Riccardino
Quince
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Quince
Le dio las gracias, se despidió, salió, subió al coche y se marchó.
Estaba satisfecho. Empezar por la viuda había sido lo más indicado, como le había dictado el instinto, que aún le funcionaba bien, y no por un pique con el Montalbano de la tele.
Entre otras cosas, la viuda no solo había dibujado un retrato detallado y desconocido de Riccardino, sino que también le había dado pistas sobre la relación, cuando menos curiosa, de los mosqueteros. Y había dejado claro también que, como mínimo, la alemana le había contado un embuste: que nunca había querido oír de qué hablaban los cuatro amigos cuando se reunían sin mujeres.
La señora Else estaba informadísima del contenido de esas conversaciones y ese era precisamente el tema que le habría gustado evitar, el que había temido desde el principio que sacase Montalbano.
—¡Ah, dottori, dottori! ¡Ah, dottori, dottori!
—¡Tranquilízate, Catarè! ¿Qué pasa?
—¡Lo hemos incuentrado, dottori!
El comisario suspiró aliviado.
—¡Dottori, hemos tardado casi media mañana matinal, pero al final hemos ricuperado el dichoso faxi!
—Muy bien. Dámelo.
Estaba manchado y arrugado, pero legible.
—Perfecto, dales las gracias a todos. ¿Quién ha pagado los guantes?
—Yo, dottori.
—¿Cuánto te han costado?
Catarella le dio el tíquet y Montalbano le entregó el dinero y se fue a su despacho.
Se puso a leer de inmediato:
Esta semana empezamos, con el conocido comisario Salvo Montalbano, una serie en la que esperamos que puedan participar las muy variadas personalidades de la provincia de Montelusa.
El nuestro es, en esencia, un debate de carácter filosófico, y en consecuencia no pretende tener vinculación alguna con realidades o situaciones locales actuales, sino que debe leerse en un marco mucho más general. Nos complace imaginarlo como una pequeña aportación en un momento en el que el interés por la filosofía parece haber resurgido en nuestro país, hasta el punto de que en algunas ciudades se han organizado congresos con una participación amplísima.
En el caso del comisario Montalbano, hemos preparado preguntas relativas a su actividad y a su relación con la justicia, con lo que está dentro y fuera de la ley, con la libertad y con su privación.
PRIMERA PREGUNTA
Comisario Montalbano, teniendo en cuenta que Sócrates aseguraba que la definición de una cosa o un hecho era ya una aproximación al conocimiento de dicha cosa o dicho hecho, ¿usted cómo definiría, de un modo general, el homicidio? Y, en un segundo nivel, ¿es propenso a considerar todos los homicidios de un mismo modo o tal vez opina que, por poner un ejemplo, un homicidio pasional puede gozar de atenuantes con respecto a un homicidio que esté motivado por el interés?
SEGUNDA PREGUNTA
Juan de Salisbury, amigo y secretario de Tomás Becket, sobre el cual el poeta T. S. Eliot escribió la tragedia Asesinato en la catedral, reivindica la licitud del tiranicidio. Al respecto, santo Tomás asegura que quien mata al tirano es elogiado, pero no añade que sea elogiable. Usted, dottor Montalbano, ¿detendría a un tiranicida?
TERCERA PREGUNTA
Pascal afirma que llegamos a conocer la vida no solo con la razón, sino también con el corazón. No obstante, con la palabra «corazón» Pascal no alude a los sentimientos, sino a la capacidad innata de reconocer la evidencia. ¿Usted está de acuerdo con Pascal?
CUARTA PREGUNTA
Pascal defiende asimismo que con frecuencia se acaba disfrutando más con la caza en sí que con la captura de la presa. ¿Usted con qué disfruta más?
Lo leyó y lo releyó, cada vez más boquiabierto. ¿Sócrates? ¿Santo Tomás? ¿Pascal?
¿El padre Bartolino no le había dicho por teléfono, literalmente, que la entrevista versaría sobre el «horrendo crimen» de Riccardino? Entonces, ¿por qué de repente insistían tanto en que no tenía «vinculación alguna con realidades o situaciones locales actuales»? ¿Acaso a su excelencia el obispo le apetecía gastarle una broma?
No, Partanna no le había parecido muy bromista.
Aquello no era una entrevista, sino una especie de examen escrito de filosofía moral, como se decía en otros tiempos.
Y un examen era un examen.
No convenía contestar a la carrera.
Tenía que reflexionar largo y tendido. Elegir las palabras adecuadas y ponerlas en el orden más indicado. Y, tratándose de curas, lo mejor sería fijarse muy bien en los puntos de las íes.
Aún le quedaba algo de tiempo. El padre Bartolino le había dado toda la tarde.
Metió el papel en un cajón para evitar que acabara otra vez en la basura y llamó a Fazio.
—Acabo de volver ahora mismo, jefe.
—¿De dónde?
—De hablar con la portera del gimnasio. ¿Se acuerda de que me dio la impresión de que quería contarme algo? Pues acerté.
—¿Qué te ha dicho?
—Que a veces también van por allí las mujeres de los mosqueteros, excepto la de Riccardo Lopresti, que, según palabras textuales de la señora, «es tan fea que no puede sacar ningún beneficio de ir al gimnasio».
—¿Y ya está?
—Un minuto de paciencia, dottore. También me ha dicho otra cosa.
—¿La sueltas o tengo que sacártela con tenazas?
—Me ha dicho que tres días antes de la muerte de Lopresti lo vio mantener relaciones íntimas con una mujer.
—¿Estamos seguros de que eran «relaciones íntimas»? ¿No se trataría de un abrazo amistoso?
¿No le había dicho la señora Else que Riccardino iba con pies de plomo por miedo a un escándalo? ¿De verdad se habría expuesto así en un gimnasio?
—Jefe, la portera me lo ha contado con pelos y señales. Lo estaban haciendo de pie y a toda prisa, porque se habían metido en el vestuario de mujeres, que en ese momento estaba vacío. Pero podía entrar cualquiera a la primera de cambio, así que tenía que ser…
—… un polvete rápido, Fazio. Ese es el término exacto. ¿La portera consiguió ver quién era ella?
—Pues sí, jefe. Y para mí ha sido una sorpresa.
Fazio hizo una pausa dramática. Se le daba bien el suspense.
—¡Venga, suelta la sorpresa, hombre!
—La mujer en cuestión era la señora Ida, esposa de Gaspare Bonanno y hermana de Mario Liotta.
¡Madre del amor hermoso! ¡Tres días antes de morir se estaba tirando a Ida!
Según la viuda, ¿no estaba con Maria? ¿Había sentido un arrebato irresistible? ¿O se trataba de un coito cíclico, Riccardino? Quizá había acabado la ronda completa de las tres mujeres y empezaba de nuevo desde el principio. O quizá para él era como el juego de la oca: por la mañana se despertaba, echaba el dado y según el número que salía se saltaba una casilla, retrocedía o simplemente avanzaba.
—Veo que a usted también lo ha cogido por sorpresa, jefe.
—Sí, Fazio, me ha cogido por sorpresa, pero por otro motivo.
Y le contó lo que había descubierto gracias a la señora Else. Al final, Fazio, policía de raza, observó:
—¡Jefe, no puede ser que a tres hombres les ponga la cornamenta un cuarto y no muevan un dedo por pura amistad! Para mí que eso no pasa ni entre los esquimales, que, según dicen, ofrecen a su mujer a los huéspedes que están de paso.
—Llegas a la misma conclusión que yo: Liotta, Bonanno y Licausi no podían negarle nada a Riccardino, ni siquiera sus señoras. Dependían de él para todo y en todos los sentidos.
Se hizo un silencio. A continuación, Fazio formuló una hipótesis:
—¿Los chantajearía?
—No creo.
—Entonces, ¿cómo conseguía…?
—Fazio, es posible que entre ellos hubiera algún asunto no demasiado limpio. Y que eso, fuera lo que fuese, lo llevase Riccardino. Y que el uso y disfrute de sus mujeres fuera una especie de impuesto revolucionario.
—Pero ¿por qué no se rebelaban las mujeres?
—Eso habrá que preguntárselo a ellas en el momento adecuado.
—¿Por dónde empiezo, jefe?
—Por la mina Cristallo. Que te digan cuáles son exactamente las responsabilidades de nuestros tres mosqueteros. Luego quiero saber cómo funciona el transporte de la sal hasta Vigàta: cuántos conductores, cuántos camiones, cuántos viajes al día.
—Muy bien.
—Espera. He descubierto algo. ¿Te acuerdas de aquel camionero de la mina, el que también hace transportes privados con dos furgonetas?
—¿Saverio Milioto? Sí, claro.
—Bueno, pues el tal Milioto le sisa a la mina unos veinticinco litros de gasóleo al día, todas las semanas de lunes a jueves, evidentemente para utilizarlos de combustible en sus vehículos.
—Pero, jefe, ¡eso son cien litros a la semana!
—¿Y?
—Me parece mucho. ¿Cómo es posible que en la mina nadie se entere de nada?
—Es lo mismo que me pregunto yo. Y la respuesta es sencilla: no puede ser. Total, que alguien le cubre las espaldas. A ver de qué te enteras.
Después de zamparse un pulpo hervido de tamaño medio, se lanzó sobre una ensalada de pescado como si llevara una semana de ayuno. A continuación dio buena cuenta de un plato de salmonetes fritos. Y luego se concedió el capricho de un pedazo sustancioso de caciocavallo ragusano.
El fiel Enzo expresó su gratitud:
—Dottore, vale la pena tener esta trattoria solo por el placer de verlo almorzar a usía.
A algunas personas, comer les nubla el pensamiento; a Montalbano, con raras excepciones, le producía el efecto contrario.
Con la cabeza despejada, limpia y ligera llegó hasta el pie del faro, se sentó en la piedra plana de siempre y se puso a pensar en el fax.
Con la cabeza fría, enseguida comprendió que aquellas preguntas no eran un cuestionario de filosofía moral, como le había parecido en un principio. Por fuerza debían tener otro significado.
Y en ese preciso instante recordó las palabras que había dicho el obispo Partanna a propósito de Tiananmén.
No había que dejarse llevar por las primeras apariencias, sino intentar ver lo que no se veía.
¿Qué era, entonces, aquella entrevista? ¿Qué quería decir?
Mientras le daba vueltas, se le fue la vista hacia un cangrejito que trataba de trepar por el verdín que cubría la parte inferior de la piedra contigua a la suya, siempre húmeda debido a las subidas y bajadas del agua del mar.
El cangrejo no subía de cara sino avanzando de lado, de acuerdo con su naturaleza.
Con un fogonazo, Montalbano tuvo claro el camino que debía seguir.
¿Cómo pensaban los curas según su naturaleza sacerdotil?
De lado, pensaban de lado; exactamente igual que los cangrejos.
Nunca avanzaban en línea recta hacia su objetivo, nunca preferían la distancia más corta. Sus razonamientos eran unas veces como un zigzag, otras como la cola de un cerdo y otras como círculos concéntricos.
Al final siempre llegaban al objetivo, pero como de lado o por casualidad.
Aquel cangrejo le había dado la clave para descifrar el fax.
Se trataba de un examen, en eso había acertado, pero era un examen privado, más que una entrevista, que el obispo le hacía a él personalmente en persona. Un examen escrito, de modo que no podría decir que sus palabras se habían malinterpretado, no había tutía, se quedaría clavado a sus respuestas como Cristo en la cruz.
Verba volant, scripta manent. Y el papel canta en negro sobre blanco…
Se puso a sudar.
¡Por eso había aparecido el fax en la pesadilla del motorista! Aquellas preguntas eran, en esencia, un revólver que lo apuntaba. Ni más ni menos. «Cuidadito con lo que escribes, Montalbano, ex ore tuo te judico. Y te condeno a muerte, si hace falta».
Por otro lado, quedaba claro que Sócrates, Pascal, santo Tomás y Juan de donde coño fuera no tenían absolutamente nada que ver con las preguntas, sino que su función era ocultar con la cháchara filosófica esa arma que lo encañonaba.
Empapado en sudor, se levantó y emprendió el camino de vuelta a la comisaría.
Hacia la mitad del muelle se topó con el pescador de siempre. Había picado un pez que se revolvía para soltarse del anzuelo, pero era evidente que no tenía nada que hacer, estaba condenado. Lo compadeció como a un hermano.
—Catarè, ¿dónde tienes mi cafetera napolitana?
—En mi armario, dottori.
—Hazme un café y tráemelo. Y no me pases ninguna llamada ni aunque sea de Dios en persona.
Esperó a que Catarella le llevase el café para cerrar la puerta con llave y empezar a trabajar. Miró la hora. Eran casi las cuatro.
Se puso a leer una, dos, tres, cuatro veces las preguntas, analizándolas sílaba a sílaba. A continuación cogió un papel en blanco y comenzó a llenarlo. El encabezamiento decía: «Traducción de las preguntas en cristiano».
TRADUCCIÓN DE LA PRIMERA PREGUNTA
¿Hay alguna posibilidad de que el asesinato de Riccardino se considere un homicidio pasional? En ese caso, ¿el autor del crimen podría beneficiarse de alguna circunstancia atenuante?
TRADUCCIÓN DE LA SEGUNDA PREGUNTA
Pongamos que el móvil no hubiera sido pasional, sino que el detonante fuera una especie de revuelta contra la prepotencia y el caciqueo de Riccardino. En ese caso usted, comisario, ¿cómo cree que se debería actuar?
TRADUCCIÓN DE LA TERCERA PREGUNTA
¿Pretende seguir adelante con el caso siguiendo solo la fría razón? ¿No puede echarle también un poco de corazón?
TRADUCCIÓN DE LA CUARTA PREGUNTA
¿De verdad tiene que capturar a la presa? ¿Debe echársela al morral a toda costa? ¿No puede limitarse al placer de la caza en sí?
Después de acabar con otra cafetera napolitana para seis, paquete y medio de tabaco, una botella entera de agua mineral y una decena de papeles tachados, corregidos, rasgados y tirados a la papelera, se consideró satisfecho con lo que había escrito.
Eran ya las ocho. Lo releyó por última vez.
RESPUESTA A LA PRIMERA PREGUNTA
Considero que el homicidio es, ante todo, un delito contra la razón. Y en consecuencia no concibo que puedan concederse circunstancias atenuantes para una clase de homicidio determinada y, en cambio, negarse para otra. La única distinción que puedo establecer es entre homicidio voluntario, preterintencional y culposo. Sé perfectamente que el código penal considera la posibilidad de atribuir circunstancias atenuantes, pero yo, por suerte, no soy juez.
RESPUESTA A LA SEGUNDA PREGUNTA
Sinceramente, es la primera vez en toda mi vida que oigo hablar de Juan de Salisbury, de modo que no me veo capaz de contestar. En cuanto a la opinión de santo Tomás sobre el tiranicidio, me parece recordar que las cosas no son tan sencillas. En realidad, santo Tomás establece una distinción precisa entre el tirano que llega al poder por la desidia, la indolencia y la falta de participación (hoy la llamaríamos «abstención») del pueblo ante la cosa pública y el tirano que se impone por la fuerza y con derramamiento de sangre y niega la libertad y la justicia.
En el primer caso, dice santo Tomás, no es lícito matar al tirano; en el segundo, sí. Yo, como comisario, detendría al tiranicida, por supuesto, sin detenerme a pensar en la categoría de santo Tomás a la que perteneciera, aunque estaría dispuesto a quitarle las esposas de inmediato o a constituir un comité en su defensa.
RESPUESTA A LA TERCERA PREGUNTA
No he hecho otra cosa en toda mi carrera más que buscar la verdad con la razón y el corazón (entendido en sentido pascalino y no pascalino). En todos mis casos la dificultad ha estribado en mantener siempre el equilibro entre esos dos elementos para llegar a la verdad o, mejor dicho, a ese mínimo de verdad necesario para convencerme de que al menos la he rozado, la he vislumbrado.
RESPUESTA A LA CUARTA PREGUNTA
En parte, la respuesta a esta pregunta queda contenida en la respuesta anterior. Buscar la verdad es ir a la caza de la verdad.
Y con frecuencia la cacería es tan larga, compleja, apasionante y agotadora que el sudor metafórico de ese esfuerzo puede empañar la vista y la imagen de la presa, y transformarla en una sombra casi indistinguible.
Sin embargo, lo que impulsa esa caza no es el placer, sino el deber, el instinto, el azar y, naturalmente, la necesidad, y uno se ve obligado a seguirla hasta el final. Pero cuidado: se trata de una caza muy particular, dado que el cazador, una vez que atrapa a la presa, no la retiene para sí, sino que se la entrega a otros, a los jueces, que deciden qué hacer con ella.
En realidad, ¿no es muy habitual que a los cazadores no les guste comerse las presas?
Llamó a Catarella.
—Manda este fax ahora mismo.
Se lo entregó. En cuanto lo vio salir, encendió el mechero, prendió fuego al papel en el que había escrito la traducción de las preguntas y dejó que ardiera en el cenicero.