Riccardino
Once
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Once
Montalbano no había llegado ni a pasar por la puerta de la comisaría cuando lo asaltó Catarella, sudoroso de la exaltación.
—¡Ah, dottori, dottori! ¡Dos veces ha llamado el siñor jefe supirior! ¡Buscaba a usía de usted personalmente en persona! ¡Y como ni a la sigunda lo ha incontrado, para mí que se ha cabreado prunfundamente!
—¿Es que ese hombre nunca sale a comer, como todo hijo de vecino? Y, si está desganado, ¿por qué se cree que los demás tampoco tenemos hambre?
El comisario había reflexionado en voz alta, pero Catarella se lo tomó al pie de la letra:
—Dottori, yo de la falta de apetencia del siñor jefe supirior no sé nada.
—¿Qué quería?
—Dottori, a mí no se ha dignificado a dicirme la cosa que quería dicirle a usía personalmente en persona. ¿Me he explicado? Él es el jefe supirior y yo ni entro ni salgo.
—Dame el tiempo de llegar al despacho y me lo pasas, Catarè.
Se fijó en un sobre que estaba encima de la mesa. Era amarillo, de los que antes se llamaban «comerciales», y el destinatario («DOTTOR SALVO MONTALBANO, COMISARÍA DE VIGÀTA») estaba escrito a bolígrafo en letra de imprenta. No llevaba remite. El matasellos era de Montelusa. Apestaba de lejos a anónimo.
—Dottori, ¿está sintado con cumudidad?
—Sí, Catarè.
—Entonces, ¿le paso al siñor jefe supirior?
—Pásamelo.
—Montalbano, ¿a usted también lo ha llamado su amiguito?
Por el tono del jefe superior, que pretendía ser sarcástico, el comisario entendió a la primera quién era ese amiguito al que se refería. Cuando se ponía ocurrente, el dottor Bonetti-Alderighi simplemente daba pena. Así pues, decidió marearlo un poco.
—Por desgracia, dottore, hace dos años que no me llama —contestó, concluyendo la frase con un suspiro de melancolía.
—¡Qué dice, Montalbano! ¡Usted delira! ¿Dos años? Pero si hace apenas unos días…
—No, dottore, hace dos años que no sé nada de él. Era un amiguito que había conocido en un turbio teatro, fumaba un cigarrillo y los ojos relucientes tenía.
En realidad, el poema de Sandro Penna hablaba de un angelito y no de un amiguito, pero, total, ¿qué coño iba a saber el jefe superior de poetas y poemas?
No hubo reacción alguna en el otro extremo de la línea.
El comisario oía que Bonetti-Alderighi jadeaba, como quien ha estado a punto de ahogarse y acaban de sacar del agua. Luego, la respiración fue recuperando la normalidad, se calmó.
—Montalbano, no me ha entendido. No me refería a ese amiguito suyo que no me interesa lo más mínimo, sino al obispo Partanna.
«¡Ahí te quería yo ver, queridísimo jefe superior de mis amores! ¡Quería que fueras tú el que dijera ese nombre!».
—Dottore, ¿sabe por qué no lo he entendido y no podía entenderlo? —dijo el comisario, confiriendo a su voz un tono entre el desdén y la ofensa—. ¡Porque yo jamás, ni en mis pensamientos más secretos, me he atrevido a considerar que su excelencia el obispo Partanna fuera amiguito mío! ¡En la vida me habría atrevido! ¡Su excelencia está para mí en tan alta esfera que llamarlo «amiguito» habría sido incluso una blasfemia!
«¡A ver cómo sales de esta, gilipollas!».
En efecto, al oír esa declaración de profundo y devoto respeto eclesiástico, el jefe superior se asustó. Y se quedó pensando que tal vez Montalbano y el obispo, que lógicamente tenía muchos contactos poderosos en Roma, fueran uña y carne de verdad. ¿Sería posible que por una ocurrencia acabaran trasladándolo en cualquier momento a algún sitio donde no hubiera agua, luz, gas ni teléfono?
—Montalbano, si yo también, de verdad, albergo en mí la más profunda devoción… por una persona que… Lo mío ha sido una mera forma graciosa de… Un poco irrespetuosa, lo reconozco, pero…
—Entendido —lo cortó el comisario sin miramientos, no solo sintiendo que tenía la sartén por el mango, sino bastante resarcido tras su última conversación—. Y ahora cuénteme por qué lo ha telefoneado su excelencia.
—Me ha preguntado cómo avanzaba la investigación. Y me ha rogado que, en la medida de lo posible, se acelerase.
—¡Acelerar! ¡Menuda palabra! Dottore, ¿recuerda lo que escribió Walter Lippmann, el famoso criminólogo americano?
¿Quién era ese Lippmann que se le había pasado por la cabeza? Ah, sí, un periodista político.
—La verdad, en este momento…
Montalbano improvisó, disfrutando de lo lindo:
—Escribió que toda investigación tiene su respiración, un ritmo propio que no puede ni ralentizarse ni acelerarse.
—Interesante. Su excelencia, para acabar, me ha dicho también otra cosa que me…
—Si quiere decírmela…
—Ha dicho, textualmente, que un hoyo, siempre que siga siendo un simple hoyo, puede taparse, pero si el hoyo se transforma en abismo todo se vuelve más difícil. Yo no he entendido nada. ¿Y usted?
—Tampoco, señor jefe superior.
En realidad, había entendido a la perfección el sentido de las palabras del obispo.
Como su sobrino y sus amigachos estaban implicados en el caso, pretendía cerrarlo antes de que pudiera convertirse en un escándalo.
Y eso quería decir que de todo aquel asunto el obispo Partanna sabía, o intuía, mucho más de lo que dejaba entrever.
—En cuanto haya algún avance, infórmeme.
—Desde luego, señor jefe superior.
Abrió la carta. No se había equivocado. Las palabras estaban formadas con vocales y consonantes recortadas de periódicos. Un clásico.
Montalbano:
¿A qué esperas para detener a Alfonso Licausi? Riccardo Lopresti era el amante de su mujer y él se ha vengado. ¿O es que te has puesto de acuerdo con el obispo Partanna para salvarlo de la cárcel?
UN CIUDADANO
¡Anda que no debía de haber perdido el tiempo el ciudadano recorta que recortarás y pega que pegarás! Si hasta había puesto los signos de interrogación.
Llamó a Fazio y le entregó la carta.
—Nos han mandado la solución por correo.
El inspector jefe la leyó y puso cara de satisfacción.
—Esto confirma lo que le he contado sobre el comportamiento de las hermanas en el entierro —dijo—. Nos habíamos equivocado de medio a medio. La amante de Riccardo Lopresti no era…
Montalbano levantó una mano y el otro se quedó a media frase.
—Mira, Fazio, tú en el entierro has tenido una impresión determinada. Sin embargo, frente a esa impresión hay un hecho preciso y concreto, lo cual es muy distinto de una impresión.
—¿Cuál es?
—Que la última llamada de Riccardino, según recoge la memoria de su móvil, fue a Adele Bonanno. Y, en consecuencia, por pura lógica, el cornudo que apretó el gatillo debería haber sido Mario Liotta.
—Pero, jefe, si usía, cuando lo hablamos…
—Sí, muy bien, hice otras hipótesis, pero entonces no me habían mandado este anónimo.
—¿Y eso qué quiere decir? Esa carta, aunque sea anónima, solo sirve para confirmar…
—Confirma muchas cosas, Fazio. Llega como caída del cielo. Demasiado.
Fazio entornó los ojos.
—¿Asegura que es todo un invento?
—No lo aseguro, pero podría ser. Quieren dirigir nuestras sospechas hacia Licausi, que, por otro lado, es, en efecto, el primero de la lista de sospechosos. Claro que también hay que plantearse lo contrario.
—¿Es decir…?
—Es decir, que no se trate de un invento, como dices tú. Que alguien sepa con certeza que ha sido Licausi y nos lo quiera comunicar. O quizá ese mismo alguien quiere salvar al verdadero asesino y nos ofrece a cambio a Licausi en bandeja de plata, como quien dice.
Fazio emitió una especie de quejido con la boca cerrada.
—¿Qué te pasa?
—¿Puedo hablar, jefe?
—Sí, claro.
—¿Le importaría decirme por qué titubea tanto? ¡Primero dice que una cosa es blanca y al cabo de un momento que es negra! ¡Y luego aún puede decir que es gris! ¿De verdad no entiende nada de lo que pasa o lo que pretende es que acabe yo majareta?
—No tengo ninguna intención de volverte loco. Venga, ayúdame a aclarar las ideas. ¿Qué me cuentas de Saverio Milioto?
—Jefe, ¿qué hora es?
—Aún no han dado las cuatro. ¿Qué pasa? ¿No tienes reloj?
—Sí que tengo. Pero ¡es que usía me ha dicho que investigara a Milioto a la una y pico! ¡Y me he ido a comer como cualquier hijo de vecino! ¿Usía qué hace? ¿Ayuna? ¿De repente está desganado?
Casi las mismas palabras que había empleado él para referirse al tocacojones del jefe superior. Se avergonzó. Resultaba que él también era un tocacojones. Como todos los jefes.
—Discúlpame, Fazio.
La primera y única vez que había interrogado a los tres mosqueteros como testigos había empleado instintivamente la táctica de comportarse a medio camino entre un imbécil y un despistado, y algo había sacado en limpio: la conclusión de que había alguna cosa que, en aquel momento, había hecho que Alfonso Licausi se pusiera a la defensiva ante sus amigos.
Incluso había recurrido a la vieja estratagema de hablar a solas con uno de los testigos elegido al azar y preguntarle cosas sin sentido, de modo que, si tenían algo que ocultar, empezaran a sospechar unos de otros. En consecuencia, si quería conseguir un resultado determinado le tocaba repetir la representación con Mario Liotta.
Para no depender de Catarella, que era capaz de llamar a aquel Palacio de Cristal que tenían en Madrid en lugar de a la mina Cristallo, buscó el número en la guía él solito.
—¿Oiga? ¿Es la mina Cristallo? El comisario Montalbano al aparato.
—Dígame, comisario.
—¿Con quién hablo?
—Con el recepcionista. ¿Quiere que lo pase con alguien?
—No, no hace falta. ¿Puede avisar al aparejador Liotta de que lo espero en comisaría por un tema urgente? Que no se le olvide, se lo ruego, porque se trata de un asunto sumamente importante.
—No se preocupe, comisario.
—¿A qué hora sale de trabajar el aparejador?
—A las cinco y media.
—Dígale que lo espero a las seis en punto.
—Ahora mismo.
—Ah, tengo que pedirle, por favor, que no comente esta llamada con nadie más que con el señor Liotta.
—Seré una tumba, comisario.
Todo ese teatro lo había hecho aposta.
De haber hablado directamente con Liotta, cabía la posibilidad de que no le dijera nada a nadie, cuando en realidad hacía falta que todo el mundo se enterase y todo el mundo se preguntase el motivo. De lo que no le cabía duda era de que el recepcionista, sobre todo después de que le hubiera pedido discreción, informaría de la conversación hasta a los que trabajaban a cinco mil metros bajo tierra. Y todo el mundo se preguntaría en qué andaría metido el aparejador.
Montalbano disfrutaba de lo lindo haciendo teatro. Como todos los policías de raza. Tener dotes de actor era quizá condición indispensable para todo investigador como Dios manda. Claro que había que ser muy hábil. Sin embargo, dejó de disfrutar en el instante mismo en que sonó el teléfono y la voz de Catarella le dijo:
—Dottori, parece que llamaría el siñor profisor y autor, ese que vive en Roma, y querría hablar con usía personalmente en persona.
¿Qué hacía? ¿Lo mandaba a freír espárragos? Claro que aquel, más tozudo que un calabrés, no se daría por enterado y era capaz de telefonear a Marinella a las tantas.
—Pásamelo.
—Montalbà, tú no estás siendo sincero conmigo —atacó el profesor.
Tenía la voz más ronca que de costumbre. ¿Cuántos pitillos se habría fumado? ¿Ciento y pico?
—¿Y eso?
—A ver, Montalbà, has dicho la verdad hace un momento cuando le has contestado a Fazio que no pretendías volverlo loco, pero te pregunto una cosa: ¿quieres volverme loco a mí? O, mejor todavía, ¿te has empeñado en que los demás se crean que no estoy bien de la azotea? Y me refiero a mis lectores, no a los críticos, que total esos ni me leen. ¿Quieres que crean que estoy atontado perdido? También te digo que sería verosímil, hay mucho peligro de que ocurra, porque dentro de unos meses cumplo ochenta años.
—Felicidades de todo corazón. Mira, estoy en comisaría y tengo cosas que hacer. No he entendido por qué coño se te ha metido entre ceja y ceja que quiero que la gente piense que no riges de lo viejales que estás. ¿Me haces el favor de ser más claro?
—Voy a ser clarísimo. Con la historia de Riccardino me estás haciendo escribir una novela que es una mierda. Una gilipollez que hace aguas por los cuatro costados.
—¿Lo dices en serio?
—Muy en serio. Estás poniendo en juego, a sabiendas, una cantidad ingente de elementos contradictorios que sitúas al mismo nivel, de forma que el lector se pierde con todo el lío. Me está saliendo una novela negra que parece más bien un batiburrillo escrito por un principiante.
—¿Acaso me estás acusando de hacerlo adrede? ¿Y si te juro que las cosas son así, tal cual? ¿Qué quieres que haga?
—No, las cosas no son así, tal cual. Eres tú el que se está encargando de que lo parezcan.
—¿Para qué iba a enmarañar mi propio caso?
—¡Ay, qué inocentón eres, Montalbà! La cosa colea desde hace ya un tiempo: empezaste con aquella historia de dos mujeres y un tipo asesinado con la hombría al aire. Ahí cometiste varios errores. Yo no me di cuenta, pero algún que otro lector sí. Y me lo hicieron notar. Entonces entendí perfectamente tus intenciones. A ti la lógica de los casos y las reglas pertinentes te la traen floja. Hablando en plata: tú lo único que quieres es hacerme quedar de pena, Montalbà. Quieres dejarme con el culo al aire. Quieres que mis novelas sobre ti sean ilegibles.
—Si eso es lo que piensas, ¿puedo hacerte una propuesta?
—Adelante.
—¿Por qué no te olvidas de mí y te dedicas a escribir una de esas novelas históricas de las que tanto alardeas? ¿Por un lado vas contando a diestra y siniestra que esas son las únicas obras tuyas que cuentan, pero por otro, como quien no quiere la cosa, vuelves a bajarte los calzoncillos conmigo? Aseguras que me he convertido en una carga. Pues, entonces, ¿por qué te la echas a la espalda una y otra vez?
—Para empezar, Montalbà, las novelas históricas no es que me salgan solas. Y, además, en este momento no me viene en gana.
—¿Y ni se te pasa por la antesala del cerebro que yo esos errores no los estoy haciendo aposta para echar a perder tu reputación? ¿Que de verdad estoy cansado y confundido?
—No te cabrees si no te contesto al instante. No se ha cortado la comunicación, no te pongas hecho una furia como tienes por costumbre. Déjame pensar un momento.
—Muy bien.
El Autor se quedó en silencio. Cuando por fin habló, parecía algo preocupado.
—¿Tengo que creer en tus palabras? —preguntó.
—Tienes, tienes. Lo digo de todo corazón. Y, si no me crees, vete a que te den por salva sea la parte.
Otro breve silencio.
—He llegado a la conclusión de que no puedo fiarme de ti, Montalbà. ¿Sabes por qué? Porque hace nada estabas alardeando de lo bien que se te da hacer teatro. Y ahora me la estás dando con queso.
—Para demostrarte hasta qué punto soy sincero, te propongo un pacto.
—Dime.
—Este caso, a diferencia de lo que tú crees, lo estoy llevando lo mejor que puedo. Pero vamos a hacer una cosa: si me quedo atascado, si no consigo avanzar ni volver atrás, te lo digo e intervienes tú. Y me propones una salida. Conmigo habrás aprendido cuatro cosas sobre investigación policial, digo yo. ¿Qué te parece?
—Acepto —contestó el Autor.
—¿Diga? ¿Dottor Montalbano? Soy el padre Bartolino, no sé si se acuerda de mí.
—Claro que me acuerdo.
Y se calló.
Porque a un cura le decías que estabas a su disposición y te jodía vivo.
Si les dabas un dedo, esa gente te arrancaba la mano, el brazo y lo que se le pusiera por delante.
—Su excelencia se preguntaba si tendría a bien encontrar un cuarto de hora…
¿Otra visita al palacio episcopal? ¿Para que Bonetti-Alderighi volviera a amargarle la vida? Ni en sueños.
—La verdad es que llevo unos días… Ahora no lo tengo nada bien para ir a verlo… Lo siento, pero…
—No, perdone, dottore, ha habido un malentendido. Monseñor Partanna deseaba otra cosa de usted.
Mira por dónde. Con los curas, desde luego, no había forma de acertar.
—Bueno, pues dígame.
—Mire, tenemos un modesto semanario, modesto por su aspecto, pero no por sus artículos, que se llama La Diócesis. ¿Lo ha visto alguna vez en los quioscos?
—Sí.
Un embuste de campeonato. No lo había visto en la vida. ¿A santo de qué lo había dicho? Ni idea.
Quizá para darle una pequeña alegría al padre Bartolino y metérselo en el bolsillo.
—Bueno, su excelencia conoce a la perfección y aprecia mucho, créame, su actitud reservada en lo que a la prensa y la televisión se refiere. Usted no se deja llevar por declaraciones precipitadas, sino que sopesa las pocas palabras que se ve obligado a decir.
—Gracias.
¿Adónde querían ir a parar el padre Bartolino y el obispo?
—En fin, a su excelencia le gustaría mucho que usted, dejando a un lado por un momento sus reticencias, concediera una entrevista a nuestro pequeño semanario.
—¿Sobre qué?
—Sobre este horrendo crimen, naturalmente. Si acepta, esta misma noche recibirá un fax con las preguntas que nuestro periodista ha…
—¿Cómo se llama ese periodista?
—Los artículos de La Diócesis no van firmados, son anónimos.
Silencio de Montalbano.
—Si acepta —prosiguió el padre Bartolino—, tendría que mandarnos las respuestas, también por fax, mañana por la tarde a más tardar. El semanario sale dentro de tres días y su excelencia ha querido reservar una página para la entrevista.
—Muy bien, de acuerdo —dijo, entre sudores fríos.
Lo había entendido todo. El periodista anónimo no existía, era evidente que su excelencia el obispo había redactado las preguntas personalmente en persona.
Quería que Montalbano pusiera por escrito sus impresiones sobre el asesinato de Riccardino. Por escrito, porque verba volant, scripta manent. ¿Qué había dicho el padre Bartolino? ¿Que sopesaba las pocas palabras que decía? Pues eso, en román paladino, se traducía así: «¡Cuidadito con lo que dices, Montalbano!».
Y es que el obispo era capaz de clavarlo en una cruz como a Jesús si metía la pata en una sola palabra.