Revolución
6. Encuentro en el Zócalo
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6. Encuentro en el Zócalo
Llevaba algún tiempo en la capital y se había acostumbrado a ella. Lo complacía el espeso ambiente urbano, la música de los organilleros, los chispazos eléctricos de los tranvías, el estruendo de automóviles que discurrían por las calzadas sorteando carruajes. También la mezcla de clases sociales e indumentarias que colmaba las aceras: el contraste de transeúntes afanosos o indolentes, tiendas de lujo y humildes estanquillos, rostros y ropa europeos en calles y plazas del centro, tan elegantes como en París o Madrid, indígenas que parecían ídolos aztecas en las barriadas del extrarradio oriental, donde aún se iluminaban al ponerse el sol con faroles de aceite y lámparas de gas, vestidos ellos con calzón blanco de manta, huaraches y enormes sombreros, ellas con faldas amplias y pelo azabache sujeto en rodetes o trenzas. En el centro urbano, moderno y antiguo al mismo tiempo, olía a estiércol de caballerías, humo de ocote, cilantro, flores y suciedad. La piedra negra de los edificios españoles alternaba con construcciones recientes de acero cubierto de yeso y cemento; y la ciudad entera, con sus nuevas avenidas iluminadas de noche con luz eléctrica y los cada vez más frecuentes coches movidos por gasolina, era un hormigueo de vida en movimiento, de claridad y sombra. Una metrópoli de lujo y miseria.
Era última hora de la mañana y caminaba Martín por Plateros, sorteando a la gente que se agrupaba ante los escaparates de los comercios. Estaba fatigado y necesitaba despejarse con un paseo: había estado casi dos horas en un despacho del Departamento de Minas, discutiendo con un funcionario gubernamental las cláusulas técnicas de un contrato relacionado con las explotaciones del norte, aunque la indolencia nacional mexicana —el funcionario de Minas era de los inamovibles gobernara quien gobernase, y le gustaba demostrarlo— volvía las cosas interminables. Aun así, el resultado de la reunión había sido positivo. El marqués de Santo Amaro, de regreso a España —había embarcado en Veracruz cinco días atrás—, iba a darse por satisfecho cuando recibiera el marconigrama que la Minera Norteña acababa de enviarle. En cuanto a Emilio Ulúa, obligado por la coyuntura a contener recelos o reticencias, seguiría rumiando su despecho y sonriendo, qué remedio, de dientes afuera.
Casi al desembocar en la plaza, cerca de la catedral, dirigió un vistazo distraído al escaparate de la joyería La Esmeralda. Y fue entonces cuando lo vio: era tan insólita su presencia allí, el sombrero un poco echado atrás y las manos en los bolsillos, abierta la chaqueta sobre el chaleco bien abotonado donde relucía la leopoldina de un reloj, que al principio creyó que se trataba de un simple parecido. Se detuvo desconcertado, estudiando con súbita atención el rostro curtido de sol, el frondoso bigote que se juntaba con una barba de media semana, el rostro de bandolero que contemplaba las piezas de oro y plata expuestas en la vitrina. Y al fin, decidiéndose, dio unos pasos hacia él.
—Mi coronel —dijo.
Se volvió el otro con súbito recelo. Llevaba una camisa de cuello blando, limpia pero muy arrugada, y una corbata de lazo. Los ojos color café, duros, desconfiados, apuntaron a Martín como el cañón doble de una escopeta. De pronto se suavizaron, al reconocerlo.
—Híjole… ¿Qué hace por aquí, amiguito?
—Me sorprende verlo, mi coronel Villa. Solo y en esta ciudad, entre la gente.
Señaló el otro a dos hombres corpulentos, parados a pocos pasos, que observaban tensos a Martín.
—No tan solo como parece, vea… Por si sí, o por si no.
Seguía sorprendido el joven.
—Lo hacía en su rancho de San Andrés. Al menos eso dicen los periódicos.
—Procuro no dejarme ver mucho. Estoy aquí pa unas gestiones —guiñó un ojo, cómplice, tocándose el sombrero—. De incógnito, como dicen.
—¿Particulares u oficiales, si me permite la pregunta?
Soltó Villa una carcajada jovial.
—La pregunta se la permito, pero la respuesta me la guardo… ¿Y usté? ¿Qué hace por estos rumbos?
—Asuntos de trabajo —se encogió el joven de hombros—. Llevo aquí algún tiempo, y me quedaré un poco más.
Lo contemplaba el norteño, admirado.
—Lo veo más catrín que en Juárez, señor gachupín. ¿Le van bien las cosas?
—No tengo queja, mi coronel.
—Deje de llamarme coronel. Estoy en la vida civil.
Sonrió Martín con afecto.
—No podría llamarlo de otra manera.
Asintió el otro, agradecido, y miró en torno hasta acabar en los guardaespaldas, a quienes hizo un gesto para que se relajaran. Después extrajo del chaleco el reloj, abrió la tapa y miró la hora.
—Estaba haciendo tiempo, porque tengo una plática dentro de cincuenta minutos. Pensaba comprar algo pa Lucita, mi esposa —sonrió de pronto, cálido, mientras guardaba el reloj—. Luego de un madral de matrimonios me casé al fin por la Iglesia, ¿qué le parece?… Al final, hasta las torres altas caen y los bravos se encadenan.
Se excusó Martín. Tocó el ala del sombrero, dispuesto a irse.
—No lo entretengo, entonces.
—Espere tantito, hombre, no se vaya —Villa lo había agarrado de un brazo—. Me alegra verlo, y las joyerías pueden esperar. Ándele. Demos un paseo.
Caminaron despacio orillando plaza y catedral en dirección a Santo Domingo. Al antiguo guerrillero se le había oscurecido el semblante.
—Usté que es persona instruida y de afuera, ¿qué opina de la situación política?… ¿De cómo le va a don Panchito Madero?
—Yo sólo estoy de paso, mi coronel. Y soy extranjero. No tengo un juicio fiable.
—No me se aunque, amiguito. Lleva tiempo en México y andó en la bola, como yo… Dígame de hombre a hombre cómo lo ve.
—En situación difícil —se sinceró Martín—. Pierde apoyos y todo se le complica. La prensa lo ataca cada vez con más ferocidad.
Chasqueó la lengua Villa, desalentado.
—Respeto mucho al presidente. Me parece el único honrado entre toda esa parvada de zopilotes.
—Me temo que las buenas intenciones no bastan para gobernar, mi coronel.
—Pienso lo mesmo, y eso me preocupa. Don Panchito está atorado entre los porfiristas, que nunca se fueron del todo, y sus promesas al pueblo, tan difíciles de cumplir. Unos y otros se apartan de él. Se queda solo… ¿Que no lo cree usté?
—Mucho. Realmente está muy solo.
Volvió la cara Villa para contemplar con descaro a dos mujeres con las que se habían cruzado. Luego hizo un ademán despectivo que parecía abarcar la calle y la ciudad.
—Me puede todo esto, oiga… Soy un hombre de campo. Estoy mejor sobre un caballo que entre carros de gasolina y tranvías eléctricos.
Dio algunos pasos más, pensativo, para detenerse al fin, arrugada la frente bajo el ala del sombrero. Parecía dudar.
—Voy a contarle algo, señor gachupín —se decidió—. Es la segunda vez que vengo a la capital… A visitarlo.
Abrió mucho Martín los ojos.
—¿Al presidente?
—Al mero mero, sí… Él me llama. Me tiene ley desde Juárez, tan luego me fui sin pedir nada y vio que era el único sin ambición política. Me hace venir, me pregunta, platicamos y yo se lo digo con la mano en el corazón: mire a todos esos tales por cuales que lo rodean, señor presidente. Siguen siendo el enemigo, ¿que no los ve?… Les dimos en la madre, los expulsamos del poder y su mercé los deja entrar otra vez. Los puercos de antes no pierden el olor, son los puercos de siempre.
Anduvieron unos pasos más, y Villa se fijó en los diarios expuestos en el cajón de la esquina de la calle Donceles. Los titulares de El Imparcial, La Opinión, Nueva Era y Vida Moderna coincidían: Ultimátum del gobierno a Zapata.
—Y los otros gallos ni le cuento, ¿no?… El general Zapata poniendo condiciones en el sur, el general Orozco fanfarroneando en el norte, la revuelta del general Reyes…
—Se va de las manos, desde luego —opinó Martín.
—Generales… ¿Se fijó? Ora en México toditos son generales.
Torcía Villa el gesto con tosca amargura. Se aclaró la garganta y escupió al suelo, denso, sonoro y recto, delante de sus zapatos.
—Pascual Orozco es el tan peor de todos —prosiguió—. Lo vi claro en Juárez, y conozco al coyote hasta por los andares. Cada vez más desleal, cada vez más amenazador… Me late que, el día menos pensado, ese jijo de tal desconocerá al presidente y se levantará en armas.
—¿Usted cree?
—Estoy seguro. Don Panchito me pregunta por él, pero es tan buen hombre que sigue creyendo en la lealtá de ese volteado… Le dará un disgusto, señor presidente, le repito. Pero él se sonríe y mueve la cabeza, tan inocente como siempre.
Habían llegado a la plaza de Santo Domingo, frente al antiguo edificio de la Inquisición española. Bajo las arcadas de la izquierda se alineaban escribanos e impresores que atendían a la modesta clientela que aguardaba ante sus tenderetes. Olía a resmas de papel y tinta fresca, y repiqueteaba a intervalos el soniquete monótono de alguna máquina de escribir.
—Y luego está el general Huerta —prosiguió Villa, bajando la voz—. Don Panchito le da su confianza, pero yo recelo de ese indio cabrón. ¿Ya vio su cara?… Nunca le daría la espalda a una cara como ésa.
—Pues él se proclama leal.
La última palabra suscitó una risa atravesada en el antiguo guerrillero.
—Voy a contarle más, amiguito. Es de fiar y lo merece.
—Dígame.
Inclinó un poco Villa la cabeza, confidencial.
—El presidente me ha preguntado si en caso necesario yo serviría de nuevo, esta vez bajo las órdenes de Victoriano Huerta.
Martín se quedó boquiabierto.
—¿Y? —dijo al fin.
—Le he dicho que no me fío del fulano; pero que si él me lo manda, no seré yo quien se haga patrás, ni ora ni nunca.
—¿Volvería usted a campaña, mi coronel?
—Pos qué remedio, joven. Si lo pide don Panchito, por él volvería al infierno.
Estaban delante de una cantina: Salón Madrid, decía el rótulo pintado en el dintel.
—Épale… Lo mesmo son paisanos suyos.
—Podría ser.
—¿Se le antoja un refresco, una copa?
—Si usted me acompaña.
—Yo no tomo, pero una gaseosa de bolita me irá bien. Esta ciudad me da sed.
Entraron —los guardaespaldas se quedaron fuera— y pidieron gaseosa y cerveza. Había gente en la cantina, que era modesta. Nadie reconocía al jefe norteño. Fueron a sentarse a una mesa libre, desvencijada y coja, sobre asientos de cuero rajados a navajazos. Sobre sus cabezas había un cartel taurino español: Talavera de la Reina, 29 de septiembre de 1890, Fernando el Gallo y Antonio Jarana.
—Tengo pensado abrir en Chihuahua una carnicería —contó Villa—. Güenas reses y mejor carne… Pero hay cosas y cosas. Si el presidente quiere que le vigile a Orozco, pos ni pa dónde hacerme. De plano se lo vigilo.
—¿Cree de verdad que Orozco traicionará la revolución? —se interesó Martín.
—Pero qué revolución ni qué chingados —señalaba Villa alrededor, a los hombres de aspecto humilde acodados en el mostrador y las mesas—. ¿Dónde ve usté la revolución?
Bebió un sorbo de gaseosa y se enjugó el mostacho con el dorso de una mano.
—Se lo avisé a Orozco… Yo no busco riquezas, sino felicidad y paz. Eso le dije. Pero si un día perjudicas a don Panchito, allí me encontrarás, esperándote.
Sonrió en ese punto: un rictus repentino y feroz que Martín ya le había visto en Ciudad Juárez. La mueca de bandolero. Se abrió un poco la chaqueta y mostró la culata nacarada de una pistola metida en funda de cuero, bajo la axila izquierda.
—No dejo de cargar fierro, como ve. Nunca se sabe.
De pronto pareció recordar algo, pues hurgó con dos dedos en el bolsillo del chaleco opuesto al del reloj.
—Tampoco he olvidado su moneda, ¿ve?… La llevo siempre conmigo.
Mostraba en alto el reluciente maximiliano de oro. Lo hizo saltar un momento en la palma de la mano y volvió a guardarlo.
—Se la sigo debiendo, no se preocupe; pero es un recordatorio… Nomás la miro me acuerdo que hay traidores. Alacranes debajo de las piedras.
—¿Averiguó qué fue del oro del Banco de Chihuahua?
Los ojos color café se detuvieron en Martín con una fijeza casi criminal.
—No, pero no lo olvido. Sigo averiguando… Y le juro, amiguito, que cuando ponga nombres y caras a los que me tendieron el cuatro, ese día van a sobrar sombreros.
Emilio Ulúa, el presidente de la Minera Norteña, destilaba veneno pero no era tonto.
—¿Para cuándo su cita con Raúl Madero, Garret?
—Me recibirá mañana en el Palacio Nacional.
Se encogió de hombros el otro, desabrido. Estaba de pie ante la ventana de un despacho forrado en caoba de la cuarta planta —alfombras turcas y un paisaje de José María Velasco en la pared—, dando la espalda a Martín. Contemplaba los árboles de la Alameda, al otro lado de la avenida Juárez.
—Apriétele las clavijas… Necesitamos esa reducción de tasas para el trióxido de arsénico refinado. Y también vía libre para las nuevas concesiones de pirita cobriza en Baja California, donde los gringos se están moviendo rápido. Tenemos que madrugarles allí como sea.
Movía Martín la cabeza, inseguro.
—Los norteamericanos convencen a todo el mundo. Riegan con un chorro de dólares y resulta difícil ganarles una mano.
—Tonterías, tonterías… Ellos tienen dinero, pero nosotros lo tenemos a usted. Al héroe de Juárez.
Subrayó Ulúa lo último con retintín de mala intención. Se había vuelto bruscamente, enmarcado en el rectángulo de claridad de la ventana.
—Tiene que convencer a Raúl Madero —insistió sin más rodeos—. Todo debe estar firmado en una semana.
—No es tan fácil, don Emilio.
—Pues haga que lo sea. Para eso lo mantenemos aquí.
Fue a sentarse tras la mesa, miró los papeles que había en ella y se pasó una mano por el mentón bien afeitado. Después levantó la vista hacia Martín como si hubiera olvidado su presencia.
—Siéntese —dijo áspero, indicando una silla.
Obedeció aquél. El asiento era bajo e incómodo: dejaba al interlocutor a menos altura que Ulúa en el sillón, poniéndolo a su merced.
—Tiene esos fondos a su disposición —el mexicano golpeaba con los nudillos en una carpeta de documentos—. Utilícelos.
Se enderezó un poco Martín. Sentía rígida la nuca, seca la boca, y una vez más se preguntó qué diablos estaba haciendo allí.
—Hay cosas de las que soy incapaz —repuso.
Lo miraba el mexicano sin molestarse en disimular el desdén.
—Sí, estoy de acuerdo. Se me ocurren varias de esas incapacidades… ¿A cuál se refiere ahora, en concreto?
—Soy un técnico de minería, no un negociador. Esa clase de presiones políticas queda fuera de mis competencias.
—¿Presiones políticas? ¿Así las llama usted?
—¿Y cómo quiere que las llame?
—Vaya —Ulúa se recostó en el sillón—. El íntegro españolazo nos sale con escrúpulos de conciencia… ¿Quién se cree que es?
—Sé quién soy —lo atajó Martín con calma—. Una cosa es que tenga la benevolencia del hermano del presidente, y otra que la utilicemos con tanto descaro.
—Vigile sus palabras.
—Hablo de mi propio descaro, don Emilio. Hay cosas que soy incapaz de hacer.
Emitió el otro una risa poco simpática.
—Pues bien que las hizo en Juárez.
—Fue otra clase de cosas… No es lo mismo que ir sobornando por los despachos.
—La Minera Norteña no soborna. Sólo persuade.
—En tal caso, me considero poco persuasivo.
Ulúa había cogido una pluma estilográfica. Le quitó el capuchón para escribir algo —el ademán hizo pensar a Martín en una sentencia de muerte, tal vez la suya—, pero volvió a ponérselo y dejó la pluma en su sitio, entre una caja de cigarros y un cenicero de bronce que representaba a un charro a caballo.
—Esto es México, Garret. Olvidarlo puede costarle muy caro.
Parpadeó Martín.
—Suena a amenaza, don Emilio.
Sonrió lúgubre el mexicano, con pésima voluntad.
—Pues claro que lo amenazo. No hago otra cosa desde aquella comida en Gambrinus… Soportar mis amenazas y tenerlas en cuenta va incluido en su salario.
Había abierto la caja de cigarros, y tras estudiar el contenido eligió un habano de mediano tamaño. Lo encendió despacio rascando un fósforo, minuciosamente, cual si de nuevo hubiese olvidado la presencia de Martín.
—Las oportunidades hay que aprovecharlas —dijo de pronto, brusco, tras las primeras bocanadas de humo—. Si los hermanos Madero le están reconocidos, la ocasión es buena para la Minera Norteña. Usted se debe a quienes lo empleamos. A quienes pagamos su sueldo, ¿no?
—Supongo que sí.
—Oh, vaya… ¿Supone?
—Me debo a la empresa —admitió Martín.
—Entonces cumpla con ella. Ya estuvo bueno de aquella pachanga revolucionaria que tanto nos comprometió. Si sus jueguecitos aventureros le dieron acceso al palacio presidencial, utilicémoslos ahora en nuestro beneficio.
—No es mi modo de obrar, don Emilio. Yo no sirvo para practicar la…
Lo dejó ahí, incómodo. Arrugaba Ulúa el entrecejo.
—¿Mordida? —completó la frase.
Martín guardaba silencio. Hizo el otro el ademán de espantar moscas, o inconvenientes.
—Puede que no sea necesario ir tan lejos. Que Raúl Madero lo atienda por mero agradecimiento o simpatía… En caso contrario, siempre nos queda el eterno recurso: la infalible auri sacra fames, que dicen los clásicos.
—Me temo que no valgo para eso.
—Usted vale para lo que se le ordene… Recuerde al marqués de Santo Amaro, que le expresó su confianza. No irá a decepcionarlo, ¿verdad?
Dio Ulúa una chupada al cigarro y contempló la compacta ceniza, satisfecho.
—Cumpla con su obligación, Garret —añadió tras un momento—. No lo retenemos aquí para que pasee los domingos por Chapultepec o vaya al teatro, que es lo único que hace… —sonrió de repente, taimado—. Bueno, eso y frecuentar a jovencitas casaderas.
Dio otra chupada, miró deshacerse un aro de humo y apoyó los codos en el tafilete de la mesa.
—¿Cree que no lo sé? ¿Que anda revoloteando alrededor de la hija de Antonio Laredo, esa indiecita guapa? ¿Que acude a las tertulias de casa y se los ve pasear, con la tía de carabina, por Reforma y Chapultepec?
Tardó Martín en responder. La impertinencia lo había dejado sin habla.
—Usted no tiene derecho, don Emilio —reaccionó al fin.
Soltó el otro una carcajada muy desagradable.
—Mientras sea empleado mío y esté aquí en comisión de servicio, tengo derecho a todo.
—No le puedo consentir…
—¿Ah, no?… ¿Qué es lo que usted no me consiente?
Despectivo, dando por terminada la conversación, señaló a Martín la puerta. Se puso éste en pie, saludó con una inclinación de cabeza y fue hacia ella, sofocado de indignación y vergüenza.
—Su vida privada me trae sin cuidado —lo retuvo Ulúa a medio camino—, tanto si frecuenta el salón de los Laredo como si visita los cabarets de la calle Cuauhtemotzin… Lo que me importa es la Minera Norteña. No sabemos lo que va a durar esta coyuntura. Cuánto tiempo podrá el presidente mantenerse en el poder como hasta ahora. Por eso urge que firmen lo nuestro. Que todo sea legal antes de que Madero se vaya al diablo.
Lo dijo en tono seco, brutal. Martín se había detenido sobre la alfombra, cerca de la puerta. Vuelto de nuevo hacia el mexicano, escuchaba en silencio.
—Tenemos prisa. ¿Comprende, Garret?… Mucha prisa.
Asintió mortificado el joven, sin despegar los labios.
—Hágame el favor —zanjó Ulúa—. Sea buen muchacho, agarre sus documentos y váyase a ver a su antiguo camarada de armas revolucionarias. Proponga lo necesario, ofrezca lo adecuado, muerda el hueso y no lo suelte hasta que él o su hermano estampen una firma. De no ser así, vamos a tener problemas —dio otra chupada al habano y el humo veló su rostro—. Y usted será el primero en tenerlos.
Cuando el tranvía se detuvo junto a la estatua ecuestre del rey Carlos IV que los mexicanos llamaban el Caballito, Martín bajó y anduvo entre los robles del paseo de la Reforma. Vestía muy correcto, traje oscuro de franela italiana con sombrero, guantes amarillos y bastón de bambú. Era una tarde luminosa, calentada por un sol agradable, y la avenida hormigueaba de paseantes y carruajes que discurrían por la vía urbana de moda en la ciudad, ante las bellas arquitecturas blancas y grises de las casas ajardinadas. Imitando el estilo de los Champs-Élysées de París, el México aristocrático, el poder y el dinero todavía porfirianos, alineaban lujosas residencias a lo largo de la avenida, en alguno de cuyos edificios aún trabajaban albañiles. Todo a la vista era nuevo, monumental y elegante.
La residencia de los Laredo constituía una excepción en el doble alineamiento de edificios neoclásicos y modernistas: aunque era de construcción reciente, tenía el estilo de las viejas haciendas españolas, con un gran patio central circundado por una galería en torno al hermoso jardín con bugambilias moradas y rojas, una fuente y un pequeño templete de madera y hierro forjado. Cruzó Martín el zaguán de piedra oscura, dejó sombrero, guantes y bastón en manos de un criado y salió al patio, rumbo al templete a cuya sombra, en butacas de caña y entre macetones con helechos y gladiolos, conversaba un grupo de personas a quienes dos doncellas de cofia y delantal servían café, té y chocolate.
Saludó, fue recibido con amable naturalidad —ya era habitual de la casa— y con una taza de café en las manos fue a sentarse en una de las butacas.
—Lo echábamos de menos —dijo doña Eulalia Laredo, que olía a crema Simón y agua de Florida.
—Llego un poco tarde —se excusó Martín—. Asuntos de trabajo.
Abría y cerraba el abanico la tía de Yunuen, risueña y casi cómplice, pues el joven español le caía bien. La viuda era la única contertulia de edad y le gustaba ejercer de maestra de ceremonias, controlando a los sirvientes mientras dirigía la conversación como quien reparte cartas de una baraja.
—Hay un momento para cada cosa.
—Oh, sí. Claro.
Los ojos azul cuarzo estaban frente a Martín, al otro lado de la mesita con servicio de plata y porcelana, y sintió éste una tranquila emoción al comprobar que no lo perdían de vista. Yunuen Laredo estaba tan linda como de costumbre, vestida de seda violeta con un chal andaluz sobre los hombros y recogido el cabello en la nuca, partido simétricamente en dos, muy tenso y negro. Eso creaba un delicioso contraste de tonos entre su piel canela, la claridad de la mirada y los zarcillos de plata y aguamarina, como si toda la luz del jardín contribuyese a resaltar su belleza.
—El de seis cilindros es una maravilla —estaba diciendo alguien—. Un prodigio de la mecánica.
Se sumó Martín a la conversación. Hablaban de automóviles, y un abogado todavía joven, casado con una prima de Yunuen, comparaba el Hudson de gasolina que acababa de adquirir con el Baker o el Hupp-Yeats de baterías eléctricas. También estaban presentes dos amigas —las hermanas Rosa y Ana Zugasti, vecinas de la misma avenida—, la esposa del abogado, el secretario de la legación española que Martín había conocido en el Jockey Club y dos treintañeros rubios, risueños e informales, de nombres hispanos pero a los que por su aspecto germánico todos llamaban Max y Moritz. El noveno invitado era el capitán Córdova, que hojeaba con poco interés una novela de Xavier de Montépin y de vez en cuando levantaba la cabeza. Vestía de paisano: levita gris y pantalón estrecho con botines, muy elegante.
—El ingeniero podrá ilustrarnos sobre el particular —apuntaba doña Eulalia.
—No sé mucho de eso —se excusó Martín.
Manifestó sorpresa el secretario de embajada. Se llamaba Paco Tojeira y era un gallego regordete de aire simpático, bastante calvo aunque no había cumplido los treinta y cinco. Usaba barbita rubia y lentes que parecían achatarle la nariz.
—¿No le interesan los automóviles?
—Poco.
Miraba Yunuen a Martín con una sonrisa tierna, muy de su parte. Ignoraba él si la joven compartía sus sentimientos, pero lo cierto era que no se mostraba ajena a ellos, al menos hasta donde una mexicana de buena familia y bien educada podía permitirse. Habían conversado otras tardes y paseado juntos bajo la mirada tolerante de la tía, hablando sobre trivialidades y gozando de silencios que a Martín le parecían significativos e incluso románticos. Su intervención en los sucesos del norte, que todos conocían aunque él evitaba mencionar, le confería cierta aura aventurera, casi heroica. Allí todos eran conscientes de que él esquivaba las preguntas directas, así que solían satisfacer su interés por otras vías. Qué diferencia se daba entre revolucionarios y bandoleros, por ejemplo. Cómo eran de violentos y asesinos Orozco y Pancho Villa, o qué pensaba de las mujeres que acompañaban a las tropas, esas llamadas soldaderas. Lo acababa de preguntar una de las Zugasti, ávidos los ojos y despectiva la boca, muy femenina en su curiosidad adobada con falsa inocencia.
—Lo hacen con naturalidad —respondió Martín tras pensarlo un momento—. No se plantean que su vida pueda ser de otra manera. Tienen al hombre, y lo siguen. Sin dramatismos, con sencillez.
—Resignadas a su dura suerte —apostilló Tojeira.
Suspiró Yunuen.
—Qué palabra más triste, ¿no?… Resignadas.
—No son las únicas —señaló doña Eulalia—. La resignación en una mujer no depende de su posición social —miraba en torno, dejando calar la idea—. Por desgracia, las mujeres en México lo sabemos bien.
Se tocaba con el abanico —tal vez deliberadamente— el dije de oro donde, sobre el pecho de muselina negra, llevaba un retrato en miniatura de su fusilado esposo.
Intervino Ana, la segunda de las Zugasti.
—Imagino que el sacramento del matrimonio les resultará desconocido a casi todas ellas.
Sonrió Martín, sin responder, y terció de nuevo doña Eulalia.
—Esa pobre gente tiene poco tiempo para sacramentos… ¿Está usted de acuerdo, Martín?
—Lo estoy.
Yunuen escuchaba con mucha atención.
—He visto fotografías en las revistas —comentó—. Detrás de las tropas, subiendo a los trenes cargadas de fardos y de hijos. Esos hombres las tratan…
Dejó las últimas palabras en el aire, estremeciéndose. Miraba a Martín cual si pidiera consuelo para pensamientos tristes.
—Igual que a bestias —remató Tojeira, crudo.
Asintió el joven ingeniero.
—Es verdad. Pero también ellos dependen de esas mujeres: buscan comida, saquean, despojan cadáveres enemigos, preparan el rancho y los atienden cuando enferman o caen heridos.
—Abnegadas y sumisas con esos malagradecidos —señaló Rosa Zugasti, entre admirada y escandalizada.
—Sí.
—Pero tales mujerzuelas…
Se removió Martín, molesto.
—No creo que ésa —la interrumpió— sea la palabra adecuada.
—Qué vida tan terrible —exclamó la prima de Yunuen.
—Pero a sus hombres les alivian lo fogoso, claro —apuntó el marido con sonrisa equívoca, suscitando una severa ojeada de doña Eulalia—. Eso pone a salvo a las mujeres decentes.
—Sólo hasta cierto punto —opinó Moritz.
—Bueno, basta —se impacientaba la tía—. Cambiemos de conversación.
—También combaten a veces —dijo Martín—. Llegada la ocasión, pueden ser tan duras y valientes como ellos.
Los ojos azul cuarzo lo contemplaban con asombro. Se detuvieron en la pequeña cicatriz del pómulo derecho.
—¿Es que las vio pelear?
—Por Dios, niña —la reconvino doña Eulalia.
—¿Las vio?
Tojeira, que limpiaba los lentes con un pañuelo, observó a Martín con socarronería.
—Se rumorea que las vio, en efecto. Y mucho.
Tampoco respondió el joven a eso. Sentía la mirada silenciosa del capitán Córdova, que fumaba sonriendo ligeramente, con aire de indiferencia, hundido el mentón sobre el cuello duro de la camisa y la ancha corbata.
—¿Y si esas mujeres pierden a sus hombres? —insistió Yunuen.
—¿Si los matan, quiere decir?
—Sí.
Dudó Martín, buscando un modo de decirlo. No había demasiados.
—Se unen a otros —repuso al fin.
—¿No guardan luto?
—No pueden permitirse ese lujo.
Enarcaba Max las cejas casi albinas, escandalizado.
—¿Lujo, ha dicho usted?
—Sí… Exactamente eso dije.
—¿Quiere decir que se juntan como animales, sin más, de cualquier manera? —insistió la prima.
—Con cualquiera que las proteja y las lleve con él.
—¿Y si también lo matan?
—Buscan a otro.
—¿Cargando con los hijos y todo?
—Sí.
—Qué horror.
Siguió un silencio incómodo. El dueño de la casa, don Antonio Laredo, no participaba en aquellas reuniones. Apareció en ese momento, circunspecto y cortés, saludó a los habituales y se retiró en seguida a su despacho y sus quehaceres, dejándolos a todos en manos de su hermana. Pasó la conversación a otros asuntos, incluidas la reciente apertura en El Centro Mercantil de una tienda especializada en moda inglesa para caballero y las virtudes para sofocos femeninos de las botellitas de agua española de Carabaña. Rosa Zugasti hizo una mención a los tiempos de Porfirio Díaz, lamentando que ciertos proyectos urbanos no llegaran a ponerse en práctica. Comentó entonces Moritz la popularidad decreciente de Francisco Madero y la dura revuelta de Zapata en el sur, y preguntó a Tojeira cómo consideraban la situación en la legación española. Se encogió de hombros el diplomático, prudente, tocándose la corbata con la sonrisa zorruna de quien sabe mucho y cuenta poco.
—Wait and see —se limitó a decir.
—Pero se afirma que el embajador Cólogan se lleva fatal con nuestro presidente —insistió Moritz—. Y que secunda cuanto propone su colega norteamericano…
Lo interrumpió una rápida reprimenda de la tía Eulalia.
—Ya sabéis que la política está prohibida en esta casa —sentenció rotunda, abarcando con un semicírculo de abanico a su sobrina, la prima y las Zugasti—. Nada hay en ella que interese a señoras ni señoritas. Con las soldaderas hemos tenido bastante por hoy.
—Pero la temperatura, doña Eulalia…
—La única temperatura que nos interesa es la del chocolate.
Permanecía Martín atento a Yunuen, que continuaba sosteniéndole con ternura la mirada. Eso le hacía sentirse relajado y feliz, confiado en el futuro inmediato. La única sombra era el modo en que Jacinto Córdova lo seguía observando.
Martín y el militar salieron juntos de casa de los Laredo. El sol se había ocultado tras el castillo de Chapultepec y los modernos focos eléctricos salpicaban de luces amarillas el paseo de la Reforma, trazando una doble línea de puntos brillantes que se recortaba contra el cielo lejano, todavía rojizo y azul oscuro como un incendio indeciso.
Señaló Córdova con su bastón un par de coches de punto detenidos frente al café Colón, que acababan de encender sus linternas de pescante.
—¿Tomará uno de ésos?… Podemos ir juntos, si le parece bien.
Admiraba Martín, echado un poco atrás el sombrero, la belleza del anochecer. La temperatura era agradable y la avenida iluminada invitaba al paseo.
—Iré caminando. Sólo es algo más de media hora hasta mi hotel.
—Ah, bueno —consultó el militar su reloj de pulsera—. Lo acompaño, entonces… Si le parece, por la Ciudadela acortaremos camino.
Dudó Martín. Eso significaba calles más oscuras. No tenía motivos para desconfiar del militar, pero sus miradas y silencios cuando estaban en presencia de Yunuen Laredo, aquella leve sonrisa pensativa y fría, le causaban cierto desasosiego. Lo asombroso, sin embargo, era que Jacinto Córdova seguía siéndole simpático. Y estaba seguro de que esa simpatía era mutua.
—De acuerdo. Vamos.
Dejaron atrás Reforma hacia Bucareli y la Ciudadela, en cuyas calles aledañas el alumbrado público era más escaso. Anduvieron durante un buen rato en silencio. Córdova balanceaba su bastón, y el ala del bombín le dejaba medio rostro en sombra.
—¿Ama usted a Yunuen? —preguntó de pronto.
Lo dijo tal cual, a bocajarro, aunque el tono era sereno, muy natural y tranquilo, como si se refiriese al estado del tiempo o del suelo que pisaban.
—Espero que no tome a mal —repuso Martín cuando se recobró de la sorpresa— si respondo que eso es una impertinencia.
—Tiene razón —admitió el militar, ecuánime—. Lo es.
Movió los hombros eludiendo vagas responsabilidades, y al cabo de unos pasos habló de nuevo.
—¿Sabe que mi padre murió por una impertinencia?
Lo contó en pocas palabras mientras caminaban casi hombro con hombro. Su padre, un coronel de artillería llamado Santiago Córdova, había luchado en el bando republicano en tiempos del emperador Maximiliano, combatiendo en las batallas de Miahuatlán y la Carbonera. En 1886, una discusión con un amigo acabó en un duelo en el que ambos perdieron la vida.
—También fue a causa de una impertinencia —repitió.
—¿Por parte de quién?
—Eso da igual… Yo tenía dos años, y quedé huérfano.
Se sumió en un silencio taciturno que no rompió hasta un momento después.
—Asunto de mujeres, se dijo.
Volvió a callar. Cruzaban una pequeña plaza cuyos arbustos y bancos ya estaban sumidos en sombras. La luz distante del farol que iluminaba una esquina perfiló medio rostro afilado del militar: bigote y mentón decidido y firme.
—Los dos eran grandes amigos —prosiguió al fin—. Compadres, en realidad. El otro también era coronel. Se llamaba Jacinto Carvajal y por él llevo mi nombre. Se conocían desde cadetes. Leales y valientes, hombres de honor y mexicanos hasta el tuétano.
—¿Y cómo fue posible…?
—Éste es un país singular. Un lugar violento y raro, como ha podido comprobar.
Rió bajito al decirlo, entre dientes, y Martín no pudo menos que preguntarse a dónde iba a parar tan inusual conversación. A nada bueno, se temía.
—Discutieron —seguía contando Córdova— y uno de ellos dijo algo que no debió decir. La mentada impertinencia, ya sabe. Los dos se querían mucho, pero hay cosas que no… Bueno. El caso es que acabaron sentándose muy tranquilos, cogidos de la mano izquierda mientras con la derecha cada uno apoyaba el caño del revólver en el pecho del otro…
Se detuvo Martín en seco, apoyado en su bastón. No daba crédito.
—Eso que me cuenta ¿es real?
—Absolutamente. Mi padre recibió un disparo y le dio tiempo de hacer dos. Él y su amigo murieron en el acto… ¿Qué le parece?
—Una atrocidad.
Con una cordial presión en un brazo, Córdova lo invitó a seguir caminando.
—Oh, no. Nada de eso. Sólo es México.
Apagado por completo el crepúsculo, en el cielo brillaban las estrellas y en el interior de estanquillos, tiendas y pulquerías empezaban a encenderse lámparas y farolitos de vidrio o papel. Algunos focos eléctricos de poca intensidad, alternando con débiles luces de gas, aceite o petróleo, hendían las fachadas con arabescos de claridad semejantes a luciérnagas amarillas, rojas y azules.
—Permítame ahora que siga siendo impertinente… ¿Está enamorado de Yunuen Laredo?
Martín tenía la boca seca. Su voz brotó ronca.
—¿Y usted?
—Sí, desde luego —respondió el otro con mucha naturalidad—. Y lo observo a usted.
—¿Con qué objeto?
—Estudiar el momento. Soy un hombre paciente. Deseo comprobar si el interés que ella le muestra es eventual, o algo más serio.
El sarcasmo le quemaba a Martín los labios.
—¿Quiere darme una oportunidad?… Qué generoso, capitán Córdova.
—Llámeme Jacinto, por favor.
—Qué generoso, Jacinto. ¿Y qué hay de mi propio interés?
—Ah, es normal. Nada puedo reprocharle. Ante una mujer así, ¿quién no lo tendría?… Hasta Max y Moritz, como se habrá dado cuenta, albergan esperanzas.
Dio unos pasos en silencio y al cabo emitió una risa despectiva. Fría.
—Ellos no tienen ninguna posibilidad.
Calló de nuevo, y un poco más adelante se volvió hacia Martín.
—Esto nos hermana a usted y a mí, me parece.
—¿Nos hermana?
—Al menos hasta cierto punto.
—¿Como a su padre y aquel amigo, tal vez?
—Podría ser, sí. Algo parecido.
Habían dejado atrás los muros negros de la Ciudadela. La luz aceitosa de una tienda de abarrotes iluminó la sonrisa críptica del militar.
—Usted está de paso, Martín. No va a quedarse aquí. Tarde o temprano se irá a otro lugar, o a España.
—¿Teme que quiera llevarme a Yunuen? ¿Arrebatársela?
—Admito que he considerado esa posibilidad.
—¿Y si el interés por mí resultara serio?… ¿Y si ella compartiese mis sentimientos?
—En tal caso, me temo que sería con usted más impertinente de lo que soy.
Pasaron cerca de un foco eléctrico que alargaba sus sombras en el empedrado. La claridad iluminó la figura delgada y elegante de Córdova, que sostenía el bastón en la mano derecha. Al comprobar que Martín lo observaba, alzó un poco la otra mano, cual si mostrase que no escondía nada en ella.
—Le ruego que no me malinterprete. Soy militar de carrera, valoro lo que usted hizo en Juárez y tiene todo mi respeto. No parece de los que se conmueven con amenazas, así que no lo tome por ese lado. Me limito a comentarle, del modo más leal posible, una situación… ¿Qué haría, de estar en mi lugar?
Lo pensó un momento Martín.
—Si Yunuen se inclinase claramente por otro, me retiraría como un caballero.
—¿Claramente?
—Sí.
Torció Córdova la boca en una mueca sarcástica. La luz amarillenta empalidecía su rostro con tonalidades de cera.
—Ya, por supuesto —la carcajada sonó metálica, peligrosa como la hoja de un cuchillo—. Pero es que usted no es mexicano.
El secretario le abrió la puerta y volvió a cerrarla a su espalda. Por el ventanal del despacho de Raúl Madero, abierto a un balcón del Palacio Nacional, se veía el Zócalo lleno de gente, tranvías y carruajes frente al doble edificio de la antigua catedral española. Martín había llegado guiado por un conserje y luego por el secretario, tras subir escaleras, recorrer pasillos y esperar tres cuartos de hora en la antesala, sentado en una silla bajo un retrato del cura Hidalgo.
—Qué gusto verlo, estimado amigo… Qué gusto me da verlo.
El hermano del presidente había engordado un poco. Demasiadas comidas en Gambrinus, pensó Martín. Mucho despacho y poco cabalgar ya entre zumbidos de balas. Tenía la edad de Martín, pero aparentaba más. Se había dejado un bigote fino que le acentuaba el mentón huidizo, y su elegante traje gris con chaleco, camisa de cuello duro, corbata de seda y zapatos lustrados nada tenían que ver con la chaqueta arrugada, las polainas polvorientas y la pistola que portaba en la batalla de Juárez. Sin embargo, la calidez de sus ojos, tan parecidos a los de su hermano, era la misma.
—Sólo podré dedicarle unos minutos, discúlpeme. Hay nuevos problemas en el norte.
—¿Graves?
Hizo Raúl Madero un ademán ambiguo.
—Pueden serlo. Pascual Orozco se ha quitado al fin la careta y desconoce de modo abierto al presidente… Se lo cuento porque no tardará en hacerse público. Ya han llamado algunos periodistas.
—¿Espera consecuencias?
—De ese ambicioso desalmado puede esperarse cualquier cosa. Por haber participado en el cambio político, se cree con derecho a todo. Su arrogancia lo ciega.
Ofrecía asiento a Martín con gesto entre amable y distraído. Obedeció éste, que no se sentía en absoluto cómodo. No por la acogida, que era afectuosa, sino por el motivo de su visita.
—Es lo que nos faltaba —dijo Raúl Madero—. Después de la intentona del general Reyes y la insurgencia de Zapata en Morelos, nos cae esto… Con Reyes, el presidente fue blando —se le ensombreció el semblante—. Si lo hubiera fusilado como aconsejábamos algunos, ahora se andarían todos con más tiento. Pero ya sabe cómo es mi hermano: patriota, honrado y compasivo. Eso lo deja atrapado entre tirios y troyanos.
Se puso en pie Martín. Con alivio, incluso. Aquello resolvía el asunto. Le daba un excelente motivo para marcharse y dejarlo todo como estaba. Una buena excusa ante Emilio Ulúa y la Minera Norteña.
—En tal caso no lo molesto más, don Raúl. Tiene cosas importantes de que ocuparse.
—Es cierto, pero no quiero desairarlo a usted. Siéntese, hombre.
Obedeció Martín de nuevo. El otro se había quitado los lentes y revolvía los papeles que estaban sobre la mesa junto a una fotografía enmarcada de sus hermanos, hecha durante los combates de la estación Bauche: Francisco, Gustavo, Emilio y él mismo, todos en ropa de campaña.
—No olvido Juárez ni lo que hizo allí —comentó mientras leía—. Ha venido a verme por un asunto de concesiones mineras, ¿no?
—Sí, en Baja California —a Martín le ardía la cara de vergüenza—. También por las tasas sobre ciertos productos relacionados con…
Lo interrumpió el hermano del presidente, alzando la vista mientras dejaba el documento en la mesa.
—Ya, ya veo. Pero son malos tiempos, como sabe.
—Sin duda.
Se recostaba Madero en el sillón, serio.
—Me gustaría echarle una mano, pero la palabra tasas no es oportuna. No es cosa de mi departamento. Tampoco lo de las minas, me temo.
Asintió Martín, anhelando terminar con aquello.
—Comprendo.
Parecía pensarlo el otro. Con buena voluntad.
—Sin embargo —concluyó, animándose—, Azpiri, el secretario de Industria, es amigo mío. Puedo darle una tarjeta para él, si eso sirve de algo. Garantizará al menos que lo reciba a usted.
—Se lo agradezco mucho.
Tomó Madero una cartulina, mojó la pluma en el tintero y escribió unas líneas.