Sin fallos

Sin fallos


Nueve

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Nendick no dijo nada. No emitió ningún sonido. Neagley se acercó desde el recibidor. Fue hacia la parte de la cocina que estaba dispuesta como un espacio familiar. Un conjunto de muebles pesados se extendían contra una pared: biblioteca, aparador, biblioteca.

—Nosotros podemos ayudarlo —dijo Reacher—. Pero necesitamos saber por dónde empezar.

Nendick no respondió nada. Nada de nada. Solo miraba fijamente, temblaba, se balanceaba y se abrazaba muy fuerte a sí mismo.

—Reacher —dijo Neagley. Su voz era suave, con algo de tensión.

Él se apartó de Nendick y fue hacia Neagley, junto al aparador. Ella le dio algo. Era un sobre. Dentro había una foto Polaroid. En la foto se veía a una mujer sentada en una silla. Tenía el rostro blanco, lleno de pánico. Los ojos muy abiertos. El pelo sucio. Era la esposa de Nendick, aunque parecía cien años más vieja que en las imágenes de la sala de estar.

Tenía un ejemplar del USA Today en la mano. La cabecera estaba justo por debajo de su mentón. Neagley le dio otro sobre. Con otra Polaroid dentro. Misma mujer. Misma pose. Mismo periódico, pero un día distinto.

—Pruebas de vida —dijo Reacher.

Neagley asintió:

—Pero mira esto. ¿De qué es esta prueba?

Le pasó otro sobre. Uno más grueso, acolchado, marrón. Dentro había algo blanco y suave. Ropa interior. Un par. Desteñida. Algo sucia.

—Genial —dijo él.

Luego ella le pasó un cuarto sobre. Otra vez acolchado y marrón. Más pequeño. Dentro había una caja. De cartón, muy pequeña, delicada, como la que podría utilizar un joyero para meter un par de pendientes. Dentro tenía una base de algodón. El algodón estaba marrón de sangre vieja, porque tenía apoyada encima la punta de un dedo. Lo habían cortado a la altura del primer nudillo con algo duro y afilado. Tijeras de podar, quizás. Probablemente, a juzgar por el tamaño y la curvatura, era del dedo meñique de la mano izquierda. La uña todavía tenía esmalte. Reacher la miró durante un largo rato. Asintió y se la devolvió a Neagley. Se dio la vuelta, se acercó a Nendick y quedó frente a él al otro lado de la barra. Lo miró directamente a los ojos. Se la jugó.

—Stuyvesant —dijo en voz alta—. Y Froelich. Espérenme en el recibidor.

Ellos se quedaron quietos un segundo, sorprendidos. Él los miró con dureza. Se retiraron obedientemente de la sala.

—Neagley —dijo en voz alta—. Ven conmigo.

Ella se acercó y se quedó de pie a su lado, en silencio. Él se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la barra. Llevó el rostro al mismo nivel que el de Nendick. Habló con voz suave.

—Vale, ya no están aquí —dijo—. Ahora estamos nosotros solos. Y nosotros no somos del Servicio Secreto. Estás al tanto de eso, ¿verdad? Hasta el otro día nunca nos habías visto. Así que puedes confiar en nosotros. No vamos a meter la pata como lo harían ellos. Venimos de un lugar en el que no está permitido meter la pata. Y venimos de un lugar en el que no hay reglas. Así que podemos traerla de vuelta. Sabemos cómo hacerlo. Atraparemos a los malos y la traeremos de vuelta. A salvo. Sin fallos, ¿vale? Es una promesa. Personal. De mí hacia ti.

Nendick llevó la cabeza hacia atrás y abrió la boca. Tenía los labios secos. Estaban salpicados de saliva blanca espumosa. Luego cerró la boca. Muy fuerte. Apretó la mandíbula. Tanto que los labios le quedaron comprimidos en una línea fina y pálida. Sacó una mano temblorosa de debajo del brazo y juntó el pulgar y el índice como si estuviera sosteniendo algo pequeño. Llevó ese pequeño objeto imaginario de un lado al otro frente a su boca, despacio, como si estuviese cerrando una cremallera. Volvió a poner la mano debajo del brazo. Temblaba. Miraba la pared. En sus ojos había un miedo desesperado. Una especie de terror absoluto y salvaje. Comenzó a balancearse de nuevo. Comenzó a toser. Tosía y se atragantaba. No abría la boca. La mantenía muy cerrada. Temblaba y se sacudía sentado en el taburete. Se agarraba los costados. Tragaba saliva desesperadamente dentro de su boca cerrada. Tenía los ojos desorbitados y fijos. Eran dos pozos de terror. Después se le fueron hacia atrás, se le quedaron en blanco y se cayó de espaldas del taburete.

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