Riccardino
Diez
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Diez
—¡Bienvenido, dottori, dottori!
—Gracias, Catarè. ¿Está Fazio?
—No si incuentra, dottori. Me ha dado la cumunicación de darle a usía de usted la cumunicación de que esta mañana lo han llamado los de las bombas y entonces, después de hablar con los de las bombas…
—Alto ahí, Catarè, para el carro. ¿Qué bombas son esas? ¿Ha ido a ver a los artificieros?
—Ay, dottori, ha dicho que lo habían llamado los de las bombas fúnebres, que yo no sé si son artificiales o no, eso no me lo ha dicho, y se ha ido para el intierramiento, que es allí, y luego después del intierramiento ya volvería para comisaría, que es aquí.
Montalbano entró en su despacho, se sentó, sacó del bolsillo de la americana el papel que le había dado el santo varón, llamó a un amigo de Montelusa que trabajaba en la oficina del registro automovilístico, le leyó el número de la matrícula y su amigo le prometió que le diría algo en breve.
Y, en efecto, no había pasado ni media hora cuando sonó el teléfono. Milagros de la informatidad, como la llamaba Catarella.
El coche marrón estaba a nombre de Saverio Milioto, residente en Vigàta, en la via della Stazione, 12.
Como no tenía nada que hacer mientras esperaba a Fazio, salió, subió al coche y se fue a la via della Stazione. En el número 12 había una casita de dos plantas. En la planta baja, al lado de una puerta pequeña, se encontró un garaje bastante grande con la persiana levantada. Dentro no había un alma, pero sí estaba el coche marrón que había visto pasar de ida y de vuelta el día antes, además de una furgoneta, una camioneta y otro automóvil, en ese caso verde oscuro. Se acercó a la puerta.
En el portero automático no había ningún nombre ni indicación. Llamó.
—¿Quién es? —preguntó una voz femenina.
—Soy Cesare Battisti, señora.
Si resultaba que el jefe de la Policía Judicial se llamaba igual que un héroe de la Primera Guerra Mundial, ¿por qué no podía llamarse él como un cabecilla del irredentismo italiano?
—¿Y qué quiere?
—Me gustaría hablar con el señor Milioto.
—¿El padre o el hijo?
—Saverio.
—Sciaveriu no está, trabaja en la mina.
—Oiga, ¿puedo hablar con el hijo?
—¿Con Gnazio? Gnazio ha salido con la otra furgoneta para hacer una entrega. ¿Venía a encargar un transporte?
—Sí.
—Gnazio volverá dentro de unas dos horas. ¿Quiere que le dé el teléfono del garaje?
—No hace falta, señora. Gracias. Ya volveré después, cuando esté Gnazio.
El viaje no había sido completamente en balde. Saverio Milioto, además de trabajar de camionero en la mina Cristallo, había montado un pequeño negocio de transportes del que se ocupaba su hijo, Gnazio.
En resumen, las cosas le iban tirando a bien. Y ese paquete misterioso que por las noches escondía en el vertedero para luego ir a recogerlo a la mañana siguiente debía de servir para redondear sus ingresos.
—Acabo de volver hace un momento —dijo Fazio mientras entraba en el despacho del comisario.
—Siéntate. ¿Qué querían de ti los de las pompas fúnebres?
—Me han llamado para saber lo que tenían que hacer, jefe.
—¿Con respecto a qué?
—Con respecto a un hecho concreto: antes de que el señor Trallino, que es el encargado de las pompas fúnebres, fuera al depósito de Montelusa a recoger el cadáver de Lopresti para meterlo ya en el féretro, un jovencito que no se ha identificado le ha llevado una carta dirigida a él y un paquetito muy pequeño.
—¿Cómo de pequeño?
—Como un estuche de joyería de los que llevan un anillo dentro.
—¿Llevaba grabado el nombre de la joyería?
—No, jefe, no había nada escrito.
—Sigue.
—En la carta, anónima, le pedían al señor Trallino que metiera el paquetito dentro del féretro, y nos ha llamado para saber qué hacía, porque evidentemente la petición no era de la mujer del difunto ni de ningún otro familiar.
—¿Y qué le has dicho?
—Pues, para empezar, jefe, le he pedido la carta. Estaba escrita con ordenador y ya le digo que no iba firmada. Aquí la tiene.
Fazio sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió al comisario, que miró con atención la hoja en la que se leía exactamente lo que acababa de decir Fazio. No parecía que hubiera forma de descubrir quién la había mandado.
—Dame el paquete —pidió.
Fazio se ruborizó ligeramente.
—No lo tengo.
—¿Y dónde está?
—Dentro del féretro. Le he dicho a Trallino que podía meterlo con el muerto, que no pasaba nada.
Montalbano se quedó mirándolo algo molesto.
—Te felicito por esa iniciativa estupenda. Al menos lo habrás abierto antes, ¿no?
—Sí, jefe. Por eso le he dicho que adelante.
—¿Y qué había dentro?
Fazio se puso aún más colorado.
—Unos cuantos pelos, jefe.
—¡¿Pelos?!
—Eso mismo.
—¿Pelos de qué? ¿De animal?
—No, jefe. De persona. Bueno, mejor dicho, de mujer. Era vello púbico.
Montalbano se puso hecho un basilisco.
—¿Tú te das cuenta de lo que has hecho? Esos pelos podíamos habérselos mandado a los de la científica, que con un examen de la cosa esa… ¿Cómo coño se llama…? El…
—ADN. Se llama ADN, jefe.
—Dime la verdad: ¿se te ha ocurrido que estabas haciendo algo que no debías hacer?
—Jefe, le he dado bastantes vueltas. Un buen rato. Y al final he decidido que valía la pena.
—Pero ¡¿por qué, Virgen santísima?!
—Porque podemos llegar perfectamente hasta la, llamémosla así, propietaria de esos pelos sin necesidad de recurrir a la científica. ¿De quién quiere que sean? De la amante del pobre Lopresti. Y nosotros ya teníamos una idea de quién podía ser, ¿verdad?
—Pero con la científica…
—Jefe, ¿cómo íbamos a hacernos con otro pelo íntimo de la amante de Lopresti? ¿Pidiéndole amablemente que se bajara las bragas?
—Fazio, hablas por hablar porque sabes que has metido la pata. No habría habido ninguna necesidad de obligar a la señora a bajarse las bragas, bastaba con un pelo de la cabeza, una colilla, un vaso…
Fazio respiró hondo.
—¿Quiere que le diga la verdad?
—La verdad ya te la digo yo. Te ha tocado el corazoncito. Has pensado que, para hacer una cosa así, la historia de esa mujer con el difunto debía de haber sido muy pasional. Te has metido de lleno en una película romántica de las de llorar. Y no te ha parecido justo negarte a la petición de la desconocida.
—¿Usía habría actuado de otro modo?
No, no habría actuado de otro modo, pero entonces se le ocurrió una pregunta que, sorprendentemente, lo cohibía:
—¿De qué…? Ejem… ¿De qué…?
—Eran negros, jefe.
—¿Y al entierro te has quedado?
—Claro. Estaba todo el mundo.
—Ponme algún ejemplo.
—Se ha presentado medio pueblo: los de la Banca Regionale de Montelusa, de Palermo y de otras sucursales, todos los socios del polideportivo, el secretario del obispo, que ha hablado de Lopresti en nombre del obispo…
—Oye, ¿y cómo se ha comportado la viuda alemana con las mujeres de los tres amigos?
—Pues como si no estuvieran, jefe. Bueno, peor. Su padre, que ha venido de Alemania, la tenía abrazada por un lado, y en el otro estaba su hermana. Y los dos, en cuanto han visto acercarse a los tres amigos con sus mujeres, se han puesto de barrera. Los otros han entendido que no había nada que hacer y se han ido sin darle el pésame.
—O sea, una ruptura en toda regla.
—Categórica, jefe.
—¿Y la presunta amante de Riccardino qué ha hecho?
—¿Adele Liotta? Estaba afligida, emocionada, de vez en cuando lloraba, pero… ¿Cómo le diría? Era un sufrimiento digno, no una cosa dramática ni desesperada.
El comisario dedicó un momento a analizar las palabras de Fazio.
—¿Quieres decir que no te ha parecido una amante apasionada que hubiera perdido en circunstancia trágicas al hombre que quería hasta el punto de pretender meterse dentro de su féretro…?
—Sí, jefe. Eso mismo. Además, estaba muy ocupada consolando a Maria.
—¿Y esa quién es? —preguntó Montalbano, sorprendido.
—Jefe, ¿no miró el esquema que le di? Es que, si no, no entenderá nada. Maria es la hermana de Adele y está casada con Alfonso Licausi. Esa sí que estaba destrozada. Intentaba contenerse, la pobre, pero no podía. En un momento dado se ha desmayado, pero se ha recuperado enseguida y no ha querido que la sacaran de la iglesia.
El comisario se quedó pensativo unos instantes.
—A lo mejor es que es más sensible que su hermana.
—Claro —replicó Fazio secamente. Demasiado secamente.
—¿Qué pasa? —quiso saber Montalbano—. ¡Si te habías emperrado en que Riccardino y Adele eran amantes! ¿Qué bicho te ha picado ahora? ¿Te ha impresionado el comportamiento de Maria Licausi? Pues entonces explícame por qué Riccardino, un minuto antes de que lo mataran, llamó a Adele y no a Maria, que, entre otras cosas, estaba en San Vito Lo Capo.
—Para eso no tengo explicación, jefe. Pero de una cosa estoy seguro.
—¿De qué?
—De que Adele es rubia natural, mientras que Maria tiene el pelo negrísimo, negro como la pez.
Se hizo un silencio meditativo y pesado. Al final el comisario lo rompió:
—Necesito información sobre dos personas.
—A la orden.
—La primera de ellas es Saverio Milioto, camionero de la mina Cristallo y residente en la via della Stazione, número 12, donde tiene también un garaje con dos furgonetas y una camioneta con las que se dedica a hacer transportes con ayuda de su hijo, Gnazio.
—¿Tiene alguna cosa que ver con el homicidio de Lopresti?
—No creo. Es ese camionero que le rompió la tubería a la señorita…
—Pero, jefe, ¿usía tiene ganas de perder el tiempo?
—Haz el favor de buscarme lo que te pido y no me toques los cojones. La segunda persona es el vigilante aquel que me atizó un porrazo en la cabeza y que…
A Fazio se le escapó una risilla.
—¿Te habría gustado atizármelo tú?
—¡Qué cosas dice, jefe! —replicó Fazio, antes de añadir—: Estaba en el entierro.
—¿Quién?
—El vigilante.
—Sí, claro, conocía a Riccardino, que vivía…
Fazio se puso a decir que no con el dedo.
—No es que fuera conocido, es que era pariente.
—¿Pariente? ¿De quién?
—De Riccardo Lopresti. Eran cuñados.
Montalbano pegó un salto en la silla.
—¡¿Qué dices?!
—Lo que oye. El vigilante, que por entonces no era vigilante, estuvo viviendo en Alemania. Cuando volvió se trajo a su novia, que se llama Erika. Al cabo de un tiempo se casaron y para la boda vinieron a Sicilia la hermana de la chica y su padre, Wolfgang. Lopresti conoció a Else por casualidad en la playa y se enamoró. Poco después también se casaron. Y eso es todo.
¡Por eso el vigilante llamaba al padre de Else por su nombre, porque era su suegro!
—¿Y dónde te has enterado de todo eso?
—Es que, jefe, el comportamiento del vigilante con usía no me encajaba y me informé. Se llama Ettore Trupia y el trabajo de vigilante se lo buscó precisamente el pobre Lopresti.
—¿Qué más sabes del tal Trupia?
—Es un hombre violento, jefe. Al llegar de Alemania encontró un puesto de agente marítimo, pero un día tuvo una trifulca con el patrón y lo mandó al hospital. Por supuesto, lo despidieron. Al cabo de unos meses empezó a trabajar en el mercado del pescado, pero tuvieron que mandarlo a su casa cuando no habían pasado ni tres años porque armaba jaleo con todo el mundo. Se quedó en el paro bastante tiempo y al final el pobre Lopresti lo colocó de vigilante. ¿Le basta con eso?
—No. Pero dime por qué no te encajaba su comportamiento.
—Nos contó que usía se había presentado en la entrada con actitud prepotente, que lo había amenazado, que quería entrar a toda costa… ¿Es cierto?
—Ciertísimo.
—¿Y por qué hizo eso?
—Porque antes él se puso chulo y entonces… Venga, sigue.
—Resulta que nos dijo que tenía la mosca detrás de la oreja y lo siguió en bicicleta. Y cuando lo vio entrar a escondidas en la casa intervino. Lo que yo me pregunté en ese momento fue: ¿qué necesidad tenía de hacer todo ese teatro? ¿Por qué no sacó el revólver en la caseta y en vez de levantar la barrera le impidió el paso y llamó a la policía?
—¿Dijo eso exactamente, que me vio entrar a escondidas?
—Sí.
—Me tendió una trampa, Fazio —afirmó Montalbano.
Y le contó cómo lo había mandado por donde no era y cómo había dejado abierta la puerta de casa de la señora Else para que entrase creyendo que estaba dentro.
—¿Y por qué actuaría así? —preguntó Fazio.
—Ese es el quid de la cuestión. Puede que haya dos explicaciones. La primera, la más sencilla, es que Trupia, ofendido porque lo tratara mal en la entrada de la urbanización, organizara esa puesta en escena para vengarse dándome un mamporro sin tener que pagar las consecuencias. Y en verdad lo consiguió. Se comportó como un buen vigilante de seguridad. Aunque se le escapó un detalle.
—¿El qué?
—No tuvo en cuenta que vosotros lo moleríais a palos.
—Tiene que entenderlo, jefe. Cuando llegamos y lo vimos a usía tirado en el suelo, y Trupia nos dijo que había sido cosa suya, nos salió espontáneamente…
—Bueno, de ese asunto, cuanto menos hablemos, mejor. Y tratad de controlar eso que llamáis «espontaneidad». No me gusta. Sigamos. La segunda explicación me la has reforzado tú mismo al revelarme que Riccardino y Trupia eran cuñados. En otras palabras, a lo mejor la señora Else tiene miedo de que la historia, sea la que sea, no haya acabado con el asesinato de Riccardino y pueda pasar algo más. Algo que la implique directamente. ¿La señora Else está metida en el asunto que provocó la muerte de su marido? ¿O quizá solo sabe algo y se siente amenazada? En fin, sea como fuere, le dijo a Trupia, es decir, al marido de su hermana, que estuviera atento por si alguien preguntaba por ella o iba a verla. ¿Le contaría el motivo de su miedo? No lo sabemos, pero lo cierto es que el vigilante, como no me conocía, creyó que era una de esas personas a las que temía Else. ¿Tiene sentido?
—Pues sí. Y en este momento me parece más importante que nunca que hable usía con la alemana.
—Tengo la intención de ir a verla mañana por la mañana.
Toda comida es una aventura y su resultado depende del azar. El menor detalle (un olor extraño, un sabor excesivo, una mosca que intenta posarse en el plato, un vecino de mesa que habla a gritos) basta para que la armonía se haga añicos sin esperanza, sin remedio.
Aquel día, en la trattoria de Enzo, todo salió a las mil maravillas.
Y Montalbano se marchó de allí cantando himnos de agradecimiento a los dioses de la buena mesa. No sabía quiénes eran, pero desde luego tenían que existir.
De camino al muelle para dar el paseíto acostumbrado, se detuvo un momento a observar un camión de la mina Cristallo que estaba descargando sal en una explanada cubierta de cemento y vallada. Iba creándose una montañita blanca. Dentro de aquel espacio cercado había también una especie de almacén de grandes dimensiones en el que, al parecer, empaquetaban la sal. En lo alto de la puerta, un cartel rezaba: SICULSAL.
El comisario llegó al pie del faro dando un pasito tras otro y se sentó en la piedra plana de siempre.
El aire del mar le limpió los pulmones y las ideas que tenía en la cabeza.
Por lo que le había contado Fazio, daba la impresión de que la amante de Riccardino no era Adele, sino su hermana Maria. Entonces, ¿por qué había llamado Riccardino a Adele? Quizá la hermana era el contacto entre los dos amantes.
Un momento, Montalbà.
Adele y Maria son hermanas de Gaspare Bonanno, que se ha casado con Ida Liotta, la cual a su vez es hermana de Mario.
Con lo vinculados y emparentados que están los hombres y las mujeres del grupo, cabe la posibilidad de que todos estén al tanto de la historia de Riccardino y Maria. ¿Todos? ¿También Alfonso Licausi, que sería, por así decirlo, el cornudo del montaje? Eso hay que descartarlo. ¿Por completo? Quizá no, vista la actitud de Alfonso en comisaría. Hay una brecha evidente entre los demás mosqueteros y él. ¿Tal vez esa brecha la haya provocado precisamente su mujer, Maria, al conseguir la complicidad de todos los demás? ¿Y por qué está Else, la alemana, tan predispuesta en contra del grupo? ¿Se habrá enterado de la relación de su marido y Maria? ¿Cuánto tiempo hace que empezó esa relación?
Un momento más, Montalbà.
¿Tan seguro estás de que solo se trata de un asunto de cuernos? ¿De verdad puede ser que, una vez más, todo el cacao se deba a un asunto de cama, como tantas veces y con tanta alegría sucede por estos lares?
Otro momento más, Montalbà.
Entonces, ¿por qué tiene miedo Else de que le pueda pasar algo y le ha pedido a su cuñado el vigilante que la proteja? Si fuera una simple historia de cuernos, una vez que el asesino hubiera vengado su honor, ¿qué motivo tendría para matar también a Else, que en ese asunto ni pincha ni corta?
Otro momento más todavía, Montalbà.
Estás metido en un razonamiento que te lleva de cabeza al nombre del asesino. Si se trata de cuernos, el asesino solo puede ser Alfonso Licausi, el sobrino del obispo. Y quizá por eso se preocupa monseñor. Sin embargo, está demostrado que Licausi no se encontraba en el lugar de los hechos; llegó cuando todo había pasado. Claro que podría haber contratado a un sicario perfectamente. Y también podría haberlo contratado Else, para vengarse de ese marido que le ponía los cuernos. Pero ¿qué necesidad tenía Else de recurrir a un sicario si tenía al alcance de la mano a su cuñado el vigilante? ¿Cómo se llamaba…? ¿Trupia? En resumen, los nombres posibles son, en este momento, dos: Licausi y Trupia.
Claro que con eso no se movía del terreno de los cuernos. Y el instinto a Montalbano no le hacía oler un hedor a cuernos tan penetrante.
Se levantó de la piedra plana más desconcertado que otra cosa y emprendió el camino de vuelta.
En la explanada de Siculsal otro camión había acabado de soltar su blanco cargamento. El conductor era Milioto, que desde la cabina mantenía una conversación muy intensa con Licausi. El comisario siguió su camino y los dos hombres no se percataron de su presencia.