Riccardino
Dos
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Dos
Una vez más, Liotta fue quien se encargó de contestar:
—Dottore, éramos amigos del alma de Riccardino, aunque no podemos decir lo mismo de Else, su mujer.
—¿No congenian con ella?
—Se lo digo sin tapujos: ha hecho todo lo que estaba en su mano y más para separarnos de Riccardino, para romper una amistad maravillosa. Maledicencias, insinuaciones, falsedades… Aunque por suerte no lo ha conseguido.
—¿Y por qué motivo ha hecho eso?
—¡Ay, por qué motivo! Nunca hemos llegado a enterarnos. Si hasta nuestras mujeres han intentado acercarse a ella, pero Else siempre se ha mostrado firme en su postura. No ha habido forma. ¿Sabe usted que Riccardino, pobrecillo, para poder quedar con nosotros a veces se veía obligado a inventarse excusas como si tuviera una amante?
—A lo mejor era cosa de celos —intervino Gaspare Bonanno—. Puede que no soportase nuestra amistad porque se sentía excluida.
—¿Tienen hijos?
—¿Else y Riccardino? No —respondió el propio Bonanno.
—¿Esta mañana adónde pretendían ir?
La palabra pasó de nuevo a Mario Liotta:
—Como hoy es fiesta…
Montalbano se sorprendió.
—¿Es fiesta? ¿Qué fiesta?
—Todos los Santos, dottore.
¿Por qué esa dichosa profesión no le dejaba pasar ni un festivo en paz? Le hizo un gesto a Liotta para que continuara.
—Teníamos prevista una larga caminata hasta el monte Lirato. Unas seis horas entre ida y vuelta. Íbamos a comprar unos bocadillos por el camino. Habíamos quedado a las cinco menos cuarto delante del Bar Aurora. Por lo general somos muy puntuales.
—¿Por qué se habían citado justo ahí?
—Porque nos queda más o menos a la misma distancia a todos. Y, como no llevábamos coche, para llegar era…
—Así que no era la primera vez que se citaban delante de ese bar.
—Comisario, hace ya tiempo que es nuestro punto de encuentro habitual, nuestro campamento base.
—¿Quién estaba al tanto de la excursión?
—Pues… nuestras mujeres, naturalmente.
—¿Y nadie más?
—Lo sabía todo el mundo, dottore. Ayer, por ejemplo, se lo contamos a los amigos del polideportivo. ¿Por qué íbamos a mantener en secreto una caminata de lo más normal?
—Cuénteme qué ha sucedido esta mañana.
—Gaspare y yo nos hemos encontrado en la via Bixio y en cuanto hemos cogido la via Rosolino Pilo hemos visto que Riccardino se nos había adelantado. Nos hemos puesto a charlar.
—¿Recuerda de qué?
—Uf… Nos preocupaba el tiempo. Yo creía que iba a llover, pero Riccardino era optimista y decía que iba a hacer un día estupendo. En un momento dado, como Alfonso se retrasaba, Riccardino lo ha llamado y Alfonso le ha contestado que tardaría como mucho un cuarto de hora.
Alfonso Licausi dio un saltito en la silla, levantó la cabeza de repente y miró a Liotta atónito, pero no abrió la boca.
Esa reacción provocó que a Montalbano le sonara una alarma en la cabeza: ¿por qué no había dicho que Riccardino no lo había telefoneado? Habría sido el acto reflejo más natural, pero lo había reprimido. En consecuencia, el comisario se convenció de que, por el momento, lo mejor era no revelar lo que había sucedido en realidad.
—Ha dicho que el señor Licausi ha llegado tarde. ¿Qué retraso llevaba cuando Riccardino lo ha llamado?
Se miraron los tres para consultárselo con rapidez.
—Unos diez minutos —contestó Liotta en nombre de todos.
Encajaba. En efecto, la llamada de Riccardino lo había despertado poco antes de las cinco.
—Cuando ha telefoneado, ¿han oído lo que decía?
—Ya sabe lo que pasa cuando se habla por el móvil, dottore, que uno se aparta. Para llamar, Riccardino se ha alejado de nosotros unos cuantos pasos, ha bajado de la acera y ha llegado casi a la mitad de la calzada. Lo oíamos hablar, pero no hemos entendido lo que decía.
—Díganoslo usted, señor Licausi —pidió el comisario, poniendo cara de angelito inocente.
—No sé de qué están hablando mis amigos. Quiero que conste que no he recibido ninguna llamada de Riccardino —contestó con firmeza el interpelado, que se había quedado más blanco que un muerto.
—Pero ¡¿qué dices?! —gritó Liotta, entre sorprendido y furioso—. ¿A qué viene eso? ¡Riccardino nos ha dicho que había hablado contigo! ¡Nos ha repetido lo que le habías dicho! ¿Es verdad o no, Gasparì?
—Es verdad —confirmó Bonanno, igual de extrañado.
—¡Os digo que conmigo no ha hablado y tenéis que creerme! —insistió Licausi, alterado, levantando la voz. Y acto seguido, como si se le acabara de ocurrir algo, añadió—: ¿Por qué queréis implicarme?
Ay. En primer lugar, de forma instintiva habían dejado de hablar en italiano y se habían pasado al vigatés, lo que sin duda quería decir que la segunda era su lengua de trato habitual. En segundo lugar, ¿en qué no quería Licausi que lo implicaran y por qué le daba miedo que sus amigos quisieran tenderle una trampa?
—Calma, calma —dijo Montalbano, fingiendo que no entendía lo que pasaba—. No pretendo implicarlo en nada en absoluto.
Licausi ni siquiera lo miró. Se quedó callado y clavó los ojos en el suelo.
—Prosiga, señor Liotta.
—Mientras Riccardino llamaba, ha llegado por la via Bixio una gran motocicleta. La llevaba un tío con casco integral.
—Era una Yamaha 1100 de calle —intervino Gaspare Bonanno.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó el comisario, que no entendía absolutamente nada de motos.
—Es una moto muy potente, casi igual que las de competición, muy difícil de manejar. Además, no creo que por aquí se vean muchas así.
—Sigamos.
—El hombre de la moto ha parado a la altura del bar y ha dejado el motor encendido. He supuesto que iría a por tabaco de la máquina, a la que se accede desde la calle aunque el bar esté cerrado. Ha apoyado un pie en la acera, se ha quitado los guantes y ha metido una mano en la cazadora.
Montalbano lo miró con gesto de admiración.
—Lo felicito. Cuesta encontrar testigos que tengan un recuerdo tan detallado de un delito de sangre.
—Según mis amigos, tengo mucha memoria visual. En ese momento, Riccardino, que seguía en mitad de la calzada, nos ha dicho en voz alta que Alfonso tardaría un cuarto de hora. Gaspare y yo nos hemos vuelto hacia él, así que hemos dejado de mirar al motorista. Y… hemos visto caer al suelo a Riccardino.
—Ese es un aspecto importante para la investigación —dijo el comisario—. ¿Cuánto tiempo ha pasado entre el final de la llamada y el homicidio de Riccardino?
La respuesta de Liotta fue inmediata:
—Pocos segundos, creía que ya se lo había dicho. Riccardino acababa de decirnos lo que le había contestado Alfonso.
En su fuero interno, Montalbano dejó escapar un suspiro de alivio. La pregunta que había formulado no era importante para el caso, sino para su conciencia: le había entrado la duda de si Riccardino había muerto porque él, Montalbano, le había dicho que se quedase allí a esperarlo. Pero no, el asesino ya había llegado antes de eso, estaba preparado y habría disparado aunque él le hubiera dicho a Riccardino que se había equivocado de número.
—¿No han oído los disparos?
—No, qué va. El motor de la moto parecía una ametralladora pesada… Era imposible distinguir nada.
—¿Y luego qué ha pasado?
—El de la moto se ha largado a toda pastilla, quemando rueda. Ha pasado tan pegado a la acera que yo, que estaba justo en el bordillo, he alargado los brazos instintivamente para apartarlo y he llegado a rozarlo con las manos.
—¿En qué dirección iba?
—Ha seguido todo recto hasta la via Tukory y luego ha girado a la derecha.
—¿Por casualidad alguno de los dos recuerda la matrícula?
Liotta miró a Bonanno y Bonanno miró a Liotta. Sin decir nada, se entendieron a la perfección.
—No —dijo Liotta, el portavoz del grupo.
—Qué lástima —comentó el comisario.
—¿Lo de la matrícula?
—No, el que ninguno de los dos haya visto disparar al hombre de la motocicleta.
—¿Quiere decir que en su opinión el que ha matado a Riccardino no ha sido el motorista?
—Ni se me pasa por la antesala del cerebro. Lo único que digo es que no pueden tener la certeza de que el que haya disparado fuera ese hombre. En un tribunal, su testimonio no tendría validez.
—Entonces, ¿por qué se ha largado?
—Puede que se haya asustado, señor Liotta, al ver que alguien disparaba. Pero no es más que una conjetura. ¿Ustedes habían visto antes esa moto?
Una nueva consulta silenciosa.
—No —respondió Liotta.
—¿Quién ha avisado a la policía?
—Nosotros no. El único móvil era el de Riccardino…
—¿Qué han hecho después de que se marchara la moto?
Contestó, como siempre, Liotta.
—Me he acercado a Riccardino para ver si… Aunque enseguida he visto que no había nada que hacer… La… La cara había desaparecido, no era más que un amasijo de…
No pudo continuar, tragó saliva dos veces, debía de tener la boca completamente seca.
—¿Y usted? —le preguntó Montalbano a Bonanno.
—La verdad es que no me acuerdo. Creo que me he quedado paralizado.
—¿Y usted, señor Licausi?
—Yo he llegado cuando ya había pasado todo.
Quizá fue por el tono de sus palabras, pero en ese momento Liotta y Bonanno se volvieron para mirarlo. Y Licausi aprovechó que le prestaban atención.
—Me gustaría aclarar de una vez por todas esa historia de la llamada —continuó, adusto—. Lo repito: a mí Riccardino no me ha llamado, así que no he podido hablar con él.
—Pero si… —empezó Bonanno.
Liotta lo interrumpió:
—A ver, ¿por qué niegas que te haya llamado?
—Tíos, no me toquéis más los cojones con esa cantinela —replicó Licausi enfadado y casi amenazador.
Había vuelto a pasarse al vigatés. La cosa se ponía interesante.
—Pero ¿se puede saber qué interés tienes en negar una llamada de lo más inocente? —insistió Liotta.
—Yo lo que quiero saber es qué interés tenéis vosotros dos en decir que ha pasado —repuso Licausi, furibundo, poniéndose en pie.
«Interés»: palabra que en una verdadera amistad no debería pronunciarse nunca.
Lo que empezaba a quedar claro era que aquellos tres individuos en realidad no se llevaban a las mil maravillas, como querían hacer creer. ¿No había dicho Liotta que los llamaban los cuatro mosqueteros? ¿Y el lema de los mosqueteros no era «uno para todos y todos para uno»? ¿O quizá en aquel caso concreto estaban jugando a colgarse el muerto? Sea como fuere, ya no cabía duda de que tenían algo que ocultar. No haber despejado de inmediato el equívoco de la llamada había sido un acierto del que el comisario se ufanó, pero había que esquivar la disputa inminente.
—Señor Licausi, vuelva a sentarse ahora mismo. Por si no le ha quedado claro, no estamos en el polideportivo y aquí no se practica la lucha libre.
El aludido se sentó sin decir ni mu.
—Ahora vamos a ver si logramos dilucidar este asunto de la llamada, sobre el cual, por lo visto, no acaban de ponerse de acuerdo. Usted, Licausi, ¿podría decirme cuándo ha llegado al punto de encuentro?
—Justo después de que mataran a Riccardino. Lo digo con certeza porque iba por la via Tukory y ha estado a punto de arrollarme una Yamaha 1100 que, según he sabido luego, era la del asesino.
—¿Usted dónde me ha dicho que vive?
—En la via Cristoforo Colombo.
—¿Ha ido a pie, como sus compañeros?
—Sí, claro.
—Si no me equivoco, a pie de la via Cristoforo Colombo a la via Pilo, andando a buen paso, se tarda como mínimo quince o veinte minutos. ¿Estoy en lo cierto?
—Eso es. Yo tardo quince.
—¿Y sabe qué quiere decir eso?
—Quiere decir que cuando Riccardino me ha llamado, si es que me ha llamado, yo ya había salido de casa.
—Exacto. Pero alguien ha cogido el teléfono. ¿No podría haber sido su mujer?
—En este momento estoy solo en casa, mi mujer está de vacaciones en San Vito Lo Capo.
—¿Tiene hijos?
—Sí. Una niña. De tres años.
—En ese caso —dijo Montalbano—, solamente cabe una explicación. Riccardino se ha equivocado de número y ha hablado con otra persona.
—¡Venga, por favor! —intervino Bonanno, enérgico—. ¡Riccardino se habría dado cuenta de que no era la voz de Alfonso!
—Entonces —reconoció Montalbano—, tiene que haber otra explicación posible. Riccardino ha llamado a otra persona, ha hablado con ella y a ustedes dos, en cambio, les ha dicho que había hablado con el señor Licausi.
—Pero ¿a santo de qué iba a hacer ese teatro, por el amor de Dios? —preguntó Liotta levantando la voz.
La respuesta de Montalbano lo dejó helado:
—Yo eso no lo sé. Pero a lo mejor ustedes sí.
Y esa fue otra buena jugada, destinada a ampliar la brecha, por el momento subterránea aunque ya lista para salir a la superficie, que existía entre los tres mosqueteros o lo que fueran aquellos individuos. Al oírlo, Liotta, Bonanno y Licausi se quedaron callados. Y se miraron un buen rato en silencio.
Había llegado el momento de apretarles las clavijas. Y Montalbano se puso manos a la obra. Cuanto más agitaba las aguas, más se enturbiaban. Bien. A ver si salía a la superficie algo que estuviera por el fondo.
—A menos que en realidad el que haya recibido la llamada haya sido el propio Riccardino —dijo a media voz, como si pensara en voz alta.
Fue como si los tres sufrieran una descarga eléctrica.
—Pero ¡habría sonado el teléfono! —exclamó Liotta.
—No necesariamente. Puede configurarse para que vibre primero y luego empiece a sonar. O para que el timbre vaya subiendo de volumen poco a poco… Riccardino ha oído que le entraba una llamada, pero ha fingido que telefoneaba él.
—¿Y eso por qué? ¿Quién ha podido llamarlo a esas horas?
Esa vez había hecho la pregunta Gaspare Bonanno.
—Su mujer, por ejemplo. O quizá otra persona que quería avisarlo.
—¿De qué? —gritó Liotta.
—¿Y yo qué sé? Tal vez de un peligro que lo amenazaba.
—Pero ¿por qué no iba a contarnos nada Riccardino de ese peligro? —insistió Liotta.
—¿Y por qué iba a decirnos algo que no era cierto? —lo respaldó Bonanno.
El sacerdote jesuita Salvo Montalbano se encogió de hombros y levantó la vista hacia el cielo, como para decir que las razones de los actos humanos solo las conocía el Altísimo. Y entonces el que contestó a Liotta y a Bonanno fue Licausi:
—El señor comisario está llegando a la conclusión de que quizá Riccardino no se fiaba de nosotros.
En un pispás, Montalbano se despojó del hábito de jesuita y puso cara de ofensa y sufrimiento, como correspondía a la víctima de una injusticia.
—Me limito a hacer suposiciones abstractas, señor Licausi, sin fundamento alguno. ¿Usted me considera capaz de sacar conclusiones a partir de hipótesis tan vagas?
Debió de interpretar su papel de maravilla, porque Licausi se quedó desconcertado.
—Le pido disculpas —dijo, cortante.
El comisario consideró que había llegado el momento de dejar a un lado el asunto de la llamada; ya lo había explotado bastante y había obtenido cierto resultado. Se dio un manotazo en la frente.
—¡Qué tonto soy! ¡Si hay una forma sencillísima de saber a quién ha llamado Riccardino! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?
Descolgó el auricular.
—Catarè, búscame a Fazio.
Mientras esperaba, repasó mentalmente el embuste que pensaba contarles a aquellos tres; es decir, que los de la científica habían llamado al número que constaba en la memoria del móvil y había contestado un individuo que había contado que, cuando lo habían despertado por error a las cinco de la mañana, había decidido vengarse de aquella barrabasada diciendo que lo esperasen, que llegaría al cabo de diez minutos. Simple y llanamente lo que había hecho él. Y, si alguno de los tres preguntaba cómo era posible que Riccardino no se hubiera dado cuenta de que no era la voz de su amigo, había cien respuestas posibles.
—¿Sí, Fazio? Una cosa: ¿ya ha llegado la científica? ¿Sí? Bueno, pues tendrías que pedirles que miren cuál ha sido la última llamada hecha desde el móvil del muerto y…
—Ya está hecho, dottore.
Montalbano sonrió para sus adentros. Si Fazio estaba al tanto de que Riccardino había marcado su número, les resultaría más fácil hacer teatro.
—Así que ya está hecho —repitió, consciente de que se debía a su público.
Licausi, Liotta y Bonanno estaban, rígidos como palos de escoba, sentados en el borde de la silla.
—¿Y a quién llamó?
Fazio bajó la voz:
—¿Esos tres señores siguen ahí con usía, jefe?
—Sí.
—Entonces no puedo hablar.
Al comisario le pareció evidente que Fazio no quería decir por teléfono que el número era el de su casa de Marinella. Decidió echarle un cable.
—¿Fue a alguien que conocemos?
La respuesta de Fazio lo sorprendió.
—No, jefe.
¿Qué quería decir eso? ¡Si, aunque fuera por error, había sido precisamente él, Montalbano, el destinatario de la última llamada hecha en vida por el tal Riccardino!
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
No valía la pena insistir.
—Gracias. En cuanto acabéis me cuentas.