Revolución
13. Un desayuno en Sanborns
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Tomó asiento Martín mientras ella lo resumía. Porfirista en su momento, poco simpatizante de Madero, Antonio Laredo se contaba entre quienes vieron con buenos ojos el golpe del general Huerta, e incluso se había beneficiado de ventajas financieras durante su mandato. Más tarde, con el nuevo triunfo de la revolución y el exilio de Huerta, el padre de Yunuen había conocido algunas dificultades que pudo sortear gracias a contactos políticos próximos a Carranza. Pero con la ruptura entre convencionalistas y constitucionalistas, la huida del primer jefe revolucionario y la llegada al poder de Villa y Zapata, el padre de Yunuen volvía a quedar en entredicho. Muy expuesto a ser objeto de represalias.
—Había recibido amenazas. Y hace dos días fueron a buscarlo a casa. Por fortuna, avisado a tiempo, pudo irse antes… Ahora está escondido con amigos de confianza, pero no sabemos cuánto tiempo podrá seguir así.
Miró a la tía Eulalia, que se mantenía a distancia con el guardaespaldas, junto a una de las fuentes.
—Fue horrible —suspiró, estremecida—. Aquellos bandidos aporreando la puerta y entrando luego para registrarlo todo.
—¿Eran villistas o zapatistas?
—Chusma norteña, nos pareció. Gente de la tuya, los de Villa… Hasta se llevaron objetos de valor.
Miraba Martín el suelo, entre sus zapatos. Veía los viejos sentimientos, si es que aún alentaban en él, deslizarse despacio por el parque, cada vez más lejos y más diluidos en la brisa templada de la tarde.
—¿Puedes tú hacer algo? —dijo Yunuen, casi ávida.
—¿Como qué?
—Ayudar a mi papá.
Para su propio asombro, en ese momento Martín no sentía tristeza, ni pesar. Sólo un suave alivio melancólico, semejante a una liberación. Como vaciar un desván de recuerdos que ya nada evocaran.
—Protegerlo a él es protegernos también a la tía Eulalia y a mí —insistió Yunuen.
La miró al fin. Lo hizo volviendo despacio el rostro hacia ella, demorándose por última vez en el azul cuarzo que había descubierto casi tres años atrás, en el Jockey Club, y por cuya causa se había fajado a tiros con Jacinto Córdova.
—Haré lo que pueda —dijo.
Ella le tomó una mano, agradecida. Al hacerlo, rozó su costado y pareció confusa.
—¿Llevas un arma?
Se quitó Martín el sombrero, alzó el rostro hacia el cielo y respiró hondo. El sol que penetraba entre las ramas de los árboles iluminó su sonrisa serena. Se sentía libre de pesos y deudas, en paz con todo. Con Yunuen, con México, con el girar de los astros y el vasto universo.
—Desde hace mucho tiempo —dijo con sencillez— siempre llevo un arma.
La cantina La Ópera estaba decorada a la francesa, con paneles de madera, muebles tallados, sillones de terciopelo y un largo mostrador de nogal. Era espaciosa, con fachada principal a la avenida 5 de Mayo. Cuando entró Martín en compañía de Genovevo Garza, el local estaba vacío a excepción de dos mesas: una situada cerca de la puerta, donde seis hombres armados de la escolta de Pancho Villa bebían cerveza, y otra más al fondo en la que estaba el general en compañía de Sarmiento, el secretario Luis Aguirre y uno de los jefes de la División del Norte al que Martín conocía, viejo amigo de Villa en sus tiempos de bandolero, llamado Tomás Urbina. Acababan de comer.
—Ay, mi Geno —dijo el general al verlos llegar—. Qué bien que me lo trajiste. Venga pacá, ingeniero.
Vestía Villa ropa de ciudad, con la única nota discordante del revólver al cinto. Todos fumaban y bebían coñac francés menos él. Hizo sentarse a los recién llegados, pidió café y contempló a Martín de arriba abajo.
—También a usté lo veo muy catrín, amiguito. Tan elegante… Ni que viniera de mujerear.
Sonrió Martín.
—Donde fueres haz lo que vieres, mi general.
—Ándese —se tocó Villa una fina mascada de seda que llevaba al cuello—. A todos se nos pega algo… Fíjese en Sarmiento, con esas botas de montar estilo inglés que le han hecho a medida; y aquí en Urbina, quién lo vio y quién lo ve, con uniforme de la sastrería La Ideal de Torreón y oliendo a jabón Favorita de Pompeya —se volvió hacia Garza indicando su gastada chaqueta rabona, pegada a las costillas—. El único que sigue rejego, a lo charro, es el mayor… ¿Que no, mi Geno?
—Pa qué le digo lo contrario, mi general. Uno hace lo que puede.
—Así me gusta, compadre. Siempre en campaña —Villa apuntó de soslayo a Martín—. ¿Ya le dijiste?
—No… Mandó nomás que lo trajera, y aquí lo tiene.
Apuntó Villa al joven con un dedo.
—Lo mesmo tiene que sacar la ropa vieja, amiguito. Aprevéngase, porque se nos va al norte.
Se sorprendió Martín.
—¿Para qué, mi general? Si me permite la pregunta.
—Pa hacer lo que yo le ordene.
—Por supuesto… ¿Y cuál es la orden?
—El general Scott, que manda mucho arriba del Bravo, quiere un acuerdo que garantice la seguridad de las empresas mineras gringas en Chihuahua. A cambio nos permitirán traer armas de los Estados Unidos y combustible pa nuestros trenes… Y como su mercé entiende un costal de minas, va a negociarme el asunto.
—Es mucha responsabilidad —dudaba Martín—. No sé si seré capaz.
Se endurecieron los ojos color café.
—Ni qué no sé, ni qué chingados. Si le digo que puede, es que puede. Ya mero agarra el tren pa Juárez; y una vez allá, cada paso que dé lo informa y consulta por telégrafo… ¿Me va a cumplir o no me va a cumplir?
—Siempre estoy a sus órdenes, mi general.
—Asina pues.
Pidió Villa más café a los meseros, que procuraban no hacer ruido al moverse. Después se dirigió al secretario.
—¿A qué hora son los periodistas gringos, Luisito?
—A las cinco, mi general. En el hotel Palacio.
—Que no se nos pase, que es importante —con un toque coqueto, se compuso el pañuelo que llevaba al cuello—. Me van a hacer fotografías y una película pa un noticiero que se llama Animales No Sé Qué.
—Animated Weekly —apuntó el secretario.
—Güeno, eso. Como se diga. Y las paso bien chuecas, porque he aprendido a estarme quieto en las fotos, pero todavía no sé cómo chingados posar pa una cámara de cine… Pero nos pagan güena plata por filmar. Y en dólares.
Lo escuchaba Martín, pensativo. Ni el pañuelo de seda ni la ropa de ciudad disimulaban lo que Villa había sido y lo que era: el cuello fuerte sobre el torso corpulento, el espeso bigote que cubría el labio superior, el rebelde pelo crespo, aquellos ojos implacables que miraban como cañones de escopeta y que en cualquier ataque de cólera podían dictar sentencias de muerte. Se preguntó el joven a cuántos hombres de su propio bando o del enemigo habría hecho fusilar o ahorcar el antiguo bandolero, por orden directa, en los últimos tres o cuatro años. Cinco mil tal vez. Imposible establecerlo. Seguramente más.
—No estoy a gusto en esta ciudad —estaba diciendo Villa—. Les juro que tengo querencia del sarape y la fogata, pero no puedo irme todavía. El oro que el ingeniero y aquí mi compadre reintegraron se hizo humo hace mucho —miró a Martín—. ¿Aún conserva aquella moneda, amiguito?
La extrajo el joven de un bolsillo del chaleco, mostrándosela: rubia, reluciente. Siempre la llevaba encima. Se había convertido en una especie de amuleto.
—Aquí la tiene, mi general.
Sonreía Villa a la vista del maximiliano.
—Y bien linda que es, la güerita. Debí guardarme alguna pa mí, pero no lo hice.
—Siempre está a su disposición.
—Calle, hombre… Cuantimás que se la ganó a lo macho.
Bebió el general un sorbo de café y encogió los hombros.
—En cuanto a la mera plata, la de verdá —añadió—, ora recaudamos aquí y allá, pero necesito tres millones de pesos pa asegurar una campaña que les rompa el hocico a Carranza y Obregón… Nuestra división tiene que estar calzada y comida, con pastura pa los caballos, carbón pa los trenes y dinero pa las viudas. Así que voy a dedicar un tiempito a exprimir a los ricos y gachupines de por aquí. Y en cuanto asegure el norte, les caigo a esos tales por cuales en Veracruz, que conozcan de verdá quién es su padre.
Pareció recordar algo, pues bruscamente se volvió hacia Urbina con gesto severo.
—Eso me recuerda, mi Tomás, que debes tranquilizarte tantito en lo de agarrar dinero. Primero es la revolución y luego el bolsillo de cada cual… ¿Que no?
—Algo hay que sacar de la bola, mi jefe —repuso confianzudo el otro, sin inmutarse—. Son muchos años peliando, y no va uno a dejarlo todo pa lo último.
—Quién te ha visto y quién te ve —movía Villa la cabeza, mirándole reprobador los dedos ensortijados con gruesos anillos de oro—. ¿Ya no te recuerdas de cuando yo, Genovevo y tú andábamos hilachos por la sierra, muertos de hambre, robando ganado y fajándonos a tiros con los rurales?
—Al chile si me recuerdo, mi general.
—¿Y crees que no tengo ganas de un ranchito donde criar unas reses con mi familia?
La vieja amistad parecía dar audacia a Urbina.
—Uno por lo menos tiene, que yo sepa.
La cólera hinchó dos gruesas venas en el cuello de Villa.
—Que no frecuento —replicó, hosco— porque ando aquí, arreglando México.
Lo encajaba Urbina con mucha sangre fría.
—Pos ya se tarda… Y por eso yo recupero cuanto puedo. Que uno llega a viejo, si llega —se tocó una cicatriz aún fresca que tenía en la frente—, y después de una vida a puros balazos, derramando la sangre por el pueblo, no tiene una triste milpa donde caerse muerto ni un tercio de alfalfa pa su yegua.
—Ya, hombre, ya. De plano, pero tantito. Las prisas matan.
En boca del Centauro del Norte, esas palabras sonaban siniestras, acicateadas por una sonrisa repentina y feroz. Súbitamente dio un puñetazo en la mesa.
—Vamos a llevarnos bien, compadre —zanjó, seco—. No te hagas, y vamos a llevarnos bien.
La forma en que lo miraba habría hecho apartar la vista a una víbora. Observó Martín que Urbina, aunque se mantenía casi impasible, parpadeaba de pronto, como si se le hubiera metido una pestaña en un ojo.
—Ta güeno, mi general —reculó—. Pos claro.
—Pos eso, Tomasito mío… Pos claro.
Se echó atrás Villa en el respaldo, malhumorado, mirándolos uno por uno cual si buscara un responsable de lo que iba a decir a continuación.
—Y hablando de matar, muchachitos: la disciplina se nos está yendo a la tiznada. Cada día me llegan quejas de borracheras y desórdenes… Anoche, en una cantina, varios de los nuestros se trabaron de habladas y acabaron a puros balazos.
—Un muerto y tres heridos —apuntó el secretario Aguirre, ecuánime.
—Eso nos da mala imagen, y ya me canso. Además, no paran con robos y violencias, y la población civil nos tiene miedo.
—Es que los zapatistas… —quiso justificarlo Urbina.
—No chingues con los zapatistas —le cortó Villa—. Son ellos y semos nosotros —se volvió hacia Sarmiento, rotundo—. Desde ora, a cada cual que no jale derecho me lo haces afusilar. Sin proceso ni historias… Te lo llevas al paredón y le das bala.
Asintió el indio, que fumaba sin mover un músculo de la cara. Lo de fusilar, se dijo Martín, le era tan natural como a su jefe. O más.
—Y otra cosa —dijo Villa—. Ayer vinieron a protestarme porque gente armada se robó los cálices de la Trinidad.
—Serían zapatistas —opinó Urbina.
—No chingues, Tomasito. Los de Zapata creen en Dios. ¿No ves cómo van de medallitas, crucifijos y banderas?… Y oye, compadre. Soy el primero al que no le gustan los curas, pero las iglesias me las respetan ustedes. ¿Entienden?… Las viejas van a misa, así que mejor no meterse con ellas. Ni remedio: si las enchilas, te envenenan la vida. Bastante cuesta arriba lo tenemos todo. Así que a quien le falte el respeto a una iglesia, también me lo pasan por las armas.
Inclinaba la cabeza Sarmiento sobre su copa de coñac, moviéndola en la mano, con un habano humeándole en la boca. Parecía complacido, y lo señaló Villa con una carcajada.
—Miren cómo ríe sin reírse este cabrón. Le gustó lo de afusilar. ¿Que no se fijaron?… Los indios nunca ríen fuerte como los españoles, ni contenidos como los mestizos. Se ríen así, igual que Sarmiento. Guardándotela.
—A propósito, mi general —intervino Martín—. Querría pedirle un favor.
Lo miró el mexicano con sorpresa.
—Nunca fue de mucho pedir. Ándele, a ver si puedo.
—Hay alguien que me ayudó en otro tiempo. Un empresario español llamado Laredo.
—¿Español?… Mal comienzo, amiguito. Usté es el único del que me fío.
—A éste le han levantado calumnias y su familia teme por su vida. ¿Sería posible extenderle un documento que lo ponga a salvo durante algún tiempo?
—¿Fue huertista?
—No más que el común de la gente, en esa época.
—¿Y qué tal con Carranza?
—Ni bien ni mal. Ya le digo que es empresario, ajeno a la política.
—¿Y tiene plata?
—Algo tiene.
—Pos ya está… Si su gachupín contribuye con treinta mil pesos a la revolución, puede estar tranquilo —miró al secretario, que había sacado una libreta y una pluma estilográfica—. Encárgate, Luisito.
Tomaba nota Aguirre, diligente. Los ojos color café se clavaron de nuevo en Martín.
—No me tuerza esa gestión en El Paso, ingeniero —Villa se había puesto muy serio—. A mí me vale madres que los Estados Unidos y su presidente Wilson reconozcan a la Convención. Lo mío es la silla de montar, no la presidencial. Lo que busco es hacer justicia a los pobres y darles padentro a los ricos… Incluso, antes que deber algo a los gringos prefiero andar por la sierra comiendo carne charrasqueada. Pero necesito que esos pinches güeros nos vendan parque.
Hizo una pausa. Tenía las manos sobre la mesa, a uno y otro lado de la taza de café vacía. Cerró los puños con fuerza, poderosos. Coléricos.
—La División del Norte se juega su futuro y el de México. Esos jijos de veinte, Carranza y Obregón, no van a parar hasta que nos echen, o nos los echemos.
—Pero Zapata sigue de nuestro lado, mi general —apuntó Urbina.
—Según y cómo —encogió el general los hombros, ceñudo—. A Zapata sólo le importa el sur. Si la cosa se tuerce, se replegará a su tierra y si te he visto no me acuerdo… En cuanto a nosotros, si aflojamos tantito con estos políticos chocolateros y ladrones que buscan hacerse dueños después que nosotros hicimos el trabajo sucio, lo veo de color hormiga como dejen de tenernos miedo. Nos perderán el respeto si no conseguimos armas y dinero.
Levantó Villa los ojos al techo: al agujero de un balazo que, se contaba, él mismo había disparado con su revólver días atrás, para acallar a la gente en mitad de una discusión.
—La vida es un albur, muchachitos. ¿Que no lo ven?… Dentro de dos o tres meses, lo mesmo podemos seguir aquí, comiendo caracoles en salsa de chipotle, que oyendo silbar los trenes mientras granizan plomazos. Y no sé cuál de las dos cosas prefiero.
Calló Martín. Él sí sabía en cuál de esas situaciones deseaba estar. Pero no lo dijo.