Riccardino

Riccardino


Ocho

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Ocho

En cuanto se encontró sentado en el porche de Marinella se puso a mirar el mar, que de pronto estaba muy revuelto; en un abrir y cerrar de ojos el agua se había comido media playa y las olas hacían un ruido atronador.

Y poco a poco empezó a contagiársele toda aquella rabia de la naturaleza; recordó la conversación con el jefe superior palabra por palabra.

Si no se desfogaba, si no descargaba de algún modo el agobio que le hervía dentro, muy probablemente no conseguiría pegar ojo.

Pero ¿cómo? ¿Con quién?

Hablando, desde luego. La única persona con la que podía abordar el asunto era Livia, pero aún estaba por resolver la riña por las dichosas vacaciones. Sopesó los pros y los contras, se levantó, entró en casa y marcó el número de Boccadasse.

—¿Diga? —contestó Livia al instante.

—Salvo al aparato.

No hubo respuesta.

—¿Livia? ¿Me oyes? Salvo al aparato.

Nada. Así pues, se imaginó que la llamada se había cortado.

Siempre se inquietaba y se pegaba un buen susto cuando se cortaba la comunicación: tenía la impresión momentánea de sufrir una imposibilidad total y absoluta de conversar no solo con la persona que estaba al otro lado del hilo, sino con cualquier otra del universo entero.

Colgó el teléfono y marcó nuevamente con frenesí. Comunicaba.

A ver si Livia, al haber oído que era él, había tenido la vileza de desconectar el teléfono…

Volvió a intentarlo, todavía más nervioso. Esa vez sí que sonó.

—No me gusta tu forma de actuar —dijo en cuanto oyó que descolgaba.

—Ni a mí la tuya —contestó una voz de hombre con acento genovés que colgó al instante.

¡¿Otro hombre?! ¿Había otro hombre en casa de Livia? Aquello podía acabar de muy mala manera. Insistió otra vez.

—¿Diga? —contestó, algo molesta, Livia.

—¿Quién es ese hombre que está contigo?

—¿Qué…? ¿Qué hombre? —dijo ella, atónita.

—¡El que me ha cogido el teléfono!

—Aquí no hay ningún hombre.

—¡Si acabo de hablar con él!

¡Negaba la evidencia, la negaba!

—Mira, ya que veo que te hace tanta ilusión, te propongo lo siguiente: bajo ahora mismo a la calle, agarro al primer hombre pasable que encuentre, me lo traigo a casa, tú vuelves a llamar y hago que conteste él. ¿Contento, gilipollas?

Por el tono de voz, a Montalbano le pareció que era sincera. Y entonces lo asaltó una duda: ¿se habría equivocado al marcar la segunda vez?

—Como no oía tu voz, he creído que se había cortado… He vuelto a marcar y me habré equivocado… Son cosas que pasan. Por cierto, el caso que tengo entre manos ha empezado precisamente con una llamada al número que no era, en concreto al mío… Oye, Livia, ¿sigues aún ahí?

—Sí.

—¿Por qué no hablas?

—Porque no es mi turno. Te toca hablar a ti.

—Venga, Livia, no bromees. ¡Llevo un cuarto de hora hablando! ¿Qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas, antes de seguir con esta conversación, qué has decidido con respecto a las vacaciones.

—¿Te…? ¿Te refieres a lo de Johannesburgo?

—Exacto. A lo de Johannesburgo.

Livia había nacido en Génova, pero tenía la cabeza más dura que si fuera de Calabria. Claro que, pensándolo bien, ¿qué le costaba a él decirle que sí y luego, en el último momento, anunciar que no podía ir? Solo el precio del billete, de la reserva del hotel y de la penalización. No se veía paseando entre los bóeres o lo que fueran. Cerró los ojos, contó hasta tres y soltó el embuste.

—De acuerdo, Livia. Vámonos a Johannesburgo.

Esperaba una exclamación de alegría, pero se hizo un largo silencio.

—Livia, ¿estás ahí?

—Sí.

—¿Y no dices nada?

—Sí, te digo una cosita, Salvo. Si esta vez el día antes de marcharnos me sales con que no puedes ir, te juro que te…

—Venga, Livia, ¡qué cosas se te ocurren! Te aseguro que, después de darle vueltas, me han entrado unas ganas enormes de ir a Johannesburgo. No te imaginas la curiosidad que tengo por conocer a los bóeres, a los… ¿Cómo se llaman? Los afrikáners… Pero ahora no hablemos de eso, ¿vale?

—Vale. Pues cuéntame qué es lo que has hecho durante estos días.

Le contó la historia del homicidio de Riccardino, la estupidez que había hecho Enrico Toti y la intervención del obispo de Montelusa. Y le dijo también que el jefe superior estaba convencido de que había sido él quien había acudido al obispo para recuperar el caso.

—¿Y qué? —preguntó Livia al final.

—¿Cómo que y qué? ¿Te das cuenta de que no solo el jefe superior, sino el pueblo entero, está convencido de que me ha enchufado el obispo?

—¿Y eso te molesta?

—Muchísimo.

—Pues hay una solución.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Mañana por la mañana detienes al sobrino. Así el jefe superior volverá a quitarte el caso y en el pueblo se darán cuenta de que no estás conchabado con el obispo. Más bien lo contrario.

—Livia, ¿se puede saber qué coño te pasa por la cabeza? —estalló él en vigatés.

—¡A mí no me digas palabrotas! ¡Y háblame en italiano!

—Perdona, pero es que no me tomas en serio.

—No puedo tomarte en serio, Salvo. ¿Cuándo te has preocupado de lo que pensaran los demás? ¿Cuándo has tenido en consideración a la opinión pública? Se nota que te haces mayor.

Y soltó una carcajada.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Estaba pensando que, en cambio, tu alter ego televisivo, que es más joven que tú, se ha mantenido fiel a sí mismo.

Un puñal clavado en mitad del pecho habría sido menos doloroso.

—Por cierto, Livia, ¿a ti no te joroba ver por la tele a una actriz que te imita?

—No, ¿por qué? Y no me imita en absoluto. Además, te recuerdo que no he sido yo la que se ha puesto a contarle al Autor nuestra vida y milagros. ¿Y a qué viene esto ahora?

Era mejor cortar la conversación de raíz, cuanto antes, y evitar complicaciones.

—Perdona, están llamando a la puerta. Seguro que es alguien de comisaría.

Colgó sin desearle buenas noches. La llamada aún le había dado una vuelta de tuerca más al humor de perros que ya tenía.

Buscó y encontró una botella de whisky que apenas estaba empezada. Volvió a sentarse en el porche y se puso a beber a morro.

El viale Siracusa estaba en una urbanización de chalets llamada, inevitablemente, Dos Pinos.

La calle de acceso estaba cortada por una barrera de hierro mecanizada y pintada de rojo y blanco. A la izquierda había una caseta al lado de la cual se veía una bicicleta apoyada. En el interior, un hombre estaba leyendo el periódico.

En el momento en que el coche se detuvo delante de la barrera, el hombre no se movió y ni siquiera levantó los ojos. El comisario tocó el claxon. Lo mismo. Pobrecillo, debía de ser sordo.

Detrás de Montalbano se paró otro coche, un BMW nuevo y reluciente. El vigilante debió de reconocer el ruido del motor, porque se levantó a toda prisa y salió de la caseta. En realidad no se trataba de un pobre sordo, sino simplemente de un hijo de puta. Llevaba un uniforme idéntico al de los policías americanos. Se inclinó hacia la ventanilla de Montalbano y le dijo:

—Hágase a un lado y deje pasar al commendatore.

—Y una mierda pinchada en un palo.

—Perdón, ¿cómo ha dicho? —preguntó el otro, agachándose un poco más.

Era una especie de armario con patas, de unos cuarenta años, y llevaba un voluminoso revólver cuya mitad posterior sobresalía de la cartuchera.

El comisario no tuvo tiempo de contestarle, porque en ese momento llegó a toda velocidad otro coche que se colocó detrás del que conducía el commendatore y se puso a tocar el claxon como si lo fueran a prohibir.

Más fresco que una rosa, Montalbano bajó y, mirando al vigilante a los ojos, le dijo:

—Escúchame bien, pedazo de americano falso de tres al cuarto, o levantas esa barrera o te meto el cañón de ese revólver por el culo. Tú eliges.

—¿Puedo preguntarle al menos adónde va? —dijo el armario, que de repente se había vuelto más dócil que un corderito.

—A ver a la viuda del señor Lopresti.

—Espere, que lo anuncio por teléfono.

—¿Quién te has creído que eres? ¿El arcángel san Gabriel? Sube la barrerita y, si sabes lo que te conviene, no toques el teléfono. Dime cómo llegar y punto.

—La segunda calle a la derecha, la quinta casa a la izquierda.

Siguiendo las indicaciones recibidas, tomó la segunda calle a mano derecha, llegó al quinto chalet, aparcó y bajó del coche.

El nombre escrito junto al timbre era «Arturo Tripodi». Qué curioso. Llamó.

—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.

—El comisario Montalbano. Buscaba a la señora Else Lopresti.

—No es aquí. Se ha equivocado. Desde la entrada, tenía que coger la segunda calle a la izquierda.

Volvió a subir al coche y condujo marcha atrás hasta llegar al otro quinto chalet. Esa vez había acertado. El cartelito del timbre que había al lado de la cancela decía: «Dottore Riccardo Lopresti».

El jardincito delantero del chalet de Riccardino fue una auténtica sorpresa: había todo un macizo ordenadísimo de rosas de distintos colores, era de lo que solo se ve en las fotografías de las revistas de jardinería.

Llamó. No contestó nadie. Vio que la cancela se abría con mucha facilidad. Recorrió el caminito de acceso a la casa envuelto en un aroma embriagador a rosas, llegó a la puerta y llamó. No hubo respuesta. Pero resultó que también se abrió con solo tocarla.

Se encontró en un gran salón que le pareció decorado con mucho gusto.

—¡Señora Lopresti! ¡Señora Else!

Silencio. Quizá la señora estaba en el piso de arriba, en su dormitorio, y no lo oía. Recorrió el salón, llegó al pie de una elegante escalera de madera que llevaba al primer piso y llamó con más fuerza:

—¡Señora! ¡Señora Else!

¿De dónde había salido el arma cuyo cañón se le clavó de repente en la nuca? ¿Cómo era posible que no hubiera oído nada, un paso, un roce?

En fin, hacerse preguntas era inútil: lo que estaba claro era que alguien lo estaba encañonando. Lo mejor era no moverse y quedarse callado, a la espera de que hablara el otro.

El otro no habló. Se limitó a darle la vuelta al arma y atizarle un buen culatazo en el cráneo. Antes de cerrar los ojos y perder el sentido, el comisario vislumbró a quien lo había golpeado: era el muy hijo de puta del vigilante. Y le dio tiempo incluso de pensar que el otro Montalbano, el de la televisión, probablemente no se habría desmayado, sino que habría reacc…

Se despertó tumbado boca abajo en un sofá del salón de los Lopresti. A su lado tenía a Galluzzo, que le ponía un paño húmedo en la nuca.

—¿Cómo está, jefe?

No contestó y se limitó a girar un poco el tronco. El vigilante armario estaba sentado en una butaca, aguantándose la frente con una mano, y Fazio, de pie con el auricular del teléfono en la oreja y el revólver del vigilante metido por la cintura del pantalón, bramaba:

—¡Quiero una ambulancia ahora mismo! No puedo esperar media hora, ¿entendido?

Montalbano volvió un poco más la cabeza hacia el resto del salón. No vio ni muertos ni más heridos. En consecuencia, la llamada de Fazio debía de ser por él. Se levantó de un brinco y una punzada de dolor hizo que se sentara otra vez.

—¡No te atrevas a llamar a la ambulancia por mí! —ordenó.

—Pero, jefe, ¡le dan dado un buen porrazo! Mejor que le echen un ojo en el hospital.

—Cuelga ahora mismo.

Fazio obedeció. El vigilante contemplaba la escena. Tenía la cara hinchada, el labio superior partido y un ojo que no podía abrir.

—¿Qué le ha pasado?

—Nada, jefe. Se ha caído por las escaleras —respondió Fazio.

Y puso la cara inocente de un serafín del paraíso.

—¿Os ha llamado él?

—Sí.

Al llegar y ver que el que le había atizado a Montalbano había sido el vigilante, Fazio y Galluzzo debían de haberla emprendido a puñetazos y patadas con él.

—No sabía que era de la pas… De la policía —explicó el hombre, al que le costaba hablar debido al labio roto—. He creído que era… He cogido la bicicleta y me he venido para aquí… Luego he llamado a la policía. Le pido por favor que me perdone, comisario, ha sido un malentendido.

—¿Dónde está la señora Else?

—En Palermo, en el aeropuerto. Ha ido a buscar a Wo… A su padre, que viene de Hamburgo para el entierro.

A Montalbano también le costaba hablar. Era como si alguien le estuviera dando martillazos en la cabeza.

—Muy bien, pues aquí ya no tenemos nada que hacer —dijo, apoyándose en Galluzzo para levantarse.

Y en ese momento oyeron la sirena de la ambulancia, que se acercaba.

—Ahora ¿qué hacemos? —preguntó Fazio.

—No podemos dejar que se vaya vacía —replicó el comisario—. La única solución es que te pegues un tiro en los huevos y haya que ingresarte.

Tenía todavía media mañana de trabajo por delante. Según lo que había decidido el día antes, lo siguiente era ir a ver a Adele Liotta, pero el dolor de cabeza no solo no se le pasaba, sino que parecía aumentar por momentos. Era evidente que no estaba en condiciones de abordar a una mujer que, en caso de ser cierto que había sido la amante de Riccardino, marcaría las distancias y se enrocaría recurriendo a todas las artes femeninas. Lo mejor sería, para no perder la mañana, ir a enterarse de qué se contaba del difunto en el banco del que había sido director.

La sucursal de la Banca Regionale estaba en la plaza principal, justo al lado del bar en el que hacían los mejores helados del pueblo y en el que Montalbano entró para pedir un café doble. El camarero no lo entendió y le sirvió dos tazas. En fin. Se bebió primero una y luego la otra.

El camarero lo miró sorprendido.

—Si me lo hubiera dicho, se lo habría hecho en una sola taza.

—No, no —contestó el comisario—. A mí me gusta así. Cuando pido un café cuádruple, lo quiero en cuatro tazas.

Con él, las puertas blindadas giratorias de los bancos siempre demostraban cierta antipatía: o no se abrían o lo echaban a la calle o lo dejaban atrapado. La de la Banca Regionale debía de estar de buen humor, porque lo dejó pasar al primer intento.

La oficina estaba muy concurrida. Montalbano se acercó a la ventanilla número uno, en la que no había nadie, y se agachó para hablar con el empleado. No le dio tiempo, porque una mano lo agarró de la americana y tiró de él con fuerza.

Al volverse, el comisario se encontró con un sacerdote de unos sesenta años muy enfadado que lo miraba con llamas en los ojos.

—¡No ha cogido número!

Tenía una voz clavada a una sirena de bomberos y todo el mundo se dio la vuelta para mirarlos.

—Pero si…

—¡No hay pero que valga! ¡Coja número y no se haga el listillo!

Entonces Montalbano le acercó la boca a la oreja y musitó:

—¡Cuidado, padre! Soy un enchufado del obispo Partanna.

El cura se quedó pasmado. De una puerta salió un señor de unos cincuenta años con cara de preocupación.

—¿Qué sucede?

—Nada, nada, un malentendido sin importancia —dijo el sacerdote al instante.

—Soy el comisario Montalbano. Me gustaría hablar con el director.

—Acompáñeme.

Montalbano lo siguió hasta un despacho mientras el cura no dejaba de mirarlo fijamente. El hombre se presentó:

—Soy el jefe de caja, me llamo Sergio Caruana. La dirección me ha encargado sustituir de forma temporal al pobre dottor Lopresti. Ha venido usted por la investigación, supongo.

—Sí.

Se sentaron, Caruana detrás de la mesa y Montalbano en una de las dos sillas que había delante.

—Debía de conocer bien al dottor Lopresti.

—Bueno, lo conocía como director, en el trabajo, pero…

—¿Pero…?

—No éramos amigos, nunca nos hemos tratado en privado.

—¿Y por qué no?

—Comisario, yo tengo cincuenta y dos años, el dottor Lopresti apenas pasaba de los treinta. Llevaba otra vida, cómo le diría, más deportiva, mientras que yo…

—Entiendo. ¿Cuánto hacía que Lopresti era el director de la oficina?

—Tres años. Primero había trabajado en la sucursal provincial de Montelusa.

—Y aquí… ¿todo bien?

El jefe de caja lo miró extrañado.

—¿A qué se refiere, perdone?

—Le hago una pregunta directa: en su opinión, ¿el asesinato del director podría estar relacionado, aunque fuera lejanamente, con su conducta, digámoslo así, bancaria?

—Yo lo descartaría. El pobre Lopresti era un joven ambicioso, quería hacer carrera. Pero honradamente, eso sí. Y por eso no cometía errores.

—¿No podría ser que, en algún caso, esa voluntad de no cometer errores resultara un error?

Caruana lo pilló al vuelo.

—Me imagino que se refiere a algún préstamo no concedido por falta de garantías o tal vez a algún pago exigido sin dilación por personas que…

—… que podían tomarse las cosas mal —acabó Montalbano por él.

La respuesta no fue inmediata. Caruana reflexionó y luego dijo:

—Bueno, hace tres años, recién llegado a la sucursal, Lopresti rechazó la concesión de un crédito de cinco millones de euros a Li Puma, el constructor.

Salvatore Li Puma, era cosa sabida, formaba parte de la familia mafiosa de los Sinagra. Y se rumoreaba que estaba metido en el narcotráfico al por mayor.

—Y, entonces, ¿Li Puma amenazó a Lopresti?

Caruana soltó una carcajada.

—Ni por asomo. Volvió al cabo de una semana y consiguió lo que quería.

—¿Qué pasó entre medias?

—Llamaron a Lopresti de la Dirección General para ordenarle que siguiera adelante con la concesión del crédito. Al menos así me lo contó de forma muy confidencial. Añadió también que había recibido otra llamada del subsecretario de Justicia, el honorable Arturo Saccomanno, que había insistido mucho en apoyar a Li Puma.

¡Saccomanno, estupendo! Un sujeto vinculadísimo a los Sinagra que en lugar de estar entre rejas estaba en el Gobierno.

—Así pues, ¿Li Puma ya no tenía ningún motivo para vengarse?

—No, desde luego. Lopresti ya estaba domesticado: ¿qué razón había para matarlo? —dijo con amargura el jefe de caja—. Si seguía vivo podía volver a resultar útil, ¿no cree?

—Oiga, ¿no es posible que otra gente de la misma calaña que Li Puma se aprovechara de la domesticación, como dice usted, de Lopresti?

—Quizá. Pero para saberlo habría que repasar todo el trabajo hecho por el pobre difunto. Y muchos documentos ya no están aquí. Se los llevó a Palermo un inspector de la Dirección General que vino ayer mismo. Y para consultarlos haría falta Dios y ayuda.

—Ya —contestó Montalbano, desanimado.

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