Revolución

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7. Noticias de la revolución

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—¿Y él lo busca a usté?

—Todavía no sabe que estoy aquí.

—¿Me regala su gracia?

—Martín Garret.

Lo miraba el mexicano de arriba abajo, sin prisa, evaluándolo. Fue el otro el que, indolente, sin cambiar de postura, volvió el rostro hacia la puerta del jacal y gritó un nombre:

—¡Chingatumadre!

Sonó dentro un gruñido, y al cabo de un momento apareció un fulano bajo y fuerte, bigotudo, tripón, de torso desnudo y cara de sueño, que con una mano se frotaba los ojos deslumbrados por la luz mientras en la otra sostenía un cigarro de mariguana humeante.

—¿Qué carajos pasa?

Lo reconoció Martín en el acto, y un golpe de afecto le subió del corazón a la boca, arrancándole una carcajada feliz.

—Me alegro de verlo, sargento —dijo.

Lo miraba el otro entornando los párpados y se rascaba la barriga, desconcertado. De pronto abrió mucho la boca y se le iluminó el rostro.

—¡Újole!… ¡Pero si es el pinche ingeniero!

 

 

 

—No nos dieron tiempo de avivarnos, esos jijos de la rejija —concluyó Genovevo Garza, dolido—. Los federales nos rodearon y desarmaron antes de llevarse a mi general Villa.

Lo refería a su manera desde el principio, tras la sorpresa y los abrazos, a la sombra de un barracón ocupado por una veintena de hombres mugrientos que, sentados o en pie, miraban a Martín con ceñuda curiosidad. La atmósfera era espesa: se mezclaban en ella sudor, ropa sucia, humo de cigarros y colillas malolientes.

—Nos fregaron bien gacho, ingeniero.

Hablaba despacio, sin dejar de afilar las cuchillas de los espolones de un gallo de pelea que estaba en su jaula sobre un arcón roto: un gallo giro de cuello largo y fuerte, tan inmóvil que parecía disecado.

—Nos madrugaron esos putos, oiga. De plano.

Contó el mayor lo mal que se llevaban Victoriano Huerta y Pancho Villa, siempre en busca el primero de un pretexto para caerle encima al otro. Al final, Villa lo había puesto fácil apropiándose de una yegua de un comerciante llamado Russek, y éste fue a protestarle a Huerta, que ordenó devolverla. Lo mandó Villa al diablo y aquello precipitó las cosas. Desarmado y preso, a las cinco de la mañana lo pusieron frente al paredón. Hasta el último momento, Villa no creyó que fuera en serio; pensaba que se trataba de una pantomima para intimidarlo, pero cuando vio seis fusiles apuntándole se quedó estupefacto. Estaba el piquete a punto de abrir fuego cuando llegó Raúl Madero reventando caballos, con un telegrama presidencial en la mano. Se ordenaba detener la ejecución y mandar al preso a la capital para que fuera juzgado allí.

—Lo iban a tiznar igual que a un perro, ¿se da cuenta?… Al mero mero Pancho Villa, nada menos. Afusilado como un méndigo cualquiera.

Se detuvo Garza a pasear la vista entre sus hombres, cual si apelara a ese testimonio. Vestía una descolorida chaquetilla corta, camisa sucia, sin cuello, y pantalones charros con remiendos en las rodillas. Las uñas tenían filos negros.

—Don Francisco Madero —prosiguió— se deja comer la oreja por quien no debe. Ni siquiera cambia las leyes de antes… Y mientras mi general Villa, que peleó por él, está en la cárcel, el señor presidente recibe a ese alacrán de Huerta con todo y la madre, haciéndolo general de división.

Miró otra vez el mayor a sus hombres: mugrientos, descuidados, con barba de días y ojos enrojecidos de mariguana. A él mismo, más flaco que en Ciudad Juárez, le colgaban los bigotes grises igual que colas abatidas de ratón, y la cicatriz en la cara, de la sien a la mandíbula derechas, le avejentaba aún más el rostro.

—Y nosotros aquí, pudriéndonos, afigúrese… Me lleva la fregada, de pensarlo.

Comprobó las cuchillas sobre un dedo pulgar y pareció satisfecho. Las puso a un lado.

—Es como si en el gobierno se hubieran vuelto todos locos…

Martín no sabía qué decir.

—Estoy seguro de que se trata de un malentendido —opinó al fin—. Ya verá como lo liberan pronto.

—¿Usté cree?… Me se hace que no. Cuando lo tienen entre rejas, esos tales por cuales le acumulan pleitos. Ya se olvidaron de la yegua y ora cuentan esto y lo otro: quesque anda con mujeres de otros, quesque en Parral se apropió de doscientos sesenta mil pesos… Y es verdá que los agarró, claro. Pero fue pa pagarnos a la tropa, porque el gobierno por el que luchamos y morimos no suelta un triste centavo —bajó la voz, confidencial, para hurtarla a los que estaban cerca—. También hay quien mienta el oro de Ciudad Juárez.

Se avivaron los recuerdos de Martín. El eco del misterio.

—¿Alguna noticia sobre eso?

—Niguas, ingeniero. Aquello se lo tragó la tierra.

Entraron Maclovia Ángeles y otra soldadera con una olla de atole y un cesto de tortillas, y los hombres se agruparon en torno a ellas para que los sirvieran. Maclovia miró inexpresiva a Martín, de lejos, sin dar muestras de reconocimiento. Seguía llevando la pistola al cinto, y la nariz chata y los labios gruesos mantenían la expresión de dureza en su cara de india. También estaba delgada, más que en Juárez, con cercos oscuros bajo los ojos grandes y negros.

—¿Usté gusta? —ofreció Garza.

No quiso despreciar Martín el ofrecimiento, y el propio mayor le trajo una ración, acuclillándose a su lado. Comió el joven algo, pero sin ganas. El atole estaba agrio, y las tortillas, secas y frías.

Lo observaba Garza con atención.

—Por sí o por no, merecíamos algo mejor, ¿no cree?

—Supongo.

—¿Supone?… Dicho sea con respeto, no mame, oiga. Pancho Villa estaba retirado en su rancho y volvió porque el presidente le pidió que volviera.

—Es cierto.

—Pos claro que es. Fuimos con él otra vez a pelear, demostrando quiénes semos… ¿Que no sabe lo que hicimos?

—Bueno, la verdad es que los periódicos no los mencionan apenas. Siempre hablan de fuerzas federales y del ejército nacional.

—Se callan lo que les conviene. En Tlahualilo nos dimos un agarrón bien macho con la gente de Orozco. Reventamos su retaguardia y afusilamos todos los prisioneros. ¿Sabía eso?

—No.

—En los llanos de Conejos, también fue nuestra brigada la que los acostó… ¿A que no lo contaron así los periódicos de la capital?

—Tampoco. Ni una palabra sobre ustedes.

—Pos aluego empujamos a esos puercos colorados, metiéndoles bala desde Jiménez hasta Escalón. Ahorcando y afusilando a cuantos agarrábamos vivos. Y en Rellano, peleando uno contra tres, nos tronamos su vanguardia… Ese traidor de Huerta nos debe mucho, sí señor.

Parecía que el nombre se le atravesara en la garganta, porque tragó un bocado con dificultad, ayudado con un sorbo de agua.

—Esos ojetes nos la están dejando ir… Ni parque nos dan. Diez cartuchos nos dejan por hombre, fíjese. Pa amolarnos bien.

Acabó Martín de masticar la tortilla. El rostro impenetrable de Maclovia Ángeles seguía observándolo desde lejos. Iba a sacar un pañuelo para limpiarse los dedos, pero lo pensó mejor. Lo hizo en el bajo del pantalón, sabiendo que eso lo condenaba sin remedio a la lavandería. Genovevo Garza lo ojeaba con aprobación.

—Por no hablar del señor Madero —dijo éste tras un silencio—. Que sale orita con que en algunos años no podrá cumplirnos las promesas, y que pa tropa ya tiene a los federales… Vea cómo nos desaira.

—¿Y qué van a hacer con ustedes?… ¿Cree que volverán a combatir?

—Todito me huele feo —movía el mexicano la cabeza—. Dicen que molestamos, que van a disolver la brigada. Que la gente la alistarán con los pelones, obligada; y los que semos jefes, a su casa quien la tenga. Con los pies fríos, el bolsillo vacío y la sesera caliente. Y ahí te pudras.

Suspiró hondo mientras abría una petaca de cuero con picadura ya liada.

—¿Sigue sin fumar, ingeniero?

—Sigo.

Sacó el mexicano un chisquero de mecha amarilla y le dio a la ruedecilla con la palma de la mano. El humo, denso y picante, le hacía entornar los ojos.

—Por eso hay gente que deserta estos días —comentó—. No hay loco que coma lumbre, oiga. Estamos quedando los de siempre, los más de fiar —señaló a los hombres con el cigarro—: Chingatumadre y los otros… El que nace perico dondequiera es verde, pero hasta los más mejores se fatigan. Si no viene Pancho Villa a rasparse a esos jijos de la guayaba, se nos irá la última esperanza.

Se quedó callado, absorto. Dio otra chupada al cigarro y dejó salir el humo por la nariz.

—La última esperanza —repitió.

Maclovia recogía los enseres sin dejar de mirar a Martín. Lo advirtió Garza.

—Ahí la tiene, a mi vieja. ¿La ve?… Leal como una perra.

—Es usted un hombre afortunado, mayor.

—Pa qué le digo que no, si es que sí. Me salió güena hembra.

Inclinaba la cabeza, pasándose una mano áspera por el pelo salpicado de canas. Al cabo sonrió, benévolo.

—Usté le cae de poca madre, ingeniero. Le gusta.

Se sorprendió Martín.

—Nadie lo diría.

—Ah, pos. Ella es así.

Siguió fumando el mexicano en cuclillas, pensativo.

—Un día que las vi negras, en Rellano, salió usté en la conversación tantito después, por la noche… Le pregunté con qué hombre se cobijaría si a mí me tronaran. Se quedó pensando, porque ya sabe que es de pocas palabras, y al cabo dijo: «Con el ingeniero».

—No me embrome, mayor.

—No, hombre, se lo digo al chile. Eso me soltó ella.

Movió la cabeza Martín, quitándole importancia.

—Pues nadie lo creería… Nunca me dirigió la palabra.

—Es tan seria que engaña. Una apache cabrona, es lo que es.

Dio Garza otra chupada al cigarrillo y tras comprobar el chicote lo apagó en el suelo.

—De cualquier manera, mejor que lo nombrara a usté —echaba una mirada peligrosa en torno—. Si llega a decir otro hombre, me lo quiebro.

Al decir eso sonrió a medias, siniestro. Seguía sorprendido Martín.

—¿Y qué diferencia habría?

—Usté es limpio.

—¿Limpio?

—Yo sé lo que me digo.

Se puso en pie el mexicano, frotándose los riñones. Lo imitó Martín.

—Me gustaría pedirle un favor, ingeniero.

—Cuente con él, sea lo que sea.

—Vive en otro mundo, conocerá gente… A lo mejor puede arreglárselas pa visitar a mi general Villa en la prisión.

—¿Y?

—Si lo consigue, dígale que aquí estamos sin arrugar todavía el cuero… Que si no lo defendimos en aquella traición fue porque ni modo, y nos tostaban si movíamos un dedo. Pero que quienes quedamos le semos leales. Que seguimos creyendo que es de ley morirse por él.

Caminó el mayor hacia la puerta mientras se ponía un viejo sombrero con una estrella de latón. Cogió Martín el suyo y le fue detrás. Salieron juntos al sol, bajo un cielo tan claro que hería la vista.

—¿Se lo dirá a Villa, si lo ve?

—Se lo prometo.

Había un centinela durmiendo bajo una de las torres de la mina, con el fusil entre las piernas. Garza le dio un grito, y el otro abrió un ojo y se incorporó un poco.

—Pinches putos —murmuró el mayor—. Si se presenta el enemigo, nos lleva la tiznada.

—Están lejos —dijo Martín.

—No hablaba sólo de los colorados.

—Ah.

Los terreros pardos se amontonaban en la ladera del cerro y Parral se extendía más abajo, en el llano. El reflejo del sol en el río parecía una cuchillada de luz entre las casas achaparradas y blancas de las afueras.

—Al menos a usté le van las cosas —dijo Garza.

—Sólo volví a mi trabajo.

—Después de lo que hizo en Juárez y en la barranca del Fraile, y con los estudios que tiene, deberían nombrarlo ministro de algo.

Rió Martín.

—La política no es lo mío. Además, sigo siendo español.

—Pos en Juárez peleó como mexicano.

Caminaron hasta el carricoche de Martín y se estrecharon la mano.

—¿Qué hará usted ahora, mayor?

—Al chile que no lo sé… Me habría gustado sacar de esto un ranchito donde criar una punta de ganado con mi Maclovia, pero véame. Ni a treinta pesos llego de sueldo, cuando me los pagan. Y yo pa pelón no valgo.

—Pero la revolución…

Lo miraba fijo el otro. Bajo el ala del sombrero, la cicatriz de la cara parecía más honda y oscura.

—Qué chingados, ingeniero. De qué revolución me habla. Ésa se disuelve en traiciones y mentiras. Los ricos son los de antes; y los pobres, también. Se lo dice a usté uno que la hizo.

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