Revolución

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2. Los puentes de Ciudad Juárez

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2. Los puentes de Ciudad Juárez

 

 

 

 

 

El sol pesaba en los hombros como un lastre de plomo. Secó Martín Garret el sudor de las manos en las perneras del pantalón, rascó un fósforo y encendió la mecha. Después extrajo el reloj del bolsillo del chaleco, miró el minutero y se puso en pie procurando hacerlo despacio, consciente de que el mayor Genovevo Garza no le quitaba la vista de encima.

—Pongámonos a cubierto —dijo con forzada calma.

Los ojos oscuros del maderista lo estudiaban con mucha fijeza. Tardó en asentir, como si hubiese considerado la conveniencia del consejo. Se volvió luego a sus hombres, situados tras la barda de adobe y en las viviendas próximas. Habían amontonado muebles y colchones como parapetos tras llegar hasta allí casa por casa, rompiendo con picos los tabiques para acercarse al edificio de dos plantas que los federales tenían convertido en fortín. Por la calle y al descubierto era imposible: tiraban desde las terrazas y había una pieza de artillería junto a la plaza de toros, enfilando la avenida del Ferrocarril, que había hecho mucho daño.

—¡Ya oyeron! —voceó el mayor—. ¡Aparten el hocico, muchachos!

Retrocedieron todos pegando unos últimos tiros antes de ir hacia atrás, para probar que no se alejaban por miedo. Hizo Garza un ademán con la mano que sostenía la carabina, irónicamente cortés, indicando a Martín el camino de retirada. Se alejaron juntos mientras a su espalda la mecha siseaba humeante por el suelo, parecida a una culebra maléfica. Algunas balas federales pasaron zumbando. El joven ingeniero se agachó un poco al oírlas, pero su acompañante permaneció impasible.

—Tranquilo, hombre, ya debería saberlo. Ésas se fueron… Son las que no se oyen venir las que lo quiebran a uno.

Martín estaba al tanto de eso, pues en las últimas horas las había oído de todos los calibres, maderistas y federales, e incluso cañonazos. Pero una cosa era acostumbrar el oído y otra que se habituaran los reflejos nerviosos, el instinto de conservación que seguía reaccionando por su cuenta.

—¿Cree que tumbaremos el muro? —preguntó el mayor Garza.

—Eso espero.

—Pos yo también, señor ingeniero.

Los ojos apuntaban un frío recelo. También advertencia. Cada vez que el maderista pronunciaba la palabra señor, sonaba más siniestro que una amenaza.

—Esperar y confiar —dijo Martín.

Lo miró confuso el mexicano, sin captar la cita.

—El conde de Montecristo —precisó el joven.

—Qué condes ni qué chingados —bajo el ala del sombrero, el mayor fruncía el ceño—. No se haga el listo conmigo.

Se habían protegido detrás de un abrevadero de bestias, junto a otros hombres que olían a tierra, sudor y pólvora. Volvió Martín a mirar su reloj. Doce metros de mecha en una carga de cinco kilos de dinamita debían ser suficientes para volar el muro de adobe y ladrillo entre la última casa y el fortín federal, y cuanto hubiese al otro lado. Repasó los cálculos, esperando no haberse equivocado: estimación de espesor, gramos por decímetro cuadrado, radio de fiabilidad, alcance del embudo. La ciencia al servicio de la violencia. Con una mueca interior se preguntó qué dirían sus profesores de la Escuela de Ingenieros de Minas si lo vieran dinamitando bancos y fortines en plena revolución mexicana. Con los del gobierno enfrente, pegándole tiros.

Guardó el reloj y agachó la cabeza.

—Ahí viene —dijo.

Abrió la boca para que el estallido inminente no le dañara los tímpanos, y casi al mismo tiempo retumbó la detonación. Como un puñetazo de aire denso, la onda expansiva estremeció el suelo y sacudió en los muros fuertes latigazos de polvo. Entre la humareda, sobre los hombres agazapados que se sujetaban los sombreros, cayeron con estrépito tierra, tejas y astillas. Aún estaban en el aire los últimos cascotes cuando Genovevo Garza se puso en pie.

—¡Píquenle, muchachos! ¡Denles padentro a esos putos!

Tras vocear eso, empuñando la 30/30, el mayor echó a correr metiéndose en la polvareda, sin mirar si lo seguían o no. Surgidos de todas partes, sus hombres se pusieron en pie y le fueron detrás. En un crescendo intenso, el crepitar de los disparos se adueñó de todo. Entre el polvo aún no disipado resonaban los tiros y los alaridos de quienes mataban o morían.

—¡Viva Madero! —punteaban los gritos—. ¡Abajo la dictadura!

Olía el aire a tierra y explosivo quemado. Escociéndole los ojos y la garganta, llevado por un impulso ajeno a la razón, Martín se incorporó y siguió a los maderistas. Lo hizo despacio, cauto, un poco agachado, mirando alrededor con avidez. Su mano derecha tocaba en el bolsillo el revólver que le había devuelto el mayor Garza, pero ni siquiera se le ocurrió empuñarlo. Era absurdo, en mitad de aquel caos. Para qué y contra quién.

Había dos cuerpos caídos entre los escombros. Uno estaba quieto y otro se arrastraba entre débiles quejidos. Llevaban las guerreras color arena de los federales. Martín estaba tan aturdido que no pensó en socorrerlos. Pasó junto a ellos mirándolos con cierto espanto, los esquivó y siguió adelante. La sensación de peligro, de arriesgar la vida, era menos poderosa que su curiosidad, y también que la excitación que aceleraba el pulso haciendo batir la sangre en las sienes, las muñecas y las ingles. El tronar de balazos, los destellos de disparos entre la humareda, el olor a pólvora, el plomo caliente que pasaba con rápidos zumbidos, el desorden que parecía adueñarse del mundo, daban al joven la impresión de mecerse en una suave borrachera, como cuando el alcohol todavía no aturde sino que estimula los sentidos. En aquel momento se sentía invulnerable, capaz de absorber todo, la vida y la muerte, como un bebedizo mágico; una droga que permitía asomarse a lugares insospechados. Sumirse en la guerra, pensó fascinado, era deambular por el entramado de una extraña geometría donde la sangre, la carne herida, el ser humano eran sólo factores secundarios.

 

 

 

El muro había saltado hecho pedazos. Había un hueco enorme en la pared, y a través de él Martín alcanzó el patio de la casa fortificada que habían estado defendiendo los federales. Se apagaba ya el tiroteo. Los supervivientes agitaban pañuelos blancos y los maderistas los desarmaban a punta de fusil. Sumaban una veintena que se rendía manos en alto: hechos jirones los uniformes, salían titubeantes al descubierto, rebozados de polvo de ladrillo y ahumados de pólvora, ilesos unos, maltrechos otros, mirando aturdidos los cadáveres que encharcaban de sangre el suelo. Un oficial, tambaleante, con la gorra puesta y botas altas, se sostenía el brazo tronchado por una bala.

Casi todos los soldados eran jóvenes, flacos y menudos. Sus rostros morenos, aindiados, iban del miedo a la resignación. Los maderistas se movían entre ellos empujándolos con el cañón de los fusiles tras registrar los bolsillos para quitarles cuanto llevaban encima, y remataban a tiros y golpes de marrazo a los heridos que aún bullían por tierra. Sonaban aquellos disparos aislados entre el silencio de los hombres vencidos. Olía el aire a sangre, vísceras sucias y azufre.

—¡Afusílenlos de sargento parriba! —ordenó el mayor Garza.

Martín no esperaba aquello. Estupefacto, vio cómo se apartaba a los soldados a un lado del patio y a oficiales y suboficiales a otro. Eran éstos el herido, que llevaba estrellas de capitán, un teniente y dos sargentos. Se agrupaban inquietos los cuatro, conscientes de lo que iba a ocurrir.

El teniente debía de tener poco más de veinte años y estaba muy pálido. Se santiguó dos veces y miraba con ojos desorbitados las bocas de los cañones que le apuntaban. Uno de los sargentos largó un sonoro escupitajo, mentándoles la madre a los maderistas. El capitán se había erguido y con la mano sana intentaba abotonarse el cuello de la guerrera. Antes de que consumara el ademán sonaron disparos y los cuatro cayeron unos sobre otros. Arrimándoles la carabina, uno de los ejecutores fue dándole a cada uno, sin prisa, su tiro de gracia.

El mayor Garza se había vuelto a los otros prisioneros.

—Nosotros semos la brigada Villa —dijo, alto y rudo—. Los que quieran juntársenos pa pelear contra quienes explotan y humillan al pueblo, vengan a este lado.

Señalaba a su derecha. Los soldados se miraron indecisos, valorando las consecuencias de una negativa. Al cabo, más de la mitad salió del grupo. Quedó éste reducido a cinco hombres.

—Cada quien es libre de elegir —dijo Garza.

Alzó la carabina, hizo fuego y dispararon también los suyos. Cayeron los cinco federales y fueron rematados en tierra, como los jefes. Despacioso, el mayor extrajo cartuchos de las cananas cruzadas y recargó la carabina. Clic, clac, hizo accionando la palanca. Al levantar la mirada encontró ante él a Martín.

—Quihubo, ingeniero. Veo que sigue por estos rumbos.

Lo dijo serio y seco, clavándole las pupilas duras. No respondió el joven, que contemplaba con asombro a los fusilados. Todavía no lograba asumir que hubiese ocurrido ante sus ojos. Ahora se pondrán en pie, pensó, y todo habrá sido una farsa. Una broma que decidieron gastarme. Pero no se levantaba nadie.

—¿Era necesario matarlos? —preguntó.

Puso cara el otro de no gustarle la pregunta. Después pareció pensarlo mejor.

—También ellos lo hacen —repuso.

—¿Y qué hay de…?

Eso empezó a decir Martín, pero se interrumpió, azorado. Había estado a punto de decir «de la compasión», pero sonaba ridículo allí. Así que prefirió guardar silencio. Ladeaba el mexicano la cabeza, arrimando un dedo a la cara para quitarse una salpicadura de sangre ajena que tenía sobre la cicatriz. Se miró el dedo, pensativo, y lo secó en el faldón corto de su chaquetilla charra.

—Esta mano hay que ganarla, porque quien la pierde se muere —dijo al fin—. La cosa es averiguar de qué cuero salen más correas.

No era una justificación sino un comentario objetivo. Se lo quedó mirando Martín, confuso al principio, y asintió despacio, comprendiendo o queriendo comprender. Sentía que se adentraba, paso a paso, en un lugar desconocido que tal vez careciese de caminos de vuelta. Le sorprendía no estar asustado por eso. Ni preocupado, siquiera. Era como un juego infantil que a ratos dejara de serlo.

Continuaba observándolo Garza con ojos serios y una mueca sarcástica bajo el bigote. Señaló con su carabina hacia donde aún sonaban disparos lejanos.

—¿Sigue con nosotros o se regresa a su hotel?… Todavía nos queda mecha y dinamita.

Miró Martín en torno: los maderistas que recargaban sus rifles, los federales que acababan de cambiar de bando, los cadáveres tirados en el patio, sobre cuya sangre empezaban a congregarse enjambres de moscas. Sentía una paz singular. Una tranquila y extraña lucidez, tan cercana a la felicidad que lo atravesó una punzada de remordimiento.

—Sigo —dijo.

 

 

 

Se prolongaba el combate y en el caos de la refriega zumbaban balazos y rumores. Eran tres las columnas de humo negro que se alzaban ahora sobre Ciudad Juárez: ardía la biblioteca municipal, afirmaban unos, y otros decían haber visto saquear las farmacias y algunas tiendas. Lo cierto era que los puntos de resistencia gubernamental caían uno tras otro y los federales se replegaban hacia el cuartel del Quince, la misión de Guadalupe y el centro de la ciudad.

Tiradores sueltos, dejados atrás para hostigar a los atacantes, paqueaban desde las terrazas. Había numerosos muertos en las calles, cubiertas de escombros y postes con cables eléctricos y telefónicos caídos, y en las zonas aseguradas por los maderistas empezaban a aparecer paisanos que habían estado escondidos en viviendas y sótanos. Unos, por entusiasmo o prudencia, vitoreaban a los insurgentes y otros los observaban callados, aprensivos, inseguros de cómo iba a terminar aquello. Las mujeres, más decididas que los hombres, salían a las puertas de las casas envueltas en rebozos portando cántaros de agua que los combatientes se acercaban a beber con ansia. Y lo cierto, comprobó Martín, era que éstos actuaban con inesperada disciplina. El mayor Genovevo Garza le había explicado el motivo: las órdenes dadas por el general Orozco y el coronel Villa de respetar personas y propiedades se cumplían a rajatabla. Matar a civiles sin motivo, violar, robar o emborracharse, suponía la inmediata pena de muerte. Se lo dijo al joven mientras éste contemplaba a dos ahorcados en un poste de la luz, cada uno con un cartel colgado del cuello: Por no respetar mugeres.

—Al que no anda derecho, nos lo echamos al plato —zanjó seco el mayor—. Quien tiene cola de zacate no debe jugar con lumbre.

Los azares de la lucha habían llevado al grupo de Garza a la parte norte de la ciudad, cerca del río Bravo. La zona edificada clareaba allí en jacales, potreros y edificios sueltos, junto al arranque de los puentes internacionales que unían la orilla mexicana con la estadounidense. El combate había sido duro: las casas mostraban impactos de bala y en una trinchera se amontonaban de cualquier manera, según habían sido arrojados dentro, muchos cadáveres con uniforme federal. Los cuerpos de los maderistas muertos, tratados con mayor respeto, estaban alineados a la sombra, cubiertos con cobijas, chaquetas y sarapes: sólo se veían pies calzados con botas o huaraches. Cerca de ellos, un médico vestido con ropa de ciudad atendía a los heridos ayudado por dos enfermeros de bata blanca que lo seguían con una caja de paquetes de algodón envueltos en papel azul, rollos de vendas, frascos de yodo, bisturís y pinzas para cabecear venas. No había cloroformo para nadie. Se quejaban algunos escupiendo salivazos manchados de rojo, y a todos repetía lo mismo el doctor antes de meterles un trozo de cuero o un pañuelo entre los dientes y hurgar el destrozo:

—A ver qué tan macho eres, compadre.

Descansaban los hombres del mayor Garza, sentados con el rifle entre las piernas, en espera de órdenes que éste había ido a reclamar al edificio de la aduana del ferrocarril, donde parecía estar el mando de las fuerzas insurgentes. Se había acomodado Martín con ellos a la exigua sombra de un cobertizo con paredes de adobe. Todo seguía pareciéndole irreal. El río estaba cerca, corría con poco caudal y había quien lo vadeaba con el agua por la cintura, o a caballo. Desde donde se hallaba, el joven podía ver grupos de curiosos que, situados en la orilla opuesta, seguían los combates con prismáticos y catalejos. El lado estadounidense se convertía en apostadero turístico para disfrutar del espectáculo. Según contaban, algunas balas perdidas habían cruzado el río, matando o hiriendo a más de un observador ávido de emociones.

Varias mujeres que habían estado cogiendo ramas y raíces de mezquite para las fogatas conversaban con los insurgentes, desenvueltas. Llevaban faldas hasta los pies, el pelo anudado en trenzas grasientas o recogido con pañuelos o sombreros de palma, y alguna cargaba a la espalda una criatura fajada con el rebozo. Otras, comprobó Martín, portaban cananas de cartuchos cruzadas al pecho al modo de los hombres. Se las veía sucias, bregadas, hechas a la tropa. Un par de ellas palmeaban tortillas de maíz, y sobre planchas de metal donde chisporroteaban pellas de manteca freían papas y carne. El olor llegó hasta el joven, incitándole el estómago. Llevaba todo el día sin probar bocado.

—¡Chingatumadre! —voceó una.

Creyó Martín que insultaba a alguien, pero al poco vio levantarse a un maderista del grupo: un norteño panzudo, bajo y ancho, con sombrero charro de alta copa puntiaguda y el ineludible bigote tapándole media boca. Cosidas a una manga de la chaquetilla tenía dos cintas coloradas: galones de sargento.

—¿Qué se le ofrece, mi doña?

—Se me ofrece que su mercé y los muchachos vayan llegándose acá, que les tenemos unas gordas sabrosotas pa calentar la tripa.

—Eso ni se repite, oiga.

Reía el insurgente, salivando, mientras se acariciaba la barriga. Puso la mujer los brazos en jarras sobre el cinturón reluciente de balas que le ceñía el talle, del que colgaba una funda con un pistolón enorme.

—Ándenle nomás, que se enfrían.

Los hombres fueron levantándose para acercarse a la fogata, y cada uno regresó con dos tortillas de maíz calientes con sus trozos de carne encima. El sargento panzudo vino a sentarse cerca de Martín. Olía a sudor agrio.

—¿Y usté no tiene hambre, señor?

Lo miraba con amable curiosidad. El joven ya se había fijado en él antes. Era uno de los insurgentes que estuvieron cerca cuando dinamitó la caja blindada del Banco de Chihuahua, y que le ayudó a tender la mecha para volar el muro del fortín federal. También, el primero que había seguido a Genovevo Garza cuando el mayor se lanzó al ataque tras la explosión.

—Alguna tengo —admitió.

El otro masticaba complacido su bocado, que le manchaba el bigote.

—Pos no se demore, que se acaban —se chupó un dedo—. Están de chingatumadre.

Se levantó Martín, acercándose a las soldaderas. La del pistolón en la cintura lo miraba llegarse a ellas. Era tostada de tez, con cara de india en la que no asomaba ni gota de sangre española. Llevaba el pelo recogido en una trenza tan negra y brillante de grasa que parecía relucir al sol. Sin decir una palabra ni dejar de observarlo, alargó a Martín dos tortillas de maíz con carne y trocitos de papa encima.

—Gracias.

Seguía callada la mujer, contemplándolo con curiosidad. Tenía los labios gruesos, la nariz ligeramente chata y unos ojos negros grandes y muy vivos. Debía de andar por los treinta y pocos años, calculó el joven. Quizá menos, pues en México las campesinas envejecían con rapidez.

Regresó junto al sargento, a comer su ración. Circulaba entre los insurgentes un cántaro de agua, y bebió un buen trago para quitarse el polvo de la garganta y ayudar a bajar los bocados. El otro había despachado lo suyo, y con la carabina cruzada sobre las piernas ablandaba y retorcía una hoja de maíz para liar un cigarro. Señaló el joven los grupos de curiosos agolpados en la orilla estadounidense del río. Se veía a mujeres con sombrillas, niños, carruajes y hasta un par de automóviles.

—Menudo espectáculo les estamos dando —dijo.

Asintió el sargento, asumiendo con naturalidad que Martín se incluyese en el plural.

—Algún plomazo se nos fue por ese rumbo —puso picadura en la hoja y acabó de liar el cigarro—. Los jefes dijeron que tuviéramos cuidado pa no enchilar a los gringos culeros de allí. Pero las balas tienen ideas propias.

Miró el joven hacia el edificio de la aduana del ferrocarril y los puentes próximos. El ruido de fusilería aflojaba por aquella parte, aunque seguía en el centro de la población. Grupos de maderistas armados controlaban el acceso a las pasarelas, vigilándose mutuamente con los soldados estadounidenses apostados al otro extremo. Corría el rumor de que tropas de Estados Unidos estaban listas para intervenir si las cosas se salían de cauce, e incluso que el gobierno de Porfirio Díaz había pedido que lo hicieran; pero hasta el momento se habían limitado a desarmar a los federales fugitivos que buscaban refugio allí.

Circulaba entre los insurgentes sentados bajo el cobertizo una botella forrada de mimbre. Pasó a manos del sargento, que bebió un trago, se acarició complacido la panza y se la ofreció a Martín. Bebió éste un sorbo corto que le quemó la garganta, pues era un sotol espeso y fuerte. Tosió, pasó la botella al siguiente y respiró hondo para recobrar el aliento. Sonreía el sargento, observándolo.

—Se le da mejor la dinamita que el chupe, señor.

Se encogió de hombros el joven, sin saber qué decir.

—¿Y qué piensan de todo esto en España? —preguntó el otro.

Dudó Martín mientras repetía el ademán.

—No sé… Llevo tiempo sin estar allí.

—Ah, pues.

—Sí.

Seguía observándolo el maderista, curioso.

—Y usté ¿qué piensa?

—¿De México?

—De nuestra revolución.

Miró Martín a los hombres sentados en torno. Limpiaban y recargaban las armas. Sus rostros atezados y feroces parecían interesados en la conversación.

—Supongo que era inevitable.

Rió el maderista entre dientes.

—Pa qué digo que no —echó el humo—. La verdá pelona que lo era. Acabar con los patrones, con los que mandan… Con los que tuvieron la suerte de educarse en vez de ser puros desgraciados como nosotros.

Señalaba alrededor, a sus compañeros, con el cigarro humeante. La soldadera de la pistola se había acercado al cobertizo para hacerse cargo de la botella vacía. Con ella en la mano se quedó de pie, mirándolos. No era guapa según cánones europeos, pensó Martín, pero podía intuirse en ella un atractivo peculiar, muy físico y duro, casi animal. Olía igual que los hombres, acre y fuerte. A sudor, tierra y pólvora.

—¿Quién es el güero, Chingatumadre?

Dejó salir el otro una bocanada de humo.

—Un amigo que se nos juntó esta mañana.

—¿De la Unión Americana?

—De España —intervino Martín.

—¿Y por qué no lleva armas? —ignorando al joven, la mujer seguía dirigiéndose al sargento—. ¿Con qué les tira a los federales?

—Les tira mentadas de madre, que también duelen.

Rieron los que estaban cerca. Incluso el rostro aindiado de la soldadera se permitió un atisbo de sonrisa.

—Es dinamitero —aclaró el sargento cuando cesaron las risas—. Ingeniero o así.

—¿Y ya voló el señor ingeniero a unos cuantos pelones?

—Un costal, mi doña. Parece tantito tierno, pero maneja los cartuchos como los ángeles.

—Pos qué bien.

—Ya le digo.

Fue la soldadera a reunirse con las otras mujeres. Dio el sargento unas chupadas al cigarro mientras guiñaba un ojo a Martín.

—Se llama Maclovia Ángeles… Salió respondona, bravera, y es el mero diablo cuando se pone de fierros malos. Ahí donde la ve, se quebró a más de uno y de dos.

Calló un momento, pensativo, para acabar modulando una sonrisa torcida. El humo del cigarro le hacía entornar los párpados, casi cerrados.

—Eso sí, acépteme un consejo —añadió zumbón—. Ande bien águila y no se arrime mucho, pa evitar malentendidos. Ella no es de las que rolan por la tropa, sino compañera de nuestro mayor Garza. Y no es que el mayor sea celoso, pero aquí cada gallo picotea su mais.

 

 

 

Se presentó un batidor joven, casi niño, con sombrero de palma, rifle y cananas.

Venía sudoroso y polvoriento. Reclaman al gachupín, dijo. Al dinamitero español. Preguntó el sargento para qué y el muchacho repuso que no lo sabía. Sólo que le ordenaban conducirlo. Se puso en pie Martín y le fue detrás por la orilla del río, pasando junto a los puentes. A su derecha, hacia el sur, humeaba la ciudad y seguía el tiroteo, punteado por esporádicos cañonazos.

—¿Cómo van las cosas?

El muchacho no dijo nada. Llegaron al edificio de la aduana del ferrocarril, medio kilómetro río abajo. Entraban y salían oficiales y mensajeros, partían jefes de brigada con órdenes y acudían otros a buscarlas. Había gente armada en la puerta y los pasillos: bulla de sombreros, cartucheras, revólveres y carabinas. Resonaba todo el edificio con sonido de espuelas y culatas de fusil en las tablas del piso, voces y conversaciones. En el corredor, Martín se topó con el indio malencarado al que en el Banco de Chihuahua había oído llamar Sarmiento, que estaba apoyado en una pared conversando con Genovevo Garza y le dirigió una ojeada poco amistosa. Tras abrirse paso con la seguridad de quien tiene órdenes superiores, el batidor introdujo a Martín en una habitación llena de humo de cigarros, con un retrato del cura Morelos y otro del presidente Díaz en la pared que nadie se había molestado en retirar. De pie en torno a una mesa cubierta de papeles conversaban cuatro hombres.

—Aquí está nuestro español —dijo uno al verlo aparecer.

Se trataba del coronel fuerte de pelo crespo y ojos color café, el llamado Villa. Los otros eran un individuo alto, flaco, serio, con el inevitable bigote, al que Martín no conocía, y dos a los que identificó por las fotos que publicaban las revistas ilustradas. Uno vestía chaqueta de viaje y polainas de montar: el jefe de la revolución, don Francisco Madero. El cuarto hombre era su hermano Raúl, con lentes de acero, pistola al cinto y ropa de campaña.

—Acérquese, amigo —ordenó Villa.

Fue Martín hasta la mesa, con la mano derecha metida en el bolsillo para evitar que le temblara. Estaba impresionado, y apenas lo ocultaba. Todos lo miraban, advirtió; unos con curiosidad y otros con recelo. En cuanto a Francisco Madero, tenía un rostro bondadoso. Era pequeño de cuerpo, casi frágil, de menos estatura que su hermano. Al verlo de cerca el joven advirtió que lucía una barba cuidada y se peinaba con la raya baja para disimular una incipiente calvicie. Pese al polvo de la ropa y el cuello rozado de la camisa, mantenía una apariencia pulcra, atildada. Olía insólitamente a agua de colonia.

—Me dicen estos señores que ha prestado usted valiosos servicios a la revolución.

Lo miraba Martín sin saber qué responder a eso. Sus valiosos servicios apenas llegaban a ocho horas de duración y se limitaban al saqueo de un banco y la voladura de un fortín federal.

—Es un honor para mí —dijo, por decir algo.

—¿Su nombre?

—Martín Garret.

—Eso no suena a español, me parece.

—Soy Ortiz de segundo apellido.

—Ah. Experto en explosivos, creo.

—Ingeniero de minas. Y, bueno. Tengo algunas nociones.

—Algo más que nociones, por lo que nos han dicho —intervino Raúl Madero—. No abundan hombres como usted.

Tenía un rostro bien afeitado y el mentón huidizo, pero sus ojos eran firmes, decididos. Simpática la sonrisa. Con ademán amable, su hermano señaló a Villa.

—El coronel nos lo ha elogiado mucho —añadió—. Y yo agradezco la simpatía de usted por la causa del pueblo mexicano.

A saber lo que habrá contado, pensó Martín, mirando de soslayo al aludido. Ahora Francisco Madero le ofrecía cortés la mano, y él sacó la suya del bolsillo, diligente, para estrechársela. Fue un apretón más bien flojo: el jefe revolucionario no parecía de impulsos vigorosos. Su famosa tenacidad, concluyó el joven, debía de ser más intelectual que física.

—El general Orozco, el coronel Villa y mi hermano Raúl tienen algo que pedirle… Se lo dejo a ellos.

Así que el alto de mejillas hundidas era nada menos que Pascual Orozco, el otro cabecilla insurgente: tenía unos ojos huraños e inmóviles. Martín empezaba a sentir mareos. Se había levantado en su hotel oyendo tiros lejanos y ahora se veía ante el estado mayor de la revolución mexicana. Que, por lo visto, agradecía sus servicios y se disponía a pedirle más.

Aquello era un disparate, concluyó casi asustado. De un momento a otro despertaré y todo volverá a su cauce. Nada de esto habrá ocurrido jamás.

—Mire este mapa —dijo el general Orozco—. ¿Ve los puentes?

Se inclinaron sobre la mesa. Había allí un plano dibujado a tinta con las curvas de nivel de los cerros cercanos y la ciudad entre ellos, trazada con mucho detalle: el ferrocarril, la plaza de toros, avenidas y lugares principales. Las posiciones gubernamentales se veían señaladas con cuadrados y las insurgentes con triángulos. Al norte, sobre la curva del Bravo, marcas rectangulares indicaban los puentes que comunicaban la orilla mexicana y la de los Estados Unidos.

—Los gringos, arrogantes como siempre —prosiguió el general—, han amenazado con invadir México si la situación en Ciudad Juárez los incomoda. Sabemos que tienen concentradas tropas en torno a El Paso, y eso incluye autos blindados. Si cumplieran su amenaza, cruzarían por aquí. No excluyamos el ferrocarril, que les permitiría traer efectivos y parque al centro de la ciudad… ¿Comprende la situación?

—Perfectamente.

—Nuestra gente puede plantar cara a una infantería que vadee el río, pero su llegada por los puentes nos pondría en apuros. Por eso conviene tomar precauciones.

—Más vale madrugar a que le madruguen a uno —apostilló Raúl Madero.

—¿Quieren volarlos?

—Por ahora bastará con preparar su demolición, por si fuese necesaria —dijo Orozco—. ¿Lo cree posible?

Reflexionó Martín un momento.

—Los he visto de lejos y pienso que sí —admitió—. Pero tendría que estudiar los pilares para hacer cálculos. ¿Disponemos de suficiente dinamita?

—No hay problema. Hemos encontrado varias cajas en un depósito federal y estamos haciendo traer más de las minas de Piedra Chiquita.

Sonrió débilmente el joven.

—Allí trabajo yo, pero están cerradas. Todo el mundo huyó.

—Nos las arreglaremos, no se inquiete por eso —Orozco lo miraba seco, desabrido—. Si le proporcionamos el material adecuado, ¿puede garantizarlo?

—Supongo que se podría intentar.

—Hay algo que debe quedar claro. Si se compromete, no bastará con que lo intente. Debe hacerlo. No podemos permitirnos errores.

No podemos permitirnos. Aquel plural era simple cortesía, captó Martín. Si algo salía mal, a quien no iban a permitirle errores era a él.

Intervino Francisco Madero, impaciente. Había sacado un reloj del chaleco y miraba la hora. Era obvio que ya tenía la cabeza lejos de allí.

—El general Orozco, mi hermano y yo tenemos que ocuparnos de otros asuntos —indicó a Martín la puerta y en el mismo ademán incluyó a Villa—. Lo dejo a usted en manos del coronel.

Cuando salían, el jefe revolucionario pareció recordar algo, alzó la vista del plano de la ciudad y sonrió a Martín.

—Le estoy muy agradecido, estimado amigo. Y prometo que el pueblo de México no olvidará a quienes lo ayudan en sus horas decisivas.

Cuando iban por el pasillo, Genovevo Garza y el indio de aire siniestro, el tal Sarmiento, se unieron a ellos. Salieron así los cuatro al exterior. El sol todavía alto pegaba fuerte y Martín entornó los ojos, deslumbrado. Más allá de los anchos sombreros y los caballos de los guerrilleros que estaban por todas partes se veían los puentes sobre el río.

—Usté dirá, amigo —dijo el coronel Villa.

Los tres mexicanos miraban atentos. Movió Martín una mano para señalar sus objetivos.

—Tengo que verlos de cerca. Hacer cálculos, como dije. ¿Están seguros de que tendremos dinamita y mecha suficientes?

Asintió Villa.

—Ya pudo escuchar al general Orozco.

—Pues… ¿Cuándo vamos?

Indicó el otro a Genovevo Garza con un movimiento del mentón.

—El mayor lo acompañará orita. Ya se conocen. Será su gente la que le dé protección.

—Todavía queda un rato de luz —objetó Garza—. Desde el otro lado nos verán poner las cargas.

Sonrió Villa, manoseándose el bigote.

—Me late que es lo que busca el señor Madero: que los gringos nos vean y huelan los frijoles. Que se anden con el culo apretado.

—¿Y si alguien le tira al ingeniero cuando se arrime?

—Entonces más vale que no le den.

Se volvió Villa hacia el indio, que seguía callado y sin apartar de Martín sus ojos sombríos.

—Y tú no mires feo al muchachito, Sarmiento. Que me lo impresionas.

Tardó el otro en responder.

—No me gustan los gachupines —dijo al fin.

—A mí tampoco, pero más vale que éste sí te guste. Por lo menos, de momento —ahora Villa miraba a Garza—. ¿A que a ti sí te gusta, mi Geno?

Sonreía torcido el mayor.

—Le voy cogiendo el punto, mi coronel.

—El roce engendra cariño.

—Eso dicen.

—Pos cuídamelo, que aunque sea de allí tiene que darnos juego.

Sacó Villa del bolsillo un reloj de plata y abrió la tapa con mucho cuidado, como si temiera estropearla. Después alzó los ojos hasta el indio.

—Y tú, Sarmiento… ¿Hay noticias de nuestro asunto?

Asintió el otro, impasible.

—A estas horas tiene que estar en lugar seguro.

Arrugaba el entrecejo el coronel. Se había quitado el sombrero para secarse el sudor con una manga de la chaqueta.

—¿Tiene que estar?

En vez de pregunta parecía una amenaza. Volvió a asentir el indio.

—Estará.

—¿Todito?

—Lo escolta gente de fiar. No habrá problema.

—Eso espero. Porque es mucha papeliza, ¿eh?… Y yo empeñé mi palabra. Hacer la revolución cuesta un madral, y tenemos que aventarnos la mala fama. No es lo mesmo el pueblo en armas que una partida de bandoleros.

—Descuide, mi coronel. Todo está asegurado.

Suspiró el otro, pasándose una mano por el pelo crespo y sucio. Pese a los hombros fuertes, el cuello ancho y su corpulencia, se veía cansado.

—Eso quisiera yo, compadre. Poder descuidarme un rato.

 

 

 

El sol rozaba ya el horizonte, enrojeciendo los cerros de poniente y dando un tinte escarlata a la corriente mansa del río. Sentado en el suelo, la espalda contra el muro de un jacal con marcas de disparos, Martín contemplaba la orilla estadounidense, convertida en kermés turística.

Casi nadie lo había inquietado mientras situaba las cargas explosivas. Cubierto por las carabinas de Genovevo Garza y sus hombres, el ingeniero había estudiado la estructura de cada puente, el grosor de los pilares y su asentamiento en el lecho del río, y tras los cálculos oportunos hizo colocar los paquetes de cartuchos de dinamita, las mechas lentas y el cordón detonador, disponiéndolos para que bastase con aplicar la brasa de un cigarro. Después, y a fin de evitar imprevistos, el precavido Garza había apostado junto a cada chicote de mecha a dos hombres de confianza con la orden de disparar a cualquiera, incluso mujer o niño, que se acercase a menos de veinte metros.

—Más vale un por si acaso —argumentó el mayor— que un quién lo iba a decir.

El único incidente se había producido en el viaducto del ferrocarril, cuando Martín supervisaba la instalación de las cargas. Estaba en mitad del puente, asomado al pretil de hierro mientras los hombres de Garza, metidos hasta la cintura en el agua, adosaban la dinamita a los pilares, y por el lado norte vino un militar norteamericano de mediana edad y grandes bigotes rubios, con las insignias de capitán en el uniforme, que en mal español y con peores modos preguntó qué diablos estaban haciendo allí.

—Es una international bridge —añadió—. Osté no tener derecho.

Martín, que a esas alturas estaba fatigado y sólo anhelaba acabar de una vez, se encogió de hombros.

—Si se fija —respondió en inglés—, verá que sólo estamos minando el lado mexicano.

—Excuse me?

—Lado mexicano. La dinamita, sólo aquí. ¿Lo ve?… En la parte de México.

Volvió el otro a su pésimo español, como si nada hubiese escuchado.

—Retira eso inmediata, yo digo.

—¿Usted dice?

—Yo te digo. Hurry up.

Miró Martín la cintura del capitán. Venía sin armas. Sus soldados sí llevaban fusiles, pero permanecían en el extremo del puente, sin pisarlo. Sin duda tenían órdenes de evitar incidentes. Indicó el ingeniero a los mexicanos próximos: media docena de tipos artillados hasta los dientes que miraban torvos al militar.

—Eso de hurry up dígaselo a ellos.

Contempló el norteamericano a los maderistas: acariciaban los guardamontes de sus rifles saboreando la posibilidad de echarse un yanqui al plato. Genovevo Garza, que había visto la escena, se acercaba despacio desde el lado sur.

—¿Quihubo, amigo? —preguntó a Martín, ignorando al otro.

Señaló éste al yanqui.

—A los gringos les preocupa lo que hacemos.

—Nomás por eso lo hacemos, ¿que no?… Pa que se preocupen.

Dicho eso, insolente y tranquilo, Garza miró al capitán de arriba abajo.

—Y tú, güero rejijo de la, puedes irte a la chingada.

Lo subrayó con una palmada en la culata de su carabina. Era difícil saber si el otro entendía las palabras, pero el ademán no precisaba traducción. Martín vio que vacilaba.

—Informaré de this stupid atrocity —dijo al fin.

Y tras dar media vuelta, se alejó pisando arrogante las traviesas de la vía. Garza le guiñó un ojo a Martín, cómplice.

—Que ese cabrón informe y que se anden con tiento.

Sentado ahora con la espalda en el muro de adobe, extendidas las piernas, Martín sonreía al recordar la escena. Había hecho con eficacia su trabajo: los puentes sobre el Bravo estaban minados, y sólo cabía esperar que no hubiera que dar fuego a las mechas. La revolución maderista tenía otro motivo para estarle agradecida. Genovevo Garza había adelantado su reconocimiento con una amistosa palmada en el hombro.

—Buen trabajo, ingeniero. Pa cosas de dinamita, es usté lo más chingón.

De momento lo dejaban en paz. El mayor y su gente andaban en sus asuntos y Martín descansaba, de nuevo indeciso, intentando imaginar cuál iba a ser su futuro inmediato. Los tiros sonaban lejanos: seguía el combate, aunque languideciendo con la luz decreciente del día. A ratos, los hombres que había cerca comentaban pormenores de la lucha: el éxito en los asaltos a los barrios sur y este, el control de la orilla del río, los daños que causaban la artillería y las ametralladoras federales, el lento avance por la avenida Juárez en dirección a la cárcel y la plaza de toros, y los innumerables muertos de ambos bandos. Los tres mil quinientos federales del general Navarro se batían el cobre y retrocedían mordiendo como coyotes acosados.

Junto a los puentes, sin embargo, todo estaba tranquilo. Había casquillos vacíos, peines de ametralladora, vendas ensangrentadas y cajas de munición abiertas a culatazos, pero el tiroteo sonaba en otros lugares. También se veía a insurgentes tumbados en el suelo o sentados con los fusiles a mano, heridos que estaban callados o se quejaban, cadáveres amontonados en una zanja que no se quejaban en absoluto y soldaderas que iban y venían con cántaros de agua. Nada de alcohol ya, observó Martín. Pasado el primer momento de confusión, las órdenes del general Orozco y el coronel Villa se cumplían a rajatabla: fusilar en el acto a quien combatiese borracho.

Una extraña pareja se acercaba desde la orilla del río que alcanzaban las sombras. Eran un hombre y una mujer, y no parecían mexicanos. El hombre vestía un pantalón caqui con polainas, una vieja camisa azul remangada hasta los codos y se tocaba con un sombrero militar semejante al del capitán que había interpelado a Martín en el puente. Llevaba el rostro afeitado, pero lucía largas patillas rojizas. Le cruzaba el pecho una canana de cartuchos, portaba un revólver al cinto y en las manos una escopeta de repetición. Su aspecto era insólitamente anglosajón para moverse con esa soltura entre los maderistas. Sabía Martín de la presencia de algunos combatientes extranjeros en el norte de México, a los que llamaban filibusteros, o algo semejante. Voluntarios, mercenarios o simples aventureros que se habían unido a la revolución.

La mujer era más extraña todavía, o parecía serlo. Aún se veía joven, mediada la treintena. Llevaba un vestido de viaje gris a cuadros, el ruedo inferior de cuya falda estaba orillado de barro y polvo, y mostraba al caminar unas botas de cuero crudo, recias y muy sucias. Tenía, observó Martín, las axilas oscuras de sudor. Delgada, morena, alta, de ojos grandes, el corpiño le ceñía un talle elegante, de buen aspecto. Se recogía el cabello en la nuca con un moño medio deshecho, o improvisado, y llevaba un bolso de viaje Gladstone colgado del hombro. Al cruzarse con ella, las soldaderas, pequeñas y renegridas con sus rebozos y trenzas grasientas, se volvían a mirarla con curiosidad.

Seguía observándolos Martín cuando llegaron a su altura. Fue el hombre quien primero se fijó en él.

—Usted no es de aquí —dijo con naturalidad, parándose delante.

Pese al acento, su español era bueno. La sombra le daba a Martín en la cara. Miró el joven a la mujer y luego otra vez a él.

—Tampoco ustedes —respondió.

Vio el recién llegado una calabaza con agua que alguien había dejado en el suelo, cerca.

—¿No le importa, compañero?

—Por supuesto. Además, esa agua no es mía. Y aunque lo fuera.

Sonrió el otro: un gesto lento y cansado. Se había puesto en cuclillas y dejado la escopeta —una Remington de corredera calibre 12— en el suelo, a mano. Cuando se quitó el sombrero, el pelo rizado, bermejo y corto se veía húmedo de sudor. Cogiendo la calabaza, le quitó el tapón para ofrecérsela primero a la mujer. Sacó ésta del bolso un vasito plegable de plata, se lo dejó llenar y lo llevó a los labios, ajena a la curiosidad que despertaba entre los maderistas que contemplaban la escena.

Se había puesto Martín en pie. Tras beber un largo trago echando atrás la cabeza, el hombre del pelo rojizo dejó la calabaza en el suelo y recogió su escopeta.

—Me llamo Tom Logan y soy norteamericano.

Extendía la mano derecha. Su sonrisa, agradable, le arrugaba los párpados en torno a unos ojos casi metálicos, de color acero. Estrechó Martín la palma delgada y fuerte.

—Martín Garret.

—¿Español?

—Sí.

Miró Martín a la mujer, pero ésta no dijo nada. Había guardado el vaso en el bolso y observaba al joven ingeniero, inexpresiva. Advirtió éste que además de las axilas húmedas le brillaban minúsculas gotas de transpiración en la frente y el labio superior. También ella parecía fatigada.

Señaló el hombre a los mexicanos próximos.

—¿Está con ellos?

Dudó un momento Martín. Aquello resultaba más complejo planteado en voz alta.

—Eso parece —dijo al fin.

Un relámpago de curiosidad cruzó los ojos del norteamericano.

—¿Parece, dice?

Martín no respondió. Se había vuelto el tal Logan hacia la mujer para comprobar si compartía su desconcierto, pero ésta se mantenía callada.

—Yo estoy con los maderistas desde el combate de Casas Grandes —dijo el hombre.

Sonrió Martín.

—Yo, desde hace once horas.

—¿En serio?

—Como lo oye.

Se echó a reír el otro. Una risa simpática que descubría unos dientes algo caballunos.

—Como dicen aquí, más vale tarde que nunca.

Se cambió de mano la escopeta y miró en torno. Parecía indeciso sobre si continuar su camino.

—Ella es la señora Palmer… Periodista del New York Evening Journal.

Ahora la mujer extendió la mano.

—Diana Palmer —dijo.

Un contacto breve y firme: uñas cortas, dedos sin anillos. Tenía, comprobó Martín más de cerca, el rostro anguloso y reflejos pajizos en los iris color canela. Era el suyo un atractivo seco, algo masculino.

—¿Habla español? —preguntó él.

—Perfectamente.

El sol acababa de ocultarse y el paisaje viraba del rojo al gris. Bajo los puentes, el río era una ancha cinta de color violeta. Como si de una señal se tratara, los disparos lejanos se fueron apagando al tiempo que la última luz. En la orilla, las soldaderas empezaban a palmear tortillas y juntar leña para encender fogatas. A un lado estaba Ciudad Juárez a oscuras y al otro El Paso iluminado como si fuera Navidad.

El hombre llamado Logan miró alrededor y luego señaló el jacal con la escopeta.

—¿Hay alguien dentro?

Respondió Martín que no, que sólo era una mísera habitación con suelo de tierra, saqueada y vacía. El norteamericano consultó a la mujer con la mirada y ésta asintió.

—No parece mal lugar —dijo él— para pasar la noche.

 

 

 

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