Revolución

Revolución


14. Los llanos de Celaya

Página 24 de 30

14. Los llanos de Celaya

 

 

 

 

 

El telegrafista salió de la garita con un lápiz tras la oreja y una hoja de papel rosa en la mano y entregó el mensaje al conductor del primer tren. Sonó la campana, silbó la máquina, y una nube de vapor surgió en los flancos como si el monstruo negro y metálico despertase con violencia de su letargo.

—¡Arriba, muchachos! —gritaron los oficiales—. ¡Avívense!

Del cobertizo de la estación y los vivacs cercanos vinieron corriendo centenares de villistas con anchos sombreros, cruz de cananas al pecho, rifle en mano o colgado a la espalda. Algunos masticaban el último bocado de tortilla con frijoles que sus mujeres habían preparado en las fogatas, en torno al penacho negro de la locomotora que, sudorosa de aceite, pedía carne para el matadero. Once mil soldados de la División del Norte estaban a punto de ir hacia levante.

—Ahí llega el agarrón, ingeniero —dijo Genovevo Garza—. Orita es cuando.

Desde el lado sur de la vía, de pie junto a su montura, Martín Garret observó a los hombres subir a los vagones o trepar por las escalas para acomodarse en el techo. Los caballos habían llegado desde Irapuato en esos trenes; y ahora, desembarcados, se agrupaban con sus jinetes a uno y otro lado del tendido férreo, esperando la orden de avanzar mientras la infantería ocupaba los vagones sucios de paja y estiércol. Dos horas antes, Pancho Villa se había presentado en automóvil para dar instrucciones a los jefes de brigada y de regimiento, antes de desaparecer con su escolta en una nube de polvo, al encuentro de la artillería que, tirada por mulas, aún estaba de camino.

—¡Celaya! —voceaban desde las puertas y los techos de los vagones—. ¡Nos vamos a tomar Celaya!

Corría la voz mientras los rezagados se despedían de las mujeres y de los chiquillos que se agarraban a piernas y faldas. Numerosas soldaderas acompañaban a sus hombres hasta el tren llevándoles las armas y el parque, abrazándolos mientras les entregaban tortillas envueltas en pañuelos, calabazas con agua y cantimploras. Hormigueaba la estación de sombreros, carrilleras llenas de balas relucientes al sol, fusiles Máuser y carabinas 30/30. A lo largo del convoy, apartando a soldados y mujeres para abrirse paso, ferrocarrileros con ropa azul sucia de grasa golpeteaban con martillos para revisar los bogies.

—La idea —dijo Genovevo Garza— es arrimarlos al rancho y el apeadero de El Guaje, pa que lleguen descansados —levantó el rostro para comprobar la altura del sol, velados los ojos con el sombrero en alto—. Nosotros saldremos orita mesmo.

—¿Qué pasa con su reloj, mayor? —preguntó Martín.

—Se paró, nomás… Y no consigo que ande.

Sacó el joven el suyo del bolsillo y se lo pasó.

—Tome el mío —insistió, al ver que dudaba el mexicano—. Tiene responsabilidades y conviene que sepa la hora.

—Ta güeno, compadre —aceptó Garza—. Lueguito se lo devuelvo.

Volvió a silbar la locomotora y el penacho de humo se hizo más espeso. Garza, que tenía un brazo apoyado en la silla del caballo, se volvió a Maclovia Ángeles, que estaba a su lado.

—Cuídese, mi chula.

Al decirlo puso una mano en un hombro de la soldadera, que lo miró con intensa fijeza. Llevaba Maclovia un rebozo pardo cubriéndole la cabeza y los hombros, un deshilachado jersey de lana y el pistolón colgado en la cintura, sobre la falda descolorida y muy remendada. Las facciones rudas permanecían tan inalterables como de costumbre, pero sus ojos de melancolía oscura brillaban inquietos, yendo y viniendo de los soldados al tren y a su hombre. Por un brevísimo instante detuvo la mirada en Martín, antes de apartarla de nuevo.

—No te dejes quebrar como un pendejo —le dijo a Garza.

Lo hizo sin énfasis ninguno, igual que si le aconsejara abrigarse cuando hiciera frío. Rió el mayor, abrazándola.

—Ni modo, prietita. Ni modo… Cuantimás si usté me espera.

Pasaron unos jefes al galope, y uno de ellos —un coronel llamado Fulgencio Ochoa— hizo una señal imperativa a Garza. Sonó el clarín seguido por pitazos de silbato. En la vía, resoplando entre nubes de vapor, el conductor de la primera locomotora asomaba una mano enguantada por la ventanilla, diciendo adiós. El tren empezó a moverse con rechinar de hierro y madera. Desde los techos y las puertas de los vagones, los hombres se despedían a voces de las soldaderas y embromaban a los de caballería que, aún pie a tierra, iban quedando atrás. Unos cantaban La Adelita y otros La cucaracha, como desafiándose. Levantó un brazo Martín, saludando a los que se iban. No era que los mexicanos despreciasen la muerte, se asombró una vez más. Sólo se burlaban de ella.

—¡A tomar Celaya! —gritaban, confianzudos—. ¡Arriba Villa y muera Carranza! ¡Vámonos a Celaya!

El mayor le dio un beso en la frente a Maclovia, ajustó las hebillas de las mitazas de cuero que le cubrían hasta las rodillas y se volvió a la tropa.

—¡Guías de Durango! ¡Monten!

Metió Martín una bota en el estribo y se izó a lomos de Láguena, acomodándose en la silla de cuero pulido por el uso. En torno a él, doscientos jinetes bigotudos y tostados por el sol, con sombreros de toda suerte y cartucheras cruzadas sobre ropa civil, chaquetas charras o prendas de uniforme, hicieron lo mismo. Todos llevaban revólver o pistola al cinto, así como carabinas enfundadas en la silla, y algunos portaban sables militares o machetes largos. La orden recibida por el escuadrón era avanzar al sur de El Guaje entre la vía del ferrocarril y el río Laja, reconociendo el terreno hasta tener contacto con el enemigo. En previsión de necesitar la voladura del puente de Olivos, llevaban con ellos una recua de mulas cargadas con material detonante y explosivos.

Formaban los jinetes en columna de a dos. Otros escuadrones cabalgaban ya, levantando polvo hacia el norte. A caballo, con medio cuerpo vuelto atrás y apoyada una mano en la grupa de la montura, el sombrero en la otra, Genovevo Garza dirigió un último vistazo a su gente. Al término de la ojeada se detuvo en Martín. Bajo la luz cenital que ahondaba las arrugas en la cara como surcos de maizal, su vieja cicatriz parecía prolongar una sonrisa cómplice.

—Éitale, ingeniero… Sólo es una jalada más, después de tantas.

—Una más —repitió Martín.

Se puso Garza el sombrero veteado de sudor, grasa y tierra, ajustando el cordoncillo del barbiquejo.

—Ni modo. Pa que se acaben las chinches, no hay otra que quemar el petate.

Arrimaron espuelas y Láguena empezó a moverse despacio, con la doble fila que iba alargándose paralela a la vía férrea. Mientras caballos y jinetes se mantuvieron al paso, Maclovia Ángeles permaneció junto a su hombre, caminando firme, cabeza erguida y una mano puesta en el arzón de la silla, como orgullosa o desafiante. El rebozo se le había deslizado hasta los hombros y la fuerte luz tornasolaba la única trenza con que de nuevo se recogía el pelo. Poco a poco fueron dejándola atrás, y cuando llegó orden de poner los caballos al trote y Martín se volvió por última vez a mirar, la soldadera había desaparecido en la polvareda del escuadrón.

 

 

 

La guerra, había aprendido, se componía a partes iguales de espera e ignorancia. Ibas de acá para allá privado de una visión de conjunto, obedeciendo órdenes sin saber realmente qué ocurría, hasta que tocaba entrar en fuego; y aun entonces sólo era posible percibir lo que estaba a la vista. Igual podías hallarte entre gente que avanzaba valerosa que entre quienes corrían para salvar la vida, sin que eso tuviera relación directa con el resultado general. Tan frecuente era huir en la victoria como pelear con denuedo en la derrota. Pocas veces, en la confusión de un combate, sabías si los tuyos ganaban o perdían.

Eso estaba ocurriendo en aquel momento. Acababa Martín de disponer cargas explosivas en los pilares del puente de Olivos —una vieja estructura de madera y hierro— para cortar el paso a refuerzos carrancistas que pudieran llegar desde el sur; y tras dejar de retén a cuatro hombres con instrucciones de prender las mechas a la vista del enemigo, volvía a donde aguardaba Genovevo Garza con el grueso del escuadrón. Iba al paso, con otros seis jinetes y las mulas cargadas con material a la espalda, hacia el punto de reunión fijado con el mayor en una pequeña loma, cerca de una bifurcación del camino. Y a medida que se alejaba del río, empezó a oír ruido de combate al norte, por la parte de El Guaje.

—Ya se agarraron —dijo alguien.

Garza estaba en la loma, desmontado, con un centenar de hombres y caballos. El resto se hallaba disperso en patrullas explorando la zona, llana y con huertos y arboledas aunque surcada en todas direcciones por canales de riego. Las órdenes para los guías de Durango, aparte de controlar el puente, eran localizar pasos adecuados para franquear esas acequias, tajos incómodos que podían estorbar el avance decisivo sobre Celaya, previsto para el día siguiente.

—¿Quihúbole, ingeniero?

—Todo en orden, mi mayor.

Echó Martín pie a tierra y se quedó junto a Garza, que miraba hacia El Guaje. Parecía preocupado.

—Mal terreno —comentó—. Demasiado llano, con poca protección. Y esas acequias, difíciles de pasar, cobijarán a los carranclanes… El general Obregón sabe atrincherarse.

Señaló Martín en dirección al norte.

—¿Qué sabemos de allí?

—Nomás lo que oye. Se están dando duro.

—Eso es que los nuestros avanzan hacia Celaya.

—Órale… Y que El Guaje es nuestro, o casi.

Sacó Garza del bolsillo el reloj de Martín, abrió la tapa y consultó la hora. Luego miró la altura del sol, cual si pretendiera asegurarse.

—Hay algo que me sorprende —comentó el joven—. No hemos visto caballería carrancista. Y debería andar por aquí cerca como nosotros, tanteándonos.

—A mí también me extraña, compadre. Llevo pensándolo todito el día.

Llegó metiendo espuela un batidor polvoriento y cansado. Llevaba, dijo al presentarse, un buen rato buscando al escuadrón. Se les ordenaba rodear El Guaje por el sur y acercarse al camino real y la vía del ferrocarril. Hizo Genovevo Garza tocar el clarín para reagrupar a la gente, y se pusieron en marcha enviando por delante exploradores. Con frecuencia veían obstaculizado el camino por canales de riego y perdían tiempo en descubrir pasos seguros. A lo lejos seguía el ruido del combate, que parecía cada vez más próximo a Celaya.

—Andan ya como por Crespo —dijo Garza, satisfecho—. Eso es que van bien las cosas.

Al cabo de un rato, al cruzar entre un bosquecillo de álamos que ocultaba parcialmente la visión, aparecieron el sargento Chingatumadre y otros dos villistas picando espuelas, sofocados de la galopada.

—Jinetes, mi mayor —señalaba el suboficial hacia el nordeste.

—¿Cerca?

—Ahí mero… No sé si son nuestros o de los otros; pero van tranquilos, explorando.

Ordenó Garza desplegarse al escuadrón y avanzaron cautos, flojas las riendas y carabinas dispuestas. Sacó Martín la suya de la funda, cortó cartucho y la atravesó en el arzón delantero de la silla. Respiraba lento y pausado, como había aprendido a hacerlo para mantener el pulso firme y la cabeza fría. La tensión le secaba la boca y hormigueaba en los muslos y las manos, y los cinco sentidos se reducían a dos: vista y oído.

Al salir de la arboleda pudo verlos al fin. Eran sólo una docena y se movían separados unos de otros, a lo largo de un canal de riego. A esa distancia era fácil identificarlos como carrancistas, así que no hubo órdenes, ni gritos, ni interpelaciones. Todo el mundo empezó a disparar. Fue un intercambio de fuego intenso, violento y muy rápido. Martín, aupado de pie en los estribos, hizo tres disparos que se unieron al tiroteo general. Vio caer a dos enemigos y a un caballo coceando con las patas en alto. Los otros volvieron grupas y huyeron al galope.

Cruzaron la acequia los villistas. Los dos jinetes estaban tirados en el suelo, manchando de sangre la hierba del ribazo. Vestían ropa del ejército federal. Uno era joven y otro parecía viejo, tal vez porque un balazo le había arrancado medio cráneo: sus sesos se desparramaban sobre el pasto como flores rojas. El joven, tendido boca arriba con los brazos en cruz, tenía los ojos entreabiertos e inmóviles, y su último gesto era una extraña sonrisa que descubría sus dientes bajo un bigote ralo, sombra de bozo juvenil. Mientras algunos hombres desmontaban para quitarles armas y botas y registrar bolsillos, Martín acercó su montura al caballo que todavía coceaba, relinchando y desorbitados los ojos de dolor, desgarradas las tripas a balazos. Tras contemplarlo sin desmontar, se inclinó sobre él desde la silla, apuntó la carabina a la cabeza y lo remató de un tiro.

Geometría del caos, pensó una vez más mientras palanqueaba para recargar el arma. No había allí consuelo posible, como no lo había, en general, para la vida misma. La guerra era una evidencia útil para quien aprendía a mirar en ella: ayudaba a observar con ecuanimidad la perversa geometría cósmica. Un aprendizaje valioso para quien de un modo u otro, sin engañarse a sí mismo y dispuesto a pagar el precio, fuese capaz de advertir las líneas y curvas, ángulos y azares sujetos a reglas implacables bajo la bóveda fría de un cielo sin dioses.

 

 

 

El cuartel general estaba en un apeadero del ferrocarril. Cerca de allí, la artillería villista tiraba directamente sobre las defensas de Celaya, y desde el otro lado se disparaba fuego de contrabatería que, cuando llegaba demasiado cerca, hacía levantarse de manos a los caballos. Iban y venían mensajeros con órdenes, y centenares de soldados y animales ensillados se concentraban en los alrededores. Era evidente que se había combatido duro, pues había muchos heridos y los hombres que estaban sanos abrían cajas de munición para rellenar las cananas vacías.

—¡Rejijos de su pinche madre! —voceaba Pancho Villa—. ¡Díganme nombres, que los hago afusilar!

Pese a que la jornada le era favorable, el general estaba de pésimo humor. Los cañones de la División del Norte —veintidós Saint Chaumond franceses y Mondragón mexicanos— no tenían munición adecuada, pues los fabricantes estadounidenses, proveedores habituales, la enviaban ahora a la guerra de Europa. Los proyectiles casi artesanos hechos en Chihuahua con fulminantes de cartuchos de pistola fallaban demasiado.

—¡Los hago afusilar! —repetía Villa.

La cólera del general hacía palidecer a su estado mayor, agrupado en torno a una mesa con mapas puesta bajo el cobertizo del apeadero. Estaban allí el coronel Ochoa, unos tales Canuto Reyes y Estrada, el indio Sarmiento y otra gente de confianza. Más allá de la llanura verde cortada por líneas de árboles y canales, donde a intervalos se alzaba la polvareda de cañonazos, se adivinaba la ciudad de Celaya ante las colinas que la circundaban por levante. La tarde se encontraba en sus últimas horas y el cielo cambiaba de azul intenso a gris pálido.

—Ah, que ya llegaron —dijo Villa al ver aparecer a Genovevo Garza y Martín—. ¿Qué chingados andaban haciendo?

Acostumbrado a los arrebatos de su jefe, Garza respondió muy sereno.

—Cumplíamos sus órdenes, mi general. En descubierta por el río.

—¿Y hasta dónde fueron?

—A una legua de Celaya.

—Aquí hemos tenido caballería enemiga, pero la hicimos retirarse quince kilómetros. Como venados huyeron. Después hubo otro amago que desbarató Estrada, y desde entonces no asoma un jinete carrancista… ¿Vieron alguno?

—Apenas —Garza se había acercado al mapa y señalaba el lugar—. Sólo una patrulla pequeña, y le dimos su agua. Si permite, mi general, me se hace rara tan poca caballada.

—Es güena señal. Eso significa que Obregón se ve apretado y usa la suya pa pelear pie a tierra, como infantería.

—Ah, pues.

Manteniéndose un poco aparte, Martín se puso al corriente de la situación: los carrancistas habían sido derrotados en el rancho El Guaje, con al menos medio millar de muertos y heridos, pero pese al desastre habían conseguido retirarse al de Crespo; y luego, perdido éste, a sus líneas defensivas en torno a Celaya, donde canales de riego, trincheras y pozos de lobo a uno y otro lado de la vía del ferrocarril y el camino real les daban resguardo.

—Les caeremos mañana, al alba. En cuanto haya luz vamos a atacar de pura embestida, sin movimientos tácticos, ni maniobras, ni chingaderas de putos. Y nada de tropas de reserva… Todos pujando de frente, a puro riñón.

—Nos harán daño, mi general —objetó el coronel Ochoa.

—Eso ya lo sé, qué carajos.

—El terreno es llano y descubierto —insistió Ochoa—. Lo cortan las acequias y las ametralladoras carrancistas lo enfilan cruzando sus fuegos… Ya lo hemos sufrido esta tarde. Y no tenemos granadas de fragmentación para hacerles agachar la cabeza. Casi todo lo que tiran nuestros cañones es de percusión.

Villa lo traspasaba con la mirada.

—No me hablen de cañones, carajo… Cuantimás que la artillería es lo menos. Les vamos a entrar recio, parejo, de un solo golpe, en un frente de cinco o seis kilómetros. A lo charro. ¿Cuándo nos falló eso, muchachitos?

Miró el coronel a los otros jefes, pero todos guardaban silencio. Se encogió de hombros Ochoa.

—Nunca, mi general.

—Pos a repetirlo mañana, y de noche cenamos en Celaya. He pedido tablones pa que la infantería pase las cortaduras. Nuestros trenes pueden acercarse a tres kilómetros de aquí; va a llegarnos uno con parque y con ese material pa tenderlo durante la noche —miró a Genovevo Garza—. Encárgate, compadre.

Se irguió el mayor llevándose dos dedos a la frente, bajo el sombrero.

—A sus órdenes.

Seguía mirando Villa a Garza y a Martín. De pronto tenía un aire dubitativo, como si no lo hubiera dicho todo. Se aclaró la garganta y escupió al suelo, entre sus botas.

—Tú y el ingeniero quédense por ahí cerca —dijo al fin—. Tengo otro asuntito que platicarles.

Obedientes, el joven y el mayor se alejaron unos pasos a lo largo de la vía férrea. Por el camino real, que discurría paralelo, pasaban largas filas de hombres, carros y recuas de mulas con cajas de parque. De vez en cuando estallaba en las inmediaciones un proyectil de artillería, levantando polvo que se disipaba despacio en la tarde sin viento. Hacia el este continuaba el combate: una sucesión de estampidos semejantes a truenos punteados por el tiroteo.

—¿Qué opina, mi mayor? —preguntó Martín.

Genovevo Garza torcía un cigarro, pensativo.

—Da igual lo que opine.

—A mí no me da igual. Parece preocupado.

Hizo el mexicano un movimiento de cabeza señalando el cobertizo del apeadero.

—Ya vio los que están ahí.

—Son hombres valientes, ¿no?

—Pos claro, pero nomás eso… De los que piensan, de los que se atrevían a discutirle una orden a Pancho Villa, de ésos quedan pocos. Toribio Ortega y Trinidad Rodríguez están muertos, y ni Felipe Ángeles, ni Urbina, ni Raúl Madero andan por aquí… Esta División del Norte no es la mesma que peleó en Torreón o Zacatecas.

—Pero estamos ganando, mi mayor… ¿Qué le preocupa?

Del mismo modo que antes, Garza señaló a la infantería que caminaba por la carretera.

—El de mañana no va a ser terreno fácil —repuso tras sacar su chisquero y encender el cigarro—. Ya lo vio: acequias y muy llano, sin cobijo pa naide nuestro. Malo de atacar y güeno pa defender… Si lo que busca el general es entrarles a los carrancistas de puro aventón, a lo macho, nos va a costar caro.

Miró Martín hacia el cobertizo.

—¿Qué querrá de nosotros?

—Orita lo vamos a saber.

Se quedó callado el mayor, fumando.

—¿Se echó usté alguno de los que tumbamos en el río, ingeniero? —preguntó al cabo de un momento.

—No estoy seguro —dudó Martín—. Fuimos muchos los que tiramos a la vez.

—Ya lo vi. Desenfundó rápido la treinta treinta, ¿eh?

—A todo se aprende.

—Pos clarinete… A todo.

Al poco rato, Pancho Villa dejó el cobertizo y se dirigió hacia ellos. Venía solo, caminando con su característico paso oscilante y las piernas arqueadas, propios de quien pasaba más tiempo a caballo que pie a tierra. Traía el sombrero levantado hacia atrás, el revólver al cinto y las mitazas y las botas polvorientas, con las espuelas que resonaban al rozar las piedras del suelo. Al llegar se secó el sudor del rostro con el paliacate rojo del cuello. Estaba muy serio y habló en voz baja, cual si el bigote le velase las palabras.

—¿Conocías a Margarito Viñas, compadre?

Hizo memoria el mayor.

—Sí que lo conozco, mi general. Es uno de sus dorados. Lleva en la bola toda la vida, desde los tiempos de don Panchito Madero. Estuvo con nosotros en Juárez… ¿Me habla de ése?

—Sí, de ese mero.

—¿Y qué hay de él, mi general?

—Esta mañana se lo echaron los carrancistas en El Guaje. Un tiro en la tripa, sin vuelta atrás… Tardó en morirse.

—Uta. Lo siento.

—Espera tantito pa sentirlo… La cosa es que mientras se iba o no se iba, pidió platicar conmigo. Quería contarme algo, dijo. Así que me llamaron, fui a verlo y me lo contó.

Mientras hablaba, Villa sacó de un bolsillo un papel doblado. Golpeteaba con él en los dedos, sin desdoblarlo.

—¿Te acuerdas de nuestro oro? ¿De las monedas del Banco de Chihuahua?

—¿Cómo iba a olvidarme?

—Margarito Viñas fue uno de los que tendieron el cuatro pa robárselo todo.

Al mayor se le desencajó el rostro.

—¿Qué me dice, mi general?

—Lo que oyes… Lo hicieron entre él, ese fulano que ustedes encontraron en su rancho y dos más.

—¿Qué dos?

—Uno era un tal Chemita Murguía. Por lo visto se lo tiznaron hace tiempo, en un burdel de Chihuahua.

—Sé quién era —asintió Garza—. Uno chaparro, güerito… Sargento, me parece.

—Será ése, yo no me acuerdo. Pero Viñas mentó su nombre.

—¿Y el otro?… ¿El cuarto?

Hizo Villa un ademán pidiendo paciencia.

—La idea —prosiguió— era esconder el oro en los Estados Unidos, y así lo hicieron. Como seguridad por si al acabar la revolución estaban tan muertos de hambre como cuando la empezaron… Se repartieron un poquito pa no llamar la atención y el resto lo enterraron en aquella mina de Sierra Diablo. Era gente aprevenida. Pero gracias a ustedes les llovió en la milpa.

Todavía dudaba Garza.

—¿Le da crédito a eso, mi general?

Asintió Villa, severo.

—Tú y yo hemos visto morirse a mucho cristiano, mi Geno. Quien está con un pie en el estribo suele decir la verdá. ¿Qué iba a ganar Margarito?… Dijo que le pesaba haber hecho lo que hizo, sobre todo porque no le aprovechó. Me agarraba del brazo, ahogándose en sangre, y me lo decía mirándome a los ojos y por derecho. Pa irse en paz, decía. Y yo lo creí… Aluego le di unas palmaditas en un hombro y le metí un plomazo pa abreviarle el trámite.

Miró alrededor como si buscara más gente a la que aliviarle algo, masticando la cólera.

—Nos tronaron a seis, esos ladrones y traidores —añadió tras un momento—. Seis de los nuestros a los que emboscaron. Y tengo el cuarto nombre, el que lo ingenió todo.

—¿Y sigue con nosotros? —se asombró Garza.

—De plano.

—Újole —se impacientaba el mayor—. Suéltelo de una vez, mi general.

Estalló un cañonazo atronadoramente cerca, levantando tierra y cascotes. La humareda filtró el sol. Garza y Martín se habían agachado un poco apenas lo oyeron llegar, por puro hábito, pero Villa se mantuvo impasible. Agitaba en el aire el papel, abanicándose con él para apartar el polvo.

—Aquí tienes una orden escrita de mi puño y letra —señaló una casa medio derruida sobre una loma próxima—. Orita mesmo formas un piquete de seis hombres tuyos, detienes al que está apuntado aquí, te lo llevas allí y me esperas. No tengo mucho tiempo, pero en cuanto pueda me acerco. Ni se te ocurra darle su agua antes que yo llegue.

Desdobló el papel con parsimonia y se lo pasó a Garza. Después miró a Martín.

—Hágame la mercé de ir con mi compadre, ingeniero… Lo de ese oro también fue cosa suya —le dirigió una sonrisa torcida—. Amerita ver cómo termina el cuento.

Genovevo Garza leía el papel con dificultad, moviendo los labios. De pronto enarcó las cejas, sorprendido. Para asegurarse, se lo pasó a Martín:

 

En el canpo de bataya por traidor y ladron ordeno el imediato afusilamiento de…

 

Alzó el joven la cabeza y miró a Villa, estupefacto.

—¿Sarmiento?

Asentía el general, sombrío como la muerte.

—Sí, mero… El cuarto hombre, el que lo ingenió todo, era ese apache cabrón, rejijo de una india y veinte padres.

 

 

 

Sentado en el suelo, la espalda contra la pared de adobe bajo el que asomaban los ladrillos, Sarmiento permanecía en silencio. Sólo había protestado al principio, más asombrado que furioso, cuando con algún pretexto Villa lo hizo salir del cobertizo del apeadero y se encontró con un piquete de seis hombres armados y el mayor apuntándole con un revólver a la cabeza.

—Cuela palante —le había dicho Garza.

Pasada la primera sorpresa, Sarmiento había permitido que lo desarmaran, estoico, dejándose llevar sin resistencia al jacal. Ahora el piquete esperaba fuera, y Genovevo Garza y Martín vigilaban al preso mientras éste, que había sacado del bolsillo un habano grande y grueso, lo encendía con parsimonia.

Nadie hablaba. La mitad del techo había desaparecido y a través del agujero llegaban los sonidos lejanos del combate, que parecía aflojar un poco, con alguna explosión de artillería más próxima. A veces sonaban voces de hombres y ruido de caballos que pasaban.

Observó Martín que Sarmiento esquivaba sus miradas. Incluso cuando dirigía la vista hacia ellos lo hacía de modo casual, como si no los viera y sus ojos, más amarillos que negros, estuvieran absortos en algo situado lejos y a su espalda. El rostro era una inexpresiva máscara de cobre, impasible excepto cuando se acercaba el cigarro y lo retiraba entre el humo que dejaba salir por la nariz y la boca. Sólo una vez advirtió Martín que se fijaba en él con atención, oscuro y peligroso como siempre; pero cuando le sostuvo la mirada, el indio apartó la suya.

Llegó Pancho Villa pateando fuerte, a pasos violentos y largos. Se secaba el sudor de la cara sombría. Martín lo había visto fusilar a hombres con la mitad de esa cólera en los ojos.

—Muerto de hambre desgraciado —escupió—. Traidor, asesino y ladrón.

Lo miraba Sarmiento sentado en el suelo, sin despegar los labios sino para fumar. Villa lo fulminaba con la mirada. El dogal cerrado de la camisa parecía oprimirle el cuello ancho y congestionado de furia. Se lo desabotonó de un manotazo.

—Estoy ganando una batalla y no tengo tiempo, pero antes de hacerte tostar quiero saber una cosa… ¿Por qué lo hiciste?

Por primera vez, Sarmiento manifestó un vago interés.

—¿Por qué hice qué?

—El oro de Juárez. Aquellos seis hombres muertos por tu gente.

Ladeó el indio el rostro, como para hacer memoria.

—¿Por quién, dices?

—Por los que mandaste que me hicieran de chivo los tamales: Viñas, Murguía y aquel otro fulano al que Genovevo y el ingeniero cazaron en su rancho.

—No sé de qué carajos hablas, Pancho.

—No me llames así —Villa dio una palmada sobre su revólver—, o te quiebro yo mesmo de un plomazo.

—Haz lo que se te pegue la gana.

Fumaba Sarmiento sin inmutarse. Dio Villa unos pasos hacia él y se acuclilló delante, mirándolo como si quisiera penetrarle hasta el alma.

—Nos conocemos desde antes de entrar en la bola, cuando íbamos con Genovevo, Urbina y otros por la sierra. Siempre fuiste de mi confianza.

Se detuvo esperando una reacción del otro, pero éste permaneció callado, humeante el cigarro. Villa le apuntó con un dedo entre los ojos.

—Mira, indio mugroso. Te vas a morir, porque los conchudos como tú salen sobrando… No he venido a que confieses que lo hiciste, que eso ya lo sé.

Se animó ligeramente el otro.

—¿Y quién te lo dijo, que tan seguro estás?

—Lo dijo un muerto, y los muertos dicen la verdá.

Sesgó Sarmiento la boca, sardónico.

—Ni modo. Los muertos mienten tanto como los vivos.

—Eso lo vas a averiguar tantito.

Se incorporó despacio Villa. Ahora miraba al indio desde arriba.

—No necesito detalles, jijo de una tal.

Un breve relámpago cruzó los ojos impasibles. Sólo fue un instante, y se apagó rápido.

—No es de machos echar mentadas a hombres sin pistola —dijo el otro, ecuánime.

Hacía Villa visibles esfuerzos por dominar la cólera. Su mano iba y venía a la culata del revólver. La inmovilizó al fin junto a la hebilla del cinto.

—Sólo quiero saber por qué me la jugaste en Juárez.

—¿Qué importa? —chupó Sarmiento el cigarro—. Si hoy toca paredón, me vale madres. A fin de cuentas, el pellejo de un hombre no sirve ni pa huaraches.

El general movió la cabeza.

—Meterte plomo sería honroso, y hay maneras de ahorrar los treinta y siete centavos de cada bala… Puedo ahorcarte junto a los rieles de la vía, pa que quien pase te vea negro y comido de moscas, con un cartel al pecho donde diga traidor y ladrón. O estaquearte a lo apache, en tu ambiente, con los párpados cortados pa que no cierres los ojos mientras los cuervos te los picotean.

Se detuvo ahí, dándole tiempo para pensarlo. Después insistió de nuevo.

—¿Por qué lo hiciste, cabrón?… ¿Me viste la cara de pendejo?

Dejó Sarmiento salir más humo. Parecía tan calmado, observó Martín, que ni siquiera se le alteraba el pulso. La ceniza seguía sin caer, al extremo del cigarro.

—Sabía lo que iba a pasar, Pancho.

—Te digo que no me llames así.

Asintió el indio.

—Lo sabía, mi general. Lo supe desde el principio, cuando vi quiénes se arrimaban a Maderito, cada cual pensando en lo suyo. La revolución les importaba sólo mientras estuvieran abajo; una vez arriba, se pondrían cómodos… Y así fue, ¿que no?

—Yo estoy aquí, peleando —objetó Villa, clavándose un pulgar en el pecho.

—Nomás faltaba… Lo haces porque Carranza y Obregón te andan chingando, pero tienes tus haciendas en Chihuahua… Urbina y otros generales han robado a manos llenas, y quienes nunca pelearon andan politiqueando con discursos de catrines de botín calado, arrimándose a quien manda o puede mandar.

Chupó de nuevo Sarmiento el cigarro y miró pensativo la ceniza intacta.

—Todo eso lo vi antes que pasara —añadió al fin—. Y me dije que a este cristiano no lo iban a dejar descalzo cuando todo acabase. De manera que, por si un sí o por si un no, decidí asegurarme algo: un retiro, un fondito. Cuando aún no sabía si íbamos a ganar o a perder.

—Pero luego fueron bien las cosas —dijo Villa.

—No sabría decirte cómo van —Sarmiento señaló hacia el exterior—. Todos esos desgraciados se mueren con la misma hambre que tenían hace cuatro años. Los únicos que llenan la panza son los jefes, como ha sido y fue siempre —miró a Garza y a Martín—. Pregúntale a tu compadre Genovevo, que tan honrado es, a ver qué opina… O al gachupín, que se nos juntó como un turista sin que nadie le diese vela en nuestro velorio.

Meneaba Villa la cabeza, asombrado, sin dar crédito a lo que escuchaba.

—Nunca te oí hablar tan seguido, cabrón.

—Nunca me preguntaste, mi general.

Sobrevino un nuevo silencio mientras Sarmiento daba otra chupada al habano. Su pulso, comprobó Martín, se mantenía inconmovible: ni el más mínimo temblor le agitaba la mano. Cinco centímetros de ceniza seguían en el cigarro, todavía sin caer al suelo.

—Estoy cansado, ¿sabes? —apoyó el indio la cabeza en la pared y cerró los ojos—. Siempre supe que alguna vez lo estaría. Lástima de aquel oro que perdí… Debí salirme entonces, cuando aún lo tenía.

—¿Y qué esperabas? —se arrebató Villa—. ¿A tener más?

—Pos claro. Como todos.

Se golpeó el pecho el general.

—Eso de como todos es mentira. Yo creo en la causa del pueblo. En la revolución.

Sarmiento seguía con los ojos cerrados. Movió la cabeza, indiferente.

—No digo que no… Pero tu revolución anda norteada. Esto es una pinche mierda, Pancho.

 

 

 

No se quedó Villa a ver la ejecución, y Martín supuso que, pese a su cólera, al Centauro del Norte le faltaba estómago para ver morir a su antiguo compañero de correrías bandoleras. Se alejó el general a largas zancadas, sin mirar atrás, mientras a Sarmiento le formaban el cuadro: seis hombres alineados con la culata del Máuser apoyada en tierra, frente al muro ante el que fue dispuesto el reo.

Se conducía éste con mucha calma, observó Martín. No le habían atado las manos ni vendado los ojos, y continuaba con el grueso habano entre los dedos y la ceniza sin caer todavía, en apariencia indiferente a lo que le esperaba. Cuando Genovevo Garza se le acercó para cambiar las últimas palabras, el indio se limitó a pedir su sombrero; porque el sol, dijo, le daba en la cara.

—No quiero —comentó con frialdad— guiñar los ojos y que parezca lo que no es.

Genovevo Garza estaba muy serio: el habitual tono tostado de su piel parecía desvanecido. Hacía una década que él y el sentenciado se conocían y peleaban juntos. Nunca se gustaron el uno al otro, pero los unía el pasado común, los peligros corridos y la figura de Villa. No era un momento agradable para él.

—¿Tienes un último deseo?

La mirada oscura de Sarmiento, que parecía absorta en la distancia, reparó en el mayor. Se llevó lentamente el cigarro a la boca, dio una chupada y dejó salir el humo.

—Dos deseos tengo… Uno es que no me tiren a la cara.

—Cuenta con ello —lo tranquilizó Garza.

—El otro es que le digas a Pancho Villa que es un jijo de su rechingada madre.

—Se lo diré de tu parte.

Asintió el indio, satisfecho.

—Pos acabemos de una, que se hace tarde. Con suerte llegaré al infierno antes que cierren las cantinas.

Se retiró Garza unos pasos, dio una orden y quedaron apuntados los seis fusiles. Con una mano en un bolsillo del pantalón y el cigarro en la otra, Sarmiento dio una última chupada a éste, se lo apartó de la boca y miró la punta: casi siete centímetros de ceniza intacta. Desde que lo encendió, el pulso no le había temblado ni un momento. Cual si hasta entonces no hubiera reparado en ello, sonrió, y era la primera vez que Martín lo veía hacerlo: una mueca aviesa, insolente, casi divertida. La de alguien que de nada se arrepentía y que, de tener ocasión, volvería a hacerlo todo de la misma manera una y otra vez.

—¡Apunten! —ordenó Garza mientras preparaba su revólver para el tiro de gracia.

Con el sombrero inclinado sobre los ojos y la sonrisa inalterable en la boca, alzó Sarmiento la mano que sostenía el cigarro a modo de irónico brindis hacia los fusiles que le apuntaban. Y después, golpeando suavemente con el dedo índice, hizo caer la ceniza un segundo antes de que sonase la descarga.

 

 

 

Fue una noche larga, incierta, de escaramuzas ligeras y movimientos de tropas en la oscuridad. Los guías de Durango no tuvieron apenas reposo tanteando las defensas enemigas, en busca de pasos para tender sobre las acequias tablones que permitiesen a la infantería atacar con la primera luz. El alba encontró al escuadrón desmontado y esperando órdenes tras el pequeño talud de un canal de riego, a levante de la hacienda de Crespo y cerca de la vía férrea y el camino real. Forrajeaban los caballos, pero los jinetes estaban casi veinte horas sin comer nada más que lo que cada cual llevaba, o había llevado, en las cantinas de su silla de montar.

Martín estaba tumbado en el suelo cerca de Láguena, al que había trabado las patas y colgado el morral con zacate de maíz. Se tapaba con su sarape de campaña y apoyaba la cabeza en una piedra, con el sombrero sobre la cara para resguardarla del rocío nocturno, más perceptible por la proximidad de las acequias. No habría podido dormir aunque lo intentara, a causa del cuerpo dolorido por las largas galopadas del día anterior. Se limitaba a descansar un poco, igual que la mayor parte de los hombres que lo rodeaban, bultos inmóviles en la oscuridad que parecía querer aclarar por el este, detrás de Celaya y las cercanas líneas carrancistas. Genovevo Garza se había alejado cuando era noche cerrada para recibir instrucciones del general Villa y aún no estaba de regreso. Se había llevado el reloj de Martín, así que de vez en cuando éste alzaba un poco el sombrero y miraba el cielo. Por la posición de las estrellas y la débil línea azulada de levante calculó que debían de ser las cinco de la madrugada.

Una sucesión de fuertes estampidos le hizo levantar la cabeza. Sonaban muy cercanos. Era la artillería propia abriendo fuego, y al momento empezó a oírse el retumbar de sus proyectiles en la distancia. Se puso Martín en pie, como otros hombres, y subiendo al talud alcanzó a ver los relámpagos de los cañones propios y los resplandores de los impactos que salpicaban la noche a un kilómetro de allí. A lo largo de todo el frente, que se extendía en forma de medio arco al oeste de Celaya, las seis baterías villistas madrugaban contra las posiciones enemigas.

—Ahí les vamos, muchachos —dijo alguien—. Ametrallando parejo.

Una masa oscura y en movimiento, tropa de infantería, se destacó entre las sombras, cruzando la acequia un centenar de metros más abajo. Martín podía oír las voces de los jefes, el rumor metálico de rifles y marrazos, el chapoteo de los que cruzaban el canal de riego con el agua por la cintura. La artillería seguía tirando, y en sus resplandores se recortaban las siluetas de hombres y caballos. Un chisporroteo intenso, prolongado y al fin interminable, semejante a luciérnagas fugaces, se corrió por toda la línea del frente a medida que las avanzadas tomaban contacto con el enemigo.

Cuando Martín bajó del talud, Genovevo Garza estaba de regreso. Oyó su voz llamándolos a él y a los demás oficiales. Se acercó al grupo, círculo de bultos y sombras.

—Se ataca en toda la línea al mesmo tiempo —decía Garza—. Préndanme un cerillo.

Alguien rascó un fósforo. El mayor sacó el reloj y miró la hora.

—Les entraremos en cuanto haya alguna luz. Hay que estar en posición dentro de cuarenta minutos, así que aprevénganse, muchachos.

Antes de que se apagara el fósforo, Garza miró a Martín. Cuando todo estuvo oscuro de nuevo, le tocó un brazo.

—¿Descansó algo, ingeniero?

—Un poco.

—Nos cae un día crudo, es la mera verdá… No hay maniobras previstas, ni otra orden que cargar de frente una y otra vez hasta que los carrancistas se quiebren.

—Pues por lo que sabemos están bien fortificados —objetó Martín—. Y todas esas acequias cortarán el paso a la caballería.

—Uta… Hemos dicho varios a mi general Villa que no va a ser cosa de enchílame otra. Yo mesmo le platiqué de los campos enfangados que vimos. Pero anda metido en que sea ataque frontal, todos a una. Ni tropas de reserva deja. Nos quiere cada quien palante, a mero riñón.

—Eso nos costará mucha sangre.

—¿Pos sabe qué dijo?… Si es difícil, me lo hacen luego; y si es imposible, me esperan tantito.

—No me gusta, mi mayor.

—Ni a mí. Villa piensa que de un aventón nos metemos en Celaya, como otras veces. Pero está la cosa muy en veremos.

Estaban las dos sombras frente a frente mientras alrededor rumoreaban villistas y caballos preparando la cabalgada.

—Hay que irse —dijo Garza.

Martín reprimió el impulso de darle un abrazo o estrechar su mano, pues llevaba tiempo sabiendo comportarse; asumiendo que en la División del Norte estaban mal vistos los gestos solemnes cuando se iba a entrar en combate. El tono habitual era irse a bailar con la pelona con naturalidad, sin darle importancia. O aparentándolo.

—¿Hay algo que pueda hacer yo, mi mayor?

—Nada, ingeniero. Esta vez no hay nada que dinamitar. Sólo nos quieren pa hacer bulto en el agarrón. La caballería va a entrar en masa… Quédese cerca de mí, si puede. A ver cómo se nos da.

Mientras el mexicano hablaba, notó su tacto en la oscuridad. Garza pretendía devolverle el reloj.

—No, por favor… Guárdelo.

—Ah, pues. Muy agradecido.

Enrolló Martín el sarape en el arzón trasero de la silla —aún hacía frío, pero iba a estorbar en la cabalgada— y se agachó para comprobar que las correas de las espuelas estaban bien ajustadas a sus botas. Después hizo lo mismo con la cincha de la silla de montar, se cerró la cazadora de pana y colocó en los hombros, cruzadas al pecho, dos cananas con sesenta balas en cada una. También se ciñó la Colt 45 y comprobó que la carabina estaba municionada y en la funda que quedaría bajo su pierna derecha cuando estuviese sentado en la silla.

En torno a él todo eran ahora sonidos metálicos de armas, relinchos de caballos y comentarios en voz baja de los hombres que orinaban por última vez antes de montar. Se desabotonó la bragueta de los arrugados pantalones e hizo lo mismo, entre docenas de chorros que sonaban en la oscuridad. Una vejiga llena era mala compañía entre los balazos de un combate.

 

 

 

El sol ascendía despacio, dando al paisaje una claridad azulada, todavía violeta, que evaporaba el rocío en forma de neblina baja, removida por las patas de los caballos. Rasgaban el aire los proyectiles de artillería con sonido de tela rota, levantando al estallar surtidores de tierra, polvo y barro. Había crepitar de disparos por todas partes e innumerables cadáveres salpicaban la llanura, de trigales y huertos, cortada por acequias y pequeñas líneas de árboles.

Martín aguardaba montado, al descubierto. Casi doscientos guías de Durango se extendían en dos filas a su derecha e izquierda, y la inmóvil línea de caballería se prolongaba aún más allá, con escuadrones de otros regimientos. Calculó que en aquel sector eran un millar de jinetes los que iban a dar la carga. Desde hacía un rato esperaban la orden: casi toda la tropa villista a pie, que desde el amanecer había intentado tres veces, inútilmente y con grandes pérdidas, romper la línea de defensa enemiga, se limitaba a mantener el fuego de rifles mientras la artillería y la caballería abrían camino. Pero la primera no lograba desalojar a los carrancistas de sus trincheras, y la segunda aguardaba a que un ataque contra cuatro ametralladoras que batían la zona silenciase éstas. Sin embargo, el intento, valeroso y frontal, había fracasado. Los supervivientes se retiraban en desorden con las cartucheras vacías, corriendo por los campos mientras los tiradores enemigos los cazaban como conejos.

—Ah, qué, los volteados —dijo Genovevo Garza—. Ni modo… No hay quien calle esas pinches Hotchkiss.

Miraba por los prismáticos. Martín estaba cerca, casi estribo con estribo. Advirtió el tono sombrío del mayor, y cuando éste guardó los prismáticos y se volvió a mirarlo pudo ver en su rostro, habitualmente impasible, la tensión del momento.

—Ni remedio —Garza entornaba los ojos para estudiar el paisaje mientras movía la cabeza, descorazonado—. Habrá que entrar al quemadero a puro pelo… Cuantimás, con el sol de cara.

Tapándose la luz con el sombrero, Martín observó a los peones que retrocedían. De un par de centenares, apenas regresaba la mitad.

—Demasiado llano, demasiado expuesto —reiteró—. Y a nosotros las acequias nos van a frenar la galopada.

Asentía el mexicano, estoico.

—Tan es así.

—Por no hablar de las ametralladoras.

—Uta.

Ir a la siguiente página

Report Page