundo newtoniano es un ámbito material que se define a través de los sentidos, en el mundo cuántico sucede a la inversa. Se trata de un mundo inmaterial definido por la ausencia de sentidos; dicho de otro modo, allí no hay nada con base sensorial, ni materia. Mientras que el mundo newtoniano se basa en hechos conocidos y predecibles como materia, partículas, personas, lugares, cosas, objetos y tiempo, ésta es una dimensión impredecible compuesta de luz, frecuencia, información, vibración, energía y consciencia.

Si nuestro mundo tridimensional es un ámbito de materia, donde hay más espacio que tiempo, el mundo cuántico se compone de antimateria; allí abunda más el tiempo que el espacio. Y como hay más tiempo que espacio, todas las posibilidades existen en la eternidad del momento presente. Mientras que el mundo tridimensional en el que vivimos nos ofrece una sola realidad, el mundo cuántico es un multiverso que alberga múltiples realidades. En el espacio-tiempo la realidad se basa en la separación, pero en el mundo cuántico o campo unificado se basa en la unión, la conexión, la totalidad y la unidad (no-localidad).

Para poder desplazarnos del universo espaciotemporal de lo conocido (tridimensional) —un universo compuesto de materia en el que experimentamos dualidad y polaridad— al multiverso temporoespacial de lo desconocido (pentadimensional) —una región donde la luz, la información, la frecuencia, la vibración, la energía y la consciencia sustituyen a la materia—, tenemos que cruzar un puente. Ese puente es la velocidad de la luz. En el momento en que devenimos pura consciencia y nos convertimos en una entidad sin cuerpo, sin identidad, sin materia, ajenos al espacio y al tiempo, cruzamos el umbral que comunica la materia con la energía.

Cuando Einstein presentó la ecuación E=mc2 en su teoría de la relatividad especial, demostró matemáticamente por primera vez en la historia de la ciencia que la energía y la materia están relacionadas. Lo que transforma la materia en energía es la velocidad de la luz: cualquier objeto material que viaje a una velocidad superior a la de la luz abandona la realidad dimensional para transformarse en energía inmaterial. En otras palabras, en el mundo tridimensional, la velocidad de la luz es el umbral más allá del cual la materia —o cualquier objeto físico— pierde su forma. «Nada» puede sobrepasar la velocidad de la luz, ni siquiera la información. Todo aquello que viaje de un punto a otro a menor velocidad que la luz precisará tiempo. De ahí que la cuarta dimensión sea el tiempo, el nexo que conecta el mundo tridimensional con el pentadimensional y más allá. Si algo sobrepasa la velocidad de la luz, desaparece el tiempo y la separación entre dos puntos de consciencia, porque «todo» lo material se transforma en energía. Este mecanismo nos permite viajar de las tres dimensiones a las cinco dimensiones, de un universo al multiverso, de esta dimensión a todas las dimensiones.

Te pondré un ejemplo para que entiendas mejor esta idea tan compleja. El físico francés Alain Aspect llevó a cabo un famoso experimento de física cuántica a principios de la década de 1980 conocido como la prueba de Bell.55 Para llevarlo a cabo, los científicos entrelazaron dos fotones con el fin de vincularlos. A continuación enviaron los dos fotones en direcciones opuestas para crear distancia y espacio entre ambos. Cuando hicieron los ajustes necesarios para que un fotón desapareciera, el otro se esfumó en el mismo momento exacto. Este experimento se considera crucial para el desarrollo de la física cuántica, porque demostraba que la teoría de la relatividad de Einstein no era del todo correcta.

La prueba evidenció que existe un campo de información unificador, más allá del espacio y el tiempo tridimensional, que vincula la materia. Si dos partículas de luz no estuvieran conectadas por energía invisible, haría falta tiempo para que la información viajara de un punto ubicado en el espacio a otro punto ubicado en el espacio. Según la teoría de Einstein, si una partícula desaparecía, la otra debería hacerlo un instante más tarde; a menos que ocuparan el mismo espacio simultáneamente. Aun si el segundo fotón hubiera recibido la información un milisegundo más tarde, el tiempo habría tenido un papel crucial en la transmisión de la información. El desfase temporal habría confirmado que el techo de la realidad física es la velocidad de la luz y que todos los objetos materiales que existen están separados.

Sin embargo, como las dos partículas desaparecieron en el mismo instante exacto, la prueba demostró que toda la materia —cuerpos, personas, cosas, objetos y lugares— e incluso el tiempo se encuentran conectados por frecuencia e información en una región que trasciende el tiempo y la realidad tridimensional. Más allá de la materia, «todo» está unificado en un absoluto. La información viajó entre los dos fotones de manera no local. Habida cuenta de que no hay separación entre dos puntos de consciencia en la realidad pentadimensional, el tiempo lineal no existe. El tiempo es (los tiempos son) uno.

El místico y físico cuántico David Bohm definió el universo del cuanto como «el orden implicado en el que todo está conectado». Se refirió al ámbito material de la separación como el orden explícito.56 Si vuelves a mirar las figuras 11.8 y 11.9, te resultará más fácil entender las diferencias entre ambos mundos.

Cuando dejas de prestar atención al cuerpo, a la identidad, a algo ubicado en un lugar y un tiempo para devenir un ser sin materia, sin identidad, sin posesiones, al margen del tiempo y del espacio, devienes pura consciencia. Tu presencia se funde con el campo unificado —compuesto tan sólo de consciencia y energía— donde conectas con la consciencia ordenadora de toda la materia, todos los seres, todas las cosas, en todo lugar y en todo momento. Así pues, según tu consciencia (al margen de los sentidos) accede a este campo unificador donde la separación, sencillamente, no existe y se sumerge aún más en el vacío o negrura, la distancia entre ésta y el campo unificado se esfuma, porque nada físico existe allí. Y si consigues estar aún más presente y continúas prestando atención a la vivencia, si inviertes en ella toda tu energía y atención para acercarte todavía más, experimentas menos separación y más plenitud.

Y por último, como la eternidad del momento presente reina en el campo unificado, porque el tiempo lineal no tiene cabida allí (tan sólo el tiempo absoluto), la consciencia y la energía que observa la materia para darle forma mora en ese ahora eterno. De ahí que, si quieres conectar con el campo e integrarte con él, tendrás que sumirte completamente en el instante presente también. Si revisas la figura 11.10, verás cómo puedes borrar tu propia consciencia individual y aislada para experimentar la totalidad del campo unificado.

Una última observación acerca de la velocidad de la luz. En esta región material, la luz visible es una frecuencia basada en la polaridad (electrones, positrones, fotones…). Si te adelantas hasta la figura 11.11, realizada a escala, verás que más o menos a un tercio de la imagen empezando por la frecuencia más baja se produce la división de la luz. Por encima de esta onda o frecuencia la materia se transforma en energía y singularidad, mientras que por debajo se encuentran la división y la polaridad. Cuando la división de la luz se lleva a cabo, fotones, electrones y positrones se manifiestan, porque el campo de luz visible alberga la pauta de información de la materia como frecuencia organizada en patrones de luz. En este punto, donde la luz se divide, se produjo el Big Bang: allí donde la singularidad deviene dualidad y polaridad, y donde el universo apareció por fin como información y materia organizada. De ahí que ese vacío sea negrura eterna: carece de luz visible.57

Como la materia vibra a una frecuencia tan baja, para entrar en el tiempo-espacio del campo unificado no puedes llevar tu cuerpo contigo, así que tendrás que dejarlo atrás. No puedes llevar tu identidad contigo, así que tendrás que convertirte en nadie. No puedes llevarte tus cosas contigo, así que deberás renunciar a ellas. No puedes estar en parte alguna, de manera que tendrás que llegar a ninguna parte. Y, por fin, si vives a partir de un pasado conocido o un futuro previsible basados en un tiempo lineal, para llegar al tiempo-espacio tendrás que experimentar la ausencia de tiempo. ¿Y cómo se hace? Debes enfocar la atención en el campo unificado; no a través de los sentidos, sino desde la presencia. Y a medida que transformes tu consciencia, elevarás tu energía. Cuanto más consciente seas del campo unificado, más te alejarás de la separación que caracteriza a la materia y más cerca estarás de la unidad.

Y por fin llegarás al cuanto o campo unificado, el universo de la información que nos conecta a toda la materia, todos, todo, en todas partes y en todo momento.

Cuanto más centramos la atención en el mundo exterior, habitando esta realidad tridimensional como un cuerpo dotado de una identidad que posee algo en alguna parte y en algún momento, más carencia y separación experimentamos. Según retiramos la atención de la realidad externa para enfocarla en el mundo interno, en el instante presente, nuestra consciencia se alinea con la del campo unificado y estamos más presentes en él. A medida que nos sumergimos más profundamente en el campo unificado como pura consciencia, menos vacío y separación experimentamos y más unidad e integración. Si no existe separación entre dos puntos de consciencia, el tiempo y el espacio desaparecen… para convertirse en todos los tiempos y todos los espacios. En consecuencia, cuanto más integrados nos sintamos y menos carencia experimentemos, mayor será nuestra sensación de que el futuro ya se ha producido. En ese caso ya no estamos creando desde la dualidad, sino desde la unidad.

El campo unificado: cómo ser toda la materia, todos, todo, en todas partes, en todo momento

La materia es sumamente densa. A causa de esa densidad, vibra en la frecuencia más baja de todo el universo. En la figura 11.11 verás que, si elevas la frecuencia de la materia acelerándola más y más, se convierte en energía. En cierto punto, justo por encima del espectro de luz visible —por encima del ámbito de la dualidad y la polaridad—, cualquier información sobre la materia se transforma en energía más unificada. Como puedes ver, cuanto más alta es la frecuencia, más ordenada y coherente se torna la energía. En ese nivel de frecuencia y energía, la dualidad y la polaridad desaparecen. Llamamos a este fenómeno «amor» o «integración», porque la división y la separación dejan de existir. En ese punto se encuentran lo positivo y lo negativo, se unen lo masculino y lo femenino, el pasado y el futuro se funden, el bien y el mal pierden su razón de ser. Allí ya no se aplican los conceptos «correcto» e «incorrecto». Los opuestos devienen uno.

Todo comienza con un pensamiento consciente. Según la frecuencia del pensamiento consciente baja, la energía también lo hace, hasta que por fin adopta una forma y deviene materia.

A la frecuencia de la velocidad de la luz, el gesto de la materia adopta un patrón para tornarse estructura. A la velocidad de la luz, la energía se divide en polaridad o dualidad y se crean los positrones, los electrones… Por encima de la velocidad de la luz, el orden es mayor y eso aumenta el grado de integración.

Según viajamos de la consciencia a la materia para trascendernos a nosotros mismos, enfocando la atención hacia dentro y hacia el campo unificado, vamos dejando atrás el plano de la luz visible. Es entonces cuando nos convertimos en no-materia, nadie, nada, en ninguna parte y en ningún momento. En esta región, siendo pura conciencia, captamos otras dimensiones, otras realidades y otras posibilidades. Habida cuenta de que la frecuencia alberga información y que hay infinitas frecuencias en el cuanto, experimentamos otros planos.

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