Riccardino

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Veinte

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Veinte

—Me gustaría decirle de antemano, dottor Tommaseo —empezó Montalbano— que he llegado a la conclusión de que el asesinato del dottor Lopresti ha sacado a la luz una organización criminal o, mejor dicho, una asociación para delinquir encaminada a…

Tommaseo miró al comisario completamente atónito. Y levantó una mano para detenerlo.

Eran las diez y media de la noche, pero Montalbano había insistido tantísimo que el fiscal se había visto obligado a recibirlo a deshora, en su domicilio de Montelusa. Estaba claro que, ante la visita inminente, Tommaseo, que no estaba casado, había tratado de poner orden en su despacho a toda prisa, aunque sin conseguirlo; es decir, había intentado esconder detrás de años y años de ejemplares encuadernados de la Gaceta Oficial, Leyes y Decretos y La Balanza de la Justicia, otras publicaciones menos austeras del estilo de Playmen, Penthouse o Playboy. Por un momento, Montalbano se distrajo mirando la fotografía de un culo femenino desnudo que un grueso tomo titulado Delitos contra el sentido común del pudor no lograba tapar.

—Perdone, comisario, pero no entiendo qué está diciendo. De acuerdo con sus propias indicaciones, me he dedicado a interrogar a fondo, pero a fondo de verdad, sabe, a las dos mujeres que me indicó, las cuales…

Se interrumpió. Tal vez por el recuerdo del interrogatorio de las dos mujeres, hecho «a fondo de verdad», le brillaron los ojos, se relamió, tragó saliva y le asomó una franja de sudor debajo de la nariz. Siempre que interrogaba a alguna chica guapa, Tommaseo disfrutaba como si la tuviera a su lado en la cama.

—… no han tenido empacho en reconocer sus relaciones adúlteras con Lopresti. Por iniciativa propia he convocado además a la señora Ida, la mujer de Gaspare Bonanno, y también ella ha reconocido haber mantenido encuentros sexuales con Lopresti, el cual, por lo visto, era un sujeto con suerte que no dejaba pasar ninguna oportunidad. Usted, que sin duda habrá tenido ocasión de conocerlo en el transcurso de la investigación, desde luego coincidirá conmigo en que…

—No he tenido ocasión de conocerlo —replicó Montalbano.

—¿Ah, no? En fin, si hubiera podido no digo ya interrogar, sino solo conocer a esas tres espléndidas jovencitas, Ida, Maria y Adele, si las hubiera visto apenas, ahora no estaría aquí hablándome de una organización criminal o una asociación para delinquir…

—¿Y de qué le hablaría?

Dottor Montalbano, el asunto es sumamente sencillo. Estas tres señoras engañaban a sus maridos con Lopresti. Y entonces uno de los tres, o puede que los tres en comandita, eso aún está por ver, decidió encargar que lo mataran. ¡Es de lo más evidente!

¿Y ahora cómo iba a quitarle de la cabeza a aquel hombre la idea del homicidio por cuernos?

Por otro lado, había sido precisamente él quien lo había puesto sobre esa pista. Quizá había llegado el momento de recurrir a la adulación.

Dottor Tommaseo, usted que tiene un profundo conocimiento del espíritu femenino…

A decir verdad, el fiscal se centraba en otras partes más tangibles de las hembras, pero la frase de Montalbano surtió efecto.

—Bueno, modestamente —dijo, sonriendo complacido.

—… ¿no se ha preguntado cómo es posible que estas tres mujeres, que han estado una tras otra con Lopresti y que luego se han visto abandonadas y recuperadas por su amante en función de sus caprichos momentáneos, no hayan reaccionado nunca en modo alguno a ese tira y afloja, hayan seguido siendo amigas y ni siquiera hayan discutido? ¿No le parece un comportamiento cuando menos anómalo?

—Bueno, sí —reconoció Tommaseo—. Y se lo he señalado.

Tragó cuatro o cinco veces seguidas la saliva que se le había acumulado en la boca.

—Cada una a su manera —continuó—, las señoras me han explicado que Lopresti era un hombre… Ejem… Más que dotado. ¿Me explico? ¡Dotadísimo! ¡Insaciable! ¡Un auténtico gimnasta del sexo!

Soltó un suspiro largo y desconsolado. ¿Envidia? ¿Comparaciones amargas? ¿Complejo de inferioridad? ¿Autoconmiseración? Al cabo prosiguió:

—Y me han dicho que consideraban todos los encuentros con Lopresti como una especie de… De gratificaciones. De paréntesis en la rutina de la vida matrimonial. Y han hecho hincapié en que no se trataba de amor, no eran relaciones en las que intervinieran los sentimientos, sino sexo puro y duro. Una cosa informal.

—¿Les ha preguntado si sus maridos estaban al tanto de esas actividades informales?

—Han contestado lo mismo: que no. O si lo sabían, disimulaban, añado yo. Y eso, en mi opinión, continuó hasta que uno de los maridos se enteró o se cansó de fingir que no estaba al tanto. Ah, me olvidaba: las tres señoras han negado el asunto del vello púbico. Habrá que investigar esa cuestión más a fondo —dijo con los ojos fuera de las órbitas.

Montalbano, que ya estaba hasta la coronilla, decidió entrar al ataque:

Dottor Tommaseo, los cuernos no tienen nada que ver, pero aquí todo el mundo está haciendo todo lo posible y más para hacernos creer que se trata de la venganza de un marido engañado. Me parece que hasta el asunto del vello púbico es una maniobra de distracción.

—Perdone, Montalbano, pero me han informado de que incluso su excelencia el obispo Partanna, que tiene a un sobrino, Alfonso Licausi, implicado en el caso, se inclina por el homicidio por celos.

—¡El obispo sabe perfectamente que la cuestión tiene mucho más alcance y trata de limitar los daños! No quiere que estalle un escándalo más clamoroso y punto. Además, sabe que a Lopresti no puede haberlo matado su sobrino, de modo que no pierde nada poniéndonos sobre la pista de un homicidio por cuernos. Pero las cosas, créame, no son como quieren hacernos creer. Para empezar, yo llegué enseguida al lugar de los hechos y le aseguro que la conmoción de los tres amigos era auténtica. Luego, en comisaría, hubo cierta tensión entre ellos, debida a algo que en aquel momento no entendí, pero que ahora puedo explicarme: les entró miedo de que el asesinato de Lopresti pudiera sacar a la luz la historia en la que estaban implicados. Y, en efecto, podría suceder.

—Así que ha cambiado usted de opinión. Primero, su informe apuntaba hacia la venganza. Ahora viene a decirme que no se trata de cuernos —dijo Tommaseo con cierta desilusión—. ¿Está seguro?

—No tengo ninguna certeza. Puedo conseguirla solo con su ayuda.

—En ese caso, dígame en qué está pensando.

—Como ya sabe, han matado a un tal Milioto que trabajaba de camionero en la mina Cristallo. Milioto…

—… se dedicaba a robar gasóleo, ya lo sé. Siga.

—Bueno, se trata de lo siguiente: no podría haberlo hecho sin cómplices en las oficinas de la empresa. Y esos cómplices llevan por nombre Licausi, Bonanno y Liotta.

El fiscal Tommaseo soltó una carcajada entrecerrando mucho los ojos.

—¡Ji, ji! ¿Y se repartían el botín? ¡Venga ya, Montalbano! ¿Usted cree que necesitaban esa miseria? —preguntó sin dejar de reír.

—Se repartían otros ingresos que le diré dentro de un momento. ¿Puedo continuar? Hace unos años, Milioto pidió un préstamo al banco de Lopresti. Lo obtuvo con el aval de Licausi, Bonanno y Liotta, que solo se molestaron en hacer una cosa así esa vez, cuidado, jamás con otros camioneros o empleados de cualquier tipo. En resumen, no eran dados a las obras de caridad. Si lo hicieron fue porque no tenían más remedio.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que entre los tres trabajadores de la mina y Milioto había algún tipo de vínculo inexplicable. Eso es innegable. Y cuando el camionero empezó a robar combustible los tres fingieron que no se enteraban de nada. Es más, estoy convencido de que amañaron las cuentas. Así pues, la pregunta que me planteo es la siguiente: ¿qué mantenía unidos a los cuatro? No eran amigos de Milioto, no socializaban con él. ¿Quizá el camionero estaba en disposición de chantajearlos? Y luego lo han matado después de que lo apartaran de su puesto de trabajo.

—¿Eso qué tiene que ver?

—Mucho, dottore. Porque Milioto había acudido a la empresa de un constructor implicado con la mafia y el tráfico de drogas, un tal Salvatore Li Puma, después de haberlo telefoneado varias veces infructuosamente. Entonces, al no encontrarlo tampoco en esa ocasión, ha dicho exasperado que avisaran a Li Puma de que no quería ser el único que pagase. Al cabo de dos horas lo han matado. Eso significa que entre Milioto y Li Puma había otra relación inexplicable.

—¿Y?

—Luego me he acordado de una cosa que me dijo el jefe de caja de la Banca Regionale, Sergio Caruana: poco después de que nombraran director a Lopresti, Li Puma fue a pedirle un préstamo millonario. En un primer momento se le denegó, pero más tarde Lopresti acabó «domesticado», ese es el adjetivo que ha empleado Caruana, gracias a dos llamadas telefónicas, una de la Dirección General de Palermo y la otra del diputado Arturo Saccomanno.

Tommaseo pegó un saltito en la silla y puso los ojos como platos.

—¿Saccomanno, el subsecretario de Justicia?

—Sí.

El fiscal sacó un pañuelo del bolsillo y se lo pasó por la frente, de repente cubierta de sudor.

—Tras esas dos llamadas indemostrables, y sin ningún papel de por medio, Lopresti concedió el préstamo millonario. Creo que ese día se cerró el pacto entre los dos.

—¿Qué pacto?

—Resulta, dottore, que para alguien como Li Puma, sobre quien, como le confirmarán en jefatura, recae la sospecha de ser un gran importador de droga, el problema estriba en encontrar continuamente nuevos sistemas para transportar grandes cantidades de mercancía. Li Puma está al tanto desde hace tiempo de la amistad que une a Lopresti con los tres trabajadores de la mina. Se presenta en la sucursal bancaria y solicita un préstamo considerable. Me imagino que en realidad necesita el dinero para comprar más droga. Cuando Lopresti se lo niega, Li Puma hace intervenir a sus amigos: a alguien de la General y al diputado Saccomanno. Entonces Lopresti se ve obligado a recibir al constructor, que le propone el pacto. El otro le da vueltas y al final acepta.

—Pero ¿en qué consiste ese pacto, Montalbano?

—Li Puma propone a Lopresti entrar en el cartel, le habla de enormes beneficios. Y añade que es indispensable que Bonanno, Licausi y Liotta también estén implicados.

—¿Por qué?

—Porque la mina y el transporte de sal son la clave del plan de Li Puma. A lo mejor le queda más claro si le cuento cómo funcionaba todo. De algún modo, la mercancía, camuflada de distintas formas y trasladada como mínimo de medio kilo en medio kilo, se hacía llegar a uno de nuestros tres amigos de la mina. Creo que tenían organizada una rotación para no despertar sospechas. Licausi, al hacer el control diario de los camiones, metía la droga en el de Milioto. He examinado el piso: en un rincón hay una especie de cuadrado, cuyos bordes apenas sobresalen, que puede desaparecer debajo de una de las tablas. En ese hueco se metía la droga. Luego todo quedaba sepultado, literalmente, por la sal a granel. Milioto llegaba con el camión a Vigàta, a Siculsal, descargaba, sacaba la droga y se la entregaba a un empleado a cargo de la máquina envasadora de la nave. Ese individuo la tramitaba como si se tratara de sal y marcaba de algún modo el paquete, que se enviaba con los demás. Ingenioso, ¿verdad?

—Sería ingenioso si pudiera demostrarse —dijo Tommaseo, dubitativo.

—Si usted quiere, puede demostrarse —replicó Montalbano.

—¿Cómo? Quizá la científica podría examinar ese hueco del piso del camión y ver si…

—Ya lo he comprobado. Lo han limpiado escrupulosamente. Pero hay otra posibilidad. Intervenimos el teléfono de todos. Con ese sistema…

Esa vez, Tommaseo estuvo a punto de caerse de la silla del brinco que dio.

—¡Alto, Montalbano, alto! ¡Por el amor de Dios! Pero ¡qué dice! ¡Qué cosas se le ocurren! ¡Y justo ahora! ¿Es que no lee la prensa? ¿No ve la televisión? ¿No sabe que el presidente del Consejo de Ministros en persona está preparando una ley que limita, y mucho, las escuchas telefónicas? ¡Y usted viene a proponerme precisamente eso! ¡Con Saccomanno de por medio! No, Montalbano, ni hablar del peluquín.

—¡Si el otro día me autorizó la escucha de los teléfonos de Milioto!

—El otro día fue el otro día. El presidente aún no había…

—Pero ¡con eso me bloquea la investigación!

—Lo siento, pero yo no firmo más autorizaciones de escuchas telefónicas. Busque otro sistema.

—Bueno, me imagino que podría intentar una inspección patrimonial de Licausi, Bonanno, Liotta y Lopresti.

—¿Al objeto de qué, Montalbano? ¿No se da cuenta de que no tiene nada concreto? ¡Nada! ¡Ni una sola pista tangible! ¡Ninguna prueba! ¡Solo sospechas, suposiciones, hipótesis que no se sostienen ni sobre una tela de araña! ¡Seamos serios!

—Se podría hacer un registro de la nave de Siculsal, quizá se…

—A estas alturas, si las cosas son como me ha dicho, ya se habrán deshecho de todo. Montaríamos un buen jaleo en vano. A mí no me van los juegos de azar, ¿sabe? No tengo intención de poner en peligro mi carrera sin ton ni son. ¡Porque en un caso como este uno se juega la carrera si da un paso en falso! ¡Y, mientras tanto, tomo nota de que todavía no me ha dicho quién mató a Lopresti ni por qué!

—Puede que se hubiera convertido en un estorbo. Una vez puesto en marcha el engranaje, resultaba una figura inútil. Y no se dio cuenta. Puede que se excediera en sus exigencias a Li Puma, como ya le había pasado con sus cómplices, obligados a desempeñar el papel de cornudos anuentes. Y sus mujeres, al acostarse con él, mezclaban lo útil con lo placentero. Hasta que un día el señor constructor se cansaría y le daría a Milioto, o a quien fuera, la orden de quitarlo de en medio. Y a Milioto lo han matado a su vez porque sabía demasiado y, después de la detención y de la suspensión de empleo, había perdido el control y amenazaba con comprometer a Li Puma, Bonanno, Licausi y Liotta.

—¡Más hipótesis, Montalbano!

—Mire, dottore. Cuando fui a interrogar a la viuda de Lopresti caí en una especie de encerrona preparada por el cuñado de esa señora, que es el vigilante de la urbanización donde vive y que no me había reconocido. Era evidente que estaban alerta. Temían que Li Puma quisiera eliminar a la viuda, que desde luego estaba al tanto de todo.

—¡Simples conjeturas! En vez de parlotear, deme una base sólida, por muy pequeña que sea, que me permita moverme.

—¡Eso es absurdo, dottor Tommaseo! ¡Me pide pruebas sin darme la posibilidad de conseguirlas!

—Montalbano, actúo de acuerdo con las normas. No depende de mí. Y en consecuencia me veo obligado a negarme, sin reservas, a todas sus peticiones.

Se levantó. El comisario lo imitó. No tenían nada más que decirse.

—Le tiene mucho apego a su culo, ¿verdad, dottor Tommaseo?

El fiscal se quedó mirándolo y, en lugar de enfadarse, le contestó con toda la frialdad del mundo:

—Usted no sabe perder.

—Se equivoca. Lo que pasa es que, cuando sucede, me cabreo.

Mientras metía la llave en el ojo de la cerradura, oyó que sonaba el teléfono.

A esas horas de la noche, solo podía ser Livia. Corrió. Necesitaba oír su voz, al menos, pero…

—¿Montalbano? Al habla el jefe superior. Disculpe que me vea obligado a telefonearlo a su casa a esta hora tan intempestiva, aunque…

—No se preocupe, señor jefe superior. Dígame.

—Quería decirle que hace un momento he recibido una llamada alarmada y alarmante del dottor Tommaseo. Y al acabar la conversación reconozco que comparto su desasosiego.

—¿El mío o el de Tommaseo?

—El de Tommaseo, naturalmente. Usted, querido Montalbano, puede que esté demasiado cansado, demasiado fatigado. En consecuencia, he decidido volver a asignarle el caso al dottor Toti. De hecho, creo que ya se lo había advertido.

—Sí, me lo había advertido.

—Añado, Montalbano, y no sé si le va a hacer gracia o no, que he llamado de inmediato al dottor Toti para decirle que siga las indicaciones contenidas en el fax que le he reenviado.

—¿Qué fax, perdone?

—¡Pues el que le ha enviado el Autor a usted! Me lo ha mandado.

—¡¿El Autor?! ¡¿A usted?!

—Sí, a mí. ¿A qué viene tanta sorpresa? ¿Se olvida de que yo también soy uno de sus personajes?

Ni se acercó a la cama, se quedó sentado en el banco del porche mirando cómo iba cambiando el color del mar a medida que se insinuaba la luz del día. De vez en cuando le entraban ganas de escupir.

Notaba en la boca un regusto a mantequilla rancia y a pescado podrido.

«A lo mejor es el sabor de la derrota», se dijo.

A pesar de que la noche era fresca, no tenía frío, porque la sangre que corría por sus venas estaba recalentada.

En un momento dado notó que tenía fiebre, pero no se preocupó. Aquella alteración no se debía a nada relacionado con el cuerpo, sino que surgía de todo lo que le estaba pasando por la cabeza, que lo llevaba a una única conclusión posible.

Pensó en Livia, en Fazio, en Mimì Augello y en Catarella, y se le hizo un nudo en la garganta. Entonces se permitió el lujo de una lágrima.

La última la había derramado al recibir la noticia de una muerte. Y también aquello, si lo pensaba detenidamente, era como una muerte.

Luego se secó los ojos y, con la misma mano, moviéndola muy despacito de izquierda a derecha, trató de borrar el paisaje como si estuviera delante de una pizarra.

Y vio que, para su sorpresa, lo conseguía: por la izquierda, el horizonte se había quebrado, estaba hecho pedazos, como una hoja mal arrancada de un cuaderno.

De un pesquero que navegaba a lo lejos ya solo se veía la mitad, la parte de la proa había desaparecido y poco a poco el barco seguía avanzando y al superar el borde recortado se desvanecía, se disolvía.

Siguió borrando poco a poco.

Quería llevarse consigo aquel paisaje, no podía permitir que lo disfrutara nadie más.

Y así, progresivamente, desaparecieron la playa, el mar y el cielo.

Al final solo quedó ante él una página en blanco.

Entonces comprendió lo que le quedaba por hacer.

Este es el contestador automático del Autor. No estoy en casa. Deje un recado con su número de teléfono después de la señal acústica y le devolveré la llamada.

Montalbano al aparato. En vista de que, después de más de una década, nuestra colaboración se ha ido al garete, se ha deteriorado hasta el punto de que has condicionado a otro personaje, el jefe superior, para que no me permitiera resolver el caso a mi manera, he tomado una decisión. Si me sustituyes al frente de las investigaciones, es que me estoy convirtiendo en un peso muerto.

Así pues, me voy. Por voluntad propia. No pienso darte la satisfacción de que seas tú quien me elimine de una forma u otra. Soy yo el que quiere desaparecer. He descubierto que es fácil. A partir de este momento empiezo a borrarme. Es cuestión de un momento. Ya empiezo a dejar de existir, noto que pierdo rá… pida… mente pe… so y vo… lumen, em… empi… ezan a fal… tarme las… las pa… pa… labras.

No sé si pu… edo

se… guir ha… blando… y…

a… diós

n o m e

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