Riccardino
Dieciocho
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Dieciocho
¿Montalbano esperaba un paso en falso?
Pues se produjo con precisión milimétrica tras la detención de Milioto, el cual, como el comisario había previsto en función de su experiencia, quedó en libertad provisional tras la primera audiencia.
Y luego hubo también un cañonazo.
Pero lo precedieron unas cuantas llamadas telefónicas, en algunas de las cuales se hizo referencia directa a Severio Milioto, mientras que en otras se prefirió esquivar el tema.
—¿Dottor Montalbano? Buenos días, soy Liotta.
—Buenos días.
—Quería decirle que esta mañana, después de que el amigo Licausi me informara de la detención de uno de nuestros camioneros, Saverio Milioto, he informado a mi vez de lo sucedido a nuestro director, el ingeniero Stoltz, el cual ha convocado al jefe de personal, el dottor Bonamico. Y juntos hemos acordado la suspensión de empleo y sueldo de Milioto, a la espera de una sentencia definitiva. Y eso es todo lo que…
—¿Todo? ¿No hay nada más?
—¿Qué más tendría que haber?
—Perdone, señor Liotta, pero ¿usted sabe que esta historia del robo de cien litros de combustible semanales empezó hace ya dos años?
—Sí, eso me han dicho.
—¿Quién?
El otro se sorprendió.
—Pues… Licausi, me parece.
—Hace bien en decir que se lo parece, porque estoy seguro de no haber mencionado delante del señor Licausi cuánto tiempo hacía que había empezado todo.
—¿Ah, no?
—No. Pero vamos a dejar, por ahora, quién pueda habérselo dicho. Voy a hacerle otra pregunta a la que podrá responder con seguridad: ¿cuántas semanas tiene un año?
Liotta no contestó de inmediato.
—Cincuenta y dos, comisario —dijo cuando por fin se decidió—. Y he entendido perfectamente adónde quiere ir a parar.
—¿Y adónde quiero ir a parar?
—Me está preguntando cómo es posible que, teniendo en cuenta la cantidad ingente de combustible sustraído, aquí en la mina no nos diéramos cuenta de nada.
—Bravo.
—El ingeniero Stoltz y yo nos hemos hecho la misma pregunta y hemos encontrado la respuesta. Mire, el recuento del combustible utilizado en el transporte se hace de forma anual, con fecha 31 de diciembre.
—¿Quién se encarga?
—Gaspare Bonanno. Pero resulta que el año pasado Bonanno no pudo hacer el balance porque estaba enfermo. Se encargó el contable Crisafulli, que no tenía mucha experiencia en la materia y que, por lo tanto, no se percató de la irregularidad. Este año aún no se ha hecho el recuento, queda más de un mes. Estoy convencido de que en esta ocasión Gaspare Bonanno se habría dado cuenta.
—Bueno, siempre podría ponerse enfermo otra vez.
—¿Cómo dice, perdón?
—Déjelo. Ya hablaremos.
Menudos hijos de puta. Lo habían previsto todo para cubrirse las espaldas.
Bonanno que se ponía enfermo, el sustituto que no sabía una mierda pinchada en un palo…
Sin duda, el 31 de diciembre habrían encontrado alguna otra salida ingeniosa.
—¿Jefe? Soy Fazio.
—¿De dónde llamas?
—De la jefatura de Montelusa. Quería informarlo de algo importante. Milioto no lleva ni una hora en casa y ya ha hecho tres llamadas.
—A Liotta, a Bonanno y a Licausi.
—Pues no.
—Ah, ¿pues a quién?
—A la misma persona las tres veces.
—¡Basta ya, ni que fueras la sibila de Cumas! ¿A quién ha llamado?
—¡A Salvatore Li Puma!
Aquel nombre dejó a Montalbano atónito, con la boca abierta.
—¿¿Li Puma el constructor??
Y entonces se quedó en silencio.
—¿Qué pasa, jefe? ¿Se ha cortado?
—Espera a que me recupere. ¿De qué han hablado?
—De nada. Milioto ha buscado a Li Puma en el número de la empresa constructora y su secretaria, después de hacerlo esperar un rato, las dos primeras veces le ha dicho que no estaba, y la tercera, que había llamado para informar de que se marchaba a Palermo y estaría fuera dos o tres días.
—O sea, que no quiere hablar con él.
—Exacto. Pero la última vez Milioto le ha dicho a la secretaria que la cosa era urgente, que no iba a volver a llamar y que en cuanto volviera Li Puma iría a hablar con él en persona.
¡Ahí estaba el paso en falso!
¡La trampa de la falsa traición de Licausi había funcionado! Y evidentemente Milioto quería avisar de esa traición a Li Puma.
Y si alguien como Li Puma estaba en el ajo, quería decir que el asunto era de categoría.
—Sobre todo no lo perdáis de vista.
—Se lo he asignado a Manzella y a Vadalà, que son buenos.
—¿Dottor Montalbano? Al habla el padre Bartolino, el secretario de su excelencia el obispo Partanna. Buenos días.
—Buenos días. ¿Le ha llegado bien el fax de las respuestas?
—Sí, muy bien. Su excelencia lo ha leído y releído, ¿sabe usted? Se lo agradece mucho. Mucho. Ha dicho que usted, además de ser un hombre culto, también es capaz, y eso no lo he entendido, de ver quién está dentro del carro de combate. Pero por desgracia…
—¿Sí?
—Por desgracia no se publicará. El director de nuestro semanario, que había invitado a muchos hombres de prestigio de la provincia a participar en esta serie de entrevistas, solo ha recibido otra respuesta afirmativa aparte de la suya. Así pues, esta gran iniciativa no tendrá continuidad. Su excelencia lo lamenta en el alma y le pide disculpas.
—¡Huy, por favor, no diga nada más! Transmítale mis más sinceras cortesías a su excelencia.
—Así lo haré.
Todo quedaba más claro que el agua.
Era la confirmación de que su excelencia, amparándose tras santo Tomás y Pascal, buscaba simple y llanamente saber de qué pie cojeaba.
—¡Dottori, ah! ¡Dottori, dottori!
—¿Qué pasa?
—¡Tilifonea por el tilífono un siñor que dice que tiene un saco en la mano, aunque en honor a la justicia dice que el saco está en Roma, en el ministerio, y que dice que quiere hablar subsecretamente con usía de usted personalmente en persona urgentísimamente! ¿Qué, dottori? ¿Se lo paso?
Era el subsecretario de Justicia, el honorable Arturo Saccomanno, que ya había conseguido irse de rositas tres veces de sendas causas por connivencia con la mafia, siempre porque los hechos habían prescrito.
—Pásamelo.
—¡Querido, queridísimo comisario Montalbano! ¡Qué placer hablar con usted! Nos hemos visto solo una vez en Montelusa, en la jefatura, con motivo de una celebración. ¿Se acuerda?
—No.
—Pues yo lo recuerdo a la perfección y recuerdo también haber tenido una impresión muy favorable de usted en aquella ocasión. Por lo demás, la fama que lo precede…
—Gracias, subsecretario. Dígame.
—Como sin duda sabrá, Montelusa es mi circunscripción. Así pues, mis electores me informan puntualmente de todo lo que sucede en la provincia.
—¿Y esta vez de qué lo han informado puntualmente?
—Bah… De un hecho que puede que no tenga ninguna consecuencia o puede que tenga muchas, incluso graves, según cómo se presente ante la opinión pública.
—¿Y qué hecho es ese?
—La detención de un camionero de la mina Cristallo, ¿cómo se llama? Gilloto, Migliocco…
—Milioto, señor subsecretario.
—Sí, ese.
—¿Por qué podría tener consecuencias graves la detención de un ladrón de gasóleo, como teme usted?
—Siempre que se trate de la detención de un trabajador que ha cometido un robo y la cosa quede circunscrita a ese episodio, no puede haber ninguna objeción. Al contrario.
—Pero…
—Pero este episodio, de por sí insignificante, o al menos de una importancia muy relativa, puede convertirse en un serio problema si la mina se ve implicada.
—No entiendo cómo podría resentirse la sal si se ve implicada.
—Pero ¿qué dice? ¡No me refiero a la sal, Montalbano!
Sin duda, el señor subsecretario estaría preguntándose si el comisario era realmente imbécil como parecía o si le estaba tomando el pelo.
—¿Y a qué se refiere?
—¡Pues a la mina en sí, Montalbano!
—¿Al concepto platónico de la mina?
No había nada que hacer. Por mucho que intentara controlarse, siempre que se topaba con la pomposidad, la arrogancia, la prepotencia, la falsa cordialidad y la retórica de un político de esa calaña que solo pensaba en sus intereses y fingía preocuparse por los de todo el mundo, el comisario era incapaz de no recurrir a la burla, a la guasa y a la provocación.
El subsecretario Arturo Saccomanno se quitó la máscara y cambió de tono de voz.
—Mire, Montalbano, voy a hablar claro para que pueda entenderme hasta un imbécil.
El «como usted» se sobreentendía.
—La mina, y ahí incluyo su vertiente administrativa, a los trabajadores y a los directivos que la conforman, no debería verse salpicada por sospechas que, a buen seguro, serían injustificadas. Esa mina es uno de los recursos más importantes de la economía de nuestra provincia. Si empiezan a correr rumores, murmuraciones, malevolencias o dudas, la imagen de nuestra mina puede verse ensombrecida, lo cual representaría un grave perjuicio…
—… para la economía de la provincia. Entendido, señor subsecretario.
—Me alegro de que por fin le haya quedado claro. Y confío plenamente en su savuar fair.
Lo dijo tal cual: «savuar fair».
Todo ello, traducido del francés inverosímil del honorable subsecretario Arturo Saccomanno, quería decir en cristiano: «¡Ándate con cuidado, Montalbà! ¡Presta atención, Montalbà! Liotta, Licausi y Bonanno no pueden verse mezclados en el asunto del robo de gasóleo».
—Montalbano, no me gusta.
—¿El qué?
—El cariz que está tomando el caso —dijo el Autor, molesto.
—¿Y yo qué quieres que haga?
—¿A Milioto no lo has detenido tú?
—Sabes perfectamente que lo he detenido por casualidad. Ha sido porque la quiromántica clarividente…
—No, amigo mío. A mí no me vengas con películas.
—¿Perdona?
—Te decidiste a detener al camionero una vez que te enteraste de que se llamaba Milioto. Si en lugar de eso se hubiera llamado, qué sé yo, Gasparotto, el robo del combustible te habría traído al pairo.
—¿Te importaría explicarte mejor?
—Tú eres un perro de caza, Montalbà, y aún tienes buen olfato. Te has abalanzado sobre Milioto porque Fazio te había dicho que Riccardino Lopresti le había concedido un préstamo abalado por Liotta, Bonanno y Licausi. Has sumado dos más dos. Has olisqueado una posible pista, una conexión entre esas cinco personas, y la estás siguiendo con ingenio e inteligencia. Y a tu manera, naturalmente. Lo que pasa es que es una vía que no me hace gracia.
—No eres el único. No le hace gracia al obispo Partanna, no le hace gracia al subsecretario Saccomanno…
—A mí no me hace gracia por otros motivos. A lo mejor en otros tiempos me habría gustado, pero ahora no.
—Te lo repito: ¿y yo qué quieres que haga?
—Puedes hacer muchísimas cosas. Y lo sabes.
—¿Por ejemplo?
—Montalbà, el otro día te propuse una solución que te pareció nada menos que ridícula.
—Perdona, a lo mejor me pasé.
—Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ofenderme. A mí nadie me ha dicho nunca que escribo cosas ridículas. Luego, pensando en la de años que hace que trabajamos juntos con cariño y sintonía, pasé página y pensé otro desenlace.
—Cuéntamelo.
—Con una condición: tienes que jurarme que lo escucharás con atención y no lo desecharás sin más.
—Muy bien. Te lo juro. Suéltalo.
—¿De viva voz? No, hombre, te lo mando por fax.
—¡¿Ya lo has escrito?! ¿Ya has escrito el final? ¿El final de un caso mío? Pero ¡cómo te atreves!
—Montalbà, no te me pongas nervioso y piensa un momento. Lo he escrito por comodidad, porque una cosa es reflexionar a partir de una página escrita una palabra detrás de otra y otra muy distinta debatir palabras dichas de viva voz que a lo mejor en el momento no salen como deberían o no son las que tendrían que haber sido. Y luego, a fin de cuentas, lo mío es una simple propuesta.
—Sí, aunque a la chita callando ya tienes preparadito el final.
—Montalbà, te doy mi palabra de honor. Lo tengo preparado, sí, pero aún no lo he servido en la mesa. Vamos a decidir juntos si puede utilizarse o no. No entiendo por qué te cabreas.
—Muy bien, mándame ese fax.
—¿Montalbano?
—A sus órdenes, señor jefe superior.
—Quería informarlo de que acaba de llamarme monseñor Partanna y hemos mantenido una larga conversación.
—¿Qué le ha dicho?
—¿No lo sabe? ¿Su excelencia ya no se comunica con usted?
—No.
—¿Su hermosa amistad se ha acabado?
—No ha existido nunca, señor jefe superior.
—Sea como sea, el obispo me ha dicho que está muy descontento con su forma de llevar la investigación.
—Perdone el atrevimiento, pero ¿monseñor Partanna maneja el Ministerio del Interior?
—No se haga el listo. Sabe perfectamente que en este país los sacerdotes lo manejan todo. Sin embargo, en este caso concreto el obispo tiene un motivo concreto: su sobrino Alfonso. Y me ha revelado algo que usted se ha encargado de ocultarnos con mucho esmero.
—¿El qué?
—Que el asesinado, Riccardo Lopresti, se acostaba con las mujeres de sus tres amigos. Lo sabía, ¿verdad?
—Sí.
—Montalbano, a lo largo de todos estos años en los que he ocupado la jefatura superior de Montelusa he hecho un verdadero esfuerzo para entender sus métodos. Y nunca lo he conseguido.
—Puedo explicarle sin ningún problema, señor jefe superior, que mis métodos…
—Estese callado y escúcheme bien. Esta vez ya me parece que está actuando de un modo realmente anormal, surrealista. Tiene ante usted un móvil perfecto. A Lopresti lo ha matado, sin duda, uno de los tres maridos. Y usted, en lugar de investigar en ese sentido, prefiere ir a detener a un ladronzuelo de gasóleo.
—Perdone, señor jefe superior, pero si resulta que, siguiendo su sugerencia, descubro que el asesino es Alfonso Licausi, el sobrino de monseñor Partanna, ¿cómo reaccionará, en su opinión, el obispo? ¿No hay peligro de que acuda a sus amigos romanos de las altas esferas y a usted y a mí nos manden a tomar por…?
—No sea vulgar, Montalbano. Estoy convencido de que su excelencia sabría afrontar la situación con dignidad, sin reaccionar de un modo inadecuado. Pero no se trata de eso.
—¿Y de qué se trata?
—De que su excelencia tiene la absoluta certeza de que su sobrino no ha sido ni el ejecutor material ni el instigador.
—¿Y de dónde saca esa certeza?
—Montalbano, su excelencia me ha dado a entender que se debe al secreto de confesión.
—Ah, ¿es el confesor de Licausi?
—No solo de Licausi, sino también de Liotta, Bonanno y Lopresti.
—O sea que puede decirse que monseñor Partanna está informado de los hechos. ¿Es así?
—¡No diga tonterías, Montalbano! ¡Aunque lo estuviera, es como si no lo estuviera!
—¿Por el secreto de confesión?
—Eso mismo. A su excelencia lo único que le preocupa es la salud de su hermana, la madre de Licausi, que sufre mucho al saber que su hijo es sospechoso de un crimen horripilante. Monseñor sostiene que no debería recrearse usted, ha dicho eso tal cual, «recrearse», deteniendo a ladronzuelos de medio pelo.
—Uf, tan de medio pelo no es el sujeto. ¿Sabe cuánto gasóleo ha…?
—Lo sé, lo sé. Mire, Montalbano, hay que salir de esta situación de alguna forma.
—Muy bien, mañana detengo a Bonanno o a Liotta y dejo a Licausi a un lado.
—¿Y cómo va a decantarse por uno o por otro?
—Echando una moneda al aire. Si sale cara voy a por…
—¡Montalbano, por el amor de Dios! Le doy dos días, ¿entendido? ¡Dos días!
—¿Y si en dos días no saco nada en limpio?
—El caso volverá a manos del dottor Toti. Adiós, muy buenas.
—A sus pies, señor jefe superior.
—¡Jefe! ¡Virgen santa, jefe!
—¿Qué pasa, Fazio? ¿Qué ha sucedido?
—Acaban de disparar a Milioto. ¡Delante de Manzella!
—¿Se lo han cargado?
—Sí.
Ahí estaba el cañonazo.
Claro que no era lo que esperaba el comisario, porque aquello, más que un cañonazo, era una bomba en toda regla.