Revolución

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4. La barranca del Fraile

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—Qué extranjera ni qué chingados. Pa ser mujer como es, debería ser más humilde.

Tomaba el tren una curva pronunciada que bordeaba unos pedregales: silbó la locomotora y el viento trajo un penacho de humo y carbonilla que revolvió espirales negras por el convoy. Encaramados con sus rifles al techo del vagón de atrás, media docena de revolucionarios vigilaban el paisaje.

—¿Y qué hará usté ora, ingeniero? Porque esto parece que se acaba. Según los jefes, el señor Madero estará en la capital antes de un mes.

—Pues no sé… Volveré a mi trabajo, supongo.

Sonrió Garza, amistoso y cómplice.

—¿A seguir explotando al pueblo mexicano?

—Yo qué sé —Martín le devolvía la misma sonrisa—. También tengo jefes, así que haré lo que me manden.

—Oiga, amigo.

—Diga, mayor.

—No le pregunté, pero ya hay confianza… ¿Tiene mujer o novia, aquí o en España?

Guardó silencio un instante, pensativo.

—Había alguien allí —repuso al fin—. Pero las cartas se fueron espaciando.

—¿Las de usté o las de ella?

—Las de ella, principalmente. La distancia y el tiempo matan muchas cosas.

—Ésa es la verdá pelona, sí. Más que las balas… Por eso no me separo de mi Maclovia, ni ella de mí.

—Es un hombre afortunado.

—Y que lo diga. Me salió güena mujer, que no siempre pasa. Prometí que algún día tendríamos un ranchito, y ya mero vamos a conseguirlo.

El sol estaba más bajo, tocando el horizonte. Las sombras de los magueyes y las piedras eran tan largas que parecían interminables. A uno y otro lado de la vía férrea, el desierto se inflamaba de rojo.

—Ha sido un gusto conocerlo —dijo de pronto el mexicano—. Aunque tenga hocico de chamaco, es todo un hombre… Se ha portado bien, y se la debo. Si alguna vez necesita algo de Genovevo Garza, pregunte y búsqueme.

Una inusual nubecilla de afecto caldeaba sus ojos duros. Por alguna razón inexplicable, Martín se sintió conmovido.

—Lo mismo digo, mayor.

Los dos hombres se estrecharon la mano con sencillez. Asentía el maderista, casi melancólico.

—Me se hace, ingeniero, que después de Ciudad Juárez y el triunfo de la revolución no volveremos a vernos en éstas, ¿no?… Aunque nunca se sabe.

Tras decir eso permaneció pensativo, muy serio, tocándose la cicatriz de la cara. De nuevo se le endurecía la mirada. Contempló un momento a Diana Palmer y al mercenario norteamericano, y luego a los revolucionarios sentados en el techo del otro vagón.

—Sí —repitió como para sí mismo—. En México nunca se sabe.

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