Sin fallos
Dieciocho
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DIECIOCHO
El aire estaba frío y a veinte metros del suelo la brisa se convertía en viento. Entraba por las celosías, le raspaba los ojos y lo hacía lloriquear. Habían estado allí dos horas y no había sucedido nada. No habían visto nada ni oído nada salvo el reloj. Se habían aprendido su sonido. Cada tong estaba compuesto por un conjunto de frecuencias metálicas distintas, comenzando muy abajo, con el tañido grave y sordo de los engranajes más grandes, y ascendiendo al diminuto clic agudo del escape de palanca para terminar con un débil ding que emitía con cierta demora la campana más pequeña. Era el sonido de la locura.
—Veo algo —gritó Neagley—. Un SUV, creo, acercándose por el sur.
Reacher echó un vistazo rápido hacia el norte y se puso de rodillas. Estaba entumecido, con frío y muy incómodo. Alzó el telescopio de observar aves.
—Cógelo —gritó.
Lo lanzó trazando una parábola por encima del eje del reloj. Neagley torció el cuerpo, lo cogió con una mano y se giró de nuevo hacia el panel de las celosías. Acercó el ojo al telescopio.
—Podría ser un nuevo modelo de Chevy Tahoe —gritó—. Dorado claro, metalizado. Le da el sol en el parabrisas. No veo a los ocupantes.
Reacher miró de nuevo hacia el norte. La carretera seguía vacía. Llegaba a ver hasta quince kilómetros de distancia. Llevaría diez minutos recorrer quince kilómetros, incluso yendo rápido. Se puso de pie y estiró los músculos. Pasó por debajo del eje del reloj y se arrastró hasta llegar al lado de Neagley. Ella se movió hacia la derecha y él se frotó los ojos y miró hacia el sur. Se veía un puntito dorado en la carretera, solo, más o menos a unos ocho kilómetros de distancia.
—No está muy concurrido —dijo ella—. ¿No?
Le pasó el telescopio. Reacher ajustó el foco, apoyó su peso sobre un tablón de la celosía y miró entrecerrando el ojo. La compresión que provocaba el teleobjetivo mantenía la furgoneta en el mismo lugar. Era como si rebotara y se balanceara sobre la carretera, pero sin avanzar ni siquiera un poco. Parecía polvorienta y sucia por el viaje. Tenía un guardabarros delantero grande y cromado, todo salpicado de barro y sal. El parabrisas estaba manchado. El reflejo del sol hacía que fuera imposible ver quién iba dentro.
—¿Por qué está todavía soleado? —dijo—. Pensé que iba a nevar.
—Mira hacia el oeste —dijo Neagley.
Reacher bajó el telescopio, giró y apretó el lado izquierdo de la cara contra las celosías. Cerró el ojo derecho y miró de lado con el izquierdo. El cielo estaba partido en dos. Al oeste estaba casi negro de nubes. Al este estaba azul pálido con un poco de niebla. Múltiples rayos de sol gigantescos caían resplandecientes por entre la neblina en el lugar en el que los dos sistemas climáticos se encontraban.
—Increíble —dijo.
—Una especie de inversión térmica —dijo Neagley—. Espero que siga así o aquí arriba nos congelaremos.
—Está a unos ochenta kilómetros.
—Y el viento por lo general sopla desde el oeste.
—Genial.
Levantó de nuevo el telescopio y buscó la furgoneta dorada. Estaba alrededor de un kilómetro y medio más cerca, sacudiéndose y balanceándose sobre el camino de tierra. Debía estar andando a casi cien kilómetros por hora.
—¿Qué te parece? —dijo Neagley.
—Un hermoso vehículo —dijo él—. Un color horrible.
Observó cómo se acercaba durante un kilómetro y medio más y después le devolvió el telescopio.
—Debería comprobar el norte —dijo.
Se arrastró por debajo del eje del reloj y regresó a su celosía. En el norte no estaba sucediendo nada. La carretera seguía vacía. Invirtiendo su maniobra previa, apretó la mejilla derecha contra la madera, se tapó el ojo izquierdo con la mano y miró de nuevo hacia el oeste. Las nubes de nieve estaban como agarradas a las montañas. Parecía el día y la noche, con una transición abrupta en el lugar en el que comenzaba la zona de las faldas.
—Es una Chevy Tahoe seguro —gritó Neagley—. Está disminuyendo la velocidad.
—¿Llegas a ver la matrícula?
—Aún no. Ahora está a más o menos un kilómetro y medio, desacelerando.
—¿Llegas a ver quién va dentro?
—Tengo el sol y cristales polarizados. No identifico a los ocupantes. Menos de un kilómetro ahora.
Reacher miró hacia el norte. No había tráfico.
—Matrícula de Nevada, creo —gritó Neagley—. No llego a leerla. Está toda cubierta de barro. Está justo en la entrada al pueblo. Ahora está yendo muy despacio. Parece una vuelta de reconocimiento. No se detiene. Sigo sin poder identificar a los ocupantes. Ahora se está acercando mucho. Estoy viendo el techo de la furgoneta. Polarizado oscuro en la ventanilla lateral trasera. Los voy a perder en cualquier momento. Ahora está justo debajo de nosotros.
Reacher se puso de pie bien pegado a la pared y miró hacia abajo con el mejor ángulo que pudo. La forma en que los tablones de la celosía estaban colocados en el marco generaba un punto ciego de unos doce metros de profundidad.
—¿Dónde está ahora? —gritó.
—No lo sé.
Escuchó el ruido de un motor por encima del sonido del viento. Un V-8 grande, avanzando despacio. Miró hacia abajo y entró en su campo de visión un capó dorado metalizado. Después un techo. Después una ventanilla trasera. La furgoneta pasó por debajo de donde él estaba, atravesó el pueblo y cruzó el puente a unos treinta kilómetros por hora. Siguió avanzando despacio otros cien metros. Después aceleró. Subió de velocidad muy rápido.
—El telescopio —gritó.
Neagley se lo devolvió, él lo apoyó en un tablón de la celosía y observó cómo la furgoneta se alejaba hacia el norte. La luna estaba polarizada de negro y tenía un arco donde el limpiaparabrisas había barrido la niebla salina. El parachoques trasero era cromado. Pudo ver unas letras en relieve que decían Chevrolet Tahoe. La matrícula trasera era indescifrable. Estaba cubierta de sal para carreteras. Vio marcas de manos donde habían sujetado la puerta del maletero para levantarla y bajarla. Tenía toda la pinta de ser una furgoneta que había recorrido muchos kilómetros en el último día o en los últimos dos días.
—Se está yendo —gritó él.
La observó por el telescopio durante todo el recorrido. Rebotaba, se balanceaba y se hacía cada vez más pequeña. Tardó diez minutos enteros en hacer todo el trayecto hasta quedar fuera de su campo de visión. Subió el último montículo de la carretera y luego desapareció con un último destello del sol sobre la pintura dorada.
—¿Algo más? —gritó él.
—El sur está despejado —le gritó Neagley.
—Voy a bajar a buscar el mapa. Puedes vigilar las dos direcciones mientras no esté. Juega un poco al limbo por debajo de esta maldita cosa del reloj.
Se arrastró hasta la trampilla y apoyó los pies en la escalera de mano. Bajó, entumecido, dolorido y con frío. Llegó hasta el descansillo y se dirigió hacia abajo por la escalera caracol. Salió de la torre y de la iglesia hacia la débil luz del sol del mediodía. Cruzó por el cementerio hasta el coche caminando con algo de dificultad. Vio al padre de Froelich al lado de la furgoneta, observándola como si pudiera contestarle alguna pregunta. El viejo vio en el reflejo de la ventanilla que Reacher se acercaba y se dio la vuelta para quedar frente a él.
—El señor Stuyvesant está al teléfono. Quiere hablar con usted —dijo—. Desde la oficina del Servicio Secreto en Washington D. C.
—¿Ahora?
—Está esperando desde hace veinte minutos. Le he estado buscando.
—¿Dónde está el teléfono?
—En mi casa.
La casa de los Froelich era uno de los edificios blancos en la pata corta sudeste de la K. El viejo lo guio con sus zancadas largas. Reacher se tuvo que apresurar para seguirle el paso. La casa tenía un jardín delantero con una cerca blanca de madera. Estaba lleno de plantas aromáticas y de jardín muertas a causa del frío. Dentro la luz era tenue y el ambiente estaba perfumado. El suelo era de madera oscura. Aquí y allá había alfombras tejidas. El viejo lo condujo hasta el salón de la parte delantera. Debajo de la ventana había una mesa antigua con un teléfono y una foto encima. El teléfono era un modelo viejo con un auricular pesado y un cable en espiral recubierto con tela marrón. La foto era de Froelich, a los dieciocho años, aproximadamente. Tenía el pelo un poco más largo que lo que había decidido tenerlo después, y también un poco más claro. Tenía un rostro abierto e inocente, y una sonrisa dulce. Sus ojos eran de color azul oscuro y estaban llenos de esperanza en el futuro.
No había silla junto a la mesa. Claramente los Froelich eran de una generación que prefería estar de pie al hablar por teléfono. Reacher desenredó el cable y se acercó el teléfono a la oreja.
—¿Stuyvesant? —dijo.
—¿Reacher? ¿Alguna buena noticia para darme?
—Aún no.
—¿Cuál es la situación?
—El acto está programado para las ocho de la mañana —dijo Reacher—. Pero supongo que eso ya lo sabe.
—¿Qué más necesito saber?
—¿Vienen en helicóptero?
—Es el plan. Ahora mismo todavía está en Oregón. Lo vamos a llevar en avión hasta una base aérea en Dakota del Sur y después haremos un breve recorrido en un helicóptero de la fuerza aérea. Seremos ocho personas en total, incluyéndome a mí.
—Él quería que fueran solo tres.
—No puede objetar nada. Somos todos amigos de Froelich.
—¿No pueden decir que tienen un problema mecánico? ¿Y quedarse en Dakota del Sur?
—Se daría cuenta. Y la fuerza aérea no nos seguiría el juego. No querrán pasar a la historia como el motivo por el cual no pudo asistir.
Reacher se irguió y miró por la ventana:
—Vale, verán la iglesia sin dificultad. Aterrizarán al otro lado de la calle hacia el este. Hay un buen lugar allí mismo. Después Armstrong tiene que recorrer unos cincuenta metros hasta la puerta de la iglesia. El área que está inmediatamente alrededor puedo asegurarla absolutamente. Vamos a estar en la iglesia toda la noche. Pero van a odiar todo lo que está más allá. Hay un campo de tiro de alrededor de ciento cincuenta grados al sur y al oeste. Es totalmente abierto. Y está lleno de lugares para ocultarse.
Silencio en el D. C.
—No puedo hacerlo —dijo Stuyvesant—. No puedo llevarlo a un escenario así. Ni a nadie de los míos. No voy a perder a nadie más.
—Por lo que solo espere lo mejor —dijo Reacher.
—No es mi estilo. Usted y Neagley van a tener que cumplir su objetivo.
—Lo haremos si podemos.
—¿Cómo lo sabré? No tienen radios. Los teléfonos móviles no funcionarán allí. Y es demasiado engorroso seguir utilizando esta línea.
Reacher hizo una pequeña pausa.
—Tenemos una Yukon negra —dijo—. Ahora mismo está aparcada en la carretera, justo al lado de la iglesia, al este. Si sigue allí cuando ustedes lleguen, entonces retírense y vuelvan a casa. Armstrong lo tendrá que aceptar. Pero si no está, entonces nosotros tampoco estamos, y no nos iremos a no ser que hayamos cumplido, ¿me he explicado?
—Bien, comprendido —dijo Stuyvesant—. Una Yukon negra al este de la iglesia, abortamos. Si la Yukon no está, aterrizamos. ¿Registraron el pueblo?
—No podemos registrar casa por casa. Pero es un lugar muy pequeño. Cualquiera que no sea de aquí va a llamar la atención, créame.
—Nendick volvió en sí. Está hablando un poco. Dice lo mismo que Andretti. Se le acercaron los dos y los tomó por policías.
—Son policías. Estamos seguros. ¿Obtuvieron alguna descripción?
—No. Sigue pensando en su esposa. No nos pareció justo decirle que probablemente ya no tenía motivos para hacerlo.
—Pobre hombre.
—Me gustaría poder cerrar de algún modo su situación. Al menos encontrar el cuerpo de su esposa, quizás.
—No estoy planeando un arresto aquí.
Silencio en el D. C.
—Vale —dijo Stuyvesant—. Supongo que no lo veremos en ninguno de los dos casos. Por lo que buena suerte.
—Le deseo lo mismo —dijo Reacher.
Colgó otra vez el auricular y puso el cable sobre la mesa formando un bucle ordenado. Miró el paisaje de fuera. La ventana daba al norte y al este a través de un océano vacío de hierba hasta la cintura. Después se dio la vuelta y vio que el señor Froelich lo estaba observando desde la puerta del salón.
—Están viniendo hacia aquí, ¿no? —preguntó—. Los que mataron a mi hija. Porque está viniendo Armstrong.
—Puede que ya estén aquí —respondió Reacher.
El señor Froelich negó con la cabeza:
—Todo el mundo estaría hablando de eso.
—¿Ha visto la furgoneta dorada?
El viejo asintió:
—Pasó a mi lado yendo muy despacio.
—¿Quién iba dentro?
—No lo vi. Las ventanillas eran oscuras. No quise mirar.
—Vale —dijo Reacher—. Si se entera de que hay alguien nuevo en el pueblo, viene y me lo dice.
El anciano asintió otra vez:
—Lo sabrá tan pronto como yo lo sepa. Y yo lo sabré tan pronto como alguien nuevo llegue. Aquí se corre la voz rápidamente.
—Estaremos en la torre de la iglesia —dijo Reacher.
—¿Están aquí en representación de Armstrong?
Reacher no dijo nada.
—No —continuó el señor Froelich—. Están aquí para vengarse, ¿no es así?
—¿Le incomoda?
—¿A usted?
Los ojos llorosos del hombre recorrieron involuntariamente todo el salón oscuro y se posaron en el rostro adolescente de su hija.
—¿Tiene hijos? —preguntó.
—No —respondió Reacher—. No tengo.
—Yo tampoco —dijo el viejo—. Ya no. Por lo que no me incomoda.
Reacher volvió a la Yukon y cogió el mapa del asiento trasero. Después subió a la torre y se encontró con Neagley moviéndose de un lado a otro entre la cara norte y la sur.
—Todo despejado —dijo por encima del tictac del reloj.
—Ha llamado Stuyvesant —dijo él—. A la casa de los Froelich. Está aterrorizado. Y Nendick se ha despertado. Le pasó lo mismo que a Andretti.
Desplegó el mapa y lo extendió sobre el suelo del campanario. Puso el dedo en Grace. Estaba en el centro de una superficie semejante a un cuadrado delimitada por cuatro carreteras. El cuadrado tenía más o menos ciento treinta kilómetros de lado. El perímetro de la derecha lo conformaba la Ruta 59, que iba desde Douglas, al sur, y cruzaba por un pueblo llamado Bill hasta otro, en el norte, llamado Wright. El borde superior del cuadrado era la Ruta 387, que iba hacia el oeste desde Wright hasta Edgerton. En el mapa las dos carreteras estaban marcadas como secundarias. Ya habían recorrido parte de la 387 y sabían que era una pista de asfalto bastante decente. El borde de la izquierda del cuadrado era la I-25, que bajaba desde Montana, al norte, y seguía recto pasando por Edgerton hasta llegar a Casper. La base del cuadrado también era la I-25, en el punto en que salía de Casper y hacía una curva de noventa grados hacia el este en dirección a Douglas, antes de girar otra vez hacia el sur en dirección a Cheyenne. La carretera que iba de norte a sur y pasaba por Grace dividía el cuadrado de ciento veinte kilómetros de lado en dos rectángulos verticales más o menos idénticos. En el mapa esa carretera era una línea de puntos gris, muy delgada. La leyenda que estaba en el margen la llamaba un camino menor sin pavimentar.
—¿Qué piensas? —preguntó Neagley.
Reacher trazó el cuadrado con el dedo. Amplió el radio y trazó ciento cincuenta kilómetros hacia el este, hacia el norte, hacia el oeste y hacia el sur:
—Creo que en toda la historia del oeste de Estados Unidos nunca nadie simplemente pasó por Grace, Wyoming. Es inconcebible. ¿Qué motivo habría para que alguien lo hiciera? Cualquier viaje razonable de sur a norte o de este a oeste dejaría el pueblo completamente al margen. De Casper a Wright, digamos. Del rincón de abajo a la izquierda al de arriba a la derecha. Cogerías la I-25 hacia el este hasta Douglas y la Ruta 59 hacia el norte, saliendo de Douglas y hasta Wright. Venir por Grace no tiene ningún sentido. No te ahorra kilómetros. Solo hace el viaje más lento, porque es un camino de tierra. ¿Y verías el camino? ¿Te acuerdas cuando lo tomamos al norte? Yo pensé que no llevaba a ningún lado.
—Y tenemos un mapa para senderistas —dijo Neagley—. Quizás en un mapa de carretera normal ni siquiera figura.
—Por lo que esa furgoneta pasó por aquí por algún motivo —dijo Reacher—. No accidentalmente, no por diversión.
—Eran ellos —dijo Neagley.
Reacher asintió:
—Estaban haciendo la vuelta de reconocimiento.
—Estoy de acuerdo —dijo Neagley—. ¿Pero les gustó lo que vieron?
Reacher cerró los ojos. ¿Qué vieron? Vieron un pueblo minúsculo sin sitios seguros para ocultarse. Un lugar para que aterrice un helicóptero a tan solo cincuenta metros de la iglesia. Y un SUV negro que parece un vehículo oficial del Servicio Secreto aparcado en la carretera, grande y evidente. Con matrícula de Colorado, y Denver probablemente sea la oficina rural más cercana del Servicio Secreto.
—No creo que se hayan encontrado con nada demasiado difícil de interpretar —dijo él.
—¿Entonces abortarán? ¿O regresarán?
—Solo hay una manera de averiguarlo —dijo Reacher—. Esperar y ver.
Esperaron. El sol se alejó en la tarde y la temperatura cayó como una piedra. El reloj hacía tres mil seiscientos tics por hora. Neagley salió a caminar un poco y volvió con una bolsa del gran almacén. Improvisaron un almuerzo. Después organizaron un nuevo patrón de vigilancia basado en el hecho de que ningún vehículo podía atravesar ninguno de los dos campos visuales en menos de aproximadamente ocho minutos. Así que se sentaron cómodamente y cada cinco minutos del reloj de Neagley se arrodillaban, iban hasta sus celosías y examinaban la situación en la carretera. Todas las veces sentían una pequeña excitación por la expectativa y todas las veces se decepcionaban. Pero el movimiento físico regular ayudaba contra el frío. Comenzaron a estirar para mantenerse activos. Hacían flexiones de brazos para mantener el calor. Las balas sueltas que tenían en los bolsillos tintineaban fuerte. Repique de guerra, decía Neagley. De vez en cuando Reacher apretaba la cara contra las celosías y miraba la nevada en el oeste. Las nubes seguían bajas y negras, retenidas en su lugar por un muro invisible a más o menos ochenta kilómetros de distancia.
—No van a volver —dijo Neagley—. Tendrían que estar locos para intentar algo aquí.
—Yo creo que están locos —dijo Reacher.
Vigilaba y esperaba, y escuchaba el reloj. Poco antes de las cuatro de la mañana ya había tenido suficiente. Con la hoja del cuchillo raspó la acumulación de pintura blanca vieja y sacó del marco de la celosía uno de los tablones. Era un simple pedazo de madera, de quizás un metro de largo, quizás diez centímetros de ancho, quizás tres centímetros de espesor. Lo sujetó delante suyo como una lanza, avanzó arrastrándose y lo metió en el mecanismo del reloj. Los engranajes se atascaron y el reloj se detuvo. Sacó la madera, volvió arrastrándose y puso de nuevo el tablón en el marco. De repente el silencio fue ensordecedor.
Vigilaron y esperaron. Se puso más frío, hasta el punto de que los dos comenzaron a temblar. Pero el silencio ayudaba. De repente, ayudaba mucho. Reacher se arrastró, comprobó de nuevo la vista parcial que tenía hacia el oeste, volvió y levantó el mapa. Lo miró fijamente, perdido en sus pensamientos. Usó el índice y el pulgar a modo de compás y midió distancias. Sesenta, ciento veinte, ciento ochenta, doscientos cuarenta kilómetros. Lento, más rápido, rápido, lento. En conjunto, la velocidad media quizás sea sesenta. Cuatro horas.
—El sol se pone por el oeste —dijo—. Sale por el este.
—En este planeta —dijo Neagley.
Entonces escucharon un crujido debajo de ellos, en la escalera. Escucharon pies en la escalera de mano. La trampilla se levantó unos centímetros, volvió a caer, después se abrió de golpe del todo y el pastor asomó la cabeza al campanario y vio el subfusil que le apuntaba por un lado y el Mi6 que le apuntaba por el otro.
—Necesito hablar con ustedes de este tipo de cosas —dijo—. No esperarán que esté contento teniendo armas en mi iglesia.
Se quedó allí en la escalera de mano. Parecía una cabeza cortada. Reacher volvió a dejar el M16 en el suelo. El pastor subió un peldaño más.
—Comprendo que la seguridad es necesaria —continuó—. Y es un honor para nosotros recibir al vicepresidente electo, pero realmente no puedo permitir máquinas de destrucción en un edificio sagrado. Esperaba que alguien lo hubiese consultado conmigo.
—¿Máquinas de destrucción? —repitió Neagley.
—¿A qué hora se pone el sol? —preguntó Reacher.
El pastor pareció un poco sorprendido por el cambio de tema. Pero respondió muy amablemente.
—Pronto —dijo—. Cae detrás de las montañas bastante temprano en esta zona. Pero hoy no lo verán. Hay nubes. Se acerca una tormenta de nieve desde el oeste.
—¿Y a qué hora sale?
—¿En esta época del año? Un poco antes de las siete, creo.
—¿Ha escuchado el pronóstico del tiempo para mañana?
—Dicen que bastante parecido a hoy.
—Vale —dijo Reacher—. Gracias.
—¿Ha parado usted el reloj?
—Me estaba volviendo loco.
—Por eso subí. ¿Le molesta si lo pongo en marcha de nuevo?
Reacher se encogió de hombros:
—Es su reloj.
—Sé que el ruido puede ser molesto.
—No importa —dijo Reacher—. Nos iremos de aquí en cuanto se ponga el sol. Con armas y todo.
El pastor terminó de subir al recinto, se inclinó sobre las vigas de hierro y tocó algunas cosas en el mecanismo. Había un dispositivo de ajuste conectado a otro reloj en miniatura que Reacher no había visto antes. Estaba metido entre los engranajes. Tenía una palanca. El pastor consultó su reloj pulsera y con la palanca puso las agujas de fuera en la hora correcta. Las agujas del reloj en miniatura también se movieron. Después simplemente giró un engranaje con la mano hasta que el mecanismo tomó impulso y recomenzó a funcionar por su cuenta. Se escuchó otra vez el pesado tong, tong, tong. La campana más pequeña sonaba un poco después, una reverberación diminuta por cada segundo que pasaba.
—Gracias —dijo el pastor.
—Una hora como máximo —dijo Reacher—. Después nos iremos.
El pastor asintió como si hubiese quedado claro lo que había ido a decir y bajó por la trampilla. La cerró después de pasar.
—No nos podemos ir de aquí —dijo Neagley—. ¿Estás loco? Podrían venir de noche sin ningún problema. Quizás eso es exactamente lo que están esperando. Podrían venir con la furgoneta sin encender los focos delanteros.
Reacher miró su reloj.
—Ya están aquí —dijo—. O casi.
—¿Dónde?
—Te lo enseñaré.
Sacó otra vez el tablón de la celosía y se lo pasó a ella. Se arrastró por debajo del eje del reloj hasta la escalera de mano que permitía salir a la azotea. La subió y abrió la trampilla.
—Quédate agachada —gritó.
Reacher se deslizó hacia afuera, manteniendo la barriga pegada al techo. La construcción era casi idéntica a la de la azotea de Bismarck. Había membranas de plomo soldadas por dentro de una caja poco profunda. Desagües en los rincones. Una base fuerte para el mástil, la veleta y el pararrayos. Y una pared de un metro de alto alrededor. Dio un giro completo sobre su tronco, se asomó hacia abajo e hizo que Neagley le pasara el tablón de madera. Después se movió y dejó sitio a ella para que subiese. Había un viento fuerte y hacía muchísimo frío.
—Ahora nos arrodillamos sin asomarnos demasiado —dijo—. Bien cerca, mirando hacia el oeste.
Se arrodillaron juntos, hombro con hombro, agazapados. Él estaba a la derecha, ella a la izquierda. Reacher todavía podía oír el reloj. Podía sentirlo a través del plomo y de los tablones de madera gruesa.
—Vale, así —dijo él. Colocó el listón delante de su cara, con su mano izquierda sujetando el extremo izquierdo. Ella cogió el extremo derecho con su mano derecha. Avanzaron arrodillados hasta quedar muy pegados contra la pared baja. Reacher puso su extremo del listón a la altura en la que terminaba la pared. Ella hizo lo mismo.
—Más —dijo—. Hasta que tengamos una rendija para mirar.
Lo levantaron juntos hasta que quedó horizontal con un par de centímetros de espacio entre el borde inferior y la parte alta de la pared. Miraron por el resquicio. Si alguien observaba la torre con atención podía verlos, pero en general parecía una táctica bastante discreta. En cualquier caso, lo mejor que pudo improvisar.
—Mira hacia el oeste —dijo—. Quizás un poco al suroeste.
Entornaron los ojos hacia donde se estaba poniendo el sol. Se veían sesenta kilómetros de hierba ondulante. Era como un mar, brillante y dorado a la luz del atardecer. Al otro lado la tormenta de nieve lo volvía todo más oscuro. En la zona del medio había neblina y unas láminas horizontales del último sol la atravesaban como proyectándose hacia donde estaban ellos. Había cambiantes cortinas de sol y sombra y colores y arcoíris que no empezaban ni terminaban en ninguna parte.
—Observa los pastizales —dijo él.
—¿Qué se supone que estoy buscando?
—Ya lo verás.
Se quedaron allí arrodillados durante minutos. El sol seguía bajando. Los últimos rayos les llegaban a los ojos cada vez más horizontales. Entonces lo vieron. Lo vieron al mismo tiempo. A más o menos un kilómetro y medio de distancia, en medio del océano de hierba, el sol agonizante proyectó un destello dorado sobre el techo de la Tahoe. Se movía hacia el este por entre los pastizales, muy despacio, acercándose directamente hacia ellos, rebotando suavemente sobre el terreno irregular, subiendo y bajando por las hondonadas y las pendientes, a paso de hombre.
—Fueron inteligentes —dijo Reacher—. Leyeron el mapa y tuvieron la misma idea que tú: ir campo a través hacia el oeste. Pero después vieron el pueblo y supieron que tenían que entrar por ahí también.
El sol se deslizó entre las nubes bajas cincuenta kilómetros hacia el oeste, la sombra resultante cruzó deprisa los pastizales hacia el este y la luz dorada desapareció. El ocaso cayó como si hubiesen accionado un interruptor y después ya no se vio nada más. Bajaron la pantalla que habían hecho con el listón de madera y se apartaron muy pegados al techo. Se arrastraron sobre la membrana y bajaron de nuevo al campanario. Neagley pasó por debajo del eje del reloj y recogió su Heckler & Koch.
—Aún no —dijo Reacher.
—¿Entonces cuándo?
—¿Qué harán ellos ahora?
—Imagino que se acercarán tanto como se atrevan. Luego se establecerán en un lugar y esperarán.
Reacher asintió:
—Darán la vuelta a la furgoneta y la aparcarán mirando hacia el oeste en el mejor hueco que encuentren a cien o doscientos metros de aquí. Comprobarán sus líneas de visión hacia el este y se asegurarán de que pueden ver sin ser vistos. Después esperarán a que llegue Armstrong.
—Son catorce horas.
—Exacto —dijo Reacher—. Los vamos a dejar ahí fuera toda la noche. Dejaremos que pasen frío, se entumezcan y se cansen. Después, cuando salga el sol, les dará de frente. Nosotros llegaremos del lado del sol. Ni siquiera nos verán.
Escondieron las armas largas debajo del banco más cercano a la puerta de la iglesia y dejaron la Yukon donde estaba aparcada. Caminaron en dirección al puente y alquilaron dos habitaciones en la pensión. Después fueron al almacén a buscar algo para cenar. Ya no había sol y la temperatura estaba por debajo de los cero grados. Estaba nevando de nuevo. Había copos grandes y ligeros dando vueltas despacio, reacios a posarse en el suelo. Se arremolinaban, quedaban suspendidos en el aire y ascendían de nuevo como pájaros diminutos.
El mostrador de la comida estaba cerrado, pero la mujer de la tienda se ofreció a calentarles en el microondas algo de lo que tuviera en el congelador. Parecía haber comprendido que Reacher y Neagley eran una avanzada del Servicio Secreto.
Todos parecían saber que se esperaba que Armstrong asistiera al acto. Calentó unas porciones de pastel de carne y algunas verduras blandas. Comieron bajo la poca luz del mostrador. La comida estaba igual de rica que las raciones de combate. La mujer no aceptó que se la pagaran.
Las habitaciones de la pensión estaban limpias, tal como se leía en el anuncio. Tenían paneles de pino en las paredes. Alfombras tejidas en el suelo. Una cama individual en cada una, con edredones floreados casi transparentes de tanto como se habían lavado. Al final del pasillo había un baño. Reacher dejó que Neagley ocupara la habitación que estaba más cerca. Después fue a visitarlo un rato a su habitación, porque estaba desvelada y quería hablar. Se sentaron uno al lado del otro en la cama, porque no había ningún otro mueble en el que estar.
—Vamos a enfrentarnos a una localización preparada —dijo ella.
—Nosotros dos contra dos tarados —respondió Reacher—. ¿Ahora estás preocupada?
—Se ha vuelto más difícil.
—Dímelo de nuevo —le pidió él—. No te estoy obligando a hacerlo, ¿verdad?
—No lo puedes hacer solo.
Él negó con la cabeza:
—Podría hacerlo solo, con una sola mano y con los ojos vendados.
—No sabemos nada de ellos.
—Pero podemos elaborar una especie de diagnóstico. El alto de Bismarck es el francotirador, y el otro le cubre las espaldas y conduce. Hermano mayor, hermano menor. Va a haber mucha lealtad. Es un asunto entre hermanos. Todo esto es un asunto entre hermanos. Explicarle los motivos a una persona que no fuera cercana sería difícil. No puedes acercarte a alguien desconocido y decirle, sin más: hola, quiero matar a un tío porque su padre me amenazó con meterme un palo por el culo y le tuve que rogar que no lo hiciera.
Neagley no dijo nada.
—No te estoy pidiendo que participes —dijo Reacher.
Neagley sonrió:
—Eres idiota. Estoy preocupada por ti, no por mí.
—A mí no me va a pasar nada —dijo Reacher—. Voy a morir de viejo en una solitaria cama de motel.
—Todo esto es un asunto entre hermanos también para ti, ¿no?
Él asintió:
—Así tiene que ser. Armstrong realmente me importa muy poco. Froelich me gustaba, pero nunca la hubiese conocido si no fuera por Joe.
—¿Te sientes solo?
—A veces. Normalmente no.
Ella movió la mano, muy lentamente. Empezó a tres centímetros de la mano de él. Hizo que los tres centímetros demorasen como un millón de kilómetros. Sus dedos se movieron imperceptiblemente sobre el edredón gastado hasta que quedaron a muy poca distancia de los de él. Después se levantaron y se movieron más, hasta que quedaron directamente sobre los de él, solo un poco por encima. Era como si hubiese una capa de aire entre sus manos, tan comprimida que parecía tibia y líquida. Dejó la mano flotando en el aire y la mantuvo quieta. Después aumentó la presión, la bajó y sus dedos tocaron el dorso de los de él, muy suavemente. Movió el codo para que su mano quedara alineada con precisión. Después empujó más fuerte hacia abajo. Tenía la palma tibia. Sus dedos eran largos y estaban más bien fríos. Las puntas apoyadas en los nudillos de él. Se movieron y recorrieron las arrugas, las cicatrices y los tendones. Se metieron entre los suyos. Él le dio la vuelta a su mano. Ella apretó su palma contra la de él. Le entrelazó los dedos y apretó. Él también apretó.
Se quedó cogido de la mano de ella durante cinco largos minutos. Después ella la retiró lentamente. Se puso de pie y caminó hasta la puerta. Sonrió.
—Te veo por la mañana —dijo.
Él durmió mal y se despertó a las cinco, preocupado por el final de la jugada. Lo atormentaban algunas complicaciones. Se destapó y se levantó de la cama. Se vistió en la oscuridad, bajó las escaleras y salió a la noche. Hacía mucho frío y los copos de nieve llegaban con más velocidad. Parecían húmedos y pesados. La tormenta se estaba moviendo hacia el este. Lo que era bueno, supuso.
No había luz. Todas las ventanas del pueblo estaban a oscuras, no había ninguna farola, no había luna, no había estrellas. La torre de la iglesia se alzaba a media distancia, velada, gris y fantasmal. Caminó por el medio del camino de tierra y cruzó el cementerio. Fue hasta la puerta de la iglesia y entró. Subió las escaleras de la torre guiándose por el tacto. Encontró la escalera de mano en la oscuridad y trepó al campanario. El reloj marcaba fuerte el paso de los segundos. Más fuerte que de día. Sonaba como un herrero loco golpeando un yunque con su martillo de hierro una vez por segundo.
Pasó por debajo del eje del reloj y encontró la siguiente escalera de mano. Trepó en la oscuridad y salió a la azotea. Se arrastró hasta la pared oeste y asomó la cabeza. El paisaje estaba infinitamente oscuro y silencioso. Las montañas desmesuradas que estaban a lo lejos se habían vuelto invisibles. No podía ver nada. No podía oír nada. El aire estaba helado. Esperó.
Esperó treinta minutos al frío. Le empezaron a lloriquear los ojos y a moquear la nariz. Empezó a temblar intensamente. Si yo tengo frío, ellos estarán prácticamente muertos, pensó. Y en efecto, después de treinta largos minutos escuchó el sonido que estaba esperando escuchar. Se encendió el motor de la Tahoe. Estaba lejos, pero en el silencio de la noche resultaba ensordecedor. Estaba en algún lugar hacia el oeste, quizás a un par de cientos de metros de distancia. Estuvo en marcha durante diez minutos, haciendo funcionar la calefacción. No podía determinar la ubicación exacta solo mediante el sonido. Pero entonces cometieron un error fatal. Encendieron y apagaron la luz del techo durante un segundo. Reacher vio un breve resplandor amarillo al fondo de la hierba. La furgoneta estaba en una hondonada. Completamente oculta, con el techo muy por debajo de la altura media. Un poco al sur del oeste, pero no mucho. Quizás a ciento cincuenta metros de distancia. Era una buena ubicación. Probablemente utilizarían la misma furgoneta como plataforma de tiro. Te acuestas boca abajo en el techo, apuntas, disparas, bajas, entras, te vas.
Apoyó los dos brazos extendidos a lo largo de la pared, miró directamente hacia el oeste y grabó en su memoria la relación entre el breve destello amarillo y la ubicación de la torre. Estaba a ciento cincuenta metros de distancia, quizás treinta metros al sur de la perpendicular. Se arrastró de vuelta al campanario, pasó junto al martilleante reloj, bajó a la nave. Sacó las armas largas de abajo del banco y las dejó en el suelo frío debajo de la Yukon. No quiso ponerlas dentro. No quiso responder a su destello de luz con uno propio.
Volvió a la pensión y encontró a Neagley saliendo de su habitación. Eran casi las seis de la mañana. Estaba duchada y vestida. Fueron a hablar a la habitación de él.
—¿No podías dormir? —preguntó.
—Nunca duermo —dijo ella—. ¿Siguen allí?
Él asintió:
—Pero hay un problema. No podemos derribarlos donde están. Primero los tenemos que mover.
—¿Por qué?
—Están demasiado cerca. No podemos empezar la Tercera Guerra Mundial una hora antes de que llegue Armstrong. Y no podemos dejar dos cadáveres tirados a ciento cincuenta metros del pueblo. La gente nos vio. Los policías de Casper llegarán temprano. Quizás policías estatales. Tienes que pensar en tu licencia. Tenemos que hacer que se alejen de aquí y derribarlos en algún lugar desierto. Al oeste, donde está nevando, quizás. Va a haber nieve hasta abril. Eso es lo que quiero. Quiero hacerlo lejos y quiero que sea abril antes de que alguien se entere de que pasó algo.
—Vale, ¿cómo?
—Son Edward Fox. No son John Malkovich. Quieren servir para otra guerra. Podemos hacer que huyan si nos lo montamos bien.
Estaban de nuevo en la Yukon antes de las seis y media. Los copos de nieve seguían moviéndose despacio en el aire. Pero por el este el cielo empezaba a aclararse. En el horizonte había una franja violeta oscuro, y después una franja color carbón, y después la negrura de la noche. Verificaron sus armas. Se ataron los zapatos, se abrocharon los abrigos, movieron los hombros para comprobar su libertad de movimiento. Reacher se puso el gorro y el guante izquierdo. Neagley se guardó la Steyr en el bolsillo interno y se colgó el Heckler & Koch en la espalda.
—Nos vemos después —susurró ella.
Reacher caminó hacia el oeste por el cementerio. La vio pasar por encima de la cerca baja y girar un poco hacia el sur, y después vio cómo desaparecía en la oscuridad. Él fue hasta la base de la torre, apoyó la espalda en el centro de la pared oeste y recalculó la posición de la Tahoe. Apuntó directamente hacia allí con el brazo y volvió, moviendo el brazo para compensar los cambios de posición, manteniendo el blanco en la mirilla. Apoyó el M16 en el suelo con el cañón apuntando un poco al suroeste. Se puso detrás de la Yukon, se apoyó en la puerta del maletero y esperó el amanecer.
El amanecer llegó de manera lenta, gradual y magnífica. El color violeta se volvió más claro, se enrojeció en la base y se esparció hacia fuera hasta que la mitad del cielo quedó teñida de luz. Después apareció un halo naranja en Dakota del Sur, a trescientos kilómetros. La tierra se movió hacia ese lado y el primer arco delgado del sol estalló en el horizonte. El cielo resplandeció de rosa. Unas nubes largas y altas ardieron en rojo. Reacher se quedó observando el sol, esperó hasta que estuvo lo suficientemente alto como para que le dolieran los ojos y después le quitó el seguro a la Yukon y encendió el motor. Lo hizo ruidosamente y además puso la radio a todo volumen. Movió hacia arriba y hacia abajo las flechas del dial hasta que encontró algo de rock y dejó la puerta del conductor abierta para que la música envolviera el silencio del amanecer. Después cogió el M16, le sacó el seguro y disparó una sola ráfaga de tres tiros, apuntando un poco al suroeste directamente por encima de la Tahoe escondida. Neagley respondió inmediatamente con otro disparo triple. El MP5 tenía un ciclo más rápido y un sonido característico. Ella estaba entre los pastizales ocupando el tercer vértice de un triángulo cien metros al sur de la furgoneta, y disparó directamente por encima hacia el norte. Él disparó de nuevo, tres más desde el este. Ella volvió a disparar, tres más desde el sur. Las cuatro ráfagas de fuego estallaron, rodaron y resonaron sobre el paisaje. Decían: sabemos… que… estáis… ahí.
Esperó treinta segundos, de acuerdo con lo planeado. No hubo ninguna respuesta desde la posición de la Tahoe. Ni luces, ni movimiento, ni disparos. Levantó el fusil de nuevo. Apuntó alto. Apretó el gatillo. Sabemos. El Heckler & Koch canturreó lejos a su izquierda. Que. Él disparó de nuevo. Estáis. Ella disparó de nuevo. Ahí.
No hubo respuesta. Durante un segundo se preguntó si no se habrían ido en el transcurso de la última hora. O si habrían sido lo bastante inteligentes como para trasladarse al este de la ciudad. Fueron tontos al atacar con el sol de frente. Se dio la vuelta y lo único que vio a sus espaldas fueron las luces que se encendían en las ventanas. No escuchó nada en ninguna parte salvo el zumbido en sus oídos y el rock ensordecedor que salía del coche. Se dio la vuelta, preparado para disparar de nuevo, y vio que la Tahoe salía de entre los pastizales a toda velocidad unos ciento cincuenta metros delante de él. El sol del amanecer reflejaba oro y cromo contra la puerta del maletero. Saltó por encima de una elevación con las cuatro ruedas en el aire, se estrelló de nuevo contra el suelo y aceleró hacia el este alejándose de él.
Reacher tiró el fusil en el asiento trasero de la Yukon, cerró la puerta, apagó la radio y aceleró de frente cruzando el cementerio. Hizo volar en pedazos la cerca de madera y se metió entre los pastizales. Giró rápido hacia el sur. El terreno era criminal. El coche chocaba, saltaba en los surcos y se sacudía salvajemente sobre extensas ondulaciones. Sujetó el volante con una mano y se abrochó el cinturón con la otra. Tiró bien fuerte del mecanismo de cierre para permanecer pegado al asiento. Vio cómo Neagley se acercaba corriendo entre la hierba a su izquierda. Clavó el freno, abrió la puerta trasera que tenía más cerca de un tirón y ella saltó dentro detrás de él. Arrancó de nuevo el coche, ella cerró de un portazo y pasó como pudo al asiento del copiloto. Se abrochó el cinturón, encajó el Heckler & Koch entre sus rodillas y se agarró al salpicadero con las dos manos como si estuviera en una montaña rusa.
—Perfecto —dijo. Respiraba agitada.
Reacher aceleró. Giró hacia el norte hasta que encontró la marca que la Tahoe había dejado en el pastizal. Colocó la furgoneta sobre esa huella y pisó el acelerador. Ir por ahí era peor que subirse a cualquier montaña rusa. Era una paliza violenta y constante. El coche saltaba, se sacudía y alternativamente despegaba, se estrellaba otra vez contra el suelo y despegaba de nuevo. El motor rugía. El volante se le retorcía entre las manos y golpeaba con la fuerza suficiente como para romperle los pulgares. Estiró los dedos hacia fuera y condujo solo con las palmas de las manos. Tenía miedo de que se le rompiera un eje.
—¿Los ves? —gritó él.
—Todavía no —gritó ella—. Podrían estar a unos trecientos metros.
—Tengo miedo de que se rompa el coche.
Pisó más fuerte el acelerador. Iba a ochenta kilómetros por hora. Después a noventa. Cuanto más rápido iba, mejor avanzaba. La furgoneta pasaba menos tiempo en el suelo.
—Los veo —dijo Neagley en voz alta.
Estaban doscientos metros más adelante, los veían de manera intermitente cada vez que saltaban y se hundían en el océano de hierba como un loco delfín dorado remontando las olas. Reacher no cedió y se acercó un poco más. Tenía ventaja. Le estaban despejando el camino. Logró acercarse hasta quedar a unos cien metros de ellos y se mantuvo firme. El motor rugía y la suspensión se sacudía, chocaba y golpeaba.
—Pueden huir —gritó Reacher.
—Pero no se pueden esconder —le gritó Neagley.
Diez minutos más tarde estaban quince kilómetros al oeste de Grace y se sentían como si hubiesen recibido una paliza en una pelea a puñetazos. Con cada salto, la cabeza de Reacher daba contra el techo y le dolían los brazos. Sus hombros no aguantaban más. El motor seguía rugiendo. La única manera que tenía para mantener el pie en el acelerador era apretarlo a fondo contra la alfombra. Neagley rebotaba por todas partes a su lado y se golpeaba hacia atrás y hacia delante. Había desistido de sujetarse con los brazos para no destrozarse los codos.