Sin fallos

Sin fallos


Diez

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DIEZ

Mientras estuvieron allí hicieron lo que pudieron, pero fue inútil. Nendick estaba tendido en el suelo de la cocina, sin moverse, no del todo consciente pero tampoco del todo inconsciente. Experimentaba algún tipo de fuga disociativa. Como en animación suspendida. Estaba pálido y empapado de sudor. Respiraba superficialmente. Su pulso era débil. Solo respondía al tacto y a la luz. Una hora más tarde estaba en una habitación vigilada del Centro Médico Militar Walter Reed con un diagnóstico provisional de catatonia inducida por trastorno psicótico.

—Paralizado de miedo, en otros términos —dijo el doctor—. Es una afección real. La vemos con mayor frecuencia en pueblos supersticiosos, como Haití, o en algunas partes de Luisiana. Regiones en las que se practica vudú, en otras palabras. Las víctimas empiezan a sudar frío, palidecen, les baja la tensión y llegan a un estado próximo a la inconsciencia. No es lo mismo que el pánico inducido por la adrenalina. Es un proceso neurogénico. El corazón se desacelera, los grandes vasos sanguíneos del abdomen le sacan la sangre al cerebro, la mayor parte de las funciones voluntarias se desconectan.

—¿Qué clase de amenaza podría desencadenar eso en una persona? —preguntó Froelich, en voz baja.

—Una amenaza que la persona se crea, sinceramente —contestó el doctor—. Esa es la clave. La víctima tiene que estar convencida. Yo pensaría que los que secuestraron a su esposa le describieron lo que iban a hacerle si él hablaba. Y luego su llegada disparó una crisis, porque tuvo miedo de terminar hablando. Quizás incluso quería hablar, pero sabía que no se lo podía permitir. No quisiera especular sobre la naturaleza exacta de la amenaza contra su mujer.

—¿Se pondrá bien? —preguntó Stuyvesant.

—Depende del estado de su corazón. Si es propenso a las enfermedades cardiovasculares podría tener problemas serios. El estrés cardíaco es realmente enorme.

—¿Cuándo podemos hablar con él?

—De momento no. Depende de él, básicamente. Tiene que volver en sí.

—Es muy importante. Tiene información crítica.

El doctor negó con la cabeza:

—Quizás en unos días —dijo—. Quizás nunca.

Esperaron durante una hora larga e improductiva durante la cual nada cambió. Nendick simplemente yacía inerte, rodeado de máquinas que emitían pequeños sonidos. Inhalaba y exhalaba, pero eso era todo. Por lo que se olvidaron del asunto, lo dejaron allí y volvieron a la oficina en medio de la oscuridad y el silencio. Se volvieron a encontrar en la sala de reuniones sin ventanas y se enfrentaron a la siguiente gran decisión.

—Hay que decírselo a Armstrong —dijo Neagley—. Ya hicieron su demostración. Lo único que les falta es llevar a cabo la acción verdadera.

Stuyvesant negó con la cabeza:

—Nunca se lo decimos. Es una política rígida. Lo ha sido durante ciento un años. No la vamos a cambiar ahora.

—Entonces deberíamos limitar su exposición —dijo Froelich.

—No —dijo Stuyvesant—. Eso sería admitir la derrota, y eso es una pendiente resbaladiza. Si nos retiramos una vez, nos estaremos retirando siempre, cada vez que recibamos una amenaza. Y eso no debe suceder. Lo que debe suceder es que lo defendamos lo mejor que podamos. Así que empezamos a planificar, ahora. ¿De qué nos estamos defendiendo? ¿Qué sabemos?

—Que ya hay dos hombres muertos —respondió Froelich.

—Dos hombres y una mujer —añadió Reacher—. Miren las estadísticas. Secuestrado es lo mismo que muerto, noventa y nueve veces de cada cien.

—Las fotografías eran una prueba de vida —dijo Stuyvesant.

—Hasta que Nendick cumpliera con lo que se le pedía. Lo cual sucedió hace casi dos semanas.

—Todavía lo está cumpliendo. No habla. Así que yo aún tengo esperanzas.

Reacher no dijo nada.

—¿Sabe algo de ella? —preguntó Neagley.

Stuyvesant negó con la cabeza:

—Nunca la conocí. Ni siquiera sé cómo se llama. Apenas conozco a Nendick. Es solo alguien que trabaja en asuntos técnicos y a quien veo a veces por ahí.

La sala se quedó en silencio.

—También hay que decírselo al FBI —dijo Neagley—. Esto ya no se trata solo de Armstrong. Hay una víctima de secuestro muerta o en grave peligro. Eso es competencia del Bureau, sin duda. Además del homicidio interestatal. Eso también les concierne.

La sala quedó sumida en el silencio. Stuyvesant suspiró y miró a los demás, despacio y detenidamente, de uno en uno.

—Sí —dijo—. Estoy de acuerdo. Ha llegado demasiado lejos. Lo tienen que saber. Dios sabe que no es lo que quiero, pero se lo diré. Recibiremos el golpe. Les daré todo lo que tenemos.

Se hizo un silencio. Nadie dijo nada. No había nada que decir. Dadas las circunstancias, era exactamente lo que había que hacer. Celebrar la decisión habría parecido sarcástico, y la conmiseración no era apropiada. Para la pareja de los Nendick y para las dos familias no relacionadas de apellido Armstrong, quizás sí, pero no para Stuyvesant.

—Mientras tanto nos centraremos en Armstrong —dijo Stuyvesant—. Es todo lo que podemos hacer.

—Mañana tenemos que volver a Dakota del Norte —dijo Froelich—. Más juegos y diversión al aire libre. El mismo lugar que el otro día. No muy seguro. Salimos a las diez.

—¿Y el jueves?

—El jueves es el Día de Acción de Gracias. Va a servir pavo en un refugio para personas sin hogar, aquí en el D. C. Estará muy expuesto.

Hubo un largo momento de silencio. Stuyvesant suspiró de nuevo, profundamente, y apoyó las manos sobre la larga mesa de madera.

—Vale —dijo—. Estén aquí mañana por la mañana a las siete en punto. Estoy seguro de que el Bureau estará encantado de enviarnos un agente de enlace.

Luego se levantó ayudándose con las manos y salió de la sala para volver a su oficina, donde haría las llamadas que pondrían una muesca permanente en su currículum.

—Me siento inútil —dijo Froelich—. Quiero estar más activa.

—¿No te gusta el juego defensivo? —preguntó él.

Estaban en su cama, en su cuarto. Era más grande que la habitación de invitados. Más bonito. Y más silencioso, porque estaba en la parte de atrás de la casa. El techo estaba más liso. Aunque para comprobarlo realmente haría falta que llegase la luz del sol de manera oblicua. Lo que sucedería al atardecer en vez de a la mañana, porque la ventana estaba orientada en sentido opuesto. La cama estaba a una temperatura agradable. Era como una crisálida de calor en medio de la noche fría y gris de la ciudad.

—No tengo problema con defender —dijo ella—. Aunque atacar es defender, ¿no? ¿En una situación como esta? Pero siempre dejamos que las cosas lleguen a nosotros. Y después nos escapamos. Somos demasiado funcionales. No investigamos lo suficiente.

—Tienen investigadores —dijo él—. Como el tipo que mira las películas.

Ella asintió rozándole el hombro con la cabeza:

—La Oficina de Investigaciones sobre Protección. Es un rol extraño. Más académico que específico. Más estratégico que táctico.

—Y entonces hazlo tú. Intenta hacer algunas cosas.

—¿Como qué?

—Con Nendick inconsciente, volvemos a las pruebas originales. Así que tenemos que empezar de nuevo. Deberías concentrarte en las huellas dactilares.

—No están en el registro.

—Los registros tienen fallos técnicos. Los registros se actualizan. Se añaden huellas. Deberías intentarlo de nuevo, una vez cada pocos días. Y deberías ampliar la búsqueda. Inténtalo con otros países. Inténtalo con la Interpol.

—Dudo que estos tipos sean extranjeros.

—Pero quizás son americanos que viajaron a otros países. Quizás se metieron en problemas en Canadá o en Europa. O en México, o en Sudamérica.

—Quizás —dijo ella.

—Y deberías investigar sobre el uso de una huella de pulgar como modus operandi. Buscar en las bases de datos para ver si alguien alguna vez firmó cartas de amenaza con el pulgar. ¿Hasta dónde llegan los archivos?

—Hasta el principio de los tiempos.

—Establece entonces un límite de veinte años. Imagino que al principio de los tiempos muchísima gente firmaba cosas con el pulgar.

Ella sonrió, soñolienta. Él lo sintió en el hombro.

—Antes de que aprendieran a escribir —dijo él.

Ella no respondió. Estaba profundamente dormida, respirando lentamente, acurrucada en su hombro. Él se acomodó en la cama y sintió una ligera inclinación de su lado del colchón. Se preguntó si lo habría dejado Joe. Se quedó allí quieto un rato y luego estiró el brazo hacia arriba y apagó la luz.

Pareció que hubiera pasado un minuto y medio y ya estaban otra vez levantados y duchados, de nuevo en la sala de reuniones del Servicio Secreto, comiendo donuts y tomando café con un agente de enlace del FBI que se llamaba Bannon. Reacher llevaba su abrigo de Atlantic City, el tercero de los trajes italianos abandonados por Joe, la tercera camisa de Alguien y una corbata azul lisa. Froelich llevaba otro traje de pantalón negro. Neagley llevaba la misma ropa que había usado el domingo por la noche. La que realzaba su figura. La que Nendick había ignorado. Su armario circulaba a la velocidad que le permitía la lavandería del hotel. Stuyvesant estaba inmaculado en su habitual Brooks Brothers. Quizás era uno nuevo, quizás no. No había manera de saberlo. Todos sus trajes eran iguales. Parecía muy cansado. De hecho, todos parecían muy cansados, y eso a Reacher le preocupaba un poco. En su experiencia, el cansancio perjudicaba la eficacia operativa tanto como una copa de más.

—Dormiremos en el avión —dijo Froelich—. Le diremos al piloto que vuele despacio.

Bannon tenía alrededor de cuarenta años. Llevaba una chaqueta deportiva de tweed y un pantalón gris de franela, parecía cordial e irlandés y era alto y robusto. Tenía una piel roja que no se había visto favorecida por la mañana invernal. Pero era amable y alegre, y fue quien compró los donuts y el café. En dos tiendas distintas, cada una elegida por su calidad. Había sido bien recibido. Veinte dólares en comida y bebida habían roto el hielo interagencial.

—Sin secretos por ninguna de las partes —dijo—. Eso es lo que proponemos nosotros. Y sin culpabilizar a nadie. Pero sin tonterías. Creo que tenemos que asumir el hecho de que la mujer de Nendick está muerta. La buscaremos como si no fuera así, pero no deberíamos engañarnos a nosotros mismos. Por lo que ya tenemos tres bajas. Algunas pruebas, pero no muchas. Suponemos que Nendick se vio con estos tipos, y asumimos que ellos estuvieron en su casa, aunque solo haya sido para llevarse a su mujer. Así que esa es una escena de crimen: la vamos a registrar hoy mismo y compartiremos lo que encontremos. Nendick nos ayudará si se despierta en algún momento. Pero considerando que eso no va a suceder pronto, nos aproximaremos al caso desde tres lugares distintos. Primero, el asunto de los mensajes que llegaron aquí al D. C. Segundo, la escena de Minnesota. Tercero, la escena de Colorado.

—¿Allí tienen a gente al cargo? —preguntó Froelich.

—En ambos lugares —dijo Bannon—. Nuestro personal de balística supone que el arma de Colorado fue un subfusil Heckler & Koch que se llama M P5.

—Ya habíamos llegado a esa conclusión —dijo Neagley—. Y probablemente estaba silenciado, lo cual hace que sea el MP5SD6.

Bannon asintió:

—Usted es una de los dos exmilitares, ¿no es así? En ese caso ya habrá visto subfusiles MP5 antes. Igual que yo. Son armas militares y paramilitares. Los usa la policía y los escuadrones federales de SWAT, gente así.

Después se quedó callado y miró hacia todas esas caras reunidas, como si sus palabras trajesen algo más de lo que había dicho.

—¿Y en Minnesota? —preguntó Neagley.

—Encontramos la bala —respondió Bannon—. Rastreamos la granja con un detector de metales. Estaba enterrada en el barro a unos veinticinco centímetros de profundidad. Lo que encaja con un disparo que se haya hecho desde una colina boscosa a unos ciento veinte metros en dirección norte. Quizás a unos veinticinco metros de altura.

—¿Qué bala era? —preguntó Reacher.

—7,62 milímetros OTAN —respondió Bannon.

Reacher asintió:

—¿La analizaron?

—¿En busca de qué?

—Del tipo de disparo.

Bannon asintió:

—Baja potencia, poca carga.

—Munición subsónica —dijo Reacher—. Con ese calibre tiene que ser un fusil Vaime Mk2 con silenciador.

—Que también es un arma policial y paramilitar —dijo Bannon—. La que suelen usar las unidades antiterroristas y gente así.

Miró otra vez a su alrededor, como invitando a que alguien hiciera algún comentario. Nadie hizo ninguno. Por lo que continuó.

—¿Saben qué? —preguntó.

—¿Qué?

—Si ponen una lista de los que compran Heckler & Koch MP5 en Estados Unidos al lado de una lista de los que compran Vaime Mk2 solo encontraréis a un comprador oficial en ambas.

—¿Quién?

—El Servicio Secreto de los Estados Unidos.

La sala se quedó en silencio. Nadie dijo. Alguien llamó a la puerta. El agente de guardia. Se quedó allí de pie, centrado en el marco de la puerta.

—Acaba de llegar la correspondencia —anunció—. Algo que tienen que ver.

Lo apoyaron sobre la mesa de la sala de reuniones. Era un sobre marrón, común, con solapa adhesiva y cierre metálico. Tenía una etiqueta autoadhesiva con la siguiente dirección impresa con ordenador: Brook Armstrong, Senado de los Estados Unidos, Washington D. C. Y en una nítida tipografía Times New Roman, negro sobre blanco. Bannon abrió su maletín y sacó un par de guantes blancos de algodón. Se los puso, mano derecha, mano izquierda. Se los ajustó en los dedos.

—Me los dieron en el laboratorio —dijo—. Para circunstancias especiales. Preferimos no usar látex. Para que no se confundan los rastros de talco.

Los guantes eran torpes. Tuvo que deslizar el sobre hasta el borde de la mesa para poder levantarlo. Lo cogió con una mano y buscó algo para abrirlo. Reacher sacó de su bolsillo la navaja de cerámica y la abrió. Se la ofreció con el mango hacia delante. Bannon la cogió e introdujo la punta de la hoja bajo la esquina de la solapa. Movió el sobre hacia atrás y la navaja hacia delante. La hoja rasgó el papel como si cortara el aire. Le devolvió la navaja a Reacher y apretó los lados del sobre para que se formara una boca. Miró dentro. Le dio la vuelta al sobre y cayó algo.

Era una sola hoja de papel tamaño carta. Papel blanco grueso. Aterrizó, se deslizó unos centímetros sobre la madera pulida y frenó. Tenía una pregunta impresa en dos líneas, centradas entre los márgenes, un poco por encima de la mitad de la hoja. Cinco palabras, con el ya conocido y solemne tipo de letra: ¿Te ha gustado la demostración? La última palabra era la única de la segunda línea. Esa separación le daba cierta clase de énfasis.

Bannon le dio la vuelta al sobre y miró el sello.

—Las Vegas de nuevo —dijo—. El sábado. Tienen mucha confianza en sí mismos, ¿no? Le preguntan si le gustó la demostración tres días antes de llevarla a cabo.

—Tenemos que irnos —dijo Froelich—. El avión sale a las diez. Quiero a Reacher y a Neagley conmigo. Ya han estado allí. Conocen el terreno.

Stuyvesant levantó la mano. Un gesto impreciso. Podía significar vale o lo que sea o no me molesten, Reacher no supo identificarlo.

—Quiero dos reuniones diarias —dijo Bannon—. Aquí mismo, ¿a las siete de la mañana y a las diez de la noche, quizás?

—Si estamos en la ciudad, sí —dijo Froelich.

Se dirigió hacia la puerta. Reacher y Neagley la siguieron fuera de la sala. Reacher le tocó el brazo a Froelich y con un gesto sutil le tiró del codo y la hizo girar hacia la izquierda en vez de hacia la derecha, por el pasillo que conducía a su oficina.

—Haz la búsqueda en la base de datos —le susurró.

Ella miró la hora en su reloj:

—Es un proceso demasiado lento.

—Iníciala ahora y que quede recopilando información el resto del día.

—¿No lo hará Bannon?

—Probablemente. Pero verificar algo dos veces nunca le hizo daño a nadie.

Ella se detuvo. Luego se dio la vuelta y se dirigió hacia el interior de la planta. Encendió las luces de su oficina y el ordenador. La base de datos del Centro Nacional de Información Criminal tenía un complejo protocolo de búsqueda. Introdujo su contraseña, hizo clic con el cursor en la casilla de búsqueda y escribió huella de pulgar.

—Sé más específica —dijo Reacher—. Eso te va a dar mil millones de casos intrascendentes de huellas dactilares.

Volvió hacia atrás y escribió huella de pulgar + documento + carta +firma.

—¿Así? —preguntó.

Él se encogió de hombros:

—Nací antes de que se inventaran estas cosas.

—Es un comienzo —dijo Neagley—. Si lo necesitamos, podemos mejorarlo después.

Así que Froelich le dio a buscar, el disco duro comenzó a zumbar y la casilla de búsqueda desapareció de la pantalla.

—Vamos —dijo.

Trasladar a un vicepresidente electo bajo amenaza desde el Distrito de Columbia hasta el gran estado de Dakota del Norte era una tarea complicada. Requería ocho vehículos distintos del Servicio Secreto, cuatro coches de policía, un total de veinte agentes y un avión. Por su parte, la organización local del acto político requería doce agentes, cuarenta policías locales, cuatro vehículos de la policía estatal y dos unidades caninas locales. Froelich pasó un total de cuatro horas hablando por radio para coordinar todo el operativo.

Dejó su Suburban en el garaje y usó una limusina Town Car con chófer para poder concentrarse en dar órdenes. Reacher y Neagley se sentaron con ella en la parte de atrás. Se dirigieron hacia Georgetown y aparcaron cerca de la casa de Armstrong. Treinta minutos después el coche de las armas y dos Suburban se unieron a ellos. Otros quince minutos después apareció un Cadillac blindado y aparcó con la puerta del pasajero muy pegada a la carpa. Después dos coches patrulla de la policía local cortaron la calle, por arriba y por abajo. Las luces parpadeaban. Todos los vehículos tenían encendidos los focos delanteros. El cielo estaba gris oscuro y caía una leve llovizna. Todos mantenían los motores en marcha para dejar encendida la calefacción, y junto al bordillo de la acera se iba acumulando el humo blanco de los tubos de escape.

Esperaron. Froelich hablaba con la guardia personal en la casa y con la dotación de tierra de la fuerza aérea en Andrews. Hablaba con los policías en sus coches. Escuchaba los informes de tráfico que llegaban desde un helicóptero de noticias de radio. La ciudad estaba atascada debido al clima. La delegación local de tráfico recomendaba dar un largo rodeo alrededor de la circunvalación. Andrews informó de que los mecánicos habían dado el visto bueno al avión y de que los pilotos ya estaban a bordo. La guardia personal informó de que Armstrong había terminado su café de la mañana.

—Movedlo —dijo ella.

El traslado dentro de la carpa fue invisible, pero ella lo escuchó por el auricular. La limusina se alejó de la acera y una Suburban se le puso delante y se colocó detrás del coche de policía que abría la marcha. La seguía el coche de las armas, luego la limusina de Froelich, luego la segunda Suburban y luego el otro coche de policía. El convoy arrancó y siguió recto por la avenida Wisconsin, cruzando Bethesda, exactamente en la dirección opuesta a Andrews. Pero luego giró a la derecha, se metió en la circunvalación y se incorporó para dar una vuelta rápida en sentido de las agujas de reloj. Para entonces Froelich ya estaba conectada con Bismarck y organizaba los arreglos para cuando llegara. La hora de llegada aproximada era la una en punto, y quería tener todo preparado para poder dormir durante el vuelo.

El convoy entró en Andrews por el norte y giró a la derecha para subirse a la pista. La limusina de Armstrong se detuvo con la puerta del pasajero a seis metros de la parte baja de la escalera del avión. Era un birreactor Gulfstream pintado del color azul ceremonial de la fuerza aérea de los Estados Unidos. Los motores emitían un fuerte ruido y hacían que lloviese sobre el suelo en oleadas finas. Los agentes empezaron a salir de las Suburban, y Armstrong se bajó de su limusina y corrió los seis metros bajo la llovizna. Le siguió su guardia personal, y luego Froelich, Neagley y Reacher. Una furgoneta de prensa contribuyó con dos periodistas. Un segundo equipo de agentes conformado por tres hombres ocupó la retaguardia. El personal de tierra retiró la escalera y una azafata cerró la puerta del avión.

Por dentro no tenía nada que ver con el Air Force One que Reacher había visto en las películas. Era más parecido al autobús de una banda de rock de poca monta, un vehículo pequeño y sencillo, personalizado con doce butacas mejores que las que venían de fábrica. Ocho estaban dispuestas en dos grupos de cuatro con mesas entre cada par enfrentado, y otras cuatro miraban en fila hacia delante en la parte delantera. Las butacas eran de cuero y las mesas de madera, pero parecían fuera de lugar entre un fuselaje utilitario. Había claramente un orden jerárquico con respecto a quién se sentaba en cada sitio. Todos permanecieron de pie en el pasillo hasta que Armstrong eligió su asiento. Optó por el de la ventanilla que miraba hacia atrás del grupo de cuatro que estaba a babor. Los dos periodistas se sentaron en frente. Quizás habían acordado una entrevista para llenar el tiempo de inactividad. Froelich y la guardia personal ocuparon el otro grupo de cuatro asientos. Los agentes de refuerzo y Neagley ocuparon la fila de adelante. A Reacher no le quedó opción. El único asiento libre lo dejaba a un pasillo de distancia de Froelich, pero también justo al lado de Armstrong.

Metió su abrigo en el compartimento de arriba y se sentó. Armstrong lo miró como si ya fueran viejos amigos. Los periodistas lo inspeccionaron. Podía sentir su mirada inquisidora.

Le miraban el traje. Los podía ver pensando: demasiado lujoso para un agente. ¿Quién es este tipo? ¿Un asistente? ¿Un asesor? Se abrochó el cinturón como si sentarse al lado del vicepresidente electo fuera algo que hacía cada cuatro años, con la precisión de un mecanismo de relojería. Armstrong no hizo nada que pudiera desengañar a la audiencia. Solo se quedó allí sentado, tranquilo, esperando la primera pregunta.

El ruido del motor aumentó y el avión se dirigió hacia la pista. Para cuando despegó y se niveló prácticamente todos salvo los de la mesa de Reacher estaban dormidos. Sencillamente se apagaron, tal como lo hacen los profesionales cuando tienen un rato entre dos períodos de intensa actividad. Froelich estaba acostumbrada a dormir en los aviones. Eso estaba claro. Tenía la cabeza recostada en el hombro y los brazos cuidadosamente cruzados sobre su regazo. Tenía buen aspecto. Los tres agentes a su alrededor estaban echados de una manera un poco menos decorosa. Eran tipos corpulentos. Cuellos fuertes, espaldas anchas, muñecas gruesas. Uno sacaba el pie hacia el pasillo. Parecía calzar un cuarenta y siete, más o menos. Supuso que Neagley estaría dormida detrás de él. Ella podía dormir en cualquier parte. Una vez, durante una larga vigilancia, la había visto dormir en un árbol. Reacher encontró el botón, reclinó el asiento un poco hacia atrás y se puso cómodo. Pero entonces los periodistas empezaron a hablar. A Armstrong, pero refiriéndose a él.

—¿Nos podría decir cómo se llama, señor, para que conste? —dijo uno de ellos.

Armstrong negó con la cabeza:

—Me temo que por el momento las identidades tendrán que seguir siendo confidenciales —dijo.

—¿Pero podemos asumir que seguimos estando en territorio de la seguridad nacional?

Armstrong sonrió. Casi guiñó el ojo:

—No puedo evitar que asuman cosas —respondió.

Los periodistas tomaron notas. Iniciaron una conversación sobre relaciones internacionales, con un énfasis claro en los recursos y en los presupuestos militares. Reacher no le prestó atención a nada de todo aquello e intentó quedarse dormido. Volvió en sí cuando escuchó una pregunta repetida y sintió que lo miraban. Uno de los periodistas lo estaba observando.

—¿Pero sigue apoyando la doctrina de la fuerza abrumadora? —le preguntaba a Armstrong el otro periodista.

Armstrong miró a Reacher:

—¿Quiere comentar algo al respecto?

Reacher bostezó:

—Sí, sigo apoyando la fuerza abrumadora. Sin duda. La apoyo en todos y cada uno de sus aspectos. Siempre lo he hecho, créame.

Ambos periodistas tomaron nota. Armstrong asintió juiciosamente. Reacher reclinó un poco más el asiento y se durmió.

Se despertó en el descenso a Bismarck. A su alrededor ya todos estaban despiertos. Froelich hablaba en voz baja con sus agentes para darles las habituales instrucciones operativas. Neagley las escuchaba con los tres hombres que estaban en su fila. Miró por la ventana de Armstrong y vio un cielo azul resplandeciente, sin ninguna nube. Tres mil metros más abajo la tierra parecía parda y tranquila. Vio el río Misuri que serpenteaba de norte a sur a través de una interminable secuencia de lagos azul brillante. Vio la cinta angosta de la I-94 que cruzaba de este a oeste. Vio la mancha marrón de la ciudad de Bismarck, donde se cruzaban el río y la carretera.

—El perímetro va a quedar a cargo de la policía local —decía Froelich—. Va a haber cuarenta policías de servicio, quizás más. Y policías del estado en coches. Nuestro trabajo es mantenernos juntos. Entraremos y saldremos deprisa. Vamos a llegar con el evento ya comenzado y nos vamos a ir antes de que termine.

—Hay que dejarlos con ganas de más —dijo Armstrong, sin dirigirse a nadie en particular.

—Eso funciona en el mundo del espectáculo —dijo uno de los periodistas.

El avión giró, se ladeó y se acomodó en una trayectoria de planeo larga y superficial. Los asientos que estaban hacia atrás se enderezaron y los cinturones se ajustaron. Los periodistas guardaron sus libretas. Se iban a quedar en el avión. La política local al aire libre no ofrecía ningún atractivo a los periodistas importantes de política exterior.

El avión aterrizó suavemente y se desplazó hacia un rincón de la pista en el que esperaba una caravana de coches. Había un coche de la policía estatal en cada uno de los extremos y tres limusinas Town Car, idénticas, entre uno y otro. Los del pequeño grupo del personal de tierra estaban todos de pie junto a una escalera con ruedas. Armstrong viajó con su guardia personal en la limusina del medio. El equipo de refuerzo subió a la de atrás. Froelich, Reacher y Neagley subieron a la de delante. El aire estaba helado, pero el cielo estaba brillante. El sol era cegador.

—Trabajaréis de manera autónoma —dijo Froelich—. Id a donde sintáis que tenéis que estar.

No había tráfico. Parecía una región vacía. Hicieron un viaje breve y veloz por carreteras de asfalto y, de repente, Reacher vio en la distancia la ya conocida torre de la iglesia y el amontonamiento bajo de las casas alrededor. Había coches aparcados todo a lo largo de la carretera que iba hasta el control de la policía estatal, a cien metros de la entrada del centro comunitario. La caravana pasó el control sin detenerse y se dirigió hacia el aparcamiento. Las vallas estaban decoradas con banderines y ya había bastante gente, quizás trescientas personas. La torre de la iglesia se alzaba por encima de todas ellas, alta, cuadrada, sólida y de un blanco deslumbrante bajo el sol invernal.

—Espero que esta vez hayan registrado hasta el último centímetro —dijo Froelich.

Los cinco coches dieron la vuelta sobre la grava y las piedras crujieron debajo de los neumáticos hasta que terminaron de frenar. Los agentes de refuerzo bajaron primero. Se desplegaron ante el coche de Armstrong, mirando los rostros de la multitud, esperando hasta que Froelich escuchara por radio el «todo despejado» del comandante de la policía local. Lo recibió e instantáneamente se lo transmitió al líder del refuerzo, que lo acató de inmediato, se acercó a la puerta de Armstrong y la abrió de manera ceremoniosa. Reacher estaba impresionado. Era como un ballet. Cinco segundos, sereno, digno, pausado, sin ninguna vacilación aparente, pero allí ya se habían mantenido comunicaciones por radio en tres direcciones distintas y se había procedido a la confirmación visual de la seguridad. Era un operativo impecable.

Armstrong salió de su coche al frío. Ya estaba sonriendo con la perfecta sonrisa de chico local avergonzado por todo el alboroto y ofreciendo la mano para saludar a su sucesor al frente de la cola de la recepción. Llevaba la cabeza descubierta. Su guardia personal se movía tan cerca de él que prácticamente lo empujaba. Los agentes de refuerzo también se le acercaron, maniobrando como para que los dos más altos de los tres quedaran entre Armstrong y la iglesia. Sus rostros permanecían completamente inexpresivos. Sus abrigos estaban abiertos y sus ojos siempre en movimiento.

—Esa maldita iglesia —dijo Froelich—. Es como una galería de tiro.

—Deberíamos ir a revisarla otra vez —dijo Reacher—. Nosotros, para estar seguros. Haz que lo muevan en sentido contrario a las agujas del reloj hasta que lo hayamos hecho.

—Eso va a hacer que quede más cerca de la iglesia.

—Cerca de la iglesia estará más seguro. La iglesia hace que el ángulo hacia abajo sea muy cerrado. Hay celosías de madera alrededor de las campanas. El campo de tiro empieza más o menos a doce metros de la base de la torre. A menos distancia, estaría en un punto ciego.

Froelich levantó la muñeca y habló con su agente líder. Segundos después vieron que conducía a Armstrong hacia la derecha, dando un giro amplio alrededor del predio en sentido contrario a las agujas del reloj. El nuevo senador los siguió. La multitud cambió de dirección y se movió con ellos.

—Ahora busca a la persona que tiene las llaves de la iglesia —dijo Reacher.

Froelich habló con el capitán de la policía local. Escuchó la respuesta.

—El capillero se reunirá con nosotros allí —dijo—. En cinco minutos.

Se bajaron del coche y avanzaron por el camino de grava hasta la entrada de la iglesia. El aire era muy frío. La cabeza de Armstrong se veía entre el mar de gente. El sol le daba en el pelo. Estaba en el medio del predio, a unos diez metros de la torre. El nuevo senador estaba a su lado. Tenía seis agentes cerca. La multitud se movía con ellos, cambiando lentamente de forma como una criatura mutante. Había abrigos oscuros por todas partes. Sombreros de mujeres, bufandas, gafas de sol. El césped era marrón y había muerto por las heladas nocturnas.

Froelich se puso rígida. Se tapó una oreja con la mano. Levantó la otra mano y habló por el micrófono.

—Mantenedlo cerca de la iglesia —ordenó.

Luego bajó ambas manos y se desabrochó el abrigo. Aflojó el arma en la funda.

—Acaban de llamar unos policías estatales desde la parte más alejada del perímetro —dijo—. Les preocupa un tipo a pie.

—¿Dónde? —preguntó Reacher.

—En la zona.

—¿Descripción?

—No me la dieron.

—¿Cuántos policías hay en el área?

—Más de cuarenta, todo alrededor.

—Que se posicionen mirando hacia fuera. De espaldas a la gente. Todos los ojos puestos en el perímetro más cercano.

Froelich habló con el capitán de policía por la radio y dio la orden. Sus propios ojos estaban por todas partes.

—Me tengo que ir —dijo ella.

Reacher se giró hacia Neagley.

—Revisa las calles —le pidió—. Todos los puntos de acceso que encontramos la vez anterior.

Neagley asintió y se dirigió hacia la entrada. Pasos largos y rápidos, a medio camino entre caminar y correr.

—¿Habéis encontrado puntos de acceso? —preguntó Froelich.

—Como un colador.

Froelich levantó la muñeca:

—Moveos ahora, moveos ahora. Llevadlo contra la pared de la torre. Que quede cubierto por los tres lados. Estad preparados con los coches. Ahora, gente.

Ella escuchó la respuesta. Asintió. Armstrong se estaba acercando a la torre por el otro lado, a unos treinta metros de ellos, fuera de su campo de visión.

—Ve —dijo Reacher—. Yo revisaré la iglesia.

Ella levantó la muñeca.

—Ahora mantenedlo allí —dijo—. Voy de camino.

Se dirigió directamente hacia el predio sin decir ni una palabra más. Reacher quedó solo en el portón de la iglesia. Lo cruzó y se fue hacia el edificio en sí. Esperó en la puerta. Era enorme, de roble tallado, quizás de diez centímetros de espesor. Con bisagras y tirantes de hierro. Cabezas de clavos grandes y negras. Por encima la torre se alzaba unos veinte metros verticalmente hacia el cielo. En la parte más alta había una bandera, un pararrayos y una veleta. La veleta estaba quieta. La bandera colgaba sin moverse. El aire estaba completamente en calma. Era un aire frío y denso, sin ningún tipo de brisa. El tipo de aire que acoge a una bala, la envuelve y la sostiene cariñosamente, sin desviarla.

Un minuto después se oyó el ruido de unos pasos sobre la grava. Reacher miró de reojo hacia el portón y vio que se acercaba el capillero. Era un hombre bajo con una sotana negra que le llegaba a los pies. Llevaba puesto encima un abrigo de cachemir. Un sombrero de piel con orejeras atadas bajo el mentón. Gafas gruesas con montura dorada. En la mano una enorme argolla de alambre de la que colgaba una enorme llave de hierro. Era tan grande que parecía un implemento de utilería para una película cómica de cárceles medievales. Se la dio y Reacher la cogió.

—Es la llave original —dijo—. De 1870.

—Se la devolveré —dijo Reacher—. Espéreme en el predio.

—Puedo esperarle aquí —insistió el capillero.

—En el predio —repitió Reacher—. Será mejor así.

Los ojos del capillero estaban muy abiertos y se agrandaban detrás de las gafas. Se dio vuelta y se alejó por donde había venido. Reacher levantó la vieja llave enorme. Se acercó a la puerta y la colocó a la altura del agujero. La introdujo en la cerradura. La giró con fuerza. No sucedió nada. Lo intentó de nuevo. Nada. Hizo una pausa. Probó el picaporte.

La puerta estaba abierta.

Se abrió quince centímetros con las viejas bisagras de hierro chirriando. Se acordaba del ruido. Había sonado mucho más fuerte cuando había abierto la puerta a las cinco de la mañana. Ahora se perdía entre el grave barullo que hacían las trescientas personas en el predio.

Empujó la puerta hasta dejarla abierta por completo. Hizo otra pausa y luego entró en silencio al interior en penumbra. El edificio era una estructura simple de madera con el techo abovedado. Las paredes estaban pintadas de un blanco de pergamino descolorido. Los bancos eran viejos y brillaban de tan pulidos. Las ventanas tenían vidrieras. En una punta había un altar y un atril elevado con una escalinata para subir. Detrás de algunas puertas había habitaciones. Sacristías, quizás. No estaba seguro de la terminología.

Cerró la puerta por dentro con llave y la escondió en un baúl de madera lleno de himnarios. Avanzó con cuidado por el pasillo central y se quedó quieto escuchando. No pudo oír nada. El lugar olía a madera vieja, a tela polvorienta, a cera de vela y a frío. Siguió avanzando con cuidado y revisó las pequeñas habitaciones tras el altar. Había tres, todas pequeñas, todas con el suelo de madera. Todas vacías salvo por las montañas de libros y la ropa de iglesia.

Retrocedió con cuidado. Cruzó la puerta hacia la base de la torre. Había un espacio cuadrado con tres sogas de campana colgando en el medio. Las sogas tenían fundas bordadas desteñidas de un metro de largo cosidas en los extremos. Los laterales del espacio cuadrado estaban delimitados por una escalera estrecha y empinada que daba vueltas hacia arriba en la penumbra. Se detuvo al pie de la escalera y escuchó con atención. No oyó nada. Comenzó a subir. Después de tres giros consecutivos en ángulo recto la escalera terminaba en un descansillo. Luego había una escalera de mano atornillada a la pared interior de la torre. Subía unos seis metros hasta una trampilla en el techo. El techo estaba completamente tapado con tablas salvo por los tres agujeros de nueve centímetros para las sogas de las campanas. Si había alguien allí, podía ver y oír por los agujeros. Reacher lo sabía. Cinco días antes había oído a los perros correteando por debajo de él.

Hizo una pausa al pie de la escalera de mano. Se quedó lo más quieto que pudo. Sacó la navaja de cerámica del bolsillo del abrigo, se desprendió del abrigo y de la chaqueta del traje y los dejó apilados en el descansillo. Se agarró y subió el primer escalón. La escalera crujió fuerte por su peso. Subió el siguiente escalón. Volvió a crujir.

Se detuvo. Soltó una mano del escalón y se miró la palma. Pimienta. La pimienta que había usado hace cinco días seguía estando en la escalera. Estaba restregada y esparcida por los escalones, quizás por su propio descenso cinco días atrás, quizás por un nuevo ascenso realizado ese mismo día por los policías. O por alguna otra persona. Hizo una pausa. Subió un escalón más. La escalera volvió a crujir.

Hizo otra pausa. Evaluar y calcular. Estaba en una escalera ruidosa cinco metros por debajo de una trampilla. Por encima de la trampilla la situación era incierta. Estaba desarmado, excepto por una navaja con una hoja de nueve centímetros. Respiró. Abrió la navaja y la apretó entre los dientes. Se estiró con los brazos y se sujetó a los rieles de los lados lo más alto que pudo. Se impulsó hacia arriba. Hizo los cinco metros restantes en tres o cuatro segundos. Al llegar al final dejó un pie y una mano en la escalera y se quedó con el resto del cuerpo colgando. Se estabilizó con la yema de los dedos apoyadas contra el techo. Comprobó con la mano si había algún movimiento.

Ninguno. Se estiró, levantó la trampilla un par de centímetros y la soltó para que se cerrara sola. Apoyó otra vez en el techo la yema de los dedos. Arriba no había ningún movimiento. Ningún temblor, ninguna vibración. Esperó treinta segundos. Siguió sin pasar nada. Volvió a poner todo el cuerpo en la escalera, abrió la trampilla por completo y trepó al campanario.

Vio las campanas, colgando en silencio. Tres, con poleas de hierro movidas por sogas. Las campanas eran pequeñas, negras y de hierro fundido. Nada que ver con las grandes obras maestras de bronce que engalanan las viejas catedrales europeas. Eran tan solo unos artefactos rurales simples de una historia rural simple. Por entre los tablones de la celosía de madera entraba la luz del sol y arrojaba frías franjas de luz sobre las campanas. El resto de la recámara estaba vacío. Parecía exactamente igual a como él la había dejado.

Pero no.

El polvo estaba revuelto. En el suelo había huellas y marcas desconocidas. Talones y dedos, rodillas y codos. No eran las suyas de hacía cinco días. Estaba seguro. Y en el aire había un leve olor, justo en el borde de su conciencia. Era un olor a sudor, a tensión, a aceite para armas, a acero mecanizado y a casquillos nuevos de latón. Giró despacio sobre sí mismo y el olor se esfumó como si nunca hubiese estado allí. Se quedó quieto y apoyó la yema de los dedos sobre las campanas de hierro, deseando que le entregaran los secretos guardados en sus vibraciones.

Por entre los tablones de las celosías llegaban sonidos, además de la luz del sol. Podía escuchar a un grupo de gente apretado contra la base de la torre veinte metros más abajo. Se acercó y miró hacia allí con los ojos entornados. Las celosías estaban compuestas por unos tablones de madera gastados, separados entre sí y sujetos a un marco en un ángulo de más o menos treinta grados. Llegaba a ver el borde externo de la multitud. El grueso de la gente no se veía. Llegaba a ver a los policías en el perímetro del predio, a treinta metros de distancia, en posición de descanso y de cara a las vallas. Llegaba a ver el edificio del centro comunitario. Llegaba a ver la caravana de vehículos que esperaba pacientemente en la explanada, con los motores en marcha y el humo de los tubos de escape formando nubes blancas en el aire frío. Llegaba a ver las casas que estaban alrededor. Era una buena posición de tiro. Campo limitado, pero solo se necesita un disparo.

Miró hacia arriba. Vio otra trampilla en el techo del campanario y otra escalera de mano que llevaba hasta allí. Junto a la escalera había unos gruesos cables de cobre sujetos al suelo, que bajaban del pararrayos. Estaban verdes por el paso del tiempo. En su visita anterior no se había fijado en el techo. No había sentido ningún deseo de trepar hasta allí y esperar ocho horas expuesto al frío. Pero para alguien que busque un campo de tiro sin ningún tipo de limitación una tarde soleada, la trampilla habría resultado atractiva. Supuso que sería para subir a cambiar la bandera. El pararrayos y la veleta debían haber estado allí desde 1870, pero la bandera no. Y desde 1870 se le habían añadido muchas estrellas.

Volvió a apretar la navaja entre los dientes y empezó a subir la nueva escalera de mano. Eran cuatro metros de subida. La madera crujía y cedía bajo su peso. Llegó a la mitad y se detuvo. Tenía las manos en los rieles de los lados. Su rostro estaba cerca de los escalones de arriba. Estaban viejos y polvorientos. Salvo en algunos sectores, donde estaban perfectamente limpios. Había dos maneras de trepar por una escalera. O sujetándose a los rieles laterales, o agarrándose a cada peldaño con las manos. Ensayó mentalmente cómo sería el patrón de agarre. Habría contacto, izquierda y derecha en peldaños alternos. Arqueó su cuerpo hacia fuera y miró hacia abajo. Estiró el cuello y miró hacia arriba. Se veían los sectores limpios con ese patrón exacto, a izquierda y derecha en peldaños alternos. Alguien había trepado por esa escalera. Recientemente. Quizás hacía menos de un día o de dos. Quizás hacía menos de una o dos horas. Quizás el capillero, para colgar una bandera recién lavada. Quizás no.

Se quedó colgado y quieto. A sus oídos llegaban las voces de la multitud a través de las celosías. Ahora veía las campanas desde arriba. El fabricante había soldado sus iniciales en la parte superior de cada una, donde el hierro se estrechaba en el hombro. Se podía leer AHB escrito tres veces con líneas temblorosas de estaño derretido.

Subió. Apoyó la yema de los dedos sobre la madera por encima de su cabeza, como antes. Pero estos eran tablones de madera gruesa, probablemente con revestimiento de plomo en la cara externa. Eran duros como una piedra. Podía haber alguien zapateando arriba y él jamás lo notaría al tacto. Subió dos escalones más. Encorvó los hombros y trepó un escalón más hasta quedar agazapado en la parte más alta de la escalera con la trampilla ejerciendo presión sobre su espalda. Sabía que sería pesada. Era probablemente tan gruesa como el techo y estaría impermeabilizada con una membrana de plomo. Con alguna clase de reborde para impedir que se filtre la lluvia. Giró el torso para mirar las bisagras. Eran de hierro. Estaban un poco oxidadas. Quizás un poco duras.

Respiró largo y húmedo alrededor del mango de la navaja, estiró de golpe las piernas y explotó hacia arriba cruzando la trampilla. La puerta se estrelló hacia atrás y él se subió rápido hacia fuera, sobre el techo, a la cegadora luz del sol. Se sacó la navaja de la boca y se alejó rodando. Su cara rozó contra el techo. Era de plomo, picado, agujereado y oscurecido por más de ciento treinta inviernos. Se levantó de golpe y dio una vuelta completa moviéndose sobre sus rodillas.

Allí arriba no había nadie.

Era como una caja poco profunda revestida de plomo, abierta al cielo por la parte de arriba. Las paredes tenían un metro de alto. El suelo estaba levantado por el medio para anclar el mástil, la veleta y el pararrayos. De cerca eran enormes. El plomo estaba aplicado en capas, cuidadosamente ajustado y soldado en las uniones. En los rincones había embudos para drenar el agua de lluvia y la nieve derretida.

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