Riccardino

Riccardino


Catorce

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Catorce

Cuando salió de Marinella todavía no eran las siete de la mañana, pero en cuanto cogió la carretera de Vigàta se dio cuenta de que la cosa estaba complicada.

Había decenas y decenas de coches y camiones, uno de ellos de esos que transportaban coches, en fila y de través; el atasco recordaba una cuerda repleta de nudos que tardarían como muy mínimo dos horas en deshacerse. La única solución era armarse de paciencia y esperar. Total, llevaba el paquete de tabaco en el bolsillo.

Al final llegó a la comisaría pasadas las nueve y al instante se precipitó hacia el despacho de Mimì Augello.

Se le cayó el alma al suelo: la mesa estaba limpia como una patena, no se veía ni un solo papel por ningún lado. Abrió los cajones para ver si alguien había guardado el fax y solo encontró documentos de Mimì. Miró debajo de la mesa por si se hubiera caído. El suelo estaba reluciente. Le entró un miedo mortífero.

—¡Catarella!

No fue un grito, sino una especie de rugido salvaje.

No le dio tiempo a acabar la última sílaba antes de que el telefonista se materializase ante él con los ojos fuera de las órbitas de la preocupación.

—¡Ordene, dottori!

—¿Por casualidad esta mañana no habrán venido las señoras de la limpieza?

—Sí, dottori. A las siete y media con punta.

—¿¿Y han entrado aquí??

—Por supuesto, dottori.

¡Dichoso atasco! De no haber sido por eso, habría llegado a tiempo.

—¿Sabes dónde tiran la basura?

—En la calle de detrás, dottori, que se llama via Tòccali. Hay cuatro cuntinidores.

—¿A qué hora los vacían?

Dottori, el camión de la limpiedad urbania pasa por la noche hacia las diez de la noche.

Montalbano tomó una decisión súbita.

—¡Que todos los que estén presentes y libres me acompañen!

Salió de la comisaría a toda prisa, seguido de Catarella y ocho agentes.

Al llegar a la calle de atrás, que por descontado no se llamaba Tòccali, sino Dogali, se detuvo delante de los contenedores.

—Aquí al lado hay una tienda donde venden guantes de cocina. Comprad dos pares por cabeza. Ya los pago yo. A continuación, regresad corriendo, cortad la calle si os molesta el paso de los coches y vaciad estos contenedores. Tenemos que encontrar a toda costa un fax que va dirigido a mí con las preguntas de un periodista. Así que venga, andando.

De ninguna de las maneras, bajo ningún concepto imaginable, podía pedir que volvieran a mandarle el fax. Esa gente seguro que se lo tomaba a mal.

Llamó aparte a Catarella.

—Yo dentro de nada me voy a interrogar a alguien. Tenéis que encontrar el fax sí o sí, aunque os paséis todo el día aquí. Cuando vuelva me lo das.

De golpe y porrazo, mientras subía al coche, una idea engorrosa le asestó una puñalada a traición: el otro Montalbano, el de la tele, ¿por cuál de las mujeres empezaría los interrogatorios?

Sin duda, por la del aparejador Liotta.

Muy bien, pues él iría a ver primero a la viuda de Riccardino.

Aunque se le había olvidado cómo se llamaba.

Echando sapos y culebras, bajó del coche, volvió a su despacho y miró los papeles.

Se llamaba Else Hohler.

Estaba a punto de salir cuando sonó el teléfono.

—Hola, soy yo.

—No, mira, no es el momento. Me estoy yendo a…

—Ya lo sé, a ver a la viuda. Y sé también por qué empiezas por ella. Quieres hacer justo lo contrario de lo que haría el otro Montalbano. ¿Sabes que eres banal? Banal hasta el aburrimiento.

—¿Yo? ¿A qué viene eso?

—Viene a que ese pique, esa lucha con el doble, no es nada nuevo, ya se ha contado y se ha vuelto a contar, se han escrito novelas, algunas incluso buenas, algunas incluso obras maestras, Werfel, Jean Paul, Maupassant, Poe… Y si te pones a leer el ensayo de Foucault sobre Raymond Roussel verás que…

—Para el carro. Yo hace ya tiempo que obedezco la consigna de Baudrillard: hay que olvidarse de Foucault.

—Buen contrincante, comisario. Pero vamos a dejarlo aquí, que no puedo hacer gala de mucha cultura: se me considera un escritor de género. O, mejor dicho, de género comercial. Imagínate que mis libros se venden hasta en los supermercados. Volviendo al tema, quiero avisarte: cuidado con ese tira y afloja, que estas cosas siempre acaban con la victoria del doble. Y tú no tienes ningún número para ser la excepción.

—¿Estás seguro?

—Piénsalo bien. El otro Montalbano, cada vez que sale por la tele, tiene millones y millones de personas que lo miran y se ponen de su parte, mientras que tú, cada vez que sale una nueva novela, como muchísimo llegas a los cincuenta mil lectores.

—¿Precisamente tú razonas así? ¿Para ti solo cuentan los números, los tirajes, los audímetros? Queda claro que no se equivocan los que aseguran en la prensa que no eres ni siquiera un escritor de género, sino un producto mediático.

—A ver, ¿tú sabes a cuántos de los que me acusan de ser un producto mediático (lo cual es rigurosamente cierto, a lo sumo soy el resultado del boca a oreja de los lectores) les gustaría con desesperación serlo? ¿No te suena la fábula de la zorra y las uvas?

—Mira, no tengo tiempo. ¿Qué querías?

—Quería decirte que he encontrado una solución para este caso.

—¡Anda ya!

—Pero, como no tienes tiempo, te llamo esta noche a Marinella.

No, pensándolo bien, se dijo cuando ya estaba conduciendo, no había sido solo el deseo de no hacer lo mismo que el otro Montalbano lo que lo había llevado a elegir a la alemana.

Sabía perfectamente que, incluso cuando creía actuar por instinto o por desquite, en el fondo en el fondo, tan en el fondo que casi ni se veía, siempre había una motivación lógica. En ese caso, el cerebro le decía que ir a interrogar a Adele Liotta sería una pérdida de tiempo y se llevaría un chasco de tres pares de narices, porque le negaría a la desesperada haber sido la amante de Riccardino. En cambio, a la viuda podía sacarle bastante material.

En la caseta del vigilante estaba Ettore Trupia, que al reconocerlo lo miró mal, pero no dijo nada y subió la barrera, lo cual quería decir que su cuñada estaba en casa.

La cancela del jardín estaba abierta de par en par. La puerta de la casa, no.

Llamó y al momento apareció una asistenta de unos treinta años que iba en zapatillas y se secaba las manos en el delantal.

—Soy el comisario Montalbano. Me gustaría hablar con la señora.

—Pase.

La mujer lo acompañó hasta una sala de estar tan anónima que parecía comprada tal cual en la subasta de una clínica de lujo, se quitó el delantal y se sentó en una butaca.

—Dígame, comisario.

Montalbano se quedó boquiabierto.

¿Aquella era Else…? ¿La mujer de Riccardino?

Esperaba encontrarse a una valquiria rubia y, en lugar de eso, tenía delante a una mujercita sosa, mal vestida, mal peinada y de pelo negro como el carbón que parecía nacida y criada en una aldea perdida de Túnez. Y además hablaba sin el más mínimo acento alemán.

La viuda dedujo lo que le rondaba por la cabeza.

—Me imaginaba distinta, ¿verdad?

—En efecto —reconoció el comisario.

—Mi hermana, la mujer de Ettore, el vigilante al que ya conoce, porque por cierto me he enterado del incidente, me lo ha contado él, lo lamento, ha sido un terrible malentendido… Me había ido a recoger a mi padre y…

—Estoy al tanto, señora.

—Mi hermana, le decía, sí que es rubia, alta y de ojos azules. Como esperan todos los sicilianos que sean las alemanas. Mi padre, que vino al entierro de Riccardino, aunque ya se ha ido, siempre bromeaba con mi madre diciendo que yo no era hija suya, sino fruto de un desliz que había tenido con un turco. En Alemania hay muchísimos, sabe usted, y…

Hablaba, hablaba… Aunque el comisario tenía la sensación de que tanta verborrea servía tan solo para retrasar el momento de llegar a una cuestión delicada.

Así pues, decidió pasar al ataque, sin andarse con rodeos.

—Señora, perdone que vaya directo al grano. Los tres amigos íntimos de su marido me dijeron claramente en comisaría que usted siempre se había mostrado contraria a esa relación fraternal entre ellos e incluso que había hecho todo lo posible para que el señor Lopresti no se tratase con ellos. ¿Es cierto?

—Sí.

Tranquila, serena.

Y exhaló una especie de suspiro de alivio, como si esa no fuera la pregunta más difícil, la cuestión delicada capaz de ponerla en un aprieto.

—¿Podría decirme el motivo?

—¿Usted está casado?

Cuando el interrogado se ponía a hacerle preguntas a él, Montalbano no reaccionaba con la típica frase de «aquí el que pregunta soy yo». Esas situaciones no lo incomodaban, sabía perfectamente que las preguntas de ese tipo podían ser respuestas implícitas. Así pues, contestó:

—No.

—¿Lo ha estado?

—Tampoco.

—Qué pena, le habría ayudado a entenderme mejor. Mire, cuando Riccardino me pidió matrimonio, yo, que por entonces no entendía muy bien el italiano, creí que me preguntaba si quería casarme, así, en general. «Claro», le contesté. Entonces me dio un beso y esa misma noche me llevó a cenar a casa de sus padres. ¿Y sabe qué? Nunca llegué a decirle que la base de nuestro matrimonio era un malentendido.

—¿Y eso? ¿No lo quería?

—No, perdone, comisario, a lo mejor no me he explicado bien. Es que ni me lo imaginaba, al principio no podía creérmelo.

—¿El qué?

—Que Riccardino se hubiera casado conmigo. A veces, mientras hacía cualquier cosa, me decía: «Ya verás como es un sueño, ahora te despertarás y…»

—¿Tan imposible le parecía?

—Sinceramente, sí, comisario. Riccardino era guapísimo, elegante, deportista, extravertido, tenía siempre a un montón de chicas pululando a su alrededor, mientras que yo… Yo, cuando me miro al espejo, veo con mucha claridad cómo soy.

Montalbano sintió cierta lástima por ella.

—Pero ¿qué dice, señora? Sin duda, su marido le vería muchas cualidades que…

—No, comisario, para sus planes mi única cualidad era precisamente la fealdad.

¿Planes? ¿Detrás de aquella boda había habido una estrategia particular? ¿Qué pretendería sacar Riccardino de todo aquello?

—No la he entendido, señora.

—Mire, el que enchufó a Riccardino en el banco, el que le permitió hacer carrera, fue el obispo de Montelusa, monseñor Partanna, que siempre ha tenido un gran afecto por esos cuatro chicos, uno de los cuales, de hecho, es sobrino suyo. Es…

—Sí, lo sé. Alfonso Licausi.

—Muy bien, pues el obispo insistía para que Riccardino pasase por el altar. Sus tres amigos ya se habían casado. Y entonces él, al verse obligado, me eligió a mí porque contaba con mi gratitud.

—No acabo de…

—Comisario, con lo fea que soy, me habría costado encontrar marido.

—¿Y tan importante era para usted?

—Lo es para la mayoría de las mujeres. Para mí, en concreto, era fundamental. Piense que mi padre es obrero jubilado, mis padres no pudieron pagarme una educación y tengo muy pocos estudios. Mi porvenir era trabajar de asistenta o, como mucho, de dependienta.

—Entiendo.

—Por eso Riccardino se casó conmigo contando con mi gratitud.

—Pero ¿en qué consistía esa gratitud?

—En no ver y no reaccionar. En resumen, en dejarle hacer lo que le apeteciera.

—¿El qué?

—Serme infiel una y otra vez.

¡Joder! ¡A saber cuántas mujeres más había en danza! Y eso significaría una buena ristra de maridos, novios, hermanos y amantes, todos posibles asesinos.

—¿De verdad fueron tantas?

—Sí, comisario. Riccardino conseguía a todas las mujeres que quería, incluidas las de sus tres amigos.

—¿Es broma? —preguntó él, atónito.

—No me apetece en absoluto bromear. Riccardino era, como se suele decir, un salido. La cosa empezó ya antes de que nos casáramos… Primero fue Ida, la mujer de Gaspare Bonanno, luego, después de la boda, siguió con Adele, la mujer de Mario Liotta, después volvió una temporada con Ida y más tarde se lio con Maria, la hermana de Adele, que es la mujer de Alfonso Licausi. Si quiere le…

—Un momento —la interrumpió Montalbano—. ¿Me está diciendo que su difunto marido primero fue amante de Adele y luego de Maria?

—Eso mismo. La última en ocupar el cargo fue Maria. Y ahora sea sincero: ¿no me había dado todos los motivos para…?

—¡Desde luego! ¡Todos! —coincidió el comisario al instante. Le importaban un bledo los motivos de aquella mujer y no quería perder el tiempo con eso—. Pero ¿usted sabe si los respectivos maridos estaban al tanto?

—Aj, aj —dijo la viuda.

—¿Perdone? —preguntó él.

—Aj, aj —repitió ella.

Y entonces Montalbano comprendió que estaba riéndose en alemán.

—¡Claro que lo sabían! ¡A la perfección! —contestó Else cuando pudo controlar las carcajadas.

—¿Y lo consentían?

—Aj, aj. ¡Desde luego que lo consentían!

—¿Lo hacían solo porque eran todos para uno y uno para todos?

—No entiendo qué quiere decir.

—No consigo imaginarme por qué motivo esos hombres toleraban… Por qué permitían que su marido…

—Eso quizá llegará a entenderlo si hace algunas preguntas.

—¿A quién? ¿A usted? —dijo el comisario.

—A mí no. Yo no sabría contestarle.

—Dígame una cosa. ¿Sabe si había intercambios de pareja entre los otros tres amigos?

—No, los otros eran fieles a sus mujeres.

—Mire, señora, un momento antes de morir su marido marcó el número de la casa de Liotta, que estaba con él. De lo que sabemos y lo que me está contando usted, parece desprenderse que le mandaba una señal a Adele, antigua amante suya. Mi pregunta es: ¿por qué? ¿Me lo podría explicar, si entre ellos ya todo había terminado y la que ocupaba ahora el cargo de amante, como dice usted, era Maria?

La alemana no se lo pensó ni un momento.

—Es posible que entre Adele y Riccardino se hubiera reavivado la llama. Ya le había pasado con Ida.

—Antes de que usted interrumpiera la relación con los amigos de su marido y sus respectivas mujeres, ¿se veían mucho?

—Por supuesto.

—¿Alguna vez estaban a solas las cuatro?

—Naturalmente. A veces quedábamos para salir de compras o al cine, jugábamos a las cartas, cogíamos el coche y nos íbamos a Montelusa…

—¿Ninguna de ustedes trabaja?

—Ninguna.

—¿Y nunca advirtió tensión entre Ida, Adele y Maria?

—¿En qué sentido?

—Intento explicarme: cuando su marido dejó a Ida para liarse con Adele, ¿usted no observó cierta tensión entre ellas dos? ¿Cierto enfriamiento de su amistad?

—No hubo ningún enfriamiento. Ida, lo veo ahora que voy entendiendo tantas cosas, no solo siguió siendo amiga de Adele como si nada, sino que tampoco movió un dedo para recuperar a Riccardino. Estoy segura.

—Entonces ¿por qué volvió su marido con ella?

—Porque así lo decidió por su cuenta. Él solo, sin más. Mi marido quería y podía hacer lo que le viniera en gana. Era, en pocas palabras, el único gallo del corral.

—Una cosa más. Antes de la ruptura, ¿sus familias se veían con frecuencia?

—Como mínimo una vez por semana. Era la costumbre. Los domingos nos reuníamos para almorzar juntos.

—¿Iban a un restaurante?

—No. Nos turnábamos. Cada domingo preparaba la comida una pareja distinta e íbamos a su casa.

—¿Qué pasaba después de comer?

—¿Qué pasaba…? Nada, ¿a qué se refiere?

—¿Los hombres se organizaban para quedarse solos un rato?

—Ah, sí —contestó. Entonces hubo una pequeñísima corrección, medio paso atrás—: Por lo general nosotras recogíamos la mesa, lo poníamos todo en su sitio y fregábamos mientras ellos se iban a la sala de estar a tomar el café y charlar.

—¿Alguna vez llegó a oír de qué hablaban?

Por primera vez, la mujer pareció algo incómoda.

—Bueno… La verdad, no es que me quedara a escuchar cuando les llevaba el café… No soy nada curiosa… Imagino que hablaban de los asuntos de mi marido en el banco… De lo que pasaba en la mina… Esas cosas… sin importancia.

—¿En alguna ocasión les pidieron explícitamente que los dejaran a solas porque tenían que tratar algún tema confidencial?

—Una o dos veces, si no me equivoco.

—Es decir, que en realidad no siempre se trataba de cosas sin importancia.

La alemana se encogió de hombros.

—¿Y después de la ruptura? ¿Riccardino siguió yendo por su cuenta a esas comidas?

—No. Se quedaba aquí. Pero adquirieron otra rutina. Hacían largas caminatas que duraban todo un día.

—¿Alguna vez los acompañaron sus mujeres?

—La verdad es que creo que no.

—¿Sabe si su marido tenía más amantes, aparte de las mujeres de sus amigos?

—Me parece que no. No creo que hubiera nadie más, al menos en los últimos tiempos.

«¡Menos mal!», pensó el comisario.

Si el catálogo de las bellezas amadas por el difunto se reducía a esas tres mujeres, solo sus tres maridos eran sospechosos. En caso contrario, Riccardino Corazón de León, siempre con la lanza en alto, lo habría obligado a interrogar a medio pueblo.

—¿Sabe una cosa? Riccardino era un ciudadano ejemplar y católico practicante, quería parecer irreprochable en todo y siempre le daba miedo que lo criticaran o dar motivo a habladurías. De esa forma todo quedaba, por así decirlo, en familia.

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