Sin fallos

Sin fallos


Dieciocho

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En los kilómetros asesinos que siguieron el terreno se fue transformando en algo distinto. Estaban literalmente en medio de la nada. Grace quedaba treinta kilómetros más atrás y la autopista treinta kilómetros más adelante. Había barrancos cada vez más pronunciados. Cada vez más rocas. Seguía habiendo hierba, y seguía siendo alta, pero era menos gruesa porque las raíces eran menos profundas. Y había nieve. Las briznas de hierba estaban rígidas por el hielo y brotaban de un manto de nieve de quince centímetros de espesor. Los dos coches aminoraron la marcha, a cien metros de distancia entre sí. Un kilómetro y medio después la persecución se había convertido en una ridícula procesión a treinta kilómetros por hora. Bajaban tan despacio como podían por laderas con una pendiente de cuarenta y cinco grados, atravesaban valles con nieve acumulada hasta la altura del capó, escalaban las cuestas con la transmisión bloqueada en la tracción a las cuatro ruedas. Los surcos tenían quizás tres o cuatro metros de profundidad. El viento inagotable que soplaba desde el oeste había acumulado la nieve de tal manera que las laderas de sotavento estaban despejadas y las de barlovento estaban lisas y cubiertas. Había copos en el aire, azotando horizontalmente hacia ellos.

—Nos vamos a quedar atascados —dijo Neagley.

—Entraron por aquí —dijo Reacher—. Se tiene que poder salir.

Perdían de vista la Tahoe cada vez que bajaba un barranco. Apenas la entrevieron cuando ascendieron trabajosamente por una cima y solo lograron volverla a ver cuando ellos mismos alcanzaron lo alto de una cima, tres o cuatro elevaciones después. No había ritmo. No había coordinación. Las dos furgonetas bajaban y subían más o menos al azar. Ahora iban a paso de hombre. Reacher tenía la transmisión en baja y la furgoneta resbalaba y patinaba. Lejos al oeste la tormenta de nieve era feroz. El temporal se acercaba deprisa.

—Es el momento —dijo Reacher—. En cualquiera de estos barrancos, la nieve los tapará todo el invierno.

—Vale, hagámoslo —dijo Neagley.

Bajó la ventanilla y la nieve entró con un vendaval de aire helado. Alzó el Heckler & Koch y lo puso en automático. Reacher aceleró fuerte y se lanzó por las dos siguientes bajadas a la mayor velocidad que le permitió la furgoneta. Después, en la cima de la tercera elevación, clavó el freno y movió rápido el volante hacia la izquierda. La furgoneta derrapó de lado, se deslizó hasta quedarse con la ventanilla del copiloto hacia delante y Neagley asomó el cuerpo y esperó. Cuando la Tahoe dorada subía a cien metros de distancia Neagley disparó una ráfaga larga apuntando bajo a los neumáticos traseros y al tanque de gasolina. La Tahoe hizo una pausa mínima, luego se balanceó sobre la cima de la cuesta y desapareció de nuevo.

Reacher giró el volante, pisó el acelerador y continuó la persecución. Detenerse ahí les hubiera costado quizás otros cien metros. Surcó tres barrancos consecutivos y se detuvo en la cuarta cima. Esperaron, diez segundos, quince. La Tahoe no volvió a aparecer. Esperaron veinte segundos. Treinta.

—¿Dónde demonios está? —dijo Reacher entre dientes.

Bajó con la furgoneta por la ladera de barlovento, a través de la nieve, subió del otro lado. Recto hasta la cima del siguiente barranco. Subió la cuesta, atravesó la cima, bajó por la nieve. Ningún rastro de la Tahoe. Continuó la marcha. Los neumáticos giraban y el motor rugía. Llegó a la cuesta siguiente. Se detuvo en la cima. El terreno bajaba seis metros hacia una gran barranco. Estaba cubierto de nieve y las briznas de hierba heladas apenas sobresalían treinta centímetros por encima. Justo enfrente se veían las huellas de cuando la Tahoe se dirigió al pueblo el día anterior, casi ocultas por el viento y la nieve fresca. Pero las huellas de salida eran profundas y nuevas. Giraban claramente hacia la derecha y se alejaban hacia el norte con una curva cerrada en el barranco, y después se perdían de vista detrás de una saliente rocosa cubierta de nieve. Estaba todo en silencio. La nieve les llegaba de frente. Les llegaba desde abajo, desde el fondo de la pendiente.

Tiempo y espacio, pensó Reacher. Cuatro dimensiones. Un clásico problema táctico. La Tahoe podría haber dado una vuelta en U para tratar de regresar al lugar crucial en el momento crucial. Podría desandar su camino y estar otra vez cerca de la iglesia, justo antes de que llegara Armstrong. Pero perseguirla a ciegas sería un suicidio. Porque podría no estar regresando en absoluto. Podría estar esperando para tenderles una emboscada a la vuelta de la esquina. Pero pasar mucho tiempo pensando en ello también sería un suicidio. Porque podría no estar regresando ni esperando para tenderles una emboscada. Podría estar trazando un círculo para tratar de llegar detrás. Un problema clásico. Reacher miró su reloj. Casi el punto de no retorno. Hacía treinta minutos que se habían ido. Por lo que regresar les llevaría cerca de treinta minutos más. Y la llegada de Armstrong estaba prevista para dentro de una hora y cinco minutos.

—¿Tienes ganas de pasar frío? —preguntó.

—No tenemos alternativa —respondió Neagley.

Abrió la puerta y se bajó en medio de la nieve. Corrió torpemente a la derecha, peleando entre los bancos de nieve, sobre las rocas, tratando de conectar las patas de la U. Reacher sacó el pie del freno, sacudió un poco el volante y bajó la pendiente sin dificultad. Giró bruscamente hacia la derecha en el fondo del barranco y siguió las huellas de la Tahoe. Era la mejor solución que podía improvisar. Si la Tahoe estaba regresando, no podía esperar para siempre. No tenía ningún sentido volver a la iglesia conduciendo cuidadosamente y llegar allí cuando Armstrong ya estuviera muerto. Y si él estaba yendo directamente hacia una emboscada, se alegraba de hacerlo con Neagley a espaldas de sus oponentes con un subfusil en sus manos. Estaba casi convencido de que eso garantizaría su supervivencia.

Pero no había ninguna emboscada. Rodeó las rocas, giró hacia el este y no vio absolutamente nada excepto huellas solitarias de ruedas en la nieve y a Neagley cincuenta metros más allá con el sol detrás y el arma por encima de la cabeza. Señal de todo despejado. Pisó el acelerador y avanzó deprisa hacia ella. La furgoneta rodó, resbaló y derrapó por los surcos que había dejado la Tahoe. Rebotó sobre unas rocas ocultas. Pisó el freno. La furgoneta bandeó, se fue de lado y frenó con las ruedas delanteras en una zanja llena de nieve. Neagley avanzó entre los bancos de nieve y abrió la puerta. Con ella entró una corriente de aire glacial.

—Vamos —dijo. Volvía a respirar agitada—. Nos llevan al menos cinco minutos de ventaja.

Reacher pisó el acelerador. Las cuatro ruedas giraron en vano. La furgoneta se quedó quieta, los cuatro neumáticos chirriaron en la nieve y la parte delantera se hundió aún más.

—Mierda —dijo.

Lo intentó de nuevo. Mismo resultado. La furgoneta se sacudía y se balanceaba pero no iba a ninguna parte. Sacó la transmisión de la posición de baja y lo intentó de nuevo. Mismo resultado. Dejó el motor encendido y puso la marcha atrás, luego primera, luego marcha atrás, luego primera. La furgoneta se balanceaba obstinadamente hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, quince centímetros, treinta. Pero no salía de la zanja.

Neagley miró su reloj:

—Van por delante de nosotros. Podrían llegar a tiempo.

Reacher asintió, pisó el acelerador y siguió moviendo la palanca de cambios, marcha atrás, primera, marcha atrás. La furgoneta saltaba y se sacudía. Pero no salía de la zanja. Los neumáticos chillaban sobre la nieve cristalizada. La parte delantera se movía de izquierda a derecha con el torque del motor y la parte trasera la seguía.

—Armstrong ya está volando —dijo Neagley—. Y nuestro coche no está aparcado al lado de la iglesia. Por lo que va a proceder y va a aterrizar.

Reacher miró su reloj. Trató de contener el pánico que comenzaba a sentir.

—Hazlo tú —dijo—. Que se siga moviendo hacia delante y hacia atrás.

Se dio la vuelta y cogió sus guantes. Se desabrochó el cinturón, abrió la puerta y salió a la nieve.

—Y si sale de aquí, sobre todo no frenes —dijo.

Fue a la parte de atrás de la furgoneta. Aplastó y pateó la nieve hasta que tuvo los pies apuntalados en las rocas. Neagley pasó al asiento del conductor. Estableció un ritmo, primera y marcha atrás, primera y marcha atrás, pequeños golpes en el acelerador cuando entraban los cambios. La furgoneta se balanceaba sobre los amortiguadores y empezó a moverse hacia delante y hacia atrás sobre unos cincuenta centímetros de hielo comprimido. Reacher apoyó la espalda contra la puerta del maletero y enganchó las manos por debajo del parachoques trasero. Se movía con la furgoneta cuando iba hacia él. Extendía las piernas y empujaba cuando se alejaba. Las bandas de rodadura estaban llenas de nieve. Al girar hacían saltar por el aire unos pequeños jeroglíficos blancos. El humo del tubo de escape borboteaba cerca de sus rodillas y quedaba suspendido en el aire. Se tambaleaba hacia delante y empujaba hacia atrás, una y otra vez. Ahora la furgoneta se estaba moviendo sesenta centímetros cada vez. Apretó más con las manos. La nieve le soplaba desde el oeste directamente en su cara. Empezó a contar. Uno, dos… tres. Uno, dos… tres. Empezó a caminar con la furgoneta hacia atrás y a empujar hacia delante. Ahora se movía un metro con cada cambio de dirección. Formó una cadena de puntos de apoyo. Uno, dos… tres. En el último tres empujó con todas sus fuerzas. Sintió cómo la furgoneta salía de la zanja. Cómo se caía dentro de nuevo. La puerta del maletero lo golpeó fuerte en la espalda. Se tambaleó hacia delante y afirmó como pudo el agarre. Recuperó el ritmo. Estaba sudando en medio del frío.

Estaba muy agitado. Uno, dos… tres. Empujó de nuevo, la furgoneta desapareció y cayó de espaldas en la nieve.

Se levantó y avanzó entre el olor a gasolina que dejaba el tubo de escape. La furgoneta estaba a veinte metros de distancia. Neagley conducía lo más lento que se atrevía. Reacher la perseguía resbalando y patinando. Se movió hacia la derecha para avanzar sobre las marcas que dejaban las ruedas. El terreno se elevaba. Neagley aceleró para mantener el impulso. Él corría rápido pero ella se estaba alejando. Empezó a correr a toda velocidad. Clavaba la punta de las botas en la nieve para no resbalarse. Ella desaceleró en lo alto de la cuesta. La furgoneta subió y pasó por arriba. Reacher le vio toda la parte de abajo. El tanque de nafta, el diferencial. Neagley frenó suavemente y Reacher agarró la manilla de la puerta, la abrió y avanzó a trompicones cuesta abajo junto a la furgoneta hasta tomar el impulso suficiente como para poder saltar dentro. Se sentó en el asiento y cerró la puerta. Neagley pisó con fuerza el acelerador y la violenta montaña rusa de las sacudidas empezó de nuevo.

—¿Hora? —gritó ella.

Reacher hizo un esfuerzo para mantener quieta la muñeca y mirar el reloj. Estaba demasiado agitado para hablar. Simplemente negó con la cabeza. Llevaban como mínimo diez minutos de retraso. Y eran diez minutos cruciales. La Tahoe llegaría otra vez a su punto de partida en dos minutos y Armstrong aterrizaría cinco minutos después. Neagley siguió conduciendo. Subía las cuestas a toda velocidad, volaba por el aire, se hundía hasta el capó en los bancos de nieve, se abría paso a golpes y volvía a empezar. Al no tener el volante para sujetarse, Reacher se sacudía hacia todos lados. Luchó contra la alternancia entre la gravidez y los golpes físicos y alcanzó a ver borrosamente la hora en su reloj. Miró por el parabrisas el cielo en el este. Tenía el sol de frente. Bajó su mirada hacia el terreno. No había nada. La Tahoe no estaba. Había desaparecido hacía mucho tiempo. Lo único que quedaba eran las huellas en la nieve, dos surcos gemelos y profundos que se iban haciendo más estrechos a medida que se alejaban. Apuntaban decididamente hacia el pueblo de Grace, como flechas. Estaban llenos de cristales de hielo que brillaban rojos y amarillos con las primeras luces del amanecer.

Después cambiaban de dirección. Dibujaban una curva cerrada de noventa grados hacia la izquierda y desaparecían en un barranco norte-sur.

—¿Qué? —gritó Neagley.

—Sigue las huellas —dijo Reacher con voz entrecortada.

El barranco era estrecho, como una zanja. Bajaba por la ladera de manera abrupta. Las huellas de la Tahoe se veían claramente durante unos cincuenta metros y después se desviaban y desaparecían de nuevo, con un giro pronunciado hacia la derecha detrás de una saliente rocosa del tamaño de una casa. Neagley frenó con fuerza en el tramo final de la pendiente. Detuvo el coche. Hizo una pequeña pausa y la mente de Reacher gritó ¿una emboscada ahora?, una milésima de segundo después de que el pie de Neagley pisara de nuevo el acelerador y sus manos girasen el volante. La Yukon se encajó en los surcos de la Tahoe y sus dos toneladas de peso la hicieron deslizarse irremediablemente por la pendiente cubierta de hielo. La Tahoe salió de su escondite, marcha atrás, justo delante suyo. Patinó hasta detenerse en medio de su camino. Neagley salió por la puerta antes de que la Yukon se quedara quieta. Rodó en la nieve y avanzó dando tumbos hacia el norte. La Yukon derrapó violentamente y encalló en un banco de nieve. La puerta de Reacher estaba atascada por la profundidad del banco. Usó toda su fuerza, logró abrirla a medias y se escabulló por el hueco. Vio que el conductor salía de la Tahoe, resbalaba y se caía en la nieve. Reacher se alejó rodando y sacó la Steyr del bolsillo. Se revolcó hasta llegar a la parte trasera de la Yukon y se arrastró hacia delante por la nieve del otro lado. El conductor de la Tahoe tenía un fusil en las manos, y avanzaba por la nieve como remando con el cañón, resbalando y patinando. Iba a esconderse entre las rocas. Era el tipo de Bismarck. Sin duda. Rostro flaco, cuerpo largo. Hasta llevaba puesto el mismo abrigo. Capeaba el banco de nieve con el abrigo ondeando tras de sí y pequeñas tormentas de nieve alzándose desde sus rodillas a cada paso. Reacher levantó la Steyr, la estabilizó contra el guardabarros de la Yukon y siguió el recorrido de la cabeza del tipo. Ajustó el dedo en el gatillo. Y entonces escuchó una voz, fuerte y apremiante, a sus espaldas.

—No dispare —gritó.

Se dio la vuelta y vio a un segundo tipo diez metros al noroeste. Neagley iba tropezándose por la nieve delante suyo. Él tenía la Heckler & Koch en la mano izquierda apuntando hacia el suelo. Y una pistola en la derecha, contra la espalda de ella. Era el del vídeo del garaje. Tampoco había duda. Abrigo de tweed, bajo, ancho de hombros, un poco rechoncho. Ahora sin sombrero. Tenía el mismo rostro que el tipo de Bismarck, un poco más gordo. El mismo pelo rubio tirando a canoso, un poco más grueso. Hermanos.

—Suelte el arma, señor —gritó.

Era una perfecta frase de policía y tenía una perfecta voz de policía. Neagley dijo lo lamento moviendo los labios. Reacher le dio la vuelta al arma. La sujetó por el cañón.

—Suelte el arma, señor —gritó el tipo de nuevo.

Su hermano de Bismarck cambió de rumbo, avanzó por la nieve y se acercó. Alzó el fusil. Era un Steyr también, un arma larga y bonita. Estaba cubierto de nieve. Apuntaba directamente a la cabeza de Reacher. El sol bajo de la mañana hacía que el cañón proyectara una sombra de tres metros. Reacher pensó: ¿qué ha pasado con esa solitaria cama de motel? Los copos de nieve se arremolinaban y hacía mucho frío. Llevó el brazo hacia atrás y lanzó la pistola bien alto. La pistola trazó un arco lento de diez metros en medio de la nevada, aterrizó y se enterró en un banco de nieve. El tipo de Bismarck metió la mano izquierda en el bolsillo y la sacó con su placa. La levantó apoyada contra la palma de la mano. La placa era dorada. Contra un fondo de cuero gastado. El cuero era marrón. El fusil se balanceó. El tipo se guardó de nuevo la placa, se llevó el fusil al hombro y lo sostuvo nivelado y firme.

—Somos oficiales de policía —dijo.

—Lo sé —le dijo Reacher.

Miró alrededor. Estaba nevando con fuerza. La nieve arreciaba y se arremolinaba. La cavidad en la que estaban era como una cueva sin techo. Era probablemente el lugar más solitario del planeta. El tipo del vídeo del garaje acercó a Neagley a empujones. Ella tropezó, él se le arrimó, la empujó hacia un lado y mantuvo la pistola firme en su espalda.

—¿Pero ustedes quiénes son? —preguntó el de Bismarck.

Reacher no contestó. Se limitó a comprobar la geometría. No era favorable. Desde su posición, formaba un triángulo con cada uno de ellos a cuatro metros, y la nieve en el suelo era resbalosa y pesada.

El de Bismarck sonrió:

—¿Están aquí para hacer que este sea un mundo seguro para la democracia?

—Estoy aquí porque eres un pésimo tirador —dijo Reacher—. El jueves mataste a la persona equivocada —luego se movió con mucho cuidado, se subió el puño y miró su reloj. Y sonrió—. Y perdieron de nuevo. Ya es demasiado tarde. Cuando lleguen ya no va a estar.

El de Bismarck solo negó con la cabeza:

—Tenemos un escáner de la policía. En la furgoneta. Estamos escuchando lo que transmite el Departamento de Policía de Casper. Armstrong lleva veinte minutos de retraso. Hubo un problema climático en Dakota del Sur. Así que decidimos quedarnos por aquí y dejar que nos alcanzaran.

Reacher no dijo nada.

—Porque no nos gustan —dijo el tipo de Bismarck. Hablaba con la cabeza junto a la culata del fusil. Sus labios la rozaban cuando se movían—. Se están metiendo donde no son bienvenidos. En un asunto estrictamente privado. En algo que no les concierne en absoluto. Por lo que considérense arrestados. ¿Se quieren declarar culpables?

Reacher no dijo nada.

—¿O prefieren no declararse nada y sencillamente implorar?

—¿Cómo hicieron ustedes? —dijo Reacher—. ¿Cuándo les arrimaron el bate de béisbol?

El tipo se quedó callado un segundo.

—Su actitud no está contribuyendo a su causa —dijo.

Hizo otra pausa, cinco largos segundos.

—Ha vuelto el jurado —dijo el tipo.

—¿Qué jurado?

—Mi hermano y yo. Este es todo el jurado que tienen. Ahora mismo nosotros somos todo su mundo.

—Lo que sea que haya pasado, fue hace treinta años.

—Si alguien hace algo así, lo tiene que pagar.

—Esa persona ha muerto.

El tipo de Bismarck se encogió de hombros. El cañón del fusil se movió:

—Debería leer la Biblia, amigo mío. La maldad de los padres, ¿nunca oyó hablar de eso?

—¿Qué maldad? Perdieron una pelea, eso es todo.

—Nunca perdemos. Antes o después, siempre ganamos. Y Armstrong lo vio. Niño rico mocoso, ahí, contento y sonriente. Un hombre no se olvida de una cosa así.

Reacher no dijo nada. El silencio era total. Cada copo de nieve parecía oírse por separado mientras siseaba y giraba en el aire. Haz que siga hablando, pensó Reacher. Haz que se siga moviendo. Pero miró esos ojos trastornados y no se le ocurrió nada que decir.

—La mujer viene en la furgoneta —dijo el tipo—. Nos divertiremos un poco con ella después de resolver el tema de Armstrong. Pero a ti te voy a matar ahora mismo.

—No con ese fusil —dijo Reacher. Haz que siga hablando. Haz que se siga moviendo—. El cañón está lleno de nieve. Te estallará en las manos.

Hubo un largo silencio. El tipo calculó la distancia entre él y Reacher solo con una mirada. Después bajó el fusil. Le dio la vuelta en sus manos, rápido, hacia un lado y hacia el otro, el tiempo suficiente como para comprobarlo. El cañón estaba cubierto de nieve congelada. El M16 está en el asiento trasero de la Yukon, pensó Reacher. Pero la puerta no se puede abrir por el banco de nieve.

—¿Quieres apostar tu vida a un poco de nieve? —preguntó el de Bismarck.

—¿Quieres apostar la tuya? —dijo Reacher—. Explotará la culata, te volará esa fea cara que tienes. Luego recogeré el cañón y te lo meteré por el culo. Haré como si fuera un bate de béisbol.

El rostro del tipo se ensombreció. Pero no apretó el gatillo.

—Apártate del coche —dijo, como buen policía.

Reacher dio un paso largo alejándose de la Yukon, hacia arriba y hacia abajo en la nieve, como vadeando.

—Otro más.

Reacher se movió de nuevo. Estaba a dos metros del coche. A dos metros del M16. A diez metros de su nueve milímetros, allá lejos enterrada en la nieve. Miró alrededor. El hermano de Bismarck sostuvo el fusil con la mano izquierda, metió la derecha debajo del abrigo y la sacó con una pistola. Era una Glock. Negra, cuadrada y fea. Probablemente el arma reglamentaria del departamento de policía. Le sacó el seguro y la levantó con una mano hasta dejarla a la altura de la cara de Reacher.

—Esa tampoco —dijo Reacher.

Haz que siga hablando. Haz que se siga moviendo.

—¿Por qué no?

—Es tu pistola de trabajo. Lo más probable es que ya la hayas usado. Por lo que hay registros. Cuando encuentren mi cuerpo, las pruebas de balística apuntarán directamente hacia ti.

El tipo se quedó quieto un rato largo. No dijo nada. No hizo ningún gesto. Pero guardó la Glock. Levantó el fusil. Retrocedió arrastrando los pies por la nieve hacia la Tahoe. Cruzó el fusil y lo mantuvo a la altura del pecho de Reacher. Reacher pensó: aprieta el maldito gatillo. Divirtámonos todos un poco. El tipo llevó una mano hacia atrás y abrió la puerta trasera de la Tahoe, del lado del conductor. Tiró el fusil a la nieve y sacó una pistola, todo en un movimiento. Era una Beretta M9 vieja, rayada y manchada de aceite seco. El tipo avanzó de nuevo entre la nieve. Se detuvo a dos metros de Reacher. Levantó el brazo. Quitó el seguro con el pulgar y apuntó directamente al rostro de Reacher.

—Un arma descartada —dijo el tipo—. Esta no tiene ningún registro.

Reacher no dijo nada.

—Ahora despídete —susurró.

Nadie se movió.

—Cuando haga clic —dijo Reacher.

Tenía la mirada fija en el arma. Vio la cara de Neagley por el rabillo del ojo. Vio que ella no entendía a qué se refería, pero que de todos modos asentía. Apenas con un mínimo movimiento de sus párpados. Como medio parpadeo. El tipo de Bismarck sonrió. Afirmó el dedo. El nudillo le brilló de blanco. Apretó el gatillo.

Se oyó un clic apagado.

Reacher se echó hacia delante con la navaja de cerámica ya abierta y la cruzó de lado sobre la frente del tipo. Después cogió el cañón de la Beretta con la mano izquierda, le dio un tirón hacia arriba y uno hacia abajo con todas sus fuerzas contra la rodilla y destrozó el antebrazo del tipo. Lo alejó de un empujón y giró sobre sus talones. Neagley apenas se había movido. Pero el tipo del vídeo del garaje estaba tirado a sus pies inerte en la nieve. Sangraba por los dos oídos. Ella tenía el Heckler & Koch en una mano y la pistola del tipo en la otra.

—¿Sí? —dijo Neagley.

Él asintió. Ella dio un paso atrás para que no le salpicara la ropa, apuntó con la pistola hacia el suelo y le disparó tres veces al tipo del garaje. Bang, bang… bang. Dos disparos a la cabeza y después una bala en el pecho, para asegurarse. El sonido de los disparos retumbó y viajó como un trueno. Los dos se dieron la vuelta. El de Bismarck daba tumbos en la nieve, completamente ciego. Tenía la frente cortada hasta el hueso y por la herida le salían chorros de sangre que le tapaban los ojos. Tenía sangre en la nariz y en la boca. Burbujeaba cada vez que exhalaba agitado. Sostenía su brazo roto. Se tambaleaba, hacia la izquierda y hacia la derecha, girando en círculos, llevando el antebrazo izquierdo hacia su cara, tratando de limpiarse la sangre de los ojos para poder ver.

Reacher lo observó durante un momento, sin ninguna expresión en la cara. Después le sacó el Heckler & Koch a Neagley, lo puso para disparar una sola ronda, esperó hasta que el tipo terminara de hacer una pirueta hacia atrás y le disparó en la garganta por la espalda. Trató de ubicar la bala exactamente en el mismo lugar en el que Froelich había recibido la suya. El casquillo salió disparado, se estrelló en la Tahoe a seis metros de distancia haciendo un fuerte clang y el tipo cayó hacia delante boca abajo y se quedó allí quieto mientras la nieve se teñía de rojo brillante a su alrededor. El estruendo del disparo se fue alejando y un silencio absoluto se acercó para remplazarlo. Reacher y Neagley se quedaron quietos, contuvieron la respiración y escucharon atentamente. No oyeron nada salvo el sonido de la nieve al caer.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó Neagley, en voz baja.

—Era la pistola de Froelich —dijo—. Se la robaron de la cocina. Reconocí los rayones y las marcas de aceite. Había dejado guardados los cargadores con las balas puestas durante cinco años.

—Aun así podría haber disparado —dijo Neagley.

—La vida es una apuesta —dijo Reacher—. De principio a fin. ¿No te parece?

El silencio se cerró aún más sobre ellos. Y el frío. Estaban solos en medio de tres mil kilómetros cuadrados de vacío helado, respirando hondo, temblando, un poco mareados por la adrenalina.

—¿Cuánto tiempo durará lo de la iglesia? —preguntó él.

—No sé —dijo Neagley—. ¿Cuarenta minutos? ¿Una hora?

—Por lo que no tenemos necesidad de apresurarnos.

Reacher caminó hundiendo las piernas y recogió la Steyr en el lugar donde se había caído. La nieve ya empezaba a tapar los cuerpos. Sacó las carteras y las placas de los bolsillos. Limpió el cuchillo en el abrigo de sarga del tipo de Bismarck. Abrió las cuatro puertas de la Tahoe para que le entrara la nieve y la enterrara más rápido. Neagley limpió la pistola del tipo del garaje en su abrigo y la tiró. Después regresaron a la Yukon dando tumbos y se subieron. Miraron hacia atrás por última vez. La escena ya estaba envuelta en nieve nueva, se ponía blanca deprisa. En cuarenta y ocho horas ya habría desaparecido. El viento glacial congelaría toda la secuencia dentro de un cúmulo de nieve este-oeste largo y terso hasta que la volviera a dejar al descubierto el sol primaveral.

Condujo Neagley, despacio. Reacher amontonó las carteras sobre sus rodillas y empezó por las placas. La furgoneta se tambaleaba suavemente y le costó cierto esfuerzo mantenerlas quietas frente a sus ojos el tiempo suficiente como para poder mirarlas.

—Policías locales de Idaho —dijo—. De algún lugar rural al sur de Boise, creo.

Se guardó las dos placas en el bolsillo. Abrió la cartera del de Bismarck. Era de tres cuerpos y de cuero marrón, estaba seca y cuarteada y había adoptado la forma de su contenido. Dentro había una ventana de plástico blanquecino con la credencial de la policía detrás. El rostro flaco del tipo miraba desde la foto.

—Se llamaba Richard Wilson —dijo—. Detective de grado básico.

En la cartera había dos tarjetas de crédito y un carné de conducir de Idaho. Y algunos papeles, y casi trescientos dólares en efectivo. Desparramó los papeles sobre sus rodillas y se guardó el dinero en el bolsillo. Abrió la cartera del tipo del garaje. Era de piel de cocodrilo falsa y negra, y tenía una credencial del mismo departamento de policía.

—Peter Wilson —dijo. Miró el carné de conducir—. Un año más joven.

Peter tenía tres tarjetas de crédito y casi doscientos dólares. Reacher se guardó el dinero en el bolsillo y miró hacia delante. Las nubes de nieve estaban detrás suyo y en el este el cielo estaba despejado. Había salido el sol y lo tenían de frente. En el cielo había un punto negro pequeño. La torre de la iglesia apenas se veía a casi treinta kilómetros de distancia. La Yukon avanzaba hacia allá rebotando de un lado al otro, implacablemente. El punto negro se hizo más grande. Arriba se veía la imagen borrosa de los rotores. Parecía inmóvil en el cielo. Reacher se afirmó contra el salpicadero y miró hacia arriba a través del parabrisas. En la parte alta del cristal había una franja polarizada que cruzaba de un lado al otro. El helicóptero la atravesó despacio. Podía distinguir la forma. Era gordo y abultado en la parte delantera. Probablemente un Night Hawk. El helicóptero hizo un reconocimiento de la zona de la iglesia y giró hacia allí. Se acercó como un insecto gordo. La Yukon rebotaba suavemente sobre el serrucho del terreno. A Reacher se le cayeron las carteras de las rodillas y los papeles se desparramaron. El helicóptero quedó como suspendido. Luego se balanceó en el aire, colocando la puerta principal hacia la iglesia.

—Palos de golf —dijo Reacher—. No muestras de herramientas.

—¿Qué?

Levantó un papel:

—Un recibo de UPS. Por vía aérea al día siguiente. Desde Minneapolis. Para Richard Wilson, pasajero entrante, a un motel del D. C. Una caja, diez centímetros cuadrados, un metro veinte de largo. Contenido, una bolsa de palos de golf.

Después se quedó callado. Miró otro papel.

—Otra cosa —dijo—. Para Stuyvesant, quizás.

Vieron cómo aterrizaba el helicóptero a lo lejos y frenaron allí mismo en medio de los pastizales vacíos. Bajaron del coche al día frío y soleado, dieron algunas vueltas sin rumbo fijo y se estiraron y bostezaron. La Yukon goteaba fuerte mientras se iba enfriando. Reacher amontonó las placas con las credenciales de la policía y los carnés de conducir sobre el asiento del copiloto y luego tiró las carteras vacías lejos hacia el paisaje.

—Tenemos que desinfectar —dijo.

Limpiaron sus huellas de las cuatro armas y las tiraron en la hierba, al norte y al sur y al este y al oeste. Sacaron la munición que les quedaba en los bolsillos y la lanzaron lejos formando bucles arremolinados de color metálico bajo la luz del sol. A eso le siguió el telescopio de observar aves. Reacher se quedó con el gorro y los guantes. Y con la navaja de cerámica. Se había encariñado.

Después recorrieron en la furgoneta el resto del camino hasta Grace, despacio y en calma, y salieron de los pastizales, cruzaron la cerca rota y el cementerio. Aparcaron cerca del helicóptero y se bajaron. Llegaron a escuchar el lamento del órgano y el sonido de personas cantando dentro de la iglesia. No había mucha gente. No había medios de comunicación. Era una escena decorosa. Había un coche patrulla del Departamento de Policía de Casper a una discreta distancia. Había un miembro de la dotación de la fuerza aérea con su traje de vuelo de pie junto al helicóptero. Estaba vigilante y alerta. Probablemente no fuera en absoluto ningún miembro de la dotación de la fuerza aérea. Probablemente era uno de los hombres de Stuyvesant con un traje prestado. Probablemente tenía un fusil escondido del otro lado de la puerta de la cabina. Probablemente un Vaime Mk2.

—¿Estás bien? —preguntó Neagley.

—Siempre estoy bien —respondió Reacher—. ¿Tú?

—Estoy tranquila.

Se quedaron allí durante quince minutos, no estaban realmente seguros de si tenían calor o frío. A lo lejos se escuchó una melodía fuerte y triste proveniente del órgano, después silencio y después el ruido apagado de pies que se movían sobre el suelo de madera cubierto de polvo. La puerta grande de roble se abrió y un pequeño grupo de gente salió a la luz del sol. El pastor se detuvo junto a la puerta con los padres de Froelich y habló con todos a medida que se iban yendo.

Armstrong salió algunos minutos después con Stuyvesant a su lado. Los dos llevaban puestos abrigos oscuros. Los rodeaban siete agentes. Armstrong habló con el pastor, les estrechó la mano a los Froelich y habló un poco más. Después su guardia lo condujo hacia el helicóptero. Vio a Reacher y a Neagley y se desvió hacia ellos, con una pregunta en la cara.

—Todos vivimos felices para siempre —dijo Reacher.

Armstrong asintió una vez:

—Gracias —dijo.

—De nada —respondió Reacher.

Armstrong dudó un segundo más y después se dio la vuelta sin darles la mano y siguió caminando hacia el helicóptero. Stuyvesant se acercó después, por su cuenta.

—¿Contentos? —preguntó Stuyvesant.

Reacher sacó de sus bolsillos las placas, los carnés y las credenciales. Stuyvesant juntó las dos manos para poder cogerlo todo.

—Quizás más contentos de lo que pensamos —dijo Reacher—. No eran de los suyos, eso seguro. Eran policías de Idaho, cerca de Boise. Ahí tienen los domicilios. Estoy seguro de que encontrarán lo que necesitan. El ordenador, el papel y la impresora, el pulgar de Andretti en el congelador. Algo más, tal vez.

Sacó un papel del bolsillo.

—También encontré esto —dijo—. Estaba en una de las carteras. Es un recibo. El viernes a la noche fueron a un supermercado y compraron seis cajas de comida congelada y seis botellas de agua.

—¿Y? —dijo Stuyvesant.

Reacher sonrió:

—Mi conjetura es que no estaban haciendo sus compras semanales, no en medio de todas las otras cosas de las que se estaban ocupando. Creo que quizás se estaban asegurando de que la señora Nendick pudiera comer mientras ellos venían hacia aquí. Creo que sigue viva.

Reacher y Neagley se despidieron en el aeropuerto de Denver a última hora de la mañana siguiente, lunes. Reacher puso el cheque de sus honorarios a nombre de ella y ella le compró un billete de primera clase en United a Nueva York La Guardia. La acompañó hasta la puerta de embarque de su vuelo a Chicago. Ya había gente embarcando. Ella no dijo nada. Dejó su bolso en el suelo y se quedó quieta enfrente de él. Luego se estiró y lo abrazó, rápido, como si no supiese muy bien cómo hacerlo. Lo soltó tras un segundo, recogió su bolso y se alejó por la pasarela. No miró hacia atrás.

Reacher llegó a La Guardia a última hora de la tarde. Cogió un autobús y un metro hasta Times Square y caminó por la calle 42 hasta que encontró el nuevo club de B. B. King. Una banda de cuatro integrantes estaba terminando su primera función. Eran bastante buenos. Los escuchó hasta que terminó y después fue a hablar con el que le había cortado la entrada.

—¿Estuvo aquí una mujer mayor la semana pasada? —le preguntó—. ¿Que sonaba un poco como Dawn Penn? ¿Con un anciano que la acompañaba al teclado?

El guardia negó con la cabeza:

—Nadie así —dijo—. Aquí no.

Reacher asintió una vez y salió a la brillante oscuridad. En la calle hacía frío. Se dirigió hacia el oeste en busca de Port Authority y de un autobús para salir de la ciudad.

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