Sin fallos

Sin fallos


Trece

Página 23 de 33

TRECE

Todas las ciudades tienen un punto a partir del cual la parte buena se vuelve mala. Washington D. C. no era la excepción. La frontera entre lo deseable y lo indeseable se movía en un bucle accidentado e irregular, que se abría aquí y allá para dejar que entraran las manzanas recuperadas, y se hundía en otras zonas para reclamar las conquistas propias. En algunos lugares estaba atravesado por pasillos gentrificados. En otros funcionaba gradualmente, matizándose de forma imperceptible a lo largo de cientos de metros por calles en las que se podía comprar treinta variedades distintas de té en un extremo y en el otro cobrar cheques al treinta por ciento de su valor.

El refugio elegido para la visita de Armstrong estaba ubicado en el medio de la tierra de nadie que está al norte de Union Station. Al este había vías de tren y patios ferroviarios. Al oeste una autopista se metía bajo tierra por un túnel. Todo alrededor había edificios deteriorados. Algunos eran almacenes y otros eran viviendas. Algunos estaban abandonados, otros no. El refugio era exactamente como lo había descrito Froelich. Era una construcción baja y larga de una sola planta, de ladrillo. En sus paredes se abrían grandes ventanas con marcos de metal, espaciadas de manera regular. Al lado tenía un patio del doble de su tamaño. Unas paredes altas de ladrillo cerraban el patio por tres de los lados. Era imposible deducir la función original del edificio. Quizás había sido un establo, en los tiempos en que los cargamentos que llegaban a Union Station se retiraban en carros tirados por caballos. Quizás después había sido adaptado con ventanas nuevas para ser utilizado como almacén de camiones cuando los caballos desaparecieron. Quizás durante algún tiempo había servido de oficina. Era imposible saberlo.

Cada noche alojaba a cincuenta personas sin hogar. Las despertaban temprano por la mañana, les daban el desayuno y las devolvían a las calles. Entonces apilaban y apartaban a un lado los cincuenta catres, fregaban el suelo y rociaban el ambiente con desinfectante. Llevaban hasta allí mesas y sillas de metal y las colocaban donde habían estado las camas. Había comida y cena todos los días, y a las nueve de la noche tenía lugar la transformación inversa en dormitorio.

Pero ese día era diferente. El Día de Acción de Gracias siempre era diferente, y ese año todavía más. La llamada para despertarse tuvo lugar un poco más temprano y el desayuno se sirvió un poco más deprisa. A los pernoctantes los invitaron a irse media hora antes de lo normal, lo que para ellos representaba un palo doble, porque las ciudades están notablemente tranquilas el Día de Acción de Gracias y lo que se recibe mendigando es pésimo. Limpiaron el suelo más concienzudamente de lo normal y rociaron más desinfectante en el ambiente. Colocaron las mesas con mayor exactitud, alinearon las sillas con mayor precisión y había más voluntarios disponibles, todos con sudaderas blancas limpias con el nombre del benefactor impreso en rojo brillante.

Los primeros agentes del Servicio Secreto en llegar fueron los del equipo de reconocimiento. Tenían un mapa topográfico de la ciudad a gran escala y una mirilla telescópica de un fusil desmontada. Un agente recorrió todos los pasos que Armstrong tenía previsto dar. A cada paso se detenía, se daba la vuelta, observaba por la mirilla y daba aviso de cada ventana y azotea que veía. Porque si podía ver una azotea o una ventana, desde esa azotea o desde esa ventana un potencial francotirador podía verlo a él. El agente con el mapa identificaba el edificio en cuestión, comprobaba la escala y calculaba la distancia. Todo lo que estaba a menos de doscientos metros lo marcaba con negro.

Pero era una buena ubicación. Los únicos escondites disponibles para francotiradores estaban en las azoteas de los almacenes abandonados de cuatro pisos que estaban enfrente. El que tenía el mapa terminó su trabajo con una línea recta de cinco cruces negras, nada más. Escribió comprobado con mirilla, cielo despejado, 0845 hs, todas las ubicaciones sospechosas registradas en la parte inferior del mapa, firmó con su nombre y añadió la fecha. El agente con la mirilla también firmó, enrollaron el mapa y lo guardaron en la parte de atrás de una Suburban del departamento, a la espera de Froelich.

Después apareció en la escena un convoy de furgonetas de la policía con cinco unidades caninas distintas. Una unidad despejó el refugio. Otras dos fueron a los almacenes. Las últimas dos eran de perros detectores de explosivos que registraron las calles adyacentes en todas las direcciones en un radio de cuatrocientos metros. Más allá de los cuatrocientos metros, el laberinto de calles demostraba que había demasiadas rutas de acceso potenciales para registrar, y por lo tanto también demasiadas para poner bombas con una posibilidad realista de tener éxito. Cuando se anunciaba que un edificio o una calle eran seguros, un agente de policía del D. C. se colocaba allí. El cielo seguía despejado y seguía brillando el sol. Daba una sensación de calidez. Mantenía las quejas al mínimo.

A las nueve y media el refugio era el epicentro de un territorio seguro de setecientos cincuenta metros cuadrados. Había agentes de policía del D. C. controlando el perímetro a pie y en coche, y otros cincuenta más en el interior. Juntos constituían la mayor parte de la población local. La ciudad seguía tranquila. Algunos de los residentes del refugio estaban por ahí dando vueltas. No había ningún lugar productivo al que ir, y sabían por experiencia que llegar temprano a la cola de la comida era mejor que llegar tarde. Los políticos no entendían nada del control de porciones, y tras los primeros treinta minutos los restos podían comenzar a ser escasos.

Froelich llegó a las diez en punto, al volante de una Suburban, con Reacher y Neagley. Stuyvesant iba detrás en una segunda Suburban. Detrás de él había cuatro furgonetas más, que transportaban a cinco francotiradores del departamento y a quince agentes de servicio. Froelich aparcó en la acera muy pegada a la base de la pared del almacén. Normalmente habría bloqueado la calle más allá de la entrada del refugio, pero no quería revelar a los espectadores la dirección por la que tenía previsto llegar Armstrong. Estaba programado que entrara por el sur, pero con esa información y diez minutos sobre un mapa era posible adivinar todo su recorrido desde Georgetown.

Reunió a su gente en el patio del refugio y envió a los francotiradores a asegurar las azoteas de los almacenes. Iban a estar allí arriba tres horas antes de que empezara el evento, pero eso era normal. Por lo general eran los primeros en llegar y los últimos en irse. Stuyvesant llamó a Reacher y le pidió que subiera con ellos.

—Venga a verme luego —dijo—. Quiero saber de primera mano cómo de mala es la situación.

Así que Reacher cruzó la calle con un agente llamado Crosetti, pasaron junto a un policía y entraron en un vestíbulo lleno de basura y excrementos de rata. El hueco de la escalera estaba en el centro. Crosetti llevaba un chaleco antibalas y un fusil en un estuche rígido. Pero estaba en forma. Llegó arriba medio piso por delante de Reacher.

La escalera terminaba en el cobertizo de una azotea. Había una puerta de madera que se abría hacia afuera. Detrás brillaba el sol. La azotea era plana. El suelo era de asfalto. Había cadáveres de palomas por todas partes, claraboyas sucias de cristal armado y sombreritos de metal sobre conductos de ventilación. Terminaba en un muro bajo, rematado con placas de piedra erosionada. Crosetti caminó hacia el borde izquierdo, y luego hacia el derecho. Estableció contacto visual con sus colegas a ambos lados. Después caminó hacia el frente para comprobar la vista. Reacher ya estaba allí.

La vista era buena y mala. Buena en el sentido convencional, porque hacía sol y estaban en un quinto piso y en una zona baja de la ciudad. Mala porque el patio del refugio estaba justo debajo de ellos. Era como mirar de arriba dentro de una caja de zapatos, a un metro de altura y a un metro de distancia. El muro contra el que iba a estar de pie Armstrong estaba justo enfrente, en línea recta. Era de ladrillo viejo y parecía el paredón de fusilamiento de alguna cárcel extranjera. Acertar el tiro sería más fácil que pescar en una pecera.

—¿Cuántos metros hay hasta allí? —preguntó Reacher.

—¿Cuál es tu cálculo? —dijo Crosetti.

Reacher apoyó las rodillas contra el muro de la azotea y miró hacia afuera y hacia abajo:

—¿Ochenta y cinco? —dijo.

Crosetti abrió un bolsillo del chaleco y sacó un telémetro:

—Láser —dijo. Lo encendió y lo alineó—. Ochenta y cuatro hasta la pared —dijo—. Ochenta y tres hasta la cabeza de Armstrong. Buen cálculo.

—¿Hace viento?

—Una suave corriente térmica que se levanta desde el cemento de ahí abajo —dijo Crosetti—. Probablemente solo eso. Nada importante.

—Es como estar a su lado, prácticamente —dijo Reacher.

—No te preocupes —dijo Crosetti—. Mientras esté yo aquí arriba no puede haber nadie más. Hoy mi trabajo es ese. Somos centinelas, no francotiradores.

—¿Dónde te vas a poner? —preguntó Reacher.

Crosetti recorrió con la vista todo el terreno de su pequeño dominio y señaló:

—Allí, supongo —dijo—. Metido en el rincón más alejado. Paralelo al muro frontal. Un pequeño giro a la izquierda y tengo el patio cubierto. Un pequeño giro a la derecha y tengo cubierta la salida de la escalera.

—Buen plan —dijo Reacher—. ¿Necesitas algo?

Crosetti negó con la cabeza.

—Vale —dijo Reacher—. Te dejo con tu tarea. Intenta no dormirte, ¿sí?

Crosetti sonrió:

—No suelo dormirme.

—Bien —dijo Reacher—. Me gusta eso en un centinela.

Bajó los cinco pisos en medio de la oscuridad y salió al sol. Cruzó la calle y miró hacia arriba. Vio a Crosetti colocado en el ángulo del rincón. Pudo ver su cabeza y sus rodillas. También el cañón del fusil. Se recortaba hacia arriba contra el cielo brillante en un ángulo distendido de cuarenta y cinco grados. Lo saludó con la mano. Crosetti le devolvió el saludo. Siguió caminando y se encontró con Stuyvesant en el patio. Era difícil no verlo, dado el color de su jersey y la claridad del día.

—Todo bien ahí arriba —dijo Reacher—. Es una plataforma increíble, pero mientras sus hombres la cuiden estaremos seguros.

Stuyvesant asintió, se dio la vuelta y miró hacia arriba. Las cinco azoteas del almacén se veían desde el patio. En las cinco había francotiradores. Se veían las siluetas de las cinco cabezas y de los cañones de los cinco fusiles.

—Froelich lo estaba buscando —dijo Stuyvesant.

Más cerca del edificio el personal del refugio y algunos agentes ponían unas mesas largas con caballetes en su sitio. El extremo derecho quedaría pegado a la pared del refugio. El extremo izquierdo quedaría a un metro del muro del patio que estaba al otro lado. Detrás de la fila de mesas habría un recinto de dos metros de profundidad. Armstrong y su esposa estarían allí con cuatro agentes. Justo por detrás de ellos quedaría el paredón de fusilamiento. De cerca no parecía tan feo. Los viejos ladrillos parecían más cálidos por el sol. Rústicos, incluso amigables. Reacher les dio la espalda y alzó la vista hacia las azoteas del almacén. Crosetti volvió a saludar con la mano. No me he dormido, decía el saludo.

—Reacher —Froelich le llamó en voz alta.

Reacher se dio la vuelta y la vio salir del refugio y avanzar hacia él. Llevaba una carpetilla con muchas hojas enganchadas en la mano. Estaba alerta, atareada, a cargo, al mando. Se la veía espléndida. La ropa negra realzaba su figura esbelta y hacía que los ojos le resplandecieran de azul. Decenas de agentes y veintenas de policías daban vueltas a su alrededor, todos bajo su control personal.

—Aquí estamos bien —dijo—. Así que quiero que vayas a dar una vuelta. A echar un vistazo. Neagley ya está por allí. Ya sabes lo que tienes buscar.

—Sienta bien, ¿verdad? —le preguntó él.

—¿El qué?

—Hacer algo realmente bien —respondió él—. Estar al cargo.

—¿Crees que lo estoy haciendo bien?

—Eres la mejor —dijo él—. Esto es tremendo. Armstrong es un hombre con suerte.

—Eso espero —dijo ella.

—Créetelo —dijo él.

Ella sonrió, fugaz y tímidamente, y siguió su camino, ojeando sus papeles. Él se dio la vuelta hacia el otro lado y volvió a la calle. Giró a la derecha y planeó mentalmente una ruta que lo mantuviera en un radio de una manzana y media.

En la esquina había policías y comenzaba una multitud de personas desharrapadas a la espera de comida gratis. En la misma calle, a cincuenta metros del refugio, dos furgonetas de televisión se preparaban. Las antenas hidráulicas se desplegaban solas y las parabólicas rotaban en todas direcciones. Había técnicos desenrollando cables y cargando cámaras al hombro. Vio a Bannon con seis hombres y una mujer, y supuso que eran el comando especial del FBI. Acababan de llegar. Bannon había desplegado un mapa sobre el capó de su coche y sus agentes estaban agrupados a su alrededor mirándolo. Reacher lo saludó de lejos, giró a la izquierda y pasó por el extremo de un callejón que desembocaba en la parte de atrás de los almacenes. Oyó un tren sobre las vías que estaban más adelante. De la entrada del callejón se estaba encargando un agente de policía del D. C., que miraba hacia fuera, en posición de descanso. Cerca de allí estaba aparcado un coche patrulla. Con otro policía adentro. Policías por todas partes. La factura por las horas extra iba a ser digna de ver.

Había tiendas en muy mal estado salpicadas por todas partes, pero todas estaban cerradas por el festivo. Algunos de los escaparates eran iglesias, también cerradas. Más cerca de las vías había talleres mecánicos, todos con las persianas bajadas y sin movimiento. Había una casa de empeños con un señor muy viejo delante, limpiando el escaparate. Era lo único que se movía en toda la calle. Su negocio era alto y estrecho, y al otro lado del cristal tenía alambres de púas tipo concertina. El mostrador estaba lleno de toda clase de cacharros. Había relojes, abrigos, instrumentos de música, radio despertadores, sombreros, tocadiscos, radios para coche, prismáticos, lucecitas de Navidad. En los cristales había carteles en los que se ofrecía comprar prácticamente cualquier cosa que hubiera sido fabricada alguna vez. Si no crecía del suelo ni se movía solo, el hombre pagaría por ese objeto. También ofrecía servicios. Cambiaba cheques, tasaba joyas, reparaba relojes. Había una bandeja con relojes de exhibición. La mayoría eran antiguos, de cuerda, con cristales abultados y grandes números cuadrados y luminiscentes y agujas esculpidas. Reacher miró otra vez el cartel: Se Reparan Relojes. Después volvió a mirar al viejo. La espuma de jabón le llegaba a los codos.

—¿Arregla relojes? —le preguntó.

—¿Qué tiene? —respondió el viejo. Tenía mucho acento. Ruso, probablemente.

—Una pregunta —dijo Reacher.

—Pensé que tenía un reloj para arreglar. Originalmente ese era mi negocio. Antes del cuarzo.

—Mi reloj funciona bien —dijo Reacher—. Lo siento.

Se remangó el puño para mirar la hora. Once y cuarto.

—A ver. Déjeme verlo —le pidió el viejo.

Reacher estiró el brazo.

—Bulova —dijo el viejo—. Edición militar americana de antes de la Guerra del Golfo. Un buen reloj. ¿Se lo ha comprado a un soldado?

—No, yo he sido soldado.

El viejo asintió:

—Yo también. En el Ejército Rojo. ¿Cuál es la pregunta?

—¿Ha oído hablar del escualeno?

—Es un lubricante.

—¿Usted lo usa?

—De vez en cuando. Ya no arreglo tantos relojes. No desde el cuarzo.

—¿Dónde lo consigue?

—¿Es una broma?

—No —dijo Reacher—. Es una pregunta.

—¿Quiere saber dónde consigo mi escualeno?

—Para eso sirven las preguntas. Buscan obtener cierta información.

El viejo sonrió:

—Lo llevo conmigo.

—¿Dónde?

—Ahora mismo lo está viendo.

—¿Sí?

El viejo asintió:

—Y yo estoy viendo el suyo.

—¿Mi qué?

—Su provisión de escualeno.

—Yo no tengo escualeno —dijo Reacher—. Se saca del hígado del tiburón. Hace mucho que no estoy cerca de un tiburón.

El viejo negó con la cabeza:

—¿Ve? El sistema soviético ha sido muy criticado, y créame que nunca tuve ningún inconveniente en decir la verdad al respecto. Pero al menos teníamos una buena educación. Especialmente en ciencias naturales.

—C-treinta-H-cincuenta —dijo Reacher—. Es un hidrocarburo acíclico. Que hidrogenado se convierte en escualano con «a».

—¿Entiende algo de lo que está diciendo?

—No —respondió Reacher—. No realmente.

—El escualeno es un aceite —dijo el viejo—. Se produce de manera natural tan solo en dos lugares de la biosfera conocida. Uno es el hígado de los tiburones. El otro es un producto sebáceo en la piel alrededor de la nariz de los seres humanos.

Reacher se tocó la nariz:

—¿Lo mismo? ¿En el hígado de los tiburones y en la nariz de la gente?

El viejo asintió:

—La misma estructura molecular. Por lo que si necesito escualeno para lubricar un reloj, me pongo un poco en la yema del dedo. Así.

Se secó la mano en el pantalón, estiró un dedo y lo frotó hacia abajo en el punto donde la nariz se une con la cara. Después alzó la yema del dedo para inspeccionarla.

—Ponga eso en el engranaje y listo —dijo.

—Ya veo —dijo Reacher.

—¿Quiere vender el Bulova?

Reacher negó con la cabeza:

—Tiene valor sentimental —dijo.

—¿Por el ejército? —preguntó el viejo—. Usted es un nekulturny.

El viejo regresó a su tarea y Reacher siguió caminando.

—Feliz Día de Acción de Gracias —le gritó. No hubo respuesta.

Se encontró con Neagley a una manzana del refugio. Se acercaba caminando en la dirección contraria. Se dio la vuelta y volvió con él, manteniendo su habitual distancia respecto a su hombro.

—Bonito día —dijo ella—. ¿No?

—No lo sé —respondió.

—¿Cómo lo harías?

—No lo haría —dijo él—. No aquí. No en Washington D. C. Este es su patio trasero. Esperaría una oportunidad mejor en algún otro sitio.

—Yo también —dijo ella—. Pero fallaron en Bismarck. Wall Street dentro de diez días no les sirve. Después se pondrían ya muy avanzado diciembre, y a eso le siguen más vacaciones y después la toma de posesión. Así que se están quedando sin oportunidades. Y sabemos que están aquí en la ciudad.

Reacher no dijo nada. Pasaron caminando al lado de Bannon. Estaba sentado en su coche.

Volvieron al refugio a las doce en punto del mediodía. Stuyvesant estaba de pie cerca de la entrada. Los saludó haciendo un cauteloso gesto con la cabeza. En el patio estaba todo preparado. Las mesas para servir estaban alineadas. Tenían manteles blancos inmaculados que colgaban hasta el suelo. Encima de las mesas había calentadores de comida desplegados en línea. Había cucharones y cucharas de mango largo, todo cuidadosamente colocado. La ventana de la cocina daba directamente al recinto detrás de las mesas. El salón del refugio estaba dispuesto para la comida. Había vallas de la policía colocadas de manera que la gente se viera obligada a avanzar por el borde izquierdo del patio. Luego tendrían que girar a la derecha, delante de la zona donde se servía. Luego otra vez a la derecha, a lo largo de la pared del refugio, y desde allí entrarían por la puerta. Froelich especificaba las posiciones a cada uno de los agentes de servicio. Cuatro estarían en la entrada del patio. Seis dirigirían la fila hasta la zona donde se serviría la comida. Uno en cada uno de los bordes del recinto, del lado de fuera. Otros tres patrullarían la cola de salida.

—Muy bien, presten atención —gritó Froelich—. Recuerden: es muy fácil parecerse a una persona sin hogar, pero muy difícil ser exactamente igual que una persona sin hogar. Mírenles los pies. ¿Su calzado es adecuado? Mírenles las manos. Lo que buscamos son guantes o suciedad adherida y vieja. Mírenles las caras. Tienen que ser flacos. Con las mejillas hundidas. Su pelo tiene que estar sucio. Pelo sin lavar desde hace un mes o un año. La ropa tiene que estar amoldada al cuerpo. ¿Alguna pregunta?

Nadie dijo nada.

—Ante cualquier duda, actúen primero y piensen después —dijo Froelich en voz alta—. Yo voy a estar al otro lado de las mesas con los Armstrong y su guardia personal. De ustedes depende que no nos cuelen a nadie que no les guste, ¿de acuerdo?

Miró su reloj:

—Las doce y cinco —dijo—. Nos quedan cincuenta y cinco minutos.

Reacher pasó de lado por el borde izquierdo de las mesas para servir y se situó dentro del recinto. Detrás de él había una pared. A su derecha había una pared. A su izquierda estaban las ventanas del refugio. Delante a la derecha estaría la cola para acercarse. Cada individuo iba a pasar por delante de cuatro agentes a la entrada del patio y de seis más a medida que fuera avanzando. Eso suma diez pares de ojos desconfiados antes de quedarse cara a cara con Armstrong. Delante a la izquierda estaba la cola de salida. Tres agentes que hacían pasar a las personas al salón. Alzó la vista. Enfrente estaban los almacenes. Cinco centinelas en cinco azoteas. Crosetti lo saludó con la mano. Él le devolvió el saludo.

—¿Todo bien? —preguntó Froelich.

Estaba frente a él al otro lado de la mesa. Él sonrió.

—¿Con salsa o sin salsa? —preguntó él.

—Nosotros comeremos después —dijo ella—. Quiero que Neagley y tú os mováis libremente por el patio. Quedaos cerca de la cola de salida, así tenéis una visión más amplia.

—Vale —dijo él.

—¿Sigues pensando que lo estoy haciendo bien?

Él señaló hacia la izquierda:

—No me gustan esas ventanas —dijo—. Supón que alguien consigue avanzar toda la cola, mantiene la cabeza gacha, se comporta correctamente, le sirven la comida, entra, se sienta y después saca un arma y dispara por la ventana.

Ella asintió:

—Ya lo pensé —dijo—.

Hice venir a tres policías del perímetro. Voy a poner uno en cada ventana, de pie, de cara al salón.

—Con eso debería bastar —dijo él—. Gran trabajo.

—Y nosotros vamos a llevar chalecos antibalas —dijo ella—. Todos los que estemos en el recinto. Los Armstrong también —miró otra vez su reloj—. Cuarenta y cinco minutos —dijo—. Ven conmigo.

Salieron del patio y cruzaron la calle hasta donde ella había aparcado la Suburban. Estaba bajo la oscura sombra que proyectaba el muro del almacén. Abrió la puerta del maletero. La sombra y el cristal polarizado hacían que dentro estuviese oscuro. El espacio de carga estaba cuidadosamente abarrotado de equipos. Pero el asiento trasero estaba vacío.

—Podríamos meternos —dijo Reacher—. Ya sabes, darnos unos besos.

—No podríamos.

—Dijiste que hacer estas cosas en el trabajo era divertido.

—Me refería a la oficina.

—¿Es una invitación?

Ella hizo una pausa. Se irguió. Sonrió.

—Vale —dijo—. ¿Por qué no? Me podría gustar.

Después sonrió más aún.

—Vale —repitió—. Cuando Armstrong esté seguro, vamos y tenemos sexo sobre el escritorio de Stuyvesant. Para celebrarlo.

Se inclinó hacia delante, cogió su chaleco, se estiró y lo besó en la mejilla. Luego lo esquivó y comenzó a alejarse. Él cerró la puerta del maletero y ella lo cerró con el mando a más de diez metros de distancia.

A falta de treinta minutos Froelich se puso el chaleco debajo de la chaqueta y comprobó todo por radio. Le dijo al jefe de la policía que podía empezar a acercar a la gente a la entrada. Les dijo a los medios de comunicación que podían meterse en el patio para empezar a grabar. A falta de quince minutos anunció que los Armstrong estaban de camino.

—Sacad la comida —dijo en voz alta.

Los del personal de cocina entraron todos juntos al recinto y los cocineros les pasaban las ollas de comida por la ventana de la cocina. Reacher se apoyó contra la pared del refugio al final de la cola de las mesas para servir, del lado de la gente. Puso la espalda contra los ladrillos entre la ventana de la cocina y la primera ventana del salón. Miraría directamente la cola de la comida. Medio giro a la izquierda, y quedaba de frente a la cola de gente que se acercaba. Medio giro a la derecha, y quedaba de frente el recinto. Iban a tener que pasar a su lado con el plato de comida lleno. Quería verlos de cerca. Neagley se situó a dos metros de distancia, en el patio, donde las vallas formaban un ángulo. Froelich caminaba de un lado a otro cerca de ella, nerviosa, repasando las comprobaciones de último minuto por centésima vez.

—Llegada inminente —dijo por el micrófono de la muñeca—. El conductor dice que están a dos manzanas. Los que estáis en el tejado, ¿los veis?

Escuchó por el auricular y después habló de nuevo.

—A dos manzanas —repitió.

El personal de cocina terminó de cargar los calentadores de comida y desapareció. Reacher no podía verla debido a las paredes de ladrillo, pero escuchó la caravana de coches. Varios motores potentes y neumáticos anchos acercándose rápido, frenando fuerte. Un coche de la policía local pasó por delante de la entrada, luego una Suburban y luego un Cadillac se detuvo en el portón. Un agente se acercó y abrió la puerta. Armstrong se bajó, se dio la vuelta y le ofreció la mano a su esposa. Los cámaras se movieron hacia allí. Los Armstrong se quedaron de pie uno al lado del otro, hicieron una breve pausa junto a la puerta de la limusina y sonrieron a la cámara. La señora Armstrong era una mujer alta y rubia cuyos genes habían llegado directamente de Escandinavia unos cientos de años atrás. Eso estaba claro. Llevaba unos vaqueros ajustados y una cazadora acolchada de plumas de oca una talla más grande que la suya, para que le entrara el chaleco antibalas. Su pelo, peinado hacia atrás con laca, le formaba un marco alrededor de la cara. Parecía un poco incómoda con los vaqueros, como si no estuviese acostumbrada a usarlos.

Armstrong también llevaba vaqueros, pero los suyos estaban tan gastados que parecían los únicos pantalones que tenía. Llevaba una chaqueta de cuadros rojos abrochada hasta arriba. Un poco pequeña para ocultar la forma del chaleco antibalas ante la mirada de un experto. Llevaba la cabeza descubierta, pero se había cepillado el pelo. Su guardia personal los rodeó y los llevó al patio. Las cámaras fueron grabando a medida que el grupo avanzaba. Los agentes personales iban vestidos como Froelich. Vaqueros negros y chaquetas negras de nailon con la cremallera cerrada sobre los chalecos antibalas. Dos llevaban gafas de sol. Uno llevaba una gorra de béisbol negra. Todos llevaban auriculares y algo se les abultaba en la cintura donde llevaban las pistolas.

Froelich los hizo pasar al recinto que estaba detrás de las mesas para servir. Un agente se puso en cada extremo y los dos permanecieron allí de brazos cruzados, solo para vigilar a las personas. El tercer agente, Froelich y los Armstrong se pusieron en el medio para servir la comida. Dieron algunas vueltas y después se establecieron: el tercer agente a la izquierda, luego Armstrong, luego Froelich y por último la esposa de Armstrong, a la derecha. Armstrong cogió un cazo con una mano y un cucharón con la otra. Se aseguró de que las cámaras lo estaban enfocando y alzó los utensilios en alto, como si fueran armas.

—Feliz Día de Acción de Gracias a todos —gritó.

La gente empezó a entrar despacio por el portón. Era una multitud sumisa. Se movían de manera aletargada y hablaban poco. Ninguna charla excitada, ningún zumbido de fondo. Nada que ver con el vestíbulo del hotel en la recepción de donantes. La mayoría estaban envueltos en varias capas de ropa pesada. Algunos tenían cinturones hechos con cuerdas. Llevaban sombreros, guantes sin dedos y sus caras estaban cansadas. Todos tenían que ir pasando hacia la izquierda y hacia la derecha y hacia la izquierda y hacia la derecha por delante de seis agentes que hacían de barrera. Por fin el primero de la cola superó al último agente, recibió un plato de plástico de manos del primero que estaba sirviendo y fue sometido al resplandor de la sonrisa de Armstrong. Armstrong le puso una pata de pavo en el plato. El tipo avanzó y Froelich le sirvió unas verduras. La esposa de Armstrong le añadió la guarnición. Después el tipo pasó despacio junto a Reacher y se dirigió hacia dentro en busca de una mesa. La comida olía bien y el tipo olía mal.

Así continuó durante cinco minutos. Cada vez que una olla se vaciaba era remplazada por otra que les pasaban por la ventana de la cocina. Armstrong sonreía como si se lo estuviese pasando bien. La fila de personas sin hogar avanzaba despacio. Las cámaras filmaban. El único ruido que se oía era el repiqueteo de los utensilios de metal en los recipientes para servir y las repetidas banalidades de las personas que servían. ¡Que lo disfrute! ¡Feliz Día de Acción de Gracias! ¡Gracias por venir!

Reacher miró a Neagley. Ella alzó las cejas. Él miró hacia arriba a las azoteas del almacén. Miró a Froelich, atareada con su cucharón. Observó a la gente de la televisión. Estaban claramente aburridos. Aunque iban a grabar durante una hora entera, sabían que reducirían el material a ocho segundos como máximo con un trillado comentario escrito por encima. «El vicepresidente electo Armstrong ha servido hoy el tradicional pavo del Día de Acción de Gracias en un refugio para gente sin hogar en Washington D. C.». Corte a los titulares del primer cuarto de los partidos de fútbol americano.

Todavía quedaban treinta personas en la cola cuando sucedió.

Reacher sintió un impacto como arenoso y apagado cerca de él y algo le picó en la mejilla derecha. Por el rabillo del ojo vio una nubecita de polvo alrededor de un pequeño orificio en la superficie de la pared del fondo. Ningún ruido. De ningún tipo. Una milésima de segundo después su cerebro le dijo: bala. Silenciador. Miró la cola. Nadie se movía. Giró bruscamente la cabeza hacia la izquierda y hacia arriba. La azotea. Crosetti no estaba. Crosetti estaba. Veinte metros alejado de su posición. Estaba disparando. No era Crosetti.

Luego intentó vencer al tiempo y moverse más rápido de lo que la espantosa cámara lenta del pánico le permitía. Se impulsó contra la pared, llenó sus pulmones de aire y se giró hacia Froelich tan lentamente como un hombre corriendo por el agua dentro de una piscina. Su boca se abrió y en su garganta se formaron palabras desesperadas que trató de gritar. Pero ella ya se le había adelantado.

Estaba gritando:

¡U-n a-r-m-a!

Giraba a cámara lenta. Su cucharón volaba suelto por el aire, trazando un arco por encima de la mesa, brillando al sol, chorreando comida. Ella estaba a la izquierda de Armstrong. Saltaba de lado hacia él. Su brazo izquierdo barría hacia arriba para protegerlo. Saltaba como un jugador de baloncesto que intenta hacer un gancho. Rotando en el aire. Le apoyó la mano derecha en el hombro para pivotear y utilizó el impulso de la izquierda para darse la vuelta y quedar frente a él. Levantó las rodillas y aterrizó en la parte alta de su pecho. Él se quedó sin aire, las piernas se le doblaron y estaba cayéndose de espaldas cuando la segunda bala silenciada le dio a ella en el cuello. No hubo ningún ruido. Ningún ruido de ningún tipo. Solo un chorro de sangre brillante y viva bajo la luz del sol, que salió hacia atrás, tan sutil como la niebla del otoño.

Quedó allí suspendida en una nube larga y cónica, como vapor, rosa e iridiscente. Se estiró mientras ella caía. El cucharón atravesó la nube de sangre, cayendo de punta, alterándole la forma. Se estiró en una curva larga y grácil. Ella se derrumbó y dejó su sangre en el aire como un signo de interrogación. Reacher giró la cabeza como peleando contra una enorme resistencia y vio la inclinación de un hombro a lo lejos, en la azotea, retrocediendo hasta desaparecer de su vista. Volvió a darse la vuelta infinitamente despacio, hacia el patio, y vio la flecha rosa y húmeda de la sangre de Froelich apuntando abajo hacia un lugar al otro lado de las mesas que ya no se llegaba a ver.

El tiempo se reanudó y sucedieron cien cosas al mismo tiempo, todas a gran velocidad, todas con un ruido estremecedor. Unos agentes cubrieron a la esposa de Armstrong y la tiraron al suelo. Ella gritaba muy fuerte. Chillaba desesperadamente. Otros agentes sacaron sus armas y empezaron a disparar contra la azotea del almacén. Se escucharon gritos y lamentos por parte de la multitud. La gente salió desbandada. Corría hacia todas partes bajo el repetido ruido atronador de las poderosas armas de fuego. Reacher sujetó las mesas, las arrojó tras de sí y se abrió paso hacia los despojos de Froelich. Unos agentes sacaban a Armstrong de debajo de ella. Se escuchaban los motores de coches que aceleraban. Neumáticos que rechinaban. Armas que disparaban. Había humo en el aire. Sonaban sirenas. Armstrong desapareció del suelo y Reacher cayó de rodillas al lado de Froelich, en medio de un charco de sangre, y levantó su cabeza entre sus brazos. Toda su gracilidad había desaparecido. Estaba completamente blanda y quieta, como si su ropa estuviera vacía. Pero tenía los ojos muy abiertos. Se movían despacio de un lado al otro, buscando, como si algo le produjera curiosidad.

—¿Él está bien? —susurró.

Su voz se oyó muy baja, pero alerta.

—Seguro —respondió Reacher.

Le deslizó una mano por debajo de la cabeza. Sintió el cable del auricular. Sintió la sangre. Estaba empapada. Palpitaba hacia afuera. Era más que palpitar. Era como un chorro tibio y firme, impulsado por toda su presión sanguínea. Se abría paso y burbujeaba entre sus dedos apretados como un potente grifo de una bañera a la que alguien le estuviese regulando la presión, fuerte y suave, fuerte y suave. Le levantó la cabeza, la echó un poco hacia atrás y vio la herida abierta del agujero de salida en el lado delantero derecho del cuello. Le salía sangre. Como un río. Como una inundación. Era sangre arterial, derramándose de su cuerpo.

—Un médico —gritó él.

Nadie lo escuchó. Su voz no se oía. Había demasiado ruido. Los agentes que estaban a su alrededor disparaban a la azotea del almacén. Había un estruendo y un estampido de armas constante. Volaban casquillos usados, le caían en la espalda, rebotaban y golpeaban contra el suelo haciendo ruiditos metálicos que él escuchaba con total claridad.

—Dime que no fue uno de los nuestros —susurró Froelich.

—No fue uno de los vuestros —dijo él.

Ella dejó caer la barbilla encima del pecho. La sangre le manaba entre los pliegues de la piel. Se derramaba y le empapaba la camisa. Formaba un charco en el suelo y se escurría por entre las junturas del cemento. Él presionó fuerte con toda la palma de la mano contra su nuca. Estaba resbaladiza. Apretó más. El caudal de sangre le impedía empujar más fuerte, como si le alejara la mano a fuerza de salir. Su mano resbalaba y flotaba en la marea.

—Un médico —gritó de nuevo, más fuerte.

Pero sabía que era inútil. Probablemente pesaba cincuenta y cinco kilos, lo que significaba que tenía ocho o nueve pintas de sangre en el cuerpo. La mayor parte ya no estaba allí. Estaba en el suelo sobre el que Reacher estaba arrodillado. El corazón hacía su trabajo, latiendo con fuerza, bombeando su preciosa sangre directamente hacia fuera sobre el cemento alrededor de sus piernas.

—Un médico —bramó.

Nadie se acercó a ellos.

Ella lo miró directamente a la cara:

—¿Te acuerdas? —susurró.

Él se le acercó más.

—¿Cómo nos conocimos? —susurró de nuevo.

—Me acuerdo —respondió él.

Ella sonrió débilmente, como si su respuesta la dejara completamente satisfecha. Ahora estaba muy pálida. Había sangre en el suelo por todas partes. Era un gran charco en expansión. Estaba tibio y pegajoso. Ahora de su cuello salía espuma. Sus arterias estaban vacías y se llenaban de aire. Se le movieron los ojos en la cabeza y después se asentaron en la cara de Reacher. Sus labios estaban completamente blancos. Poniéndose azules. Aleteaban sin emitir sonido, ensayando sus últimas palabras.

—Te quiero, Joe —susurró.

Luego sonrió, pacíficamente.

—Yo también te quiero —dijo él.

La sostuvo un largo rato hasta que se desangró y murió en sus brazos, más o menos al mismo tiempo que Stuyvesant daba la orden de alto el fuego. De repente se hizo un silencio absoluto. El penetrante olor a cobre de la sangre caliente y el frío hedor ácido del humo de las armas quedaron suspendidos en el aire. Reacher levantó la cabeza, miró hacia atrás y vio a un periodista abriéndose paso hacia donde él estaba con la cámara apuntando al suelo como si fuera un cañón. Vio que Neagley le frenaba. Vio que el periodista la empujaba. Ella no parecía haber movido ni un músculo pero de pronto él se caía. Vio que Neagley cogía la cámara y la tiraba directamente contra el paredón de fusilamiento. Escuchó cómo se rompía contra el suelo. Escuchó la sirena de una ambulancia que empezaba a sonar a lo lejos. Después otra. Escuchó coches de policía. Pies que corrían. Vio los pantalones grises y rectos de Stuyvesant junto a su cara. Estaba de pie sobre la sangre de Froelich.

Stuyvesant no hizo nada de nada. Solo permaneció allí durante lo que pareció mucho tiempo hasta que todos oyeron a la ambulancia en el patio. Entonces se agachó e intentó apartar a Reacher. Reacher esperó hasta que los paramédicos estuvieran muy cerca. Entonces apoyó muy suavemente la cabeza de Froelich sobre el cemento. Se puso de pie, mareado, acalambrado, inestable. Stuyvesant lo cogió del codo y se alejó caminando con él.

—Ni siquiera sé cómo se llamaba —dijo Reacher.

—Mary Ellen —le dijo Stuyvesant.

Durante un momento los paramédicos se movieron apresurados alrededor de ella. Después se quedaron quietos, desistieron y la taparon con una sábana. La dejaron allí para los médicos forenses y los investigadores de la escena del crimen. Reacher vaciló y se sentó de nuevo, con la espalda contra la pared, las manos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos. Tenía la ropa empapada de sangre. Neagley se le sentó a su lado, a pocos centímetros de distancia. Stuyvesant se puso de puntillas frente a los dos.

—¿Qué está pasando? —preguntó Reacher.

—Están bloqueando los accesos —respondió Stuyvesant—. Carreteras, puentes, aeropuertos. Bannon está al mando. Tiene a toda su gente en la calle, y a policías locales, alguaciles, policías de Virginia, agentes estatales. Más algunos de los nuestros. Los atraparemos.

—Cogerán el tren —dijo Reacher—. Estamos al lado de Union Station.

Stuyvesant asintió:

—Están registrando todos los trenes —dijo—. Los atraparemos.

—¿Armstrong está bien?

—Totalmente ileso. Froelich cumplió con su deber.

Hubo un largo silencio. Reacher alzó la vista.

—¿Qué ha pasado en la azotea? —preguntó—. ¿Dónde estaba Crosetti?

Stuyvesant miró para otro lado.

—Lo engañaron —dijo—. Está en la escalera. También ha muerto. Un disparo en la cabeza. Con el mismo fusil con silenciador, probablemente.

Otro largo silencio.

—¿De dónde era Crosetti? —preguntó Reacher.

—De Nueva York, creo —dijo Stuyvesant—. Quizás de Jersey. De esa zona.

—No sirve. ¿De dónde era Froelich?

—Era una chica de Wyoming.

Reacher asintió:

—Con eso bastará —dijo—. ¿Dónde está Armstrong ahora?

—No se lo puedo decir —dijo Stuyvesant—. Es parte del procedimiento.

Reacher alzó la mano y se miró la palma. Estaba toda manchada de sangre. Todas las líneas y las cicatrices estaban marcadas en rojo.

—Dígamelo —dijo—. O le rompo el cuello.

Stuyvesant no dijo nada.

—¿Dónde está? —repitió Reacher.

—En la Casa Blanca —dijo Stuyvesant—. En una habitación segura. Es parte del procedimiento.

—Necesito hablar con él.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

—No puede.

Reacher miró hacia otra parte, más allá de las mesas tiradas:

—Sí puedo.

—No puedo dejar que haga eso.

—Entonces trate de detenerme.

Stuyvesant se quedó callado un buen rato.

—Deje que lo llame primero —dijo.

Se puso de pie nerviosamente y se alejó caminando.

—¿Estás bien? —preguntó Neagley.

—Es como lo de Joe, otra vez —dijo Reacher—. Como Molly Beth Gordon.

—No podías haber hecho nada.

—¿Lo has visto?

Neagley asintió.

—Recibió un disparo por él —dijo Reacher—. Me dijo que era una forma de hablar.

—Fue instintivo —dijo Neagley—. Y ha tenido mala suerte. No le dio al chaleco antibalas por un centímetro y medio. Una bala subsónica habría rebotado, directamente.

—¿Has visto al que disparó?

Neagley negó con la cabeza:

—Estaba mirando hacia delante. ¿Tú lo has visto?

—Muy poco —dijo Reacher—. Era un hombre.

—Qué horror —dijo Neagley.

Reacher asintió y se limpió las palmas en los pantalones, en la parte de adelante y en la de atrás. Después se pasó las manos por el pelo:

—Si trabajara en una compañía de seguros ni siquiera miraría a los viejos amigos de Joe. Les diría que se suiciden y que les ahorren los inconvenientes a los malos.

—¿Y ahora qué?

Él se encogió de hombros:

—Tú deberías volver a Chicago.

—¿Y tú?

—Me voy a quedar por aquí.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué.

—El FBI los cogerá.

—No si yo los cojo antes —dijo Reacher.

—¿Ya lo has decidido?

—La sostuve mientras se moría desangrada. No me voy a marchar así sin más. —Entonces yo también me quedo.

—Estaré bien solo.

—Ya lo sé —dijo Neagley—. Pero estarás mejor si me quedo contigo.

Reacher asintió.

—¿Qué te dijo? —preguntó Neagley.

—A mí no me dijo nada. Pensaba que era Joe.

Vio a Stuyvesant acercarse otra vez cruzando el patio. Reacher se levantó apoyando las dos manos contra la pared.

—Armstrong nos recibirá —dijo Stuyvesant—. ¿Quiere ir a cambiarse primero? Reacher bajó la vista para mirarse la ropa. Estaba empapada con la sangre de Froelich en grandes manchas irregulares. Se estaba enfriando, secando y oscureciendo.

—No —dijo—. No quiero ir a cambiarme primero.

Usaron la Suburban en la que había llegado Stuyvesant. Seguía siendo el Día de Acción de Gracias y el D. C. seguía tranquilo. No vieron casi ninguna actividad civil. Casi todo lo que se movía en la calle era parte de las fuerzas de seguridad. Había un doble anillo de barricadas policiales en cada acceso a la Casa Blanca. Stuyvesant mantuvo sus estroboscópicas encendidas y en todos los atascos le hicieron gestos con la mano para que avanzara. Mostró su carné en la entrada para vehículos de la Casa Blanca y aparcó delante del Ala Oeste. Un marine centinela los condujo hasta un guardia del Servicio Secreto que los llevó al interior. Bajaron dos pisos por una escalera hasta llegar a un sótano abovedado de ladrillo. Ahí abajo estaban las salas de máquinas. Y otras salas con puertas de acero. El guardia se detuvo frente a una de esas puertas y golpeó con fuerza.

Un integrante de la guardia personal de Armstrong abrió la puerta desde dentro. Seguía llevando el chaleco antibalas. Seguía llevando gafas de sol, aunque en la habitación no había ventanas. Solo tubos fluorescentes brillantes en el techo. Armstrong y su esposa estaban sentados en sillas junto a una mesa en el centro del espacio. Los otros dos agentes estaban apoyados en las paredes. La habitación estaba en silencio. La esposa de Armstrong había estado llorando. Eso estaba claro. El lateral de la cara de Armstrong estaba manchado con la sangre de Froelich. Parecía abatido. Como si toda esa cuestión de la Casa Blanca ya no le pareciera divertida.

—¿Cuál es la situación? —preguntó.

Ir a la siguiente página

Report Page