Riccardino
Diecinueve
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Diecinueve
FAX 0922 885***
A la atención del comisario Salvo Montalbano
De parte del Autor
Querido Salvo:
Después de transcribir tu historia con bastante fidelidad hasta el asesinato de Milioto, me he visto obligado a añadir una especie de encabezamiento al fax que ya te había preparado y también a modificar el cuerpo del fax en sí, reduciéndolo a una especie de escaleta de un borrador de guion cinematográfico, algo completamente abierto a cambios, variaciones, sustituciones, etcétera.
Este es el encabezamiento:
En fin, estás sacando brillo a tu guiñol de siempre con los títeres de siempre. Y representas el refrito habitual de la relación entre mafia y política, sobre el que mis lectores empiezan a dar señales de cansancio más que justificadas. ¿Tú sabes cuántos me piden «una historia negra con garra» que sea eso y punto, es decir, sin sacar a colación la política o la mafia? Y además te pregunto una cosa: ¿estás seguro de que hoy en día te dejarían llevar hasta el final una investigación así? Voy a ponerte un ejemplo práctico que quizá sirva para hacerte entender lo que intento decirte. Hasta hace tres años, al enfrentarte a alguien como el subsecretario Arturo Saccomanno, un hombre con lazos muy estrechos con la mafia, que siempre conseguía que saliera elegido, eso lo reconozco sin ambages, podías, aunque fuera con ciertos problemas debidos a su condición de diputado, podías, repito, como comisario de policía, proceder a una investigación de cualquier tipo, con las prevenciones habituales y previsibles.
Sin embargo, hoy las cosas ya no son así, han cambiado radicalmente. ¿Cómo? Muy sencillo: a Saccomanno, antiguo miembro de la Democracia Cristiana que en el momento oportuno se subió al carro del partido que ostenta la mayoría parlamentaria, no solo lo han reelegido con un aluvión de votos, sino que con este Gobierno ha llegado a subsecretario, y de Justicia, para más inri. Vamos, que tiene «el poder» y lo ejerce.
Es cierto que ya lo tenía antes, pero era un poder limitado, me atrevería a decir que regional. Hoy, en cambio, si Saccomanno quiere, puede quitarte de en medio, no con una escopeta recortada (como quizá desearía en su fuero interno), sino con una ley hecha a medida que hace aprobar a sus compañeros de partido y a otros parlamentarios afines a sus huestes («huestes» no es la palabra adecuada, la tacho, ha sido un lapsus, la cambio por «filas»). Una ley que diga, por ejemplo, que todos los comisarios de policía que pasen de los cincuenta y cuatro años, teniendo en cuenta la larga y penosa actividad desarrollada, deben jubilarse con efecto inmediato. O, si no, te dejan vegetar dedicado a resolver robos de ganado, hurtos de poca monta y riñas, y te cortan las alas de forma inexorable cada vez que se te pone a tiro un caso más importante.
Puede que me equivoque, pero tengo ochenta años de experiencia a mis espaldas. Y creo que con mi final puede llover a gusto de todos.
Léelo sin prejuicios y estúdialo atentamente.
Y no hagas muecas mentales mientras lo lees.
¡Por el amor de Dios, que no estoy proponiendo trasladar la acción a la Edad Media, entre cantos gregorianos, códices iluminados y criptas, haciendo que de comisario de policía te conviertas en monje de clausura con vocación, qué sé yo, de capitán de justicia de la Sicilia normanda!
Quedo a la espera de tu respuesta.
A.
ESCALETA DEL POSIBLE FINAL
§ Milioto yace en el suelo, en un charco de sangre, alcanzado de pleno por dos disparos en la espalda, delante de la puerta de su domicilio. Montalbano llega mientras el hijo de la víctima consigue apartar a su madre y hacerla entrar en casa. Fazio llama al agente Manzella para que hable con el comisario. El agente, todavía muy alterado, cuenta lo sucedido. Ha seguido con su coche al de Milioto desde primera hora de la mañana, cuando se ha dirigido a la sede de la empresa de Li Puma. Al parecer, no ha encontrado a quien buscaba, ya que ha reaparecido casi al momento, ha vuelto a subir al coche y se ha ido a la mina Cristallo. De allí ha salido con un maletín y ha vuelto a su casa hacia las once. Ha aparcado el coche en el garaje (donde tiene las furgonetas) y se ha dirigido a la entrada de su domicilio. El garaje y el domicilio no están comunicados por dentro. En ese instante ha aparecido de repente un motorista con casco integral que se ha acercado a toda velocidad y le ha descerrajado dos tiros. Manzella ha visto caer a Milioto y se ha lanzado tras el agresor. En un momento dado, el motorista se ha visto obligado a frenar y el agente le ha disparado varias veces. Está convencido de haberle dado en un hombro. Sin embargo, el asesino ha conseguido huir de todos modos. La matrícula de la moto, de gran cilindrada, estaba tapada con un cartón. El maletín solo contiene efectos personales que Milioto guardaba en la mina.
§ Mientras llegan de Montelusa la científica, el forense y el fiscal y empiezan su trabajo, Montalbano se persona en la sede de la empresa de Li Puma.
Allí la secretaria del constructor le confirma que Milioto ha ido a verlo y que ya había telefoneado para preguntar por él, pero el señor Li Puma ha tenido que prolongar su estancia en Palermo.
—¿Ha informado al señor Li Puma de que el señor Milioto quería hablar con él?
—Por supuesto.
—¿Cuándo?
—La primera vez y luego todas las demás veces que ha llamado.
—¿Y Milioto ha dicho algo hoy cuando ha sabido que Li Puma aún no había vuelto?
—Sí —contesta la secretaria, ruborizándose.
—Repítame exactamente sus palabras.
—Me da vergüenza.
—No diga estupideces.
—Sus palabras han sido exactamente las siguientes: «Si habla con él, dígale que no voy a ser el único al que le van a dar por culo».
§ A continuación Montalbano sale disparado hacia la sucursal vigatesa de la Banca Regionale. Aún no han mandado a un nuevo responsable desde Palermo y el jefe de caja que ya conocemos, el dottor Sergio Caruana, sigue ejerciendo de director en funciones.
La conversación entre ambos tiene lugar en el despacho de la dirección. La puerta se cierra con llave.
—Si la memoria no me falla, en nuestro anterior encuentro me dijo que hace tres años Lopresti le había denegado un préstamo importante al constructor Salvatore Li Puma, pero que, tras dos llamadas telefónicas, una de la Dirección General y una del diputado Arturo Saccomanno, Lopresti tuvo que ceder. ¿Fue así?
—Sí.
—El otro día empleó un adjetivo curioso, ¿se acuerda? Me dijo que Lopresti estaba domesticado.
—Por supuesto que lo recuerdo.
—¿Por qué empleó ese adjetivo?
—Me salió de forma espontánea. Puede que por la conducta de Lopresti cada vez que Li Puma se presentaba en la oficina.
—¿Cómo era esa conducta?
—La primera vez, Lopresti lo trató muy mal, pero después de concederle el préstamo empezó a comportarse como si fuera su subordinado, servicial, solícito.
—¿Y Li Puma vino muchas veces?
—Unas cuantas. Ahora que lo pienso, vino también cuatro días antes de la muerte de Lopresti.
—¿Venía solo por motivos bancarios?
—No sabría decirle. Se encerraban siempre con llave aquí en el despacho de dirección, así que no puedo saber de qué hablaban, aunque creo que…
Caruana se interrumpe y vacila, se da cuenta de que lo que va a añadir es importante.
—… se habían hecho amigos.
—¿Por qué lo dice?
—Me los encontré una noche cenando juntos en un restaurante de Mondello. Lopresti iba con su mujer y Li Puma, con su amante. ¿La ha visto?
—No.
—Una rusa despampanante a la que le triplica la edad.
—¿Se percataron de su presencia?
—No creo.
—¿Podría haber sido una cena de trabajo sin más?
—No, en absoluto. Estaban bebiendo demasiado para hablar de trabajo. Y, además, era evidente que tenían mucha complicidad.
—Oiga, volviendo a las llamadas de la Dirección General y del diputado Saccomanno, me dijo usted que no estaba presente cuando se produjeron, pero que Lopresti se las refirió.
—Sí.
—¿No le parece raro que Lopresti le concediera una suma tan cuantiosa a Li Puma solo por dos simples llamadas de teléfono? Me explico: ¿por qué no se respaldó el préstamo con algo por escrito? Qué sé yo, una autorización formal, una carta de aval de la Dirección General… En el fondo, si se perdía ese préstamo, Lopresti arriesgaba mucho, quizá su carrera entera.
—En efecto, es raro.
—Ahora piénselo bien antes de contestar: ¿no podría ser que esas llamadas no llegaran a producirse, sino que fueran una invención de Lopresti para justificar delante de usted, y también de los demás trabajadores de la oficina, ese préstamo anómalo?
—Podría ser.
—Una última pregunta, a título personal: ¿por qué me ha contado todo esto?
—Comisario, ¿nunca se ha topado con una persona honrada?
§ Montalbano habla con Fazio. Está claro que Li Puma ha dado la orden de matar cuanto antes a Milioto, que no solo había cometido el error de ponerse en contacto con él, sino que había ido a su despacho a amenazarlo.
Y todo encaja: en cuanto su secretaria lo avisa de la visita de Milioto, Li Puma, desde Palermo, llama a Vigàta, al sicario. Mientras Milioto va a la mina, el sicario tiene todo el tiempo del mundo para organizarse e ir a esperarlo en las inmediaciones de su casa.
—En su opinión, jefe, ¿el sicario que ha matado a Riccardino y a Milioto es el mismo? —pregunta Fazio.
—No lo sé. El hecho de que en las dos ocasiones se haya utilizado una moto no indica automáticamente que exista vinculación entre los dos crímenes.
—¿Y ahora qué va a hacer, jefe?
—Voy a hablar con la viuda de Riccardino. Por lo visto, conocía a Li Puma. Tengo la impresión de que la alemana solo me ha contado de la misa la media. Y me interesa sonsacarle la otra mitad.
§ La barrera de la urbanización está bajada. Ettore Trupia se encuentra en su caseta. Ve llegar a Montalbano y acciona el botón para abrir, pero la barrera no se levanta porque no hay electricidad. Trupia se ve obligado a salir de la caseta para accionar la apertura manual. Va de uniforme, con cara de pocos amigos y lleva el pedazo de revólver metido en la cartuchera. Curiosamente, no consigue abrir. Montalbano baja del coche para ayudarlo y se percata de que Trupia está sudado, alterado, nerviosísimo. Y entonces se fija en algo raro: el vigilante no utiliza la mano derecha, tiene todo el brazo inmóvil y pegado al costado. Por fin se levanta la barrera, Montalbano vuelve al coche y llega frente a la casa de los Lopresti.
En la puerta lo espera la señora Else, como siempre muy desaliñada.
—Ettore me ha avisado de su llegada.
Sin que ella lo vea, Montalbano ha sacado el revólver de la guantera y se lo ha metido por la cintura del pantalón.
§ —Señora, ¿qué tipo de relación mantiene con el constructor Salvatore Li Puma?
Es una pregunta muy sencilla, pero directa, de modo que Else, que sin duda esperaba oír algo muy distinto, se sorprende y se queda pálida.
—N… No, ninguna, aunque lo he oído mencionar. Es cliente de mi marido, del banco.
—Es decir, ¿en persona no lo conoce?
—No.
—O miente o tiene mala memoria.
Montalbano es casi brutal. A estas alturas sabe que va por buen camino y no le apetece perder el tiempo.
—La han visto cenando, en Mondello, junto a su marido, Li Puma y su amante rusa.
—¡¿A mí?!
—Sí. Hay un testigo fiable.
—Se equivoca.
—Señora, ¿por qué quiere negar la evidencia? Haber cenado con Li Puma no tiene nada de malo.
—Es que nunca he cenado con él.
Montalbano intuye entonces que esa negación absurda debe de ocultar, a la fuerza, algo gordo. Y se pone aún más duro.
—Acompáñeme a comisaría ahora mismo.
—¿Por qué?
—Para organizar un careo con el testigo que la vio aquella noche con Li Puma.
En ese momento, la viuda se pone a llorar. Es un llanto enérgico, desesperado y liberador al mismo tiempo.
—¡No puedo más! ¡No puedo más!
Y Montalbano dispara:
—Señora, ¿mandó matar a su marido?
—No. ¡Yo lo quería! ¡A pesar de sus engaños continuos, lo quería! ¡Esperaba que me mantuviera a su lado para siempre!
—¿Fue usted quien mandó a la funeraria aquella cajita…?
—Sí. ¡Para que tuviera algo mío en la tumba!
—Voy a hacerle solamente una pregunta concreta: ¿sabe quién mandó matar a su marido?
—Sí.
—Fue Salvatore Li Puma, ¿verdad?
—Sí.
La señora se ha quedado completamente deshecha, se ve incapaz de oponer resistencia a las preguntas de Montalbano.
—¿Cómo puede estar segura?
—Me lo dijo el propio Li Puma. Nos veíamos, pero fuera de Vigàta. Mi marido no quería habladurías. Quince días antes de la muerte de Riccardino, Li Puma vino a verme aquí cuando estaba sola. Me dijo que tenía la certeza de que Riccardino se acostaba con Irina, su amante. Me mandó advertirlo de que tenía que cortar aquella historia de raíz o pagaría las consecuencias. Se lo conté todo a Riccardino, pero se echó a reír. Y la cosa acabó como acabó.
—¿Sabe por qué se veían su marido y Li Puma?
—Porque Li Puma suministraba cocaína gratis a todo el grupito: Riccardino, Mario, Gaspare, Alfonso y sus respectivas mujeres. No podían pasar sin droga.
—¿Cómo se la entregaba?
—Utilizaba al camionero ese que han matado, Milioto, que la llevaba a la mina, donde alguno de los amigos de Riccardino…
—Un momento, señora. ¿Usted cómo se ha enterado de que han matado a Milioto? Ha sucedido hace muy pocas horas y las televisiones locales aún no han dado la noticia.
La señora no contesta, llora convulsamente. Montalbano explota, comprende que es el momento indicado, se pone casi violento.
—¿Usted sabe quién disparó a su marido?
Ninguna respuesta. Montalbano la coge por los hombros, la sacude.
—¿Fue la misma persona que ha matado a Milioto?
—Sí —dice una voz a la espalda del comisario.
En la puerta de la habitación está Ettore Trupia con su gran revólver en la mano izquierda. Ahora se ve claramente que tiene la manga derecha empapada de sangre. Uno de los disparos de Manzella ha alcanzado el objetivo. Montalbano no se sorprende. Es más, tiene una sonrisilla en los labios.
—Te esperaba —le dice al vigilante—. He visto que estabas herido cuando has levantado la barrera y entonces he sumado dos más dos. ¿Puedo darme la vuelta?
—No.
Sin embargo, la mano de Montalbano ya ha alcanzado la culata del revólver. Lo empuña y dispara por encima del hombro, sin mirar. Trupia dispara a su vez y sale corriendo. El comisario se dispone a perseguirlo, pero cuando aún está en la puerta lo detiene un quejido. Trupia ha alcanzado por error a la señora Else. Montalbano vacila un momento, se acerca a la mujer y se da cuenta de que la herida no es muy grave.
—Llame a una ambulancia.
Y prosigue la persecución. Se produce una escena casi de película del Oeste. Los dos hombres intercambian tiros parapetándose detrás de los árboles. Montalbano salta dos o tres cercas como si estuviera disputando una carrera de obstáculos, apuntando con nervios de acero. Se aproxima mucho a Trupia, que está aterrado y dispara de forma mecánica. En un momento dado, su revólver emite un chasquido. Se ha quedado sin balas. Montalbano se acerca.
—Abre la boca.
El otro obedece y el comisario le mete el cañón en la boca y aprieta el gatillo. Su revólver también emite un chasquido.
Mientras Trupia cae desmayado al suelo, Montalbano dice:
—Yo, a diferencia de ti, cuento los disparos.
§ Hay un último encuentro entre Montalbano y el obispo, que reconoce, por descontado con frases tortuosas, que estaba convencido de que su sobrino Alfonso Licausi era quien había matado a Riccardino por la aventura que mantenía con Maria. Y por eso había intervenido y había solicitado a Montalbano que cumpliera con su deber, pero con compasión y comprensión.
Mándame por fax todas tus observaciones, así lo estudiamos con un papel delante, y no con palabras que se lleva el viento.
Espero tus noticias con impaciencia.
A.
FAX 06 9944***
A la atención del Autor
De parte de Salvo Montalbano
He leído y releído la escaleta no porque buscase algo que modificar, sino porque no me creía lo que veía. ¿Cómo se te ocurre proponerme una porquería de ese calibre? La historia no se sostiene, está llena de incongruencias y por momentos incluso cae en el ridículo. ¡Y el pasaje en el que le pregunto a la señora Else si el vello púbico del féretro era suyo te lo puedes quedar para ti para siempre! ¡Anda ya! Con este final que has mandado no es que llueva a gusto de todos, como decías: llueve única y exclusivamente a tu gusto. El subsecretario Saccomanno prácticamente desaparece, el mafioso Li Puma mata porque le han puesto los cuernos y el obispo solo se preocupaba por la suerte de su sobrino adorado (el cual, por cierto, según has escrito, es un cocainómano degenerado cómplice de Milioto). Entiendo que a tu edad ya no quieras líos, embolados ni críticas, pero ¡todo tiene un límite! Yo, personalmente, no puedo superarlo. ¡Por no hablar de la escenita de película del Oeste! ¡Me pongo a saltar vallas como creo que hacía el actor del anuncio del aceite Cuore (¿o era el aceite Sasso?)! Y, hablando de actores: lo de la peli del Oeste le pega mucho más al personaje televisivo que a mí. ¿Qué pasa? ¿Empiezas a confundirnos? ¿Y luego vienes a tocarme los cojones a mí con lo del doble?
Querido Autor mío, creo que con esta historia se ha ensanchado la brecha que ya existía entre nosotros desde hacía un tiempo, una brecha que hace cada vez más difícil cualquier tipo de colaboración futura. No sé qué ha pasado, no creo que se trate solo de cansancio recíproco, pero me parece que será muy difícil volver a pegar los pedazos.
Y, además, me (y te) pregunto: ¿todavía vale la pena?
SALVO