Revolución
2. Los puentes de Ciudad Juárez
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El señor don Francisco Ignacio Madero no había querido atacar la ciudad, dijo Genovevo Garza. Se había visto obligado. El jefe de la revolución creía Ciudad Juárez demasiado bien defendida, de modo que su plan era dejarla atrás y avanzar hacia el sur. Pero Pascual Orozco y Pancho Villa tenían cuentas pendientes con el general Navarro desde la matanza de Cerro Prieto. Así que, puestos de acuerdo, habían provocado un tiroteo contra los federales para, con el pretexto de socorrer a sus hombres, empezar en serio la batalla. Y Madero, aunque furioso al ver que desobedecían las órdenes, no había tenido más remedio que echar toda la carne al puchero. Pero como iba saliendo bien, ahora estaba feliz. Tocaba la victoria con los dedos.
—Madero es un gran hombre, dizque pacífico —resumía Garza—. Así que no sobra empujarlo tantito, nomás pa que se le avive lo macho.
Hablaba a la luz de una fogata, comiendo los tacos con cecina y frijoles que Maclovia, su soldadera, le preparaba.
El mayor había invitado a Martín y a los dos estadounidenses, pues conocía a Tom Logan desde que éste se unió a los insurgentes. Además, como todos allí, sentía curiosidad por la mujer a la que el voluntario yanqui escoltaba. Ésta había cruzado el río dos días atrás, presentándose en el estado mayor en demanda de autorización para enviar crónicas a su periódico neoyorquino; y Francisco Madero, caballeroso pero también interesado por la imagen de la revolución en los Estados Unidos, le permitió acompañar a los combatientes.
—Hacen falta tompiates pa andar por estos rumbos, sola y siendo hembra —añadió Genovevo Garza.
—No estoy sola —señalaba ella a Logan, al propio mayor y a los hombres sentados o tumbados en las sombras o el contraluz de las fogatas—. Me protege todo su ejército.
—Ándele, mi doña —sonreía el mexicano, halagado—. Ándele.
Estaban alrededor del fuego, pues tras el calor diurno la noche empezaba a ser fría. Los hombres que se hallaban cerca, bultos oscuros en torno a otras fogatas que salpicaban la negrura hasta la orilla del río, se envolvían en cobijas y sarapes. Diana Palmer se refirió con un gesto a la silenciosa Maclovia, que todavía con la canana de balas y la pistola al cinto, arrodillada junto al comal de hierro puesto sobre las brasas, hacía chisporrotear en manteca los frijoles y la cecina antes de envolverlos en las finas tortillas de maíz.
—Tampoco soy la única que anda en esto —dijo—. Y sólo estoy de visita… Tengo, por así decirlo, un billete de ferrocarril en el bolso. Sus mujeres no tienen esa posibilidad.
Maclovia no levantó el rostro ni se dio por aludida, atenta a su fogón. Aprobó Genovevo, masticando un taco mientras se limpiaba los dedos en la camisa.
—Qué gusto, ¿no?… Una gringa tan pico largo. Y cuantimás, con pantalones.
Se miraba ella la falda, divertida.
—Supongo que debo entenderlo como un elogio.
—¿Elogio? —se extrañó el maderista.
—Piropo —aclaró Logan, riendo.
—Ah, sí. Eso mero —señaló Garza a su impasible soldadera con ademán orgulloso—. Pero ni modo, ¿eh?, comparada con mi vieja.
Se interesaban los dos norteamericanos por la presencia de Martín entre los revolucionarios, y Genovevo los puso al corriente: la cantina El As de Copas, los cartuchos que sudaban nitroglicerina, el reclutamiento casi forzoso del ingeniero de minas. Sobre el Banco de Chihuahua no dijo una palabra, pero se extendió sobre el buen trabajo que el español había hecho en el fortín o minando los puentes.
—¿Y se va a quedar con ustedes?
—Pos no sé. Pregúntele a él, que aquí lo tiene de cuerpo presente.
Comprobó Martín que Diana Palmer lo observaba curiosa. Había escuchado el relato en boca de Garza con una leve sonrisa, tal vez un punto irónica.
—Me lo estoy pensando —dijo él.
—¿Y qué hay de sus minas? —insistió Logan.
Había sacado de una cartuchera un puñado de mariguana y un trocito de papel y los liaba con soltura al estilo ranchero, sobre una rodilla. Martín hizo un ademán de impotencia.
—Cerradas.
—Pues no parece lamentarlo mucho.
—No sé. La verdad es que estoy algo aturdido.
Diana Palmer habló por fin. Se había comido uno de los tacos de Maclovia. Cubría sus hombros un chal de lana sacado del bolso de viaje que estaba dentro del jacal.
—¿Cómo es en sus minas? —preguntó, neutra—. No tengo buenas referencias de las mexicanas.
Martín miró el doble reflejo de la fogata en sus ojos y tardó un momento en responder.
—Conozco explotaciones de España, Francia y Estados Unidos, y ninguna es el paraíso terrenal. Pero es cierto que aquí el trabajo es especialmente duro y peligroso: hombres y niños barrenando y picando a cientos de metros bajo tierra, a veces metidos en fango hasta la cintura, expuestos a quedar sepultados por un derrumbe o a morir en una explosión del gas acumulado. Respirando polvo entre piedra, tierra y oscuridad… No es un mundo agradable.
—Sin embargo, convirtió eso en su profesión —la norteamericana seguía observando a Martín—. ¿Le gusta lo que hace?
Asintió éste. La minería, dijo, era un recurso económico imprescindible y alguien tenía que gestionarla. El futuro se garantizaba mejorando las condiciones de vida de los trabajadores. Aplicando recursos modernos.
—Lo que hace falta es humanizar el trabajo —concluyó—. Las técnicas más actuales ofrecen esa posibilidad, y mi labor es conocerlas y aplicarlas.
—¿Y por qué en Ciudad Juárez?
—Estoy empleado en una empresa española asociada con una mexicana, y me enviaron aquí.
—¿De jefe?
—No, en absoluto. Sólo soy ingeniero en Piedra Chiquita. El administrador es mexicano y desapareció con el jaleo.
Intervino Garza, que ahora limpiaba su carabina con el arma cruzada sobre las piernas. Había accionado la palanca, chasquido metálico tras chasquido, hasta que todos los cartuchos brillaron en el suelo, sobre su sarape.
—Las minas —dijo—, como las tierras, se las robaron al pueblo los caciques y los abogados. Aquí en México sólo mama el que tiene chiche. Por eso hemos ido a la revolución, oigan. Los dueños son sanguijuelas, y vamos a dejarlos a todos de carroña pa engordar zopilotes.
—Me temo que los dueños de verdad están demasiado lejos.
Garza se encogió de hombros. Después, tras comprobar que la recámara del arma estaba vacía, sopló dentro del cañón e introdujo una baqueta con un jirón de trapo.
—Puede que sí o puede que no, pero alguno caerá. A cada santito le encienden su vela —se dirigió a Martín—. Lo mesmo a ese administrador de sus minas le dio en la madre su propia gente, ¿no?
Sonrió el joven. El administrador de Piedra Chiquita se llamaba Pánfilo Castillo y había desaparecido ante la cercanía de los insurgentes, llevándose todo el dinero de la caja.
—Lo dudo. Ése no es de los que esperan. Seguramente se puso a salvo en El Paso… En cuanto al representante de la sociedad, vive en la ciudad de México.
—¿Y por qué no se fue usted? —preguntó Diana Palmer.
Lo pensó.
—No sabría decirle. Curiosidad, supongo.
—¿De dónde es?
—Nací en un lugar llamado Linares, en Andalucía.
—¿Y el apellido Garret?
—Un bisabuelo inglés.
Asintió levemente ella.
—Conozco Andalucía: Sevilla y Málaga. Estuve allí durante un viaje a Europa.
—Mi padre era capataz en una mina, ahorró algún dinero y pudo darme estudios. Después de cierto tiempo de experiencia, la sociedad propietaria decidió enviarme aquí.
—Debe de ser usted muy competente, para tener esa responsabilidad siendo tan joven.
Tras aceitar la recámara de la carabina y limpiar con cuidado los cartuchos, Genovevo Garza los empujaba de nuevo dentro del arma.
—Újole —intervino exultante—. Es el mero mero. Tendrían que verlo manejar la dinamita, al jijo de.
Del río llegaba el croar de las ranas. Alguien, cerca, pulsó las cuerdas de una guitarra. Al poco se elevaron voces con una canción: primero una sola voz —Martín creyó reconocer la del sargento Chingatumadre—, y luego se fueron sumando otras en un coro ronco, masculino y melancólico:
No tiene fruto la mata,
ni mais el paredón,
ni chiches tiene la rata.
¿Con qué se cría el ratón?
A ese lado del Bravo, sobre sus cabezas y la ciudad oscurecida, el cielo se veía lleno de estrellas. Miró Martín hacia lo alto. La Vía Láctea era un clarear nebuloso e infinito allá arriba.
—¿Y qué hará ahora? —se interesó Tom Logan, fumando tras encender el cigarro con un tizón de la fogata.
Martín no respondió. Realmente no lo sabía. Fue Garza quien lo hizo en su lugar.
—Lo que haga después es cosa suya. Pero ojalá se quede con nosotros… ¿Que no, ingeniero? —lo miraba con afecto—. Aunque gachupín, le estamos tomando ley.
—No sé —dijo Martín por fin.
Logan esbozó una sonrisa que la luz de la fogata hacía lúgubre.
—Tendría su negra gracia que le peguen un tiro antes de pensarlo del todo.
—Ésas son cosas de la suerte —suspiró filosófico Garza—. Las balas las disparan los hombres y las reparte Dios.
Observó Martín que Diana Palmer había sacado del bolso un cuaderno con tapas de hule y un lápiz, y que tomaba notas. Ignoraba si se referían a él, pero la idea no le gustó.
—Prefiero que no me mencione en sus artículos —dijo, cauto—. Supongo que comprende mi situación.
Alzó ella la vista del cuaderno para mirarlo, inexpresiva.
—Claro, no se inquiete… ¿Por qué habría de mencionarlo? —señaló con el lápiz a Garza, Maclovia y las fogatas cercanas—. En relación con todo esto, usted no es gran cosa.