Riccardino
Doce
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Doce
A las seis menos cuarto se levantó para ir a hablar con Catarella.
Abrió la puerta del despacho y se lo encontró justo delante, plantado en el pasillo con el brazo alzado en una especie de saludo fascista.
—Me incontraba por llamar, dottori.
—Ya lo veo. ¿Qué pasa, camarada?
—Acaba de llegar un faxi ahora mismísimo. Y pone que se trata de un faxi urgentivísimo.
Se lo entregó. Era el que le había anunciado el padre Bartolino para «esta misma noche». ¡Menuda prisa se daban en el palacio episcopal de Montelusa! Se lo devolvió a Catarella sin echarle ni un vistazo.
—¡Dottori, tenga prisente que es urgentivísimo!
—Me importa un bledo. Mira, quiero que hagas una cosa. Dentro de cinco minutos llegará un tal Liotta. Lo acompañas a mi despacho y luego, al cabo de diez minutos, te presentas aporreando la puerta de mala manera, a tu estilo, entras y me dices que ha llegado un fax urgente.
Catarella lo miró atónito.
—Pero ¡si se lo acabo de decir, dottori!
—Tú no te preocupes, Catarè, me lo repites cuando abras la puerta de un manotazo. ¿Entendido?
—Pirfictisísimamente, dottori. Pero ¿seguro que tengo que dar un buen manotazo? Que es que luego yo le pido comprinsión y pirdón, usía se pone como una moto y…
—Si me pongo como una moto, ni te inmutes. Y ahora mándame a Galluzzo cuanto antes.
Catarella dio media vuelta, desapareció y volvió a aparecer.
—Galluzzo llega ahora de inmediatísimo. Dottori, quería dicirle una cosa.
—Adelante.
—Hará un cuartito de hora que hay un antomóvil de la tilivisión de Tilivigàta aparcado en la acera de infrente. Les he apriguntado qué hacían ahí y me han arrispondido que estaban en esperanza del aparejador Liotta, que venía a verlo a usía. ¿Los echo, dottori?
Desde luego, el recepcionista de la mina no había perdido el tiempo. ¡Ya les había vendido la noticia a los de la televisión! Y al comisario le venía de perlas.
—No, déjalos a su aire.
Salió Catarella y entró Galluzzo.
—Óyeme una cosa. A las seis tiene que venir una persona a la que quiero interrogar. Tú, a las seis y veinte exactas, entras y me dices que me necesitáis urgentemente. ¿Está claro?
—Clarísimo.
Una vez que tuvo a Liotta delante, Montalbano decidió cambiar en parte la táctica que había pergeñado. Cuando lo había interrogado justo después del asesinato, el aparejador estaba muy afectado por la muerte violenta de su amigo, sí, pero, a pesar de todo, había sido capaz de reaccionar y razonar; sin embargo, ahora no parecía el mismo hombre. Había perdido algún que otro kilo, tenía la tez amarillenta y le temblaban ligeramente las manos.
¿Sería capaz de ofrecer respuestas coherentes?
El comisario decidió que lo mejor era aprovechar que estuviera tan maltrecho, aunque en sí eso le provocara cierta repugnancia.
Llenó los pulmones de aire y empezó el ataque sin subterfugios.
—Señor Liotta, como sin duda recordará, la mañana de los hechos el pobre Riccardino, al ver que Licausi se retrasaba, lo llamó por teléfono. Se equivocó de número, pero creyó que había hablado con él y a continuación les dijo a ustedes que su amigo estaba al llegar. Fueron sus últimas palabras, ya que unos instantes después el asesino le disparó. Lo que me gustaría que me dijera es cuánto tiempo pasó entre el final de la frase de Riccardino y el disparo. Si es que puede decírmelo, por descontado.
Liotta carraspeó, sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente. Hizo un esfuerzo evidente para empezar a hablar, pero a medida que las palabras salían de sus labios parecía ganar seguridad en sí mismo. Y Montalbano se dio cuenta de que todavía le funcionaba la cabeza, a pesar de las apariencias.
—Comisario, la primera vez que hablamos estaba demasiado confundido, demasiado aturdido. Pero esa escena no consigo quitármela de la cabeza, hasta sueño con ella por la noche. ¿Me cree?
—Por supuesto.
—A fuerza de darle vueltas y más vueltas, ahora la veo clarísima, nítida. Puedo responderle con certeza: el disparo sonó en cuanto Riccardino terminó de hablar, le diría que nada más acabar la última sílaba, hasta el punto de que Gaspare y yo todavía estábamos vueltos hacia él y no vimos al asesino apretar el gatillo. Y tampoco lo vio Riccardino, porque estaba hablando con nosotros y nos miraba.
—Ahora voy a hacerle una pregunta muy importante y le ruego que lo piense bien antes de contestar.
Liotta se pasó la lengua por los labios. Tragó con dificultad. Parecía agotado.
—¿Podría beber un vaso de agua?
Encima de un archivador metálico completamente vacío, algunas veces había una botella de agua mineral con dos vasos y otras veces no. Aquel día estaba en su sitio.
Montalbano se levantó, sirvió un vaso y se lo pasó a Liotta, que lo cogió y estaba a punto de llevárselo a la boca cuando se produjo una explosión en el despacho, una detonación escalofriante, como si hubiera estallado una bomba.
Sucedieron unas cuantas cosas casi al mismo tiempo. Liotta se sobresaltó, el vaso se le cayó, fue a estamparse contra el suelo y se hizo añicos, el hombre intentó levantarse, le fallaron las piernas y se desplomó de rodillas en el charco de agua derramada. Mientras, plantado bajo el marco de la puerta medio desencajada, blanco de yeso y de pedacitos de pintura, estaba un triunfal Catarella.
—¡Ha llegado un faxi! —gritó.
Y entonces Liotta se sumó a sus gritos y, todavía de rodillas, empezó a berrear porque una esquirla de cristal había traspasado el pantalón y se le había clavado en la pierna izquierda, que sangraba.
—¡Ha llegado un faxi! —repitió Catarella, por si no se había oído la primera vez.
En ese momento Montalbano estalló. Aunque había pretendido conseguir cierto efecto psicológico con la apertura fulminante de la puerta, aquello se había salido de madre. Pegó un tremendo patadón a la mesa, se hizo daño y soltó una maldición.
—¡Largo de aquí ahora mismo! —le chilló a Catarella.
Sin embargo, el telefonista, en lugar de marcharse, entró en el despacho, se acercó al comisario y le habló en voz baja con aire conspirativo:
—Dottori, dígame una cosa, para que me organice en cunsecuencia: ¿usía está cabreado de mentira o va en serio?
Montalbano lo agarró por los hombros, le dio la vuelta y de un empujón lo echó al pasillo, con lo que fue a chocar contra Gallo y Galluzzo, que llegaban a la carrera.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha sido eso?
—Galluzzo, atiende a este señor, que se ha hecho daño. Luego me lo traes aquí otra vez. Tú, Gallo, manda que vengan a limpiar. Voy a fumarme un pitillo.
Salió hecho una furia. Al verlo pasar, Catarella se metió debajo de la mesa.
Una vez en la calle, encendió el pitillo y se percató de que dentro del coche de Televigàta había un cámara que lo grababa. Lo dejó a su aire. Se fumó el pitillo y volvió a entrar. Abrió la puerta de su despacho. Liotta volvía a estar sentado delante de la mesa y el ambiente olía a alcohol. Por lo visto, Galluzzo le había desinfectado y vendado la herida.
—¿Se siente con ánimo de continuar?
—Sí.
—Hace un momento ha asegurado que tiene la escena del asesinato grabada con nitidez en la cabeza. Muy bien. El otro día me dijo que Riccardino, después de la llamada, estaba casi en el centro de la calzada, mientras que ustedes dos se encontraban en la acera. ¿Es eso?
—Sí.
—¿Recuerda la posición exacta de Riccardino?
—¿A qué se refiere, perdone?
—Por ejemplo, mientras hablaba con ustedes, ¿cómo tenía las manos?
Liotta se quedó en silencio durante unos instantes y luego preguntó:
—¿Puedo levantarme?
—Claro.
Se puso en pie, se apartó de la silla y se tapó los ojos con una mano.
Murmuraba algo. Luego calló, metió una mano en el bolsillo, sacó el móvil y se quedó quieto.
—Estaba justo así, sin moverse.
Liotta tenía el brazo derecho extendido al lado del cuerpo, con el móvil en la mano. El izquierdo, en cambio, lo tenía ligeramente doblado y abierto hacia fuera, hacia sus dos interlocutores.
—¿Estaban los tres formando una línea?
—No del todo. Riccardino había subido un poco por la calle y nos hablaba vuelto de tres cuartos. ¿Puedo sentarme?
—Sí. Así pues, ¿usted no veía la mano en la que Riccardino tenía el teléfono?
—No, pero ¿eso es importante?
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque mientras hablaba con ustedes tuvo tiempo de llamar, a escondidas, a otro número. Está grabado en la memoria. Es un número que conocía muy bien, hasta el punto de poder marcarlo sin mirar siquiera el aparato.
Liotta lo miró con los ojos como platos.
—¿Está seguro, comisario?
—Segurísimo. Ya le digo que está en la memoria.
—Pero no le dio tiempo de hablar, de eso estoy convencido.
—Creo que tiene razón, claro que, en realidad, nadie nos asegura que quisiera hablar.
—Y, entonces, ¿por qué marcó?
—Uf, podría ser una señal acordada, un saludo mudo. Esas cosas se hacen. Entre amigos… Entre amantes…
Liotta abrió la boca y volvió a cerrarla. Sudaba con profusión.
—¿No se le ocurre nadie a quien Riccardino quisiera enviarle esa señal? Alguien con quien tuviera un trato íntimo…
—¿Por qué…? ¿Por qué dice que Riccardino debía de tener un trato íntimo con la persona a la que…?
Se interrumpió, como si le faltaran las fuerzas para continuar, y se secó la frente con el pañuelo.
—Por el horario, señor Liotta. No se llama de madrugada a alguien con quien no se tenga un trato íntimo. Claro que si le molesta que hable de intimidad puedo llamarlo de una forma distinta. Digamos, por ejemplo, que si no existe amistad, si no existe roce…
—¿Por…? ¿Por qué iba a molestarme?
—Me ha dado esa impresión.
Llamaron a la puerta y Galluzzo se asomó en el momento justo.
—¿Qué pasa? —preguntó Montalbano en un tono de fingida irritación.
—Perdone que lo moleste, jefe, pero Fazio ha detenido a quien ya sabe… Sería conveniente…
—¿Ah, sí? Muy bien. Voy de inmediato. Señor Liotta, tiene que perdonarme, pero me veo obligado a ausentarme unos quince minutos, treinta como máximo. ¿Necesita alguna cosa? ¿Quiere un periódico?
El aparejador, resignado, contestó que no con un gesto.
El comisario se levantó y fue hasta la puerta, pero se detuvo sin decir nada. Liotta, que tenía la cabeza gacha, advirtió su presencia y levantó los ojos para mirarlo. Entonces Montalbano, como en los buenos guiones policíacos, empezando por los del teniente Colombo, disparó el último cartucho antes de salir:
—Usted ya sabe de quién es el número al que llamó Riccardino, ¿verdad?
Dejó la puerta entreabierta a su espalda y le dijo a Galluzzo:
—Ponme a un hombre de guardia. Que no salga de ahí. Si protesta, me llamáis.
—¿Y usía adónde va?
—Al despacho de Augello. Total, aún no ha vuelto, ¿no? ¿El reportero de Televigàta sigue ahí?
—Sí, jefe.
En un cajón de la mesa del subcomisario encontró un número antiguo de una revista de pasatiempos en el que aún estaban por hacer los crucigramas blancos, los jeroglíficos y el enigma policíaco ilustrado. Y en este último fue donde se quedó atascado tras resolver todo lo demás en media hora. Por mucho que miraba y volvía a mirar las figuras que ilustraban el enigma, por mucho que leía y volvía a leer las pistas, no entendía nada de nada. Empezó a ponerse nervioso. Llamaron a la puerta con delicadeza.
—¡Adelante!
Apareció Catarella, todavía algo asustado por la escena de antes.
Tenía en la mano el fax del palacio episcopal.
—Dottori, se me ha ucurrido…
—Perdona, primero aclárame una cosa. ¿Tú, a la puerta del dottor Augello, siempre llamas así?
—¿Por qué? ¿Cómo he llamado?
—Con delicadeza, mientras que cuando vas a mi despacho prácticamente desintegras la puerta.
—Dottori, es que risulta que con la suya se me resbala la mano.
—¿Qué quieres?
—Se me ha ucurrido traerle el faxi, así aprovecha el tiempo.
—Buena idea, gracias. Espera un momento. ¿Sabes resolver este enigma policíaco?
Le tendió la revista. Catarella empezó a leer moviendo los labios sin emitir ningún sonido. Le bastó con una única lectura y un vistazo a las ilustraciones.
—Dottori, segurísimo que el asesino es sin duda y con seguridad el de la barba y las gafas. ¿Quiere saber por qué?
—¡No! —gritó el comisario, furioso.
Catarella desapareció después de dejar el fax y la revista encima de la mesa. Montalbano cogió la segunda y se concentró de nuevo en el enigma. Al cabo de cinco minutos, entre blasfemias, llegó a la conclusión de que la respuesta de Catarella era acertada. Soltó la revista, cogió el fax y en ese momento llamaron. Era Fazio.
—¿Alguna novedad?
—Sí, jefe.
—Siéntate y cuéntame.
—Traigo material abundante. Empiezo por el camionero, Saverio Milioto. Trabaja en la mina desde hace unos diez años, pero hasta hace tres no le iba bien.
—¿A los camioneros de la mina no les pagan decentemente?
—Pagarles, les pagan. Lo que pasa es que Milioto tenía, y sigue teniendo, el vicio del juego. Pertenece a la categoría de los que siempre pierden.
—¿A qué juega?
—Al sacanete, al sfilapippi, a juegos de azar. En el pueblo hay como mínimo cuatro garitos clandestinos, desde el primero, que es lujosísimo y está reservado a los ricos, hasta el último, que es para los pobretones.
—¿Y dónde, proporcionalmente hablando, se juega más fuerte? ¿Milioto a qué clase de garito va?
—¿Puedo contestarle dentro de un minuto?
—Muy bien. Sigue.
—Entonces, hace tres años, la situación de Milioto cambió.
—¿En qué sentido?
—Empezó a tener mucho dinero. Pagó las deudas que lo asfixiaban. Le contó a todo el mundo que la suerte había empezado a sonreírle. Y, como jugador, subió de nivel. Pasó del último garito al segundo, que está justo por debajo del de los ricos.
—¿Y en realidad qué pasaba?
—Al principio, no lo sé. Pero está claro que alguien le daba aquel dinero. No he conseguido descubrir por qué. Luego consiguió un préstamo importante de la Banca Regionale.
—¿De Riccardo Lopresti?
—El mismo. Gracias al préstamo, Milioto pudo comprarse la casa del garaje, dos furgonetas y un coche. Y ya tenía otro de antes.
—¿Cómo puede ser? Si yo voy al banco y pido un préstamo sin ofrecer un aval, esa gente me…
—Jefe, es que Milioto tenía quien lo avalase…
Y con esas palabras, y los ojos relucientes, Fazio tomó aire para soltar mejor la bomba que llevaba guardada.
—¡Alto ahí! —ordenó Montalbano—. ¡Ya lo he entendido todo! Los que avalaron a Milioto fueron Mario Liotta, Gaspare Bonanno y Alfonso Licausi.
Fazio soltó el aire que le quedaba en los pulmones, abatido.
—Ha dado en la diana, jefe —dijo—. No sé cómo demonios lo hace, pero siempre me chafa las sorpresas.
—¿Alguno de los tres es pariente de Milioto?
—Ninguno, jefe.
—¿Sabes al menos si son amigos suyos?
—No me consta.
—¿Y han tenido alardes de generosidad con otros trabajadores de la mina?
—No me consta.
—O sea, que hay alguna vinculación entre ellos, pero ¿cuál?
—Ese es el quid de la cuestión, jefe.
—Y de Ettore Trupia, el vigilante, ¿qué me traes?
—No me ha dado tiempo de ocuparme de él —dijo Fazio, molesto.
—Bueno, así por saberlo, ¿quién te ha contado todas esas cosas de Milioto?
—Un compañero suyo, otro camionero de Cristallo que se llama Milluso y al que hace tres meses la Banca Regionale le negó un préstamo que no era nada comparado con el que le concedieron a Milioto.
—¿Estamos seguros de que ese camionero dice la verdad y no habla movido por la envidia?
—Lo he contrastado, jefe, no se preocupe. Nunca me fío de lo que dice una sola persona. ¿Me necesita?
Estaba de morros. Se había molestado por la pregunta sobre las garantías de las declaraciones del camionero Milluso.
—No, gracias. Mándame a Galluzzo.
Eran ya las ocho y media de la tarde.
—Gallù, ¿cómo se porta Liotta?
—Según el compañero, sigue ahí sentado, ni se mueve. Hace un rato ha pedido ir al baño, ha ido y ha vuelto sin decir palabra.
—¿Lo habéis acompañado?
Galluzzo lo miró sorprendido.
—¡Dottore, si ese señor no está detenido!
Era cierto, pero aquel detalle del baño, a saber por qué, despertó sus suspicacias. Y, sin embargo, después de tres horas, era normal que Liotta tuviera ganas de ir.
—Vamos a dejar que se cueza en su propio jugo una horita más.
Cuando salió Galluzzo, cruzó los brazos encima de la mesa, apoyó la cabeza y se quedó medio traspuesto. De vez en cuando miraba el reloj.
El tiempo no pasaba. Si él tenía esa sensación, ¿cómo estaría Liotta?
Al final se hicieron las nueve y media. Se levantó, abrió la puerta de su despacho y fue a sentarse en su sitio. Liotta estaba mirando al suelo.
—Le pido disculpas por haberlo entretenido tanto rato. Me ha surgido un imprevisto.
Y entonces, por fin, Liotta levantó la cabeza poco a poco y lo miró.
—¿Por qué me ha dicho que sé qué número marcó Riccardino?
—Muy sencillo, señor Liotta. Porque no me ha hecho la única pregunta que debería haber hecho, la que habría planteado cualquier otra persona lógica y naturalmente; esto es: ¿a quién llamó Riccardino?