Sin fallos

Sin fallos


Doce

Página 22 de 33

—Que se preocupen por el ADN en los sobres suena a que son personas de dentro —dijo Neagley—. Pero hay algo que no me convence. Si están familiarizados con sus procedimientos, entonces no interpretaron muy bien la situación de Bismarck. Ustedes dijeron que ellos esperaban que los policías se movieran hacia el fusil que habían dejado de señuelo y que Armstrong se moviera hacia los coches, y de ese modo cruzaría su campo de tiro. Pero no sucedió eso. Armstrong esperó en el punto ciego y los coches se acercaron a donde estaba él.

Froelich negó con la cabeza:

—No, me temo que su interpretación fue correcta —dijo—.

Normalmente Armstrong habría estado en el medio del predio, para que la gente lo pudiera ver bien. En el centro mismo de la situación. Por lo general no les obligamos a que se muevan por los bordes. Fue un cambio de último minuto para mantenerlo cerca de la iglesia. Basado en la información que nos facilitó Reacher. Y normalmente no hay ningún modo de que yo permitiera que una limusina de tracción trasera maniobrara sobre el césped. Es demasiado fácil que se quede atascada. Es una regla básica. Pero yo sabía que el suelo estaba seco y firme. Estaba prácticamente congelado. Así que improvisé. Esa maniobra a alguien de dentro le habría parecido algo completamente fuera de lo normal. Habría sido lo último que hubiesen esperado. Los habría sorprendido por completo.

Silencio.

—Entonces la teoría de Bannon es perfectamente plausible —dijo Neagley—. Lo lamento mucho.

Stuyvesant asintió despacio. Strike dos.

—¿Reacher? —dijo.

—No puedo discutir ni una sola palabra de todo esto.

Strike tres. Stuyvesant dejó caer la cabeza, como si su última esperanza lo hubiese abandonado.

—Pero no me lo creo —dijo Reacher.

Stuyvesant levantó la cabeza otra vez.

—Me alegra que estén investigando en esa dirección —dijo Reacher—. Porque hay que investigarla, supongo. Tenemos que eliminar todas las posibilidades. Y ellos se van a empeñar como locos. Si tienen razón, se encargarán de eso por nosotros, sin duda. Por lo que tenemos una cosa menos de la cual preocuparnos. Pero estoy casi seguro de que están perdiendo el tiempo.

—¿Por qué? —preguntó Froelich.

—Porque estoy casi seguro de que ninguna de estas dos personas ha trabajado nunca aquí.

—¿Y quiénes son?

—Yo creo que los dos son personas de fuera. Creo que son entre dos y diez años mayores que Armstrong, criados y educados en zonas rurales remotas donde las escuelas eran decentes, pero los impuestos bajos.

—¿Qué?

—Piensen en todo lo que sabemos. Piensen en todo lo que hemos visto. Y después piensen en la parte más pequeñita de todo ello. El componente más diminuto.

—Cuéntanos —dijo Froelich.

Stuyvesant miró otra vez su reloj. Negó con la cabeza:

—Ahora no —dijo—. Tenemos que movernos. Nos lo puede contar más tarde. ¿Pero está seguro?

—Los dos son de fuera —dijo Reacher—. Garantizado. Está en la Constitución.

Ir a la siguiente página

Report Page