Riccardino
Dieciséis
Página 18 de 25
Dieciséis
Montalbano estaba sentado en el porche de Marinella, después de haber rebañado una fuente de pasta ’ncasciata que Adelina le había dejado en el horno, cuando sonó el teléfono. Convencido de que sería Livia, fue a contestar. Pero lo que oyó fue la voz del Autor.
—Felicidades, Montalbà, por esas respuestas al obispo. Te ha planteado unas preguntas que lo decían todo entre líneas y tú le has dado unas respuestas que también lo dicen todo entre líneas.
—¿Qué crees que hará ahora?
—En mi opinión, nada. Ha querido comprobar tu disponibilidad para darle un poco de margen a la investigación. Y tú le has dicho que puede que sí y puede que no.
—Pero, hablando en román paladino, ¿en realidad qué quiere de mí?
—Partanna te está pidiendo que presentes un informe de la investigación que permita al fiscal Tommaseo solicitar, durante el proceso judicial, que se tengan en cuenta atenuantes.
—¿Tienes claro por qué se lo toma tan a pecho el obispo?
—¡Claro! Monseñor sabe quién es el asesino.
—¿Y quién es?
—Su sobrino Alfonso.
—¡¿Licausi?! ¿Y por qué iba a cargarse a Riccardino?
—¿No se trata de una historia de cuernos, Montalbà? Pues hay maridos cornudos que reaccionan mal nada más descubrir que se los han puesto y hay maridos pacientes que, en cambio, los soportan. Lo que pasa es que esta segunda categoría es muy peligrosa, porque tragan hoy, tragan mañana, tragan pasado mañana y llega un momento en que estallan, pierden la paciencia y son peores que los cornudos violentos.
—O sea, que según tú los tres amigos de Riccardino fueron cornudos pacientes hasta que Licausi perdió la paciencia, ¿no?
—Exacto.
—Y por eso se buscó a alguien que le restituyera el honor perdido, por así decirlo, matando a Riccardino.
—No.
—¿Cómo que no?
—El que disparó fue él mismo. El cornudo paciente que pierde la paciencia hace el trabajo por su cuenta, personalmente en persona, como dice Catarella. No delega en nadie, el único que puede salvar su honor es él mismo.
—Pero ¿qué gilipollez estás diciendo? ¡Si Alfonso Licausi ni siquiera estaba presente en el momento del crimen!
—Estaba, estaba.
—¿Dónde?
—En la moto.
—¡Ay, Virgen santa! ¿Me estás diciendo que era el motorista?
—Eso mismo.
—Pero ¡si Liotta y Bonanno dicen que Alfonso Licausi llegó poco después del asesinato! ¿Cómo explicas eso? ¿Son cómplices de Licausi o dicen la verdad?
—Dicen la verdad.
—Entonces, ¿me explicas cómo se las apañó Licausi para esconder la moto, el mono y el casco integral, puesto que apareció ante sus amigos tan pancho, con el mismo chándal que llevaban ellos, pocos minutos después de la muerte de Riccardino? ¿Resulta que es Mandrake el Mago?
—Ja, ja, ja, ja.
—¿A qué viene esa carcajada?
—A que pierdes facultades, Montalbà. Licausi no será Mandrake, pero hizo algo digno de James Bond.
—Explícate.
—Licausi tenía un cómplice.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
—Saverio Milioto, el camionero. Era un plan a prueba de bombas, créeme. Sobre todo les encantará a los lectores si consigo escribirlo un poco a la americana, como hacen tantos autores de nuestro país. Enseguida me explico. Resulta que Liotta, Bonanno y Lopresti están en la via Rosolino Pilo. Por la via Nino Bixio aparece un motorista que es ni más ni menos que Alfonso Licausi. Se detiene, dispara, mata a Riccardino, arranca, gira a la derecha por la via Tukory e…
—… y casi se atropella a sí mismo.
—Eso es lo que dijo él, Licausi. Pero la cosa no fue así ni mucho menos.
—¿Y cómo fue?
—El motorista gira a la derecha otra vez, entra en el vicolo Marsala, que es corto, sin salida y sin una sola tienda.
—Oye, que ese callejón no está donde dices tú.
—Da igual, nosotros lo ponemos ahí.
—Pero ¡esto parece una escena de los hermanos Marx!
—Me trae al pairo lo que parezca o deje de parecer. Si yo digo que el callejón existe y está allí, a ver quién es el guapo que me contradice. No serás tú ni los de la tele. Vigàta es una invención mía. Y ahora, haz el favor, déjame seguir. Licausi entra en el vicolo Marsala, donde lo espera la furgoneta de Milioto, abierta y con una rampa ya preparada. Licausi sube con la moto raudo y veloz y en un abrir y cerrar de ojos desmonta, se quita el mono y el casco y debajo lleva un chándal (¿qué te decía de James Bond?), baja, dobla la esquina y llega a la via Rosolino Pilo listo para interpretar su papel. Mientras, la furgoneta sale del callejón y desaparece con la moto, el mono y el casco dentro. Y si te he visto no me acuerdo. ¿Qué te parece?
—¡Que es una gilipollez de primera división! ¡Entre otras cosas, esa escena se ha visto en el cine hasta la saciedad!
—¿Y eso qué importa? Sin duda, Licausi también la recordaba y sacó la idea de ahí.
—Además, esa moto es difícil de conducir, no sé si Licausi sería capaz de hacer la acrobacia de la rampa…
—Eso es un detalle, Montalbà. Se soluciona en un pispás. Hacemos que venga Fazio a contarte que, de jovencito, Licausi fue campeón de motocrós y santas pascuas.
—Aún hay otro problema más gordo.
—¿Cuál?
—Tu novela. A ti escribir americanadas no se te da bien. Si metes esa historia de la furgoneta con Licausi de motorista asesino, estás obligado a reescribir el libro de cero, a darle otro aire desde el principio, quitando todo lo que no esté ligado a la acción; por ejemplo, el recuerdo del día de los muertos. Y, ahora que lo pienso, todo el asunto del obispo y de la falsa entrevista no pegaría ni con cola.
—En parte tienes razón, pero es que tengo ganas de cerrar esta historia. Porque has de plantearte otro problema. Mi edad.
—¿Cómo que tu edad?
—Montalbà, tú te pasas todo el santo día repitiendo que te sientes viejo, mientras que yo lo soy de verdad de la buena. Y también estoy algo cansado.
—¿A qué viene todo eso?
—A que escribir empieza a agotarme. Y quiero encontrar cuanto antes una solución para este caso.
—¡El que tiene que encontrarla soy yo, no tú!
—Pues ahora el que pregunta soy yo: ¿eres capaz? Plantéate la explicación que te he ofrecido, ya verás que sabré encajarla. ¿Qué me dices?
—Que ya hablaremos.
No, el Autor se equivocaba. De eso estaba seguro. La historia de la furgoneta hacía aguas por los cuatro costados. Era incluso ridícula. El señor Autor le proponía una conclusión sin ton ni son, improvisada a vuela pluma, porque decía que estaba cansado. ¿Acaso él no estaba cansado? ¿No estaba harto? ¿No estaba hasta los mismísimos de todo? Y no por eso le daba por resolver un caso deteniendo al primero que pasaba por allí. Una cosa era escribir una novela y otra muy distinta mandar a un inocente a la cárcel.
No podía acostarse con aquel nerviosismo en el cuerpo provocado por la charla con el Autor. Tenía que despejarse; si no, iba a costarle conciliar el sueño.
Salió al porche, bajó a la arena y echó a andar hasta la orilla para luego darse un paseo tan largo que cuando volvió a casa tenía calambres.
El comisario acababa de entrar en su despacho cuando apareció Fazio.
—Me he enterado de lo que le interesaba, jefe. ¿Me permite echar un vistacito a un papel que llevo en el bolsillo? Solo para refrescar la memoria.
—Mientras no te dé por soltarme datos de filiación o árboles genealógicos…
—No, no, jefe, no se preocupe.
Sacó media cuartilla del bolsillo, le echó una ojeada y la dejó delante de sí, encima de la mesa.
—Bueno. Mario Liotta, aparejador, es la mano derecha del director de la mina, el ingeniero Stoltz.
—¿Es alemán?
—No, jefe. De Bolzano. Su padre se llamaba Alfred, nacido en…
—Si sigues recitando la partida de nacimiento, te pego un tiro —espetó el comisario, más fresco que una rosa.
—Perdone. Sigo: Alfonso Licausi, también aparejador, se encarga de la organización de los turnos diarios de los camiones que llevan la sal a Vigàta.
—A ver, explícame eso mejor.
—La mina tiene seis camiones con sus respectivos conductores. La sal se refina en las mismas instalaciones y luego se transporta, a granel, a la planta que tienen en Vigàta, allí en el puerto.
—Ya sé dónde está. Sigue.
—A esa planta llega también sal de otras minas de Sicilia. A continuación el producto se limpia, se empaqueta y se manda adonde se tiene que mandar.
—Alto ahí. ¿Cuántos viajes de ida y vuelta hace cada camión entre la mina y la planta?
—Ese es, precisamente, el trabajo de organización de turnos diarios de Licausi.
—¿Y en función de qué lo decide?
—En función de la cantidad de sal extraída, refinada, tamizada, preparada, etcétera.
—¿Puedes darme una media?
—Sí. Los camiones empiezan a las dos de la tarde y acaban a las once de la noche, pero el horario puede variar. Y eso también lo lleva Licausi.
—¿Y de qué depende?
—Hay que tener en cuenta que pueden llamarle de la planta para decirle que están ocupados con material de otra mina, en cuyo caso Cristallo tiene que retrasar el transporte. O también pueden decirles que hay que adelantarlo.
—Tiene sentido. ¿Y la media diaria?
—Cinco viajes por camión.
—Tengo una curiosidad. ¿Tú sabes cómo salen luego los paquetes de sal de la planta?
—Sí. Una parte en tren, otra en barco y otra más en camión.
—¿En los mismos camiones de la mina?
—No, no. En unos grandes, de los articulados.
—¿Y cómo llegan al tren y al barco?
—En los camiones de la mina.
—Otra cosa: ¿todos esos conductores salen de trabajar a las once aunque hayan empezado antes?
—Sí. Se consideran horas extraordinarias.
—Muy bien. Ahora háblame de Bonanno.
—Gaspare Bonanno lleva la contabilidad de todo lo que tiene que ver con la mina.
—Incluido el gasóleo, entonces.
—Exacto.
—¿A quién rinden cuentas de su trabajo Bonanno y Licausi? ¿Al director?
—No, jefe. A Liotta. El ingeniero Stoltz, que se encarga sobre todo de la excavación y la extracción, ha delegado toda la parte administrativa en el aparejador Liotta.
—O sea que, si lo he entendido bien, nuestro camionero, Saverio Milioto, roba cien litros de combustible por semana…
—… porque Gaspare Bonanno hace la vista gorda —concluyó Fazio.
—Y cuando Bonanno le presenta los balances a Liotta…
—… este hace la vista aún más gorda.
—Entonces solamente cabe una pregunta: ¿por qué se lo permiten?
—Está claro que no pueden decirle que no. Por otro lado, hemos comprobado que fueron ellos los que avalaron a Milioto en el banco.
—Ya. No pueden negarse a que Milioto robe gasóleo y tampoco podían negarse a que Riccardino se tirase a sus señoras. Habían formado una corona de ratas.
—¿Eso qué quiere decir, jefe?
—Es una cosa que vi de crío y no se me ha olvidado de lo mucho que me impresionó. Mi abuelo decidió derribar el horno de casa, que era una especie de cuartito anexo a su casita de campo. Llamó a dos albañiles que empezaron a picar, y ya prácticamente habían echado abajo media pared cuando salieron de un agujero una decena de ratas bastante grandes. Había una madriguera y dentro se habían quedado seis más. Las seis colas, que eran larguísimas, estaban entrelazadas y formaban una especie de corona. Estaban tan enredadas que no podían moverse, porque cada una de ellas tiraba en una dirección distinta. Conseguían avanzar unos centímetros y luego se veían obligadas a detenerse. Era asqueroso. Como un animal de seis cabezas y veinticuatro patas. Y eran grandes, ¿sabes? Por lo visto, las demás ratas les llevaban comida. Los albañiles se las cargaron a golpes de pico. Pues, bueno, me da la impresión de que los cuatro mosqueteros habían formado una piña con las colas entrelazadas, como las ratas. Pero alguien decidió romper la corona al matar a Riccardino.
—¿Qué vamos a hacer, jefe?
—Ahora mismo te lo digo.
Y se lo dijo.
A las once de aquella noche, antes de salir para Borgonovo, Montalbano y Fazio se agenciaron un par de mascarillas blancas de las que llevan médicos y enfermeros, guantes de trabajo gruesos y una escalera de mano.
Cogieron el coche del comisario y llegaron a la altura de las primeras casas de Borgonovo a las once y media exactas. Antes de bajar del coche se pusieron la mascarilla y los guantes, y Montalbano sacó de la guantera la linterna y el revólver. A continuación bajaron y Fazio, que ya iba armado, se echó la escalera al hombro.
En cuanto entraron en la calle de la quiromántica clarividente, cuyo primer tramo estaba completamente a oscuras, ya que habían roto las dos farolas de la pared a pedradas, oyeron una especie de quejido continuado procedente de un portal. La puerta colgaba de los goznes. De inmediato dedujeron que había alguien herido. Montalbano encendió la linterna. Vieron a un hombre y una mujer copulando en el suelo, entre cagarros, meados, papeles sucios y latas de cerveza y de Coca-Cola.
—¿Qué coño queréis? —espetó el hombre antes de levantarse de un salto como Dios lo trajo al mundo.
¿De dónde había sacado el cuchillo de veinticinco centímetros que relucía en su mano?
—Perdón. Sigan, sigan, ha sido un equívoco —dijo el comisario con toda la educación del mundo mientras apagaba la linterna.
En la calle, tres metros más allá, había un chico con la espalda apoyada en la pared que acababa de pincharse y aún tenía la goma y la aguja en el brazo. Estaba fuera de combate.
—Si lo dejamos aquí, cuando pase el camión lo aplasta —dijo Fazio.
Se agachó, lo levantó, lo agarró por las axilas y lo metió en un portal.
El siguiente tramo estaba iluminado por una farola de pared que, milagrosamente, seguía intacta. Y allí no había nadie.
Llegaron a la plazoleta. Se consultaron con la mirada. Fazio fue corriendo a meterse en un hueco del muro del vertedero al que no llegaba la luz, mientras que Montalbano se apartó y se pegó al portal del edificio del santo varón, que estaba cerrado.
No tuvieron que esperar mucho.
Llegó el camión, se detuvo al lado del muro, el conductor bajó con una especie de taburete entre las manos, lo colocó justo debajo del «lo» de «culo», volvió a la cabina, recogió el paquete, se subió al taburete, levantó el bulto con los dos brazos por encima de la cabeza y en ese preciso momento Montalbano, que se había colocado detrás del camión, lo llamó:
—¡Milioto!
El hombre se convirtió en estatua.
Parecía un atlante.
Luego se recuperó y ya iba a lanzar el paquete dentro del vertedero cuando se dio cuenta de que Fazio lo había encañonado a la altura de la barriga.
Entonces sucedió algo curioso.
Milioto se asustó ante aquel hombre que lo estaba amenazando con un arma y que, como muy mínimo, parecía un atracador enmascarado. Incapaz de seguir sosteniendo el paquete, abrió las manos y el bidón de veinticinco litros de gasóleo se le cayó en la cabeza, lo derribó del taburete y lo dejó arrodillado como un toro en el ruedo.
Y, también como en una plaza de toros, se oyeron vítores y aplausos:
—¡Así se hace, capitán!
—¡Así se hace, comisario!
Montalbano, sorprendido, se volvió para ver qué sucedía.
En el balcón estaban el santo varón, con los prismáticos, y la quiromántica clarividente. Daban palmas y, cuando vieron que el comisario se volvía hacia ellos, levantaron los brazos en señal de alborozo.
Solo les faltaba ponerse a hacer la ola.
¿Cómo lo habría reconocido la quiromántica a pesar de la mascarilla?
¡Menuda pregunta! ¿La señorita Faca no era clarividente?
A todo esto, Fazio había puesto en pie al camionero de una patada en las costillas.
—¡No me matéis, por favor os lo pido! —decía Milioto, que al parecer, aturdido por el porrazo, no había oído lo que habían dicho la quiromántica y el santo varón.
Seguía creyendo que eran atracadores o secuaces de alguien que pretendía hacerle pagar algún error.
—Tú habla y no disparo —lo alentó Fazio.
—¿Qué llevas en el paquete? —preguntó Montalbano.
—Un bidón de gasóleo.
—¿Y por qué lo has envuelto?
—Para que no se note que es un bidón.
—¿Lo has robado?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la mina Cristallo.
—Muy bien, recógelo y vente con nosotros.
—¿Y el camión?
—Lo dejas aquí.
—¡Será una broma! Es de la mina.
—Ciérralo con llave y vente con nosotros —intervino Fazio, dándole un toquecito en la frente con el cañón del revólver.
El camionero, enmudecido, obedeció. Cerró el camión y cargó el paquete.
Hasta que estuvo delante del coche de Montalbano no se atrevió a preguntar:
—¿Al menos podéis decirme quiénes sois?
—Policía —contestó Fazio.
Y durante todo el trayecto hasta la comisaría no volvió a abrir la boca.