Sin fallos

Sin fallos


Diez

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Se arrastró hasta el borde sobre manos y rodillas. No se quería poner de pie. Supuso que allá abajo los agentes tenían la orden de estar atentos a cualquier movimiento aleatorio que se produjera en posiciones elevadas por encima de ellos. Asomó la cabeza por el parapeto. Tiritó en el viento helado. Vio a Armstrong justo por debajo de donde él estaba, a más de veinte metros. El nuevo senador estaba de pie a su lado. Los seis agentes los rodeaban formando un círculo perfecto. Después percibió unos movimientos por el rabillo del ojo. A cien metros de distancia, al otro lado del predio, unos policías corrían. Se estaban reuniendo en un punto cercano al rincón más apartado de las vallas. Miraban algo que parecía estar en el suelo, se alejaban girando y se encorvaban sobre sus radios. Miró otra vez hacia abajo y vio que Froelich se abría paso entre medio de la multitud. Tenía el dedo índice apretado contra el auricular. Se movía deprisa. En dirección a los policías.

Reacher se arrastró hacia atrás y se metió por la trampilla. La cerró por encima de su cabeza y bajó la escalera de mano.

Se metió por la otra trampilla y bajó la otra escalera de mano. Cogió el abrigo y la chaqueta y bajó corriendo la escalera sinuosa y estrecha. Pasó al lado de las puntas bordadas de las sogas de las campanas y entró en la zona principal de la iglesia.

La puerta de roble estaba abierta de par en par.

La tapa de la caja con los himnarios estaba levantada y la llave estaba en la cerradura por el lado de dentro. Se acercó y se quedó un metro dentro del edificio. Esperó. Escuchó. Salió corriendo al frío y se detuvo de nuevo dos metros más allá. Se dio la vuelta. No había nadie esperando para tenderle una emboscada. Nadie en absoluto. La zona estaba tranquila y vacía. Llegaba a oír unos ruidos que llegaban del parque, a lo lejos. Se puso el abrigo y se dirigió hacia allí. Vio a un hombre acercarse corriendo, cruzando la grava, rápido y apurado. Llevaba puesto un abrigo largo marrón, de algún tipo de sarga gruesa, a medio camino entre un impermeable y un chaquetón. Ondeaba abierto a sus espaldas. Chaqueta de tweed y pantalones de franela bajo el abrigo. Calzado resistente. Tenía el brazo levantado como si estuviera saludando. Una placa dorada en la palma de la mano. Una especie de detective de Bismarck. Quizás el propio capitán de la policía.

—¿La torre está segura? —gritó desde unos seis metros de distancia.

—Está vacía —le contestó Reacher también gritando—. ¿Qué está pasando?

El policía se detuvo y se inclinó hacia delante, respirando agitadamente, con las manos apoyadas en las rodillas.

—Aún no lo sé —dijo en voz alta—. Hay un gran revuelo.

Luego miró por encima del hombro de Reacher hacia la iglesia.

—Demonios, debería haber cerrado la puerta —continuó en voz alta—. No se puede dejar abierta.

Corrió en dirección a la iglesia. Reacher corrió en dirección contraria, hacia el predio. Se encontró con Neagley, que corría hacia allí desde el camino de entrada.

—¿Qué? —gritó ella.

—Está pasando —gritó él.

Siguieron corriendo juntos. Cruzaron el portón y entraron al predio. Froelich se movía deprisa hacia los coches. Ellos cambiaron el rumbo y fueron a encontrarse con ella.

—Un fusil escondido al pie de las vallas —dijo Froelich.

—Alguien estuvo en la iglesia —dijo Reacher. Estaba muy agitado—. En la torre. Probablemente en el tejado. Probablemente todavía está en algún lado.

Froelich lo miró fijamente y por un segundo se quedó completamente quieta. Después levantó la mano y habló por el micrófono que tenía en la muñeca.

—Preparados para abortar —dijo—. Evacuación de emergencia cuando cuente tres.

Su voz era muy tranquila.

—Preparad todos los vehículos. El coche principal y el coche de las armas en dirección al objetivo cuando cuente tres.

Se detuvo un instante.

—Uno, dos, tres, abortad ahora, abortad ahora.

Sucedieron dos cosas simultáneamente. Primero se escuchó un rugido de motores que venía de la caravana de vehículos y estos se separaron como una explosión de estrellas. El coche patrulla que estaba a la cabeza se sacudió hacia delante, el de la retaguardia se movió hacia atrás y las dos primeras limusinas dieron una vuelta cerrada y aceleraron cruzando el camino de grava directas hacia el predio. Al mismo tiempo, la guardia personal saltó hacia Armstrong y literalmente lo escondió. Un agente se puso delante, los otros dos le sujetaron cada uno de un codo y los tres de refuerzo se agruparon, levantaron los brazos por encima de la cabeza de Armstrong desde atrás y lo movieron hacia delante entre la multitud. Era como una jugada de fútbol americano, llena de velocidad y potencia. La gente salió desbandada presa del pánico cuando vieron que los coches invadían el césped en una dirección y que los agentes corrían en dirección contraria para llegar hasta allí. Los coches derraparon hasta quedar detenidos, la guardia personal empujó a Armstrong directamente dentro del primero y el equipo de refuerzo se metió en el segundo.

El primer coche patrulla ya había encendido las luces y las sirenas y avanzaba despacio por la vía de salida. Las dos limusinas cargadas colearon por encima del césped, dieron la vuelta en el predio y se dirigieron hacia la carretera. Se ubicaron detrás del coche patrulla y después los tres vehículos aceleraron con fuerza y se dirigieron hacia fuera mientras la tercera limusina se iba directamente hacia Froelich.

—Podemos atraparlos —le dijo Reacher—. Están aquí mismo, justo ahora.

Ella no respondió. Lo cogió del brazo, cogió del brazo a Neagley y los subió con ella en la limusina, que rugió siguiendo a los vehículos que iban delante. El segundo coche de policía se les puso detrás, y tan solo veinte cortos segundos después de la orden inicial de abortar, toda la caravana se había formado en una fila compacta y se alejaba ruidosamente de la escena a ciento veinte kilómetros por hora, con todas las luces parpadeando y con todas las sirenas sonando.

Froelich se desplomó en el asiento.

—¿Ves? —dijo ella—. No somos activos. Si pasa algo, salimos corriendo.

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