Riccardino

Riccardino


Tres

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Tres

Sin embargo, el inspector jefe tenía algo más que contarle:

—Jefe, ya que estamos, quería decirle que aquí hemos sido testigos de una escena trágica.

—¿Ah, sí?

—Un hijo de puta ha llamado a la mujer de Riccardo Lopresti para decirle que habían matado a tiros a su marido y dónde. La pobrecilla ha venido a toda pastilla. Menos mal que andaba por aquí el dottor Pasquano. ¡La señora Lopresti estaba hecha una Magdalena!

—¿Y ahora dónde está?

—Uno de nuestros hombres la ha llevado a su casa. Había venido con su hermana.

—Gracias otra vez.

Volvió a colgar y los miró en silencio a los tres, que a su vez también lo miraron en silencio.

Al cabo de un rato, Montalbano dijo:

—Estoy seguro de que han comprendido que la policía científica ha marcado el número que ha encontrado en la memoria del teléfono.

Aquello requería una larga pausa dramática y, como era de esperar, la hizo.

Después dejó caer las palabras casi sílaba a sílaba:

—Riccardino, como me había imaginado, se ha equivocado de número.

Y les contó el embuste que había preparado. Tragaron saliva los tres y al comisario le pareció ver en sus rostros una expresión de alivio.

—¿Lo veis como no me había llamado a mí? —dijo Licausi, triunfal.

—¿Le pasa muy a menudo? —le preguntó Montalbano.

De repente, el otro se puso a la defensiva.

—¿El qué?

—Llegar tarde.

—¡Nunca! ¡Mis amigos pueden dar fe!

—Bueno, esta mañana le ha pasado.

—Esta mañana… no ha sonado el despertador. Puede suceder, ¿no?

—Por supuesto que puede suceder. Ah, otra cosa. Alguien ha informado a la señora Lopresti del homicidio de su marido.

Esa vez, la expresión de alivio de los tres fue más que evidente.

—¿Así que ya no tenemos que…? —preguntó Liotta, en busca de una confirmación.

—No —contestó Montalbano secamente.

Ya solo le faltaba dar el último toque de artista a la obra de teatro que estaba dirigiendo desde que había comprendido que algo olía a podrido entre los tres amiguísimos.

Cambió de golpe de argumento y de personaje. Adoptó un aire indiferente, echó un vistazo al despacho como si fuera la primera vez que lo veía en toda su vida, clavó la barbilla en el pecho y murmuró para sí mismo:

—Bueno, bueno, bueno…

Lo miraron los tres fascinados. Desaparecida ya la expresión de alivio, ahora parecían algo preocupados. Montalbano agarró un bolígrafo, le quitó el capuchón, examinó la punta con atención, volvió a taparlo y lo dejó encima de la mesa.

—Parece ser que no hay nada que añadir, ¿verdad? —dijo de golpe mientras se levantaba.

Cogidos por sorpresa, los tres lo imitaron estupefactos.

—Naturalmente —continuó él—, tendrán que repetir su declaración delante del fiscal.

Esbozó una sonrisilla solo con el lado izquierdo de la boca, como había visto hacer en el cine a Humphrey Bogart, y les dio la mano, primero a Gaspare Bonanno y luego a Alfonso Licausi.

—Hasta la vista.

Y se sentó de nuevo, con lo que dejó a Mario Liotta con la mano extendida, preparada para estrechar la del comisario.

—No, usted, señor Liotta, quédese aún cinco minutos. Será algo breve, se trata de aclarar dos o tres puntos. Sus amigos pueden esperarlo fuera.

Esa petición dejó atónitos a Licausi y a Bonanno, que no fueron capaces ni de iniciar el movimiento de salida del edificio, de modo que Montalbano repitió con severidad:

—He dicho que hasta la vista.

Los dos hombres se decidieron por fin a dar media vuelta y marcharse, mientras que Liotta volvió a sentarse, muy rígido. Como no habían cerrado la puerta, el comisario se levantó y fue a cerrarla él.

De la sorpresa, Liotta fue pasando a los nervios y después a la preocupación.

Montalbano se sentó y descolgó el teléfono.

—¿Catarella? Durante los próximos cinco minutos no quiero que me moleste nadie. ¿Está claro?

Una puesta en escena perfecta.

Los latidos del corazón de Liotta debían de haberse acelerado y sin duda se preguntaba qué tenía que decirle el comisario con tanto secretismo. Después de colgar el aparato, Montalbano cogió el bolígrafo, le quitó el capuchón, miró la punta largamente, volvió a taparlo y lo dejó encima de la mesa antes de decir:

—¡Bah!

¿Significaba eso que dudaba del testimonio de los tres amiguísimos?

¿O tal vez que estaba incómodo por no llegar a comprender el funcionamiento de un bolígrafo?

Ante la duda, Liotta se puso aún más nervioso y se retorció en la silla.

—¿Podría decirme cuántas veces al año hacen esas largas caminatas tan estupendas?

Liotta reaccionó como si el comisario le hubiera preguntado si conocía la distancia exacta, al milímetro, entre la Tierra y la nebulosa de Andrómeda.

Se le empapó la frente de sudor.

«¿A qué viene esa pregunta? ¿Adónde quiere ir a parar?», decía con absoluta claridad su semblante, si bien su boca tan solo logró balbucear:

—Pues… No tengo… No… ¿Quién… le…?

—A ver, algo aproximado, por supuesto —añadió el comisario a modo de detalle con un gesto generoso.

Liotta por fin logró articular unas cuantas palabras con sentido:

—Bueno… Sabe usted… No es que llevemos la cuenta… pero así… a ojo de buen cubero… yo diría que unas doce veces.

—¿En serio? ¿Está seguro a ciencia cierta? —preguntó Montalbano con una cara de asombro monumental.

El otro se sorprendió de la sorpresa del comisario. Y al mismo tiempo se asustó. Era muy posible que en Italia existiera una ley que fijase una cantidad máxima de paseos anuales a partir de la cual se incurría en un delito. Y que él no estuviera al tanto.

—¿Po…? ¿Por qué? No entiendo en qué modo…

—Sería una vez al mes, se da cuenta, ¿no?

—Sí, pero no entiendo qué importancia…

—La importancia, si me lo permite, ya me encargo yo de entenderla.

—Perdone, no pretendía…

—No hace falta que se disculpe. Al contrario. Está colaborando usted con la justicia, está cumpliendo con su deber como un ciudadano ejemplar. Y no puedo sino felicitarlo. Hace falta mucho valor, ¿sabe usted?

—¿Para qué? —preguntó Liotta, completamente descolocado.

—Para prestar testimonio, tal como está haciendo. ¡Qué triste es el destino de los testigos en nuestra tierra! Que yo sepa, uno se vio obligado a mudarse a Suiza, con nombre falso, porque amenazaban con matar a su mujer y a sus hijos; otro murió en un misterioso accidente de tráfico… Bah, vamos a dejarlo. Una última pregunta. ¿Podría decirme qué número…?

Se detuvo de sopetón, miró el bolígrafo como hipnotizado, alargó una mano con cautela casi como si le diera miedo que lo mordiera, lo rozó dos veces con la punta de los dedos y replegó el brazo.

—¿… qué número calzaba Riccardino?

Liotta se quedó pasmado, abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—Cua… Cuarenta y cuatro.

—¿Cómo lo sabe? —saltó Montalbano con tono de policía con mala leche de película americana.

—Po… Po… Porque es el mismo que… calzo yo.

—¿Y la cabeza?

—¿A qué… se refiere?

—¿A qué quiere que me refiera? ¿Qué talla de sombrero o de gorra o de lo que fuera que llevaba en la cabeza tenía?

—No lo sé.

Montalbano lo miró con los ojos entornados.

—¡Qué curioso! Sabe qué número calza y no su talla de sombrero. ¿O quizá la sabe perfectísimamente, pero no quiere decírmela porque se ha asustado por todo lo que le he dicho sobre los testigos? ¿Qué? ¿Ahora se muestra reticente?

Liotta, que estaba ya hecho un trapo, se encogió de hombros desconsolado y se quedó mudo.

—En fin, no pasa nada. Muy bien, gracias. Ya puede irse. Hasta la vista —lo despidió el comisario con brusquedad.

El otro se había quedado tan desmoralizado y aturdido que no llegó a entender sus palabras.

—Perdone, ¿qué…? ¿Qué ha dicho?

—He dicho que puede marcharse.

Montalbano no se puso en pie, no le tendió la mano. Liotta se levantó con una especie de chasquido. Al parecer, se le había mojado tanto el trasero de los pantalones con el sudor que se le habían quedado pegados a la piel sintética de la silla.

El comisario lo observó. Andaba como si estuviera borracho. En cuanto lo vio abrir la puerta, le espetó, con un tuteo que fue peor que un tiro en la espalda:

—Me has decepcionado, Liotta.

El pobre Liotta se tambaleó, tocado de lleno, pero logró arrastrarse hasta desaparecer por el pasillo.

A continuación, cuando sus amigos le preguntaran con ansiedad qué le había dicho con tanto secreto el comisario, ¿podía contestarles la verdad, es decir, que le había preguntado por el número que calzaba Riccardino o la cantidad de veces que salían de excursión al año?

Nadie se lo habría creído.

Y, si se inventaba un embuste, sería peor aún: con solo ver en qué estado salía del despacho de Montalbano, sus amigos se convencerían de que les estaba soltando una trola.

Y la brecha entre los tres se ensancharía todavía más.

«Aún tienes buena mano, Montalbà», se dijo, satisfecho, el comisario.

Sin embargo, al echarse flores sintió una profunda incomodidad que no tenía nada que ver con el asesinato de Riccardino, sino con su conducta ante Liotta.

«¿Y qué? Has hecho teatro, has montado un numerito como ya habías hecho otras cien o mil veces, ¿qué tiene de raro?», se preguntó.

«Absolutamente nada», se contestó él mismo.

Pero no era cierto. Sí había una novedad, había cambiado algo.

¿El qué?

«Pues que mientras interpretas un personaje por exigencias del deber, para confundir a la persona que estás interrogando, tú, al mismo tiempo, te observas, te analizas, te juzgas y te evalúas.

»Eres al mismo tiempo actor y espectador de lo que estás haciendo.

»Y luego, si has hecho bien tu papel, el otro Montalbano, el espectador de la función, te halaga. Y te sube la moral, igual que se la suben a un actor las alabanzas del público.

»Antes nunca te pasaba esa murga del desdoblamiento: la cosa cambió cuando empezaron a transmitir por televisión las historias que le habías contado al Autor.

»Te contagiaste, Montalbà.

»Sin querer, te pusiste a competir con el actor que hace de ti. Así de claro.

»Y resulta que es una competición inútil y desigual, porque el de la tele tiene millones de espectadores y tú solo te tienes a ti mismo.

»El actor ese siempre lo hará mejor que tú por, como mínimo, dos motivos: el primero es que él sabe lo que va a pasar antes de que pase, mientras que tú siempre estás obligado a improvisar; el segundo, que él ha estudiado para ser actor y tú, para ser comisario.

»¿Sabes qué es lo mejor que puedes hacer, Montalbà?

»Lo mejor que puedes hacer es que cuando pongan la serie que lleva tu nombre apagues el televisor, salgas de casa y te vayas al cine a ver al Pato Donald».

—¡Dottori! ¡Ah, dottori, dottori!

—¿Qué pasa, Catarè?

—¡Entre la espalda y la pared me siento, dottori!

—Cuéntame.

—Es que por un lado tengo que usía me ha dicho que no quiere que lo mulesten, mientras que por el otro tengo al siñor jefe supirior al aparato y quiere hablar con usía personalmente en persona y urgentísimamente con urgencia.

—No te sulfures. Pásamelo.

—Montalbano, ¡¿se ha vuelto loco de remate o qué?!

Más que un grito, lo del jefe superior fue un aullido.

—No sabría decirle, quizá, ¿por qué no?

—¿Ahora se me pone ocurrente?

—No me atrevería jamás. Además, ponerme ocurrente con usted sería como hablarles en finés a los aborígenes australianos.

—¿Lo ve como delira? ¿Qué tienen que ver en esto Finlandia y Australia? Estese callado y escuche. Ha hecho algo gravísimo, ¿está claro? ¡Algo inaudito! Estoy dispuesto a creer que lo ha hecho sin darse cuenta de la gravedad real de sus actos, pero por desgracia eso… ¿Qué pasa? ¿Por qué no dice nada?

—Le recuerdo, señor jefe superior, que acaba de decirme que me esté callado. Si me explica cuál es ese acto impuro que he cometido…

—Pero ¿quién ha hablado de un acto impuro? ¡Al menos aprenda a hablar con cierta lógica! ¡Le ha arrebatado tres testigos oculares al dottor Toti!

—¿Arrebatado?

—¡Sí, eso mismo! ¡Esos testigos tenían que quedarse en el lugar del crimen a disposición del dottor Toti! Pero no, va usted y… En fin, se lo voy a dejar bien clarito: usted queda completamente al margen de este caso, ¿entendido?

—A la perfección, señor jefe superior. ¿Me permite una pregunta?

—Adelante.

—¿Quién es el dottor Toti?

—Enrico Toti es…

—¿El soldado de infantería al que le faltaba una pierna, el que arrojó la muleta al enemigo? ¿El héroe de la Primera Guerra Mundial? —preguntó, pero mientras lo decía le entró miedo, quizá estaba yendo demasiado lejos y el jefe superior se daría cuenta de que le estaba tomando el pelo.

Por suerte, Bonetti-Alderighi se consideraba por encima del bien y del mal y ni concebía que alguien pudiera burlarse de él.

—¡No diga estupideces, Montalbano! ¿Sabe cuántos años tendría el soldado de infantería si aún estuviera vivo?

Lo dicho: como hablarles en finés a los aborígenes australianos.

—No sabría decirle, señor jefe superior. Las cuentas nunca se me han dado demasiado bien.

—Vamos a dejarlo, Montalbano. El dottor Enrico Toti es el nuevo jefe de la Policía Judicial. Un funcionario padano joven y capaz.

Y colgó sin despedirse.

¿Cómo era posible que a esos jefes de la Policía Judicial de Montelusa los cambiaran cada quince días?

¿Y cómo era posible que esos funcionarios jóvenes y capaces, ya fueran triestinos, padanos o piamonteses, en cuanto ponían los pies en suelo siciliano y cogían un caso salieran malparados a la primera de cambio?

A pesar de todo, en el fondo la llamada no le había dejado mal cuerpo. En tiempos se habría puesto hecho una furia y habría armado una buena para quedarse el caso. Ahora, en cambio, se alegraba de que otro cargara con el muerto.

—¿Fazio? ¿Sigues ahí? Vente para comisaria, acaba de llamarme el jefe superior para informarme de que el caso va a llevarlo un tal Toti de la Policía Judicial. ¿Cómo es ese tío?

—Con el debido respeto, no lo veo muy allá. Se ha puesto a pegar gritos como si estuviera chalado. Los vecinos de la via Rosolino Pilo hasta han aplaudido.

—¿Se ha cabreado porque me he traído a los tres testigos a comisaría?

—Pues sí. Quiere que vuelvan aquí, al lugar del crimen.

—Pues muy bien. Manda que vayan a buscarlos. ¿Tienes su nombre y su dirección?

—Sí, jefe. Ya lo he hecho, pero no estaban en casa.

—¡No puede ser! ¡Si salieron de aquí hace más de media hora!

—No lo pongo en duda. Lo que pasa es que no se han ido a sus respectivos domicilios. La señora Bonanno nos ha explicado que su marido la ha llamado para decirle que habían decidido hacer la caminata hasta el monte de todos modos, en memoria de su amigo Riccardo.

—A ver, no tenéis más que mandar un coche por la nacional…

—Ya, jefe, pero es que no están ni en la nacional ni en ninguna otra carretera que lleve al monte. El dottor Toti sospecha que se han dado a la fuga.

La cosa le quedó clara al momento. Evidentemente, los tres amigos del alma necesitaban irse a un lugar apartado y resguardado, donde no los viera nadie, para hablar entre ellos con paz y tranquilidad y aclarar la historia del interrogatorio secreto de Liotta, con el que debían de haberse llevado un buen susto.

Tuvo que pasar otra media hora larga antes para que volviera Fazio.

—¿Los habéis encontrado?

—¡Qué va! Nosotros nos hemos ido, pero el dottor Toti se ha quedado allí a esperar a que llegaran dos coches de Montelusa para ponerse a buscar a esos tres. Ahora los llama ya «los fugados». ¿Le parece normal?

—Tengo una curiosidad, Fazio. Antes, por teléfono, ¿por qué no has querido decir que la última llamada hecha con el móvil de Lopresti había sido a mi casa?

Fazio se quedó boquiabierto.

—Pero ¿cómo, jefe? ¿Riccardo Lopresti lo ha llamado a usía?

—Se equivocaba. En lugar de llamar a Alfonso Licausi, ha marcado mi número.

Y le contó la historia. Fazio parecía aún más desconcertado que antes.

—Jefe, la última llamada hecha con el móvil de Lopresti no ha sido a Marinella ni a ningún número parecido.

—¿Y a quién ha llamado?

—A casa de Liotta.

—¡¿De Liotta?! ¿Estás seguro?

—Segurísimo. He llamado yo mismo. El agente de la científica ha visto la llamada en la memoria y me ha pasado el teléfono. He marcado y una voz de mujer ha contestado: «Familia Liotta. Dígame». Y he colgado. Mi pregunta es: ¿para qué iba a llamar Lopresti a Liotta, si lo tenía allí a pocos metros?

Montalbano reflexionó un poco antes de contestar.

—¿Sabes qué te digo? Que está claro que Riccardino no quería hablar con Liotta.

—¿Ah, no? ¿Y con quién?

—Con la persona que te ha contestado, la mujer de Liotta. Y en realidad tampoco quería decirle nada, no habría podido con su marido ahí al lado; solo quería mandarle un saludo acordado previamente, quizá un timbrazo. Para mí que la cosa ha ido así: Riccardino acaba la conversación conmigo, creyéndose que soy Alfonso Licausi, y les comunica a sus amigos que Alfonso va a llegar al cabo de unos diez minutos. Mientras habla, baja la mano en la que tiene el móvil y marca, sin utilizar la otra y sin mirar siquiera el aparato, el número de Liotta. No es que sea muy difícil y ya debía de haberlo hecho otras veces. Y al cabo de un momento le disparan.

—Lo cual quiere decir…

—Que Riccardino estaba liado con la mujer de otro de los mosqueteros.

Fazio no lo entendió.

—¿Qué mosqueteros, dottore?

—Da igual. Ahora este asunto ya solo le concierne al dottor Toti.

—Exacto. ¿Qué hago?

—No te entiendo. ¿Qué haces de qué?

—Jefe, que si le digo al dottor Toti que la última llamada de Riccardo Lopresti ha sido a la señora Liotta.

—El jefe superior me ha dicho que Toti es un hombre capaz, así que ya lo descubrirá él solito. De todos modos, haz lo que te pida el cuerpo.

—En ese caso, me quedo callado —decidió Fazio.

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