Sin fallos

Sin fallos


Trece

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—Dos bajas —dijo Stuyvesant sin alzar la voz—. El centinela en la azotea del almacén y M. E. Ambos murieron allí.

La esposa de Armstrong giró la cabeza como si la hubieran abofeteado.

—¿Cogieron a los culpables? —preguntó Armstrong.

—El FBI está a cargo de la búsqueda —dijo Stuyvesant—. Es solo cuestión de tiempo.

—Quiero ayudar —dijo Armstrong.

—Va a ayudar —dijo Reacher.

Armstrong asintió:

—¿Qué puedo hacer?

—Puede emitir un comunicado oficial —dijo Reacher—. Inmediatamente. A tiempo de que los canales de televisión lo transmitan en los telediarios de la noche.

—¿Diciendo qué?

—Diciendo que cancela su fin de semana de descanso en Dakota del Norte por respeto a los dos agentes muertos en acto de servicio. Diciendo que se va a quedar en su casa de Georgetown y no va a ir a absolutamente ninguna parte antes de asistir al acto conmemorativo de su agente líder en su pueblo natal de Wyoming el domingo por la mañana. Averigüe el nombre del pueblo y menciónelo alto y claro.

Armstrong asintió de nuevo:

—Vale —dijo—. Puedo hacer eso, supongo. ¿Pero por qué?

—Porque no lo van a intentar de nuevo aquí en el D. C. No con toda la seguridad que usted va a tener en su casa. Así que regresarán a su ciudad y esperarán. Lo cual me da tiempo hasta el domingo para averiguar dónde viven.

—¿A usted? ¿No los encontrará hoy el FBI?

—Si es así, genial. Yo puedo seguir mi camino.

—¿Y si no los encuentran?

—Entonces los encontraré yo.

—¿Y si usted falla?

—No está en mis planes fallar. Pero si así fuera, iré a Wyoming y lo intentaré de nuevo. En el acto de Froelich. Los estaré esperando allí.

—No —dijo Stuyvesant—. No puedo permitir eso. ¿Está loco? No podemos asegurar una situación en el oeste con setenta y dos horas de anticipación. Y no puedo usar a un protegido como cebo.

—No tiene por qué ir en serio —dijo Reacher—. Probablemente ni siquiera haya acto conmemorativo. Solo tiene que anunciarlo.

Armstrong negó con la cabeza:

—No lo puedo decir si no lo va a haber. Y si lo hay, no puedo anunciarlo y no ir.

—Si quiere ayudar, eso es lo que tiene que hacer.

Armstrong no dijo nada.

Dejaron a los Armstrong en el sótano del Ala Oeste y fueron escoltados de vuelta a la Suburban. El sol seguía brillando y el cielo seguía azul. Los edificios seguían blancos y dorados. Seguía siendo un día glorioso.

—Llévenos de vuelta al motel —dijo Reacher—. Me quiero dar una ducha. Después me quiero reunir con Bannon.

—¿Por qué? —preguntó Stuyvesant.

—Porque soy un testigo —respondió Reacher—. Yo vi a la persona que disparó. En la azotea. Le vi la espalda por los pelos, cuando se alejaba del borde.

—¿Tiene una descripción?

—No realmente —dijo Reacher—. Apenas lo vi. No podría describirlo. Pero había algo en su manera de moverse. Lo he visto antes.

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