Riccardino
Siete
Página 9 de 25
Siete
La conversación con el jefe superior le quitó el apetito por completo, de modo que, en lugar de ir a la trattoria de Enzo, decidió irse directamente a Marinella. Ya compensaría con la cena haberse saltado el almuerzo.
No conseguía quitarse de la cabeza lo mal que había quedado.
Lo habían pillado con el paso cambiado y no había sabido reaccionar como era debido.
¡Qué vergüenza! ¡Qué rabia!
Al llegar a casa, se bebió dos vasos de agua uno detrás de otro, ya que de tantos nervios le había entrado una sed digna de alguien perdido en el desierto. Abrió la cristalera del porche y respiró a fondo el aire del mar.
No parecía noviembre, los colores y el calor eran más bien los de un día de finales de septiembre que se había quedado rezagado por el camino y se había presentado con mes y pico de retraso.
Desenchufó la toma del teléfono, se sentó en el porche, cogió un pitillo y lo encendió. Luego, se puso a reflexionar, ya con la cabeza despejada.
Para empezar, no cabía duda de que el jefe superior tenía toda la razón del mundo para enfadarse con él. Si por lo general ya lo trataba como a un trapo, así, por principio, ¡qué no iba a hacer cuando por una vez tenía un motivo de peso!
Seguro que había recibido una llamada de Roma para ordenarle que le quitara el caso a Toti y se lo pasara a él, y se habría visto incapaz de negarse. E igual de seguro era que quien lo hubiera llamado desde la capital se habría encargado de puntualizar que se trataba de hacerle un favor al obispo de Montelusa. Pero ¿cómo había conseguido Partanna hablar tan deprisa con alguien que estaba tan bien situado en el escalafón para mezclar las cartas de la baraja a su antojo?
En cuanto se hizo la pregunta le entraron ganas de reír.
¿Que cómo? ¡Si hacía siglos y más siglos que los curas dirigían aquel país!
Hasta poco tiempo atrás, lo habían hecho a cara descubierta de la mano de un partido, la Democracia Cristiana. Después, cuando las cosas se habían puesto feas y el mundo político se había ahogado con una insólita ola de detenciones, de condenas por corruptelas, dádivas, sobornos y podredumbres varias, los curas se habían limitado a disfrazar así por encima a unos cuantos supervivientes democristianos con pañuelos azules y los habían infiltrado en ese otro partido nuevo y reluciente que gobernaba el país en aquel momento.
¿Acaso el ministro del Interior actual no era uno de esos antiguos miembros de la Democracia Cristiana?
De todos modos, el jefe superior se había equivocado de medio a medio al pensar que quien había solicitado la maniobra había sido el propio Montalbano. Decidió que aclararía el asunto con él en cuando pudiera. No se la iba a dejar pasar.
Y, por otro lado, ¿qué interés podía tener monseñor Partanna en hacerlo saltar otra vez al terreno de juego?
¿Era simplemente porque Toti había hecho demasiado ruido al mear fuera del tiesto?
La motivación le parecía demasiado endeble, ya que, en ese caso, el obispo habría llamado directamente al jefe superior para rogarle que le dijera a Toti que actuara con prudencia, que mirase bien dónde pisaba.
Y la cosa habría acabado ahí.
No, el motivo debía de ser otro. ¡A saber! Si el cerebro de un cura normal y corriente es, como todo el mundo sabe, más tortuoso y retorcido que el del común de los mortales, ¿qué dédalos, qué circunvoluciones, qué meandros y qué zigzags debía de presentar el de un cura que había logrado llegar a obispo?
En cualquier caso, la conclusión era que, mutatis mutandis, la pelota había vuelto a caer en su tejado. No, si ya lo decía el saber popular siciliano: sale volando el hueso y acaba en el culo del hortelano.
En otros tiempos, recuperar un caso después de que se lo hubieran arrebatado le habría supuesto una gran satisfacción. Ahora la idea de volver a empezar lo desubicaba un poco y se sentía como si se hubiera hinchado a antipasti a sabiendas de que el plato fuerte aún estaba por llegar.
Intentó recordar los nombres de los tres testigos deportistas, los tres mosqueteros, pero no lo consiguió. Los había borrado. Solamente se acordaba de que el muerto se llamaba Riccardino. Poca cosa para empezar una investigación. No había vuelta de hoja: le tocaba ir a la comisaría, leerse el informe que le había enviado Toti y dar el primer paso, pero no tenía ningunas ganas.
Suspiró, renegó, se levantó, fue al baño, se desnudó y se pasó media hora en la ducha.
—¡Dottori, ah, dottori, dottori!
—¿Qué pasa, Catarè?
—¡Pasa que el dottori fiscal lo ha buscado cuatro veces! ¡Ha dicho que se incuentra nicisitado de hablar con usía personalmente en persona urgentísimamente con mucha urgencia! Dice incluso que usía lo llame en cuanto llegue a cumisaría.
—Mira, Catarè, no lo voy a llamar. Si vuelve a dar señales de vida le contestas que aún no he vuelto y no sabéis dónde encontrarme.
—¿Así dice usía que tengo que cuntestarle al fiscal?
—Así tal cual, Catarè. Y a Fazio dile que vaya ahora mismo a mi despacho.
—Estoy imposibilitado, dottori.
—¿Y eso?
—Imposibilitado en tanto en cuanto que Fazio se ha hecho ausente, dottori.
—Llámalo al móvil y dile que vuelva de inmediato.
En el centro de su mesa lo esperaba una fina carpeta de color marrón en cuya cubierta había una pequeña nota sujetada con un clip que rezaba: «De parte del dottor Toti». También encima de la mesa, pero a mano derecha, se alzaba una inestable torre de papeles por firmar que llegaba casi al metro de altura. A la izquierda, por su parte, había otro montoncito de papeles, este solo de unos veinte centímetros de altura, formado por papeles que tenía por leer. Se llevó un buen chasco. Se desanimó. Apoyó los codos en la mesa, colocó la cabeza bien firme entre los puños y, con los ojos bastante abiertos, se dedicó a contemplar el vacío infinito. Eso hacía cuando, de niño, le ponían demasiados deberes: como no sabía por dónde empezar, y sobre todo no tenía ningunas ganas de hacerlos, se abandonaba a la contemplación de la pared blanca de delante.
De pronto, con un golpetazo que sonó a bomba, la puerta se estampó contra la pared cuando alguien la abrió violentamente. Montalbano saltó de la silla y Catarella apareció cohibido en el umbral.
—Pirdone, dottori, se me ha…
—¡Aaahhh!
El berrido leonino de Montalbano dejó al recepcionista petrificado. Con el rabillo del ojo, el comisario había visto que la montaña de papeles de la derecha se meneaba, se inclinaba peligrosamente y empezaba a deslizarse. El brinco que dio, igual de leonino, para salir disparado a evitar el derrumbamiento obtuvo el siguiente resultado: las manos que había extendido ante sí, en lugar de detener la caída de la cima de la montaña, la alcanzaron con violencia justo en el medio y decenas y decenas de papeles acabaron esparcidos por todos los rincones del despacho.
Montalbano no tenía fuerzas ni para enfadarse.
—Venga, a cuatro patas. Ahora me recoges todas esas hojas y me las vuelves a poner en orden encima de la mesa.
—Sí, siñor… Sí, sí, dottori —balbuceó Catarella mientras se ponía manos a la obra.
—¿Qué querías decirme?
—Ah, sí. Que Fazio se incuentra inincontrable.
—¿Eso qué quiere decir?
—Que tiene el móvil apagado, dottori.
—Muy bien. Voy a por un café.
Cuando volvió el comisario, Catarella acababa de reconstruir la torre, que parecía algo más estable que antes.
—Se aguanta que es una maravilla —dijo él mismo, mirándola con satisfacción.
—Muy bien. Puedes irte.
El recepcionista se retiró reculando y con el cuerpo doblado en una media reverencia, como un cortesano del Celeste Imperio. En ese momento, el comisario tomó una decisión súbita. Estaba dispuesto a soportar lo que fuera con tal de retrasar el momento de abrir la carpeta del informe de Toti. Alargó la mano derecha, agarró el papel que estaba en lo alto de la pila, se lo puso delante y empezó a leerlo mientras destapaba un bolígrafo para firmarlo.
Fazio se presentó al cabo de unas dos horas, cuando Montalbano, que tenía el brazo medio paralizado, ya había conseguido despachar una cuarta parte de la montaña. Nada más verlo entrar en el despacho, el comisario se le echó al cuello.
—¿Se puede saber qué coño te crees que haces, Fazio?
—¿Cómo dice?
—¡¿Cómo que cómo digo?! ¿Te vas por la mañana y vuelves a última hora de la tarde sin dejar dicho dónde encontrarte? ¡¿A ti te parece normal?!
—Jefe, si tiene a bien…
—¡No digas eso de «si tiene a bien»! ¡Es una fórmula que me da mucha rabia!
—Jefe, si me permite…
—Adelante, habla.
—Esta mañana, en cuanto se ha ido usía a ver al jefe superior, han traído esa carpeta que tiene ahí delante. El compañero de Montelusa me ha explicado que venía de parte del dottor Toti, puesto que el caso volvía a usía. Para no perder tiempo, me he permitido ir leyendo el informe.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice?
—Es todo paja, jefe.
—Gracias. Me has ahorrado un tiempo precioso —contestó Montalbano mientras cogía la carpeta y la tiraba a la papelera—. Y luego, ¿qué?
—Luego ha llamado un señor para decir que ayer por la noche vio por la ventana de su casa, en el término de Sparacio, que se quemaba algo. Esta mañana ha ido a ver de cerca de qué se trataba. Y se ha encontrado los restos de una motocicleta de gran cilindrada. Así que me he ido para allá. Era una Yamaha 1100, casi con seguridad la que conducía el que disparó ayer.
—¿Solo estaban los restos de la moto?
—Sí, nada más.
—¿Ni casco, ni mono, ni guantes?
—Nada de nada, jefe.
—Tengo una curiosidad. ¿Cómo puede ser que para ir al término de Sparacio y volver hayas tardado el día entero?
—¿Puedo sentarme? —preguntó Fazio en lugar de contestar.
Montalbano le indicó que sí con un gesto.
—La matrícula de la moto aún estaba visible. He avisado a la científica y me he venido para acá. No he tardado nada en averiguar que el 30 de octubre el propietario de la moto, un tal Giacomo Collura, vecino de Fela, había denunciado el robo del vehículo, que se había producido la noche anterior.
—Era de esperar. Yo diría que todo encaja en el modus operandi habitual. ¿Has hecho algo más?
—Sí, jefe. He ido al gimnasio.
El comisario se quedó boquiabierto.
—¿Y desde cuándo vas tú al…?
—No, no, jefe, ¿qué había entendido? Me refiero al gimnasio al que iba el muerto cuando estaba vivo, como los tres testigos. El Polideportivo Virtus et Labor. Está pegado a la iglesia de San Antonio.
Montalbano lo miró impresionado.
—¿De dónde sacas tanta energía? —le preguntó—. ¿Te puedes creer que yo hasta me he olvidado de cómo se llaman?
—Va a tener que perdonarme, jefe, pero, conociéndolo como lo conozco, le he hecho un esquema —contestó el inspector jefe, sacando del bolsillo un papel doblado que le puso delante.
El comisario ni siquiera miró la hoja. A quien sí miró a los ojos fue a Fazio.
—¿Qué significa eso que acabas de decir?
—¿Qué he dicho?
—Has dicho que, conociéndome como me conoces, me has hecho un esquema. ¿Qué significa eso? ¿Que me consideras tan agilipollado que me olvido de lo que hice el día antes?
—Pero, jefe, ¡si usía mismo acaba de decirme que se ha olvidado de cómo se llamaban los testigos! ¿Quiere saber de verdad por qué razón he estado tan ocupado todo el santo día?
—Dímelo.
—Porque usía está perdiendo el interés por el oficio. Lo veo clarísimamente. Lo conozco hace demasiado tiempo. No se trata de estar agilipollado, sino de estar cansado. Está harto, jefe. Y por eso me dedico a quitarle de en medio el trabajo más básico, el más antipático, el más pesado.
Sin darle siquiera las gracias, Montalbano cogió el papel, lo desplegó y lo leyó.
RICCARDO LOPRESTI
Nacido en Vigàta el 12 de abril de 1972
Residente en Vigàta, en el viale Siracusa, 3
Licenciatura en Economía y Comercio
Director de la sucursal de la Banca Regionale en Vigàta
Casado con Else Hohler
Sin hijos
MARIO LIOTTA
Nacido en Vigàta el 2 de febrero de 1972
Residente en Vigàta, en la via Marconi, 32
Título de aparejador
Empleado de la mina Cristallo de Montereale
Casado con Adele Bonanno (hermana de Gaspare)
Sin hijos
GASPARE BONANNO
Nacido en Vigàta el 7 de mayo de 1972
Residente en Vigàta, en la piazza Plebiscito, 97
Título de contable
Empleado de la mina Cristallo de Montereale
Casado con Ida Liotta (hermana de Mario)
Un hijo
ALFONSO LICAUSI
Nacido en Vigàta el 14 de mayo de 1972
Residente en Vigàta, en la via Cristoforo Colombo, 2
Título de aparejador
Subdirector de la mina Cristallo de Montereale
Casado con Maria Bonanno (hermana de Gaspare)
Una hija
—Interesante —comentó Montalbano—. Con esto queda claro que la única excepción es Riccardino.
—Perdone, jefe, pero ¿por qué lo llama Riccardino?
—Uf, ni idea, me sale así.
—¿Y en qué sentido es una excepción?
—¿Te parece poco que lo mataran a tiros? Pero no, me refería a que era el único que no trabajaba en la mina de sal. ¿Y en el gimnasio qué has sacado en limpio?
—Está cerrado. En señal de luto por la muerte de Lopresti. Aunque estaban los porteros, un matrimonio, limpiando.
—¿Te han dicho algo de los mosqueteros?
—Nada importante. «Qué bueno era, qué gran persona, qué atento era el pobre señor Riccardo»… Aunque me ha dado la impresión…
—¿De qué?
—De que la señora quería contarme algo…, pero no delante de su marido. Mañana vuelvo e intento hablar a solas con ella.
—¿Me da su conpermiso?
Catarella había aparecido en la puerta y saludaba con el puño en alto.
Era evidente que se había preparado para llamar con su sistema habitual y después se había dado cuenta de que la puerta ya estaba abierta.
—Habla, camarada.
—Dottori, estaría al tiléfono una persona femenina.
—¿Cómo se llama?
Catarella se ruborizó.
—Es que me da virgüenza decir el apellido, dottori. Está feo. Ya vino ayer, ¿se acuerda? Le habían riventado la tubería.
Fazio miró intrigado a Montalbano.
¡Tina Faca, la quiromántica clarividente!
—Pásamela.
Catarella desapareció y al cabo de un instante sonó el teléfono.
—¡Capitán! Soy la señorita Tina. ¿Qué pasa? ¿Es que no viene?
—Discúlpeme, señorita, pero me es imposible. ¿Quedamos mañana por la tarde, hacia las seis?
—Quiá. Tengo una clienta. ¿A las siete?
—Muy bien, a las siete.
—Pero no vaya a darme plantón otra vez, ¿eh?
—No se preocupe —le contestó el comisario antes de colgar.
—¿Me explica qué es eso de la tubería? —preguntó Fazio.
—Luego te lo digo. ¿Sabes cuándo va a ser el entierro de Riccardino?
—Pasado mañana a las diez. En la iglesia de San Antonio.
—Así que mañana, que es laborable, los tres amigos estarán en la mina Cristallo. ¿Sabes qué horario tienen?
—Están en el departamento administrativo y tienen un horario de oficina normal. Salen a las cinco y media de la tarde. Entran a las siete de la mañana. ¿Quiere ir a verlos?
—Ni harto de vino. Solo quería saber si mañana por la mañana se habrían quitado de en medio, porque a las que me interesa ver es a sus mujeres.
—Tenga en cuenta que Maria Bonanno está en San Vito Lo Capo.
—Lo sé, aunque seguro que mañana por la noche ya habrá vuelto para asistir al entierro. Total, que mañana por la mañana me conformaré con la alemana y con Adele Bonanno, la mujer de Liotta. A ver si descubro por qué la llamó Riccardino un momento antes de que lo mataran.
—¿Hace falta que vaya a preguntárselo, jefe? Está claro que eran amantes.
—Ve poco a poco. ¿Eso quién te lo asegura? Lo parece, de acuerdo, pero nosotros no podemos quedarnos en las apariencias.
Mientras decía esas palabras apareció ante él, engorrosa, la imagen de la cara sonriente del obispo Partanna. La borró, de mal humor, y añadió:
—Te planteo un ejemplo. Pongamos que Riccardino sabe que Mario ha discutido con su mujer. Como es amigo de la pareja, quiere que hagan las paces, de forma que llama a escondidas a su casa para hacerlos hablar.
—Pero ¿por qué a escondidas?
—Porque si Liotta se hubiera enterado se lo habría impedido.
—Entonces, ¿por qué razón no le pasó el móvil a Liotta una vez que contestó su mujer?
—No le dio tiempo. Lo dispararon.
Fazio no parecía muy convencido.
—Te planteo otro ejemplo. Como marcó el número sin mirar, puede que se equivocara. A lo mejor quería hablar con otra persona y…
—Perdone, jefe, pero eso en concreto no me convence.
—¿Ah, no? ¿Es que hacía un momento no me había llamado a mí en vez de a Licausi? ¡A lo mejor se pasaba la vida equivocándose de número de teléfono!
Fazio lo miró con recelo.
—A ver, jefe, ¿usía a la mujer de Liotta la conoce de algo?
—¿A qué viene eso? No, de nada.
—En ese caso, ¿por qué la defiende como si fuera la santa Virgen María?
—¿Me haces un favor, Fazio?
—Claro, dottore.
—Olvídate de lo que he dicho. No eran más que palabras dichas a tontas y a locas, para poner el cerebro en movimiento. ¿No te has preguntado por qué me ha devuelto el caso el jefe superior?
—Pues sí. Y he encontrado la respuesta en el pueblo. Dicen que ha sido por voluntad de monseñor Partanna.
¡Joder! ¡Ya lo sabía hasta el apuntador!
—¿Y te han dicho por qué ha intervenido su excelencia?
—Sí. Porque los tres testigos se cabrearon con lo que hizo el dottor Toti. Y uno de los tres, en concreto Alfonso Licausi, es sobrino del señor obispo. ¿Usted no sabía nada de todo eso?