Riccardino

Riccardino


Cinco

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Cinco

En cuanto salió la mujer, Montalbano llamó a Fazio.

—Hazme el favor de cerrar la otra hoja de la puerta.

Fazio obedeció deprisa, tenía muchas ganas de hablar con el comisario y se notaba, por la sonrisilla que llevaba estampada en los labios, que estaba disfrutando.

—Te veo contento. ¿Qué pasa?

—Ya le he dicho que el dottor Toti se ha puesto como una moto porque usía había soltado a los tres testigos, ¿no?

—Sí, y también lo he oído por la tele. ¿Y qué?

—Pues que se ha montado un buen barullo de coches yendo y viniendo por el campo en busca de esos tres.

—¿Los han encontrado?

—Sí, jefe.

—¿Dónde estaban?

—En casa del abogado Manzilla, que es amigo suyo. Han ido a verlo en cuanto han salido de aquí, para que los asesorara. Manzilla los ha invitado a almorzar y se han puesto a ver la televisión y se han enterado de que los buscaban.

—Pero ¿por qué han dicho que se iban de excursión al monte?

—Al principio querían ir, pero luego han cambiado de idea.

—¿Y qué han hecho cuando han descubierto que Toti iba tras ellos?

—El abogado, que estaba fuera de sus casillas, ha llamado al jefe superior. Le ha dicho que iba a ponerle una querella al dottor Toti porque, con su forma de actuar, había hecho creer a todo hijo de vecino que sus clientes eran cómplices del asesino. Ya sabe usía que lo que dice la tele es como si fuera el Evangelio…

—¿Y qué más?

—El abogado ha dicho que estaban los tres a disposición del fiscal y de la policía, con la condición de que retirasen del caso al dottor Toti. ¿Y sabe qué ha sido lo mejor? Que Manzilla, que es muy largo, antes de telefonear al jefe superior ha convocado a la prensa y les ha hecho escuchar la llamada a los periodistas. Y, claro, les ha dado para mojar pan. La han grabado y la han emitido por televisión.

—¿Y el jefe superior cómo ha reaccionado?

—Ha dicho que era posible que el dottor Toti se hubiera excedido en cierto modo, sí, pero que la responsabilidad era suya.

—¿Suya de quién?

—Suya de usía, jefe. Y ha acabado diciendo que ni se le pasa por la antesala del cerebro sustituir al dottor Toti solo porque lo pida un abogado.

—Ha hecho bien. Por un momento me ha entrado un poco de miedo.

—¿De qué?

—De que volvieran a endilgarme el caso a mí en lugar de a Toti.

Fazio negó con la cabeza. Lo miró y luego habló casi con temor:

—Lo miro y no sé qué pensar, jefe. Me parece que ha cambiado.

Se hizo de noche. Ya estaba a punto de salir para volver a Marinella cuando sonó el teléfono.

—¡Ah, dottori, dottori! Parece que tendría al aparato al sacristiano del ubispo de Montelusa, que quiere hablar con usía personalmente en persona.

—Pásamelo.

—¿Dottor Montalbano? Soy el padre Bartolino, secretario del obispo de Montelusa. A su excelencia le gustaría concertar una entrevista.

Ni conocía al obispo de Montelusa ni lo había visto nunca. De todos modos, con los curas siempre era mejor no ponerse de rodillas de buenas a primeras.

—Muy bien. A ver si mañana consigo…

—No, mañana no, dottore. Monseñor le agradecería en el alma que pudiera venir al palacio episcopal esta misma noche. Le ruega de todo corazón que le haga ese favor.

—Muy bien. ¿A qué hora?

—Monseñor Partanna lo aguarda a las nueve en punto.

Ya sabía que el obispo de Montelusa se llamaba Partanna de apellido, ¡por supuesto! Pero ¿por qué, al oírselo decir a su secretario, se le había encendido de repente una lucecita en el almacén oscuro y polvoriento de la memoria? Y, además, se preguntó, ¿qué podía querer de él el obispo Partanna? En todo caso, era mejor acudir bien informado.

—¡Fazio!

—¡A la orden, jefe!

—¿Tú sabes si por casualidad estamos llevando algún tema eclesiástico?

—¿En qué sentido?

—En el único sentido posible. ¿Estamos con algún caso en el que estén implicados un cura, una monja, una madre superiora, un fraile, un obispo, un cardenal, un cardenal in pectore, un diácono, un terciario franciscano, un sacristán o incluso un monaguillo?

—No, jefe.

—¿Y los carabineros?

—Ya sabe cómo es esa gente, jefe. Esos, aunque tuvieran al papa entre la espada y la pared, no nos lo iban a contar a nosotros.

—En tu opinión, ¿qué tengo que hacer?

—¿Cuál es el problema, jefe?

—El obispo quiere verme en Montelusa a las nueve y son ya las siete y cuarto. ¿Qué hago, ceno antes o después?

—Mejor después. Y, sobre todo, le conviene pasar antes por Marinella y ponerse un traje bueno y una corbata.

—¡Ay, menuda murga!

El palacio episcopal estaba casi pegado a la catedral, que se encontraba en lo alto de la colina por la cual ascendía la ciudad. Montalbano aparcó el coche justo a la entrada de Montelusa; no le apetecía subir hasta allí arriba conduciendo, había demasiadas señales de dirección prohibida que no conocía, le daba miedo encontrarse en un laberinto de callejuelas estrechísimas en el que podría quedarse atrapado como una mosca en una telaraña.

Empezó a subir a paso lento por callejones ideales para emboscadas mortíferas y escalinatas resbaladizas en las que uno corría peligro de partirse el cuello. Cuando finalmente llegó al portón del palacio episcopal estaba sin aliento.

Miró el reloj. Las nueve menos dos.

De inmediato surgió un problema. La puerta estaba cerrada y, por mucho que buscaba, ayudado por la escasa luz de una farola lejana, no conseguía ver ni un portero automático ni un timbre.

Solo había una aldaba enorme en forma de cabeza de león.

¿Era posible que en el palacio episcopal aún no se hubieran modernizado?

Levantó la cabeza de león con cierto esfuerzo y la dejó caer.

Se llevó un buen susto con el golpe; una especie de cañonazo amenazador, capaz de despertar a los vivos y a los muertos, retumbó en el interior del edificio.

Se volvió a medias, presa de unas ganas irresistibles de salir por piernas.

El eco aún no se había apagado cuando oyó una voz procedente de la calle:

—¿Comisario Montalbano?

Un cura bastante jovencito lo llamaba una decena de metros más allá. A su espalda se veía un haz de luz procedente de una puerta abierta.

—Por aquí, comisario. Ese portón no se abre desde hace cincuenta años. La entrada es esta.

Había conseguido empezar con mal pie. Cruzó los dedos para no hacer más estupideces durante la entrevista con el obispo.

—Soy el padre Bartolino. Encantado. Sígame.

Aquella parte del palacio episcopal parecía más bien una delegación del Gobierno, con el aire anónimo, desolado y tristón de los edificios públicos modernos, acentuado por los fluorescentes.

Montalbano, que esperaba pasillos lúgubres repletos de crucifijos, vírgenes y retratos antiguos de obispos que lo mirasen mal, se llevó un ligero chasco.

—Vamos a coger el ascensor —propuso el padre Bartolino.

En el rectángulo del cuadro de mandos había cuatro botones luminosos: dos con dos letras, uno con un número y el último con un circulito azul cielo en el que no había nada escrito. Las letras eran una «S» y una «B», es decir, sótano y planta baja; el número 1 era el del primer piso, y el circulito azul cielo, que fue el que apretó el padre Bartolino, conducía por vía directa a la suprema esfera celestial en la que estaban situados los aposentos del obispo.

Una vez que llegaron y se abrió la puerta del ascensor, Montalbano se encontró en el pasillo tenebroso que había esperado que lo recibiera antes. La oscuridad apenas quedaba interrumpida por alguna lamparita que, con escasa convicción, dejaba entrever crucifijos, vírgenes y retratos aterradores de obispos y cardenales de rostro cetrino dignos de la Santa Inquisición.

Nada más dar dos pasos, tropezó con una alfombra invisible y se habría partido la crisma contra un arcón del siglo XVI si el padre Bartolino no lo hubiera atrapado al vuelo. A duras penas logró reprimir una blasfemia que allí dentro habría sido pecado mortal merecedor del fuego eterno.

Después de diez minutos de recorrido por las tinieblas, el cura llamó a una puerta recia, abrió, asomó la cabeza, musitó algo, sacó la cabeza y se volvió hacia el comisario mientras abría un poco más y se apartaba.

—Adelante —dijo.

Montalbano entró y la puerta se cerró a su espalda.

Ay. ¿Qué quería decir el hecho de que ni siquiera el secretario pudiera asistir a la conversación? ¿Un secretario no es el que conoce todos los secretos de su jefe?

Monseñor Partanna se levantó de un imponente butacón situado detrás de una mesa encima de la cual había libros, cartapacios y un ordenador encendido que se apagó al momento.

—¿Usted navega? —preguntó el obispo.

Joder, ¿por qué le preguntaba eso?

—Bueno, el mar me gusta. Salgo a nadar a menudo y…

—Me refería a navegar por la red —lo interrumpió su excelencia.

Segunda metedura de pata.

—Pues la verdad es que…

Se dieron la mano. Monseñor Partanna debía de tener su misma edad: algo más alto, ni gordo ni delgado, no tenía ningún aire clerical ni en la forma de hablar ni en la de moverse.

—Haga el favor de sentarse. Voy a dar un poco más de luz.

Mientras Montalbano se dejaba caer en una cómoda butaca de piel negra, la amplia sala se iluminó.

Las paredes estaban cubiertas casi por completo por estanterías de madera repletas de libros y de carpetas antiguas, mientras que en las zonas libres había cuadros como los que uno podía esperar encontrarse allí: anunciaciones, natividades, crucifixiones, descendimientos. Sin embargo, el comisario también vio otro que le llamó la atención: el retrato de un obispo tan feo que causaba una fuerte impresión. Si uno se lo cruzaba de noche, podía darle un síncope.

—Un auténtico adefesio, ¿verdad? —dijo su excelencia mientras se sentaba en otra butaca que había al lado de la de Montalbano, señalando con un movimiento de la cabeza el lienzo.

—Bueno… —contestó el comisario, sin mojarse.

—Un antepasado mío. Era hermano de mi bisabuelo. También se llamaba Partanna, Vitangelo Partanna. Pirandello lo describió a la perfección como un esqueleto engalanado. —El obispo entornó los ojos para concentrarse mejor y citó—: «Alto, encorvado sobre su triste delgadez, con el cuello estirado y los carnosos y lívidos labios hacia fuera en un intento de mantener erguido el rostro apergaminado, con las gafotas negras sobre la nariz ganchuda…». ¿Conoce ese relato?

—Sí, creo que se titula Defensa de Mèola.

Por eso cuando en la comisaría había oído aquel apellido, Partanna, se le había encendido una lucecita en la memoria. Pero ¿adónde quería ir a parar el actual obispo Partanna?

—Deseaba conocerlo personalmente en persona, como diría Catarella —empezó su excelencia con una sonrisilla—. ¿Sabe? He leído los libros que se han escrito sobre usted y también he visto algún capítulo de la serie de televisión. No está nada mal. Claro que una cosa es un personaje y otra una persona.

Montalbano sintió el impulso de levantarse e ir a abrazarlo, pero no dijo nada, no se movió.

—¿Puedo ofrecerle algo?

—No, gracias, excelencia.

—Pues entonces voy directo al grano. Esta mañana me han dado una noticia que me ha resultado muy dolorosa —anunció el obispo poniéndose serio.

¿Qué podía contestar Montalbano? Se limitó a mirarlo interrogativo.

—La muerte violenta de Riccardino.

¡Él también lo llamaba Riccardino!

—¿Lo conocía?

—¡Que si lo conocía! Hará veinte años fui profesor de religión de esos muchachos.

Solo podía referirse, por descontado, a los cuatro mosqueteros.

—Así que también conoce a sus amigos…

—¡Desde luego! Eran inseparables. Buenos chicos, ¿sabe usted? Y saber que han presenciado el homicidio despiadado de un amigo que era más que un hermano… Vinieron a verme, los cuatro, no hace ni una semana.

—Ha sido, en efecto, un homicidio que…

Pero el obispo ya tenía otra idea en la cabeza.

—¿Puedo hacerle una pregunta que sin duda lo sorprenderá? —dijo.

—Naturalmente.

—¿Por qué se ha llevado a esos tres muchachos a la comisaría? Por lo que dicen, no debería haberlo hecho.

—Me ha parecido indicado… apartarlos…

—¿De qué?

Montalbano le explicó la situación que se había creado en la via Rosolino Pilo con toda aquella gente gritona, desmadrada y grosera que no respetaba a nadie y solamente se movía por la curiosidad más descarada. Mientras hablaba, el obispo lo miraba fijamente, no le quitaba los ojos de encima.

—… y los he interrogado, les he dicho que se mantuvieran localizables y los he dejado marchar —concluyó el comisario.

—Así pues, cuando se ha despedido de ellos no estaban acusados de nada.

—De nada. Eran, y son, simples testigos.

—¿Y podían irse a donde quisieran?

—Desde luego. Teníamos sus datos de contacto.

Se hizo el silencio. Luego, monseñor Partanna dijo en voz baja:

—Alfonso Licausi es sobrino mío. Hijo de mi hermana Angelina, seis años mayor que yo. Mamá murió al darme a luz y Angelina me hizo entonces de madre. Y hoy, después de enterarse por la televisión de las noticias sobre Alfonso, se ha encontrado mal. La hemos ingresado en el hospital.

—Entiendo —dijo Montalbano—. Lo lamento y espero que, con el regreso de Alfonso a casa, su hermana mejore pronto. De todos modos, como ya sabrá, a mí me han retirado del caso desde un primer momento.

Sin embargo, no quería que el obispo se llevara la impresión de que trataba de quitarse de en medio como un cobarde.

—De todos modos, me gustaría decirle con toda la sinceridad del mundo —continuó— que, de haber seguido llevando la investigación, el dato que acaba de referirme, que Alfonso Licausi es sobrino suyo, no habría influido en absoluto en…

—Eso lo sé perfectamente —lo interrumpió el obispo—. Y no lo he hecho venir para implorar ningún tipo de trato especial. Al parecer mi antepasado —dijo mirando el cuadro—, el primer obispo Partanna, fue un gran intrigante. Yo no tengo ese defecto. O esa virtud, teniendo en cuenta los tiempos que corren. No, mi intención era preguntarle por el extraño comportamiento, y «extraño» es quedarse corto, de su colega el dottor Toti.

A Montalbano no le gustó el cariz que estaba tomando la conversación. Era mejor cortarla de raíz.

—Perdone, excelencia, pero no me parece bien emitir juicios sobre el proceder de mis colegas.

—No le pido ningún juicio. Dios me libre. Lo único que quiero es saber si el dottor Toti tenía, desde un punto de vista técnico, motivos razonables para comportarse como se ha comportado. Me explico. ¿Tenía algún fundamento para sospechar que los tres amigos de Riccardino estuvieran implicados en su homicidio y, en consecuencia, para ordenar su busca y captura casi como si fueran fugitivos?

Era una pregunta concreta que exigía una respuesta concreta.

—En el momento en el que ha intervenido, el dottor Toti no podía tener ninguna sospecha. Digamos que las pesquisas acababan de empezar, no habíamos ido mucho más allá de la identificación del cadáver y apenas habíamos tomado las primeras muestras.

—Entonces, en su opinión, ¿por qué ha actuado el dottor Toti con tanta temeridad, con tanto fragor, con tanto ímpetu? ¿Y sin reflexionar lo más mínimo sobre las posibles consecuencias de sus actos? Hoy en día, decir, ante la opinión pública, que una persona está siendo investigada equivale a condenarla directamente, por desgracia. ¡Imagínese si encima se anuncia que se busca a esa persona porque está ilocalizable! ¿Usted podría explicarme el motivo de un comportamiento tan irresponsable?

Montalbano no podía estar más de acuerdo con el razonamiento del obispo, pero prefirió reaccionar con actitud diplomática y dijo:

—Bueno, digamos que se ha puesto nervioso al no encontrar a los testigos en el lugar de los hechos…

—Pero eso no justifica ni por asomo…

—Luego, como ninguno de los tres estaba localizable, ha deducido que se habían dado a la fuga. Se ha dejado llevar por las…

—¿Circunstancias?

—No, yo diría que las apariencias. Sucede con frecuencia, ¿sabe?

—¿Usted no cree en las apariencias, comisario?

—Me lo impide, precisamente, mi oficio. Si creyera en ellas, sería un pésimo policía.

—Y, entonces, ¿en qué cree?

—Pues… Por ejemplo, en lo que existe pero no vemos.

—¿Podría explicarse mejor?

Montalbano lo pensó un momento.

—¿Recuerda la famosa fotografía de la plaza de Tiananmén?

—¿La del joven que detuvo por sí solo un carro de combate? Sí.

—¿Lo ve, excelencia? Usted mismo, con sus palabras, me demuestra que se ha dejado convencer por las apariencias.

El obispo lo miró sorprendido.

—Ha dicho que el joven «detuvo» un carro de combate. Pero en realidad el joven no estaba en condiciones de detener nada y el carro de combate no podía detenerse por su cuenta. Quien lo paró fue el soldado que lo conducía, al que no vemos en la imagen porque estaba dentro del vehículo. Bueno, pues a mí me interesa ese soldado invisible, pero existente, que en aquel momento, desobedeciendo la orden recibida, consuma un acto como mínimo igual de valiente que el del joven que estaba plantado delante de su carro blindado.

—Se ha explicado usted a la perfección —dijo el obispo. Tras un breve silencio añadió—: El final es lamentable, ¿lo sabía?

—¿El final de qué? —preguntó Montalbano, preocupado, pensando en otra ocurrencia de Enrico Toti.

—El de aquel soldado que conducía el carro de combate de la plaza de Tiananmén. Lo fusilaron casi de inmediato, no podían permitirse la insubordinación. Me informé sobre su suerte. Y con suma dificultad, como comprenderá, al cabo de mucho tiempo conseguí una respuesta. Así pues, como ve, en aquella época tampoco me dejé llevar por las apariencias. Me interesaba y me interesa mucho, quizá un poco más que a usted, lo que existe pero no se ve.

El comisario se dijo que aquel obispo era muy espabilado y que había que andarse con pies de plomo.

Monseñor Partanna esperó la respuesta unos instantes, pero, como Montalbano se quedó mudo, dijo con una sonrisilla:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por haberme ahorrado el chiste fácil de que si me interesa lo que existe pero no se ve es por el simple motivo de que ese es, en esencia, mi trabajo.

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