Revolución
16. Epílogo
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16. Epílogo
Era la hora del té en el hotel Palace. La luz de la tarde iluminaba en tonos azules, verdes y dorados la cúpula de vidrio de la rotonda central, filtrando una agradable claridad multicolor entre quienes ocupaban las mesas: hombres apuestos, mujeres como dibujadas por Penagos, sombreros y túnicas de crespón, cuellos Arrow, corbatas, humo de cigarrillos turcos y americanos, perfume de Coty, vestidos de Worth, de Paquin, de Chanel. Camareros con impecable chaquetilla negra se movían ágiles entre las mesas, bandejas en alto. Las tardes del Palace competían con las del Ritz, al otro lado de la plaza de Neptuno de Madrid.
Martín Garret dejó su copa vacía sobre la mesa y se frotó con dos dedos la sien derecha. Desde la caída del caballo en Celaya, ocho años atrás, tenía frecuentes migrañas. Al advertirlo, la mujer que estaba a su lado puso una mano sobre la suya. Era una joven delgada, elegante. Vestía de ligeros tonos crema, muy a la moda, con un sombrero cloche que le afilaba el rostro resaltando la claridad de sus ojos color de hierba. En la mano lucía un anillo de compromiso.
—¿Estás bien, cariño?
—Oh, sí… Claro —dijo él.
Le dirigió Martín una sonrisa distraída y miró alrededor. En los sillones de mimbre conversaban hombres elegantes, niñas bien y señoras de buen aspecto: unas en toda su frescura, otras en plena belleza o sosteniendo la madurez con los andamios habituales. Charlaban o flirteaban ellas, abanicándose. Discutían los hombres sobre Joselito y Belmonte o ponderaban las ventajas mecánicas del Packard Single Six frente al Hispano-Suiza de seis cilindros. Al otro lado de las columnas y los macetones con helechos, la orquesta atacó un jazz y varias parejas jóvenes salieron a bailar a la pista mientras las mamás, jamonas, aburridas, hablaban de los tés del Ritz, del Armenonville, del Negresco, de las cenas de Cyro’s y de los grandes duques rusos uniformados de porteros en París. Rumor de conversaciones sobre el fondo de la música, entre risas y sorbos de long-drinks.
—Disculpa si te dejo sola un momento. Voy a refrescarme un poco.
Tras ajustarse el nudo de la corbata se puso Martín en pie, abotonándose la americana del bien cortado traje gris oscuro. Caminó sin prisa en dirección al vestíbulo, hasta el saloncito de aseo. Pidió al encargado una toalla, y tras mojarla bajo un grifo se humedeció las sienes. Se enjugó el rostro con otra seca, volvió a retocarse la corbata y pasó las manos por el pelo que, peinado hacia atrás con brillantina, le despejaba la frente. Contempló su rostro en el espejo: había leves arrugas en las comisuras de los párpados, y la pequeña cicatriz del pómulo derecho —estaba tan acostumbrado que casi no reparaba en ella— seguía allí pese al tiempo transcurrido. Los años y la vida dejaban huellas, pensó dirigiéndose una mueca crítica. Hacía cuatro meses había cumplido los treinta y seis.
Dio una propina al encargado y regresó a la rotonda. Al fondo, alentada por la juventud de quienes bailaban, la orquesta tocaba un atrevido hawaïen con mucho contrabajo y saxofón. Recorría Martín el pasillo central cuando, al mirar casualmente a la izquierda, se fijó en un grupo que conversaba en la entrada del bar americano. Eran tres hombres y una mujer que lo descubrió al mismo tiempo que, tan sorprendido como ella, la miraba. Se detuvo indeciso, pero una sonrisa lo animó a aproximarse.
—Dios mío —oyó decir cuando estuvo cerca.
Seguía siendo delgada, más bien alta. El rostro se había suavizado un poco con los años, pero aún era anguloso y duro, ahora con minúsculos pliegues en torno a los grandes ojos color canela y la boca sin pintar. Llevaba un vestido bleu nattier algo más largo que a la moda, el cabello recogido en un turbante de seda y un collar de pequeñas cuentas de coral.
—Señora Palmer —dijo Martín, estrechando la mano que ella le ofrecía.
—Diana, por favor.
—Oh, claro… Disculpe. Diana.
Se quedaron uno frente al otro, contemplándose irresolutos. Tras un momento ella reaccionó, vuelta hacia los caballeros, e hizo las presentaciones. Uno de los nombres le sonaba a Martín: director de una revista ilustrada española de gran tirada, muy popular.
—El señor Garret es un viejo amigo —ella pareció vacilar—. Cuando lo conocí era ingeniero de minas.
—Lo sigo siendo —dijo él.
Se excusó la norteamericana con sus acompañantes, que entraron en el bar. Martín y ella permanecieron en pie, sonriéndose.
—¿Se aloja en el hotel? —inquirió Martín.
—Llegué ayer.
—¿Por trabajo?
—Salgo mañana para Santander, donde entrevistaré al rey don Alfonso… Ahora escribo para Life —indicó el bar—. El director de Blanco y Negro es tan amable de proporcionarme un automóvil, un mecánico y un fotógrafo.
Lo contemplaba con una sonrisa pensativa, quizá de aprobación. Al cabo movió los hombros, como si se desembarazara de un recuerdo.
—¿Y usted?
—Trabajo en una compañía minera hispanobelga.
—¿Le va bien?
—Sí, desde luego. No me puedo quejar.
—Tiene buen aspecto. Está más…
—¿Viejo?
—Oh, vaya, qué tontería. Más hecho. El tiempo lo ha mejorado, quería decir. Hasta lo veo más guapo.
—También yo a usted.
—No sea adulador —se tocaba el rostro con vaga coquetería—. El tiempo es implacable.
Seguían estudiándose, todavía perplejos. Cuando ella sonreía se multiplicaban las pequeñas arrugas de los párpados y la boca. Al fin hizo un ademán sugiriendo una mesa libre, pero Martín se excusó con gesto desolado, vuelto hacia el lugar donde lo esperaban. Siguió Diana la dirección de su mirada.
—¿Su esposa?
—Todavía no.
—Es muy linda.
—Sí, eso creo.
—No sea tonto… Realmente lo es.
Volvieron a mirarse, sin saber qué otra cosa decir. Suspiró Diana, dispuesta a la despedida.
—No lo entretengo… Ha sido un placer inesperado, volver a verlo después de tanto tiempo.
—También para mí.
Iba ella a tenderle la mano, pero se detuvo. Pareció recordar algo.
—¿Sabe lo de Pancho Villa?
Parpadeó Martín, sorprendido.
—¿A qué se refiere?
—No se ha enterado, entonces.
—¿De qué?
Tardó ella en responder.
—Lo mataron hace dos días, en Parral.
—¿Qué?
—Está confirmado. Se supo ayer, por cablegrama.
Sintió Martín que se le enfriaban las venas. Hacía años que no experimentaba el antiguo vacío en el corazón. Su voz sonó ronca.
—¿Quién lo hizo?
—Aún no se sabe. Fue una emboscada, según parece. Los acribillaron a tiros a él y a sus escoltas.
Tras decir eso se mantuvo callada, dejándole digerir la noticia.
—Hace cuatro años asesinaron a Zapata —añadió después de un momento—. Y ahora le tocó a Villa… Dicen que en el gobierno temían que volviese a tomar las armas.
Seguía Martín sin decir nada y ella miró en torno. Sonreía con amargura.
—Me alegra verlo a usted aquí, y no en México… Aquel país está maldito, y buena parte de la culpa la tenemos los norteamericanos.
—También murió Logan —dijo Martín de pronto.
Lo miró extrañada.
—¿Quién?
—Tom Logan, el gringo pelirrojo que la escoltaba en Juárez.
Ella hizo memoria, sin aparente resultado.
—Lo siento, no lo recuerdo… Ha pasado demasiado tiempo.
—¿Y demasiadas guerras?
—También. Todos estos años han sido de conflictos y revoluciones: Alemania, Italia, Rusia, Marruecos… Apenas he salido de Europa.
Dirigió una larga mirada a la mesa de Martín, contemplando a la mujer que lo esperaba. Seguía sentada y parecía impacientarse.
—Me contaron que después de separarnos en Veracruz se quedó por allí.
—Es cierto —asintió él.
—Con Villa, dijeron.
—Sí.
—¿Y valió la pena México, para usted?
—Claro que valió la pena.
Le sonrió Diana con aire absorto, casi misteriosa.
—Tiene gracia. Parece inofensivo, pero sólo hay que mirarle los ojos para saber que no. Ahora lleva su biografía en ellos… ¿Nunca se lo dijeron?
—Por suerte, la gente se mira cada vez menos a los ojos.
—Es cierto —admitió ella—. ¿Volvería allá otra vez?
—Si fuera el mismo que era entonces, probablemente.
La norteamericana le ofreció la mano, despidiéndose.
—Estoy contenta de haberlo visto de nuevo, señor Garret.
—También yo, señora Palmer.
Fue Martín a reunirse con la mujer que lo amaba. Y mientras se acercaba a la belleza serena que prometía sosiego y felicidad, aunque no olvido, sintió que el salón se vaciaba de música y voces, y crepitaban disparos lejanos, galopar de caballos, gritos de quienes mataban y morían con la sencillez de quien intuye las leyes naturales del destino. Y en las mesas entre las que caminaba, o tal vez más allá de ellas y del mundo irreal que resumían, vio sonreír a Pancho Villa, Genovevo Garza, Maclovia Ángeles, Yunuen Laredo, Jacinto Córdova, Tom Logan, y también al joven Martín Garret que se había puesto en pie en Celaya para encaminarse en silencio al paredón. Vio en fin, agradecido, los rostros de quienes lo habían hecho lo que era, y también lo que sería durante el resto de su vida.
Castelsardo, junio de 2022
