Riccardino
Cuatro
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Cuatro
Entre una cosa y otra, se hizo la hora de comer. Como no tenía demasiada hambre, el comisario decidió ir a pie a la trattoria de Enzo, con la esperanza de que el paseo le abriera el apetito. Además, decidió alargar el trayecto yendo por calles más tranquilas, para evitar el enorme estruendo de las motos y, de paso, respirar un poco de aire menos contaminado.
Cuando entró, el televisor estaba encendido y sintonizado en Televigàta. El homicidio de Riccardino era una noticia sonada y, lógicamente, todo el mundo esperaba alguna novedad sobre el caso. Los que conocían al comisario levantaron la cabeza para mirarlo y saludarlo, aunque preguntándose cómo le daba tiempo de ir a comer a un restaurante en lugar de cumplir con su deber.
—Dottore, hoy he hecho el cuscús como Dios manda —anunció Enzo.
—¿Qué esperas para traérmelo?
En la pantalla, un periodista hablaba en off mientras se mostraban imágenes de la via Rosolino Pilo. En cuanto se percataban de que los enfocaban, los vecinos de las ventanas y los balcones saludaban con la mano o agitaban el pañuelo.
¡Aquello era una fiesta!
En el lugar en el que había estado el cadáver de Riccardino quedaba una silueta dibujada con tiza en el suelo. ¿Para qué coño servían esas siluetas una vez hechos centenares de fotografías desde todos los puntos de vista, incluido el del cadáver? En toda su larga carrera, Montalbano nunca había llegado a entenderlo.
«… dado que la Policía Científica no ha hallado casquillos de bala en el lugar de los hechos, podemos concluir que el asesino ha utilizado un revólver…».
Después desaparecieron las imágenes y en su lugar surgió la cara de culo de gallina de Pippo Ragonese, el comentarista estrella de la emisora. Y en ese preciso instante Enzo le puso delante el plato de cuscús.
«Hoy, en el transcurso de las pesquisas sobre el bárbaro homicidio de Riccardo Lopresti, se ha producido un incidente que, como mínimo, puede calificarse de grave. El comisario Salvo Montalbano, cuyas iniciativas a menudo impulsivas o irresponsables no son, por desgracia, ninguna novedad, le ha sustraído con todas las letras tres testigos al dottor Toti, el nuevo jefe de la Policía Judicial de Montelusa, al cual deseamos desde aquí toda la suerte del mundo. El dottor Montalbano se los ha llevado a la comisaría, sin que se sepa exactamente por qué, y después los ha dejado libres. Desde entonces, los tres testigos, cuyos nombres no vamos a revelar de momento, están ilocalizables. El dottor Toti ha iniciado su búsqueda de inmediato y esperemos que pronto pueda dar con ellos y remediar la intervención imprudente e, insistimos, irresponsable del dottor Montalbano. A este queremos recordarle que una cosa es la actividad cotidiana y seria de un comisario de policía, que debe respetar la ley él mismo antes de hacérsela respetar a los demás, y otra muy distinta una serie de televisión en la que un personaje homónimo obedece tan solo a la ley de la fantasía y no a la de los hombres. No nos gustaría que el dottor Montalbano tuviera un tanto confundidas las ideas al respecto».
De todas esas palabras, el comisario solo oyó alguna que otra, pero como un rumor de fondo, sin comprender su significado. Había logrado concentrarse tanto en el aroma y el sabor de la comida que había bloqueado por completo los ruidos y las voces del mundo exterior. Después del cuscús, que Enzo había preparado con más de una decena de variedades de pescado, habría sido, en teoría, humanamente imposible comer más pescado. Sin embargo, la caminata había surtido efecto y, en la práctica, el comisario dio buena cuenta, de segundo, de cuatro salmonetes a la parrilla.
Cuando se levantó decidió que era incapaz, con todo aquel cargamento alimenticio, de dar su habitual paseíto hasta el pie del faro. Lo único que podía hacer era arrastrarse hasta la comisaría y dejarse caer como un peso muerto en la butaca de su despacho.
Y, por descontado, en cuanto se recostó se quedó traspuesto.
La puerta fue a estamparse con violencia contra la pared, cayó al suelo un pedazo de yeso, el comisario se levantó de un brinco y Catarella se excusó diciendo que se le había resbalado la mano. Era el ritual de siempre, pero, si Montalbano ya no lo llevaba bien estando despierto, estando medio dormido la cosa era aún peor. Soltó un profundo suspiro para reprimir el instinto de abalanzarse sobre Catarella y liarse a puñetazos, y luego le preguntó:
—¿Qué pasa?
—Dottori, ahora mismísimo acaba de llegar una mujer siñora, la cual disea hablar con alguien de comisaría y, puesto que el único alguien que está presente en el presente en comisaría, se entiende que personalmente en persona, es usía…
—¿Qué quiere?
—Dice que le han riventado una tubería.
Montalbano perdió los nervios.
—¿Y viene a contárnoslo a nosotros? ¿Y tú te permites despertarme por esa gilipollez? ¡Dile que se busque un fontanero!
—No, si yo ya se lo he dicho a la mujer siñora, dottori, que se busque un funtanero, pero la mujer siñora me ha cuntestado que la tubería ya estaba arreglada.
—Y, entonces, ¿qué quiere?
—Denunciar al camionero.
—¿Qué camionero?
—El que primero le ha riventado la tubería y luego, incima, le ha hecho una posposición indigente.
—Indecente, Catarè.
¿Qué podía hacer? ¿Mandarla a que le rompieran otra tubería o repetirse que la policía siempre está al servicio del ciudadano?
—¿Te ha dicho cómo se llama?
Catarella se puso rojo como un tomate y se restregó las manos por las costuras de los pantalones, cohibido.
—Sí, siñor.
—¿Y?
—Dottori, me da mucha virgüenza arripitirlo.
Al comisario le picó la curiosidad. ¿Cómo podía llamarse aquella señora para que Catarella se negara a pronunciar su apellido? Movido por las ganas de descubrirlo, y no desde luego por el asunto de la tubería rota y el camionero baboso, se decidió a decir:
—Muy bien, hazla pasar.
¿Pasar? ¡No iba a ser tan fácil!
La mujer que apareció, de unos cincuenta años y con un tonelaje que superaba los ciento treinta kilos, iba cubierta de oro de pies a cabeza, con pendientes, pulseras, broches, collares y anillos (sin duda, por eso Catarella, impresionado con tanto brillo, la llamaba «mujer siñora»), y tenía un diámetro tal que no pasaba por la puerta si había una sola hoja abierta. Corría peligro de quedarse atascada.
Montalbano se levantó, corrió a abrir por completo la otra hoja, para evitar derrumbes y hundimientos, e invitó a la señora a sentarse en la butaca, que, derrotada, se quejó chirriando no sin cierto peligro.
Una vez que la masa de sus glúteos se distribuyó a sus anchas, con el consiguiente peligro de reventar los brazos de la butaca, la mujer se bajó la falda por debajo de las rodillas con pudor, se arregló con las dos manos el pelo (peinado de una forma que recordaba vagamente a la torre de Pisa), se recolocó con rapidez los pendientes, las pulseras, los collares, los broches y los anillos, suspiró y miró al comisario, que entonces, por fin, sintió el deber de hablar.
—Cuénteme.
—Soy la señorita Faca, Augustina Faca, aunque en el pueblo todo el mundo me llama Tina.
De ahí que a Catarella le hubiera dado vergüenza repetir el apellido. Lo había entendido mal, como le pasaba siempre. Había cambiado una «a» por una «o».
—¿Trabaja usted, señorita? En caso afirmativo, ¿dónde lo hace?
—Pues en mi casa. Soy quiromántica clarividente.
—¿Con cartas o con bola de cristal? —preguntó el comisario, de lo más serio.
—Con cartas.
—Pero ¿para la clarividencia no es imprescindible la bola?
—Quiá.
—Bueno, cuénteme.
La señora respiró hondo y sacudió la cabeza con fuerza. La torre de Pisa se inclinó peligrosamente, mientras que los pendientes, las pulseras y demás arreos tintinearon como una máquina del millón.
—¡Qué cosas! ¡Qué cosas de locos! ¡Tiene que creerme, señor jefe superior, son cosas como para perder la chaveta!
—Perdone, señora, pero yo no soy jefe superior.
—¿No es jefe superior? Y, entonces, ¿qué es? ¿Capitán?
—Sí —respondió Montalbano, simplemente para pasar página.
—Tiene que saber, señor capitán, que yo vivo en los bajos del número 2 de la via Saverio Cucurullo.
—¿Dónde está la via Cucurullo?
—En Borgonovo.
Siempre que le tocaba pasar por Borgonovo, un barrio situado en la parte occidental de Vigàta, el comisario cerraba los ojos, incluso aunque fuera al volante. Lo conformaban una decena de bloques repulsivos, construidos según los planos de un arquitecto sin duda aficionado al alcohol y, sobre todo, incapaz de decantarse por Gaudí o Le Corbusier. Para no ofender a ninguno de los dos, había aprovechado algunas cosas de uno y algunas del otro. De forma inexplicable, los bloques, todos de cinco plantas, estaban pegados unos a otros, conectados por unas callejuelas tan estrechas que era imposible que pasaran dos coches a la vez. Y, en cambio, alrededor todo era campo abierto. O, mejor dicho, un inmenso vertedero repleto de cualquier cosa imaginable: neveras, automóviles, inodoros, bañeras, cadáveres de perros y gatos, barriles con fugas, harapos, emulsiones indefinibles y, muy probablemente, reactores atómicos en desuso.
Y, si se buscaba bien, debajo de todo aquello sin duda también se encontraría algún que otro muerto. El conjunto apestaba tanto que los pájaros, cuando por error pasaban por allí, caían tiesos al suelo.
—Y, dígame, ¿qué buenas noticias nos trae de la via Cucurullo? —preguntó el comisario en tono ligero y mundano, aunque solo fuera para dar un poco de brío a la conversación.
—¿Buenas noticias? —repitió la quiromántica clarividente, horrorizada.
—Pues entonces malas.
—¡Todas las que quiera!
Montalbano se sorprendió.
—¿Tan mal está la cosa?
—Mi querido capitán, los borrachos vienen a vomitarnos encima, las putas y sus clientes vienen a fornicar, los maleantes vienen a pincharse droga, los delincuentes vienen a pegarse cuchilladas y balazos. ¿No nos basta y nos sobra? Pues no: tenía que aparecer el dichoso camión.
—Pero ¿el camión qué hace?
—Pasa.
¿Y qué iba a hacer un pobre camión, sino cargar, descargar, arrancar, parar y pasar?
—Me parece que así, en líneas generales, es lo suyo —comentó el comisario.
—Eso lo dice usía, señor capitán, pero ¿quiere hacer el favor de explicarme qué viene a hacer noche tras noche, a las doce y media, minuto arriba, minuto abajo?
—A lo mejor va al vertedero.
—Quiá. Por ese lado no hay entrada al basurero, al final de la calle hay una pared.
—Quizá el camionero va a ver a una mujer.
—Quiá. No le daría tiempo.
—¿Y eso?
—Es que al cabo de cinco minutos da media vuelta y se larga. No llegaría ni a bajarse la cremallera de los pantalones. No sé si me explico.
—Se explica de maravilla.
Una observación finísima y elegantísima la de la señorita Faca.
—¿Pasa todas las noches?
—Los lunes, martes, miércoles y jueves.
—¿Y hace mucho que dura?
—¿Digamos que un año? —propuso la quiromántica clarividente.
—Digámoslo —aceptó el comisario—, pero el recepcionista ha mencionado también una tubería rota…
—A eso voy, señor capitán, a eso voy. El camión por mi calle pasa justísimo y, como delante de mi casa hay una esquina, tiene que maniobrar. Bueno, pues ayer noche, al hacer esa maniobra, le dio un golpetazo a la susodicha esquina, por la que pasa la tubería del agua, y me la reventó. Y se quedó atascado, no podía ir ni hacia delante ni hacia atrás. Total, que salí, vi los daños de la esquina y le dije al muy asqueroso del camionero, ese cabrón, ese hijo de mala madre, que tenía que pagarme una tubería nueva. ¿Y sabe qué me contestó ese cerdo repugnante, ese desgraciado de mierda? Me contestó que, ya que tenía la boca abierta, ¿por qué no aprovechaba y le tocaba una sonata con el flautín? ¡A mí! ¡A mí, que soy una mujer honrada e intachable! ¡A mí, que soy toda una señora! ¡El muy cabronazo, el muy hijo de la grandísima puta!
—¿Y qué pasó luego?
—Luego, después de cargarse media esquina, consiguió pasar. Yo esperé cinco minutos a que volviera y luego llamé a Filippo Nicotera, que es un santo varón y trabaja de fontanero. En cuestión de dos horas arregló la tubería.
—¿Y ahora quiere denunciar al camionero?
—¡Que se pudra en la cárcel!
—¿Apuntó la matrícula del camión?
—Yo con los números es que no me entiendo.
—A ver, señorita, ¿la via Cucurullo es larga o corta?
—Hay seis edificios, tres a cada lado.
—¿Y los demás vecinos no tienen nada que decir sobre ese camión que pasa todas las noches?
—Quiá. A los demás vecinos se la trae floja, querido capitán. Con la excepción de Filippo Nicotera, que es un santo varón.
—¿Vive en el mismo edificio que usted?
—Quiá. Vive en el número seis, que es el último. Desde la ventana de su dormitorio se ve dónde para el camión.
—¿El señor Nicotera está casado?
—Quiá. Es viudo —contestó la quiromántica clarividente sacando la lengua y pasándosela por los labios.
Ante ese gesto, sin duda un reflejo condicionado clavadito a los de los perros de Pávlov, Montalbano tuvo una revelación.
—¿Por casualidad no la habrá invitado el señor Nicotera a su casa para ver lo que hace el camionero?
La señorita Tina se ruborizó, le dio un meneo a la torre de Pisa y se recolocó un poco todo el oro.
—Solo he ido una vez. Pero no piense usía mal. El señor Nicotera es un santo varón, y yo, una mujer de reputación impecable.
—No lo pongo en duda ni remotamente, créame. ¿Y qué hizo el camionero esa vez?
—Bajó con una especie de paquete en la mano, lo dejó en el suelo, sacó una caja de madera que tenía en la cabina, la pegó al muro, cogió el paquete, se subió a la caja, echó todo el cuerpo hacia delante para dejar el paquete detrás del muro, bajó, recogió la caja, se metió en el camión y se marchó.
—¿Al camionero le ha visto la cara otras veces? Me gustaría saber si se trata siempre de la misma persona.
—Sí, señor. Una noche al camionero en cuestión le entraron ganas de hacer sus necesidades y antes de volver a subir a la cabina y arrancar se acercó a la farola. Y entonces el señor Nicotera y yo le vimos la cara. Siempre es el mismo.
No se había dado cuenta de que, con esas palabras, reconocía que las visitas nocturnas al dormitorio del santo varón habían sido, a todas luces, más de una.
—¿Y lo conocen? ¿Lo han visto en algún otro lado?
—Quiá, nunca.
—Dígame la verdad. ¿No ha ido a ver cómo es ese paquete y cuánto pesa?
—¿Yo? ¡Jamás! ¡Yo no soy mujer que meta la nariz en asuntos ajenos!
—¿Y el señor Nicotera?
—¿Cómo iba a poder ese santo varón? Aparte de que tiene la pierna izquierda un poco torcida, tendría que escalar un muro que tiene más de metro y medio de alto y los vecinos de su edificio podrían verlo.
—Bueno, quizá si usted le echara una mano…
—¡Es que el paquete no se queda ahí!
—¿Se lo llevan?
—Sí, señor.
—A ver, un momento. ¿Me está diciendo usted que el camionero deja el paquete hacia las doce y media de la noche y luego, al día siguiente, pasa otra persona a recogerlo?
—Quiá, qué va a ser otro. Es el mismo camionero de siempre. ¿Me entiende?
—Vamos a ver. Ese camionero, a las doce y media de la noche de los primeros cuatro días de la semana, pasa…
—Montando un follón de mil demonios, querido capitán. Imagínese que me tiembla toda la trabacca…
—¿Que le tiembla el qué? —preguntó Montalbano, que no había oído esa palabra en la vida. O la había olvidado.
—La cama. Imagínese que a veces me tira al niño Jesús que tengo encima el cabecero y…
—Luego me lo cuenta, por favor. Entonces, después de dejar el paquete, el camionero vuelve con el camión al día siguiente y…
—Quiá. No vuelve con el camión, sino con un coche que arma un follón peor que el del camión. Vuelve hacia las siete de la tarde, recoge el paquete y se larga.
—¿Y usted ha reconocido al camionero?
En ese momento apareció Fazio delante de la puerta abierta de par en par.
—¿Se puede, jefe?
—Quiá —replicó el comisario—. Te llamo yo dentro de cinco minutos.
El enredo que le estaba contando la quiromántica clarividente empezaba a intrigarlo.
—Perdone, señorita, pero el camión, cuando pasa a las doce y media, ¿va lleno o vacío?
—Vacío. Y por eso monta ese pitote de padre y muy señor mío. Como la santa calle está llena de socavones, el camión tiembla cuan largo es y entonces mi trabacca…
—Lo he entendido a la perfección. Vamos a hacer una cosa. ¿Mañana por la tarde está libre?
—Quiá. Pero puedo estarlo.
—Pues entonces mañana por la tarde paso por su casa, pero antes la llamo por teléfono, por supuesto. ¿Me da su número?
—¿No le he dicho que yo con los números no me entiendo? En el listín lo tiene.
—¿Podría hablar también con el señor Nicotera?
—Cuando me llame usía, lo llamo yo a él.
—Bueno, pues en ese caso…
Sin embargo, la quiromántica clarividente no se movió.
—¿Algo más? —preguntó Montalbano.
—Pero ¿esto qué es? ¿No me toma nota de la denuncia?
—Mire, es como si la hubiera hecho. Por eso voy a ir a verla mañana por la tarde.
La mujer le dio un repasito a la torre de Pisa.
—Se me ocurre una cosa. En vez de venir por la tarde, ¿por qué no viene hacia las doce? Así vamos a casa del señor Nicotera y usía ve en persona lo que hace ese camionero.
Acompañó la propuesta con una mirada maliciosa. Montalbano se sobrecogió.
Le pasó ante los ojos, a toda velocidad, una escena de pesadilla: la quiromántica clarividente, el santo varón y él rodaban desnudos por la cama del segundo. Decidió declinar la oferta:
—Es mejor que vaya antes a ver el recorrido del camión.
—Si lo dice usía… —contestó la quiromántica clarividente con un suspiro de desilusión.
La maniobra de desencaje de la butaca resultó dificultosa. En el primer intento de ponerse en pie, la señorita Tina se llevó consigo el mueble entero, dado que los brazos se le habían quedado clavados en los costados. La operación llegó a buen puerto una vez que Montalbano, en una segunda tentativa, aferró el respaldo e hizo de contrapeso.