Revolución
3. El oro del coronel Villa
Página 6 de 30
Como si sus propias palabras le hubieran recordado a Martín, fijó Villa la atención en el joven. Lo miraba de arriba abajo y su sonrisa se había vuelto sardónica.
—Por cierto, señor gachupín. Lo veo repeinado y limpio, pero de plano que va a ensuciarse otra vez.
Se sorprendió Martín.
—¿A qué se refiere, coronel?
—¿La revolución sigue contando con usté?
—Pues no sé —titubeó, confuso—. El mayor Garza… Bueno. Si él se queda…
—Pos entonces usté nomás se queda, ¿no?
—Sí, de momento. O eso creo.
Soltó Villa una carcajada. El antiguo bandolero siempre reía así, confirmó Martín. Sonoro, vital. Excesivo como casi todo en él: su cólera y sus buenos humores.
—Órale, mi Geno. Siempre juntitos, ¿no? —le guiñó un ojo a Martín—. Más vale no poner celosa a su Maclovia, que a la mala es una pantera.
Media sonrisa aclaró el rostro de Genovevo Garza. Sacudía bonachón la cabeza, volviendo al tratamiento y al usted.
—No me tantee, mi coronel.
Martín seguía pendiente de Villa.
—¿De qué se trata lo de ensuciarme? —quiso saber.
Se encogió el otro de hombros, señalando hacia el sur.
—Dizque los federales preparan su contrataque. Por lo que cuentan los telegrafistas, un tren viene a Juárez con tropas frescas. Y en un lugar llamado barranca del Fraile se les puede perjudicar.
—Conozco el sitio —dijo Garza—. Un puente de ferrocarril sobre una quebrada honda, a ocho leguas de aquí.
—Eso mesmo, sí… Y al gachupín le van a pedir que se lo tumbe.
Se detuvo Villa de pronto, y dio con un dedo en el pecho de Martín, a la altura del corazón.
—Pero aprevéngase, amigo —añadió—. Si lo agarran los pelones antes que esto acabe, se lo cobran gacho.
—Intentaré que no me agarren.
—Más vale. Aluego le darán sus instrucciones. Pero oiga, dígame una pregunta. ¿Por qué se metió en esto?… Su mercé es más de los de arriba que de los de abajo.
Dudó Martín. Seguía sin serle fácil responder a eso. Ni siquiera para sí mismo.
—Pues no sé —dijo al fin—. Como le dije ayer, las minas donde trabajo están cerradas.
—¿Y aquella curiosidad de la que me platicó?
—Alguna sigue habiendo.
Hizo Villa ademán de continuar camino, pero Martín permaneció quieto. Seguía buscando respuestas.
—También, a veces —añadió—, los de abajo me caen mejor que los de arriba.
—¿Sólo a veces?
—A menudo.
Aprobó Villa, complacido.
—Ahí lo dijo derecho, amiguito.
—Gracias.
El coronel había colgado los pulgares en el cinto de la pistola y lo observaba, atento.
—O sea y resumiendo, que le gusta esto… Andar en la bola.
—Sí —admitió el joven casi con candidez—. Creo que me gusta.
—Cuando uno pelea por una causa, por el pueblo, se siente entero, ¿no?… Más hombre.
—Podría ser.
—Y como español, ¿qué le parecemos los de aquí? ¿Sabemos morir?
Lo pensó Martín un momento.
—Maltratar a un mexicano no es una injusticia —concluyó—. Es un peligro.
—Ta güeno eso.
—Saben pelear, y son al mismo tiempo crueles y tiernos.
Soltó Villa una risotada.
—¿Tiernos, dice? Híjole… Eso suena a puros amujerados —miró a Garza, guasón—. Te digo lo de antes, mi Geno… Vigila las nalgas cuando duermas, por si te dan tu agua.
Martín seguía mirando al coronel. Por alguna insólita razón, se sentía más seguro que antes. Atrevido, incluso. Y quizás insolente.
—¿Me permite a mí una pregunta, coronel?
—Claro… Ándele.
—¿Sabe algo más del cargamento desaparecido?
A Villa le cambió la expresión. Se empequeñecieron, desconfiados, sus ojos color café.
—¿Y qué le va a usté en eso?
—Nada en realidad. Pero también por ese oro siento curiosidad. En cierto modo ayudé a conseguirlo.
—De curiosos están llenos los panteones —intervino Sarmiento.
Lo había apuntado en voz baja, entre dientes. Miró Martín el rostro impasible del indio. Nada podía leerse en él, lo que inquietaba más que un gesto o una amenaza explícitos. Por su parte, tras el relámpago de recelo, Villa parecía relajarse.
—No sé nada —dijo con calma—. Pero en tantito sepa, a más de uno lo quiebro. Y a más de dos.
Dio la vuelta como para seguir andando, y de pronto se palpó un bolsillo.
—No olvido que le debo una moneda de oro, señor español… Ésta no se va a perder como se perdió el resto. Así que procure seguir vivo pa recuperarla, si nos vemos.
—Y si no se muere antes —apuntó Sarmiento.
Volvió a reír Villa, sonoro y brutal.
—Ah, claro… Es así, al chile. Si aquí el amiguito no se muere antes.