Revolución

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4. La barranca del Fraile

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4. La barranca del Fraile

 

 

 

 

 

Hacía frío. Bajo las estrellas que recortaban las siluetas de los edificios, las fogatas salpicaban la noche de resplandores rojizos. Había muchas, y se prolongaban desde la misión de Guadalupe hasta la aduana, e incluso más allá. Toda la avenida 16 de Septiembre era un inmenso vivac donde acampaban las tropas maderistas. Iban a ser las once y aún olía el aire a humo de leña, a frijoles fritos, a carne asada y café de olla. Había centenares de bultos humanos durmiendo arrimados a los porches y las fachadas, inmóviles en torno a los fuegos o moviéndose despacio entre ellos. Casi todo aquel ejército de sombras se mantenía en un silencio que sólo desmentían algún rumor de conversaciones, relinchos de caballos amarrados y la canción que una lejana voz masculina, a la que de vez en cuando se sumaba el coro de otras, desgranaba en la oscuridad:

 

Tanto mestuvo rogando

hasta que me sacó un rial.

¡Ay, qué mujeres ingratas,

no saben considerar!

 

Con una manta sobre los hombros, Martín Garret contemplaba aquello desde la puerta del hotel Monte Carlo, respirando el aroma de la aventura que de modo tan singular le removía el corazón y la cabeza. Sensaciones y sentimientos se entrecruzaban en desorden, impidiéndole conciliar el sueño. Por eso, pese a la fatiga de la jornada —de las dos jornadas transcurridas y de lo que iba a deparar la próxima—, el joven permanecía inmóvil recostado en una columna del porche, atento a tan extraña noche. Pensaba en su momento ambiguo y su futuro incierto, y lo sorprendía la ausencia de inquietud o miedo. En las últimas cuarenta horas, su vida discurría por un paisaje de límites imposibles: geografía mental que, en lugar de preocupar, estimulaba. Había leído historias parecidas en novelas y libros de viajes, pero jamás imaginó vivirlas en persona. Ahora se sentía flotar en el tiempo y el espacio, en un lugar donde pasado y futuro carecían de sentido; dejaban de tener importancia, sustituidos por esa rara serenidad semejante a una droga tranquila. Tal vez sea éste mi verdadero carácter, concluía asombrado. Mi vocación. Vivir suspendido en la aventura de un prolongado presente. Y no lo supe hasta hoy.

Sintió olor a humo de tabaco de buena calidad, roce de ropas a su espalda y crujir de botas sobre las tablas del porche, y al volverse a medias reconoció a Diana Palmer. La norteamericana se detuvo a su lado, y en la penumbra advirtió Martín que llevaba el cabello suelto y se cubría con una toquilla de lana. La brasa de un cigarro brillaba tenue entre sus dedos.

—Qué insólita ciudad —murmuró ella.

No parecía dirigirse al joven, sino hablar para sí misma. Y Martín no dijo nada. Permanecieron un momento callados uno junto al otro, contemplando los puntos rojos de las fogatas.

—¿Qué tal su habitación? —dijo él por fin.

—Oh, muy bien. Más pequeña que la suya, pero suficiente. Su amigo Pablo cumplió de sobra.

Volvió el silencio entre ambos. Lejana, la canción se apagaba con un último compás de guitarra.

—¿A qué hora salen para el sur?

Casi se sobresaltó Martín.

—¿Quiénes?

—No se haga el tonto… Usted y los que van a encargarse del tren federal.

Volvió a mirarla. Ahora con desconfianza.

—¿Qué sabe de eso?

—Lo suficiente. Saberlo forma parte de mi trabajo. Y he pedido acompañarlos.

—No creo que la autoricen. Aquello es…

—No esté tan seguro —lo interrumpió, áspera—. Se lo solicité esta tarde al señor Madero, y dijo que tal vez.

Lo pensó Martín. Qué más da, concluyó.

—Nos iremos temprano, al alba.

—Tom Logan está encargado de avisarme, si la autorización llega a tiempo.

—¿Y si no?

—Pues me quedaré aquí, haciendo otras cosas. No me falta materia.

—¿Ya envió una crónica a su periódico?

—Sí, esta tarde, desde El Paso: Los revolucionarios toman Juárez.

Se avivó la brasa del cigarro cuando ella lo llevó a los labios. Y no me agradan las mujeres que fuman, pensó Martín. Ninguna auténtica señora lo hace. Es más propio de aventureras y mujerzuelas, o así lo creí siempre.

—¿No fuma usted? —preguntó ella, como si penetrase sus pensamientos.

—No me gusta.

—Hace bien. Conservará los dientes blancos y bonitos.

Por un instante, con desagrado, imaginó besarla y sentir el sabor del tabaco. La penumbra velaba el rostro de Diana Palmer, pero Martín recordó su boca atractiva, dura aunque sugerente, o quizá sugerente justo por eso. Por su dureza. Aquella ambigua sequedad, tan diferente a las mujeres a las que antes había conocido.

Volvió a avivarse la brasa en el rostro de la norteamericana.

—¿Puedo llamarlo Martín?

—Por favor.

—¿No siente sueño, Martín? Mañana puede tener otro día duro.

—No —negaba con la cabeza como un muchacho que ignorase demasiadas respuestas—. Es todo tan…

—¿Raro?

La contempló, vagamente sorprendido.

—¿También para usted?

—Escribo en periódicos desde hace tiempo, he viajado y hecho cosas, algunas muy excitantes. Pero ésta es mi primera guerra.

—Y la mía —confesó él.

—Pues según cuentan, se ha desenvuelto como si hubiera hecho otras. Esa herida en la cara…

No respondió Martín a eso. Miraba los fuegos que punteaban la noche. Tras un momento, la mujer habló de nuevo.

—No se parece a las novelas —dijo—, ni a la música militar, ni a los monumentos que hay en las plazas, ¿verdad?

Volvió él a negar con la cabeza.

—En absoluto.

—¿Y qué es lo que más impresiona?… Lo primero que le vendrá a la memoria cuando haya pasado el tiempo. ¿Los muertos y la sangre?

—¿Ése es su caso?

—Tal vez lo sea. ¿Y el suyo?

Lo pensó un momento.

—El zumbido de moscas y el olor —decidió—. Esa mezcla de suciedad y cosas quemadas —se tocaba la nariz y la ropa—. Permanece aquí y da la impresión de que no se borrará nunca.

—Sí, es verdad.

Unos jinetes pasaron ante el hotel, callados, con sólo el rumor de los cascos de sus cabalgaduras. El contraluz de las fogatas y el cielo estrellado recortaban sus grandes sombreros y los largos cañones de los rifles.

—¿Qué opina de ellos? —quiso saber Diana Palmer.

Asintió Martín. Era fácil responder a eso.

—Ingenuos y valientes, diría… Conmueven hasta en su ferocidad.

Le pareció que ella suspiraba, aunque no supo por qué. La brasa del cigarro había vuelto a avivarse en la penumbra.

—¿Cree que lo conseguirán? Ser libres, al fin.

—No puedo adivinar el futuro —respondió él—, pero lo merecen.

—He conversado con sus jefes: Madero y los otros. Tienen buenas palabras e intenciones, pero no estoy segura de que sus objetivos y los del pueblo al que dicen representar sean idénticos —se detuvo cual si buscara argumentos—. Usted ha leído algo de historia, creo.

—No mucho. Soy más bien de libros técnicos y novelas fáciles: Dumas, Julio Verne, Blasco Ibáñez… Cosas así.

—¿Y esa Anábasis que vi en su habitación? ¿También le gustan los clásicos griegos? ¿Jenofonte?

—No sé —admitió él—. Empiezo a leerlo ahora.

—¿Por qué ese libro?

—Simple casualidad. Estaba en las oficinas de la mina donde trabajo.

La oyó reír suavemente.

—Thalassa, thalassa… Es una buena historia: diez mil mercenarios griegos rodeados de enemigos, buscando el mar para volver a casa.

—Todavía no he llegado a ese capítulo.

—Llegará. Todos llegamos, tarde o temprano.

De mutuo y tácito acuerdo, habían empezado a caminar. Se apartaron del hotel y anduvieron calle adelante, hacia la aduana. Al pasar junto a las fogatas los iluminaba su resplandor rojizo. Hombres y mujeres sentados alzaban el rostro para mirarlos con curiosidad.

—La historia de la humanidad abunda en conmociones parecidas a ésta —decía Diana Palmer—. La Revolución Francesa, las independencias americanas, la Comuna de París, los disturbios políticos en España… Tragedias heroicas que acaban en vodeviles grotescos, beneficiando a los de siempre. Pocos revolucionarios siguen siéndolo cuando alcanzan el poder.

—Tal vez aquí sea distinto —objetó Martín—. Madero parece un hombre honrado. Y México…

Se quedó ahí, dubitativo, y retomó ella el argumento.

—¿Demasiada injusticia y hambre acumulada, demasiada desesperación?

Hizo el joven un ademán sencillo, de evidencia.

—Va a ser difícil que esta gente se resigne a lo de antes.

Volvió a reír la norteamericana. Más fuerte ahora. Más irónica.

—No me diga que tiene ideas socialistas.

—Oh, no, para nada —se apresuró en responder—. Pertenezco a un ambiente que detesta el socialismo.

—¿A los de arriba, como dicen aquí?

—A los de en medio, pero viniendo de abajo.

—Vaya… ¿De dónde sale, entonces, esa fe suya?

—No sé. En todo caso sería una fe nueva, reciente. Nunca me lo planteé hasta ahora.

Se detuvo un momento, pensándolo de verdad. Concentrado en la idea.

—No —dijo al fin, con ingenua rotundidad.

—¿A qué se refiere?

—A que no se trata de fe en nada… Los aprecio. Me siento bien entre ellos.

—¿Se ha vuelto un revolucionario puramente práctico? —la mujer parecía divertirse con la charla—. ¿Un hombre de instintos y acción, como Logan?

La comparación desagradó a Martín.

—Tampoco —repuso con súbita frialdad—. Estoy lejos de eso. Me he enamorado de esta revolución y su gente, que es distinto.

—¿Enamorado?

Lo pensó él un poco más.

—Eso creo —confirmó.

Emitiendo otra risa queda, Diana Palmer dejó caer el cigarro al suelo y lo aplastó con la suela de la bota.

—Vaya —sonaba irónico en su boca—. Hace pocos días estaba usted en sus minas, supongo… ¿Se enamora con facilidad?

 

 

 

Los llamaron desde una fogata. Genovevo Garza estaba sentado con su soldadera Maclovia Ángeles y otros hombres y mujeres, puestos fusiles y carabinas en pabellón. Los revolucionarios les hicieron hueco junto al fuego. Algunos preparaban bombas de mano con perillas de cama y tubos llenos de clavos, tuercas y pólvora. Martín les había enseñado a hacerlo y estaban encantados.

—Quihúbole, ingeniero. Debería estar durmiendo, ¿no?… Salimos temprano, con los gallos.

—Ahora iré.

—Tiene que cuidarse, hombre. Lo necesitamos muy entero.

Martín no las tenía todas consigo.

—¿Iremos a caballo?… No soy bueno en eso.

—No se preocupe, que tendremos un tren: una locomotora y dos vagones pa la tropa y el material.

Indicó el joven a Diana Palmer.

—Creo que la señora también viene. O eso ha pedido, al menos.

—Pos si le dan permiso, no hay problema… ¿Ya cenaron? ¿Un cafecito?

Les pasaron dos tazas desparejas, desportilladas. Martín bebió de la suya. Aromático y fuerte. Quemaba.

—Es bueno.

—Del mejor, marca La Negrita. Y recién molido. Se lo incautó mi Maclovia en la tienda de abarrotes que está allá abajo, la que llaman del turco Hassán.

—Creía que estaba prohibido el saqueo —dijo Diana Palmer.

—Quesque no es saquear, mi doña —Garza sonreía, incómodo—. Los revolucionarios tenemos que alimentarnos pa seguir peleando… Fíjese que pa lo otro aquí nos tiene, al raso, pudiendo entrarle a las casas y dormir bajo techo. Pero se trata de respetar a la gente, ¿que no?

La norteamericana observaba el rostro impenetrable de Maclovia.

—Traen muchas mujeres con ustedes… ¿También ellas combaten?

—Pos si hace falta, más sí que no; porque muchas saben sorrajar plomazos como cualquier cristiano. Pero de momento no hace. Ya nos ocupamos nosotros.

Ajena a la conversación, como si no fuera con ella, Maclovia recogía las tazas vacías y echaba más café en ellas, pasándoselas a los otros hombres sentados en torno a la fogata. Advirtió Martín que la soldadera se había quitado dos carrilleras de balas que le cruzaban el pecho sobre la blusa blanca y sucia, pero conservaba al cinto la pistola. Las brasas del fuego iluminaban su perfil norteño duro y chato, la gruesa y grasienta trenza negra a la espalda.

—No crean que lo de nuestras viejas es fácil —prosiguió Garza—. Tienen que asegurar que tengamos comida, lavarnos y zurcirnos la ropa, cargar con nuestro parque y armas, y todo eso. Algunas traen a los chamacos, pa acabarla de amolar. Como mulas vienen algunas pobres.

—¿Los siguen todo el tiempo?

—¿Qué, si no?… Naide atiende a un hombre mejor que su hembra. Por eso semos bien suertudos los que tenemos una. Tendría que haberlas visto hoy cuando entraron detrás de nosotros, con sus carabinas y pistolas algunas, metiendo el hocico por todos lados en busca de qué echarse al costal. Dispuestas a partirse la madre con quien se les pusiera rejego.

Había pasado el mayor un brazo sobre los hombros de Maclovia, estrechándola con afecto. Ella permanecía indiferente, atenta al fuego y la olla del café.

—¿También los federales traen a sus mujeres? —quiso saber Martín.

—Muchos traen, aunque entre ayer y hoy, como les hemos dado hasta por debajo de la lengua, más de una y de cuatro quedaron viudas, ¿no?… Ya andan por ahí, emparejándose con los nuestros. Buscando quien las jale y las proteja.

—¿Tan fácilmente cambian de bando? —se sorprendió la norteamericana.

—No tienen bando, mi doña. Federal o revolucionario, un hombre es un hombre. Pero mejor con nosotros que con ellos —Garza acariciaba la espalda de la soldadera—. ¿O no, mi reina?

Maclovia Ángeles no le parecía a Martín una reina. Por su expresión, a Diana Palmer tampoco.

—¿Ella no tiene bando? —inquirió.

—Ah, qué usté. Aquí mi prieta es otra cosa, oiga. Tiene motivos.

—¿Y pueden saberse esos motivos?

—Diles, Maclovia. Órale.

Alzó la vista la soldadera y miró a Martín. Después, con desgana, sus ojos grandes y oscuros se posaron en la periodista. La medían recelosos, calculando si aquella extranjera sería capaz de comprender lo que iba a decir.

—Vivía tranquila por el rumbo de Casas Grandes —dijo al fin—. Un par de vacas, un hombre y dos hijos… Y un día llegaron los rurales del gobierno.

Tenía una voz ronca, casi masculina, volvió a comprobar Martín. Quemada, imaginó, de alcohol, tabaco y antiguos sollozos. También de más recientes gritos de odio. La soldadera se había detenido para recoger las tazas de café. Las puso juntas y se secó despacio las manos en la larga y amplia falda.

—Cuando se fueron —concluyó—, ya no tenía hombre, ni hijos, ni vacas, ni nada.

Siguió un silencio. Movía la cabeza Genovevo Garza, afirmativo. Orgulloso.

—Después que la conocí, la ayudé a cobrárselo. Yo andaba ya en la bola con Pancho Villa y le tenía puesto el ojo al sargento de rurales que se lo hizo… Epigmenio Fuentes se llamaba el jijo de la chingada. Así que una noche, con mucho sigilo, le caímos a la puerta de una cantina y nos lo llevamos de paseo.

—¿Estaba ella presente? —se interesó Diana Palmer.

—Pos claro que estaba —Garza señaló a Maclovia con el pulgar—. Fue quien jaló de la reata cuando colgamos a ese perro de un huizache bien alto. A lo macho… ¿No es verdá, mi chula?

Se levantó la soldadera, y cogió un cántaro.

—Voy por agua.

La vieron perderse en la oscuridad, entre el resplandor de las fogatas. La norteamericana se volvió hacia Garza.

—¿Piensan tener hijos?

Se encogió de hombros el revolucionario.

—¿Pa qué traer criaturas inocentes a este mundo, donde falta pan y sobran balas?… Cuando la revolución termine y cada quien tenga su ranchito y su milpa, ya veremos.

—¿Y si usted muere antes de que todo acabe?

Miraba Garza hacia la oscuridad donde había desaparecido Maclovia. De pronto soltó una carcajada seca, brutal, desprovista de humor y de esperanza.

—Ah, pos entonces ya no será mi problema, ¿no?… Ella verá. Ustedes las mujeres siempre tienen con qué.

 

 

 

El alba los encontró a bordo del tren, que corría entre los cerros recortados en un horizonte que pasaba despacio del negro al violeta, bajo un cielo donde aún se resistían las estrellas. A oscuras, mecidos por el traqueteo del convoy —locomotora y dos vagones de mercancías, uno abierto y otro cerrado—, los hombres flacos y requemados, con armas entre las piernas o colgadas cerca, dormitaban en espera de su destino. Entre una veintena de ellos, en el vagón abierto contiguo al ténder, Martín observaba el lento romper del día. El aire nocturno, hendido por la velocidad, era muy frío. Llevaba el joven ingeniero la manta sobre los hombros, convertida en sarape mediante una abertura en el centro, y entornaba los ojos para evitar las partículas de carbonilla que traía el humo acre. En las curvas podía ver la noche en retroceso ante la forma oscura de la locomotora, de cuya caldera saltaban chispazos cuando se abría el portillo para palear carbón. Desde que el tren salió de Juárez, el mayor Garza permanecía allí pistola al cinto, carabina en una mano y jarra de café en la otra, vigilando al fogonero y al maquinista. Atento a que no hubiera malas jugadas.

—Ya debe de faltar poco para el Fraile —dijo Tom Logan.

Se hallaba junto a Martín, apoyado en un costado del primer vagón. Con el hueco de la mano protegía un cigarro de mariguana para evitar que el aire se llevara la brasa o lo consumiese demasiado pronto.

—Espero —añadió— que los federales no lleguen antes que nosotros.

—Eso lo sabremos en seguida —respondió Martín.

—Me gustará verte colocar tu dinamita. Todavía no te he visto volar nada, héroe… The show must go on, decimos allí arriba. A ver si eres tan virtuoso como dicen.

Lo tuteaba ahora al hablar en español, sin que Martín le hubiera dado pie a ello. Miró éste el bulto oscuro de Diana Palmer, cubierta con una manta y dormida a sus pies entre los fardos de equipo. El permiso para que la periodista estuviese allí, firmado por Francisco Madero, incluía a Logan como escolta.

—¿De verdad estuvo usted en las lomas de San Juan?

Recalcó el usted, pero el otro, indiferente, persistió en el tuteo. Sin embargo, advertía Martín, su hablar era el de alguien con cierta educación. No un simple hombre rudo de frontera.

—Pues claro, ya te dije… Estuve en el segundo ataque, cuando aquel payaso fanfarrón de Roosevelt nos lanzó colina arriba, diciendo que era pan comido y que por la noche estaríamos en San Juan. Pero nuestros Springfield eran menos eficaces que los Máuser españoles, y tus compatriotas nos dieron bien… Luchaban como tigres, pegados al terreno.

Se quedó callado. Una tenue claridad dibujaba ahora su perfil sobre los cerros negros del horizonte. Inclinó el rostro, contemplando a la mujer dormida en su nido de sombras.

—Después de la guerra dejé el ejército y estuve una temporada con los rangers de Texas —añadió tras un momento—. Pero hubo algún problemilla y tuve que irme.

—¿Problemilla?

Reía Logan entre dientes.

—Es más elegante llamarlo así, compañero.

—Ah, ya… Comprendo.

—Después trabajé un poco por todas partes, hasta que me enteré de que aquí se cocía algo grande. Así que, probando suerte, crucé el río y, como dicen los mexicanos, entré en la bola… Al principio estuve en Baja California con unos cuantos amigos, buscándome la vida con Stanley Williams y los insurrectos de Leyva. Gente más bien rara.

—Mercenarios —interpretó Martín.

Rió el otro de nuevo.

—Bueno, hay muchas maneras de decirlo: aventureros, voluntarios, soldados de fortuna… Filibusteros es el mal nombre que aquí nos daban. De todas formas acabó por no gustarme aquella historia, que olía demasiado a socialismo. Así que me vine con Madero. Peleé en Casas Grandes, donde los porfiristas nos dieron un buen jarabe, y en la estación Bauche… Mi experiencia con ametralladoras sirvió para que me consideraran un poco más. Reparé un par de ellas capturadas a los federales, y todo eso. Tampoco las manejo mal. Así que, bueno. Aquí me tienes.

Se quedó en silencio, dio una chupada al cigarro y volvió a protegerlo en el hueco de la mano.

—Como se decía antes —añadió de pronto—, vivo de mi espada.

—¿Naciste en los Estados Unidos?

—En Irlanda. Un lugar llamado Moneygall, del que nada recuerdo… Me trajeron a América siendo muy pequeño.

Seguía el tren su marcha y el vagón se estremecía monótono, traqueteando sobre los raíles. La franja de claridad del horizonte era mayor y velaba las estrellas bajas, pasando del gris azulado al naranja pálido. Ahora podían distinguirse bien la locomotora, el vagón de cola y los revolucionarios acurrucados entre los fardos y el equipo del vagón abierto, embozados con sus sarapes y grandes sombreros.

—¿Y cómo fue lo de ella? —Martín señaló a la mujer dormida, resignándose al tuteo—. Tu paso de ametrallador a escolta de una periodista yanqui.

—Oh, eso… Pues casualidad, como todo en esta vida. Pero ya ves: Diana y yo nos llevamos de maravilla. Va a sacarme en sus artículos, dice.

—Parece que sabe desenvolverse.

—Hace hoy cuatro días apareció en el cuartel general provista de cartas de recomendación, con ese aire de reina viajera que tiene. Y el enano, que es un coqueto, se dejó tambear.

—¿El enano?

—Madero, carajo. El jefe. Y como el único estadounidense que andaba cerca era yo, me encargó escoltarla. Tiene gracia, ¿no?… Todos dan por sentado que, como somos compatriotas y ella es mujer, voy a comportarme como un caballero.

—¿Y te comportas?

—¿Me qué, dices?

—Como un caballero.

—Ah, eso —Logan lo pensó un momento—. La caballerosidad es algo relativo, compañero… Para más detalles, pregúntale a ella cuando se despierte.

Miró Martín a la norteamericana dormida.

—No es normal ver a una mujer aquí. Una extranjera, quiero decir.

—Pues con ésta todo acaba pareciéndote normal. Está muy bregada, hecha a viajar y a arreglárselas sola. La señora Palmer, te lo aseguro, no salió ayer de un colegio de monjas.

—De todas formas hay que ser valiente, ¿no? —dudó Martín—. Ella se expone a…

Lo dejó ahí, sin acabar de referirse a qué. Imaginar ciertas posibilidades lo hacía sentirse turbado. Muy incómodo.

—Oh, sí —acordó Logan, convencido—. Se expone a eso y a mucho más.

Estuvo después callado, cual si considerase sus propias palabras, y al cabo dejó salir otra risa ácida que a Martín le sonó desagradable.

—Y no está mal, ¿verdad?… Seca y larguirucha, pero no está nada mal. No me importaría ser algo de eso a lo que ella se expone.

 

 

 

Abrió la tapa del explosor —era un Siemens-Halske en bastante buen estado, capturado el día anterior a las tropas federales—, conectó los cables a los bornes e hizo girar la llave para dar cuerda al mecanismo, procurando no sacarla antes de tiempo. Al extremo de los trescientos metros de hilo telefónico que bajaban hacia el cauce seco de la barranca, cuatro cargas de dinamita minaban los pilares centrales del puente del Fraile.

—Todo a punto —dijo.

Se había quitado el sombrero para secarse con una manga el sudor de la frente. Eran las diez de la mañana y el sol estaba alto en un cielo desteñido y sin nubes, castigando a los hombres que se frotaban las manos con tierra para que no resbalaran de sudor las carabinas; reduciendo cada vez más la poca sombra que brindaban algunos mezquites altos entre los que revoloteaban las urracas.

—A ver si tenemos suerte —apuntó Genovevo Garza.

Estaba de rodillas, observando con mucha atención el puente de hierro y madera y la sección de vía férrea que quedaba a la vista. Medio kilómetro a su espalda, el tren en el que habían venido desde Juárez permanecía oculto en la curva de una colina.

—Ya se oye —añadió tras un momento.

También Martín lo oía: un resoplido y un traqueteo aún distantes al otro lado de la barranca, aproximándose entre los cerros sobre los que empezaba a ser visible un penacho de humo negro.

—Espere tantito hasta que estén encima —repitió el mayor Garza por enésima vez—. Y entonces los manda a chingar a su madre.

Diana Palmer estaba un poco más allá, escondida en una nopalera. Tenía el cabello recogido con un pañuelo anudado en la nuca. El sudor le corría por el perfil de la cara sucia de hollín y tierra, y le mojaba, oscureciéndolo bajo los brazos, el vestido de cuadros grises. La norteamericana entreabría la boca como si le costara respirar el aire caliente, crispada en una mueca tensa de expectación y quizá de avidez, ajena a cuanto no fuese el puente y la vía. Se había incorporado para echar un vistazo, y Martín vio que Tom Logan, que se hallaba detrás, le ponía una mano en un hombro para hacerla agacharse de nuevo.

—Ahí asoman esos culeros —murmuró Garza.

El tren había aparecido tras el cerro más cercano, a doscientos metros del puente: un vagón descubierto delante, con tropas, precedía a la locomotora grande y negra que arrastraba otros cuatro. Garza se tumbó sobre un costado y le dio con el codo a Martín.

—Orita es suyo, ingeniero.

Miró éste el explosor, la llave a tope de vueltas con el resorte retenido por el seguro. Después de secarse las manos en la ropa, extrajo con cuidado la llave del mecanismo de cuerda para introducirla en el de activado. Bastaba ahora un cuarto de vuelta a la derecha para que la dinamo hiciese saltar la chispa que, inducida por el cable telefónico, haría estallar las cargas. Calculó distancia y velocidad del convoy, pendiente del momento exacto. En menos de un minuto, como decía Genovevo Garza, todo a la tiznada. Dos pájaros de un tiro, o más bien tres: puente, tren y federales.

—Uta —exclamó Garza, sorprendido—. Se paran.

Era cierto. Vio Martín que el tren aflojaba la marcha hasta detenerse a unos treinta metros del puente, inmóvil como un monstruo receloso cuyo único signo de vida fuese el humo de la locomotora que ascendía vertical al cielo. De pronto, el silbato emitió dos toques agudos, chirriantes, y de los costados del convoy surgieron figurillas vestidas de caqui que se dispersaron por el borde de la barranca, a ambos lados de la vía, buscando la protección de las piedras y los mezquites.

—¡Desgraciados, jijos de su pinche madre! ¡Se olieron el cuatro!

No se limitaban los federales a quedarse en el otro lado, observó Martín con desconcierto. Unos cubrían con su fuego desde arriba y otros bajaban al cauce seco, desplegándose en torno a los pilares. Levantaban pequeñas polvaredas al correr. También los maderistas empezaron a disparar desde su posición y el tiroteo se hizo general. Inesperadamente, desde el primer vagón del convoy tronó una ametralladora. Sonaba constante y ronca, casi monótona, alternando ráfagas cortas y largas. Tacatá, hacía. Tacatacatá. Crepitaban los disparos cual chisporrotear de leña seca, multiplicados por el eco, y las balas zumbaban ladera arriba o soltaban vibrantes chasquidos al golpear en las rocas.

Indiferente a los plomazos, puesto en pie, Garza cortaba cartucho una y otra vez, disparando su 30/30.

—¡Aquí está su padre, pelones!… ¡Y usté éntreles, ingeniero, que se nos vienen encima!

Gritó Martín para hacerse oír entre los estampidos, una mano en la llave del mecanismo de activado. Seiscientos vatios esperando el clic. Ya era cuestión de segundos.

—¡Agáchese, mayor!

—¡Qué agáchese ni qué chingados!… ¡Píquele nomás, o suben y nos friegan!

Dirigió el joven una rápida mirada a Diana Palmer. Tozuda, sin atender a los balazos que pasaban cerca, volvía a levantar la cabeza para ver mejor el campo de batalla. En ese momento parecía menos atractiva: la tensión envejecía sus rasgos angulosos y duros. Seguía respirando con ansia, a boqueadas. Eso hacía subir y bajar su pecho, dilataba las aletas de la nariz y los ojos brillaban excitados. A dos pasos, desentendido de ella, de rodillas y con la escopeta pegada a la cara, Tom Logan disparaba contra los federales.

A Martín le temblaban los dedos. Procurando controlarse, giró la llave a la derecha, un cuarto de vuelta.

—¡Ahí viene! —advirtió.

Durante tres angustiosos segundos no hubo nada. Con el corazón detenido, Martín temió un fracaso, un cable suelto, una mala conexión. Alzaba el rostro para mirar el puente cuando vio surgir cuatro grandes fogonazos naranjas y una polvareda que se expandió rápida por la barranca, coronada por una espiral de humo. El estampido llegó un segundo después: un retumbar seco y un puñetazo de aire cálido que agitó las palas espinosas de los nopales.

 

 

 

El teniente federal tenía los ojos verdes, la piel pálida y el pelo negro y espeso cortado a cepillo. Era muy joven, casi un niño, y Martín supuso que había salido de la Academia pocas semanas atrás. De cualquier modo era inútil preguntarle por su edad, pues no habría podido responder. Sólo emitía sonidos ininteligibles sofocados por un gorgoteo líquido: un balazo le había arrancado la mandíbula, cuyos restos pendían sobre el cuello aún correctamente abrochado de la guerrera, y otro le ensangrentaba una pierna por debajo de la rodilla, manchando la polaina cubierta de polvo. Sus hombres lo habían puesto a la sombra de uno de los pilares que aún se mantenían en pie, entre hierros retorcidos y tablones rotos.

Miró Martín alrededor, impresionado. Arriba, surcando el contraluz del sol, planeaban pacientes zopilotes a la espera de adueñarse del lugar. Abajo, el estallido de la dinamita y el derrumbe del puente habían yugulado el intento federal. Todavía humeaban los matorrales quemados. La barranca se veía salpicada de escombros y soldados muertos por la explosión y el tiroteo antes de que los supervivientes retrocedieran y el tren gubernamental diese marcha atrás, desandando camino entre los cerros. De momento, ganada para la revolución, Ciudad Juárez estaba a salvo. Los revolucionarios se movían entre la veintena de cadáveres despojándolos de armas, ropa y calzado, remataban a tiros o machetazos a los heridos y agrupaban a los prisioneros —cinco hombres sucios, aturdidos y asustados— cerca del lugar donde agonizaba el teniente.

—Lindo trabajo, ingeniero —dijo Genovevo Garza.

Asintió Martín, distraído, mientras el mayor le daba golpecitos en la espalda. Miraba al federal moribundo y a Diana Palmer arrodillada a su lado, inmóvil excepto cuando levantaba una mano para espantar el enjambre de moscas que atormentaba las heridas.

Sentado en una piedra, echado atrás el sombrero, Tom Logan recargaba con postas la escopeta. Miró brevemente a la norteamericana y le guiñó un ojo a Martín.

—Impresiona más cuando al que ves morir es tierno y guapo, ¿verdad?

Lo pensó el joven.

—Supongo que sí —concluyó.

—Puedes estar seguro, compañero… Sobre todo si eres mujer. Esa mezcla de instinto maternal y sexo difuso lo hace irresistible para ellas. Les toca la panochita, como dicen aquí.

Se acercó Martín al herido, que cada vez respiraba con más dificultad. La sangre seguía manando y encharcaba la tierra, embarrándola de rojo.

—Quiere agua —dijo Diana Palmer.

La observó con sorpresa el joven mientras se acuclillaba a su lado: inclinaba ella el rostro hacia el moribundo sin apartar de él los ojos.

—No tiene por dónde beberla —dijo Martín.

Señalaba la boca del teniente, convertida en una pulpa sanguinolenta de carne, huesos y dientes rotos. Era imposible introducir agua en esa garganta.

—Qué horror —murmuró ella.

Sin embargo, no parecía horrorizada. Martín no advirtió, ni siquiera en su tono de voz, indicios de espanto o conmoción. Observaba impasible, tranquila, con una curiosidad fría y casi científica. Alejó otra vez las moscas del herido y movió la cabeza.

—Nunca había visto morir despacio… Por violencia y así, tan despacio.

De pronto miraba inquisitiva a Martín, cual si esperase de él una respuesta reveladora, o fingiera esperarla.

—Hay muchas formas de morir —dijo él.

—¿Y le está siendo útil conocerlas todas? ¿Educativo, tal vez?

Era imposible establecer si hablaba en serio o era sarcasmo. Se puso Martín en pie, sin responder, pero Diana Palmer lo retuvo con otra mirada.

—México no es un mal sitio para aprender… ¿No cree?

Hizo él un ademán que abarcaba la barranca.

—Éste no es lugar para una mujer —se limitó a decir.

Oyó reír a Tom Logan, que escuchaba la conversación. Una mueca despectiva curvó los labios de ella. Un súbito destello de cólera en los ojos.

—¿Y sí lo es para un ingeniero de minas español?

Fue el tono, más que sus palabras, lo que dejó a Martín sin respuesta. Tras un momento, ella sacudió la cabeza y volvió a observar al moribundo.

—Sabe poco de lugares apropiados para mujeres, me parece.

Asintió él, casi inocente.

—Tiene razón… Le ruego que me disculpe.

Volvió Diana Palmer a mirarlo, y su expresión había cambiado. Ya no parecía irritada. Ahora lo estudiaba con renovada curiosidad, como la tarde anterior en el hotel Monte Carlo.

—¿Siempre es usted así?

Se sorprendió Martín, otra vez inseguro.

—¿Cómo es así?

Dudó la norteamericana, muy seria. Después señaló al teniente federal.

—Como él.

—No comprendo.

Entreabrió ella los labios, pero no llegó a responder. La sombra de Genovevo Garza se interpuso entre ambos.

—Hay que ir yéndose —dijo el mayor—. Nuestro tren espera.

Miró Martín a los prisioneros, temiendo lo habitual.

—¿Y ellos?

—Se vienen con nosotros —lo tranquilizó el otro—. Entran en la bola.

Se había agachado sobre el teniente herido para registrarle la guerrera. Sacó de los bolsillos una billetera con documentos, un encendedor y una pitillera de plata. También un cortaplumas y un rosario. Se lo guardó todo menos el rosario, que tiró al suelo.

—¿Y él? —inquirió Martín.

Encogió los hombros el revolucionario.

—Me vale madres.

—No podemos dejarlo aquí, mayor —dijo Diana Palmer.

Se puso Garza en pie sin mirar a la mujer.

—Dejarlo así, querrá decir —replicó—. Porque quedarse, va a quedarse de plano —indicó el daño de la cara y la herida de la pierna—. Ya me dirán si tiene arreglo, ¿que no?… Destazado como un cabrito.

Tom Logan había encendido un cigarrillo. Señaló los cadáveres esparcidos por la barranca, que empezaban a ennegrecerse e hincharse al sol.

—De todas formas es un oficial —intervino—, y no uno de esos desgraciados. Conocía las reglas.

Asintió el mayor Garza. Tenía la carabina en una mano y apoyaba la otra en la culata del revólver. De pronto le dirigió a Martín una sonrisa torcida.

—Pa ser todo un revolucionario, ingeniero, nomás le falta echarse al plato a uno de éstos… ¿Qué opina?

Había sacado el revólver, un Colt de seis tiros, y se lo ofrecía. Tardó Martín en comprender el sentido de aquello. Entonces se tocó el bulto de su propia arma, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, y dio un respingo.

—Opino que no.

Tenía la boca seca y sonó rauco. Alzando el rostro, echado atrás el sombrero, Garza contemplaba el planeo de los zopilotes.

—Mire que le haría un favor; porque cuando toca, pos toca, y naide se muere la víspera… Ya ha sufrido lo suyo, y esos de arriba esperan su momento. No se lo querrá dejar vivo, oiga.

—Yo no hago eso, mayor.

—Ay, épale —se puso serio el otro—. ¿No lo hace?

—No.

Tras mirarlo fijamente unos segundos, se volvió el maderista hacia Diana Palmer y le ofreció el revólver a ella.

—Igual aquí la señora, que tanto se interesa… ¿Que no le haría usté su favorcito al teniente?

Se irguió ella cual si hubiera recibido un golpe, sin responder. Sus ojos ardían de cólera.

—Ande, mi doña —la animó Garza—. Dele palante.

Tom Logan se había puesto en pie, cigarrillo en una mano y escopeta en la otra.

—Yo me encargo.

Le dirigió el mayor una ojeada lenta. Pensativa. De pronto recordó Martín que aquel revolucionario al que ya apreciaba podía ser muy peligroso.

—Así me gustan los hombres: enteros y bien machos —dijo al fin Garza—. Todo suyo, amigo.

Enfundó el revólver mientras se alejaba. Logan se puso el cigarrillo en la boca y movió la corredera de la escopeta, acercando el cañón a la cara del herido. Miró a Martín y a la mujer.

—Apártense un poco. Esto salpica.

 

 

 

Corría el tren de regreso a Juárez por un campo yermo donde nunca hubo caminos, entre colinas bajas y tierra amarilla. El sol declinante empezaba a alargar las sombras.

—No era por usté —comentó Genovevo Garza como si se disculpara.

Asintió Martín.

—Eso pensé… En realidad iba por ella, ¿no?

Señalaba con el mentón a Diana Palmer, sentada al otro lado del vagón junto al mercenario norteamericano. Y apenas lo dijo, oyó reír al mayor en voz baja.

—No tiene ni tantito de pendejo, ingeniero.

Se quedó observando Garza los flecos de nubes doradas que se formaban en el horizonte. Al rato se rascó el bigote.

—Hay una cosa que me se atraviesa, ¿sabe?… Algunos güeros vienen a pasear por México a lo turista y miran como de lejos. Juzgando lo que ven o lo que creen ver, no con nuestros ojos sino con los suyos. ¿Entiende?

Estudiaba a Martín, penetrante. Asintió éste.

—Creo que sí.

—Eh, y no va por usté. Desde que nos encontramos en esa cantina ha hecho más por la revolución que muchos que conozco. Cuantimás, no se agacha fácil: se rifó el cuero como pocos, y yo eso lo aprecio y lo respeto. Hasta mi coronel Villa lo elogió, acuérdese.

—Pero no soy un revolucionario —objetó Martín—. Sólo pasaba por aquí. También soy un turista en esta guerra.

—Hay una diferencia: no se queda mirando. Y lo que piense padentro no lo dice o no se le nota. Lo guarda bien calladito. Pero por fuera se la juega como mero macho, sin que naide lo obligue.

—Bueno. Es una aventura…

—Újole. ¿Cómo dice que es?

Reflexionó el joven, buscando términos.

—Pintoresca —concluyó—. Asombrosa.

—Pos lo que sea, paga el precio de vivirla. No anda como un costal de molestias que haya que ir jalando —miró a Tom Logan, que seguía sentado junto a la periodista—. Tampoco es como ese gringo, que acude igual que un coyote al olor de la sangre porque le gusta el desorden y además cobra su plata… No, ingeniero. Usté toca otra música.

Iban pasando con rapidez los postes telegráficos a un lado de la vía. El aire en movimiento levantaba el ala del sombrero del mayor. Cerró un puño para golpear amistoso a Martín en el hombro, mas no consumó el gesto.

—Yo lo comprendo, no crea —prosiguió tras un silencio—. Soy medio analfabeto, pero comprendo… No cree en la revolución, o usté sabrá; pero sí en quienes la hacemos. En nuestros siglos de trabajar como bestias pa que nos paguen con un hambre que no se harta nunca… Esto le despierta curiosidad y por ella arriesga. No viene de gachupín listo, en plan chinguetas. Se fija en todo, intenta ser útil y pregunta cuando no sabe.

—Bueno, es así como se aprende, ¿no?… He aprendido más en tres días que en tres años.

—Por eso me cae simpático. Porque sabiendo lo que sabe, que ya es mucho, y de poner dinamita lo sabe todito, sigue queriendo aprender. Por eso le gusta usté a mi coronel Villa y a los que andamos en la bola.

—No a todos. Recuerde cómo me mira ese tal Sarmiento.

—Haga poca cuenta de ese indio culero. ¿Que no ve que está loco?… Además, se fue con el coronel.

El recuerdo desazonaba a Martín: el cargamento desaparecido y las miradas de Sarmiento. De un extraño modo, se sentía vinculado a todo aquello.

—¿Qué habrá ocurrido con el oro del Banco de Chihuahua?

Se pasó Garza, sombrío, una uña por el bigote.

—Ah, pos no sé. Son tiempos revueltos y no te puedes fiar de naide. Pero de algo estoy seguro: tan luego que Pancho Villa averigüe quién nos metió el alacrán en la bota, lo va a dejar más cadáver que el gusanito del mezcal.

Chasqueó la lengua, movió la cabeza y se quedó contemplando el paisaje. Rebasaba el tren, sin detenerse, un apeadero cuyo cobertizo eran tizones negros y el depósito de agua un desorden de tablones rotos y hierros retorcidos. Más allá había una ranchería en ruinas y después, de nuevo, el desierto.

Martín señaló disimuladamente a Diana Palmer.

—¿Y ella, mayor?… ¿Por qué la provocó usted?

Lo miró el mexicano con exagerada sorpresa.

—¿Dice que la provoqué?

—Cuando el teniente herido.

—Ah, sí.

Sonreía Garza, irónico, recostado en el oscilante murete del vagón.

—¿No la vio mirarlo a él y a nosotros? —respondió—. Piense. ¿Cómo lo hacía?

—La vi, claro. Pero no comprendo…

—La doña viene de arriba —lo interrumpió el mayor—, y no digo del norte del Bravo. Llega a estos rumbos a juzgarnos y a contárselo a quien lea su periódico. Con las manos limpias, mientras los de aquí nos rompemos la madre… ¿Comprende lo que digo?

—No del todo.

—Ella tiene libertá, si le sale, de escribir que semos unos criminales mugrosos y unos salvajes. Y lo hará. Quise aprenderle que cuando uno, por suponer, es compasivo o cabrón o tan peor, tiene que serlo en todo. Hasta pa empuercarse las manos, ¿no?… Es fácil creerse arriba cuando quienes se empuercan las manos son otros.

Lo meditaba Martín.

—Creo que es injusto con ella —decidió.

—Niguas, no me se haga pendejo. Si yo quisiera ser justo, sería juez.

—Es una mujer muy valiente.

—Y eso respeto, que lo sea. ¿De qué, si no, íbamos a dejarla estar aquí? Pero no me gusta cómo mira, se lo repito. Cómo nos mira feo, la jija de tal. Tan rechula, ¿no? Tan arrogante.

—Es extranjera.

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