Revolución
15. La última misión
Página 26 de 30
15. La última misión
El propio Pancho Villa los acompañó a caballo hasta el arranque de la quebrada, al ponerse el sol. Era la segunda batalla por Celaya y se combatía muy duro, con los mismos resultados que una semana atrás: los continuos ataques de la infantería y la caballería seguían estrellándose contra las defensas carrancistas en las trincheras y canales de riego. De un lado a otro del frente, el retumbar del duelo de artillería era ensordecedor.
—Es importante que les dé una llegadita, ingeniero. Si a Obregón le acuden trenes con refuerzos y parque, estamos requetebién fregados —lo miraba Villa entre la esperanza y el recelo mientras mordisqueaba un elote cocido—. ¿Me va a cumplir o no me va a cumplir?
—Haré lo que pueda, mi general.
—No se plante ahí, carajo. Haga más de lo que pueda.
Estaba cerrado en gris el cielo, oscuro por el este, y caía una llovizna suave, intermitente, que enfangaba el suelo y relucía sobre jinetes y animales haciéndolos oler a pelaje y cuero mojados. La pequeña partida contaba con doce hombres a caballo y cinco mulas cargadas con material y latas de petróleo, y la orden era penetrar en la retaguardia enemiga y destruir un trecho de la vía de ferrocarril que comunicaba Celaya con Querétaro. Para infiltrarse iban a aprovechar la noche y una larga quebrada que discurría de oeste a este, al sur del río Laja. A Martín se lo habían señalado todo en un mapa que llevaba doblado en la cazadora, bajo las cananas de balas que le cruzaban el pecho.
Tiró Villa el corazón mondo de la mazorca y se limpió el bigote de un manotazo.
—No hay luna ni estrellas —dijo mirando preocupado el cielo—. ¿Podrá seguir el camino a oscuras cuando salgan de la quebrada?
—Confío en que sí, mi general.
Tras pensarlo un momento, el otro hurgó en un bolsillo y le entregó una brújula metida en una cajita de latón.
—Cuídela, ¿eh?… Me la regaló don Panchito Madero en persona.
Protestó Martín, indeciso.
—Le hará más falta a usted.
—No le aunque, agárrela. Y a los carranclanes rómpales cuanto se le pegue la gana: raíles, instalaciones, postes… El asunto es que no lleguen trenes ni les funcione el telégrafo.
Observaba el joven a su gente meterse con las bestias en la quebrada. Villa también se los quedó mirando.
—A ver si como rugen, muerden —dijo.
Iba con ellos Tom Logan, que al pasar ante Villa se tocó el ala del sombrero vencido de lluvia. Lo había encontrado Martín por casualidad, cuando se dirigía al cuartel general para recibir órdenes. El mercenario estaba sentado en una caja de munición, vendándose una mano ligeramente herida en el dorso por un rebote de bala. Tres horas antes había perdido sus ametralladoras y a casi todos sus hombres. Y cuando el general asignó a Martín un piquete montado para la incursión, éste pidió que incluyeran al norteamericano. Le iría bien como refuerzo, pues la mayor parte de la gente que le daban era de leva reciente, con poca experiencia.
—Lástima que no tengamos a mi compadre Genovevo —se lamentó el general.
Miraba a Martín, entristecido, y su pesar parecía sincero. Extraño, desde luego, en quien había hecho matar o visto morir a millares de seres humanos.
—A todos nos toca —replicó el joven.
Los duros ojos color café lo exploraron con mucha atención.
—Nunca sé lo que de verdá piensa, ingeniero —sin volver el rostro, Villa señaló la quebrada en dirección a levante—. Igual allí me lo enfrían, y se irá de este mundo sin que llegue a penetrarle los adentros.
Rió Martín. Hacía mucho que el Centauro del Norte no lo intimidaba.
—Le sorprendería lo poco que hay en esos adentros… Sólo soy un hombre que mira, mi general.
—Pos a poco no se quejará de lo que ve.
El estallido muy cercano de un proyectil de artillería hizo a los caballos alzarse de manos, inquietos. Por suerte, la tierra húmeda absorbió casi todo el impacto; sólo unas pellas de barro llegaron cerca de ellos, salpicándolos.
Con tirones de la rienda, Villa calmaba a su montura.
—Alguna vez le pregunté por usté a mi compadre… Platícame nomás la mera verdá, mi Geno, le picaba. Tú que lo tratas, qué chingados busca ese gachupín. Y él siempre se encogía de hombros.
—El mayor Garza nunca fue de mucho hablar.
—Sólo una vez, que yo me acuerde, dijo algo. Busca que lo truenen o comprender las cosas… Eso fue lo que dijo mi compadre.
Miró Villa a los jinetes de su escolta, que se impacientaban. Iba a arrimar espuelas para alejarse, pero se detuvo un momento, el aire curioso.
—Y dígame nomás, amiguito… ¿Ya comprendió?
—Estoy en ello, mi general.
Soltó el otro una carcajada de las suyas, jovial y poderosa.
—Pos procure seguir vivo, pa comprenderlo todo. Y tan luego comprenda, viene y me lo cuenta.
—Se lo prometo.
—No todo cristiano se asoma a los dos lados de la cerca.
—Lo tomaré como un elogio, mi general.
Asintió Villa, aprobador.
—¿Aún tiene esa monedita de oro?
Se palpó Martín la ropa.
—Aquí la llevo.
—No la pierda, ¿eh?… Puede que desde Juárez nos traiga suerte a los dos. Y esta noche, su suerte es la mía.
Sonrió Martín.
—Ya lo dicen ustedes los mexicanos. Cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas.
Seguía mirándolo Villa con mucha atención.
—Orita sé por qué le gustaba a mi compadre.
Acabó por volverse hacia el combate, que seguía sonando encarnizado.
—Me regreso a los trancazos —se despidió—. Todavía tengo una batalla por ganar.
Le había cambiado el tono: volvía a ser el Pancho Villa de siempre. Ya no estaba realmente allí. Extendió su mano hacia Martín con gesto distraído, y se las estrecharon. Guantes mojados por la lluvia.
—Güena suerte, ingeniero.
—Buena suerte, mi general.
Se alejó Villa al trote, difuminado en la luz color plomo del anochecer. Más allá, en el cielo oscuro y bajo destacaban cada vez más los fogonazos de la artillería que retumbaba sin cesar. Parecía que una tormenta de truenos y relámpagos recorriese el horizonte.
Tiró Martín de la rienda y condujo a Láguena hacia la quebrada, en pos de la fila de jinetes que ya desaparecía en ella, tintineando los pertrechos en la penumbra. Volvía a llover, esta vez más fuerte, y el agua le calaba los muslos y los hombros de la cazadora hasta la camisa, goteando por el ala del sombrero. Mientras bajaba a la quebrada, atento a que no resbalaran en el barro las patas del caballo, se estremeció de pronto. Se dirigía despacio, mojado e incómodo, hacia lo incierto de la noche. Y ojalá, pensó, se trate de frío y no de un presentimiento.
Durante el amanecer la mañana siguiente, tras hacer seis leguas de camino describiendo un arco hacia el este, Martín y sus hombres volaron rieles, cortaron hilos telegráficos y quemaron durmientes de ferrocarril entre Celaya y Querétaro. Incluso pusieron una carga de dinamita en el depósito de agua para locomotoras del apeadero del rancho Trapote, haciéndolo saltar por los aires. Después, agotado el material de sabotaje, regresaron entre los cerros dejando atrás columnas de humo, en busca de la quebrada por la que habían venido. No llovía, pero el suelo seguía embarrado. Cabalgaban los doce jinetes en fila india, al paso para no fatigar a los caballos, procurando no recortarse en las alturas bajo la luz plomiza del mediodía.
—Hemos hecho un bonito trabajo —dijo Tom Logan, emparejando su montura.
Hasta ese momento no habían hablado mucho él y Martín. Sólo para dar, éste, órdenes que el norteamericano cumplía eficiente, con buena voluntad. Su única reticencia era que nunca se dirigía a Martín por su grado de teniente; pero a éste le daba lo mismo.
—¿Qué opinas? —insistió Logan.
—No es cuestión de opinar… Hacemos nuestro deber. Cada cual hace el suyo.
—¿Crees que al fin entraremos en Celaya?
—Eso procuramos todos.
—Pues no sé qué decirte. Tantos ataques frontales una y otra vez, al precio de tanta sangre, nos están diezmando —le guiñó un ojo, bajando la voz para que no lo oyeran los que cabalgaban detrás—. Nuestro general Villa no es hombre de maniobras, ¿verdad?
—No —admitió Martín—. Realmente no lo es.
—Está acostumbrado a las acometidas feroces y a que el enemigo se venga abajo. Pero ahora no tiene ese aspecto la cosa —Logan se miró la mano vendada—. Ayer pasé el día viendo a los nuestros retirarse en busca de munición, con las cananas vacías, y volver al ataque cada vez más cansados y cada vez menos. Lo mismo que el día anterior y que hace una semana… Caían como moscas, y Villa sólo ordenaba atacar de nuevo y fusilar a los que huían.
A Martín volvía a molestarle la vieja herida de la cadera. Para aliviarse, ladeaba el cuerpo hasta apoyarlo en el estribo opuesto, cabalgaba así un trecho y cambiaba de postura sobre el otro.
Seguía sonando el combate, al norte. Crepitar de fusilería y retumbar de cañones. Logan, que había estado silbando La Valentina, miró en esa dirección.
—Yo diría que se combate en Celaya mismo, o casi… ¿Qué piensas?
—Que es posible —aceptó Martín—. Suena como en el puente sobre el Laja.
—A lo mejor los nuestros han podido meterse dentro.
—Tal vez.
Llegaban a la quebrada. Martín ordenó alto y se adelantó a echar un vistazo. Todo parecía tranquilo. Cuando hizo señal de avanzar y el grupo llegó a su altura, Logan seguía mirando preocupado hacia el norte.
—No me gusta esto… Me he visto en otras. Y no me gusta.
Le dirigió Martín una mueca sarcástica.
—Siempre puedes volver a los Estados Unidos.
Respingó el gringo.
—No me ofendas —parecía de verdad molesto—. Firmé un contrato al alistarme y cobro una soldada… ¿Qué es un hombre si no cumple lo que firma?
—Bueno, ya. Pero no es tu guerra.
—Visto así, compañero, tampoco la tuya.
Lo pensó Martín un instante.
—No sabría qué decirte. En cierto modo sí lo es.
Otra vez goteaba el cielo. Logan levantó el rostro para mirar con desagrado las nubes bajas y oscuras. Se subió el cuello de la chamarra.
—Eres un tipo raro.
—Le dijo la sartén al cazo… O como dicen aquí, el comal le dijo a la olla.
Chasqueó la lengua el otro.
—Hablo en serio, oye. Lo mío está claro: en México me pagan bien, el alcohol es barato y resulta fácil conseguir mujeres…
—¿Qué más puede pedir un irlandés?
Logan se echó a reír. Cabalgaron un trecho en silencio, hasta que al fin habló de nuevo.
—Contigo es distinto. No te conozco apenas, pero cada vez que nos cruzamos, pienso: he ahí un tipo que va de paso. Como si estuvieras aquí sin estar del todo, camino de vaya Dios a saber dónde.
Martín respondió sin apartar la vista de los bordes de la quebrada. Aún quedaba un trecho para dejarla atrás. De noche, en el camino de ida, había sido buen resguardo, pero ahora se tornaba peligrosa. Cada arbusto o irregularidad del terreno podía esconder una amenaza.
—Hago la revolución, como la hacéis tú y los demás. Es lo que importa.
—Ya, pero mira en lo que se ha convertido lo que empezamos en Juárez con el difunto Madero… Ahora cada cual va a lo suyo, buscando poder y dinero, y del pueblo nos ocuparemos otro día. A mí me da igual; pero tú, que crees en eso, estarás decepcionado.
Miró Martín a sus hombres. Casi todos eran reclutas jóvenes, a excepción de un par de antiguos rurales y un villista veterano. Cabalgar ocultos por la quebrada los hacía sentirse a salvo. Se veían animados, satisfechos por regresar.
—No he dicho que crea en la revolución —dijo al fin—. He dicho que la hago.
Comenzaba a llover en serio. Molesto, Logan sacudió el sombrero y se lo puso otra vez.
—¿Volviste a ver a aquella gringa que escolté en Juárez?
—No —mintió Martín.
—Yo tampoco. Luego leí cosas suyas en algún periódico. Me pregunto si…
El primer estampido sonó cercano; y para cuando el eco repitió el sonido, la cabeza de Tom Logan se había abierto igual que una sandía alcanzada por una bala expansiva. Cayó el irlandés como si lo arrancaran de la silla sobre un desconcertado Martín, salpicándolo de sangre. Tiró éste de la rienda para apartar su caballo y el cuerpo inerte se deslizó por el flanco hasta el suelo, todavía con un pie enganchado al estribo. Crepitaban ahora más disparos, multitud de ellos. A Martín se le erizó la piel.
—¡Emboscada! —gritó a sus hombres—. ¡Corran!
Combatir desmontados habría sido una locura. Fue lo único que tuvo serenidad para pensar. El caballo de Logan, espantado, tomaba la delantera arrastrando por el suelo al jinete, o lo que quedase de él. Agachó Martín la cabeza hasta casi tumbarse sobre el cuello de Láguena y picó espuelas con tanta violencia que el animal relinchó dolorido antes de lanzarse a una loca carrera. Voló su sombrero, que quedó atrás.
—¡Corran, corran!
No había otras órdenes que dar. Un rosario de fogonazos recorría el borde de la cañada y moscardones de plomo zumbaban por todas partes, repicando como granizo tras rasgar el aire húmedo. Mirando a su espalda por última vez, Martín vio que hombres, caballos y mulas caían en desorden y sólo cinco o seis le iban detrás.
No, no, no, se martilleaba el cerebro, insistente. No así, por Dios. No de esta manera.
El suelo lleno de fango hacía difícil la galopada. Avanzaba el caballo con el agua corriéndole por el pelaje, y esa misma lluvia cegaba los ojos del jinete. La única opción de Martín, la de su instinto, era salir de la quebrada para llegar a campo abierto, alejándose de allí. Pero la salida practicable más próxima era una cuesta de una veintena de metros, embarrada y llena de arbustos. Tiró de la rienda hacia la izquierda, intentando desviarse, y lo consiguió con mucho esfuerzo. Seguían sonando disparos y zumbando balas. Uno de los villistas, que se había adelantado, se inclinó atrás en la silla, tumbado sobre la grupa, y cayó al suelo mientras el caballo, libre de jinete, corría veloz.
—¡Sube, Láguena!… ¡Sube, maldito seas!
La cuesta estaba enfangada y las patas del animal resbalaban en ella. Lo espoleaba sin piedad hasta hacerle sangrar los ijares, azotándolo con las riendas. Otro jinete que llegó a su altura rodó cuesta abajo, rebozado de barro, coceando el caballo. Al fin, Martín se vio arriba, con la llanura gris de lluvia por delante. Clavó otra vez las espuelas y su montura reemprendió un galope enloquecido.
De repente, unas figuras imprecisas que habían permanecido ocultas se alzaron en el velo brumoso del paisaje y de ellas brotaron fogonazos de disparos. Entonces, como si sus patas hubieran tropezado con un obstáculo invisible, Láguena hincó la cabeza y arrojó a su jinete al suelo, por encima de las orejas.
Seguía cayendo la lluvia, que repicaba salpicaduras en el suelo embarrado. Se arrastró para alcanzar la carabina que estaba en la funda de la silla; pero había quedado bajo el caballo, inmóvil con un tiro en el pecho y otro entre los ojos abiertos, fijos en Martín cual si le dirigieran una disculpa. Alzó éste la cabeza, pues nadie disparaba ahora. Las figuras entrevistas se acercaban cautas, reglamentariamente separadas unas de otras. Eran hombres que sabían combatir, comprendió aturdido.
Con dedos sucios, precipitados, palpitándole el corazón con tanta violencia que parecía salirse por la boca, soltó el cierre de la funda de la pistola y extrajo la pesada Colt 45. Echando atrás el percutor, tiró del carro acerrojando la primera de las siete balas que llevaba el cargador. El ruido metálico sonó fuerte en el aire húmedo, por encima del rumor de la lluvia. Los que se acercaban se detuvieron, arrodillándose, o se echaron al suelo. Eran al menos una veintena.
—¡Levanta las patas o te quemamos, cabrón!
Lo sopesó Martín un momento. No tenía la menor oportunidad, concluyó. Y de pronto —ése fue su primer pensamiento coherente— se dijo que no deseaba morir de aquella manera: sucio, mojado y solo. No de ese modo. Así que se arrancó las dos barritas de latón de la cazadora, y después de ocultarlas en el fango tiró lejos la pistola y se puso en pie muy despacio, con los brazos en alto y la lluvia haciendo surcos en el barro que le manchaba la cara.
El suelo estaba cubierto de restos del combate: casquillos vacíos, cascotes de granadas de artillería, peines de ametralladora vacíos y material abandonado por los villistas en fuga. Había dejado de llover y el día agonizaba entre nubes que, al abrirse bermejas en el horizonte, parecían teñidas del color de la sangre que lo salpicaba todo. Los campos y canales de riego se veían moteados de cuerpos de hombres y caballos, y junto al camino real ardían pilas de cadáveres que expandían un penetrante olor a petróleo y carne asada. El ruido del combate se había alejado hasta extinguirse hacia poniente, donde la caballería de Obregón perseguía a los restos dispersos de la División del Norte. Se decía que un contingente aislado en Las Trojes había luchado hasta el último hombre y que un tren hospital, capturado en Crespo, ardía con todo el personal sanitario y los heridos dentro.
—¡A ver, hijos de la tostada, los oficiales!… ¡Que se identifiquen los oficiales!
En Celaya, los únicos tiros que sonaban eran de los piquetes de ejecución. Carrancistas uniformados o vestidos de mezclilla y manta con sombreros de paja, desharrapados, indistinguibles de los del bando contrario, iban y venían llevando gente al paredón. Habían fusilado al general Bracamonte, al coronel Bauche y a docenas de jefes villistas capturados entre los que no pudieron retirarse a tiempo, y seguía la búsqueda de mandos militares escondidos en la tropa. Tres centenares de prisioneros se agrupaban entre las trancas de un corral, bajo severa vigilancia de hombres que disparaban al menor pretexto.
—¡Los oficiales!… ¡Que salgan!
Sentado en el suelo, Martín mantenía la cabeza baja. Rodeaba las rodillas con los brazos, intentando pasar inadvertido. Y no era el único: cerca de él había tres o cuatro hombres a los que conocía de vista, incluido un capitán de la brigada Guerrero con el que alguna vez coincidió en el pasado. El capitán —facciones campesinas, ojos como charcos de agua sucia— estaba herido en el cuello, que cubría con un paliacate sucio de cuajarones de sangre; y como Martín, se había quitado las insignias antes de su captura.
—¡Los oficiales! —seguían exigiendo los carrancistas.
Escarmentados por el destino de quienes respondían al reclamo, nadie despegaba los labios. Con graduación o sin ella, permanecían callados e inmóviles, cabizbajos, confiando en el anonimato del número. A veces Martín miraba al capitán prisionero y éste lo miraba a él. También lo había reconocido.
—¡Salgan, culeros!… ¿Que no había machos con Villa?
No era temor lo que Martín sentía. No exactamente. Ya no era miedo, o no del todo. Lo invadía un cansancio extremo, más allá de lo físico. Le dolía todo el cuerpo y era milagroso que no se hubiera roto algo en la caída del caballo; pero no era eso lo que le abatía el ánimo. Estaba cubierto de barro seco, el pelo, la cara, la ropa, y le martilleaban las sienes como si algo monstruoso taponase las venas. Mantenía la cabeza baja, aunque no por recelo de la muerte que sabía próxima. No era, en absoluto, ansia de supervivencia. Tenía la certeza de que tarde o temprano acabarían por identificarlo, quizá delatado por alguno de los prisioneros. Lo que lo tenía callado y quieto era una intensa pereza. Una fatiga indiferente: incluso ponerse en pie y recorrer la distancia que lo separaba del paredón le parecía un exceso. Estaba cansado hasta para sostenerse ante un piquete de ejecución. Habría querido simplemente tumbarse de espaldas, dormir y morir con el mínimo esfuerzo posible.
Un mayor carrancista, uniformado de caqui y con bigotes curvados hasta los pómulos, se paseaba con los pulgares en el cinto de una pistola Máuser. Bajo la visera del kepis, donde llevaba unas gafas de automovilista, sus ojos oscuros y torvos miraban a los prisioneros uno por uno, escrutándoles el alma. De vez en cuando señalaba a uno y sus hombres lo hacían levantarse para sumarlo a los que, en fila al otro lado de la cerca, esperaban resignados su destino.
—¡No se me hagan! ¡A ver, esos oficiales! —voceaba el mayor—. ¿Dejan que fusilemos a unos peones mugrosos?… ¡Si son hombres, que se pongan de pie y lo digan, carajos!
Se había detenido ante un individuo corpulento, vestido con chaquetilla charra y mitazas sucias de fango.
—¿Qué eres, desgraciado?… ¿Teniente? ¿Capitán?
Lo miraba el otro desde el suelo, impasible. Al fin, con un suspiro hondo, dolorido, se puso lentamente en pie.
—Teniente de caballería Aurelio Elizondo —dijo con voz firme.
Señaló el mayor la fila de sentenciados.
—Jálese pallá, gallo. A que lo fusilen.
—Me parece bien —repuso con calma el villista—. Así sabrán los carranclanes quién es su mero padre.
Y tras escupir un gargajo que no acertó en las botas del otro por centímetros, se alejó renqueando para unirse al grupo fatal.
Se dirigió el mayor a los otros prisioneros. Asentía, aprobador.
—¡Tomen ejemplo, señoritas!… ¡Así nomás saben morirse los hombres!
Se observaron de nuevo Martín y el capitán herido en el cuello. Había mantenido éste la mirada baja, huidiza; pero cuando la alzó, en los ojos enrojecidos latía algo distinto: una mezcla de cansancio y desafío.
Ese infeliz, pensó el joven, está tan harto de todo como yo.
Era cierto, o parecía serlo. Apenas se sorprendió al ver que el villista se ponía en pie y, sin decir una palabra, pasaba entre los prisioneros para unirse al teniente y los otros.
Miró Martín en torno. Las caras barbudas y sucias de los tres o cuatro hombres que lo conocían estaban vueltas hacia él. Lo observaban con hosca expectación, como reprochándole que siguiera sentado allí. Comprendió entonces, avergonzado, que no tenía elección. Su corazón se detuvo en un prolongado vacío y volvió a latir. Hay precios por pagar, se dijo resignado. También ésas son las reglas.
Respiró hondo tres veces, levantado el rostro al cielo cárdeno que menguaba por el oeste. El último crepúsculo de su vida.
No me arrepiento de nada, concluyó.
Se puso en pie y caminó hacia la fila de hombres que iban a morir.
Cada cinco minutos, con precisión militar, sonaba una descarga. Los conducían al paredón de tres en tres, y una vez fusilados arrastraban los cuerpos hasta una zanja donde los rociaban con petróleo. Los que aguardaban tras una esquina de la tapia del panteón viendo pasar los cadáveres eran todavía una docena: alguno lloraba, otros rezaban y los más se mantenían razonablemente callados y serenos. Al capitán herido y al teniente de caballería se los habían llevado en el turno anterior y Martín encabezaba el resto de la fila.
—Muévanse.
Un Máuser le apretó la espalda, haciéndolo avanzar. Caminó con un hombro pegado a lo largo de la tapia, doblando la esquina que lo había separado del muro donde se fusilaba, mientras el último rastro de sol se extinguía en el horizonte igual que una brasa que se enfriara deprisa. El astro invisible mantuvo la claridad del cielo un momento y de pronto todo se tornó sombrío.
—¡Alumbren con algo! —ordenó una voz.
Esperó Martín, espalda contra el muro. Tenía un villista a la derecha y otro a la izquierda. Era tal la resignación con que los mexicanos asumían aquella clase de final que ni siquiera los maniataban. No era necesario.
La noche había llegado con más prisa que la muerte. La tapia del panteón y las cruces de las tumbas cercanas no eran ya más que trazos y ángulos oscuros. De súbito los quebró una luz oscilante. Sonó el petardeo de un automóvil y dos faros gemelos se detuvieron detrás del piquete de ejecución, recortando siluetas y alargando sombras.
Cegado por la luz, Martín quería conservar serena la mente para no caer en la tentación de apiadarse de sí mismo. Iba a ser su último gesto y deseaba sostenerlo con decoro, imitando la indiferencia de los muchos a los que había visto caer. Era el suyo un horror tranquilo. A fin de cuentas, pensó, los seres humanos llevaban muriendo cientos de miles de años, desde que el mundo existía, y eso no alteraba el resultado final. El universo seguía girando impasible, como si tal cosa. En ese instante, en todos los lugares del planeta nacían nuevas vidas que habrían de morir tarde o temprano.
—¡Prepárense! —gritó la voz de antes.
Procurando mantenerse erguido, Martín se sacudió la suciedad de la ropa. Y luego, recordando el ademán que había visto años atrás a un oficial federal en las mismas circunstancias, alzó una mano para abotonarse el cuello de la camisa mientras contemplaba la noche, sereno.
No me arrepiento de nada, pensó de nuevo.
—¡Apunten!
Le pareció que la orden final tardaba una eternidad en llegar. Tras un momento, apartó la vista del cielo completamente negro para observar las siluetas del piquete en el contraluz de los faros del automóvil, tan largas sus sombras en el suelo que la punta de los fusiles le alcanzaba los pies.
Parpadeó, desconcertado.
No sé a qué esperan, pensó, estos hijos de la chingada.
Dos nuevas siluetas se interpusieron ante las otras, yendo hasta él. Olió el sudor de sus ropas y el aceite metálico de sus armas. Una le apoyó el cañón de una carabina en un costado y otra lo agarró por un brazo. Después, con rudeza, lo apartaron del paredón.
—¡Fuego!
Lo ensordeció la descarga. Al mirar atrás, espantado, vio que los dos villistas caían entre repiques de balazos que levantaban nubecitas de polvo en su ropa y en el muro. Se desplomaron desarticulados, uno de espaldas y otro de frente, y un oficial se destacó del piquete, pistola en mano, para dispararles el tiro de gracia.
El fulano que apuntaba a Martín le dio un empujón.
—Ora, cabrón —dijo.
No podía ver su rostro ni el de su compañero. Se dejó llevar obediente, sin comprender lo que estaba pasando. Qué iban a hacer con él. Caminaron un corto trecho hasta detenerse junto a la lápida de una tumba. El mármol blanco y la cruz encalada destacaban en la oscuridad.
—Siéntese tantito.
Obedeció de nuevo. Estaba seguro de que lo iban a matar, pero no comprendía por qué le reservaban un final diferente. De golpe, el cansancio que a fuerza de voluntad había mantenido a raya se adueñó de él. Dejó vencer la cabeza para apoyarla en las manos, repentinamente exhausto. Permanecía así cuando oyó los pasos de una sombra detenerse delante, con el rascar de un fósforo. Y al levantar la vista, antes de que se apagara la breve llama con que el recién llegado encendía un cigarro, vio en el cuello de su guerrera tres estrellas de coronel.
—Qué pequeño es el mundo, señor Garret —dijo Jacinto Córdova.
Estaban sentados uno junto al otro, sobre la lápida. Dos sombras casi inmóviles, negras como la noche. Hacía rato que en el panteón habían cesado las descargas.
—Lo reconocí a la luz de los faros. Es mi automóvil el que trajeron para iluminar la ejecución… Cuando lo vi allí, no daba crédito.
La brasa del cigarro resplandecía de vez en cuando, al llevárselo Córdova a la boca. Notó Martín muy próximo el olor del tabaco habano.
—Ha sido un desastre para ustedes —prosiguió el militar—. Veinte o treinta cargas de caballería sin romper nuestras líneas: ataques suicidas, muy propios de ese animal fanfarrón que es Pancho Villa. Carne y más carne al matadero y ni una sola maniobra. Les hicimos miles de bajas, así que tiene usted suerte de seguir vivo… ¿Dónde lo agarraron?
—No sé —repuso Martín, evasivo—. Por ahí.
En el cielo no asomaban luna ni estrellas. La única claridad, lejana, provenía de la zanja donde ardían los cuerpos de los fusilados. Los dos soldados que habían traído a Martín desde el paredón se mantenían cerca: a veces vislumbraba sus sombras entre las tenues manchas claras de cruces, nichos y lápidas.
—¿Qué diablos hace metido en esto? —preguntó Córdova.
—Ya lo estaba antes.
—Sí, claro… Eso me dijeron. Torreón y Zacatecas, ¿verdad?… Y luego, la ciudad de México: un día de gloria, imagino. Yo estuve en el sur, combatiendo a los zapatistas. Después me tocó ir contra los gringos en Veracruz.
Se calló, chupando el cigarro. La brasa le iluminó los dedos y el bigote.
—Voy a casarme con Yunuen.
Lo dijo en tono neutro, sin emoción ninguna. Sonaba a simple noticia escueta, objetiva. Y tras un momento, habló de nuevo.
—Supe lo que hizo por su padre.
—No hice nada, en realidad.
—Más de lo que muchos se habrían atrevido entonces. Puede que le salvara la vida.
Se avivó otra vez el punto rojo entre sus dedos.
—Me desconcierta usted, Garret… Sigue en México, pese a cuanto ocurrió.
La oscuridad veló la sonrisa fatigada de Martín.
—No tenía mejor lugar al que ir —repuso.
En silencio, Córdova parecía reflexionar sobre lo que acababa de oír. Hizo un movimiento y a tientas le ofreció a Martín una estrecha petaca metálica.
—¿De verdad cree en este disparate, en Pancho Villa y los suyos? ¿O en lo que va a quedar de él a partir de ahora?
Desenroscó Martín el tapón y bebió un sorbo. Era coñac y era fuerte. El líquido ardiente le quemó el estómago, pero se sintió tonificado.
—Dígame qué será eso.
—Pues que terminará refugiado en los Estados Unidos, como otros. O negociando. Quizá le den un rancho, dinero… La revolución no sabe ya qué hacer con él. Se mantendrá al margen o lo acabarán matando.
Le devolvió Martín la petaca.
—¿Y cree que Venustiano Carranza es mejor que Villa, o que Zapata?
—No se equivoque: Carranza es el futuro. Una revolución, sí, pero institucional. Desde arriba y dentro de un orden. No un sobresalto continuo de saqueadores y bandoleros.
La brasa del cigarro se avivó dos veces antes de que Córdova hablase de nuevo.
—Usted nada tiene que hacer aquí. En realidad, sospecho que nunca fue de verdad un revolucionario.
—Ni yo mismo sé lo que soy.
—Suena sincero… Por eso me desconcierta, como dije antes.
—¿Qué van a hacer conmigo?
Creyó Martín oír suspirar a Córdova, pero no estaba seguro de ello.
—Aquella noche, en la calle Cuauhtemotzin… ¿Se acuerda?… Un asunto de caballeros.
Tras decir eso el militar estuvo callado otro buen rato, avivando a intervalos la brasa del cigarro.
—¿Qué haría si viviera? —inquirió de pronto.
La pregunta encontró desprevenido a Martín.
—No sé —quiso pensarlo un momento—. No entraba en mis planes vivir más allá de esta noche.
Volvía Córdova a chupar su cigarro.
—A un kilómetro de aquí está el río Laja.
Tras decir eso se mantuvo en silencio, dando tiempo a Martín para penetrar sus palabras. La brasa del habano se movió señalando las dos sombras próximas.
—Esos hombres que lo custodian son de mi confianza —añadió al fin.
Contuvo Martín el aliento, incapaz de creer lo que parecía escuchar.
—No sé si…
—¿Sabe nadar? —lo interrumpió el mexicano.
Martín estaba paralizado de estupor. Sentía más perplejidad que alivio.
—Me mantengo a flote.
La voz del militar sonaba queda, muy tranquila.
—Si yo fuera usted y cruzase el río aprovechando la noche, no intentaría buscar lo que queda de la gente de Villa… Seguiría hacia el sudeste. Hasta México capital, o al puerto de Veracruz —la brasa del cigarro se giró hacia él—. ¿Qué opina?
—No sé —Martín escuchaba, aún aturdido—. Podría intentarlo.
—Supongo que sería ridículo pedirle su palabra de honor.
Estuvieron callados un momento. Después el joven se encogió de hombros.
—Lo sería.
Oyó la risa suave del militar, o tal vez sólo era su respiración mientras exhalaba el humo.
—No tendrá nada de valor, imagino. Le habrán quitado cuanto llevaba encima.
Martín se tocó el chaleco. Asombrosamente, el maximiliano de oro seguía allí. Lo habían bolseado con prisas al hacerlo prisionero, robándoselo todo pero sin descubrir la moneda cosida en un dobladillo.
—Algo me queda.
—Vaya… Es usted de verdad afortunado.
Córdova arrojó lejos la colilla del cigarro, que describió un último arco rojizo. Después se puso en pie y desapareció en la oscuridad.
Cuando Martín llegó a lo alto del cerro lo deslumbró un rayo de sol naciente, horizontal y rojo. Se detuvo allí, entornados los ojos cegados por la luz, sintiendo con alivio el primer calor del día en la ropa todavía húmeda. Después se inclinó hasta quedar agachado mientras recobraba el aliento.
Miró en torno, orientándose. Chillaban las primeras cigarras. El cielo viraba del violeta pálido al azul, con algunas nubes dispersas, inmóviles, suspendidas sobre unas colinas grises y distantes. Un valle discurría entre ellas, y la vía del ferrocarril, lejana línea recta que reflejaba el sol, parecía dirigirse hacia allí.
Bebió agua de un charco de lluvia en el hueco de una roca. Llevaba veinticuatro horas sin comer nada, así que calmó el estómago vacío con dos tunas que vio en un nopal; tras arrancarles las espinas, las reventó con una piedra y mordió la pulpa carnosa y ácida. Luego estuvo un rato tumbado en el suelo, recobrando fuerzas. Al incorporarse, sus ojos adiestrados en años de guerra volvieron a estudiar el paisaje. La vía férrea era buena referencia, pero cuando bajase al llano la perdería de vista. Podía ser peligroso mantenerse cerca, pues aún se hallaba próximo a Celaya. Lo más práctico iba a ser caminar con el sol un poco a la izquierda mientras siguiese bajo, procurando dirigirse a las colinas.
Dejó atrás el cerro y anduvo por un sendero sinuoso entre rocas, arbustos y árboles dispersos. Empezaba a hacer calor y le estorbaba la cazadora, así que se la ciñó a la cintura con las mangas, y anudándose un pañuelo se cubrió la cabeza. No encontró más charcos y la sed lo atormentaba. Más adelante, con el sol ya alto, cruzó un mezquital verdinegro, espeso. Al otro lado había un jacalón sobre una pequeña altura: una casa de adobe con techo de paja. Se oía ladrar a un perro, así que decidió esquivarla. Salió del camino para dar un rodeo. Al hacerlo oyó una esquila, y antes de poder evitarlo se topó con un rebaño de cabras.
Un hombre lo miraba: un campesino de mediana edad. Vestía de blanco, con ropa burda y huaraches. Estaba apoyado en un largo bastón y se cubría con un sombrero de soyate cuyas alas anchas, deformes, tamizaban un rostro de bronce con arrugas como cicatrices y pelos blancos en el mentón.
Comprendió Martín que irse sin más era poco práctico. Arriesgado, incluso. De allí a poco podía tener a una patrulla de soldados o rurales siguiéndole la huella.
Sonrió, procurando conservar la calma.
—Buen día.
El otro le devolvió el saludo con una mezcla de curiosidad y recelo. Tenía una calabaza de agua colgada en bandolera y Martín la señaló, esperanzado.
—¿Podría darme de beber, por favor?
Le alargó el cabrero la calabaza y Martín quitó el tapón, bebiendo con ansia. Cuando la devolvió, el mexicano seguía observándolo con atención: las botas de montar, los pantalones abolsados y sucios, la camisa caqui descolorida con grandes bolsillos militares bajo el chaleco con la mitad de los botones arrancados.
—¿Pa dónde va, amigo? —preguntó.
Indicó Martín una dirección imprecisa, hacia el sudeste.
—Hacia allá —dijo.
Asintió el otro como si le hubiese dado una referencia concreta. Apoyando ambas manos en el bastón, volvía el rostro en dirección a Celaya.
—Hubo trancazos por esos rumbos, ¿no?
Dudó Martín un momento.
—Sí —respondió al fin.
—Sonaba recio… ¿Fue un agarrón grande?
—Mucho.
No preguntó el cabrero quién había ganado o perdido. Se limitó a asentir de nuevo, con indiferencia. Casi por cortesía. Después señaló su rebaño.
—Pos a mí me parió una cabrita —dijo.