Revolución

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7. Noticias de la revolución

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7. Noticias de la revolución

 

 

 

 

 

Aquel verano fue de agitación e incertidumbre. Todo iba a más. La popularidad del presidente Madero seguía diluyéndose en el desagrado de quienes le reprochaban la timidez de sus reformas y en el odio de los elementos conservadores, que lo hacían objeto de una feroz campaña de desprestigio. Pocos periódicos lo defendían ya. El sur campesino era feudo del ejército zapatista y la guerra había vuelto al norte, donde las fuerzas rebeldes de Pascual Orozco, los llamados colorados, se enfrentaban al gobierno. Para combatirlo se había creado la División del Norte, bajo el mando del duro Victoriano Huerta: un general con fama de eficaz y cruel. Y para reforzarlo con tropas irregulares, por petición expresa de Francisco Madero volvía a tomar las armas el coronel, ahora brigadier, al que todos llamaban Pancho Villa.

—Lo bueno es que, de momento, no podrás volver allí —dijo Yunuen Laredo.

Sonreía tristemente Martín, moviendo la cabeza.

—No sé si bueno es la palabra… Aquello es mi verdadero trabajo.

—Con las minas cerradas, poco puedes hacer.

Se tuteaban ya con naturalidad, al uso moderno de los jóvenes. Era un domingo espléndido, caluroso, y el joven ingeniero había acompañado a la muchacha y a su tía a Xochimilco, un agradable paraje de lagunas, islotes y arboledas próximo a la capital. Fueron muy temprano en tranvía a visitar el mercado de flores y artesanía local y desayunar en uno de los merenderos, bajo un cobertizo de hojas de palma situado entre los grandes árboles llamados ahuehuetes. La tía esperó la hora de la comida sentada en una hamaca —una novelita de Riva Palacio abierta sobre la falda y el velo del sombrero en el rostro para protegerse de los insectos—, así que Martín alquiló una trajinera e invitó a Yunuen a navegar por los canales.

—Hace demasiado calor… ¿Me permites que me quite la chaqueta?

—Pues claro.

Hundía el lanchero la pértiga en el agua donde flotaban lirios acuáticos, deslizando despacio la embarcación por el canal de frondosas orillas. Martín se había desembarazado del sombrero panamá y la americana, y desabrochado el chaleco. A veces se cruzaban con otras embarcaciones con hombres en mangas de camisa, señoras vestidas de blanco y sombrillas desplegadas. Todo era tranquilo, silencioso y bello. Hacía pensar en lugares paradisíacos anteriores a la Conquista. El mito de un México precolonial y feliz.

—¿En qué piensas, Martín?

Sonrió él, contemplándola. Ella se había quitado el sombrero de paja blanca. Tenía el pelo recogido en rodetes y el sol hacía brillar su cabello negro y tenso.

—En doña Marina, la intérprete de Hernán Cortés.

—¿La Malinche? —se sorprendió la joven—. ¿Qué tiene que ver ella ahora?

—La imaginaba con tus contradictorios y minerales ojos azules. Con tu aspecto.

—¿Contradictorios?… ¿Cómo debo tomar eso?

—Como un requiebro.

—Te burlas de mí.

—En absoluto. Son demasiado hermosos para una india de entonces. Imposibles hace cuatro siglos.

—Ah, ya veo —se echó ella a reír—. Qué tonto eres.

—Nada de tonto. Hablo en serio… Imagino a aquellos rudos españoles cubiertos de hierro entrando en Tlaxcala, o dondequiera que entrasen. A Cortés viéndola a ella por primera vez. Como yo a ti aquel día, en la Casa de los Azulejos.

—¿La sorpresa?

—Mucho más que eso: la conmoción.

—¿Y eso fue lo que te ocurrió al verme? ¿Quedaste conmocionado?

—Hasta el delirio.

—Además de tonto, estás loco.

Miró de soslayo Yunuen al lanchero, que impulsaba la trajinera con el sombrero sobre los ojos y la pértiga en las manos, ajeno a la conversación.

—La Malinche decidió seguir a ese extranjero —bajó la voz—. Interpretar su lengua y ser su mujer. Pero yo no sigo a nadie.

—De momento —bromeó Martín.

—Por favor… No digas más tonterías.

—¿Crees que la Malinche estaba enamorada?

Se mordía la joven el labio inferior, pensando.

—No sé —repuso al fin—. Deslumbrada, al menos. Debió de ser impresionante ver llegar a esos hombres barbudos y extraños, venidos del mar —lo miró, serena—. Del mismo lugar del que viniste tú.

El paso de la trajinera espantó a unas aves acuáticas, que revolotearon en dirección a la orilla. Se quedaron callados viéndolas alejarse.

—No es difícil para una mexicana —dijo de pronto Yunuen— deslumbrarse con lo que llega de lejos.

—También hay anglosajones que ahora vienen del norte.

—Ellos no están aquí, bajo la piel —le mostraba las muñecas finas y morenas, rodeadas de plata—. Sólo se encuentran de paso. Nuestra sangre no los reconoce.

Inclinando el rostro, súbitamente audaz, Martín besó la piel que de ese modo, sin pretenderlo, se le ofrecía. Un roce suave, un aroma delicioso. Sentía en los labios sus latidos. Tras un instante inmóvil, ella retiró las manos despacio, sin brusquedad. Miró de soslayo al lanchero y luego los árboles que bordeaban el canal.

—Un día te irás, ¿no es cierto?

—No tengo por qué irme solo.

Yunuen se había puesto seria. Apartó la mirada y guardó silencio mientras él seguía contemplándola con fascinación. En un lugar como aquél, inalterado en el tiempo y la historia, ella parecía formar parte natural de la belleza primitiva del paisaje. Concitaba de un modo casi mágico el pasado y el presente. Eso producía en Martín un desasosiego íntimo: no saber si amaba a la joven, o creía amarla, por ella misma o por lo que sus ojos mestizos y su piel canela simbolizaban. Por la sangre cuyas venas había besado y el pulso que latía en ellas. Y no era la primera vez que sentía eso. A menudo, cuando estaba despierto durante la noche en su habitación del hotel —seguía costándole conciliar el sueño desde Ciudad Juárez—, llegaba a creer que en realidad no amaba en Yunuen a una mujer, sino al México que se encarnaba en ella.

—Qué momento tan trágico y tan asombroso, ¿verdad? —dijo en voz alta.

Lo miraba desconcertada, sin comprender a qué se refería. Se disculpó Martín con una sonrisa.

—Me refiero a la destrucción de un mundo y el comienzo de otro… Al amanecer de una raza nueva.

Asintió ella con delicadeza, tras pensarlo.

—Hay muchos motivos para detestar a los españoles —concluyó, sonriente—. Y también para amarlos.

Alzó rotundo un dedo Martín.

—Me gusta esa palabra.

Lo miraba la joven con falsa inocencia.

—¿Detestar?

—Amar.

Dirigió ella con disimulo otra mirada al lanchero.

—Odi et amo —dijo en un susurro—. Lo escribió un poeta latino.

—Odio y amo, ¿no?

—Eso es.

—También me gusta.

Había terminado el paseo acuático. Abordó la trajinera el muelle de madera, se puso Martín chaqueta y sombrero y ayudó a Yunuen a saltar a tierra. Subieron sin prisa por la pequeña cuesta hacia el merendero, rozándose apenas las manos al caminar. A Martín le latía el corazón de gozo.

—Se ha despertado mi tía —dijo Yunuen—. Y no está sola.

Bajo el tejadillo de hojas de palma estaba doña Eulalia, sentada y conversando con un hombre que permanecía de pie: un militar vestido de uniforme, con botas altas relucientes, pistola al cinto y un brazo en cabestrillo.

—Qué sorpresa… Es Jacinto Córdova —se volvió hacia Martín, confusa—. ¿No estaba en el norte, con su regimiento?

A Martín se le había ensombrecido el día.

—Es evidente —respondió amargo— que ya no está.

 

 

 

Encargaron tacos con tuétano y mole de guajolote, limonada y vino mexicano. Fue una comida agradable incluso para Martín, pese a la incomodidad que le causaba la presencia del capitán Córdova. Sin dar muestras de advertirlo, el militar estuvo ocurrente, sencillo, contando sin darse importancia su campaña en el norte y el balazo recibido en el combate de Rellano. Tras los postres, cuando las señoras permanecieron en sus hamacas a la sombra para hacer la digestión, Córdova encendió un habano y Martín y él dieron un paseo bajo los árboles, por la orilla del lago.

—¿Se ha fijado? —comentó el capitán mirando un momento a tía y sobrina, que quedaban atrás—. Yunuen y doña Eulalia son ahora menos maderistas que hace un par de meses… Como casi todas las mujeres de México, admiraban al presidente. Pero se les van enfriando los afectos.

—¿Cómo ve la situación? —inquirió Martín.

—Soy militar, y mi opinión debo reservármela —Córdova dio una larga chupada al cigarro—. Son mis jefes los que ven o no ven.

—Estamos en confianza, capitán.

Dejaba salir el otro el humo, complacido.

—Jacinto, recuerde.

—Estamos en confianza, Jacinto. Me interesa mucho lo que usted opine.

Movió la cabeza el militar, con desgana, acomodando mejor el brazo en el pañuelo de seda que le hacía de cabestrillo.

—El sur está perdido, se lo aseguro. Nadie va a quitarle allí el poder a Zapata, y la represión no hace más que reforzar a ese muerto de hambre. Las atrocidades… —se quedó callado y al cabo encogió los hombros—. Bueno, ya es suficiente. Resumiré diciendo que celebro estar destinado en el norte y no allí abajo, en una guerra tan sucia.

—¿Y qué hay de Pascual Orozco?

—Oh, ése acabará perdiendo. De hecho, ha perdido ya. Le estamos dando lo suyo. Libra combates de supervivencia, y el día menos pensado pasará la frontera.

Se quedó mirando a Martín, el cigarro humeante a medio camino de la boca.

—Supongo que pronto podrá volver a sus minas.

Lo dijo con intención, y no respondió el joven a eso. Seguían por la orilla del lago, donde se movían lentamente algunas embarcaciones entre el verdor de las chinampas construidas con barro, cañas y piedras. Hacía calor, y los dos se aflojaron las corbatas.

—¿Vio al brigadier Villa? —quiso saber Martín.

—Varias veces, sí. Y su regreso ha sido una sorpresa para todos. Lo creíamos un bandolero tosco, un simple saqueador, pero sabe moverse y pelear. En los combates de Parral, Tlahualilo y Conejos estuvo superior… Es un guerrillero nato, sus hombres lo adoran y se las arregla de maravilla. Y odia a los colorados como nadie. Ahorca y fusila prisioneros sin que le tiemble el pulso.

Volvió a mover el brazo dentro del pañuelo, incómodo. Durante la comida, al no poder servirse bien de una mano, Yunuen lo había ayudado a preparar los tacos, lo que no pasó inadvertido a Martín. Tampoco la mirada irónica que el militar le dirigió mientras eso ocurría.

—El problema con Villa —prosiguió Córdova— es que es un irregular con alma de irregular. Una mezcla de genio intuitivo y canalla peligroso. Hace la guerra a su manera, y no hay modo de disciplinarlo. Discute órdenes o las incumple, y al general Huerta se lo llevan los diablos… Raúl Madero, que ha vuelto a campaña, se pasa el tiempo suavizando tensiones entre uno y otro.

—Los periódicos insinúan incidentes. ¿Es cierto?

—Hubo varios. Primero con el coronel Rubio Navarrete, el artillero, aunque ahora Villa y él son muy amigos. Y dicen que en Rellano, después del combate, casi se fajó a tiros con el teniente coronel García Hidalgo, jefe de la plana mayor de Huerta.

Córdova se quedó mirando con aire distraído una trajinera que pasaba. A bordo iba una familia con niños ruidosos y bien vestidos.

—Puede que entre Villa y mi general Huerta todo termine mal.

—¿Cómo de mal?

No respondió el mexicano en seguida. Veía alejarse la embarcación.

—Victoriano Huerta es de esos militares callados y memoriosos. Tiene fama de no olvidar un desaire.

Permaneció con el habano entre los dientes, sin apartar los ojos del lago. Alzó después los ojos al cielo, donde se adensaban nubes lejanas y grises que parecieron ensombrecerle el rostro.

—Lloverá pronto —murmuró, pensativo.

Al cabo de un momento retiró el cigarro y miró a Martín como si hubiera olvidado su presencia.

—Confío en que no le haya incomodado mi aparición… Fui a visitar a Yunuen, recién llegado del norte, y supe que ella y doña Eulalia estaban aquí, a media hora de tranvía.

—Conmigo —precisó Martín, ácido.

—Sí, eso me dijeron. Con usted.

Sonreía vago, con aire indiferente. Dejó salir una bocanada del cigarro mientras se volvía hacia el merendero donde descansaban las dos mujeres.

—Está lindísima, ¿no le parece?

Asintió Martín con frialdad.

—Desde luego.

—Hasta comiendo un taco goteante de grasa es adorable.

—Sí… Lo es.

—¿Les fue bien su paseo en trajinera?

—No fue del todo mal.

—Lamento habérselo estropeado al final, presentándome aquí.

Echó a andar de nuevo, sin más comentarios, entre los trazos de sol que se metían por las ramas. Tras un momento, Martín le dio alcance.

—A veces se pierde y a veces no se gana —dijo de pronto Córdova—. ¿Sabe usted perder, amigo mío?

No respondió Martín. Pensaba en Yunuen ayudando a comer al capitán. En la mirada que Córdova le dirigía.

—Cuando se cure mi herida, volveré con el regimiento —dijo el mexicano—. Hasta entonces tendrá que soportar mi compañía.

Sonrió Martín. Con aquel hombre era fácil hacerlo. Uno se sentía adversario y cómplice al mismo tiempo.

—Sus impertinencias —recordó.

—Eso es —también sonreía Córdova, relajado—. Mis impertinencias, como las llamamos la otra vez… Tiene buena memoria.

Se habían detenido bajo las ramas colgantes de un gran sauce y se miraban de frente.

—¿Ha hecho progresos con Yunuen? —deslizó el militar.

—¿Es otra de sus impertinencias?

—Puede considerarla así.

Se mantuvo impasible Martín.

—Los progresos naturales —concedió.

—Huy, vaya —la mano que sostenía el cigarro se movía en el aire, dejando espirales de humo—. Qué impreciso suena eso.

Indicó Martín con el mentón su brazo en cabestrillo.

—Me parece que usted, con su vitola de heroico militar, ha ganado hoy terreno.

—Oh… Es muy noble por su parte reconocerlo.

—Qué remedio.

—Bueno, yo he estado lejos, cumpliendo con mi deber. Y usted aquí, disfrutando de las oportunidades. Reconozca que no es justo. Así que alguna ventaja debe tener que me hayan pegado un tiro.

—Supongo que sí —concedió Martín, ecuánime.

La sonrisa amable del mexicano nada tenía que ver con la expresión de sus ojos fríos, negros como la obsidiana. Relucían allí intenciones oscuras. Augurios desagradables.

—¿Qué es lo que supone?

—Que tendremos que resolver esto un día u otro.

Alzó Córdova un poco su brazo herido, mostrándoselo.

—Dos semanas, tal vez —dijo.

—Sí… Dos semanas.

 

 

 

Aquéllos fueron días de encuentros inesperados: el siguiente tuvo lugar en el vestíbulo del hotel Gillow. Era media mañana, diluviaba sobre la ciudad y Martín regresaba de la calle sacudiéndose la lluvia de la gabardina y el sombrero. Entregó el paraguas goteante al portero y al entrar se encontró cara a cara con Diana Palmer. Tardó unos segundos en identificarla: vestía ropa de viaje, sombrero y un macferlán a cuadros sobre los hombros. Detrás había dos mozos con su equipaje: un baúl mundo y una maleta de piel de cerdo muy usados, con innumerables etiquetas hoteleras.

—Vaya. Menuda sorpresa, ingeniero… Porque es usted Martín Garret, ¿no?

Asintió, estudiándola: un punto desgarbada, rostro duro y ligeramente huesudo, ojos grandes. Un atractivo seco, algo varonil, dulcificado ahora que llevaba un ligero maquillaje y no calzaba botas polvorientas como en Ciudad Juárez.

—¿Señora Palmer? ¿La periodista?

—Pues claro.

Se estrecharon la mano. Todavía húmeda de lluvia la de Martín, que se excusó por eso. Seca y firme la de ella.

—¿Llega usted o se marcha? —inquirió el joven, cortés.

—Acabo de llegar… Qué coincidencia.

Se citaron para el aperitivo en el bar del hotel, una hora después. Martín, que acudió primero, se levantó de la butaca al verla aparecer. La norteamericana había sustituido la ropa de viaje por un sencillo vestido de lana gris que la hacía parecer aún más alta y delgada. No llevaba sombrero y recogía el cabello con horquillas y peineta de carey. Levísima sombra de ojos, sin rouge en la boca. Olía a un perfume discreto, impreciso, de reminiscencias francesas.

—Cuánto tiempo sin verlo. Qué extraños recuerdos.

—Desde luego.

Se acercó el camarero.

—Un tequila con jugo de limón —pidió Diana Palmer.

—Dos.

Conversaron sobre el tiempo transcurrido, sobre los viajes de ella. Había pasado tres meses en Europa, informando para el New York Evening Journal y el Daily Tribune de Chicago. Situación preocupante y compleja: cuestión turca, disturbios en Rusia, armamento de las grandes potencias y tensión en los Balcanes. También había estado en España, en San Sebastián, donde tuvo ocasión de conocer al joven rey.

—Un hombre muy elegante, por cierto. Educadísimo y encantador.

Se llevó el vaso a los labios y pareció satisfecha del sabor. De un pequeño bolso de piel de caimán sacó una cajetilla de cigarrillos turcos Murad e introdujo uno en el extremo de una boquilla de jade.

—¿Sigue usted sin fumar?… Espero que no le moleste.

—En absoluto.

Se inclinó Martín sobre la mesa para darle fuego con la cajita de fósforos del hotel dispuesta junto al cenicero. Lo miró todo el tiempo mientras él le acercaba la llama al cigarrillo, y aún siguió haciéndolo un momento después, entre el humo azulado.

—No parece el mismo que conocí en Ciudad Juárez —dijo al fin, reclinándose en su butaca con un codo en el reposabrazos y la boquilla en alto, entre dos dedos—. Allí parecía más bien un chiquillo de rodillas sucias que jugaba a la guerra.

Se echó Martín a reír.

—Dios mío… Espero haber mejorado esa impresión.

Ella se llevó la boquilla a los labios. Tenía las manos largas y fuertes, con las uñas tan romas que parecían masculinas. Ni anillos ni pulseras.

—Sí, desde luego —aspiró y dejó salir despacio el humo—. No le quepa duda.

Hablaron de Estados Unidos y México, de la incierta situación actual. De los intereses norteamericanos y la presión que desde la embajada se hacía sobre el gobierno federal.

—No tiene buen aspecto —resumió Diana Palmer—. Por eso precisamente estoy aquí.

—¿Habrá intervención? Se habla mucho de eso.

—No sabría decirle… Tal como están las cosas, todo es posible.

Se acordó Martín del mercenario estadounidense.

—¿Qué fue de aquel irlandés que la escoltaba en Juárez?

—¿Tom Logan?… Pues no sé. Por allí se quedó. Si todavía vive, supongo que continuará en la bola, como él decía. Combatiendo.

—¿Con los colorados de Orozco o con el gobierno?

Se rió ella.

—No creo que le importase mucho la diferencia.

Seguía fumando la norteamericana sin dejar de observar a Martín.

—¿Y qué hay de usted? —preguntó.

Hizo éste un ademán de impotencia.

—Poca cosa. El trabajo en las minas está interrumpido por los disturbios. Viajar al norte es difícil, pues nadie garantiza la seguridad. Imagine extraer y transportar plata en estas circunstancias… Así que me dedico temporalmente a tareas administrativas.

—Vaya —hizo ella un aro de humo—. Debe de ser aburrido para un hombre de acción como usted.

—No soy hombre de acción. Aquello fue accidental.

—Pues según pude comprobar, ciertos accidentes se le dan bastante bien.

—Hace mucho tiempo de eso.

—No crea. Por lo que sé, en México nunca hace mucho tiempo de nada.

Había cruzado las piernas con desenvoltura poco femenina: eran prolongadas y se marcaban bajo la larga falda. Al extremo asomaban unos botines marrones de caña corta, muy bien lustrados, y diez centímetros de tobillo enfundado en medias de seda negra.

—¿Mantuvo el contacto con sus… compañeros de armas? Me refiero a Villa y aquella gente.

—No, ninguno.

—Qué curiosa experiencia, ¿no? La suya.

Se llevó él su copa a los labios. Bebió un sorbo corto y la dejó sobre el posavasos.

—Puede ser —se limitó a decir.

Con aparente descuido, Diana Palmer extendió un brazo y golpeó suave la boquilla con el dedo índice, dejando caer ceniza al suelo. Ignorando el cenicero.

—Accidental, ha dicho antes… Dinamitero por un par de días, y vuelta al cuello duro y la corbata.

Sonrió Martín.

—También llevaba corbata en Juárez.

Lo estudiaba, enigmática.

—Es usted un hombre extraño, señor Garret.

—No me reconozco en esa descripción.

—Ah, desde luego —ladeaba ella la cabeza, cual si lo considerase de nuevo—. Suena poco romántica.

—No soy romántico en absoluto.

—¿Pues cómo se definiría usted?

—Como un ingeniero de minas al que le gusta su trabajo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—No me decepcione, se lo ruego. ¿Y la revolución? ¿Y México?

Martín no respondió a eso. Él mismo tenía sentimientos encontrados al respecto, aunque no estaba dispuesto a confiarlos a una mujer a la que apenas conocía.

—Tengo intención de ir al norte —dijo ella tras advertir su silencio—. Quiero ver cómo termina lo de Orozco. También me gustaría viajar a Morelos. El noticiero de cinematógrafo Pathé’s Weekly me ha pedido que gestione una entrevista y unas filmaciones con Emiliano Zapata. Si lo consigo me mandarán un equipo, aunque tengo pocas esperanzas.

Quitó el cigarrillo consumido de la boquilla y lo aplastó en el cenicero con un solo movimiento firme y seco. Después miró al camarero para llamar su atención, pero Martín hizo un ademán negativo. La norteamericana se puso en pie.

—Me encantaría comer con usted, si le pareciese bien —dijo.

El joven se había levantado también.

—Tendría mucho gusto en invitarla.

Ella lo pensó un momento. Daba vueltas a la boquilla entre los dedos, indecisa, y al cabo la metió en el bolso.

—Lamentablemente —repuso—, hoy tengo comprometidos el almuerzo y la cena. Pero me interesan sus opiniones sobre la situación actual, el presidente Madero y los suyos… Usted los vio en Juárez y los ve ahora. Tendrá conclusiones al respecto.

—No muchas, me temo. Y no más interesantes que las de cualquiera.

—Aun así. ¿Tiene algún compromiso para desayunar mañana?

—Ninguno, pero detesto hacerlo en hoteles. Suelo ir cerca, a Sanborns. Está en el número seis de la calle de San Francisco, a tres manzanas de aquí.

—¿Manzanas?

—Cuadras, dicen los mexicanos.

—Ah.

—Hacen un café y un chocolate excelentes, la leche es fresca y el pan recién horneado, delicioso.

—Estupendo… ¿A las ocho, entonces?

—De acuerdo.

Se miraban, serios de pronto. Indecisos en la despedida. Al fin ella extendió bruscamente una mano.

—Ha sido un placer verlo de nuevo, señor Garret.

—El placer ha sido mío, señora Palmer.

 

 

 

Durmió mal aquella noche. El encuentro y la conversación con la periodista lo habían hecho revivir situaciones y lugares de los que tal vez no había regresado nunca. Dio vueltas en la cama, encendió una luz para leer, sin concentrarse —Ya se ponía el sol; los griegos desembarazáronse de sus armas y descansaron—, y acabó levantándose descalzo y en pijama para ir hasta el ventanal de la pequeña terraza, junto a cuyos vidrios salpicados de lluvia permaneció largo rato inmóvil, escuchando el rumor del agua que caía fuera. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender —quizás influían la noche y el monótono golpear de la lluvia— sentía un desasosiego íntimo y triste. Una melancolía que lo tornaba desorientado, incluso infeliz. Y era absurdo, concluyó irritado. Tenía salud, un trabajo excelente y un futuro prometedor. Ninguna nube negra amenazaba su horizonte, más allá del inseguro México en el que vivía y la sonrisa peligrosa de Jacinto Córdova. Nada, en suma, que pudiera abrumar en exceso, más que al común de los mortales, su juventud y su vida.

Sin embargo, pensaba. Sin embargo.

El repiqueteo de la lluvia en la terraza y el tejado dejaba entrever otros sonidos que hacían latir despacio y fuerte su corazón: detonaciones, disparos. Aquello evocaba polvaredas lejanas, hombres sudorosos que corrían tocados con grandes sombreros y con el rifle o la carabina en las manos. Galope de caballerías, estallido de granadas, zumbar de plomo y acero, humo de incendios retorcido en espirales contra un cielo increíblemente azul. Ciudad Juárez y cuanto representaba como geometría de líneas rectas y curvas, de ángulos y parábolas que su cabeza, adiestrada para el cálculo como interpretación del mundo, había advertido, o intuido, desde el momento en que oyó el primer disparo y vio el primer hombre muerto de un balazo. La violencia, la sangre, el caos, la guerra como intensa escuela de lucidez. Una interpretación de la vida a través de los ojos de un soldado griego sudoroso bajo el bronce, perdido en territorio enemigo.

Apoyó la frente en el cristal de la ventana y el frío llegó hasta sus sienes haciéndole todavía más lento el pulso, hasta que le dolieron. Al otro lado del vidrio empañado por su aliento se desplomaban las gotas de lluvia dejando regueros sólo en apariencia caprichosos, semejantes a cometas líquidos que entrecruzaran trayectorias establecidas por las inmutables reglas del azar.

Se estremeció. Lo asustaba sentir nostalgia de todo eso.

 

 

 

Por la mañana había dejado de llover. Caminó sin prisa bajo un cielo despejado, esquivando los charcos de la calle, entre el tráfico de personas, tranvías y carruajes que a esa hora ya animaba el centro de la ciudad. Al entrar en Sanborns vio que casi todas las mesas y los taburetes del mostrador estaban ocupados. Diana Palmer esperaba sentada al fondo, junto a los macetones con plantas reflejados en el gran espejo de la pared con rótulo publicitario del chocolate y cacao Baker’s. Sobre el mármol blanco había una taza con posos de café, un cenicero con dos colillas apagadas y la prensa del día.

—Siento haberla hecho esperar —se excusó el joven.

—Oh, no, en absoluto —lo tranquilizó ella—. Llega puntual. Soy yo la que madruga mucho.

Mientras colgaba el sombrero en la percha, Martín se fijó en los periódicos: El Imparcial, El País, El Heraldo. También un cuaderno con notas a lápiz.

—¿Alguna noticia importante?

Lo miró sorprendida.

—¿No ha visto aún la prensa?

—No… Suelo comprarla en el kiosco del Zócalo, pero hoy vine directamente aquí.

—Pues es mejor que se siente.

Lo hizo, mirándola inquieto. Se acercaba una de las camareras, pero Diana Palmer la alejó con un ademán seco.

—Pancho Villa —dijo, bajando la voz.

Martín atendía, confuso.

—¿Qué pasa con él?

—Está detenido.

—¿Cómo?

—Detenido, le digo. Orden del general Huerta. Y han estado a punto de fusilarlo.

—Eso es imposible.

—Aquí viene todo —golpeaba con un dedo en los periódicos—. Una versión que, supongo, está orientada por el gobierno; pero que, conociendo al personaje, debe de tener mucho de auténtica… Como dicen ustedes los españoles, cuando el río suena, agua lleva.

Empezó Martín a leer lo publicado mientras Diana Palmer permitía al fin que se acercase la camarera.

—¿Qué tomará el señor? ¿Café, chocolate?

Alzó un momento la cabeza, distraído, absorto en la lectura.

—Café, por favor.

—¿Algo más? ¿Un brioche o un panecito tostado?

A medida que leía, a Martín se le iba haciendo un nudo en el estómago.

—No, gracias.

Pasó de un periódico a otro. Cada uno daba al asunto su propia interpretación, pero coincidían en lo esencial: en Ciudad Jiménez, estando en campaña contra las tropas orozquistas, el brigadier Villa había desobedecido una orden del general Huerta. Acusado por éste de insubordinación, se ordenó formar el cuadro para fusilarlo. El desenlace venía resumido con idénticos términos en todos los diarios, lo que significaba que procedía de un comunicado oficial:

 

El jefe Francisco Villa se insubordinó porque quiso apoderarse de bienes ajenos; y por habérsele impedido decidió sublevarse con los trescientos hombres que mandaba. Fue puesto en cuadro para fusilarlo, y sólo la mediación urgente de los coroneles Guillermo Rubio Navarrete y Raúl Madero, que por telégrafo pidieron gracia al señor presidente de la República, impidió que se cumpliera la sentencia. La medida de gracia llegó cuando Francisco Villa ya estaba en el paredón y un piquete de soldados se disponía a ejecutarlo.

 

—Al parecer robó el caballo de un particular, que apeló al general Huerta —dijo Diana Palmer—. Éste ordenó que se devolviera el animal, pero Villa se negó en redondo. Y Huerta, furioso, aprovechó la ocasión para ajustar viejas cuentas.

—Increíble.

—El Heraldo cita un comunicado del propio general. Lea.

Siguió leyendo Martín:

 

Decido enviarlo preso al Distrito Federal para que allí sea juzgado. El antiguo bandolero llamado Francisco Villa es un elemento muy peligroso para la División del Norte, ya que en todo momento amenaza con relajar la necesaria disciplina de las fuerzas bajo mi mando.

 

Dejó el diario en la mesa, aturdido. La camarera le había traído la taza de café, y se la llevó a los labios. El sabor amargo y fuerte despejó un poco su cabeza.

—Por Dios —murmuró, reaccionando al fin—. Se trata nada menos que de Pancho Villa.

—Pues ya ve los hechos. Se ha salvado de milagro… Por ahora.

—Dicen que lo traen aquí.

—Eso parece. Haré averiguaciones esta mañana y le contaré si hay novedades. En cualquier caso, es una noticia importante y debo escribir sobre ella.

Bebió café Martín hasta apurar la taza. Diana Palmer lo observaba con atención.

—Usted tiene buen recuerdo de Villa, ¿no es cierto?

—No es fácil responder a eso.

Miraba en torno, comparando lo que veía con lo que recordaba.

—Tengo una buena impresión de su gente.

—¿A pesar de todo? —insistió la norteamericana—. ¿De las crueldades y atrocidades? ¿De los prisioneros fusilados y ahorcados?

Sonrió resignado. Imparcial.

—Esto es México.

—Ya —titubeaba ella, como esforzándose en comprender—. Pero todo es tan… bárbaro, ¿no?

—A eso me refiero. Es México.

Diana Palmer no había mirado nunca a Martín del modo en que lo miraba ahora.

—Se diría que le gusta así —concluyó tras un silencio.

—No es cuestión de que me guste o no —repuso con sencillez—. Es más bien una cuestión práctica. Aquí aprendo cosas.

—Dicho por un ingeniero, no es poco —parecía confusa—. ¿Qué clase de cosas?… Que no se aprendan en Europa, por ejemplo.

—Ni en Estados Unidos. Al menos en la parte civilizada, de la que usted procede.

—Le sorprendería saber lo poco civilizados que podemos ser en la parte civilizada.

Hizo él un ademán ambiguo.

—Estructuras —dijo.

—¿Perdón?

—Aprendo sobre estructuras.

—Dios mío… ¿Qué edad tiene? ¿Veintisiete, veintiocho años?

—Veinticinco.

—Pues tan joven como es, lo veo trastornado. Está mal de la cabeza.

Martín no dijo nada. Diana Palmer había sacado del bolso la boquilla de jade y la cajetilla de Murad, pero volvió a guardarlas sin extraer ningún cigarrillo.

—Es asombroso. Estructuras, ha dicho.

—Sí.

Ella se había inclinado hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Acercaba el rostro muy seria, estudiándolo con fijeza. Al cabo de un momento se echó hacia atrás.

—Vaya… Va a ser cierto que aquellos días en el norte lo endurecieron a usted. Ya no es un chiquillo que juega a la guerra.

Se puso en pie, abrió el bolso y llamó a la camarera. Movía la cabeza, desconcertada, sin apartar los ojos de Martín.

—No me sorprendería en absoluto —concluyó— que deseara volver a ella.

 

 

 

Como de costumbre, Emilio Ulúa rezumaba ácido sulfúrico. Se le veía disfrutar con la situación.

—Parece que su amigo Pancho Villa tiene problemas.

—No es mi amigo.

—Bueno, creía que todos ellos lo eran. Esos revolucionarios que no se acostumbran al orden. Buena lección para el presidente Madero, ¿no le parece?… Tener que meter en cintura a los que lo llevaron al poder, y que lo haga el ejército federal al que antes combatía. Tanta proclama y tanto discurso para llegar a esto.

Caminaban por el sendero de gravilla de la Alameda, cruzándola en diagonal rumbo a las oficinas de la Norteña. Venían de una reunión de trabajo en la Escuela de Minas y dejaban atrás el edificio en construcción del nuevo Teatro Nacional, del que aún asomaba, entre andamios, el moderno costillar de acero.

—También otro amigo de usted, el hermanito Raúl, anda por el norte pegando tiros. Vaya familia, ¿no?… Creían que con que se fuera Porfirio Díaz todo iba a quedar resuelto, pero no es lo mismo predicar que dar trigo. Ahora lo están pagando, y me late que aún lo van a pagar más.

Miró Ulúa rápido, con desdén, a un vendedor ambulante que los importunaba y siguió camino, ignorándolo.

—Viaja usted al norte, Garret. A Parral.

Se sorprendió Martín. Primera noticia.

—Pero la situación…

Alzaba el mexicano una mano con ademán airado.

—No me venga con ésas —lo interrumpió secamente—, porque en otras anduvo como pez en el agua. Ya sabrá arreglárselas.

Intentó el joven digerir aquello.

—¿Y qué voy a hacer en Parral, don Emilio?

—Es un viaje corto, de cuatro o cinco días. La absorción del consorcio Figueroa por la sociedad Peñarroya está en marcha, y nos piden de Madrid un informe actualizado sobre la Sierra Madre Oriental. Así que le toca a usted resolver la papeleta.

—¿Y por qué a mí?

Caminaba Ulúa con la mirada distraída en los árboles y bancos de hierro del parque, como si no lo oyera.

—He preparado una reunión con nuestra gente de allí —prosiguió—, y mi secretario va a reservarle tren y una buena habitación en el hotel Hidalgo. Se verá con los directores y agentes de nuestras minas del noroeste, tanto las cerradas como las pocas que estos días siguen abiertas.

—Yo sólo soy un ingeniero, don Emilio.

—Con buenas relaciones, o eso creen todos. Intimó con la orquesta, así que ahora le toca bailar la música. Además…

Se detuvo a mirar por fin a Martín. A su espalda canturreaba el agua en la fuente de piedra y detrás se erguía el monumento a Juárez: columnas, mármol, leones y el correspondiente medallón de laureles. Al benemérito, la Patria.

—Me cuesta reconocérselo, pero aquí no lo hace mal… Sus gestiones sobre la pirita cobriza en Baja California son eficaces. Y en Industria, no sé qué diablos les da, están encantados. El otro día me encontré al secretario Azpiri comiendo en Sylvain y lo puso a usted por las nubes. Ese gachupín simpático, dijo. No sé cómo lo consigue, pero les cae bien a todos.

Hizo una pausa para encogerse de hombros y se dio unos golpecitos en el pecho, a la altura del bolsillo interior de la chaqueta.

—Luego, eso sí, debo ir yo con la billetera lista, dispuesto a que cada cual se lleve su mordida… Pero lo cierto es que funciona.

Unas aves pasaron revoloteando sobre ellos y una deyección de paloma cayó vertical, muy cerca de Ulúa, casi acertándole en el sombrero. Miró éste arriba, malhumorado, y después a Martín como haciéndolo responsable.

—A mí no me cae usted simpático.

Asintió resignado el joven.

—Me consta.

—Si no fuera por…

—También me consta.

Lo observaba ceñudo el mexicano. Intentaba establecer, suspicaz, si aquellas respuestas apuntaban sumisión o insolencia. Al fin pareció relajarse un poco.

—No sé qué pasará si esto cambia, que cambiará. Aunque por ahora su aventura revolucionaria le está siendo rentable. Y a la Norteña, de rebote. Se corrió la voz, y todos creen que los Madero y usted son íntimos.

—No he hecho nada por sostener esa falsedad. Todo lo contrario. Procuro…

—Déjese de pendejadas, hombre. Le guste o no, usted moja ahora en la política.

—¿De qué política me habla?… Me limito a hacer mi trabajo. Al menos, el que puedo hacer aquí.

—Pues a eso me refiero. Todos los oportunistas que en asuntos de minería se arriman al poder, o lo pretenden, nos miran de reojo. Eso a lo mejor le cuesta caro a la larga, pero de momento es una racha a su favor y al nuestro. Los dados están cayendo bien sobre la mesa. Así que agitemos el cubilete y aprovechémoslo mientras dure.

—¿Y si no dura?

—Entonces cada cual se las arreglará como pueda —sonreía Ulúa, lúgubre—. Y que Dios reconozca a los suyos.

 

 

 

Desde la toma de la ciudad por las tropas federales, Parral era un lugar tranquilo. Apenas se daban incidentes, y eran de poca importancia. Después de un incómodo viaje en un tren cargado de soldados, Martín se instaló en el hotel Hidalgo, que resultó moderno, lujoso y con restaurante bien atendido. La vida ciudadana transcurría con normalidad, así que el joven ingeniero pudo desempeñar su misión de modo satisfactorio: le bastaron dos intensas jornadas de reuniones con directores y agentes de la Minera Norteña para hallarse en condiciones de redactar el informe encargado por Emilio Ulúa. La actividad de las minas del noroeste se veía perturbada por los avatares revolucionarios: unas estaban cerradas y otras seguían activas pero con bajo rendimiento. La Norteña perdía mucho dinero, e incluso grandes explotaciones mineras en el mismo Parral, como la famosa La Prieta —concesión de la estadounidense Negrita Smelting Co.—, pasaban por serias dificultades. Todo el mundo anhelaba el retorno de la estabilidad política, que el gobierno parecía incapaz de garantizar.

Un día antes de su regreso a la capital, vestido con flux de dril blanco y sombrero panamá, estaba Martín almorzando en la terraza del restaurante La Espuela, frente al Palacio Alvarado, cuando escuchó la conversación de una mesa cercana. Dos uniformados, mayor y capitán, hablaban de sus asuntos, y el de más rango mencionó en términos despectivos una unidad de tropas irregulares, la brigada Durango, y a uno de sus jefes, el mayor Garza. El nombre sobresaltó a Martín e hizo que se dirigiese a los militares.

—Les ruego que me disculpen, caballeros, pero no he podido evitar oírlos… ¿Hablan ustedes de Genovevo Garza?

Lo miraron de mal modo, recelosos, hasta que un vistazo más detenido a su aspecto les aclaró el semblante. Fue el capitán quien respondió.

—¿Con quién tenemos el honor?

—Oh, discúlpenme otra vez —se puso en pie—. Martín Garret, ingeniero.

—¿Español?

—Sí. Estoy en Parral por razones de trabajo.

Se extrañaron los militares.

—¿Y sabe usted quién es Garza?

—Lo conocí cuando los maderistas tomaron Juárez. Ese individuo mandaba una tropa villista y se portó bien conmigo.

—Pues debe de ser uno de los pocos a quienes esos bandidos dejaron buen recuerdo… Se trata de gentuza sin disciplina, y aquí no tienen buena fama.

—¿Aquí?

—Sí, aquí mismo. Esa mal dicha brigada, la Durango, que ni siquiera es brigada y apenas llega a batallón, está acampada cerca, protegiendo La Prieta.

—¿Se refieren a la mina?

—A qué, si no… Hubo un intento de sabotaje de los colorados hace tres semanas. Y como los dueños son norteamericanos, se encargó a Garza y su gente vigilar el lugar hasta que lleguen más tropas federales, no vayan a enchilarse los gringos.

Agradeció Martín la información, pagó la cuenta de los militares, que aceptaron tras cortés resistencia, regresó al hotel y tras pensarlo un momento alquiló un buggy. Al trotecillo corto del caballo, el carricoche de dos ruedas salió de la ciudad y ascendió despacio por el sinuoso camino mientras el joven, sentado en el pescante con las riendas en la mano, contemplaba el paisaje tan familiar para él de escombreras pardas y rojizas, grandes zanjas veteadas de óxido y torres de hierro y madera que se alzaban sobre la boca de los pozos. Olía el aire a tierra herida y mineral desnudo.

En la falda del cerro, justo donde empezaba a pronunciarse la pendiente, había un grupo de barracones y casitas contorneado por árboles raquíticos. Un pastor que vigilaba sus animales alzó el sombrero para observar el paso de Martín.

—¿La tropa? —preguntó éste.

Sin responder, el pastor señaló camino arriba. Sacudió el joven las riendas y el carricoche rodeó un lavadero de fango cuarteado y seco. Al otro lado, sentados a la puerta de un jacal, dos hombres lo veían acercarse con indiferencia. Ni siquiera se movieron cuando llegó a su altura, limitándose a mirarlo con sus caras de indios impasibles. Llevaban días sin afeitarse y vestían desharrapados al estilo campesino: calzones blancos muy sucios, huaraches y enormes sombreros de soyate. Dos viejos rifles Springfield, de culatas tan gastadas como suelas de zapato, estaban apoyados en una piedra junto a un cántaro con agua, con las cananas de munición colgando de los cañones.

—¿La brigada Durango?

Lo observaban callados, sin aparente interés. Al cabo, tras hurgarse a conciencia la nariz, uno despegó los labios.

—¿Qué se le ofrece, señor?

—Busco al mayor Genovevo Garza.

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