Revolución

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5. La Casa de los Azulejos

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5. La Casa de los Azulejos

 

 

 

 

 

—Se le va de las manos… Poquito a poco, pero se le va.

Emilio Ulúa, presidente de la Sociedad Minera y Metalúrgica Norteña, asociado mexicano del consorcio hispanobelga Figueroa —corpulento, rostro afeitado, corbata de seda con alfiler de diamantes—, señalaba alrededor con el habano que sostenía entre los dedos. Parecía que todo lo que contaba ocurriese allí mismo, en el salón principal del restaurante Gambrinus.

—¿Y eso a dónde lleva a México? —se interesó Luis María Aguirre, marqués de Santo Amaro.

Fijó el otro sus ojos achinados y astutos en el aristócrata español. Después miró de soslayo a Martín Garret mientras se encogía de hombros, evasivo.

—No sabría decirle, don Luis.

—Inténtelo, hombre.

Pareció pensarlo el mexicano, visiblemente incómodo. Alejó con gesto desabrido a un camarero que se acercaba a la mesa y puso los codos sobre el mantel.

—En todo caso, a un lugar peligroso —bajó la voz—. Muy desagradable.

—¿Y cómo de eso?

Hizo Ulúa como que lo pensaba un poco más.

—Demasiado, para que dure —concedió al fin—. Unos creen que el presidente Madero incumple sus promesas; otros, que es débil y pierde el control de la nación… Las tropas revolucionarias del norte, que fueron desarmadas y disueltas tras la victoria, están descontentas. Y añadamos el problema de Zapata y sus indios en el sur, que nadie resuelve.

—¿Y usted opina que el gobierno se ve superado por la situación?

—No es una opinión. Es un hecho.

Hizo Emilio Ulúa una pausa para humedecer el extremo del cigarro en la copa de coñac y lo llevó de nuevo a la boca mientras se recostaba en la silla. Miraba ceñudo a Martín, como si recelase de él una versión contraria.

—Aquí en la capital —prosiguió con desgana tras un momento—, la mayoría del Congreso sigue siendo porfirista y los periódicos son cada vez más agresivos: La Tribuna, El País, El Tiempo, incluso los anarquistas de Regeneración… Aprovechando la libertad de prensa concedida por nuestro pusilánime presidente, gotean vitriolo día tras día. Y hasta las revistas teatrales zahieren al gobierno para divertir a los espectadores.

Atento a sus palabras, Luis María Aguirre —propietario del once por ciento de las acciones del consorcio Figueroa, llegado de España en el Alfonso XIII cuatro días atrás— removía con una cucharilla de plata la taza de café. Era un hombre alto y tranquilo de mediana edad, más delgado que grueso. Lentes con montura de oro, barbita sedosa y rala, una libra esterlina de adorno en la cadena del reloj y un jazmín en el ojal de la chaqueta. Relucía un sello con escudo nobiliario en el dedo anular de su mano izquierda.

—Pero tengo entendido que su entrada en la capital fue apoteósica —objetó—. Que nunca se había visto aquí un entusiasmo semejante… ¿No?

—Eso fue hace ocho meses. Y también las elecciones de octubre las ganó con holgura. Pero desde entonces ha decepcionado a demasiada gente —se inclinó un poco más sobre la mesa, confidencial—. El Enano de Tapanco, lo llaman ahora sus adversarios.

—¿Enano?

—Dicen que mide un metro y cuarenta y seis centímetros.

—¿Y el ejército? ¿Qué piensan los militares?

Modulaba Ulúa una sonrisa torcida.

—Oh, bueno, ya sabe. Ustedes también los tienen en España, ¿no?… Pensar no es exactamente lo suyo. Digamos que por ahora miran y callan.

—Allí los tenemos ocupados en Marruecos, donde también hay minas.

—Sabia precaución. Aquí no están ocupados en nada, y eso es un problema. O una ventaja, según se mire.

Bebió el marqués un sorbo de café y depositó con mucho cuidado la taza en el platillo de porcelana.

—Desde que desembarqué en Veracruz oigo hablar del general Huerta… ¿Es de fiar?

Tras decir eso, tocándose los labios con una punta de la servilleta, observó a Ulúa y a Martín, pero éste guardaba silencio. Oficialmente se le había convocado como único empleado español del consorcio Figueroa en México, para ayudar a que el visitante se sintiera atendido y cómodo. Pero el ingeniero intuía que en aquella comida se jugaba algo más que eso. Su pasado reciente flotaba en el aire.

Dio Ulúa una larga chupada al cigarro.

—Mientras Huerta siga leal a Madero, que le tiene mucha confianza, las aguas no se saldrán del cauce. Todo es cosa de esperar y barajar, a ver qué naipes vienen.

Volvía el mexicano a señalar en torno: los comensales bajo las grandes arañas de cristal, los cuadros de buena factura en las paredes, los camareros impecables, el rumor discreto de conversaciones y la luz agradable que se filtraba entre las cortinas de terciopelo iluminando negocios, vanidades, infidelidades conyugales y conspiraciones políticas. Quien ha comido aquí una vez —la frase encabezaba las elegantes cartas impresas del menú francés— no frecuenta otro restaurant.

—Que no lo engañe lo que ve, don Luis. Éste no es el México real, y ni siquiera ésta es una ciudad real. El ex presidente Díaz proyectó un centro urbano despejado de la gente pobre: quiso separar el poder y la riqueza de los problemas sociales, de salud y moralidad. Construir una capital como Washington o París, blanqueada racial y culturalmente.

—Desde luego, los logros son espectaculares —admitió el marqués.

—Pues la desastrosa gestión de Madero pone todo eso en peligro. Calmadas tras el amago revolucionario, otra vez las masas protestan y se agitan. Y nadie les pone coto con mano dura.

Miraba Aguirre a Martín, animándolo a intervenir.

—Estás muy callado, muchacho.

Sonrió el joven sin responder. No era la primera vez que coincidía con Luis María Aguirre: antes de que lo destinaran a México había trabajado seis meses en el despacho principal del consorcio Figueroa en la Gran Vía de Madrid, donde se habían tratado un poco. Pese a la distancia social y a la elevada posición del marqués de Santo Amaro, a Martín le gustaban sus modales suaves y su mirada inteligente de tahúr distinguido. Y la simpatía era mutua.

Insistía Aguirre.

—Tú sí estás en contacto con el México real, ¿no?

—Algo estoy, por mi trabajo —repuso al fin el joven, prudente.

—¿Y opinas lo mismo que don Emilio?

—No le falta razón al contar los hechos.

—¿Y cuáles son las causas, en tu opinión?

—Falta de mano dura —insistió Ulúa.

Martín no entró a debatir eso. Sabía que penetraba en terreno peligroso, pero no podía evitarlo.

—Demasiadas promesas incumplidas… Los de arriba siguen donde estaban, mientras la gente que de verdad peleó se siente olvidada. Traicionada, incluso.

Soltó el mexicano, impaciente, una densa bocanada de humo.

—¿Y qué esperaban? ¿Comer canard à l’orange en Gambrinus?

Martín seguía mirando al marqués.

—Hace dos semanas, antes de mi viaje a la capital, los mineros de Piedra Chiquita y los campesinos de los pueblos cercanos causaron disturbios y se les reprimió a tiros… Muchos de ellos combatieron con las tropas de Villa y Orozco, pero siguen pasando hambre y miseria.

—Como puede ver, don Luis —apostilló malévolo Ulúa—, nuestro ingeniero se mueve en un paisaje de lealtades difusas.

—Ser leal a mi empresa no significa estar ciego. Usted vive aquí, don Emilio, y yo paso la mayor parte del tiempo allí arriba… Cada uno ve lo que ve.

Se enrojeció el semblante del mexicano. De repente, la corbata y el alto cuello de celuloide parecían apretarle. Mordió el puro, irritado.

—Algunos, según se cuenta, han visto más de lo debido.

Lo deslizó con mala intención, barajando suspicacias, rencores y agravios. Y ya entramos en materia, pensó Martín. En realidad me han traído aquí para esto: un juicio más o menos sumario con fiscal, con juez y sin abogado. Confirmando sus sospechas, Aguirre se había vuelto hacia él muy despacio, ofreciéndole tiempo para disponer una respuesta.

—¿Es cierto, Martín? —el marqués hablaba sosegado, severo, mirándole la pequeña cicatriz del pómulo derecho—. ¿Qué hay de esos rumores sobre lo que hiciste en Ciudad Juárez?

—Son más que rumores —precisó Ulúa, venenoso.

Sin pestañear, asombrado de su propia calma, el joven sostuvo la mirada de uno y otro. Es muy posible, pensaba fríamente, que dentro de diez minutos me encuentre sin empleo. Sin embargo, y para su íntima sorpresa, descubrió que no le importaba en absoluto. Por algún raro motivo se sentía muy lúcido y libre. Tengo una carrera y voy a cumplir veinticinco años, concluyó estoico. Qué diablos. El mundo es grande, y además hablo inglés y alemán.

—Exageran —respondió—. Estaba allí cuando el combate en la ciudad. Lo viví de cerca, y poco más.

El poco más no le salió tan firme como pretendía. El marqués escuchaba con atención.

—Una experiencia pintoresca, imagino —comentó.

—Sí, bueno, hubo de todo… En cualquier caso, interesante.

Lo dijo sin desviar la mirada, sencillo y sincero, o pareciéndolo. Aguirre lo observaba pensativo, y no se mostraba satisfecho. Fue Ulúa quien intervino.

—Si le soy franco, don Luis, desde el primer momento consideré retirar a su ingeniero. Devolverlo a España… Los rumores sobre su implicación en los disturbios del norte son inconvenientes.

El marqués seguía observando inquisitivo al joven.

—¿Interviniste allí, como dicen?

Martín procuraba sostenerle la mirada. Si pestañeo, pensó, estoy perdido. Y posiblemente aunque no lo haga.

—No siempre se puede elegir, don Luis.

—Hum… ¿Eso crees?

—Lo sé. O creo saberlo.

—Voluntario, forzado, da igual —se impacientó Ulúa—. Nos puso a todos en una situación delicada. Cuando reabrimos las minas quise enviarlo de vuelta, y sólo la negativa de la oficina en Madrid…

Lo interrumpió Aguirre alzando un poco una mano.

—No fue una negativa —repuso—, sino un aplazamiento.

—Es lo mismo.

—Puede que sí y puede que no.

Sonreía vagamente el marqués. Había sacado el reloj de un bolsillo del chaleco y tras abrir la tapa consultaba la hora.

—¿Sabía usted, don Emilio, que el padre y el abuelo de Martín fueron mineros?

Vaciló el otro, desconcertado.

—No, lo ignoraba.

—Supongo que a él no le importa que lo mencione, y por eso lo hago. Procedente de familia modesta, este muchacho se hizo a sí mismo con esfuerzo y estudio. Es brillante, tenaz. Por eso destacó en España y lo enviamos a México —mientras guardaba el reloj, Aguirre miró con tristeza a Martín—. Tiene un gran futuro por delante… O lo tenía.

Las últimas palabras sonaban a sentencia. Siguió un silencio, cual si de nuevo el marqués concediese a Martín la posibilidad de defenderse. Pero éste no dijo nada. Estaba aturdido, incapaz de argumentar en su favor. Era todo demasiado complicado para resumirlo en palabras. Ni Aguirre ni Ulúa habían estado en Juárez. No sabían nada de Genovevo Garza, Maclovia Ángeles o el Banco de Chihuahua. De los hombres muertos en las calles, el olor de la sangre y el retumbar de las granadas.

El marqués de Santo Amaro parecía vacilar ante la condena definitiva.

—La insurrección fue un paréntesis trágico, desde luego —dijo tras un momento—. Pero ya pasó. Y aunque los revolucionarios perseguían a los españoles, a Martín lo respetaron. O tal vez se hizo respetar. Eso también ayudó a nuestros intereses en el norte: las minas funcionan a pleno rendimiento y todos los informes son favorables.

—Oh, por supuesto —asintió Ulúa—. Yo me refiero a la vertiente política.

Lo pensó Aguirre un poco.

—Más nos interesa la rentabilidad. Y según tengo entendido, las innovaciones técnicas que este muchacho ha aplicado en Piedra Chiquita son ejemplares… ¿Es cierto?

—No estamos discutiendo eso —concedió el mexicano a regañadientes.

—Pero tiene mucho que ver. Como dije antes, Martín es competente. Retirarlo podría ser un error.

—La decisión le corresponde a usted —repuso Ulúa, hosco, dejando claro cuál sería esa decisión si fuera suya. Después sacó una abultada cartera de piel de Rusia y alzó un dedo para pedir la cuenta al camarero.

Tamborileaba el marqués con los dedos sobre el mantel, indeciso. Pensativo.

—Su estudio sobre perforación rotopercutiva, por ejemplo, es extraordinario. La Escuela de Ingenieros de Minas tiene intención de publicarlo.

—¿De veras?… Vaya —Ulúa se había puesto unos lentes y estudiaba la cuenta torciendo agrio la boca—. Me gustará leerlo.

No pudo evitar Martín la tentación. Era demasiado fácil, y empezaba a darle todo igual. Demasiado igual como para sobrevivir a aquello.

—Tiene un ejemplar dactilografiado en su despacho —respondió—. Le envié una copia hace un par de meses.

Sonreía con sorna el marqués, apreciando el rejonazo. Tal vez dilataba la sentencia. Por parte de Ulúa, la mirada que dirigió al joven era sesgada y criminal.

—Ah, sí, claro. La copia.

 

 

 

Dejaron la mesa y no se habló más sobre el futuro de Martín. El jurado, pensó éste poco optimista, se retiraba a deliberar. Iban los tres a bajar por la escalera cuando tuvieron que detenerse en el rellano, pues varios caballeros subían a uno de los reservados. Un guardaespaldas corpulento —Martín advirtió el bulto de una pistola bajo la chaqueta— se les puso delante y les rogó que esperasen un momento.

—Ah, vaya —dijo Aguirre—. Ahí está Raúl Madero, uno de los hermanos del presidente.

—¿Lo conoce? —se sorprendió Ulúa.

—Viajó de La Habana a Veracruz en el mismo barco que yo tomé en Santander… Tuvimos ocasión de conversar durante una cena, en la mesa del capitán.

—Pues el presidente también está —dijo el mexicano.

Era cierto, y los tres se quitaron el sombrero. Con el grupo subía por las escaleras Francisco Ignacio Madero. Martín no lo había vuelto a ver en persona desde la toma de Ciudad Juárez, y lo encontró desmejorado. Más, incluso, que en las últimas fotografías publicadas en la prensa. El antiguo líder revolucionario había perdido pelo y azuleaban huellas de cansancio bajo sus ojos miopes.

—Señor marqués de Santo Amaro —saludó Raúl Madero, reconociendo a Luis María Aguirre.

Se apartó el guardaespaldas mientras los dos se estrechaban la mano, cordiales, recordando su encuentro a bordo del Alfonso XIII. También Emilio Ulúa era conocido del grupo presidencial, e intercambiaron cortesías. Raúl Madero presentó al marqués a su hermano y se entretuvieron en la escalera mientras Martín se mantenía discretamente aparte. De pronto, el hermano del presidente reparó en él.

—Que me lleve el demonio —dijo.

Sonrió Martín, asintiendo con timidez. En dos zancadas, Raúl Madero —atildado, desenvuelto, peinado hacia atrás con gomina— se llegó a él y le dio un abrazo.

—Menuda sorpresa —exclamó, afectuoso—. Vaya que sí. Menuda sorpresa.

Todos los miraban desconcertados. Tanto el presidente como Aguirre, Ulúa y los demás.

—¿No te acuerdas, Pancho? —Raúl se dirigió a su hermano—. Nuestro amigo de Juárez. Minó los puentes para disuadir a los gringos y detuvo el tren federal en la barranca del Fraile.

Vacilaba Francisco Madero, haciendo memoria. Insistió Raúl.

—Lo conociste en la aduana del ferrocarril, con la gente de Villa. En pleno combate. Aquel español al que llamaban el ingeniero.

Se iluminó el rostro del presidente.

—Ah, sí. Claro.

Se adelantó solemne, sonriente, a estrechar la mano de Martín. Aguirre y Ulúa escuchaban atónitos, y Raúl Madero se dirigió a ellos.

—No sé qué relación tienen, pero es un muchacho que prestó grandes servicios a la causa —lo miró con afecto—. Martín, me parece. ¿No?

—Tiene buena memoria, don Raúl —confirmó el joven—. Martín Garret.

Le palmeó el otro la espalda, jovial.

—Faltaría más, entre compañeros de armas.

—Es un honor.

—El honor fue para nosotros, hombre. Y cuando acabó todo, se retiró con discreción, volviendo a sus asuntos —arrugó el ceño mientras recordaba—. A unas explotaciones mineras, ¿no?

—Piedra Chiquita, en Chihuahua.

—Y sin pedir ni reclamar nada. No como otros.

—Tenía mi trabajo. No había nada que reclamar.

Suspiró el mexicano.

—Ojalá muchos que conozco dijeran eso… Pero cuénteme, ¿cómo le va? Aunque si come en Gambrinus no le irá mal del todo… ¿Qué hace en la capital?

Indicó Martín a Aguirre y Ulúa.

—El señor marqués y don Emilio son mis jefes. Las minas les pertenecen.

—Pues son afortunados de tenerlo con ellos.

Se despedían el presidente y los otros, que entraban ya en el reservado. Se excusó el hermano. Tenemos un compromiso, dijo. Una comida de trabajo.

—De no ser así, con gusto platicaríamos un rato.

Ulúa y el marqués seguían sin salir de su asombro. Raúl Madero les dirigió una ojeada risueña y apoyó una mano en un hombro de Martín.

—Se lo encarezco, ¿eh?… Cuídenlo, porque este muchacho es oro puro. Y ahora que me acuerdo, señor marqués, usted y yo habíamos convenido vernos algún día con mi hermano.

—Así es —reaccionó Aguirre por fin—. Gracias por tener la amabilidad de recordarlo. Sólo esperaba el momento oportuno para ponerme en contacto.

Lo pensó el otro.

—Pues ya se puso —decidió—. Mañana le dan a Pancho un homenaje en el Jockey Club: es aquí cerca, en la Casa de los Azulejos. Permita que lo invite, y allí mismo habrá ocasión de una conversación privada. ¿Le parece bien?

—Me parece de perlas, estimado amigo.

—Estupendo —Raúl Madero se dirigió a Ulúa—. Esa invitación lo incluye a usted, naturalmente —le sonrió de nuevo a Martín—. Y al ingeniero, con quien me dará mucho gusto tomar una copa y brindar por los viejos tiempos.

Mientras hablaba, sacó tres tarjetas de visita y entregó una a cada uno.

—Cuento con ustedes, señores.

 

 

 

Al salir a la calle de San Francisco, tanto Luis María Aguirre como Emilio Ulúa tardaron en pronunciar palabra. No fue hasta que dejaron atrás el escaparate de La Perla que el marqués de Santo Amaro abrió la boca.

—Impresionante —dijo.

Balanceaba su bastón de ébano con puño de plata, mirando de reojo a Martín como si lo viese por primera vez.

—Conque rumores, ¿eh? —añadió tras unos pasos.

Caminaban en dirección al cercano Zócalo entre la gente que llenaba la calle atestada de transeúntes, caballerías y carruajes. A veces circulaba, ruidoso, algún automóvil. Sonaba música de acordeón —una casi irreconocible versión de El Danubio azul— de un ciego cuyos pajaritos enjaulados predecían el futuro. Era el centro mismo de la ciudad, y casi todo el mundo vestía a la europea.

—Para tratarse de rumores —prosiguió el marqués—, bien cortos se quedaron.

—Qué situación más incómoda —gruñó Ulúa.

Se debatía el mexicano entre el desconcierto y la indignación. Asintió Aguirre, pensativo.

—Nuestro amigo de Juárez, lo han llamado los Madero.

—Minó los puentes y detuvo el tren federal —se sumó Ulúa con mala fe.

—Asombroso.

—Se me ocurren otros adjetivos.

El de Santo Amaro seguía mirando a Martín.

—Diablos, chico… Esto no me lo esperaba.

Intentó justificarse el joven.

—Desde aquí es difícil de comprender, don Luis.

—Desde aquí, desde allí y desde cualquier punto de vista.

—No busqué voluntariamente mezclarme en eso.

—Pues menos mal —Aguirre señaló atrás con el bastón—. De haber sido a propósito, tal vez estarías comiendo con el presidente y con su hermano.

—Todo esto nos perjudica —terció Ulúa, molesto—. La Minera Norteña y el consorcio Figueroa no deben…

Lo interrumpió el marqués. Se había detenido y miraba al suelo. Cuando alzó la vista, su expresión era distinta. Casi sonreía.

—De eso no estoy tan seguro. Ya vio la cordialidad, ¿no?… Tal vez nos beneficie.

—¿Beneficiarnos?

—Sí.

Caminó de nuevo Aguirre y torcieron a la izquierda al llegar a la iglesia de la Profesa, donde asaban elotes en un puesto callejero. El hotel en el que se alojaba el marqués, el Gillow, estaba contiguo, en la otra esquina. También a Martín le habían reservado allí una habitación.

—¿Y qué hacemos con él? —se impacientaba Ulúa.

Se encogió de hombros Aguirre, socarrón.

—¿Se refiere a su idea de ponerlo de patitas en la calle?

Dirigió el mexicano a Martín una mirada tan venenosa como sincera.

—Confieso que eso me tienta mucho.

—Pues fíjese, que no estoy tan seguro… Es evidente que goza del favor de Raúl Madero y de la benevolencia del presidente.

—¿Y?

—Bueno, pues eso también nos sitúa a nosotros en buena posición. Abre un poquito más la puerta.

Frunció la boca el mexicano.

—Disculpe, pero no comprendo.

—Yo no he venido a hacer turismo, como sabe. Cualquier baza me vale. Y más cuando el consorcio Figueroa está a punto de ser comprado por los franceses de la sociedad Peñarroya, que es la razón de mi viaje: explicarlo aquí y conseguir los apoyos del nuevo gobierno… ¿Lo comprende ahora?

—Hasta ahí, desde luego.

—Cualquier tanto que nos apuntemos puede ser útil. Y hoy, en Gambrinus, este chico ha puntuado alto en el marcador.

—Pudo meternos en un buen lío, no lo olvide.

—No lo olvido, pero acabo de comprobar que resultó lo contrario. Una aparente ventaja. Así que por ahora conservaremos a nuestro intrépido ingeniero. Si a usted le parece bien, y en Piedra Chiquita prescinden una temporada de sus servicios, podemos mantenerlo dos o tres semanas aquí.

Contrajo Ulúa el rostro.

—¿En la capital?

—Sí.

Se detuvieron para dejar paso a un tranvía. Balanceaba el marqués su bastón con aire optimista. Por su parte, Martín no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Debo quedarme?

—Eso es.

—¿Y con qué objeto, don Luis?

—Mantener engrasada la maquinaria.

—¿Y qué puedo engrasar yo?

—Lo iremos viendo.

Habían llegado ante la fachada gris del Gillow y se detuvieron bajo la doble marquesina observando el tráfico que discurría entre Plateros y 5 de Mayo. Reflexionaba Ulúa, ceñudo.

—No veo inconveniente —concluyó al fin, cauto—, si no es por mucho tiempo.

—No lo será. Se trata de una gestión diplomática discreta, de orden privado. Martín es educado y competente, cae bien, y lo mismo vale para escribir un tratado de minería que, Dios me perdone, para codearse con revolucionarios. Ya oyó a Raúl Madero. Así que aprovechémonos de sus virtudes.

—Dándome cuenta a mí de todo, entiendo —recalcó Ulúa.

—Pues claro. Usted, sus relaciones e influencias le allanarán el camino. La cosa es introducirlo donde sea necesario.

Martín no lo veía tan claro.

—Yo sólo sé de minas y metalurgia.

Emitió Aguirre una risita sarcástica.

—Y de minar puentes en Ciudad Juárez, por lo visto.

Ulúa se mantenía receloso.

—En eso estoy de acuerdo con él, don Luis… ¿De verdad lo cree a la altura?

—Sin duda.

—¿Puedo decir algo? —quiso protestar Martín.

Chasqueó Aguirre la lengua.

—Si es para contradecirme, no puedes.

Se despidió el mexicano. Llevándose la mano a la gorra, un portero de uniforme galoneado franqueó a Martín y al marqués la puerta giratoria del hotel. Bajaban por la escalera del lujoso vestíbulo tres señoras muy bien vestidas y los dos se descubrieron cediéndoles el paso. Una de ellas miró a Martín con fugaz interés antes de seguir su camino. Sonreía Aguirre.

—Si todo sale bien, muchacho, tendrás por delante un futuro espléndido.

—¿Y si sale mal?

—Entonces te lo haremos pagar, naturalmente. Don Emilio se cobrará tu cabeza y yo no haré nada para impedirlo.

 

 

 

La vio al día siguiente apenas cruzó el umbral del Jockey Club, como si los azulejos que decoraban los viejos muros españoles, los ventanales y las lumbreras hubieran sido dispuestos para que la luz incidiese en el lugar donde ella se encontraba. Vestía de un color semejante al asombroso azul cuarzo de sus ojos, que parecían recoger toda esa luz ambiente y aclararse todavía más con ella. No era alta pero sí esbelta; y sus iris luminosos, casi minerales, contrastaban con el cabello negrísimo sujeto en rodetes y los rasgos indios donde no se advertía una gota de sangre española. Sólo aquella mirada tan insólitamente septentrional desmentía la pureza indígena de sus facciones.

Durante un buen rato Martín la observó con disimulo, de lejos. Había llegado escoltando al marqués en compañía de Emilio Ulúa, a pie desde el cercano hotel, y la primera media hora discurrió en saludos y presentaciones. Lo más notable de la capital, finanzas, negocios, política y ejército, estaba allí representado. Todo era de buen tono: crujían los vestidos almidonados de las señoras, aleteaban abanicos, y el alto espacio hasta el techo de la Casa de los Azulejos, las escaleras y salones, se espesaba con humo de cigarros y rumor de conversaciones.

Francisco Madero fue aplaudido a su llegada y tras el breve discurso que pronunció agradeciendo el homenaje —algunos lugares comunes sobre justicia social y progreso—, antes de que los correctos camareros sirviesen el refrigerio. Fue en ese momento, mientras el marqués y Emilio Ulúa hacían activa vida social en torno al presidente, cuando Martín se apartó de ellos. Nada le interesaba allí. Tomó de una bandeja una copa de champaña y miró alrededor. La joven de los ojos azul cuarzo estaba cerca de la fuente de piedra, en un grupo donde se conversaba con animación. Una señora de más edad que la trataba con confianza, alta y vestida de negro, parecía acompañarla.

—Muy bella, ¿no le parece?

Se volvió Martín. A su lado estaba un hombre joven vestido de militar: enjuto de cuerpo, con bigote fino bien recortado, tenía el pelo muy negro, lustroso como charol, y los ojos a juego. Rasgos de mexicano apuesto. Apoyaba la espalda en una columna y sonreía agradable, tal vez un punto suficiente, mientras se llevaba la copa a los labios. Debía de tener más o menos la edad de Martín, y en la guerrera lucía las estrellas de capitán.

—Mucho —concedió el español.

—Se llama Yunuen Laredo.

—¿Yunuen?

—Es un nombre indígena. Maya, según creo. Significa reina del lago, o algo parecido.

—Le sienta bien —opinó Martín—. De no ser por esos ojos tan claros…

—¿Parecería una india, quiere decir?

No respondió a eso, incapaz de diferenciar entre comentario casual o provocación. Interpretando sus pensamientos, el militar lo suavizó con un ademán amable.

—En realidad, tiene mucho de india. Dicen que su madre lo era —siguió la mirada de Martín, que observaba a la señora vestida de negro—. No, aquélla es su tía paterna. Lleva luto porque a su marido lo asesinaron los insurgentes el pasado mayo… La madre de Yunuen murió joven, en el parto.

Bebió un sorbo de su copa, manteniéndola todavía un momento cerca de la boca, y alargó el brazo para señalar con ella hacia el grupo que rodeaba al presidente.

—El padre es ése alto y rubio que conversa con Madero y el general Huerta. Compatriota de usted, asturiano, aunque lleva aquí muchos años: Antonio Laredo. En su juventud hizo fortuna con la exportación a España de cueros, caoba y cedro… Ahora es un prócer con dinero e influencias, hasta el punto de que Porfirio Díaz le encargó instalar la luz eléctrica en el paseo de la Reforma cuando los festejos del Centenario.

—Lo veo bien informado —se sorprendió Martín.

—Soy amigo de la familia —el militar se cambió de mano la copa y extendió la diestra—. Jacinto Córdova, para servirle.

Se estrecharon las manos. Fina, seca y fría la del mexicano.

—Mucho gusto, soy…

—Sé quién es. El ingeniero español que anduvo por Ciudad Juárez.

Se enderezó ligeramente Martín, desconcertado. No esperaba eso.

—No se sorprenda —dijo el otro—. Raúl Madero lo cuenta a todo el mundo. Los puentes del río Bravo y un tren federal, ¿no?… Su fama lo precede, amigo.

—No estoy seguro de que eso sea bueno.

—Es usted prudente, me gusta —le dirigió el militar una ojeada distinta, valorativa y rápida—. Los prudentes viven más tiempo.

Se había endurecido el negro de sus ojos, casi pétreo ahora. El bigote recortado acentuaba una indefinible sonrisa.

—Me disponía a saludarlas, a Yunuen y a su tía —añadió, como pensativo—. Tal vez quiera usted acompañarme.

Lo miraba de un modo extraño. Fijo y casi provocador. Su sonrisa amable, que contrastaba con la repentina dureza de la mirada, insinuaba un sardónico desafío. Eso hizo dudar un instante a Martín.

—Naturalmente —se decidió al fin—. Se lo agradezco.

Dejaron las copas en la bandeja de un camarero y se acercaron a la fuente de piedra, moviéndose en diagonal como dos alfiles sobre las baldosas del suelo ajedrezado. Mientras lo hacían, Martín, de pronto tenso y cauto, tuvo la misma sensación que la mañana que oyó disparos y salió del hotel en Ciudad Juárez. Se adentraba en territorio desconocido. Quizá peligroso. Y nada volvería a ser igual a partir de entonces.

 

 

 

El sueño tardó en llegar aquella noche. Le ocurría con frecuencia desde Ciudad Juárez: sensaciones, sonidos, recuerdos intensos que se atropellaban en la imaginación. No era algo dramático, ni doloroso, ni triste. Sólo incómodo. Un caudal desordenado que alteraba sus sentidos hasta impedirle dormir. Ya estaba acostumbrado, y no conocía otro recurso que esperar paciente, inmóvil, la cabeza en la almohada y los ojos cerrados, hasta que el cansancio acababa venciendo. O, como pasó esa noche, levantarse para recorrer varias veces el contorno de la habitación, asomarse a la ventana para contemplar la calle desierta, ponerse un batín sobre el pijama y, manteniéndolo cerrado con una mano sobre el pecho, salir a la pequeña terraza, al frío nocturno, para mirar la calle amarillenta iluminada por un farol eléctrico entre 5 de Mayo y Plateros.

No todos los recuerdos eran lejanos. Entreverados con las imágenes habituales, en su memoria más reciente persistían unos asombrosos ojos color azul cuarzo. Y esos ojos contrastaban deliciosamente con una fisonomía al tiempo tersa y cobriza, bellísima de rasgos presentes y pasados, ancestrales en cuanto evocaban. Ojos nórdicos en un rostro de india: la joven del Jockey Club.

—Parece un milagro físico, ¿no cree? —había dicho el capitán Córdova mientras se acercaban a ella.

La definición era exacta, y al escucharla Martín había asentido, silencioso. Yunuen Laredo constituía, en efecto, un milagro espléndido del mestizaje. Una tenue gota de lo español había rozado su bella estirpe indígena, dejando sólo aquella mirada clara, luminosa. Huella sutil, delicadísima, respetuosa en su levedad, de otras sangres y otras tierras.

En la Casa de los Azulejos, Jacinto Córdova había cumplido su palabra como el hombre educado que parecía ser. Se habían acercado al grupo donde conversaba la muchacha, y el militar hizo las presentaciones oportunas: un industrial mexicano y su esposa, un secretario de la embajada de España llamado Tojeira y doña Eulalia Laredo, tía de la joven: asturiana corpulenta, ajamonada, que no mostraba el menor parecido físico con su sobrina. Ni siquiera el color de los ojos. La tía hablaba desenvuelta, chispeante, locuaz, reforzando cada ademán con movimientos de la mano que sostenía el abanico. Meses atrás, la revolución las había sorprendido a las dos en el norte, de visita con unos familiares, y sólo lograron regresar a la capital tras dramáticas peripecias.

—Unos caballeros, la verdad —decía con desparpajo no exento de humor doña Eulalia—. A pesar de todo, esos insurgentes mugrosos se portaron como caballeros —tocó con el abanico el brazo de la muchacha, en cuya muñeca relucía un semanario de oro—. Hasta me respetaron a la niña, figuraos… Excepto el fusilamiento de mi pobre Paco, ya digo. Unos caballeros.

—El presidente Madero los ha suavizado mucho —dijo la otra señora.

—Sin la menor duda, hija mía… Sin la menor duda.

El capitán Córdova era hombre de mundo y había introducido a Martín en la conversación con naturalidad y cortesía: ingeniero español, temporalmente en la ciudad, bien relacionado, etcétera. Testigo de los sucesos de mayo en la frontera, añadió sin precisar detalles. Eso último despertó el interés del grupo, así que el joven hubo de satisfacer —con prudencia y tan elusivo como pudo— la curiosidad suscitada. Mientras hablaba, su atención se dividía entre Jacinto Córdova, que escuchaba silencioso y con un apunte de sonrisa —observó Martín que tía y sobrina llamaban Chinto al oficial, lo que denotaba familiaridad—, y Yunuen Laredo, cuyos ojos seguían cegándolo como llamaradas.

Tuvo al fin ocasión de conversar con la joven. Tía y acompañantes atendían a otro grupo cercano y el capitán Córdova se ausentó un momento en demanda de más champaña. Turbado ante la proximidad, procuraba Martín que no le temblara la voz. Permanecer sereno.

Yunuen Laredo se mostraba menos intimidada que él. O nada en absoluto.

—¿Vivió de verdad los sucesos del norte?

—Algo pude ver —buscó Martín otro enfoque, evasivo—. Pero muy poco, en comparación con lo mal que debieron de pasarlo usted y su tía.

Sonrió la joven.

—Oh, bueno… Ella todo lo cuenta con humor, es su carácter. Pero fue terrible. Y para rematarlo todo, la tragedia de mi tío Paco. Volvíamos de Hermosillo cuando los orozquistas detuvieron nuestro tren. Por suerte, como dice mi tía, a nosotras nos respetaron.

—Es asombroso. Lo cuenta usted con mucha calma.

—Tal vez. En México acabas por acostumbrarte a la violencia. Por encontrarla natural, como si formara parte del paisaje.

—¿Resignación?

—Realismo, diría yo —lo miraba con un interés benévolo—. ¿Qué opina de nosotros, los mexicanos?

—Usted sólo es medio mexicana, me parece.

—¿Ya se informó?

—Por supuesto.

Se abanicó ella y tintinearon los finos aros de oro en su muñeca.

—Míreme bien… ¿Lo hace?

Sostuvieron ambos el desafío, muy serios.

—Lo hago —dijo al fin Martín.

—¿Qué ve en mí que no pertenezca a esta tierra?

—Los ojos. Nunca vi unos como los suyos.

Oyó, contenida, su risa: cristal y plata. Es una metáfora cursi, se dijo considerándolo un instante. Pero en verdad sonaba como cristal y plata. Cuarzo azul, cristal y plata. Todo en aquella mujer parecía deliciosamente mineral, determinado durante siglos. Por un momento imaginó a hombres cubiertos de hierro en un paisaje humeante de pirámides aztecas y crepúsculos de color rojo sangre; a él mismo entre ellos, y a una india mirándolo con ojos de obsidiana que una generación después serían azules.

Se estremeció al pensarlo y la joven debía de darse cuenta, porque lo estudió de un modo diferente: con una curiosidad nueva e intensa que dulcificaba aún más sus bellos rasgos indígenas. Para recobrar el aplomo, Martín buscó el hilo anterior de la conversación.

—Me gustan los mexicanos —repuso—. Son crueles y tiernos.

Abría y cerraba la joven su abanico, pensativa. Parecía confusa.

—Vaya. Nunca había oído a nadie definirnos de ese modo, con las dos palabras unidas —lo miró casi con brusquedad—. ¿Tiene motivos para hacerlo?

—Algunos tengo… Sí.

Ahora se mostraba desconfiada, cual si estuviese a punto de dar un paso atrás. Pero no lo hizo. Permanecía inmóvil, sin dejar de mirarlo.

—¿Qué vio exactamente en el norte? —dedicó un ademán al capitán Córdova, que regresaba entre la gente seguido por un camarero—. Conozco a Chinto desde niña y sé que no da puntada sin hilo. Es un maestro en dejar alusiones en el aire.

—No hice nada especial —admitió a medias Martín, evasivo—. Asistí a los sucesos de allí, y eso es todo.

—¿Todo?

—Más o menos.

—¿Y qué hace en la capital, si las minas donde trabaja se encuentran en Chihuahua?

—Es una pregunta difícil de responder. Ni yo mismo estoy seguro.

—¿Se quedará?

—Puede que sí. Algún tiempo.

—Quizá quiera visitarnos en casa. Recibimos los martes y los jueves.

—Será un honor… Y un placer.

Jacinto Córdova ya estaba junto a ellos con el camarero y había oído las últimas palabras, pero no hizo ningún comentario. Alargando la mano hacia la bandeja, entregó a cada uno una copa de champaña.

—Por nosotros tres —propuso al fin—. Y por Ciudad Juárez.

Lo dijo con una sonrisa irónica, tranquila, que contrastaba con la seriedad de sus ojos impenetrables, levemente entornados. Y mientras se llevaba la copa a los labios, Martín se preguntó en sus adentros, asombrado, cómo era posible sentir simpatía por un hombre que estaba a punto de convertirse en enemigo.

 

 

 

Apoyado en el antepecho de la terraza, Martín recordaba aquello mientras contemplaba la ciudad dormida. Había numerosas estrellas y un afilado cuarto de luna al extremo de la calle, hacia la plaza del Zócalo, donde las torres de la catedral se recortaban en sombrío contraluz sobre las azoteas de los viejos edificios coloniales.

Yunuen Laredo… Repitió varias veces el nombre en voz alta, disfrutando al articular los sonidos en el paladar y la lengua. Sonaba eufónico, mestizo, dulce y recio; simbiosis deliciosa, quizá perfecta, de lo mexicano y lo español. Se deleitaba así Martín pronunciándolo, absorto en el recuerdo de los puros rasgos indígenas. De la mirada clara y mineral.

A esas horas de la noche, en el insomnio, el joven ingeniero se creía sincera, definitiva, completamente enamorado. Habría sido difícil discutírselo, porque estaba en una edad en la que aún era posible experimentar seducciones inmediatas, fascinaciones y flechazos que, de improviso, parecían arrebatar el corazón para toda la vida. Que cambiaban de manera inesperada la percepción del pasado, el presente y el futuro.

Ya había rozado antes esa clase de sentimientos. Enamorarse, o creer estarlo, no era nuevo. Juegos infantiles y escarceos de juventud prepararon el camino, y la relación extinguida en fecha reciente lo había acercado a la palabra amor con sus compromisos y consecuencias. Una relación canónica: presente adecuado, planes de futuro con los requisitos sociales y morales al uso, respeto mutuo y la paciencia acostumbrada. Todo lo esperable de un compromiso formal en España y el mundo civilizado. Sin embargo, promesas, sentimientos, deseos, se habían diluido en el tiempo y la distancia. Por fortuna para Martín —para su conciencia y paz interior—, había sido la otra parte quien se cansó de esperar. Tras un vago ultimátum que él había fingido no advertir, ella espació sus cartas hasta interrumpirlas por completo. Todo se había extinguido de forma irreprochable, serena, sin arrebatos ni estridencias. Un final razonable entre personas educadas.

Lo que acababa de ocurrir era diferente. Aquel estallido de sentimientos, la contemplación de la deslumbrante mirada azul, la suave piel cobriza y los delicados rasgos de Yunuen Laredo habían logrado conmoverlo de un modo antes desconocido, arrebatándole la calma hasta truncarle todavía más —y allí estaba, en vela, asomado a la ciudad y la noche— el sueño y el sosiego. Había, sin embargo, algo más turbador que se deslizaba con asombrosa naturalidad de lo estético a lo carnal, y que él había percibido en la Casa de los Azulejos al hallarse cerca de la joven: una corriente cálida, casi eléctrica, que salvaba el espacio entre ellos para infiltrarse en su piel y su sangre haciendo latir con más fuerza el corazón. Era, concluyó, el deseo físico conocido como nunca antes, de un modo tierno y audaz: la necesidad urgente de adorar aquel cuerpo de mujer y al mismo tiempo apoderarse sin escrúpulos de él. Unirlo al suyo borrando el mundo impertinente que, al rodearlos, parecía interponerse entre ambos.

Racional como era por carácter y hábito profesional, intentaba Martín ordenar todo eso en su cabeza mientras miraba las terrazas y las calles vacías bajo la escasa luna. Conocía la intimidad de algunas mujeres, por supuesto. Como otros jóvenes de su edad y posición, había accedido de la forma usual: burdeles visitados junto a compañeros de la Escuela de Ingenieros de Minas —dos o tres rápidos lances más bien ingenuos por su parte—, y un viaje a París, al principio de su trabajo en el consorcio Figueroa, en el que tuvo ocasión de conocer los cabarets de Pigalle. No era ajeno al sexo en su aspecto práctico, o elemental, como tampoco lo era al ámbito de los sentimientos. Pero si hasta entonces consideró inconciliables uno y otro, las últimas horas lo mezclaban todo de modo inquietante. Sólo una vez había experimentado algo parecido, y el recuerdo lo turbó aún más, casi avergonzado por relacionar una cosa con otra. Había ocurrido al término de un episodio mercenario, en París: una prostituta joven se levantó de la cama y, antes de vestirse, se detuvo ante un espejo, enmarcada en el rectángulo de sol que entraba por la ventana. Desde el lugar en que se hallaba adormecido, entre las sábanas, Martín la había contemplado de espaldas y reflejada de frente, delicada y sensual en su desnudez bajo el cabello recogido en la nuca y las medias negras que alcanzaban el arranque de los muslos, mientras alzaba los brazos para tocarse con la punta de los dedos el cuello largo, elegante y pálido, y los extendía después como desperezándose del sexo rutinario y la sordidez de la vida. En ese momento, con intuitiva certeza, Martín pensó fugazmente que era posible enamorarse de alguien así, y que las fronteras entre lo ideal y lo físico podían desvanecerse de modo asombroso. Si era posible —más que posible, habitual— desear sin amar, también era posible amar asomado al lado oscuro de ciertos hombres y ciertas mujeres: carne y sentimientos convertidos en lugares complejos. En territorios inexplorados, tan mestizos como el propio México.

En eso pensaba Martín Garret aquella noche, confuso. Inmóvil en la terraza del hotel Gillow mientras contemplaba la ciudad dormida.

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