Revolución

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3. El oro del coronel Villa

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3. El oro del coronel Villa

 

 

 

 

 

El combate por Juárez se reanudó al alba, y para entonces la suerte de las tropas gubernamentales parecía sellada. La cárcel, la aduana central y la plaza de toros cayeron a media mañana en manos de los insurgentes. Aun así, los hombres del general Navarro resistían feroces, vendiendo caro cada palmo de terreno que se veían forzados a abandonar. Los últimos fortines federales se hallaban protegidos por ametralladoras y cañones cuyas granadas hacían mucho daño. Aquel matadero reclamaba más carne, y la gente del mayor Genovevo Garza fue relevada en los puentes y recibió la orden de avanzar hasta el centro de la ciudad para sumarse al combate.

—Aprevéngase que nos vamos, ingeniero —dijo Garza a Martín Garret mientras llenaba de cartuchos las carrilleras y se las cruzaba sobre el pecho—. ¿Viene con nosotros o se queda?

—¿Puedo elegir?

—Pos claro que puede. Acompañarnos o esperar a que volvamos. Cumplió como los güenos, y nomás tiene derecho.

Reflexionó Martín, indeciso. Miraba el río, los puentes y la gente agrupada en la orilla estadounidense del Bravo, más numerosa que el día anterior. También los muertos amontonados en la zanja cercana, ya ennegrecidos por el sol y cubiertos por enjambres de moscas, y los heridos tumbados de cualquier modo, entre vendajes sucios de sangre, sin otro socorro que el agua que las soldaderas subían del río y el amparo de los sombrajos que les fabricaban con palos, cañas y cobijas. La periodista norteamericana y el mercenario que la escoltaba se habían ido al amanecer, sin despedirse. Aquél no era un lugar agradable para esperar.

—Voy con ustedes.

—Órale —satisfecho, Garza le ofrecía el Máuser y las cananas de un muerto—. ¿Quiere artillarse?

Se palpó Martín el bolsillo donde llevaba el revólver.

—Voy bien, gracias.

—Pos píquele, que ya nos demoramos.

Se pusieron en marcha los insurgentes, vestidos de mezclilla desteñida, caqui o andrajosa ropa de manta, sucios y sin afeitar bajo los grandes sombreros, pero relucientes los torsos de munición, rifles y carabinas. Con dos días de combate pintados en la cara. Eran casi un centenar y caminaban por la avenida Juárez pegados a las casas, siguiendo el trazado de las vías del tranvía. De vez en cuando encontraban cadáveres con el uniforme azul o color arena de los federales, y también de algún maderista o paisano atrapado entre dos fuegos. En los tramos al descubierto sonaban tiros sueltos, de lejos, respondidos con descargas cerradas que sacaban espirales de humo de los rifles. Sólo uno del grupo fue alcanzado en ese trayecto: en un cruce de calles recibió un disparo —una bala expansiva le reventó el cuello— y quedó en el suelo mientras sus compañeros acribillaban la ventana de la que había partido el ataque. Luego entraron en la casa y sacaron a rastras a dos hombres ensangrentados, molidos a golpes, vestidos con la chaquetilla charra y el pantalón ceñido con botones de plata del cuerpo de rurales.

Señaló Genovevo Garza los postes del telégrafo.

—Orita mesmo denles reata. Que aprendan a no venadear cristianos.

Se la dieron. Cuando el grupo siguió calle adelante, los dos rurales colgaban ahorcados, balanceándose todavía.

—Esos jijos de la chingada son entavía peores que los pelones.

Martín lo miraba todo fascinado, sintiendo latir fuerte la sangre en las venas. Respiraba el olor a pólvora y sudor de los hombres que tenía alrededor, devoraba con la vista cada escena, cada gesto, cada momento. Oía zumbar las balas perdidas con curiosidad casi científica, calculando calibres, trayectorias y distancias, considerando el lugar que él mismo ocupaba en aquella extraña situación. El joven ingeniero, el técnico que había en él, se sentía al mismo tiempo horrorizado y excitado: la aventura en la que estaba inmerso sobrecogía su espíritu y le aceleraba el pulso. Había conocido el peligro y la incertidumbre bajo tierra, en las minas: eran factores profesionales vinculados a su trabajo, pero aquello resultaba distinto. Nunca antes había considerado la violencia, la vida y la muerte, los elementos que hacían posible o negaban una y otra, como un entramado geométrico de líneas rectas y curvas, de equívocos azares entrevistos en el caos de la guerra. Un caos, intuía asombrado, que era sólo aparente. Como si en su interior, desmintiéndolo, hubiese reglas tan sólidas e implacables como un hilo de acero. Leyes cósmicas insinuadas bajo el sol, en Ciudad Juárez, entre explosiones y balazos.

De vez en cuando, Genovevo Garza se volvía a mirarlo.

—¿Todo bien, ingeniero?

—Todo bien.

—No me se descuide y se muera, ¿eh?… Están reduros esos cabrones.

Al llegar a la avenida 16 de Septiembre y al edificio de la aduana torcieron a la derecha. Ardían lejos los saqueados almacenes Ketelsen & Degetau, levantando una densa humareda negra. Había otra columna de humo junto a la torre encalada de la misión de Guadalupe, que se alzaba en la distancia tras los tejados chatos de las casas desde donde paqueaban tiradores federales. Allí el combate era encarnizado: de vez en cuando estallaban granadas que llenaban el aire de metralla e impactaban en los muros, y una ametralladora gubernamental batía la calle desde un reducto hecho con traviesas de ferrocarril y sacos terreros.

—¡Arriba, muchachos! —gritaban los jefes—. ¡No se rajen, que ya aflojan y hay que remachárselas!

No era verdad, comprobó Martín mientras se frotaba los ojos irritados por la pólvora. Allí no aflojaba nadie. Los maderistas se agrupaban en las esquinas y los porches buscando protección, asomándose para disparar y poniéndose a cubierto para recargar de nuevo. Cada ataque, de los varios realizados sin éxito, había añadido más cadáveres a los que, tirados como hatos de ropa sucia, se veían en aquel tramo de la calle, entre los piques de polvo de las balas perdidas. Los cañones de las carabinas estaban calientes y olían a trapos quemados.

—¡Cuidado, agáchense!

Una granada llegó chirriando para estallar en el aire, sobre la casa más próxima, y la nubecilla color de azufre proyectó docenas de fragmentos acerados, brillantes al sol, que repiquetearon en la azotea y la fachada. Luego aleteó otra, y luego otra. Se apretaban los hombres entre ellos queriendo hurtar el cuerpo a la granizada de metralla, pero no todos lo conseguían. Dos se desplomaron, ensangrentados. Martín retrocedió hasta el porche contiguo y buscó resguardo. Había allí muebles hechos astillas, enseres sucios, papeles, loza pisoteada y rota. Sentado muy tranquilo en una silla coja de una pata, el sargento Chingatumadre se vendaba con un pañuelo, sin ayuda de nadie, un brazo herido.

—Sólo es rozón de pellejo —dijo al comprobar que Martín lo miraba.

Sentía el joven una sed atroz. Se metió en la casa saqueada en busca de agua, pero allí no había nada que beber. En el patio, junto al pozo, vio al coronel Villa con otros hombres, todos armados hasta los dientes.

—Épale —dijo aquél—. Aquí llega nuestro ingeniero.

Una sonrisa fatigada le iluminaba el rostro, cubierto de sudor amasado con tierra y pólvora que volvían de almagre su bigote de bandolero, las cejas y el pelo revuelto y crespo. Tenía el sombrero colgado de la funda de la pistola y los pulgares en el cinto.

—¿Vino usté con Genovevo Garza?

Respondió Martín que el mayor estaba fuera, con su gente, y Villa mandó a un hombre a buscarlo. Observaba al joven con interés, pensativo.

—¿Qué se le perdió por aquí? —dijo al fin.

—Buscaba agua.

—Me refiero a la balacera.

—El mayor Garza vino, y yo con él.

—¿Por su gusto?

—Nadie me obligó.

Señaló el coronel una cantimplora pendiente del cañón de su carabina, apoyada en el brocal del pozo.

—Sírvase tantito, pero déjeme algo. El pozo está seco.

—Gracias.

Bebió Martín con ansia un sorbo corto, manteniéndolo en la boca un rato antes de tragarlo. Cuando se volvió, Genovevo Garza ya estaba allí.

—Tenemos problemas con el fortín —le dijo Villa—. Los pelones se nos han puesto bien trompudos.

—¿Y, mi coronel?

—Pos habrá que darles lo suyo, ¿no?… Devolverles trancazo por trancazo.

Miraba a Martín al hablar, y el mayor también lo hizo.

—¿Qué tal el gachupín, mi Geno?

—Cumplidor como puro macho.

—¿En serio?

—Viene con nosotros porque quiso.

—Ya me dijo.

Se pasó Villa una mano por la cara. Bajo la mugre y el bigote le despuntaba barba de un par de días. Aún permaneció un momento pensativo y luego le hizo a Martín un gesto para que se acercara más.

—Tengo un problema, y puede que su mercé me lo resuelva.

Requirió de uno de sus acompañantes una pequeña libreta y un trozo de lápiz, mojó la punta con la lengua y dibujó un croquis de la calle. Cerca de la misión de Guadalupe marcó una cruz.

—Los federales nos cortan el paso con un fortín. Hay una tartamuda…

—¿Perdón?

—Una ametralladora Hotchkiss, carajo. Y detrás, un cañón que nos avienta esas granadas tan cabronas. Hemos lanzado varios ataques, pero nos fregaron… Hay que buscar la maña de volarles la barricada.

Alzó la vista para mirar a Martín como si desde entonces el problema pasara a ser exclusivamente suyo.

—¿Estamos, amiguito?

Tardó el joven un momento en comprender. Por fin titubeó, desconcertado. Se le había abierto en el estómago un hueco del tamaño de un disparo de escopeta.

—No sé si seré capaz…

—Según dice mi mayor Garza, hasta orita bien que pudo.

Aún reflexionó el joven un poco.

—¿Hay con qué hacerlo?

—Dígamelo.

Mostraba el coronel un ángulo del patio donde había un par de cajas de dinamita y rollos de mecha, cordel y alambre. Se acercó Martín a mirar, acuclillándose. Los cartuchos parecían en buen estado y había suficiente mecha y cordón detonante. Levantó la cabeza para mirar a Villa, que estaba de pie a su lado.

—Esto le va a costar otro sorbo de agua.

Soltó Villa una carcajada jovial, señalando la cantimplora.

—Sírvase usté mero… Y si de verdá me perjudica a esos jijos de la chingada, voy con un cántaro y se la traigo yo mesmo desde el río Bravo.

 

 

 

Al otro lado de la calle ardía la oficina postal, bajo una humareda negra donde flotaban pavesas que cubrían de cenizas los alrededores. El fortín federal estaba cerca, en la plaza de Armas, bajo la pequeña loma de la misión de Guadalupe. Distaba unos treinta metros de la casa más cercana, y llegar hasta ella había costado un buen rato de caminar agachados o ir arrastrándose.

Tumbado en el suelo, Martín no veía el cañón de los federales que enfilaba la avenida 16 de Septiembre, cuyas granadas aullaban sobre su cabeza después de cada estampido para reventar detrás, en las posiciones avanzadas maderistas; pero sí la ametralladora, o más bien los destellos del fuego de ésta, cuyo relampagueo se hacía ver por una tronera entre traviesas de ferrocarril apiladas y sacos terreros.

—Hasta aquí era lo fácil —dijo Genovevo Garza.

Estaban pegados uno al otro, tras la protección de una barda medio destruida. Las balas sonaban ziaaang, ziaaang, ziaaang al pasar altas, como si azotaran el aire alambres de acero, y las más bajas impactaban en la escasa pared de adobe, demoliéndola un poco más. Proyectando trozos de barro seco sobre la cabeza de los dos hombres que aguardaban.

—Jijos de su pinche madre… Esa ametralladora no se cansa nunca.

Martín, que se había quitado el sombrero y dejado atrás la chaqueta con el revólver en el bolsillo, sentía el cuerpo empapado de sudor. Bajo el chaleco desabrochado la camisa se le adhería al torso, y a cada momento se llevaba una mano a la frente para apartar las gotas que se deslizaban sobre sus ojos. Un sol despiadado incidía vertical sobre su nuca, haciéndole arder el cerebro, y la lengua sedienta se pegaba al paladar igual que con engrudo.

—Se retrasan —dijo, impaciente.

—Tranquilo, amigo. Todo lleva su tiempito.

Comprobó Martín de nuevo el morral que tenía cruzado al pecho. Dentro había cuatro kilos de dinamita. Había juntado los cartuchos de seis en seis en dos paquetes, uniéndolos bien atados con cordel y alambre para insertar en cada uno el cebo con cuerda detonante conectada a tres palmos de mecha lenta. Eso dejaba cuarenta segundos de tiempo entre el encendido y la explosión, si todo iba bien. Ni mucho ni escaso, calculó. Suficiente para alejarse después de colocada la carga, si ningún balazo federal se lo impedía.

A su espalda, desde las posiciones maderistas, arreció al fin el tiroteo. Una granizada de balas empezó a repiquetear en los muros de madera del fortín federal, acallando un poco el fuego de sus troneras. Cumplidor, el coronel Villa hacía honor a su palabra. Arrímese cuanto pueda a la buena, había dicho. Y cuando ya no pueda más, a la mala ya lo ayudaremos nosotros a arrimarse.

—Píquele, ingeniero —lo animó Garza—. Al mal paso, darle prisa.

A la vez que lo decía, le dio una palmada de ánimo, se incorporó descubriéndose a medias, cortó cartucho y, con la 30/30 pegada a la cara, empezó a disparar contra la posición enemiga. Para entonces, Martín se arrastraba sobre los codos y las rodillas hacia una acequia seca que le permitiría aproximarse al fortín con relativa seguridad, siempre que mantuviera la cabeza agachada. Los disparos que lo cubrían atronaban el aire a su espalda y los balazos zurreaban agudos por encima, distrayendo a los federales. De ese modo llegó al final de la acequia, donde un pilón de cemento brindaba alguna protección. Para entonces estaba mojado de arriba abajo, sucio del barro que su propio sudor formaba con la tierra del suelo.

Al asomarse a mirar comprendió que había cometido un error. Más allá del pilón y hasta el muro de traviesas y sacos terreros quedaban unos quince metros de terreno abierto: más de lo que habían calculado al mirar desde la casa. Si quería colocar el morral con la dinamita junto al muro mismo, o dentro, no iba a poder lanzarlo desde allí. Demasiado lejos. Para conseguirlo tendría que incorporarse y avanzar un trecho al descubierto. Y por mucho que los maderistas lo cubriesen, los federales lo iban a ver.

El miedo le golpeó como un puñetazo el vientre y las ingles, haciéndole perder el control de sí mismo. Sonaban tiros por todas partes, y a su espalda, más cercanos, los estampidos casi tranquilos de la carabina de Genovevo Garza. Todo su instinto lo empujaba a aplastarse contra el suelo tras la protección de cemento y no moverse de allí hasta el fin de su vida, fuera lo que fuese cuanto quedara de ella. Respiraba hondo y rápido, muy seguido, intentando encontrar aliento y aclarar la cabeza.

Qué hago aquí, se repetía aturdido. Qué diablos estoy haciendo aquí, si yo nací en Linares.

Tras un momento, serenándose un poco, se quitó el morral por encima de la cabeza y buscó el chicote de la mecha. Los dedos le temblaban cuando sacó de un bolsillo el chisquero. Tenía la palma de la mano tan húmeda de sudor que la ruedecilla resbalaba en ella, sin girar lo suficiente para sacar chispa. Al fin ardió el cordón amarillo, con humo picante y acre. Lo aplicó al chicote, respiró hondo otra vez, apretó los dientes y se puso en pie. Le habría gustado creer en Dios y rezar algo, pero no era el caso.

Corrió ciego, ya sin pensar, igual que un animal asustado. Cinco zancadas de ida, a la carrera, y otras tantas de regreso. Los del fortín lo habían visto, por supuesto, pero la granizada de balas que los mantenía con la cabeza baja les hizo difícil afinar la puntería. Algo fugaz y vibrante rozó el pómulo derecho de Martín, como un moscardón que pasara o una rápida quemadura. Arrojó el morral tan lejos como pudo, con tanta fuerza que creyó que se le dislocaba el hombro. Los balazos empezaron a menudear, buscándolo, cuando la dinamita aún estaba en el aire cayendo al otro lado de las traviesas y los sacos, y él corría de vuelta al resguardo del pilón, que salvó de un salto, dando en la acequia con un golpe tan fuerte que retumbó en su cuerpo como si se rompiera los huesos.

Se protegió la nuca con las manos, y así oyó el estampido: un bang-tump sonoro y seco que hizo estremecerse el suelo y llevó a sus tímpanos y pulmones un golpe de aire tan denso que parecía sólido. Todos los rumores del mundo se extinguieron de pronto, y del cielo silencioso cayeron trozos de traviesa, piedras y paletadas de tierra envueltos en una humareda que olía a madera quemada y azufre.

Ensordecido y ciego, boca abajo, inmóvil y todavía con las manos en la nuca, Martín respiraba y tosía polvo, inseguro de si seguía vivo o estaba muerto.

 

 

 

Contemplaba satisfecho el coronel Villa a los federales rendidos. Se hallaban de pie, sentados o tirados por el suelo, quejándose de sus heridas unos, agonizantes otros. Sucios y negros de pólvora todos. La mayoría, observó Martín, eran jóvenes y menudeaban los de aspecto campesino, entre ellos muchos con cara de indio: levas forzosas, carne de cañón alistada por los hacendados para quitarse de encima a los peones más levantiscos o menos útiles. Se agrupaban los que podían tenerse en pie a modo de rebaño roto, desmoralizado, mirando con recelo los rifles de los hoscos maderistas que los bolseaban para quitarles cuanto llevaban encima. Puestos aparte estaban los rurales, que eran cuatro o cinco, y otros tantos oficiales del ejército. Uno era un mayor de barba cerrada que llevaba un vendaje en torno a la cabeza. Tenía rota una manga de la guerrera azul y las manos costrudas de sangre coagulada y parda.

—Ese jijo de veinte es Santos Ahumada —dijo Villa—. El perro desgraciado que juró que me iba a colgar de un árbol con la lenguota fuera… El que hizo ahorcar en Ojo de Agua a mi compadre Melquíades López con ocho de sus hombres, después de arrancarles las plantas de los pies y hacerlos caminar todo un día por la sierra.

Sonreía vengativo, como un puma asomado a un corral de cabras. Martín, que estaba con Genovevo Garza y otros maderistas, lo vio echarse adelante el sombrero, sacudir el polvo de la ropa e ir despacio hasta el federal, que al verlo cerca procuró erguirse, aunque la pérdida de sangre parecía debilitarlo mucho. Se apoyaba con una mano en el hombro de un oficial mientras Villa le dirigía la palabra. Martín no alcanzaba a oír la conversación, pero las actitudes eran elocuentes: el revolucionario hablaba pausado y tranquilo, sin perder la media sonrisa que en su rostro era siniestra como un presagio, y respondía el federal con monosílabos y ademanes indiferentes, resignado de antemano a un destino sobre el que no se hacía ilusiones. Dio fin Villa a la conversación volviendo la espalda y anduvo unos pasos para alejarse; pero a medio camino pareció pensarlo mejor, porque dio bruscamente la vuelta y, regresando junto al prisionero, sacó el revólver y le voló la tapa de los sesos. Cayó el otro entre sus oficiales espantados. Con mucha sangre fría, Villa enfundó el arma humeante y volvió junto a Martín, Garza y los otros. No se le veía alterado en lo más mínimo.

—Afusílenme a los oficiales —ordenó—, y a los rurales ahórquenlos uno en cada farola, pa que los cuervos les coman los ojos.

Paseaba la mirada alrededor, satisfecho de cuanto veía: el fortín destruido, la ametralladora y el cañón en manos de sus hombres, los federales muertos y prisioneros, el suelo reluciente de cartuchos vacíos y las fachadas de las casas picadas de tiros. Ahora todo estaba en calma allí, bajo la humareda de la oficina postal, que seguía ardiendo. El tiroteo se desplazaba a otros lugares, donde continuaba el combate pero languidecía despacio. Ciudad Juárez estaba en manos de la revolución.

La sonrisa que Villa dirigió a Martín era muy distinta de la que había brindado, como una sentencia, al difunto Santos Ahumada. Ésta era amistosa y agradecida.

—Lo hizo derecho, amiguito. Lo vi con los prismáticos desde allí… Orita sí que tronaron sus chicharrones.

Martín no supo qué decir. Tenía las fosas nasales tapizadas de polvo y pólvora y estaba bajo los efectos de la borrachera del combate, aturdido como en mitad de un sueño raro. Sin embargo, el elogio del coronel le llenó de gozo el corazón. Instintivamente se llevó los dedos al pómulo derecho, que le escocía mucho, y los retiró con sangre.

—¿Golpe o bala? —preguntó Villa, solícito.

—No lo sé… Noté una quemadura cuando corría con el morral. Como si pasara rozándome un abejorro.

Rió Villa, palmeándole la espalda mientras guiñaba un ojo al mayor Garza.

—Puro plomazo, entonces. ¿Que no, mi Geno?

—Asina pues —asintió el otro.

—Y nomás le andó cerca.

—Pos cómo sería de así, mi coronel, que pensé que esos ojetes nos lo quebraban.

—Que le pongan algo ahí, ¿no?… Yodo, o sotol. Vaya a ser que se le infecte.

Martín vio que se acercaban tres hombres. Uno de ellos era el de cara de indio llamado Sarmiento. Venía siniestro y grave, como solía. Tal vez más que las otras veces. Villa se olvidó del joven español para prestar atención al recién llegado.

—Dime que no traes malas noticias, Sarmiento. Por tu agüela.

Había repentina ansiedad en su tono, cual si intuyese desastre en la expresión del otro. Asintió éste, confirmando temores.

—Se esfumó el oro, Pancho. Nos fregaron.

Desencajaba la cara el coronel.

—¿Estás de broma, indio cabrón?

—¿Tú me has visto tantearte alguna vez?

—Nunca.

—Pos eso.

Se quedó callado Villa, boqueando cual si le faltara el aire. Después se pasó los dedos por el bigote y miró alrededor. Apoyaba una mano en la culata del revólver, ceñudo, como si buscara alguien a quien pegarle otro tiro.

—¿Y la escolta?… Era gente de fiar, ¿no?

—Mucho. Pero los tronaron.

—¿A todos?

—Una emboscada en el camino del cerro chico… Seis hombres, seis muertos. Acribillados con rifles desde las rocas.

—¿Y el carro?

—Apareció media legua más lejos, vacío. Había huellas de caballos o mulas, pero se confundían con otras. El suelo es pedregoso y no ayuda.

—Uta.

—Sí.

—Manda una patrulla de indios yaquis. Los mejores rastreadores que tengamos.

—Lo hice. Ya veremos.

Seguía desconcertado Villa. Abría la boca para decir algo más, pero nunca llegaba a hacerlo. Agarró de repente al indio por un brazo, con insólita violencia, y se lo llevó aparte, alejándose unos pasos. Discutían sin que Martín ni Genovevo Garza alcanzasen ahora a escuchar sus palabras. De pronto, Sarmiento señaló a Martín. Lo hizo tres veces, sombrío y venenoso, y a Villa se le tensó más el rostro. Entonces vino hacia el joven, y su expresión había dejado de ser amable con él. Ahora lo miraba con desconfianza mientras interpelaba a Garza.

—¿Estuvo el gachupín todo el tiempo contigo?

—Ni tantito se despegó, mi coronel —repuso el otro—. Casi no le quité el ojo de encima.

—¿Crees tú que…?

Lo dejaba en el aire: acusación no formulada, pero obvia por la mano que volvía a apoyar en la culata del revólver. Negó de nuevo el mayor, convencido.

—Imposible —dijo.

—¿Seguro, compadre?

Los ojos honrados de Garza soportaban tranquilos el escrutinio. Asintió, firme.

—Como de mí mesmo.

Se aclaró al fin el rostro del otro. Suspiró hondo, reflexivo, y su mirada de nuevo franca al posarse en Martín era una disculpa.

—¿Tiene todavía esa moneda, amigo?… La que le di en el Banco de Chihuahua.

Metió Martín, confuso, dos dedos en un bolsillo del chaleco. El maximiliano brillaba al sol, bruñido y reluciente. Villa lo cogió, haciéndolo voltear en el aire. Después se lo guardó en la chaqueta, bajo las cananas casi vacías de cartuchos.

—Me la va a prestar tantito, si no tiene inconveniente. Ya se lo devolveré.

Asintió el joven. La moneda lo tenía sin cuidado. Seguía sintiéndose flotar en aquella aventura, donde todo parecía irreal excepto la mirada siniestra, peligrosa, que Sarmiento le dirigía a espaldas del coronel Villa.

 

 

 

Bajó por la escalera sintiéndose otro hombre, correctamente vestido y en las manos el sombrero recién cepillado, húmedo el pelo tras un largo baño caliente. Media hora inmóvil entre vapor de agua no sólo le había quitado la tierra y el sudor, la mugre acumulada en los últimos dos días, sino que lo había relajado de cuerpo y espíritu. Se sentía como el marino que pasado un temporal llega a puerto y desde allí se vuelve a considerar el viento, las olas y las crestas de espuma que dejó atrás.

Era extraño rememorar lo ocurrido, pensó. Estudiarse a sí mismo con una nueva lucidez fruto de la distancia, de la reflexión y de un cierto estupor. El joven que minutos antes, frente al espejo, se anudaba una corbata en torno al cuello limpio de una camisa no era el mismo al que creía recordar, o no del todo. Además de la herida en el pómulo derecho, algo había cambiado en él. Lo advertía en el rostro más flaco y quemado de sol, en las mejillas hundidas, en las pequeñas arrugas que antes no se apreciaban junto a los párpados. En la nueva expresión de los ojos castaños, más dura y opaca, velada por un barniz de fatiga. Marcada por escenas que ni había imaginado ver. Aquellos ojos, llegó a pensar al verlos en el espejo, habrían necesitado diez o veinte años de una vida, o tal vez una vida entera, para conocer lo que habían visto en menos de cuarenta y ocho horas. Y de ese modo, mientras deslizaba una mano por la barandilla de la escalera del hotel Monte Carlo, Martín Garret comprendió que nunca sería capaz de ver el mundo como antes de descubrir lo fácilmente que se rompía en pedazos. Aunque no lamentara ese descubrimiento, sino todo lo contrario. Su inteligencia, adiestrada en la técnica científica, deseaba ir más allá: descifrar la trama oculta que intuía, asombrado, en la revolución y la guerra.

Una guerra y una revolución victoriosa que habían llegado hasta el mismo hotel. Amedrentado, el personal observaba con inquietud a los insurgentes instalados en la planta baja. El recepcionista-conserje se atrincheraba tras el mostrador de la entrada, los camareros escurrían el bulto y el gerente había desaparecido. Los vencedores se enseñoreaban del salón de estar y la sala de juegos: greñudos, sucios, algunos todavía con las carrilleras de balas cruzándoles el pecho, ocupaban sillones y butacas, dormitaban en las alfombras y jugaban a las cartas sobre los tapetes ahora llenos de quemaduras de cigarros y manchas de comida. El ambiente estaba denso de humo, rumor de conversaciones, roce de huaraches y arrastrar de espuelas en el piso de madera. Las armas se apoyaban en las paredes, los muebles y la mesa de billar, y habían descolgado las cortinas a fin de hacer sudaderos para los caballos. Aun así, se guardaba la disciplina. Nadie bebía alcohol y el bar del hotel estaba cerrado, con un centinela recostado rifle en mano en el mostrador. Lo mismo ocurría en los otros hoteles de la ciudad, el Porfirio Díaz —al que era previsible le durase poco el nombre— y el México. El general Orozco y el coronel Villa seguían castigando la embriaguez con el pelotón de fusilamiento.

Genovevo Garza esperaba sentado en un sillón cerca de la entrada: parecía dormir, con la carabina en el suelo, estiradas las piernas y el sombrero sobre la cara. Iba Martín a reunirse con él cuando vio a Diana Palmer. La norteamericana acababa de llegar: llevaba el mismo vestido gris a cuadros y el bolso grande de cuero del día anterior, y estaba ante el mostrador de recepción intentando conseguir una habitación. Sudada, polvorienta, cansada, discutía con el recepcionista, que alegaba no tener nada libre.

—Pagaré lo que sea —insistía ella—. Necesito una cama y un baño caliente.

—Imposible, señora. Estamos completos. Es imposible.

Intervino Martín. Conocía bien al empleado, un mexicano pequeño, descuidado y venal. Desde que era cliente del Monte Carlo lo mantenía de su parte con generosas propinas.

—Estoy seguro de que puedes arreglarlo, Pablo —dijo.

Se encogía de hombros el otro, evasivo.

—Está muy difícil, señor Garret. Todo es una locura, medio personal no aparece —señaló con disimulo a los insurgentes—. Y esos caballeros no paran de pedir cosas de las que no dispongo.

Había pronunciado con renuencia la palabra caballeros, bajando la voz. Sonrió Martín.

—La señora es una famosa periodista y está avalada por don Francisco Madero en persona.

—Así es —dijo ella, sacando del bolso una hoja de papel doblada.

Leyó el recepcionista el documento. Después se tocó la cara, dubitativo.

—Quizá pueda arreglarlo en un par de horas.

Martín le estrechó la mano, deslizando discretamente en ella dos billetes de diez pesos.

—Antes de que se haga de noche, espero.

—Haré lo que pueda.

—Sé que lo harás, Pablo. No defraudemos a la señora.

Hizo el otro desaparecer el dinero con celeridad de prestidigitador.

—Siempre a su servicio, señor Garret.

Se volvió él hacia la mujer, que había presenciado divertida la operación. Lo miraba con fijeza, igual que la tarde y la noche anteriores. Evaluándolo, incluida la pequeña herida de la cara. La nota parecía ahora más alta.

—Se maneja bien aquí —dijo ella.

Miraba Martín hacia la calle.

—¿Dónde está su amigo?

—¿Qué amigo?

—El gringo. Ese tal Logan.

—Oh, no sé. Por ahí… No es mi amigo.

Lo dijo desenvuelta, casi indiferente. Señaló él la escalera que conducía al piso superior.

—Mientras consigue habitación, puedo ofrecerle la mía. Tal vez quiera asearse un poco y descansar.

—¿Habla en serio?

—Por supuesto.

—¿Qué le pasó en la cara?

Se tocó Martín la herida cubierta de tintura de yodo. La soldadera del mayor Garza le había dado un punto de sutura con aguja e hilo de coser.

—Nada importante.

—Cuentan que hizo no sé qué, y que lo hizo bien.

No respondió a eso. Diana Palmer le dirigía una mirada lenta. Pensativa.

—Realmente necesito un baño —dijo ella al fin—. Veo que usted ya lo tomó.

—Deberá disculparme. Hay una bañera en la habitación, pero todavía contiene el agua que utilicé. Haré que la cambien por agua limpia y caliente.

—Se lo agradezco mucho.

Había emitido un suspiro al decir eso. Hizo él un ademán hacia el bolso, pero ella se adelantó.

—No, deje… Puedo llevarlo yo misma.

Subieron la escalera y se detuvieron ante la habitación. Sacó Martín la llave, haciéndola girar en la cerradura.

—Permítame —dijo.

Permaneció ella en el umbral mientras él se aseguraba de que todo estuviera en orden. Extendió la colcha sobre la cama deshecha, dejó la ventana abierta y las toallas húmedas colgadas del toallero, junto a la jofaina de porcelana, el espejo y los útiles de aseo. Metió en el armario el cuello de camisa sucio que había olvidado sobre la cómoda, y tras un último vistazo se volvió hacia la mujer.

—Pase, por favor.

Obedeció moviéndose despacio mientras miraba alrededor tranquila, segura de sí. Estaba claro que no era la primera vez que se veía en una habitación ocupada por un hombre. Al hacerlo pasó cerca de Martín, casi rozándolo, y él advirtió su olor a tierra y a sudor, que en el cuerpo femenino adquiría una condición distinta a la de la gente entre la que se había movido en los últimos días. En este caso era un olor áspero, oscuro, quizá mixto y en cierto modo ambiguo; como si igual delatara suciedad que carne de mujer fatigada y, a pesar de eso —o tal vez por eso—, turbiamente atractiva. Nunca antes Martín había experimentado algo semejante. Sintió una extraña punzada de deseo: un impulso más bien vago, desconcertado y animal, y se ruborizó porque Diana Palmer parecía advertirlo y lo miraba con una curiosidad nueva. Con una seriedad súbita. Después ella desvió la vista hacia la bañera de zinc situada bajo la ventana, llena todavía de agua jabonosa y gris, y él se ruborizó un poco más.

—Voy a ordenar que la cambien —repitió—. Será cosa de un momento.

La mujer sonrió apenas: una leve mueca en el rostro anguloso y duro mientras dejaba su bolso en el suelo, junto al ruedo de la falda y las botas manchadas de polvo y barro seco. La claridad de la ventana abierta, en cuyos vidrios incidía la luz de la tarde, arrancaba otra vez reflejos pajizos, dorados, a sus ojos canela.

—Gracias —dijo.

Se había quitado las horquillas que sujetaban el cabello y éste le cayó sobre los hombros. Con aquel gesto parecía más joven, o al menos eso pensó Martín. Algo menos aplomada e invulnerable. Dejó él la llave sobre la cómoda, moviéndose hacia la puerta.

—No hay por qué darlas… Supongo que su habitación estará disponible pronto. Hasta entonces, considérese en la suya.

—Gracias —repitió ella.

Se miraba en el espejo y había empezado a desabotonarse el vestido, como si ya estuviera sola. Salió Martín al pasillo y cerró la puerta a su espalda.

 

 

 

La avenida 16 de Septiembre hormigueaba de maderistas. Hasta donde alcanzaba la vista había caballos, armas de todas clases, sombreros de ala corta y ancha, holgadas ropas blancas de campesinos, mezclilla azul desteñida de obreros y ferroviarios, chaquetas amarillas y pardas de rancheros. Aquella marea humana de aspecto mugriento y feroz descansaba contra los muros, conversaba con los vecinos que se atrevían a salir a la calle o curioseaba ante las puertas cerradas de comercios y cantinas.

Comprobó Martín que la disciplina seguía en vigor y el saqueo se mantenía en límites razonables: aparte el incendio de la oficina postal y la ferretería y armería Ketelsen & Degetau, sólo unas pocas tiendas de abarrotes habían sufrido el asalto de las ávidas soldaderas que llegaban tras la tropa con sus bultos y niños fajados a la espalda, que ahora disponían fogones y comales en la calle para alimentar a sus hombres. También la gran farmacia situada en la esquina con la avenida Juárez tenía rotos los cristales de las ventanas, la puerta desencajada, y de ella salían revolucionarios con paquetes de vendas, medicinas y frascos de yodo.

—Ahí los tiene, ingeniero —Genovevo Garza señalaba con el cañón de la carabina una larga fila de federales que caminaban bajo custodia de maderistas armados—. ¿Qué le parecen?… De cerca y con el espinazo roto, no se ven tan gallos como cuando nos echan bala.

—¿Qué harán con ellos?

—Ah, pos ya sabe. Los meros juanes, o sea, los pelones de tropa, pueden arrejuntársenos si se les antoja. Al fin y al cabo son puros desgraciados que sacaron de las cárceles o alistaron a la fuerza.

Miraba Martín, compasivo, a aquellos hombres pequeños de rostros aindiados y morenos, ojos opacos y bocas secas, ahumados de polvo y pólvora. Alguno cojeaba apoyado en los compañeros.

—¿Y los que no?

—Ah, güeno. Pos ya sabe también. A fin de cuentas, ellos y sus jefes nos roban a los pobres nuestros puercos y gallinas, nos queman las casas y se llevan a nuestras mujeres… No vamos a ir jalándolos, ni devolvérselos al gobierno pa que nos los eche encima otra vez, ¿no?

Cerca de la aduana central se encontraron con Tom Logan. El norteamericano estaba sentado a la sombra con otros maderistas, y al ver a Martín y al mayor se puso en pie y vino hacia ellos. Traía la escopeta en una mano y con la otra mordisqueaba un trozo de cecina.

—¿Saben lo del general Navarro? —preguntó.

No lo sabían, y mientras caminaban los puso al corriente. Se rumoreaba que el jefe de la guarnición se había rendido con sus últimos quinientos hombres poniendo condiciones, una de las cuales era que respetasen su vida y la de los jefes y oficiales que siguieran vivos. Por lo visto, don Francisco Madero había aceptado los términos, y eso enfurecía al general Orozco y al coronel Villa, que tenían cuentas pendientes con el militar que había hecho fusilar a sus hombres en Cerro Prieto.

—Ya veremos —dijo Genovevo Garza, cuyo rostro se había ensombrecido.

Miraba Logan a Martín con curiosidad.

—¿Vio a Diana, compañero?… La dejé en la puerta de su mismo hotel, me parece.

—Sí. Por allí andaba.

—¿Y sabe si consiguió alojamiento?

—Puede ser. Andaba en ello.

Masticó el otro un último trozo de cecina y se hurgó los dientes con una uña.

—Mujer interesante, ¿no cree?… Por lo visto fue ella quien pidió al New York Evening Journal que la mandara aquí. Y no es de las que se arrugan, desde luego. De ayer a hoy ha oído silbar unas cuantas balas.

—¿Y usted? —inquirió Martín.

—¿Yo? ¿Qué pasa conmigo?

—¿Qué hace un gringo en la revolución?

Ladeó Logan la cabeza, sorprendido.

—Lo mismo podría preguntarle… ¿Qué hace un español?

—Al señor ingeniero lo solicitamos nosotros —aclaró el mayor Garza—. Y se vino a puro pelo, sin protestar.

—No me diga.

—Uta. Sabe de dinamita más que los meros militares.

—Ah.

Seguían caminando. Garza le guiñó un ojo a Martín, señalando de soslayo al norteamericano.

—Este güero cabrón conoce bien las ametralladoras.

Sonrió Logan echándose la escopeta al hombro. Entre sus patillas rojizas, el ala del sombrero le agrisaba más los ojos metálicos.

—Me doy maña para repararlas cuando se averían. Manejé una Gatling en la guerra contra España.

Lo miró Martín con renovado interés.

—¿Estuvo en Cuba?

—En la isla de Puerto Rico, lomas de San Juan… Sus compatriotas se defendieron bien. Desde entonces respeto a los españoles.

Reía Genovevo Garza entre dientes, escuchando aquello.

—Pos aquí donde lo ve, que aún parece medio chamaco, el ingeniero es a respetar del todo —palmeó con afecto un hombro de Martín—. Se lo ganó a lo macho.

 

 

 

Frente a la aduana central había revuelo, zumbar de conversaciones y caras serias. Se agolpaba allí un gentío de insurgentes que miraban con expectación hacia el edificio, custodiado por la guardia personal de Francisco Madero. Unos cuantos codazos de Genovevo Garza les abrieron paso hasta la puerta cuando salía por ella el coronel Villa con algunos miembros de su estado mayor. Aún vestía de campaña, con las mitazas polvorientas, las espuelas resonando y la pistola al cinto. Caminaba a largas zancadas, traía el sombrero inclinado sobre los ojos y se manoseaba la cara con ademán sombrío. Parecía furioso. Al ver a Garza se paró delante.

—Quihubo, compadre… ¿Dónde andabas?

—Acompañando al ingeniero, mi coronel.

El revolucionario ni miró a Martín.

—Qué ingenieros ni qué la chingada. Aquí es donde me hacías falta.

—¿Qué es lo que pasa?

—¿Qué pasa? —al ver que se arremolinaban los hombres, Villa miró en torno y alzó la voz—: Pos que me faltan a la palabra. El general Navarro se va de rositas.

—¿Y cómo es eso?

—El señor Madero ha cambiado de idea. Prometió entregarme a ese criminal si tomábamos Juárez, y lo hemos tomado. Pero dice ora que es imposible. Quesque la humanidad y la clemencia.

—¿Y qué dice el general Orozco?… También él quería ajustárselas a Navarro.

—Se ha puesto de parte de Madero y de la punta de cuentachiles que lo rodea, que él llama su gabinete: los que se estaban rascando la tripa mientras nosotros nos agarrábamos a balazos… Y orita dicen que enfriar a ese jijo de veinte padres es impolítico.

—¿Impolítico?

—Con todas sus letras, las que tenga. Nos desairan, y a mí me lleva la tiznada.

Las últimas palabras despertaron la indignación de los villistas que estaban cerca. Recordaban a sus compañeros ejecutados por Navarro y palmeaban los rifles pidiendo ir a fusilar por las bravas al Tigre de Cerro Prieto. En la puerta de la aduana, los de la guardia maderista se ojeaban unos a otros con inquietud. Tanto creció el clamor que el mismo Villa alzó las manos para apaciguarlo.

—Tranquilícense, muchachos —dijo al fin, acallando a sus hombres—. Vayan con sus viejas, quienes las tengan. Coman y descansen, que bien se lo ganaron. Y compórtense. Todo se va a arreglar, lo prometo.

Se alejaron de la aduana. Iban juntos Villa, Garza y Martín, acompañados por Sarmiento y dos hombres más. Con parsimonia, escopeta al hombro, Tom Logan los seguía de lejos.

—Tenían que haber visto a esos huevones —se lamentaba Villa—. Gobierno del México democrático, dicen. Y ni un peón, ni un combatiente hay entre ellos: hacendados, abogados… Hasta un ministro de la Guerra que nunca jaló un gatillo.

—¿Y qué va a hacer, mi coronel? —inquirió Garza.

—He presentado mi renuncia. Me voy.

—¿Cómo que se va?

—Pos que se va —dijo Sarmiento, sombrío.

Asentía Villa.

—Lo que dice aquí, el indio. Que me voy a mi rancho de San Andrés.

—¿Así, por las buenas?

—Por las buenas no, por las malas. Pero cada araña por su hebra. Me dan diez mil pesos y la licencia.

—Ay, madre —Garza se rascaba el cogote, confuso—. ¿Y nosotros?

—Se suscriben, o prescriben, o como se diga, a la tropa de Raúl Madero, el hermano del presidente… Él es ora su jefe militar.

—¿Y si no queremos?

—Pos el que no quiera, a su casa y más amigos que puercos. Algo le darán también, que pa eso peleamos, ¿no?

—¿Y la revolución, mi coronel?

Se volvió a medias Villa, mirando hacia el edificio de la aduana.

—Según esos señores de ahí dentro, la revolución está hecha. Ya se imaginan en la capital. Según parece, con esto de Juárez al viejo Porfirio Díaz le queda un desayuno, y cambiarán las cosas. O eso dicen, aunque de cambios yo por ahora vea pocos.

Negaba Garza, abatido. Se había quitado el sombrero y la luz del sol parecía ahondarle la cicatriz de la cara. Miró con recelo al indio.

—¿Sarmiento también se queda?

—No, se viene conmigo. De escolta.

—¿Y yo qué hago, mi coronel?

Sonaba tan desvalido que Villa le dedicó una sonrisa de aliento.

—De aquí a nada harás lo que se te pegue la gana; pero de momento sigues cumpliendo órdenes. No podemos irnos todos.

—Pero oye, Pancho…

—¿Qué, compadre? No te me pongas funerario.

No escapaba a Martín el repentino tuteo ni el cambio de tratamiento, de graduación militar a nombre propio del jefe insurgente. Inclinaba la cabeza Genovevo Garza, huraño, mirándose las botas polvorientas. Cual si le costara decir lo que decía.

—Llevamos juntos un chingo de tiempo, desde que nos echábamos rurales en Sierra Azul, ¿no?

—Así es, mi Geno.

—Antes de meternos en la bola. Cuando nomás nos llamaban puros bandidos.

—Es verdá… ¿Y qué hay con eso?

No dijo más el mayor. Seguía mirándose las botas, dolido. Villa le pasó un brazo sobre los hombros, estrechándolo con fuerza. Don Francisco Madero, aseguró, era un hombre honrado. Aunque no supiera ver ciertas cosas.

—Demasiado güena persona —concluyó—. ¿Comprendes, hermano? Si yo me voy, tampoco es cosa de dejarlo solo en manos de Orozco y los otros cuervos, ¿no?… De ese titipuchal de muertos de hambre. Hay que mantenerle gente güena, de confianza. Gente revolucionaria y probada como tú.

—Pero te llevas a Sarmiento.

—Eso es porque confío más en ti que en este apache ojete, que sin mí se descarría y mata a quien no debe. Si lo tengo cerca, lo vigilo mejor —le dedicó al aludido una sonrisa sombría—. Además, tenemos un asunto pendiente él y yo.

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