Riccardino
Diecisiete
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Diecisiete
En la comisaría no había nadie, solo un agente de servicio medio adormilado en la centralita. Mejor. Esa vez no hacía falta darle publicidad al asunto.
Como le había dicho Montalbano cuando habían acordado la estrategia, Fazio llevó a Milioto al despacho de Mimì Augello.
—¿Qué hago, jefe? ¿Le pongo las esposas?
—Sí.
No había ninguna necesidad de esposarlo. A Milioto no se le pasaba por la antesala del cerebro salir por piernas ni recurrir a la fuerza, pero las esposas siempre surtían efecto sobre la moral de quien no era delincuente habitual.
El inspector jefe empezó el interrogatorio en presencia del comisario.
—Confirma que eres Saverio Milioto, nacido en Vigàta el…
—Antes de contestar quiero saber quién es el hijo de puta que se ha ido de la lengua —lo interrumpió el camionero.
Al ver que de repente se le negaba el placer de recitar la ristra de datos biográficos de Milioto que llevaba preparada, Fazio saltó de la silla como si le hubiera picado una tarántula.
—¡Contesta o te muelo a palos!
Entonces intervino Montalbano:
—A ver si nos entendemos, Milioto. Tú aquí respondes sin poner condiciones. ¿Está claro? De todos modos, para satisfacer tu curiosidad, te digo que no te ha delatado nadie. Un vecino de la calle por la que pasas todas las noches con el camión estaba hasta los cojones del jaleo que montas y te ha denunciado. Y a nosotros nos interesa ese ir y venir que te traes entre manos. —Y volviéndose hacia Fazio añadió—: Yo me voy. Tú sigue y luego vienes a contarme lo que te haya dicho. El atestado ya lo harás después.
Una vez en su despacho, buscó en el listín un número de teléfono, lo anotó en un papel y luego dedicó algo menos de una hora a perder el tiempo.
Miró un informe viejo, intentó arreglar un sello de goma roto, recogió un poco su mesa…
Luego apareció Fazio con cara de satisfacción.
—Lo he metido en el calabozo.
—¿Ha hablado?
—Lo ha soltado todo.
—¿Todo de qué?
—Todo de lo que pasa, con pelos y señales: cómo se agencia el bidón, cómo consigue sisar cien litros semanales…
Montalbano lo interrumpió:
—Ah. ¿Y tú por qué crees que ha hablado?
—¿Cómo iba a negarse, jefe? ¡Lo hemos pillado in fraganti!
—No se trata solo de eso. Milioto no es el más listo de la clase, pero me parece que sabe seguir las instrucciones que le han dado.
—¿Y eso?
—Le han dicho: «Si te cogen, tú cuenta cómo te organizas para robar el combustible, pero, sobre todo, deja claro que la idea de sisar el gasóleo es tuya y nada más que tuya, lo has hecho todo tú solito y no te ha ayudado nadie». Y, así, Milioto nos canta La traviata y deja los hechos bien delimitados. No sé si me explico. Nos dice que es un ladrón, nos detalla el porqué y el cómo, nos da todo lujo de detalles, entra en pormenores y así nos quedamos de lo más satisfechos y no seguimos hurgando. Ha habido una vía de agua, de modo que trata de cerrar el compartimento estanco para que no se inunde todo el barco.
—¿Y así no nos preguntamos cómo se las ha apañado para robar sin que en la mina se enterase nadie?
—Exacto.
—En pocas palabras: quiere proteger a sus tres amiguitos.
—Seguro. ¿Te ha dado muchos detalles?
—Muchísimos.
—¿Ves como tengo razón? ¿Qué te ha dicho?
—Se lo resumo. La cosa hace dos años que dura. En cada viaje para un rato en cierto camino rural donde hay un pozo seco que ha tapado con una plancha de hierro que se cierra con un candado. Dentro guarda el bidón. Trasvasa unos cuantos litros de combustible y sigue con su reparto.
—¡Menudo lío, Virgen santa! ¿Por qué no lo lleva en el camión? ¡No tiene nada de raro que en un camión haya un bidón de gasóleo lleno de gasóleo!
—Es que en la mina hay inspectores, jefe, que hacen controles y a veces hasta paran a los conductores mientras transportan la sal. Y dice que son muy tiquismiquis.
—Sigue.
—En el último servicio, Milioto acaba de llenar el bidón, lo envuelve, descarga la sal en la planta, pasa por Borgonovo, deja el paquete en el vertedero y se va a su casita.
—¿Y por qué no se lleva el paquete directamente a su casa por la noche en vez de tener que ir al día siguiente a recogerlo?
—Resulta que al acabar el turno todos los conductores se llevan el camión con el que han hecho el último servicio. Y al día siguiente se vuelven a la mina con él. Y por lo visto alguna vez han mandado a alguien de la mina a inspeccionar los vehículos por la noche y comprobar el nivel de combustible y el kilometraje.
—¡Esa mina es peor que un campo de concentración! ¿Por qué tienen que inspeccionar los camiones incluso cuando no están de servicio?
—Porque al parecer ha habido conductores que los utilizaban para trabajar por su cuenta.
—¿Y quién ordena esas inspecciones nocturnas?
—Licausi.
—Que, naturalmente, le habrá dicho a Milioto cómo escaquearse de los controles diurnos y nocturnos. Aunque hay una cosa que no me cuadra: ¿cómo se las ingenia Milioto para ir a recoger el paquete al vertedero a las siete de la tarde si a esa hora está de servicio en la mina?
—Eso mismo he pensado yo. Y se lo he preguntado. Me ha contestado que de seis y media a siete y media se hace una pausa de cuarenta y cinco minutos largos en el transporte, porque es cuando cambia el turno en la planta. Y él aprovecha para ir a recoger el paquete. ¿Qué hacemos, jefe? ¿Pasamos al segundo acto del guion?
—Sí, muy bien. Quédate y escucha esta llamada.
Cogió el papel en el que había escrito el número y lo marcó. El teléfono sonó un buen rato hasta que por fin contestó una voz enronquecida por el sueño.
—¿Diga?
—¿Licausi?
—Sí. ¿Qué ha pasado?
—¿Dónde?
—En la mina, ¿qué ha pasado?
—No lo sé, ¡no llamo de la mina!
—¿Ah, no?
—No.
—Entonces, ¿quién es?
—Montalbano al aparato.
—Comisario, ¿es usted? Por un momento he creído que… Entiéndame, son más de las tres de la mañana… He creído que había pasado algo en la mina… Una desgracia, yo qué sé… Menos mal. Dígame.
—Quería comunicarle algo de cierta importancia, por eso me he permitido llamarlo a pesar de la hora…
—No se preocupe, dígame —repitió el hombre, algo más nervioso.
—Hemos efectuado una detención.
El ruido como de remolino que hizo Licausi al quedarse sin aliento de golpe lo oyó hasta Fazio, que no tenía el teléfono pegado a la oreja.
«A este le da un síncope», pensó el comisario.
—¿Una detención?
—Sí.
—¿A qui…? ¿A qui…? ¿A quién han…?
—De eso se trata. ¿Me entiende?
—N… No.
—Entiendo perfectamente que no entienda. Pero podría entender con facilidad. ¿Me explico?
—¿Có…? ¿Có…? ¿Cómo…?
—Quizá lo mejor va a ser que venga cuanto antes aquí a comisaría.
Y colgó.
—Fazio, ¿qué te apuestas a que sé lo que está haciendo Licausi?
—Nada. Porque yo también lo sé.
—¿Y qué es?
—Llamar a Liotta y a Bonanno.
—Eso mismo. Hay como mínimo tres familias que van a pasar una nochecita de aúpa. Ahora te vas a buscar a Milioto, te lo llevas al despacho de Augello y te pones a redactar el atestado. Total, Licausi va a venir como una flecha, dentro de diez minutos como muy mucho está aquí. Despierta al agente de guardia y avísalo de que está en camino.
En lugar de diez minutos, el aparejador tardó veinticinco en aparecer.
Iba despeinado y sin corbata.
«Habrá llamado también a su abogado, ya puestos», pensó el comisario.
Le pareció que estaba menos nervioso que cuando habían hablado por teléfono.
Licausi ya sabía, después de hablar con Liotta y Bonanno, que no los habían detenido a ellos, de modo que se había tranquilizado un poco, aunque no del todo: estaba impaciente por saber qué tenía que ver él con una detención.
—Comisario, me gustaría que me explicara…
—Deme tiempo, señor Licausi. Si le he pedido que viniera a estas horas de la madrugada ha sido por deferencia personal hacia usted y monseñor Partanna. ¿Está claro?
—Gracias. Pero, la verdad, no sé…
—Quiero evitar que se repita, ¿me entiende?
—Perdone, pero… ¿que se repita el qué?
—Una imprudencia como la que cometí al convocar al señor Liotta por vía del telefonista de la mina, que evidentemente se lo contó a alguien, a pesar de que yo le había requerido con mucha insistencia que no se lo mencionara a nadie. Y pasó lo que pasó: televisión, periodistas, abogados… «¡Ah, no!», me he dicho. Así, tal cual: «¡Ah, no!». En nombre del profundo respeto que profeso a su excelencia el obispo Partanna, tengo que evitar toda clase de agitación, toda publicidad que pudiera dañar… Por eso lo he hecho venir de noche; así nadie, absolutamente nadie, estará al corriente.
—Y se lo agradezco, pero me gustaría saber…
—Enseguida se lo digo. Ah, perdone, se me ha ocurrido una cosa. Vuelvo dentro de un momento.
Se levantó, salió, cerró la puerta y se fue al despacho de Fazio a fumarse un pitillo.
«Que se cueza en su propio jugo», se dijo, pensando en Licausi.
Volvió al cabo de diez minutos.
—Perdone, señor Licausi. ¿Qué me decía?
—La verdad es que estaba hablando usted.
—¿Y qué le estaba diciendo?
—Que iba a explicarme el motivo por el que…
—¡Ah, sí! Hemos detenido, por una de esas casualidades, a un individuo que iba al volante de un camión de la mina Cristallo.
El rostro de Licausi perdió el color de golpe y porrazo.
—¿Qué ha hecho?
—Lo hemos encontrado en posesión de un bidón de gasóleo robado a la mina.
—¡Ah!
«¿Por qué no me preguntas de inmediato quién es, hijo de la grandísima puta? ¿Será que te lo imaginas?», pensó el comisario.
—¿Y sabe qué es lo más sorprendente? —continuó—. Robaba cien litros de gasolina todas las semanas.
—¿De… verdad? ¿Y quién es?
Por fin haces la pregunta que te estabas guardando, ¿eh, granuja? ¡Pues ya es demasiado tarde!
—De eso se trata, señor Licausi. No lleva documentación ni permiso de conducir y se niega a darnos sus datos. Me he permitido molestarlo para ver si podía ayudarnos.
—¿Cómo puedo yo…?
—Muy sencillo. Será cuestión de unos pocos segundos y luego podrá volver tranquilamente a su casa. Acompáñeme.
Desconcertado y preocupado, Licausi se levantó y lo siguió por el pasillo.
Delante de la puerta cerrada del despacho de Augello, Montalbano puso la mano en el pomo y le dijo al aparejador en voz baja:
—Creemos que se trata de Saverio Milioto. Bastará con que conteste sí o no a mi pregunta.
Sin darle tiempo a reaccionar, abrió la puerta al estilo Catarella.
Al producirse el estruendo, Fazio y Milioto, que estaban sentados uno frente al otro con la mesa de por medio, se sobresaltaron y se volvieron hacia la puerta.
Los ojos de Milioto se clavaron en los de Licausi, que estaba ya más pálido que un muerto.
—¿Es él? —preguntó Montalbano.
—Sí —susurró Licausi.
—Más alto, por favor. ¿Es Milioto?
—Sí.
Y el comisario cerró la puerta.
—¿Y ahora? —preguntó Licausi.
—Ahora ya puede marcharse. Vuelvo a pedirle disculpas por las molestias y, si por casualidad ve a su tío, transmítale mis más sinceras cortesías.
—Sí, pero…
—Dígame.
—¿A Milioto ahora qué le pasará?
—Esta misma mañana pasará a disposición judicial. Me imagino que lo dejarán en libertad a la espera del juicio. ¿Y usted qué va a hacer?
—¡¿Yo?!
—Sí, ¿los camioneros de la mina no dependen de usted?
—En cierto sentido. Voy a contárselo todo a Liotta cuanto antes.
—¿Y ahora? —preguntó también Fazio un cuarto de hora más tarde, después de haber vuelto a llevar al detenido al calabozo.
—Ahora, a esperar —dijo Montalbano—. Milioto es el eslabón débil de la cadena. ¿Y sabes por qué? Por exceso de apetito, por avidez, por el vicio del juego. Seguro que les ha hecho un buen favor a Liotta, Bonanno y Licausi. Sin duda le pagarían, además de avalarlo en el banco, pero él no se contentó. Exigió libertad de acción para robar el combustible, era un hurto autorizado. Y ahora desde luego estará convencido de que Licausi ha vendido su pellejo. Y dará algún paso en falso que, con suerte, nos permitirá entender cuál es la cadena que lo ata a los mosqueteros.
El comisario se detuvo un momento antes de continuar:
—¿Has visto cómo estaba Licausi? Se ha llevado un susto de muerte. Estoy convencido de que en el fondo de todo esto hay algo muy gordo.
—Si no me necesita, iría ya a acostarme —dijo Fazio, con un bostezo.
—Muy bien. Yo me quedo todavía un rato, escribo el informe para el fiscal y lo dejo encima de tu mesa, y tú, luego, cuando hayas dormido tres horitas, te vuelves para aquí, coges a Milioto y el informe y te vas para Montelusa. Lo despacharán por la vía directa y seguro que lo dejarán en libertad, porque además no tiene antecedentes. A partir de ese momento no hay que perderlo de vista ni un solo segundo. Ah, te dejaré también una solicitud para intervenir sus dos teléfonos, el de casa y el del alquiler de furgonetas. Buenas noches.
—Buenos días —lo corrigió Fazio, puesto que ya eran las cuatro y media de la madrugada.
Acababa de salir de la ducha cuando sonó el teléfono. Miró el reloj instintivamente: aún no habían dado las seis. ¿Quién podía ser a esa hora intempestiva?
Descolgó el aparato.
—¡Felicidades! —exclamó el Autor de buenas a primeras.
—¿Me permites una preguntita? —dijo Montalbano.
—Soy todo tuyo.
—¿Por qué en las demás novelas no salías nunca, mientras que en esta vienes a tocarme los cojones cada dos por tres?
—Lo hago en contra de mis principios y por pura y simple generosidad, porque quiero ayudarte. Nunca te había visto tan desorientado como al principio de esta historia, tan angustiado. Y te lo repito: felicidades.
—Ya me felicitaste la última vez.
—No, esta enhorabuena es fresca, del día. Porque con la detención de Milioto y la trampa que le has tendido haciéndole creer que Licausi lo ha delatado has sacado a la luz la turbia conexión que hay entre ellos.
—¡Menuda novedad!
—Novedad o no, eso quiere decir que has aceptado mi propuesta. Esos dos son cómplices del homicidio de Riccardino.
—¿Y ahora vas a volver a sacarte de la manga esa historia ridícula de la furgoneta a la que Licausi se sube con la moto gracias a una rampa? ¿No ves que es una solemne tontería?
—Perdona, Montalbano, pero ¿entonces por qué has detenido a Milioto vinculándolo tan claramente con Licausi?
—Pero, a ver, ¿tú te lees lo que escribes?
—¡Pues claro!
—Entonces la edad empieza a afectarte la memoria. Hace poco le explicaba a Fazio, y tú lo pusiste negro sobre blanco, que Milioto es el eslabón débil de una cadena que lo une a Licausi, Bonanno y Liotta. ¿Lo has olvidado? A mí Licausi por sí solo me la trae floja: lo que quiero es llegar al grupo. ¿Está claro?
—¡Ah, clarísimo! O sea ¿que crees que la muerte de Riccardino fue una venganza de sus amigos por lo de los cuernos? En tu opinión, ¿los tres mosqueteros estaban conchabados?
—No.
—¡Coño! ¿Sabes que no acabo de tenerlo claro?
—Pues yo sí. Y ahora deja que vaya a echarme un par de horitas.
—Espera, una última cosa: si te niegas en redondo a aceptar la solución Licausi/Milioto, se me ha ocurrido otra que no está nada mal.
—¿Me la cuentas la próxima vez?
—Ah. ¿No te pica la curiosidad?
—No.
A duras penas logró dormir una hora y media, porque, justo cuando estaba en el filo de un precipicio insondable de sueño denso y negro al que iba a lanzarse con toda la felicidad del mundo, lo despertó el timbre del dichoso invento del dichoso señor Bell o del dichoso señor Meucci, que a saber cuál de los dos tuvo la genial idea antes.
Se levantó echando sapos y culebras por la boca. Era Livia.
—Salvo, perdona que te llame a estas horas, antes de ir a trabajar.
—¡No pasa nada, mujer! ¿Qué hay? Cuéntame.
—No vamos a poder ir a Johannesburgo.
Mientras en su interior las campanas empezaban a tocar a fiesta, preguntó con voz falsamente apenada:
—¡¿En serio?! Si ya estaba salivando con…
—Sé que te llevas un chasco, amor mío, pero esos imbéciles de la agencia han metido la pata. No ha habido forma. En fin, lo he resuelto bien: nos vamos a otro sitio estupendo.
—¿Ah, sí? —dijo él, sintiendo de golpe un amago de parada cardíaca.
—¿Adónde?
—A Río de Janeiro. Ya me veo contigo en Copacabana…
Y así empezó un día no demasiado feliz.