Riccardino
Seis
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Seis
Nada más llegar a Vigàta se percató de que el escaparate del bar que había al principio del corso estaba muy iluminado porque exponía los dulces típicos del Día de Todos los Santos. No fue capaz de resistir la tentación. Detuvo el coche y aparcó, pero no bajó.
Se quedó pensando en otros tiempos, cuando era pequeño, cuando, siguiendo la tradición, el 2 de noviembre por la mañana los niños encontraban los regalos que les habían traído los muertos.
Tras el fallecimiento de su madre, Salvo se fue a vivir con su tía, que estaba casada y sin hijos. Su padre residía en otro pueblo, aunque no pasaba un solo domingo sin ir a verlo. Y sus tíos lo querían mucho. Un año su padre se presentó el 1 de noviembre, a primera hora de la mañana, cuando él todavía dormía. ¡Qué felicidad que lo despertara su papá! Cincuenta años después, seguía llevando consigo la emoción de aquel despertar, sentía aquella alegría tan intensa que se volvía dolorosa como una herida.
Su padre le dijo que había vuelto al pueblo, aunque no fuera domingo, porque al día siguiente, que era Todos los Santos, iban a ir juntos al cementerio a ver a su madre. Y le contó algo que no sabía: en la noche del 1 al 2 de noviembre, los muertos bajaban del cielo a la tierra con muchos regalos para los chiquillos que se habían portado bien y no habían tenido rabietas. Solo había que coger un cesto y meterlo debajo de la cama: mientras todo el mundo dormía, llegaban los muertos y lo llenaban de juguetes y de dulces. Aunque a los muertos también les gustaban las bromas y, después de llenar el canasto, lo cogían y lo escondían. Por eso, nada más levantarse, había que buscarlo.
—¿Tú qué quieres que te traiga mamá?
La pregunta era lógica, porque tanto para su padre como para él la única que podía llevar los regalos era su madre.
—Un triciclo.
Por la noche, cuando acabaron de cenar, su padre le dijo a su tía:
—Ve a por un canasto.
Su tía le llevó uno.
—Más grande —dijo su padre.
¡Así que era verdad que su madre iba a regalarle un triciclo!
Su tía lo acostó y luego su padre fue a darle un beso.
—Voy a poner el canasto debajo de la cama, pero tú sobre todo duérmete, ¿eh?
Y él, obediente, cerró los ojos.
Sin embargo, de repente se le ocurrió una idea: si conseguía quedarse despierto, seguro que acababa viendo a su madre. No se acordaba de ella en absoluto, solo de una luz dorada en movimiento, como las espigas de trigo cuando les daba el sol, y de las espigas de trigo salía el mismo susurro muy leve cuando las movía el viento.
¿Por qué le había tocado precisamente a él perder a su madre?
No conseguía entenderlo.
Su tía le había dicho que lo había decidido Dios nuestro señor, así, sin razón, porque era su voluntad. Y él había decidido no volver a rezarle a ese Dios nuestro señor. ¿Para qué iba a pedirle nada, si luego Dios nuestro señor hacía lo que le daba la gana?
—Acuérdate de decir una oración por tu madre antes de dormirte —le decía siempre su tía.
Y cuando, ya metido en la cama, notaba que el sueño se apoderaba de él, murmuraba:
—No te rezo ni aunque me mandes al fondo del infierno.
Sea como fuere, se juró que aquella noche de Todos los Santos no perdería su oportunidad. Por fin podría ver a su madre y se comprometió consigo mismo a permanecer despierto. No tenía miedo. ¿Qué miedo puede darte una muerta si es tu madre? Eso sí, una idea lo preocupaba: si su madre se daba cuenta de que todavía no se había dormido, quizá se volvería al cielo sin dejar que la viera. Así pues, tenía que hacerse el dormido, como los gatos cuando parecía que tenían los ojos bien cerrados pero en realidad estaban contando las estrellas.
Aguantó un rato, pero le pesaban los párpados y de repente, sin darse cuenta, el sueño lo venció.
—Salvù, despierta, levanta.
Se puso a buscar sin aliento por toda la casa, seguido por su padre y por sus tíos, ansiosos por ver su cara de sorpresa. Y al final encontró el canasto al abrir el gran armario del recibidor. Entre las asas asomaba un triciclo de un rojo intenso rodeado por completo de dulces: frutas de mazapán que parecían de verdad, ramas de miel, mustazzola de vino cocido, carcagnette, tetù o viscotti regina. Había incluso un muñequito de azúcar con forma de soldado de infantería.
Después fueron todos al cementerio en coche.
A él le habían dado permiso para llevar el triciclo. Mientras los mayores rezaban delante de la tumba de su madre, se puso a pedalear por las callejuelas del cementerio llenas de gente y se encontró a un montón de niños que, como él, jugaban con los regalos que les habían llevado los muertos: patinetes, coches a pedales, trenecitos, escopetas, aviones o muñecas. Y se llamaban, reían y se prestaban los juguetes, transformando el día de los muertos en un día de fiesta.
Pero él no, él pedaleaba y repetía:
—Gracias, mamá, gracias, mamá…
Y le daba por llorar y por reír.
Aquella fue la última vez.
Al año siguiente las cosas ya habían cambiado en Sicilia, y los regalos aparecieron al pie del abeto de Navidad. Quizá los muertos ya no se acordaban de cómo se iba a su casa.
Bajó del coche, entró en el bar y pidió una buena cantidad de dulces. Dudó de si debía comprarse también una muñeca de azúcar, una bailarina chillona de anchos muslos, pero le dio vergüenza y, en lugar de eso, se decantó por dos gigantescos cannoli rellenos de buen requesón.
Cuando estuvo ya instalado en el porche, alternando sabiamente viscotti regina y tetù, carcagnette y mustazzola, y bebiendo de vez en cuando un sorbito de malvasía, se puso a dar vueltas a la entrevista con el obispo. No conseguía descifrar su verdadero significado.
Era evidente que monseñor Partanna quería saber su opinión sobre el comportamiento de Toti, pero, tanto si él lo aprobaba como si lo criticaba, ¿el obispo qué sacaba en limpio? ¿Qué importancia podía tener el criterio de un comisario que, por otro lado, no llevaba el caso?
Lo mirase por donde lo mirase, le parecía que la llamada de su excelencia no tenía ningún sentido.
Y era precisamente eso lo que lo inquietaba, la falta aparente de sentido: nunca había visto a un cura hacer o decir nada carente de propósito o significado.
Estaba a punto de acostarse cuando sonó el teléfono. No podía ser Livia porque hacía dos días habían tenido una trifulca de campeonato sobre adónde ir en las vacaciones de Navidad. Ella había propuesto Johannesburgo. Para él aquello había sido un manotazo en toda la frente que lo había dejado tambaleándose.
—¿Johannesburgo? Pero ¡qué gilipolleces se te ocurren!
—¡No seas vulgar, Salvo, que cuelgo!
—Perdona, perdona. Pero cuéntame esa gilip… Cuéntame esa idea de que deberíamos ir a Johannesburgo.
—Es que no hemos estado nunca.
—Ya puestos, tampoco hemos estado en Bangkok ni en Singapur.
—Muy bien. Renuncio a Johannesburgo y nos vamos a Singapur.
—¡Espabila, Livia, haz el favor! ¡Solo tenemos cinco días de vacaciones, nos pasaremos tres en un avión!
—Bueno, pues ¿a ti adónde te apetece ir?
—La verdad es que no me apetece ir a ningún lado. Vente aquí a Marinella y pasamos cinco días en paz tan ricamente.
—¡¿En paz?! ¡Como si no te conociera! Te irás a comisaría todos los días y…
—Muy bien, muy bien, voy yo a Boccadasse.
—Claro, vente. Aunque yo ya lo he decidido: me voy a Johannesburgo.
En resumen: Livia le había dicho que no volviera a llamarla hasta que hubiera tomado una decisión: o Johannesburgo o Singapur.
Y él aún no tenía las cosas claras.
El dichoso teléfono no dejaba de sonar, de modo que al final se decidió a contestar.
—¿Diga?
—¿Qué hay, Salvo? ¿Dormías?
Reconoció al instante la voz ronca de fumador empedernido del Autor.
—No, pero estaba a punto de acostarme.
—Tengo que hablar contigo. Es muy importante.
—Mira, me pillas cansado. Si de verdad tenemos que hablar de algo importante, perdona, pero no es el momento.
—¿Te parece que te llame dentro de un par de días?
—Muy bien. Hasta luego.
El recuerdo de la trifulca con Livia y la llamada del Autor lo pusieron de los nervios. Anduvo de un lado a otro durante un rato y luego fue a echarse en la cama. Como no tenía sueño, se puso a leer una novela, La pista de hielo, de un autor suramericano, Roberto Bolaño. Le gustaba cómo escribía.
A la décima página, un reflujo repentino de ácido que quemaba como una lengua de fuego le subió del estómago a la garganta. Apenas logró evitar que le saliera la regurgitación por la boca. Al parecer, los tetù, el mazapán, los viscotti regina, el requesón de los cannoli y la malvasía habían formado en sus tripas una mezcolanza casi idéntica al sublimado corrosivo. Se levantó a toda prisa y fue a la cocina a tomarse una cucharada bien cargada de bicarbonato.
No sirvió de nada y pasó una noche de órdago.
Llegó tarde a la comisaría, porque cuando por fin había logrado pegar ojo ya eran las tantas.
—¡Dottori, ah, dottori, dottori!
—¿Qué pasa, Catarè?
—¡Ahora mismísimamente ha llamado el siñor jefe supirior por el tiléfono! ¡Conmigo personalmente en persona ha hablado!
—¿Ah, sí? ¿Qué quería?
—¡Quiere que usía venga a verme de inmediato!
Montalbano, que todavía estaba atontado por la nochecita en vela, se quedó completamente descolocado.
—Bueno, pues aquí me tienes.
—No, no, dottori, no a verme a mí que sería yo, sino a verme a mí que sería él, que es el que lo ha dicho con sus labios.
Montalbano se rindió.
—Explícate mejor, Catarè.
—Se lo explico todito paso a paso, dottori. Bueno, suena el tiléfono, yo lo descuelgo, voy y digo: «Cumisaría de Vigàta al aparato», pero una voz me hace interrupción y me dice: «Soy el siñor jefe supirior», y yo le digo: «A la orden», y él me pregunta por usía, y yo cuntesto que usía en ese priciso mumento no está in situ. ¿Hasta aquí me sigue el hilo?
—Sí, continúa.
—Entonces él, que vendría a ser el siñor jefe supirior, va y me dice, y aquí, dottori, tengo que abrir gomillas: «En cuanto llegue, dile que venga a verme de inmediato», y aquí ya, dottori, tengo que cerrar gomillas. ¿Me ha seguido?
—De maravilla, Catarè.
No le quedó más remedio que volver a coger el coche nuevamente para ir a Montelusa.
Pese a que no le gustaba verse con el siñor jefe supirior, estaba tranquilo, ya que iba con la conciencia limpia: Bonetti-Alderighi no tenía ninguna razón para tomarla con él. A no ser que quisiera volver a dar vueltas al asunto de los tres testigos que se había llevado a la comisaría.
Pero no le parecía probable. Aquello ya era agua pasada.
Por descontado, la primera persona con la que se encontró en la antesala de Bonetti-Alderighi fue su jefe de gabinete, el dottor Lattes, que iba de un lado a otro muy atareado con una carpeta debajo del brazo.
—¡Querido amigo! ¡Qué placer volver a verlo! ¡Está usted estupendo! —exclamó Lattes con evidente entusiasmo, agarrándole una mano con fuerza y llevándosela al pecho.
Por algo lo apodaban «Leches y Mieles». En realidad, lo que le pasara a Montalbano le importaba un comino, pero aquel teatro formaba parte de su naturaleza.
—¿Y la familia? ¿Todos bien? ¿Sus hijos? —continuó el hombre, implacable.
El comisario le había dicho y vuelto a decir cien veces que era soltero, pero el otro se había empeñado en que estaba casado y con hijos y no había tutía: siempre insistía en lo mismo, dale que te pego.
Montalbano decidió probar otra forma de quitarle de la cabeza de una vez por todas aquella idea fija de que tenía una familia que no existía.
—Mi mujer me ha dejado —dijo, primero poniendo cara de sufrimiento y luego dejando caer la cabeza para mirarse la punta de los zapatos.
A Lattes pareció que le daba un calambre, dio medio paso atrás y se le salieron los ojos de las órbitas.
—¿En serio?
—Sí. Ha perdido la cabeza por un tunecino, un musulmán. Y, para más inri, ¿sabe qué? ¡Es un inmigrante clandestino!
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Y los niños?
—Se los ha llevado con ella a Hammamet.
—¿Y usted ha venido a referirle el asunto en cuestión al señor jefe superior?
—No. Me ha hecho venir él.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es posible que no me haya dicho nada?
Montalbano se encogió de hombros.
—Voy a averiguar de qué se trata —anunció Lattes antes de llamar a la puerta del despacho y entrar.
¿Por qué no habría avisado Bonetti-Alderighi a su jefe de gabinete? Solo había dos respuestas posibles: o se le había olvidado, y en consecuencia el motivo de la convocatoria sería una sandez insignificante, o lo había mandado llamar por un motivo del que no le interesaba que estuviera al tanto ni siquiera Lattes. En el segundo caso, tenía que tratarse de una cuestión sumamente delicada.
El jefe de gabinete regresó con gesto algo preocupado.
—No me ha dicho por qué quiere verlo. En fin, puede pasar directamente, lo está esperando. Lo siento en el alma, créame.
—¿El qué? —preguntó Montalbano, sorprendido.
Ya se había olvidado por completo del embuste que acababa de contarle sobre la huida de su mujer con un tunecino.
—Su triste historia familiar —aclaró Lattes mientras se alejaba negando con la cabeza.
A primera vista, daba la impresión de que el jefe superior estaba de mal café. A segunda vista, también.
—Cierre la puerta y acérquese.
El comisario obedeció. Bonetti-Alderighi no le dijo que se sentara y siguió mirando los papeles que tenía encima de la mesa. Montalbano comprendió que tenía ganas de humillarlo dejándolo de pie y sin hacerle caso, de modo que decidió tocarle los cojones. De golpe y porrazo, tosió violentamente, volvió a toser, se aclaró la garganta como si estuviera acatarrado, sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó con tal fuerza que aquello recordó a la trompeta del Juicio Final. El jefe superior lo miró con cara de pocos amigos.
—Perdone —dijo el comisario—, es que creo que he cogido la gripe. Dicen que hay una epidemia y que es muy contagiosa. Me parece que también tengo unas décimas de fiebre.
Y abrió la boca como para estornudar. El jefe superior, que estaba obsesionado con la salud, se puso pálido y retrocedió sin levantarse de la silla, que tenía ruedas, para apartarse del radio de acción del inminente estallido. Que no llegó a producirse.
Y acto seguido empezó a hablar:
—Lo he llamado para decirle…
Montalbano, que le había pillado el tranquillo a la cosa, abrió y cerró la boca como un pez.
El jefe superior se quedó helado.
—No me sale —se disculpó el comisario.
—Me doy prisa, intente contenerse —dijo el jefe superior—. Lo he hecho venir para informarlo de que a partir de hoy deberá ocuparse usted del caso. Ya puede marcharse.
Montalbano abrió la boca de nuevo, pero esta vez no para fingir un estornudo, sino a causa de su asombro. Por prudencia, el jefe superior se echó un poquito más hacia atrás hasta chocar con el respaldo de la silla contra la pared.
—¿Qué caso?
—Montalbano, está claro que la gripe… ¿Se ha olvidado, hombre de Dios? ¡Me refiero al homicidio de ayer por la mañana en Vigàta!
—¿Tengo que ocuparme yo?
—¿Quién, si no?
—Pues el dottor Toti…
—Quite, quite. Olvídese del dottor Toti. Tiene otras cosas que hacer. Ya se ha encargado de enviarle una copia de su informe. La encontrará en comisaría. Y póngase en contacto con el fiscal Tommaseo cuanto antes.
Montalbano no entendía nada. ¿Por qué había cambiado de idea el jefe superior de la noche a la mañana? ¿Qué podía haber sucedido? ¿A lo mejor Toti había hecho otra gilipollez de primera categoría?
—¿Se sorprende? —preguntó Bonetti-Alderighi.
—Bueno, francamente, no esperaba que…
Y entonces la actitud del jefe superior cambió. Acercó la silla a la mesa, arriesgándose a ser víctima de un posible estornudo, y lo miró a los ojos.
—Es usted muy buen actor, Montalbano.
¿Se había dado cuenta de que lo de la gripe era puro teatro? No, no podía ser. Entonces, ¿a qué se refería?
—Pero sepa —prosiguió el otro— que si lo he hecho ha sido porque me han puesto en una situación en la que no podía negarme.
—Pero, señor jefe superior…
—Y a usted debería darle vergüenza haber recurrido a esos métodos.
—Pero, señor jefe superior…
—Y tarde o temprano se lo haré pagar.
¿De qué coño estaba hablando?
—Mire, señor jefe superior…
—No tengo ninguna necesidad de oír nada más. Sus palabras solo podrían confirmar la pésima opinión que tengo de su forma de actuar. Puede marcharse.
Aturdido, desconcertado, atónito, estupefacto, anonadado y, sobre todo, sintiéndose derrotado en el duelo con Bonetti-Alderighi, Montalbano le dio la espalda y fue hasta la puerta. La abrió y, cuando ya estaba saliendo, oyó la voz irónica del jefe superior:
—Y, por cierto, cuando lo vea, transmítale mis respetos a su excelencia el obispo Partanna.
Y entonces ya le quedó todo claro.