Riccardino

Riccardino


Nueve

Página 11 de 25

Nueve

Cuando el comisario salió del banco aún quedaban casi treinta minutos para la hora a la que solía ir a almorzar a la trattoria de Enzo, pero aquel día también iba a saltarse el ritual.

No solo no tenía nada de hambre, sino que sentía una especie de angustia en la boca del estómago que le provocaba unas náuseas muy molestas. Sería, sin duda, consecuencia del dolor de cabeza, que no lo había abandonado ni un momento. Así pues, decidió irse a Marinella y descansar un poco.

Al llegar, se tocó la nuca y al instante soltó un quejido de dolor.

En la base del cráneo le había salido un chichón del tamaño de una nuez que no podía ni rozarse con los dedos.

Se desnudó, abrió el grifo del lavabo y metió la nuca debajo del chorro de agua fría. Se quedó así diez minutos y al final le pareció, aunque no era más que una impresión, que el dolor se había calmado.

«Ahora voy a echarme una horita», se dijo mientras desconectaba la toma del teléfono.

Se despertó a las cinco y media. Había dormido cuatro horas seguidas. En cuanto abrió los ojos se dio cuenta de que se le había pasado el dolor de cabeza. Se tocó la nuca con cautela: la hinchazón se había reducido en un setenta y cinco por ciento. Se levantó, se lavó, se vistió, enchufó el teléfono y llamó a la comisaría.

—¡Ah, dottori, dottori! ¡Ya había perdido la esperanza de volver a oír la voz suya de usía, dottori!

—¿Me buscabas?

—¡Sí, dottori! ¡Lo buscaba muchísimo!

—¿Alguna novedad?

—Ah, no, dottori.

—Entonces, ¿por qué me buscabas?

—Por nada, para saber cómo se incontraba.

—Mira, Catarè, no voy a volver en todo el día. Nos vemos mañana por la mañana.

—¿Puedo saber adónde va a ir, dottori?

—Sí: a ver a una quiromántica clarividente.

Pegada a la puerta de los bajos primera del número 2 de la via Saverio Cucurullo había una hoja de color amarillo con una fotografía de la quiromántica clarividente que debía de tener, como muy mínimo, treinta años. Debajo de la fotografía se leía:

 

TINA FACA

Quiromántica clarividente

Su pasado, su presente, su futuro

y todo lo que quiera saber

¡No hay trampa ni cartón!

Precios módicos

 

Cuando la señorita Tina fue a abrir, el comisario se quedó atónito.

La torre de Pisa que cuando la había conocido descollaba en lo alto de su cabeza había desaparecido o, mejor dicho, se había transformado en una compleja construcción que recordaba vagamente la catedral de Colonia. Sin duda en honor de la visita de Montalbano, la señorita se había emperifollado con ganas: los ojos perfilados de negro, la boca pintada de rojo sangre y media tonelada de base de maquillaje. Además, se había dibujado un lunar picarón en la comisura izquierda del labio inferior, uno de aquellos puntitos negros que en tiempo del rey Humberto I se denominaban «llamabesos». Llevaba un vestido violeta tan ajustado que, para evitar que estallara, debía de tener las costuras reforzadas con algún material utilizado para las velas de las regatas, y además se había echado por encima un buen decilitro de perfume de peluquería.

—¡Capitán, qué alegría verlo! ¡Ya sabía yo que era hombre de palabra! ¡Pase, pase, está en su casa!

Lo guio hasta la salita en la que recibía a los clientes y le señaló una butaca.

—¿Le apetece un cafelito?

—¿Por qué no?

Mientras ella trasteaba en la cocina, Montalbano se levantó y fue a echar un vistazo a las fotografías enmarcadas que colgaban de las paredes.

Eran de hombres y mujeres, clientes sonrientes que en sus dedicatorias atestiguaban los beneficios obtenidos gracias a la clarividencia de la señorita Tina. Una en particular le llegó al corazón: era de un anciano desdentado y sin un solo pelo, con gesto de quien se sabe ya con un pie en la tumba. La dedicatoria rezaba:

 

A la maga Tina Faca,

que me ha salvado de un amor infeliz.

 

—¡Venga, venga, capitán! —lo llamó de pronto la quiromántica, alterada.

Montalbano corrió hasta la cocina.

—¡Por ahí viene ese hijo de la puta de oros! ¡Reconozco el ruido del coche del muy mariposón de mierda! ¡Mire, por ahí!

Y con esas palabras la señorita Tina se plantó delante de la ventana que acababa de señalar y la tapó por completo con todo su tonelaje, ayudada por el añadido de la catedral de Colonia, con el que superaba el metro ochenta de altura.

—Tendría que apartarse un poquito —dijo el comisario.

—Quiá. Que yo también quiero verlo.

Lo agarró de un brazo, se lo echó encima hasta prácticamente hundirle la cabeza entre las tetas y lo clavó contra el alféizar con todo su cuerpo.

De repente el comisario, medio asfixiado, notó que le picaba la nariz. Era aquel dichoso perfume nauseabundo. Y estornudó justo cuando pasaba un coche marrón por delante de la ventana.

—¿Le ha visto la cara, capitán?

—Quiá, he tenido la mala pata de estornudar y…

—Dentro de cinco minutos volverá y podrá verlo bien.

¿Qué intenciones tenía la quiromántica? ¿Retenerlo entre las tetas hasta que pasara otra vez el coche? El comisario se asustó, le faltaba el aire. Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—¿El café ya estará listo?

—Ah, sí.

Al verse liberado momentáneamente, descubrió que también había una ventanita diminuta, una especie de aspillera, que daba a la calle. Se colocó delante y no abandonó el puesto ni cuando la señorita le sirvió el café.

—¡Ya vuelve, ya vuelve! ¡Venga aquí conmigo, capitán!

Montalbano metió la cabeza en la ventanita a toda prisa, pese al peligro de quedarse atascado. Algo decepcionada, la señorita Tina corrió a la otra ventana. El coche marrón volvió a pasar y el comisario vio con claridad al hombre que iba al volante. Tenía unos cincuenta años y una cara estereostipada, como diría Catarella.

—Ahora sí que lo he visto. Se lo agradezco y ya…

—¿Qué? ¿Se va? Pero ¡si tenemos que ir a ver a Filippo Nicotera! ¡El santo varón nos está esperando! —exclamó la señorita Tina.

¿Quién? Ah, sí. Montalbano se acordó: el santo varón que le había arreglado la tubería a la señorita y que tenía un dormitorio desde el que podía contemplarse la conclusión de los misteriosos viajes del camión y el coche marrón.

—Está bien —contestó con resignación.

La quiromántica desapareció y volvió con una especie de mantilla que había colocado sobre la aguja más alta de la catedral de Colonia y que le caía por los hombros.

Salieron y se encaminaron hacia el número 6.

La calle era muy angosta y, para pasar, el camión tenía que hacer acrobacias: los edificios de ambos lados no estaban todos en línea recta, sino unos algo más avanzados y otros algo más retirados.

El señor Nicotera vivía en un tercero sin ascensor. La quiromántica llamó y se abrió la puerta. Por sí sola, o al menos eso le pareció al comisario en un primer momento. Con diez centímetros de altura menos, el señor Nicotera habría sido, técnicamente, un enano, pero aquella diferencia no bastaba para que dejara de parecerlo. Era un hombre de unos cincuenta años, flaquísimo, pálido y sin un pelo en la cara ni en la cabeza. Una lombriz albina.

—¡Qué honor, comisario! ¡Adelante!

—Es capitán —precisó la quiromántica.

—¿Le apetece un café? —preguntó el santo varón haciendo caso omiso de la corrección.

—Ya me ha servido uno la señorita. Me gustaría que me dijera ahora mismo… Es que luego tengo un…

—Acompáñeme.

El dormitorio del señor Nicotera presentaba, además de una cama de matrimonio novísima y probablemente reforzada con acero que podía acoger como mínimo a tres personas, un balcón.

—Lo tengo cerrado porque, si no, me entra la peste del vertedero —explicó—, pero se ve igual.

Montalbano se acercó y la señorita Tina se puso a su lado. Por suerte, había sitio para todos.

La vista era estupenda. Se veía el fondo de la calle, que terminaba en una plazoleta con una farola cerrada por un muro de unos dos metros detrás del cual estaba el vertedero, que llegaba hasta donde alcanzaba la vista. Había de todo: coches y neveras, bidones que chorreaban líquidos de todos los colores imaginables y porquería derretida, carcasas de animales, una barca, algo que Montalbano deseó con todas sus fuerzas que fuera un maniquí e incluso el ala de un avión.

El señor Nicotera se encajó entre la quiromántica y el comisario y empezó a contar lo que veía desde aquel puesto de observación.

—Bueno, pues cuando llega el camionero al volante de su camión, por la noche, para al lado de la farola, baja, saca un taburete y un paquete, se va hasta el muro… Ahí, dottore, ¿ve donde dice, con el debido respeto lo digo, «A tomar por culo todo»? Pues pone el taburete exactamente debajo del «lo» de «culo», agarra el paquete, se sube, se asoma, lo deja caer al otro lado, recoge el taburete, aaahh, vuelve al camión y se va. Aaahh.

¿Por qué para señalar los sitios el señor Nicotera solo empleaba la mano derecha y de vez en cuando, además, soltaba un quejido?

Montalbano se echó un poco hacia atrás y miró. La mano izquierda del santo varón estaba acariciando con pasión la cúpula trasera de la señorita Tina, que lo dejaba a sus anchas con gesto de felicidad.

Sería mejor acabar antes de que la cosa degenerase.

—¿Y cuando viene con el coche, como hace un rato?

—La recogida del paquete es más complicada, comisario.

—Quiá. Es capitán.

—¡Dale que te pego! —estalló el santo varón—. ¡Qué capitán ni qué niño muerto! Que es comisario.

La quiromántica clarividente no reaccionó; se limitó a lanzar una mirada de recelo a Montalbano.

—El hombre llega con el coche —continuó el señor Nicotera—, aparca al lado de la farola, baja, saca una escalera de mano extensible del maletero, se va hasta el muro, la pone en el mismo sitio que le decía, sube, aaahh, se sienta a horcajadas encima del muro, agarra la escalera, la pasa al otro lado, baja, desaparece y reaparece con el paquete, vuelve a colocar la escalera del lado de acá, aaahh, baja, mete el paquete en el maletero con la escalera y se marcha. Y eso es todo, aaahh.

—¡Aaahh! —repitió como un eco la quiromántica clarividente.

Había que darse prisa antes de que pasara algo irremediable.

—¿Ha conseguido leer el número de la matrícula del…?

—La del camión no, porque de noche está muy oscuro y la farola da poquita luz, pero la del coche sí. Se la he apuntado en este papel.

Se lo entregó a Montalbano, que se lo guardó en el bolsillo.

—Aunque hay una cosa sobre el camión… —continuó el señor Nicotera.

—Dígame.

—Desde aquí se ve la parte de atrás vacía. Lo he mirado con los prismáticos. Y a lo mejor me equivoco, pero para mí que lo utilizan para transportar sal. Debe de ser un camión de la mina Cristallo.

El comisario le dio las gracias, rechazó la propuesta de quedarse a comer con ellos, prometió ponerse manos a la obra, salió a toda pastilla, llegó al coche en apnea y arrancó.

De camino a Marinella se le ocurrió que en ese momento la lombriz y la catedral de Colonia estarían retozando en aquella cama, comprada expresamente para resistir la humanidad de la quiromántica clarividente. Primero le entraron ganas de reír y recordó un relato de Philip Roth, pero luego el horror de la escena que se había imaginado lo cegó, dio un bandazo y por unos pocos centímetros no fue a estamparse contra un coche que circulaba en sentido contrario.

Le había entrado un hambre de lobo.

Abrió la nevera: salmonetes encebollados en vinagre y una caponata.

Se reconcilió con el universo.

Puso la mesa en el porche y se sentó a comer. Soplaba un aire limpio y fresco que realzaba los sabores. Disfrutó de lo lindo. Mientras recogía, sonó el teléfono. Como la cena lo había puesto de buen humor, fue a contestar.

Era el Autor, que lo llamaba desde Roma. Se arrepintió al instante de haber descolgado.

—Salvo, ¿tienes un rato?

—¿Un rato cómo de largo?

—Como mucho diez minutos.

—Bueno. Dime.

—Así no puedo avanzar, tendrías que tratar de echarme una mano.

—¿En qué sentido?

—Como has hecho siempre. El caso de Riccardino que estás llevando…

—¿Quién te ha hablado de eso? —lo interrumpió Montalbano, molesto.

El Autor dejó escapar un profundo suspiro.

—Virgen santa, Salvo, ¿todavía estamos así? ¿Aún no has entendido cómo funciona esto o lo haces adrede?

—Quiero saber quién te ha informado.

—Salvo, es justo lo contrario. Soy yo el que te informo a ti. Y no entiendo por qué te empecinas en creer que el que me informa eres tú. La historia esta de Riccardino la estoy escribiendo mientras tú la vives. Y punto pelota.

—O sea, que yo soy el títere y tú, el titiritero. ¿Es eso?

—Pero ¿qué gilipolleces estás diciendo? ¿Ahora me sales con lugares comunes? ¿Te olvidas de la de veces que has impuesto, por iniciativa propia, por tu cuenta y riesgo, un curso completamente distinto del que yo tenía previsto escribir? A ver, ¿no fuiste tú el que eligió el final de La paciencia de la araña? Mi idea era acabarlo de una forma determinada y me obligaste a meter una resolución distinta. Y además tengo clarísimo por qué.

—¿Ah, sí?

—Sí. En esa última parte me hiciste introducir en la trama unos monólogos tuyos imposibles de escenificar. Y lo sabías perfectamente. Hablando en plata: lo hiciste para joder al personaje televisivo, para negarle la posibilidad de adornar ciertos matices, ¿no es cierto?

—¿Me has llamado para contarme que has hecho ese gran descubrimiento? ¿Que quiero diferenciarme del otro?

—No se trata solo de eso, Salvo. Yo, en cierto modo, te entiendo. Fíjate en que al principio de esta historia he reflejado con total fidelidad que no tragas al Montalbano televisivo, que te incomoda, cuando podría habérmelo ahorrado perfectísimamente. Pero tengo que avisarte de que no estás yendo por buen camino.

—¿Qué quieres decir?

—Compararte con él o, peor aún, enfrentarte a él es mala idea.

—¿Por qué?

—Porque tú eres tú y él es él.

—¡Qué poco te cuesta decirlo a ti, que vives a costa de los dos! ¡Pues claro que te conviene tenernos diferenciados y separados!

—Salvo, estoy intentando decirte que este enfrentamiento provoca que no tengas las ideas claras, y en consecuencia perjudicas también mi relato. Tus investigaciones ya no son lo que eran. Con demasiada frecuencia te contradices y te muestras indeciso, confuso o incluso distraído. Sacas a colación el problema de la vejez inminente a todas horas, cuando yo sé a ciencia cierta que es una excusa para disimular tu tremenda indecisión. ¿Te das cuenta de que con esta historia de Riccardino te niegas a encauzar el caso por derroteros precisos y delimitados? Te pongo una pista en bandeja y te dedicas a hacer tonterías, con lo que me metes en un lío. Como escritor, quiero decir. Así es muy complicado avanzar, es necesario que tu investigación…

—Se han acabado los diez minutos —dijo Montalbano. Y colgó.

Después de dar vueltas en la cama durante una hora, se levantó, se sentó a la mesa y escribió una carta, que era su forma de tomar apuntes.

Querido Salvo:

Me escribo esta carta no por la llamada del Autor, sino solo para tener bien presentes algunos puntos.

 

EL INCIDENTE EN CASA DE LOPRESTI

Cuando me he presentado en la entrada de la urbanización he tenido un encontronazo con el vigilante, que se ha ofendido. Se ha portado como un gilipollas, pero yo tampoco me he quedado corto. He actuado más como un mafioso que como un policía.

Me ha dado una información errónea, me ha mandado a una calle que no era la de la casa de Lopresti. He perdido un tiempo precioso hasta encontrarla. Una vez allí, me he encontrado la cancela y la puerta de la vivienda abiertas, como si hubiera alguien, cuando en realidad la señora Else no estaba; no había nadie. La hipótesis lógica es esta: el vigilante me indica una dirección falsa, salgo hacia allí, él coge la bicicleta que tiene al lado de la caseta, llega a la casa antes que yo, abre con las llaves que le ha dejado Else y se pone a esperar. Yo entro y caigo en la trampa como un pánfilo. Mientras estoy inconsciente, me coge la cartera y ve que soy policía. Entonces llama a comisaría. La pregunta es: ¿a quién esperaba el vigilante en mi lugar?

No nos olvidemos de que en esa casa vive la mujer de Riccardino, al que han matado a tiros. ¿La viuda también corre peligro?

Otra cosa curiosa: cuando le he preguntado al vigilante dónde estaba la señora, me ha contestado que había ido a Palermo a recoger a su padre, que venía de Alemania para asistir al entierro, pero entonces ha estado a punto de llamarlo por su nombre y se ha interrumpido y corregido a tiempo.

Ha empezado a decir: «Wo…»

Hay que averiguarlo todo sobre este vigilante.

 

LA HISTORIA DEL CAMIÓN

La historia del camión misterioso no debería formar parte de esta carta, centrada en el homicidio de Riccardino, pero hay un comentario del señor Nicotera en el que merece la pena detenerse: cree que el camión debe de pertenecer a la mina Cristallo. Esa es la misma mina en la que trabajan los tres amigos del difunto Riccardino.

Hay que acordarse de darle a Fazio el papel con la matrícula del coche del camionero para que se entere de quién es el propietario.

Porque nunca se sabe.

Cordialmente,

SALVO

 

Postdata para el Autor: No creo que la escenificación de esta carta presente las mismas dificultades que un monólogo interior. Sugiero que el guionista traslade estas reflexiones mías a un diálogo con Fazio.

S.

Ir a la siguiente página

Report Page