Riccardino
Trece
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Trece
Liotta abrió la boca para contestar algo y en ese preciso instante resonaron en el despacho, altísimas y distorsionadas, las primeras notas de la marcha triunfal de Aida.
Montalbano, perplejo, miró a su alrededor hasta que comprendió que era la sintonía a todo volumen de un teléfono móvil. El que Liotta estaba sacando tranquilamente del bolsillo de la americana.
—¿Diga? —preguntó. Escuchó unos instantes y luego añadió—: Sí, te espero.
Acto seguido colgó, volvió a meterse el aparato en el bolsillo y anunció con solemnidad:
—No voy a decir una palabra más si no es en presencia de mi abogado. Me ha dicho que está en camino.
Montalbano maldijo para sus adentros. La historia de la visita al baño, por mucho que fuera algo normal, no le había gustado, aunque no podrían haberle dicho que no. No había nada que hacer.
—Lo ha llamado cuando ha ido al baño, ¿verdad?
—Sí, pero tenía el móvil apagado, así que he llamado a su casa y se lo he contado todo a su mujer.
El que sonó a continuación fue el teléfono que había encima de la mesa.
—¡Dottori, ah, dottori, dottori! ¡Estaría en la línea el fiscal Tommasaneo urgentísimo, que por la voz parece un perro rabioso y quiere hablar absolutísimamente personalmente en persona con usía urgentísimamente!
Contestó a la llamada con un alud de maldiciones interiores.
—¿Montalbano? Soy Tommaseo. ¿Qué co…? ¿Qué comino me ha montado? Acaba de telefonearme ahora mismo el abogado del aparejador Liotta.
—¿Y qué quería?
—¿Cómo que qué quería? ¿No lo sabe? ¡Parece ser que ha detenido a su cliente sin mi autorización y sin avisarme siquiera! ¡No se digna ponerme al día! ¡Siempre me deja a dos velas! ¡Suéltelo de inmediato!
—Le prometo que mañana por la mañana se lo contaré todo. En cuanto a soltarlo, no puedo, porque resulta que…
—¡¿Cómo que no puede?! ¡Es una orden, comisario!
—Si me deja acabar… No puedo soltarlo simple y llanamente porque no lo he detenido. Lo he hecho venir a comisaría para mantener una charla informal. Si no he ido a buscarlo a su trabajo ha sido para evitar rumores, insinuaciones… Para proteger la privacidad del aparejador, ni más ni menos. De todos modos, como ya le he dicho, mañana por la mañana le mandaré un informe pormenorizado.
Y colgó.
Se felicitó por lo de «la privacidad del aparejador».
A continuación se levantó y se dirigió a Liotta:
—Se ha hecho tarde. Me voy ya a mi casa. ¿Usted se queda a esperar a su abogado?
Y se marchó.
En cuanto salió de la comisaría, lo cegó un violento chorro de luz encendido a traición delante de sus ojos. Eran los de Televigàta: el periodista y el cámara.
—Comisario Montalbano, ¿tiene algo que decir?
—Sí. Buenas noches a todos.
No llevaba ni media hora en casa, en Marinella, y ya había dado buena cuenta del contenido de la nevera para saciar el voraz apetito que le atenazaba el estómago. La pasta con alubias, las anchoas con salsa agridulce y el caciocavallo de Ragusa le permitieron ponerse a redactar, sin nerviosismo y sin soltar maldiciones, el informe prometido a Tommaseo, un informe que debía presentar determinadas características para interesar al fiscal, excitar su fantasía y guiarlo por un camino distinto del que el comisario quería seguir recorriendo solo.
Sin embargo, a las doce y media hizo una pausa para ver el último informativo de Televigàta. El periodista hizo una exposición bastante dramática de los hechos mientras a su espalda iban desfilando imágenes por la pantalla: Liotta entrando en la comisaría, Montalbano fumándose un pitillo en la calle, el abogado de Liotta entrando también, ya de noche cerrada y a la carrera, diciendo «Sin comentarios» a las preguntas del periodista, otra vez Montalbano saliendo y dando las buenas noches a todo el mundo, Liotta saliendo medio cojo y con cara de pocos amigos, acompañado del abogado, que repetía «Sin comentarios».
El periodista aseguró que, en relación con la investigación por el asesinato del director de la Banca Regionale de Vigàta, el dottor Riccardo Lopresti, habían sometido a un amigo íntimo suyo, el aparejador Mario Liotta, a un interrogatorio extenuante, de más de cinco horas de duración, en la comisaría del pueblo. El interrogatorio debía de haber tenido algunos momentos especialmente enardecidos, ya que al poco tiempo de su inicio se habían oído gritos e imprecaciones procedentes del despacho del comisario Montalbano y se había apreciado un gran movimiento de agentes.
A la salida, como todos los espectadores habían tenido la oportunidad de constatar, el aparejador Liotta cojeaba de forma visible.
¿Era posible que a Montalbano se le hubiera ido la mano? ¿Podían admitirse esos métodos? Televigàta se comprometía a investigar el asunto.
De todos modos, concluía el periodista, quizá se había llegado a un punto decisivo de la investigación: corría por el pueblo el rumor de que el móvil del homicidio era pasional, y los reiterados «Sin comentarios» del abogado, en el fondo, solo servían para confirmar la vox populi.
Lo dijo así, tal cual: «la vox populi».
Fuera como fuese, razonó Montalbano, el abogado de Liotta, que a juzgar por las imágenes era de la misma quinta que los mosqueteros, había cometido un error. Tendría que haber contestado a las preguntas del periodista con ataques a: la magistratura, repleta de individuos que estaban mal de la cabeza y eran distintos genéticamente del resto de los mortales; la policía, que cuando se obsesionaba con una idea era capaz de sacarse de la manga pruebas falsas que la respaldasen; los comunistas, porque el aparejador Liotta era católico practicante y militante; los inmigrantes clandestinos y no clandestinos, que hacían que la tasa de criminalidad de nuestro país aumentara, y los terroristas, que estaban empeñados en destruir de la forma que fuera los valores cristianos de Occidente. Seguro que así el cincuenta por ciento de los espectadores se habría quedado convencido de que Liotta era víctima de un atropello del sistema. Al responder «Sin comentarios» con toda la ingenuidad del mundo, el abogado daba carta blanca a que se pensase lo peor de su cliente.
Volvió a la redacción del informe ad hoc y ad personam, puestos a mantener el nivel de latinajos del periodista televisivo. Lo terminó en una hora y lo releyó. Le había salido una pequeña obra maestra de literatura erótica con la que, sin duda, Tommaseo, que con esas cosas disfrutaba de lo lindo, se relamería los bigotes.
Contaba que la mujer de Liotta, Adele, una mujer de amplios apetitos sexuales (se lo había ido inventando sobre la marcha, pero a Tommaseo le encantaría) era, con toda probabilidad, la amante de Riccardo Lopresti, el asesinado. Y había sido imposible que sus congresos carnales quedaran en secreto, dado que la mujer tenía por costumbre, durante el acto, expresar con gritos y chillidos el placer que experimentaba. En una ocasión hasta se habían presentado los carabineros, convencidos de que la estaban estrangulando.
En consecuencia, era lógico conjeturar que el artífice del homicidio fuera el marido engañado, es decir, el aparejador Liotta. No obstante, resultaba evidente que se había puesto en marcha una maniobra para enturbiar las aguas, alejando las sospechas de Liotta para hacerlas recaer en Alfonso Licausi, una maniobra consistente en hacer que pareciera que la amante de Lopresti no era Adele, sino su hermana Maria, que era a su vez esposa de Licausi y otra mujer dotada de un temperamento sumamente sensual (disfruta, Tommaseo, disfruta).
Y al llegar a ese punto Montalbano había decidido echar toda la carne en el asador y se había abandonado a una lírica y emotiva descripción del color del vello púbico encontrado, perteneciente sin duda alguna a Maria, que tenía una melena negra como el carbón, mientras que Adele era rubia, un vello púbico enviado a la funeraria para que lo metieran en el féretro de Riccardo Lopresti, en perpetua memoria de sus fogosas coyundas. Asimismo, dedicaba algunas líneas a las diferencias entre el pelo rubio y el moreno, el primero claramente indicativo de largas y extenuantes relaciones lascivas (tal cual, Tommaseo, «lascivas»), mientras que el segundo era señal innegable de coitos rabiosos y animales.
En conclusión, ¿qué le solicitaba el señor comisario al excelentísimo dottor Tommaseo? Que sometiera a una presión implacable al aparejador Liotta, a su exuberante esposa, Adele, y también a su exuberantísima cuñada Maria a fin de:
1) confirmar si la consumación reiterada del adulterio entre la susodicha señora y el difunto (cuando, como es obvio, el hoy difunto todavía se encontraba en el mundo de los vivos) se correspondía con la verdad;
2) obtener, en caso de refutación del punto anterior, las debidas elucidaciones sobre los motivos por los que Lopresti, un instante antes de ver su vida extinguida por una mano todavía desconocida, había marcado el número del domicilio de Liotta sabiendo con absoluta certeza que solamente podía recibir la llamada la mencionada Adele Bonanno, señora de Liotta;
3) penetrar, en caso de confirmación del primer punto, las barreras de la referida Adele Bonanno («penetrar» era el verbo perfecto para Tommaseo) y averiguar si su marido había descubierto su relación con el difunto, el marido de la antedicha, por descontado, y cuáles habían sido sus reacciones.
Y eso era todo. Con el debido respeto.
Se habían hecho casi las dos de la mañana y aún no tenía ni pizca de sueño. No le apetecía leer una novela. ¿Una película nocturna en la televisión? Tampoco. ¿Y entonces?
A lo mejor, pensó, no sería mal momento para contestar al fax del obispo Partanna, que, sin duda, contendría preguntas ensortijadas, retorcidas, laberínticas y, en cualquier caso, peligrosas.
¿Le quedaba la lucidez necesaria para enfrentarse a un obispo que llevaba grabada en el ADN la memoria de la Santa Inquisición?
Concluyó que sí.
Buscó el fax en los bolsillos, en la mesa, en el coche, pero no lo encontró. Y entonces recordó que lo había dejado en el despacho de Mimì Augello.
Visto lo visto, tomó una decisión. Dedicó media hora a buscar por toda la casa lo que necesitaba, salió, subió al coche y arrancó.
Desde lo alto, daba la impresión de que los bloques de Borgonovo, rodeados a un lado por la nada más absoluta, o mejor dicho por una especie de Sahara en miniatura, y al otro por un vertedero inmenso, se habían apretujado del miedo que pasaban. A esas horas de la noche ya no debían de andar por las callejuelas del barrio ni las putas ni los drogadictos, como mucho habría algún ladrón de camino a un trabajito o ya de vuelta. Montalbano empezó a notar el hedor insufrible del vertedero un kilómetro antes de llegar.
Detuvo el coche al principio de la callejuela en la que vivía la quiromántica clarividente, sacó de la guantera el revólver y una gran linterna, se los metió en los bolsillos, bajó, cerró el coche con cuidado y se anudó el pañuelo en la nuca para que le cubriera la boca y la nariz, aunque la peste le llegaba igual, quizá algo atenuada. Después sacó del maletero una escalerita plegable, se la echó al hombro y empezó a andar.
No vio ni a un alma, con la excepción de dos perros y tres gatos.
Al llegar a la plazoleta de la farola, levantó los ojos hacia el bloque en el que vivía el santo varón. Todas las ventanas y los balcones estaban cerrados, y las luces, apagadas. Así pues, colocó la escalera debajo del «lo» de «culo», el punto exacto que le había indicado Nicotera. Subió, se sentó a horcajadas en lo alto del muro, recogió la escalera, la colocó al otro lado, bajó y encendió la linterna.
Aquello era un infierno.
Tenía al lado de los pies ratas del tamaño de un gato atigrado, ratas peludas que podían confundirse con perros pequineses, ratas con la cola de un metro de largo, ratas con la cola enroscada como los cerdos, ratas con dientes de tigre, ratas con colmillos de elefante y ratas con ojos rojos de animal salvaje a centenares que se choteaban de él, que las miraba petrificado del miedo y del asco.
Al proyectar la luz de la linterna a su alrededor, vio que por suerte lo que buscaba estaba a escasos centímetros de distancia. Se trataba de un gran paquete de cartón grueso sellado con cinta adhesiva. Además, iba atado con un cordel que acababa en un lazo.
Montalbano dirigió la linterna hacia el muro y descubrió que al lado de su escalera estaba apoyado un largo palo con una especie de arpón en la punta. Sin duda, el camionero lo empleaba para levantar el paquete.
Haciendo de tripas corazón, se agachó con cuidado para recoger el bulto, pero de repente las ratas se pusieron bravas: primero empezaron a chillar como locas y luego dos o tres saltaron hacia su mano con los dientes a la vista, dispuestas a morderlo. ¿A morderlo? Con aquellos corpachones y aquellos dientes, eran capaces de amputarle los dedos de cuajo. Decidió no perder el tiempo, ya que, en el fondo, no tenía otra salida. Sacó el revólver del bolsillo y disparó. Le dio de lleno a una y las demás salieron pitando, pero no le cupo duda de que volverían al momento. Se acercó al paquete y se acuclilló para verlo mejor.
Había una especie de deformación en la parte superior del envoltorio, una deformación acentuada por la luz de la linterna. Con un dedo, Montalbano repasó el contorno.
Y lo entendió todo.
Dentro del paquete debía de haber un bidón de dimensiones considerables, como mínimo de veinticinco litros. Haciendo acopio de valor, se quitó el pañuelo y se agachó hasta casi tocarlo con la nariz. Aspiró.
Gasóleo. No cabía duda.
Volvió a cubrirse la nariz y la boca, empezó a subir los peldaños de la escalera y en el momento en que su cabeza pasaba por encima de la altura del muro se detuvo en seco.
El santo varón y la quiromántica clarividente, a los que sin duda el tiro había sacado de sus abominables ejercicios amatorios, se habían asomado al balcón y él hasta había sacado los prismáticos y parecía un capitán de barco.
¿Qué podía hacer? ¿Esperar armándose de paciencia a que los amantes, cansados de no ver nada, volvieran a concentrarse en su actividad previa? Se lo estaba planteando cuando, antes de que pasara medio minuto, oyó a su espalda unos chillidos rabiosos que se acercaban a sus pies: las ratas volvían con malas intenciones, tal vez decididas a vengar a su compañera, a no ser que se la estuvieran zampando ya.
Montalbano volvió a poner el dedo en el gatillo del revólver, levantó el brazo y disparó al aire.
El efecto fue inmediato: el santo varón y la quiromántica clarividente se esfumaron y apagaron la luz del dormitorio. Sin embargo, el comisario no cayó en la trampa: sin duda seguirían vigilando, amparados por la oscuridad. Así pues, se volvió hacia la farola y la apagó de un tiro.
Con ayuda de la linterna, que encendía de vez en cuando, repitió la maniobra a la inversa, se echó la escalera al hombro y se dirigió al coche. Cuando ya había arrancado se dio cuenta de que había provocado un destrozo inútil: tal como iba envuelto en el pañuelo, el santo varón y la quiromántica clarividente jamás en la vida habrían podido reconocerlo.
Una vez en Marinella, no quiso entrar en casa vestido, de modo que se desnudó por completo delante de la puerta, dejó el traje, la camisa, la ropa interior y los zapatos fuera y fue directo a la ducha, donde se quedó media hora. No contento con eso, se frotó la piel con algodón empapado en alcohol y volvió a lavarse.
Llamaron a la puerta. ¿Quién podía ser a esas horas de la madrugada? Sin duda, alguien de la comisaría. Pero ¿por qué no había llamado por teléfono? Recordó que había desenchufado el aparato antes de ponerse a escribirle el informe a Tommaseo y luego ya no había vuelto a conectarlo. Se puso una toalla alrededor de la cintura para taparse las vergüenzas y fue a abrir.
Lo primero que vio fue una motocicleta enorme, con todo el cromado reluciente, que tenía la rueda delantera apoyada en la puerta de tal modo que en cuanto abrió se metió un poco en el recibidor.
El hombre que la conducía iba con un mono y un casco integral, y Montalbano tuvo la certeza absoluta de que se trataba del asesino de Riccardino. Más que asustarse, se sorprendió. ¿Qué podía querer de él? Desde luego, no habría ido a entregarse.
Antes de que pudiera preguntarle nada, el individuo habló. Su voz sonaba ahogada pero clara.
—¿Puedo pasar?
Raudo y veloz, el comisario pensó dos cosas.
La primera era que estaba desnudo y desarmado frente a un posible asesino.
La segunda, que si salía de esa, aunque fuera con alguna herida grave, Livia le tocaría los cojones por toda la eternidad diciendo: «¿Cuántas veces te he dicho que instales una mirilla en la puerta?»
—Me manda el obispo Partanna —añadió el motorista.
—Pase —dijo el comisario, haciéndose a un lado.
El hombre entró sin bajarse de la moto. A la altura de la mesa del comedor puso un pie en el suelo y apoyó la mano izquierda en la mesa.
—Su excelencia desea saber si ha contestado al fax.
No esperaba esa pregunta y se quedó atónito.
—La verdad es que aún no he encontrado el momento de… Asegúrele a su excelencia que en cuanto…
—Lo siento. Se ha acabado el tiempo —dijo el motorista, metiendo la mano derecha en el mono.
El revólver que sacó era enorme y deslumbrante, quizá estaba hecho en la misma fábrica que producía las motos. Apuntando al comisario, el individuo levantó la mano de la mesa y se quitó el casco.
Dejó al descubierto una cabeza de rata, peluda y sudorosa, del tamaño de la de un hombre, horripilante. La rata motorista se echó a reír y dejó al descubierto unos dientes afilados que parecían navajas.
Con un grito de terror espantoso, Montalbano se despertó.
Se dio cuenta de que, después de esa pesadilla, era inútil seguir acostado. No le quedaba ni rastro de sueño. Se levantó, fue a la cocina, decidió prepararse su cafetera habitual y, mientras iba haciéndose, se afeitó. Eran las seis de la mañana.
Sentado en el porche, se tomó la primera taza.
El día era claro, pero algo fresco, no corría el viento y el mar parecía tener dificultades para despertarse: las olas llegaban muy lentas a la orilla con un chapoteo adormilado.
¿Qué querría decir lo que había soñado?
Se trataba, sin duda, de una especie de síntesis burda de dos historias que lo habían impresionado de distinto modo a lo largo del día.
La primera era el asunto del fax que todavía no había podido ni querido leer siquiera.
Y la segunda era el descenso a los infiernos del vertedero, con las ratas que lo habían atacado. Estaba claro que no había llegado a procesar el episodio, como les gustaba decir a quienes entendían de esos asuntos.
Pero ¿por qué algo tan sencillo e inofensivo como un fax formaba parte de esa pesadilla?
¿Podía ser un lejano recuerdo de su educación católica, según la cual no haber satisfecho todavía la petición de un eclesiástico como el obispo podía suponer una falta de respeto?
No, el motivo tenía que ser mucho más serio.
En el sueño, había entendido de inmediato que el motorista era el individuo que había disparado a Riccardino.
Muy bien. Pero aquel hombre no había ido a Marinella con la intención de pegarle un tiro nada más llegar.
Primero quería saber si había contestado el fax.
Si le hubiera dicho que sí, el motorista habría dado media vuelta y se habría marchado, pero, como no le había dado respuesta, se había mostrado dispuesto a matarlo.
Todo eso quería decir que el fax del obispo no era en absoluto un asunto periodístico, sino una cuestión de vida o muerte.
¿Verdad? Verdad.
¿Y entonces? Entonces lo primero que tenía que hacer, nada más poner un pie en la comisaría, era ir corriendo a leer el fax para tratar de entender algo.
¿Hacía falta todo ese razonamiento para llegar a esa conclusión?
Se le pasó una pregunta por la cabeza a traición: el otro Montalbano, el de la tele, ¿cómo habría actuado?
Y la amarga respuesta fue que aquel, maldito fuera, no se habría olvidado el fax encima de la mesa de Mimì.
Ya se le había estropeado el día.